Todos los años nieva en primavera y todos los años reaparece el
invierno por Abril ó por Mayo, con un frío, según frase consagrada,
impropio de la estación. Todo esto no tiene nada de particular; lo
particular es que, sucediendo lo mismo todos los años, todos los años
nos produzca la misma sorpresa, como algo fuera del orden natural.--¿Ha
visto usted qué frío se nos ha echado encima? Aquí todo se nos echa
encima: la nieve, como la revisión del proceso Ferrer, como el problema
de Marruecos. Nada se aprende de un año para otro. En el año próximo
volverá á nevar en primavera y volverá á parecemos que la Naturaleza
padece graves trastornos y volveremos á sorprendernos del frío impropio
de la estación.
En las actuales circunstancias, la nieve ha sido tal vez la más
elocuente manifestación de la opinión pública; el verdadero jarro de
agua fría sobre el ardor, más ó menos sincero, de tantos acalorados
discursos. La temperatura de la calle no ha correspondido con la del
salón de sesiones. Verdad es que ¡tan pocas veces está á tono lo que se
discute dentro con lo que se opina fuera!
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Los que se habrán tranquilizado mucho serán todos los que se hallan
bien avenidos con el orden social, venga de donde venga y lo imponga
quien lo imponga. ¡Si estarán convencidos de la apacible condición de
nuestros revolucionarios! Para una vez que podían disputarse la gloria
de haber intervenido en una revolución, chica ó grande, todos, por el
contrario, han procurado á toda costa convencernos de que ni ellos ni
sus amigos pudieron tener la menor intervención en ella. ¡No faltaba
más! Ellos no están conformes con nada de lo existente, pero en el
fondo son gente de orden. Con creyentes así poco hubiera prosperado el
cristianismo. Al primer mártir sacrificado, en vez de ensalzarle por
su fe, hubieran tratado de probar que era tan pagano como el primero y
que su martirio... había sido una lamentable equivocación imperial; con
lo cual el calendario hubiera perdido un santo y mártir y el emperador
se hubiera quedado tan fresco. Yo no sé, pero me parece que siempre es
más lucido ser mártir de las ideas propias que de las ajenas.
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Sin eufemismos de contaduría, Ivette Guilbert ha sido un fracaso ante
nuestro público. ¿Por falta de ambiente? No puedo creerlo: el público
que asistía á la presentación de Ivette Guilbert era justamente el
público selecto para quien París y sus artistas no son una novedad ni
una rareza. ¿Es que la artista ha perdido con los años? No, Ivette
Guilbert ha ganado físicamente, y artísticamente, si nada podía ganar,
porque en su arte llegó á la perfección hace mucho tiempo, nada ha
perdido tampoco. Su repertorio es hoy más variado, más extenso; á las
canciones canallescas y macabras, que eran su especialidad, ha unido
canciones del siglo XVIII, ingenuas unas, como canciones de niñas al
corro; galantemente picarescas otras. Ivette Guilbert es la Duse de
este género, que, por ser muy de Francia, no es de un particularismo
tal que no pueda interesarnos y justifique el desvío de nuestro
público. No hay arte chico ni grande; hay artistas muy chicos y grandes
artistas. Ivette Guilbert sabe hacer de una canción una comedia ó una
tragedia; en su voz, en su gesto, en sus actitudes, viven, á cada
estrofa, almas diversas. ¿No es todo un drama la canción _Le roi fait
battre tambour_--escrita á la muerte de la famosa Adriana Lecouvreur?
El público de Madrid ha sido injusto en esta ocasión. Es ya tarde para
reparar la injusticia. Se comprende que haya público para todo, y hasta
me parecería mal que todo el público entendiera de todo, mientras
haya clases; pero, la verdad, que precisamente cuando hay que admirar
verdadero arte sea cuando falte el público, es algo triste.
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Gracias á los que se interesan por mi salud ó por mi estado de ánimo
cuando falta una _Sobremesa_. Váyase por los que desearían que
reventara de indigestión en una de ellas. Gracias también á los que
creen que algunas, por impublicables, van al cesto de los papeles.
Basta con que sepamos que no es así los que debemos saberlo. La verdad
es que no ha de trabajar uno siempre para fuera y quizás escribe uno
más cuando menos escribe, y aun en páginas más duraderas, y no siempre
está uno para expansionarse, y más cuando se va para viejo, y rara vez
rompería uno el silencio de oro sin apremios de plata. Conque ya lo
saben todos los molestos ó contrariados con que uno escriba: no tienen
más que organizar una suscripción, á unas pesetitas por molestia, y yo
prometo no volver á tomar la pluma en mi vida, ni aun para agradecerles
la mala voluntad de su buena obra. Con dinero se arregla todo.
V
Yo no sé si se ha escrito--la erudición no es mi fuerte;--pero de
no haberse escrito, debiera escribirse un libro de las procesiones
de Semana Santa en España. Decía un gran actor francés, maestro de
actores, que el verdadero actor debe aprovecharse, en primer lugar, de
sus buenas cualidades, y, en segundo lugar, de las malas. Este buen
consejo puede hacerse extensivo á toda persona, cualquiera que sea su
condición social, y á todos los pueblos, cualquiera que sea su estado
de civilización. Cuando no se puede sobresalir por adelantados, se
debe procurar sobresalir por el atraso; el caso es sobresalir de algún
modo. Esto de las procesiones no es precisamente como la aviación ó
la telegrafía sin hilos; pero es mucho más pintoresco y mucho más
castizo y, bien anunciado, pudiera ser de una gran atracción para los
extranjeros, curiosos de algo típico, cada vez más escaso, por culpa
de la civilización, tan niveladora de costumbres como desniveladora
de peculios. Sólo las procesiones de Sevilla han conseguido lo que
ahora se dice reputación mundial. Sin rebajar nada de su bien ganado
renombre, hay muchas otras que merecen ser conocidas. Las de Murcia,
con sus imágenes de Salcillo, el Murillo de la escultura española,
y, con él, una de las pocas notas de dulzura en el Arte español;
con aquel ángel de la Oración del Huerto, bello como los de Rafael,
símbolo artístico, al erguirse en su pagana belleza sobre la postración
dolorosa del Nazareno, de todo el Renacimiento, protestante en nombre
de la vida triunfadora y del Arte embellecedor de la vida.
