acumulados durante siglos, y mandó sacar cantidades considerables, que
repartió entre los soldados, los pobres y los indigentes. Así es que el
pueblo la amó é hizo votos por la duración de su reinado. Y además
Zumurrud tampoco se olvidó de regalar gran cantidad de ropas de honor á
los dignatarios de palacio, y otorgar mercedes á los emires y
chambelanes, así como á sus esposas y á todas las mujeres del harem.
Además, abolió el cobro de impuestos, los consumos y las contribuciones,
y mandó libertar á los presos, y corrigió todos los males. Y de tal modo
ganó el afecto de grandes y chicos, que todos la tenían por hombre, y se
maravillaban de su continencia y castidad cuando supieron que nunca
entraba en el harem ni se acostaba jamás con sus mujeres. En efecto, no
quiso tener de noche más servicio particular que el de sus lindos
eunucos, que dormían atravesados delante de su puerta.
Lejos de ser dichosa, Zumurrud no hacía mas que pensar en su amado
Alischar, de quien no tuvo noticias, no obstante todas las
investigaciones que mandó hacer secretamente. Y no cesaba de llorar
cuando estaba sola, ni de rezar y ayunar para atraer la bendición de
Alah sobre Alischar y lograr volverle á ver sano y salvo después de la
ausencia. Y así pasó un año; y todas las mujeres del palacio levantaban
los brazos, desesperadas, y exclamaban: «¡Qué desgracia para nosotras
que el rey sea tan devoto y casto!»
Al cabo del año, Zumurrud tuvo una idea y quiso ejecutarla
inmediatamente. Mandó llamar á visires y chambelanes, y les ordenó que
los arquitectos é ingenieros abrieran un vasto meidán, de una parasanga
de ancho y largo, y que construyeran en medio un magnífico pabellón con
cúpula, que había de tapizarse ricamente para colocar un trono, y tantos
asientos como dignatarios había en palacio.
Se ejecutaron en muy poco tiempo las órdenes de Zumurrud. Y trazado el
meidán, y levantado el pabellón, y dispuestos el trono y los asientos en
el orden jerárquico, Zumurrud convocó á todos los grandes de la ciudad y
del palacio, y les ofreció un banquete tal, que ningún anciano recordaba
de otro parecido. Y al final del festín, Zumurrud se volvió hacia los
invitados y les dijo: «¡En adelante, durante todo mi reinado, os
convocaré en este pabellón á principios de cada mes, y os sentaréis en
vuestros sitios, y convocaré asimismo á todo el pueblo, para que tome
parte en el banquete, y coma y beba, y dé gracias al Donador por sus
dones!» Y todos le contestaron oyendo y obedeciendo. Y entonces añadió:
«¡Los pregoneros públicos llamarán á mi pueblo al festín y les
advertirán que será ahorcado quien se niegue á venir!»
Y al principio del mes los pregoneros públicos recorrieron las calles,
gritando: «¡Oh vosotros todos, mercaderes y compradores, ricos y pobres,
hambrientos y hartos, por orden de nuestro señor el rey, acudid al
pabellón del meidán! ¡Comeréis y beberéis y bendeciréis al Bienhechor!
¡Y será ahorcado quien no vaya! ¡Cerrad las tiendas y dejad de vender y
comprar! ¡El que se niegue será ahorcado!»
Á esta invitación, la muchedumbre acudió y se hacinó en el pabellón,
estrujándose en medio del salón unos á otros, mientras el rey permanecía
sentado en el trono, y á su alrededor, en los sitios respectivos,
aparecían colocados jerárquicamente los grandes y dignatarios. Y todos
empezaron á comer toda clase de cosas excelentes, como carneros asados,
arroz con manteca, y sobre todo el excelente manjar llamado «kisck»,
preparado con trigo pulverizado y leche fermentada. Y mientras comían,
el rey los examinaba atentamente uno tras otro, y durante tanto tiempo,
que cada cual decía á su vecino: «¡Por Alah! ¡No sé por qué me mira el
rey con esa obstinación!» Y entretanto, los grandes y dignatarios no
dejaban de alentar á toda aquella gente, diciéndole: «¡Comed sin
cortedad y hartaos! ¡El mayor gusto que le podéis dar al rey es
demostrarle vuestro apetito!» Y ellos decían: «¡Por Alah! ¡En toda la
vida hemos visto un rey que quisiera tan bien á su pueblo!»
