I
La obra de Gregorio Martínez Sierra _Canción de cuna_ es una de las más
bellas comedias estrenadas en estos últimos años. Fuí de los primeros
en conocerla y en predecir su triunfo. Aunque el aplauso del público y
los justos elogios de la crítica no hubieran sido en esta ocasión tan
unánimes, en nada hubiera rectificado mi juicio. Además... ¡esperaba
desde hace tanto tiempo esa comedia! ¿Os acordáis, mi querido Gregorio,
de aquella Redacción del _Madrid Cómico_, y de aquel vuestro primer
libro, y de vuestra timidez, que es el pudor de las inteligencias
honradas; timidez y pudor que hoy desconocen tantos jovenzuelos osados
que aun no escribieron una línea y ya creen haber conquistado el mundo?
A cualquiera podrá haberle sorprendido el triunfo de ahora, el que
muchos llaman definitivo, ¡haber llegado! A mí no podía sorprenderme:
no es Gregorio Martínez Sierra de los que se revelan de pronto. ¡Dios
nos libre de las revelaciones! Si esta obra es una cifra brillante en
su haber literario, no vino por un golpe de audacia ó de fortuna; es
la suma de muchos sumandos que ya indicaban la riqueza acumulada por
un trabajo constante, progresivo, bien intencionado siempre. Gregorio
Martínez Sierra no es de los que aciertan una vez á sorprender con
relámpagos ó fuegos artificiales; la luz de su entendimiento es calor
de hogar permanente, porque es calor de corazón...
Y ahora, mi amigo de siempre, cuando yo sé que alguna vez juzgasteis
tibieza de mi amistad el no haberse representado antes alguna de
vuestras comedias, ¿lo deploráis ahora? ¿No veis cómo todo llega á su
tiempo? ¿No veis cómo todo viene encadenado en la vida, y cuando á
distancia vemos los años pasados, tan necesarias como las alegrías son
las tristezas para armonizar el destino de nuestra existencia? Hora por
hora procuramos huir del dolor que nos sale al paso y se levanta ante
nosotros como obstáculo entorpecedor; al cabo de los años nos parece
que algo hubiera faltado en nuestra vida si aquel dolor nos hubiera
faltado.
Y era cuanto yo quería decir en el día del triunfo, que yo no llamo
definitivo, al autor de _Canción de cuna_. Y sabed, mi amigo de
siempre, que una buena lágrima que tal vez visteis asomar á mis ojos
al abrazaros después del estreno de vuestra obra, venía de más lejos
que de la emoción causada por la obra misma: venía de muchos recuerdos,
de muchas palabras calladas, de aquel vuestro primer libro, de aquella
vuestra timidez de niño, y, ¿por qué no decirlo?, del orgullo de que,
cuando para muchos se estrenaba en aquella noche _Canción de cuna_,
para mí se había estrenado hace mucho tiempo.
* * * * *
Persona respetable y bien enterada me asegura que los restos de D.
Manuel Bretón de los Herreros, sepultados en el antiguo cementerio
de San Nicolás, caerán en la fosa común en breve plazo si nadie se
presenta á pagar los gastos de traslación. Creo que bastará con la
noticia, sin lamentaciones ni comentarios, para que la Sociedad de
Autores, ó la de Escritores y Artistas, ó el Ateneo, ó la Academia
Española, ó todos juntos, ó el primer buen español que tenga unas
pesetas sobrantes, se apresuren á evitar esa... pequeña vergüenza.
¡Ojalá pudieran evitarse á tan poca costa otras mayores! La persecución
de mujeres por esas calles, sin ir más lejos. Cualquier medida que
tomen las autoridades para ello, la más arbitraria, la más draconiana,
será bien recibida. Hasta la de obligar á esos hombres valientes,
insultadores de mujeres, á vestir las faldas-pantalones que tanto les
indignan. Si entre las mujeres hubiera verdadera solidaridad, ellas
son las que debieran correr por esas calles á esos varones sin otra
apariencia de ello que el traje masculino. Aunque, bien mirado, hay
para compadecerlos. ¿Qué mujeres tendrá ó habrá tenido en su casa el
que no sabe que toda mujer es tan respetable en la calle para todo
hombre como si fuera mujer de su propia familia? Pero, es claro, hay
caballero que se echa á la calle, harto de haber insultado con mil
groserías á las de casa. ¿Qué no hará con las extrañas? El hombre,
como el caracol, lleva siempre su casa á cuestas. El que insulta á una
mujer en la calle, es que le sobraron insultos de los que acostumbra á
dirigir á su señora. O que devuelve los que su señora le ha dirigido,
y no se atrevió á contestar, y ¡el pobre hombre no ha de quedarse con
ellos!
* * * * *
Las modernas indagaciones de la crítica artística llevan la alegría
por barrios. Cuando un Museo ó un coleccionista están más ufanos con
un Velázquez ó con un Rafael ó con un Greco, sale un señor crítico de
Arte aguándoles la fiesta con decirles que, lo que se creyó original,
es copia, ó alegrándoles el duelo con la afirmación contraria. Nadie
sabe ya lo que tiene. Es para creer en todos los cuadros viejos y para
no creer en ninguno.
El Museo del Louvre se ufanaba de poseer la verdadera _Gioconda_;
nosotros mirábamos despectivamente la de nuestro Museo del Prado. Se
volvieron las tornas; durante unos cuantos años la verdadera _Gioconda_
será la nuestra. Aunque bien pudieran serlo las dos, y aun no serlo
ninguna. Esta _Monna Lisa_, tan traída y llevada con el enigma de su
sonrisa, quiere, por lo visto, ser enigmática en todo. Leonardo de
Vinci era artista minucioso hasta el resobado, y es lo más probable que
las dos _Giocondas_ fueran, en su intención, estudios y apuntes para
una tercera, que acaso parezca el día menos pensado. Mucha importancia
concedía Leonardo al fondo de sus figuras, y hasta procuraba infundirle
algún simbolismo apropiado. Por esta consideración más parece la
_Gioconda_ definitiva la del Louvre. Pero también pudo ser que,
para mayor enigma, le pareciera mejor fondo el fondo indeterminado
de la _Gioconda_ de Madrid. ¡El demonio de la señora! Nada, que
se ha propuesto dar que hablar por los siglos de los siglos. Bien
dijo su pintor y presunto enamorado: «Bella forma mortal passa é non
d'arte». Ya sé yo cómo resolvería este pleito uno de nuestros chulos
castizos; diciendo de una vez. «¡Vaya una tía _Gioconda_!» Sólo que, al
pronunciarlo mal, estaría en lo cierto.