Las procesiones de Cartagena, con pasos de Montañés, de Salcillo,
comparación interesante. Las de Lorca, de primitiva ingenuidad, con sus
escenas bíblicas y evangélicas, representadas por personajes de carne
y hueso; reñidas competidoras en propiedad y en lujo. Y en poblaciones
más humildes, en pueblos ignorados, ¡qué tesoros de observación para
el curioso! Las legiones de armados, los nazarenos, el pretorio con
sus trompetas destempladas... Y sobre la devoción y la austeridad y
las tinieblas en el templo, y las Siete Palabras en el púlpito, y los
siete cuchillos clavados en el corazón de la Dolorosa, y sobre la Cruz
redentora y el Santo Sepulcro, miradas y palabras y silencios de amor y
de deseos que van encendiéndose por la boca y por los ojos de hombres
y mujeres... Y la vida triunfa sobre toda tristeza, como el ángel
murciano en la Oración del Huerto.
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Las Sociedades de aficionados protestan contra el aumento en los
derechos de representación de las obras teatrales exigido por la
Sociedad de Autores. Todo el que conozca la organización íntima de esas
Sociedades ha de estar conforme con la protesta. No se comprende que
pueda haber animadversión contra ellas por parte de los autores, de los
actores ni de los empresarios. Para estos últimos, las Sociedades de
aficionados son una saneada fuente de ingresos; los actores no deben,
sin ingratitud, mirarlas con malos ojos; casi todos se dieron á conocer
en alguna de esas Sociedades, que vienen á ser las novilladas del arte
dramático. En cuanto á los autores, por ellas ven popularizadas sus
obras y por ellas ven representarse obras de repertorio olvidadas por
las empresas. Las Sociedades apenas cubren gastos; de su desinterés no
cabe sospechar. Son un interesante ensayo de socialismo aplicado al fin
de proporcionar honesto recreo á muchas familias que no pueden pagar
el lujo del teatro, si barato en Madrid, comparado con otras grandes
capitales, muy caro en comparación con la riqueza de esas capitales y
la madrileña.
Con la subida de los derechos sólo se conseguirá, como siempre, que
la autoridad se excede, que el favor solicitado con recomendaciones
se sustituya á la justicia, y, como el favor no es nunca equitativo
ni desapasionado, todo parará en intrigas, desigualdades y molestias
para ambas partes beligerantes: Sociedades dramáticas y Sociedad de
Autores. De nada sirve el general acuerdo si, después, unos autores
ofrecen rebaja en sus derechos, y otros, por el contrario, exigen
montes y morenas y anticipos y un número fijo de representaciones,
cuando de obras estrenadas con aplauso se trate. Todo ello sólo sirve
para que medren los que están en el secreto y hagan el tonto de la
pantomima los que se atienen á la letra de los reglamentos. Lo mejor
sería dejar á cada uno en libertad de estipular sus derechos con las
empresas y con las Sociedades. Y ya que todo sea comercio, libertad de
comercio y competencia libre. Es el sistema inglés, y hemos convenido
en que Inglaterra es el mejor modelo para todo.
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El prefecto de Atenas ¡oh, cuán poco ateniense! ha dado á rajatabla
la orden de que todas las artistas extranjeras que se exhiben en los
teatrillos y salones--cines en griego--sean sometidas--¡oh, manes de
Friné! ¿dónde hallar aticismo para expresar el ultrajante concepto?--á
una inspección facultativa, muy relacionada en verdad con algunos
dioses de la Mitología: la diosa del Amor y el dios del Comercio; pero,
hasta ahora, nada relacionada con Apolo, dios de las Artes, á no ser
por parte de hijo, ó sea Esculapio, dios de la Medicina.
Las ofendidas han puesto el grito en el Olimpo, y mientras, de allí
vienen los rayos, en sus Embajadas y Consulados respectivos. Sí
que hay para una intervención. Por lo pronto, en la primera ojeada
han resultado dos virtudes sin detrimento. No es mal reclamo, con
certificación facultativa y todo. Pero el que luzcan dos virtudes no
es razón para deslucir las de otras señoritas. Siempre se dijo que
las comparaciones son odiosas. Aparte de que es ocasionado á errores
localizar la virtud en estos tiempos, y la ciencia no ve el fondo de
los corazones.
Lo malo será que algún prefecto de por acá se sienta helenista y quiera
traducir al ateniense. Cierto que hay escenarios por esos teatros que
más parecen aceras, y aun arroyos; pero, en fin, aunque en ellos el
Arte no sea ni su sombra, todavía debe amparar con su nombre á las
pobres mujeres que en él buscan sagrado. Y, en todo caso, la inspección
no debiera aplicarse sólo á las artistas, sino á los espectadores,
especialmente al cerebro. Puede que no se encontrara uno sin tacha,
como la virtud de esas dos chicas, en Atenas.