Y entre los glotones que comían con más ardiente voracidad, haciendo
desaparecer en su garganta fuentes enteras, estaba el miserable
cristiano Barssum que durmió á Alischar y raptó á Zumurrud, ayudado por
su hermano el viejo Rachideddín. Cuando Barssum acabó de comer la carne
y los manjares con manteca ó grasa, vió una fuente colocada fuera de su
alcance, llena de un admirable arroz con leche cubierto de azúcar fino y
canela; atropelló á todos los vecinos y agarró la fuente, que atrajo á
sí y colocó debajo de su mano, y cogió un enorme pedazo, que se metió en
la boca. Escandalizado entonces uno de sus vecinos, le dijo...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 325.ª NOCHE
Ella dijo:
...Escandalizado entonces uno de sus vecinos, le dijo: «¿No te da
vergüenza tender la mano hacia lo que está lejos de tu alcance, ni
apoderarte de una fuente tan grande para ti solo? ¿Ignoras que la
educación nos enseña á no comer mas que lo que tenemos delante?» Y otro
añadió: «¡Ojalá que ese manjar te pese en la barriga y te trastorne las
tripas!» Y otro muy chistoso, gran aficionado al haschich, le dijo:
«¡Eh, por Alah! ¡Repartamos! ¡Acerca eso, que tome yo un bocado, ó dos ó
tres!» Pero Barssum le dirigió una mirada despreciativa, y le gritó con
violencia: «¡Ah maldito devorador de haschich! ¡Este noble manjar no se
ha hecho para tus mandíbulas! ¡Está destinado al paladar de los emires y
gente delicada!» Y se preparaba á meter otra vez los dedos en la
deliciosa pasta, cuando Zumurrud, que lo observaba hacía un rato, le
conoció, y mandó hacia él á cuatro guardias diciéndoles: «¡Id en seguida
á apoderaros de ese individuo que come arroz con leche, y traédmelo!» Y
los cuatro guardias se precipitaron sobre Barssum, le arrancaron de
entre los dedos el bocado que iba á tragar, le echaron de cara contra el
suelo y le arrastraron por las piernas hasta delante del rey, entre los
espectadores asombrados, que en seguida dejaron de comer, cuchicheando
unos junto á otros: «¡Eso es lo que se saca por ser glotón y apoderarse
de la comida de los demás!» Y el comedor de haschich dijo á los que le
rodeaban: «¡Por Alah! ¡qué bien he hecho en no comer con él ese
excelente arroz con leche! ¿Quién sabe el castigo que le darán?» Y todos
empezaron á mirar atentamente lo que iba á ocurrir.
Zumurrud, con los ojos encendidos por dentro, preguntó al hombre: «Dime,
hombre de malos ojos azules, ¿cómo te llamas y cuál es el motivo de tu
venida á este país?» El miserable cristiano, que se había puesto
turbante blanco, privilegio de los musulmanes, dijo: «¡Oh nuestro señor
el rey, me llamo Alí y tengo el oficio de pasamanero. He venido á este
país á ejercer mi oficio y á ganarme la vida con el trabajo de mis
manos!»
Entonces Zumurrud dijo á uno de sus eunucos: ¡Ve pronto á buscar en mi
mesa la arena adivinatoria y la pluma de cobre que me sirve para trazar
las líneas geománticas!» Y en cuanto se ejecutó su orden, Zumurrud
extendió cuidadosamente la arena adivinatoria en la superficie plana de
la mesa, y con la pluma de cobre trazó la figura de un mono y algunos
renglones de caracteres desconocidos. Después de lo cual recapacitó
profundamente un rato, levantó de pronto la cabeza, y con voz terrible
que fué oída por toda la muchedumbre, le gritó al miserable: «¡Oh perro!
¿cómo te atreves á mentir á los reyes? ¿No eres cristiano y no te llamas
Barssum? ¿Y no has venido á este país para buscar una esclava raptada
por ti en otro tiempo? ¡Ah perro! ¡Ah maldito! ¡Ahora mismo vas á
confesar la verdad que me acaba de revelar tan claramente la arena
adivinatoria!»
Aterrado el cristiano al oir estas palabras, se cayó al suelo juntando
las manos, y dijo: «¡Perdón, ¡oh rey del tiempo! no te engañas! ¡En
efecto (preservado seas de todo mal), soy un innoble cristiano y vine
aquí con la intención de apoderarme de una musulmana á quien rapté y que
huyó de nuestra casa!»
