El señor obispo de Jaca es de incesante actualidad. Los cronistas le
deben un homenaje de gratitud. Su último grito es un llamamiento á
las plumas ociosas--no confundirlas con las ociosas plumas; de dormir
son éstas, y aquéllas de no dormirse.--El señor obispo tiene por
lema: «A Dios rogando y con la pluma dando». Si en su mano estuviera
proponer alguna inusitada advocación, en todas las iglesias de la
cristiandad tendría especial culto Nuestra Señora de la Rotativa. Es de
agradecer este singularísimo aprecio á las letras periodísticas. Pero
¡ay! en vez de tocar llamada á las plumas, ¿no fuera más pertinente
llamar á los bolsillos? ¿A qué están las plumas? No, no es: «¡El
que sepa escribir, que escriba!», lo que hay que gritar. «¡El que
pueda pagar, que pague!» Ahí está el toque, el verdadero toque de
llamada. Todos nos lamentamos de la indiferencia general, nadie se
apasiona por una idea, todas ellas están indefensas: las religiosas,
las antirreligiosas, las políticas y las artísticas. Y es que ¡está
todo tan mal pagado! La literatura, en general; la periodística, en
particular, no halla mejor recompensa que la de ser retirado de ella
para ocupar algún puesto oficial. No hay mejor premio para los que
valen; de donde resulta que los premiados, son baja por ascenso; los
que quedan, baja por inútiles, y los postergados por la soberbia ajena
ó la modestia propia, baja por desilusión y desmayo, por falta de esa
interior satisfacción tan necesaria en todo militante. Si el periodismo
fuera por sí mismo un buen fin, y no un medio para otros fines, nadie
cambiaría su puesto de honor en el combate por otros puestos que han
de quedar indefensos al faltar los mejores para defenderlos. Entre los
que van de pasada, con la ambición más alta, y los que á nada pueden
aspirar, ya desesperanzados, las ideas quedan á merced del enemigo,
abandonadas como impedimenta. Menos cargos políticos y mejores
sueldos. Así habrá menos impaciencias y menos desfallecimientos. ¡El
que pueda pagar, que pague! Veremos entonces cómo todo el que sepa
escribir, escribe. Procure, procure el señor obispo de Jaca conmover
el bolsillo de los fieles, funde un periódico, pague á los periodistas
con sueldo de obispo y verá leones defendiendo los obispados. Con 25
ó 30 duros al mes, ¿qué ha de hacer el redactor del periódico más
piadoso sino ayudarse y defenderse escribiendo algún entremés para el
Salón Madrileño, sin licencia del ordinario? Y ¿qué ha de hacer el
redactor del órgano más revolucionario más que escribir los gozos á
unas monjitas, si se los encargasen? ¡Felices los que ignoran lo que
pueden pesar 25 pesetas sobre nuestras convicciones más íntimas y nunca
hicieron traición á una idea por menos de dos ó tres millones!
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Las tiples han dado en fugarse. Es el modo más delicado de
participarnos su efectuado enlace, que no sería bien anunciar más
claramente. Hoy todo se anuncia, hasta las defunciones de la virtud;
para las que está más indicado que en ninguna otra el: «Se suplica el
coche».
¡Y hay quien cree que en el teatro todo es libertad! Ya ven que no es
así, cuando las tiples necesitan fugarse para poder amar libremente.
Hay muchas señoritas de buena casa que, para mucho más, no pasan de la
escalera. Verdad es que unas piensan en el contrato matrimonial, al
que nada favorecen los anuncios previos, y las otras en la contrata
artística, á la que favorece cualquier reclamo, aunque sea de codorniz
y tan redoblado como el de las «verdecillas» del sainete. Ya se pagará
á las tiples por fugas; siempre es una garantía de buenas formas y
hasta de algún conocimiento musical, á falta de otros. Con todo esto,
los perjudicados son el público y los empresarios; no porque se fuguen,
sino porque vuelven.
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Algunos escritores de provincias claman contra nosotros los de Madrid
porque, según ellos, tenemos establecido un _trust_ de los bombos y nos
pasamos la vida en batalla de flores: elogio va, elogio viene; siempre
entre los mismos del corro. Y ¿qué se le va á hacer si el corro es
tan reducido? Pero ¡lo que son las cosas y qué difícil es contentar á
todos! Aquí, aun de los del corro, hay quien se queja si no se le cita
á cada paso y se deja pasar sin referencia la comedia, el libro, la
crónica ó el artículo. Claro está que sería preferible fuera el público
quien nos diera á cada cual lo nuestro y nosotros lo suyo al público;
pero con público tan indiferente y distraído, ¿no será obra meritoria
la de bombearnos los unos á los otros? Ya procuramos destruir el efecto
de las caricias públicas con los arañazos y mordiscos privados. ¡Pues
sí que reina la paz entre los príncipes cristianos! Da gusto discurrir
por cualquier Círculo literario.--¿Has leído la imbecilidad que publica
hoy Fulano?--Nunca leo esas latas.--¿Has leído lo que dice de ti el
idiota de Mengano?--Esto cuando se trata de un elogio, para darle todo
su valor.
Y se habla mal de todo lo que se lee, y peor de lo que no se lee; y
todo es tabarra, todo es lata, ¡tan vaporosos estamos que todo nos
pesa! Y nada es original y todo está dicho, ¡tan enterados estamos de
todo!
Dejad, dejad que funcione el bombo mutuo; es cuanto queda de agrado
y cortesanía en nuestras relaciones literarias. ¿Será mejor que nos
destrocemos los unos á los otros y los artículos sólo sirvan para
alabanza de los políticos y de los _sportsmen_, de las marquesas
viejas y de los toreros; las críticas de teatros para celebrar las
decoraciones y el rumbo de los empresarios y la belleza de las
espectadoras, y que todos suban, triunfen y medren sobre nuestras
costillas, molidas por nosotros mismos? ¿Para todos hemos de guardar
el secreto y entre nosotros no hemos de guardarlo? ¿Vale el público
más que nosotros, para que le debamos la verdad? La verdad es para
los iguales. El que quiera saberla, que llegue con la inteligencia ó
con el corazón. Y si aun hablando bien unos de otros no engañamos al
público sobre nuestro mérito, ya que nos crea malos escritores que nos
crea siquiera buenas personas.