La comedia novelada de D. Eugenio Sellés, _Icara_, con satisfacer
plenamente en la lectura, deja, no obstante, en nuestro espíritu el
sinsabor que deja una vida truncada que nos pareció encaminarse á
muy otro destino. No quiere esto decir que la serenidad del libro
convenga menos, para una obra de serio y noble arte, que el bullicio
de los teatros. Obras hay, en forma dramática, que nada ganarían al
afrontar las luces de la batería: muchas de Byron; los admirables
poemas de Browning; algunas comedias, quizás las mejores, de Musset.
Pero _Icara_, no; se advierte, desde luego, que nació para el teatro, y
todo en ella pide la expresión vigorosa que sólo en la representación
escénica puede lograr la verdadera obra dramática. _Icara_ se malogra
en el libro. Y cuando público, crítica y empresarios se lamentan de que
faltan autores y obras en consecuencia, ¿qué razones hay, que la razón
no alcanza, para que _Icara_ no haya sido representada? Descontemos la
razón de méritos: tiene la obra muy sobrados, literarios y teatrales.
Interesante asunto, de una importancia social que se sobrepone á lo
que pudiera parecer de efímera actualidad. En cuanto á los papeles,
razón suprema muchas veces para la admisión de una obra, nada dejan
que desear al lucimiento de los actores. ¿Atrevimientos? Es el autor
de _Icara_ bien probado señor de la pluma, para temer groserías de
pensamientos y de lenguaje en obra suya. ¿Por qué, entonces, _Icara_
no ha sido representada? No ha muchos días nos ofreció una espléndida
empresa minuciosa estadística de las obras representadas por su
compañía; todo ello para blasonar, á más de un trabajo constante, de
una amplitud de criterio que sería laudable si estuviéramos seguros
de que era sincera. Lo cierto es que, sin contar las que han dejado
de escribirse, en la seguridad de que no hubieran sido admitidas por
ninguna empresa, acaso las mejores obras dramáticas de estos últimos
años impresas andan sin haber logrado el favor de ese amplio criterio.
Díganlo las tragedias bárbaras de Valle-Inclán _Aguila de blasón_ y
_Romance de lobos_; dígalo _Icara_; díganlo, del teatro extranjero,
las verdaderas obras de arte: unas, traducidas para ser publicadas;
otras, no traducidas por no perder el tiempo; mientras las empresas se
desviven por traernos cualquier «comedieta» sin importancia ó cualquier
dramón, al que se ha concedido demasiada. No es que me parezca mal, y
cada uno en su casa es muy dueño de hacer lo que mejor le parezca y
más crea que le conviene; pero no se pretenda darnos plaza de tontos,
haciéndonos creer, cuando sólo se atiende á los legítimos ingresos de
la contaduría, que se piensa, sobre todo, en los altos intereses del
Arte.
* * * * *
El batallador obispo de Jaca, él pelea en Madrid y la diócesis á la
puerta, se opone, en nombre de la religión cristiana, á la cremación
de los cadáveres. No sabemos en qué texto sagrado podrá fundarse. No
será, ciertamente, en el bíblico de la destrucción por el fuego ¡ay,
Teresita! de las ciudades nefandas Sodoma y Gomorra. Si fuere, por
dificultarse con la cremación, el prodigio final de la resurrección
de la carne, grave ofensa de la divinidad, nos parece suponer que ha
de serle más difícil resucitarnos de unas pavesas que de un montón de
huesos. El que nos hizo de la nada, aun de la nada volverá á sacarnos,
y, francamente, no valía la pena de molestarse.
No era preciso que el señor obispo de Jaca tronara desde tan alto
contra la cremación. Sin consideraciones religiosas de tanto peso,
ya basta contra ella la natural y humana repugnancia á desaparecer
de modo tan terminante. Queremos aferrarnos á la vida hasta en la
muerte; de ahí esa vanidad de monumentos funerarios, los epitafios
rimbombantes, las esculturas que perpetúen nuestra forma mortal. Los
más descreídos en la imperecedera existencia del alma creen todavía
en lo imperecedero de la materia al través de transformaciones; acaso
creen que aun han de renacer, con los jugos de la tierra, en la
flor, en la mariposa; que su «yo», su soberbio «yo», ha de existir
por siempre, aunque algo desperdigado. ¿Cómo es posible que al morir
se anule por siempre tanta grandeza? ¡Perderse así nuestras opiniones
políticas, nuestros entusiasmos artísticos, nuestras preocupaciones
sociales! ¡Saber que nuestro juicio particular sobre los más notables
contemporáneos no significará ya nada en la armonía universal! ¡Que
habremos oído el vals de los besos de _El conde de Luxemburgo_ para
no recordarlo en toda una eternidad! ¿Qué significaría entonces esta
vida nuestra? No es cosa de perder, por una medida de higiene y de
estética como la cremación, las posibles transformaciones de nuestro
cuerpo miserable. No defraudemos á los gusanos. ¡Es tan numerosa la
fauna de los sepulcros! Hay libros muy interesantes en que se estudia.
Hay gusanos especialistas de cada parte de nuestro apetitoso individuo:
unos, para el corazón; otros, para roernos los sesos; otros, los más
golosos, tienen á su cargo, como los del romance, «donde más pecado
había». Tienen nombres distintos, nombres científicos, sonoros y
expresivos. ¡Oh, es muy curioso! ¡Animalitos! ¡Hermanos gusanos!--como
diría San Francisco.--La cremación sería una estafa para ellos. Dejemos
á la Naturaleza completar su obra; sólo ella es sabia, sólo ella sabe
lo que nos conviene. De este modo, las cenizas de Alejandro podrían
tapar un barril de cerveza, como razona Hamlet en el cementerio. ¡Pobre
príncipe! Aunque al morir sólo desea el silencio, como suprema paz para
su espíritu, antes había soñado para sus cenizas la posible utilidad de
tapar barriles. Todo, menos desaparecer del todo y para siempre.
He aquí por qué la cremación tiene tan pocos partidarios. Entre
una sepultura en la tierra y una pequeña urna en poder de nuestros
allegados... La tierra nos ofrece mayor seguridad. La familia puede que
perdiera la urna en una mudanza.