Entonces Zumurrud--en medio de los murmullos de admiración de todo el
pueblo, que decía: «¡Ualah! ¡no hay en el mundo un geomántico lector de
arena comparable con nuestro rey!»--llamó al verdugo y á sus ayudantes y
les dijo: «¡Llevaos á ese miserable perro fuera de la ciudad, desolladle
vivo, rellenadle con hierba de la peor calidad, y volved y clavad la
piel en la puerta del meidán! En cuanto al cadáver, hay que quemarlo con
excrementos secos y enterrar en el albañal lo que sobre.» Y contestaron
oyendo y obedeciendo, y se llevaron al cristiano, y lo ejecutaron según
la sentencia, que al pueblo le pareció llena de justicia y cordura.
Los vecinos que habían visto al miserable comer el arroz con leche no
pudieron dejar de comunicarse mutuamente sus impresiones. Uno dijo:
«¡Ualah! ¡En mi vida volveré á dejarme tentar por ese plato, aunque me
gusta en extremo! ¡Trae mala sombra!» Y el comedor de haschich exclamó,
agarrándose el vientre porque tenía cólico de terror: «¡Ualah! ¡Mi buen
destino me ha librado de tocar á ese maldito arroz con canela!» ¡Y todos
juraron no volver á pronunciar ni el nombre del arroz con leche!
Á todo esto, entró un hombre de aspecto repulsivo, que se adelantó
rápidamente, atropellando a todo el que hallaba al paso, y viendo todos
los sitios ocupados menos alrededor de la fuente del arroz con leche, se
acurrucó delante de ella y en medio del espanto general se dispuso á
tender la mano para comerlo.
Y Zumurrud en seguida conoció que aquel hombre era su raptor, el
terrible Djiwán el kurdo, uno de los cuarenta de la gavilla de Ahmad
Ed-Danaf. El motivo que lo llevaba á la ciudad no era otro que buscar á
la joven, cuya fuga le había inspirado un furor espantoso cuando estaba
ya preparado á cabalgarla con sus compañeros. Y se había mordido la mano
de desesperación y había jurado que la encontraría, aunque estuviera
escondida detrás del monte Cáucaso, ú oculta como el alfónsigo en la
cascara. Y había salido á buscarla, y había acabado por llegar á la
ciudad consabida, y por entrar con los demás en el pabellón para que no
le ahorcaran...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 326.ª NOCHE
Ella dijo:
...y entrar con los demás en el pabellón para que no le ahorcaran.
Sentóse, pues, ante la fuente de arroz con leche y metió toda la mano en
medio. Y entonces por todas partes le gritaron: «¡Eh! ¿Qué vas á hacer?
¡Ten cuidado! ¡Te van á desollar vivo! ¡No toques á esa fuente, que es
de mala sombra!» Pero el hombre les dirigió miradas terribles y les
gritó: «¡Callaos vosotros! ¡Quiero comer de este plato y llenarme la
barriga! ¡Me gusta el arroz con leche!» Y le dijeron otra vez: «¡Que te
ahorcarán y te desollarán!» Y por toda contestación se acercó más á la
fuente, en la cual ya había metido la mano, y se inclinó hacia ella. Al
verlo el comedor de haschich, que era el que tenía más cerca, se escapó
asustado y libre ya de los vapores del haschich, para sentarse más
lejos, protestando de que no tenía nada que ver con lo que ocurriera.
Y Djiwán el kurdo, después de haber metido en la fuente la mano negra
como la pata del cuervo, la sacó enorme y pesada como el pie de un
camello. Redondeó en la palma el prodigioso pedazo que había sacado,
hizo con él una bola tan gorda como una cidra, y con un movimiento
giratorio se la arrojó al fondo de la garganta, en donde se hundió con
el estruendo de un trueno ó con el ruido de una cascada en una caverna
sonora, hasta el punto de que la cúpula del pabellón resonó con un eco
sonoro que hubo de repercutir saltando y rebotando. ¡Y fué tal la huella
dejada en la masa de donde se sacó el pedazo, que se vió el fondo de la
enorme fuente!
Al percibir aquello, el comedor de haschich levantó los brazos y
exclamó: «¡Alah nos proteja! ¡Se ha tragado la fuente de un solo bocado!
¡Gracias á Alah que no me creó arroz con leche ó canela ú otra cosa
semejante entre sus manos!» Y añadió: «¡Dejémosle comer á su gusto, pues
ya veo que se le dibuja en la frente la imagen del desollado y ahorcado
que ha de ser!» Y se puso más lejos del alcance de la mano del kurdo,
gritándole: «¡Así se te pare la digestión y te ahogue, espantoso
abismo!» Pero el kurdo, sin hacer caso de lo que decían á su alrededor,
metió otra vez los dedos, gordos como estacas, en la masa tierna, que se
entreabrió con un crujido sordo, y los sacó con una bola como una
calabaza en las puntas, y ya le estaba dando vueltas en la palma antes
de tragarla, cuando Zumurrud dijo á los guardias: «¡Traedme pronto al
del arroz, antes de que se trague el bocado!» Y los guardias saltaron
sobre el kurdo, que no los veía por tener la mitad del cuerpo encorvado
encima de la fuente. Y le derribaron con agilidad, le ataron las manos á
la espalda y le llevaron á presencia del rey, mientras decían los
circunstantes: «Él se empeñó en perderse. ¡Ya le habíamos aconsejado que
se abstuviera de tocar á ese nefasto arroz con leche!»
Cuando le tuvo delante, Zumurrud le preguntó: «¿Cuál es tu nombre? ¿Cuál
es tu oficio? ¿Y qué causa te ha impulsado á venir á esta ciudad?» El
otro contestó: «Me llamo Othmán, y soy jardinero. Respecto al motivo de
mi venida, busco un jardín en donde trabajar para comer.» Zumurrud
exclamó: «¡Que me traigan la mesa de arena y la pluma de cobre!» Y
cuando tuvo ambos objetos, trazó caracteres y figuras con la pluma en la
arena extendida, reflexionó y calculó una hora, después levantó la
cabeza y dijo: «¡Desdicha sobre ti, miserable embustero! Mis cálculos
sobre la mesa de arena me enteran de que en realidad te llamas Djiwán el
kurdo, y que tu oficio es el de bandolero, ladrón y asesino! ¡Ah cerdo,
hijo de perro y de mil zorras! ¡Confiesa en seguida la verdad ó lo harás
á golpes!»
Al oir estas palabras del rey--del cual no podía sospechar que fuese la
joven robada poco antes por él--, palideció, le temblaron las mandíbulas
y los labios se le contrajeron, dejando al descubierto unos dientes que
parecían de lobo ó de otra alimaña silvestre. Después intentó salvar la
cabeza declarando la verdad, y dijo: «¡Cierto es cuanto dices, ¡oh rey!
¡Pero me arrepiento ante ti ahora mismo, y en adelante seguiré el buen
camino!» Mas Zumurrud le dijo: «¡Me es imposible dejar vivir en el
camino de los musulmanes á una fiera dañina!» Después ordenó: «Que se lo
lleven y le desuellen vivo y le rellenen de paja para clavarle á la
puerta del pabellón, y sufra su cadáver la misma suerte que el del
cristiano!»
Cuando el comedor de haschich vió que los guardias se llevaban á aquel
hombre, se levantó y se volvió de espaldas á la fuente de arroz, y dijo:
«¡Oh arroz con leche, salpicado con azúcar y canela, te vuelvo la
espalda, porque no te juzgo, malhadado manjar, digno de mis miradas, ni
casi de mi trasero...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 327.ª NOCHE
Ella dijo:
«...porque no te juzgo, malhadado manjar, digno de mis miradas, ni casi
de mi trasero! ¡Te escupo encima y abomino de ti!» Y nada más por lo que
á él respecta.
Veamos en cuanto al tercer festín. Como en las dos circunstancias
anteriores, los pregoneros vocearon el mismo anuncio, y se hicieron
iguales preparativos; y el pueblo se congregó en el pabellón, los
guardias se colocaron ordenadamente y el rey se sentó en el trono. Y
todo el mundo se puso á comer, á beber y á regocijarse, y la multitud se
amontonaba por todas partes, menos delante de la fuente de arroz con
leche, que permanecía intacta en medio del salón, mientras todos los
comensales le volvían la espalda. Y de pronto entró un hombre de barbas
blancas, que, al ver vacíos los alrededores de la fuente, se dirigió
hacia aquel lado y se sentó para comer, á fin de que no le ahorcaran. Y
Zumurrud le miró, y vió que era el viejo Rachideddín, el miserable que
la había hecho raptar por su hermano Barssum.
Efectivamente; como Rachideddín vió que pasaba un mes sin que volviera
su hermano, al cual había enviado en busca de la joven desaparecida,
resolvió partir en persona para tratar de dar con ella, y el Destino le
llevó á aquella ciudad hasta aquel pabellón, delante de la fuente de
arroz con leche.
Al reconocer al maldito cristiano, Zumurrud dijo para sí: «¡Por Alah!
¡Este arroz con leche es un manjar bendito, pues me hace encontrar á
todos los seres maléficos! Tengo que mandarlo pregonar algún día por
toda la ciudad como manjar obligatorio para todos los ciudadanos. ¡Y
mandaré ahorcar á quienes no les guste! ¡Entretanto, voy á emprenderla
con ese viejo criminal!» Y dijo á los guardias: «¡Traedme al del arroz!»
Y los guardias, acostumbrados ya, vieron al hombre, en seguida se
precipitaron sobre él y le arrastraron por las barbas á presencia del
rey, que le preguntó: «¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu profesión? ¿Y por
qué has venido aquí?» Él contestó: «¡Oh rey afortunado, me llamo Rustem,
pero no tengo más profesión que la de pobre, la de derviche!» Zumurrud
gritó: «¡Tráiganme la arena y la pluma!» Y se las llevaron. Y después de
haber extendido ella la arena y haber trazado figuras y caracteres,
estuvo reflexionando una hora, al cabo de la cual levantó la cabeza y
dijo: «¡Mientes delante del rey, maldito! ¡Te llamas Rachideddín, y tu
profesión consiste en mandar raptar traidoramente á las mujeres de los
musulmanes para encerrarlas en tu casa; en apariencia profesas la fe del
Islam, pero en el fondo del corazón eres un miserable cristiano
corrompido por los vicios! ¡Confiesa la verdad, ó tu cabeza saltará
ahora mismo á tus pies!» Y el miserable, aterrado, creyó salvar la
cabeza confesando sus crímenes y actos vergonzosos. Entonces, Zumurrud
dijo á los guardias: «¡Echadle al suelo y dadle mil palos en cada planta
de los pies!» Y así se hizo inmediatamente. Entonces dijo Zumurrud:
«¡Ahora lleváosle, desolladle, rellenadle con hierba podrida y clavadle
con los otros dos á la entrada del pabellón! ¡Y sufra su cadáver la
misma suerte que los de los otros dos perros!» Y en el acto se ejecutó
todo.
Después, todo el mundo reanudó la comida, haciéndose lenguas de la
sabiduría y ciencia adivinatoria del rey y ponderando su justicia y
equidad.
Terminado el festín, el pueblo se fué y la reina Zumurrud volvió á
palacio. Pero no era feliz en su intimidad, y decía para sí: «¡Gracias á
Alah, que me ha apaciguado el corazón ayudándome á vengarme de quienes
me hicieron daño! ¡Pero todo ello no me devuelve á mi amado Alischar!
¡Sin embargo, el Altísimo es al mismo tiempo el Todopoderoso, y puede
hacer cuanto quiera en beneficio de quienes le adoran y lo reconocen
como único Dios!» Y conmovida al recordar á su amado, derramó abundantes
lágrimas toda la noche, y después se encerró sola con su dolor hasta
principios del mes siguiente.
Entonces el pueblo se reunió otra vez para el banquete acostumbrado, y
el rey y los dignatarios tomaron asiento, como solían, bajo la cúpula. Y
había empezado ya el banquete, y Zumurrud había perdido la esperanza de
volver á ver á su amado, y rezaba interiormente esta oración: «¡Oh tú
que devolviste á Iussuf á su anciano padre Jacob, que curaste las llagas
incurables del santo Ayub, abrígame en tu bondad, que vuelva á ver
también á mi amado Alischar! ¡Eres el Omnipotente, ¡oh señor del
universo! ¡Tú que llevas al buen camino á quienes se descarrían, tú que
escuchas todas las voces, y atiendes á todos los votos, y haces que el
día suceda á la noche, devuélveme á tu esclavo Alischar!»
Apenas formuló Zumurrud interiormente aquella invocación, entró un joven
por la puerta del meidán, y su cintura flexible se plegaba como se
balancea la rama del sauce á impulso de la brisa. Era hermoso cual la
luz es hermosa, pero parecía delicado y algo fatigado y pálido. Buscó
por doquiera un sitio para sentarse y no encontró libre mas que el
cercano á la fuente del consabido arroz con leche. Y allí se sentó, y le
seguían las miradas espantadas de quienes le creían perdido, y ya lo
veían desollado y ahorcado.
Y á la primera mirada conoció Zumurrud á Alischar. Y el corazón le
empezó á palpitar apresuradamente y le faltó poco para exhalar un grito
de júbilo. Pero logró vencer aquel movimiento irreflexivo para no
traicionarse á sí misma delante del pueblo. Sin embargo, era presa de
intensa emoción, y las entrañas se le agitaban y el corazón le latía
cada vez con más fuerza. Y quiso tranquilizarse por completo antes de
llamar á Alischar.
* * * * *
He aquí lo ocurrido á éste. Cuando se despertó...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 328.ª NOCHE
Ella dijo:
...Cuando se despertó ya era de día, y los mercaderes empezaban á abrir
el zoco. Asombrado Alischar al verse tendido en aquella calle, se llevó
la mano á la frente, y vió que había desaparecido el turbante, lo mismo
que el albornoz. Entonces empezó á comprender la realidad, y corrió muy
alborotado á contar su desventura á la buena vieja, á quien rogó que
fuera á averiguar noticias. Ella consintió de grado, y salió para volver
al cabo de una hora con la cara y la cabellera trastornada, á enterarle
de la desaparición de Zumurrud y decirle: «Creo, hijo mío, que ya puedes
renunciar á volver á ver á tu amada. ¡En las calamidades, no hay fuerza
ni recurso mas que en Alah Omnipotente! ¡Todo lo que te ocurre es por
culpa tuya!»
Al oir esto, Alischar vió que la luz se convertía en tinieblas á sus
ojos, y desesperó de la vida, y deseó morir, y se echó á llorar y
sollozar en brazos de la buena vieja, hasta que se desmayó. Después, á
fuerza de cuidados, recobró el sentido; pero fué para meterse en la
cama, presa de una grave enfermedad que le hizo padecer insomnios, y
sin duda le habría llevado directamente á la tumba, si la buena anciana
no le hubiera querido, cuidado y alentado. Muy enfermo estuvo un año
entero, sin que la vieja le dejara un momento; le daba las medicinas, y
le cocía el alimento, y le hacía respirar los perfumes vivificadores. Y
en un estado de debilidad extrema, se dejaba cuidar, y recitaba versos
muy tristes sobre la separación, como éstos entre otros mil:
_¡Acumúlanse las zozobras, se aparta el amor, corren las lágrimas y
el corazón arde!_
_¡El peso del dolor cae sobre una espalda que no puede soportarlo,
sobre un corazón extenuado por el deseo de amar, por la pasión sin
rumbo y por las continuadas vigilias!_
_¡Señor! ¿queda algún medio de ayudarme? ¡Apresúrate á socorrerme,
antes de que el último aliento de vida se exhale de un cuerpo
agotado!_
En tal estado permaneció Alischar sin esperanza de restablecerse, lo
mismo que sin esperanza de volver á ver á Zumurrud, y la buena vieja no
sabía cómo sacarle de aquel letargo, hasta que un día le dijo: «¡Hijo
mío, el modo de volver á encontrar á tu amiga no es seguir lamentándote
sin salir de casa! Si quieres hacerme caso, levántate y repón tus
fuerzas, y sal á buscarla por las ciudades y comarcas. ¡Nadie sabe por
qué camino puede venir la salvación!» Y no dejó de alentarle de tal
manera ni de darle esperanza, hasta que le obligó á levantarse y á
entrar en el hammam, en el cual ella misma le bañó, y le hizo tomar
sorbetes y comerse un pollo. Y le estuvo cuidando de la misma manera un
mes, hasta que le dejó en situación de poder viajar. Entonces Alischar
se despidió de la anciana, después de haber terminado sus preparativos
de marcha, y se puso en camino para buscar á Zumurrud. Y así fué como
acabó por llegar á la ciudad en donde Zumurrud era rey, y por entrar en
el pabellón del festín, y sentarse delante de la fuente de arroz con
leche salpicado de azúcar y canela.
Como tenía mucha hambre, se levantó las mangas hasta los codos, dijo la
fórmula «Bismilah», y se dispuso á comer. Entonces, sus vecinos,
compadecidos al ver el peligro á que se exponía, le advirtieron que
seguramente le ocurriría alguna desgracia si tenía la mala suerte de
tocar aquel manjar. Y como se empeñaba en ello, el comedor de haschich
le dijo: «¡Mira que te desollarán y ahorcarán!» Y Alischar contestó:
«¡Bendita sea la muerte que me libre de una vida llena de infortunios!
¡Pero antes probaré este arroz con leche!» Y alargó la mano y empezó á
comer con gran apetito.