Cuando Alischar se dirigía hacia afuera, encontróse con el cristiano,

que ya había entrado en el zaguán por la puerta abierta. Al verlo, el

mundo se ennegreció delante de sus ojos, y exclamó: «¿Qué haces ahí,

perro, hijo de perro? ¿y cómo osaste penetrar en mi casa sin mi

permiso?» El otro contestó: «¡Por favor, ¡oh mi señor! perdóname!

Cansado de haber andado todo el día y sin poderme ya tener de pie, me vi

obligado á pasar el umbral, pues al cabo no hay tanta diferencia entre

la puerta y el zaguán. ¡Además, no pido mas que el tiempo suficiente

para tomar aliento y me voy! ¡No me rechaces, y Alah no te rechazará!» Y

cogió el cántaro que sostenía Alischar muy perplejo, bebió lo necesario

y se lo devolvió. Y Alischar se quedó de pie enfrente, esperando que se

fuera. Pero pasó una hora, y el cristiano no se movía. Entonces,

Alischar, sofocado, le gritó: «¿Quieres marcharte ahora mismo y seguir

tu camino?» Pero el cristiano le contestó: «¡Oh señor mío! No serás de

aquellos que hacen un beneficio á alguien para obligarle estar

lamentándolo toda la vida, ni de aquellos de quienes dijo el poeta:

_¡Se desvaneció la raza generosa de los que, sin contar, llenaban

la mano del pobre antes de que se les tendiese!_

_¡Ahora hay una raza vil de usureros, que calculan el interés de un

poco de agua prestada al pobre del camino!_

»Yo, mi señor, ya he apagado la sed con el agua de tu casa; pero ahora

me atormenta de tal manera el hambre, que me contentaría con lo que te

haya quedado de la comida, aunque fuera un pedazo de pan seco y una

cebolla, nada más.» Alischar, cada vez más enfurecido, le gritó: «¡Vaya,

vaya! ¡Fuera de aquí! ¡Basta de citas poéticas! ¡No queda nada en la

casa!» El otro contestó sin moverse del sitio: «¡Señor, perdóname! Pero

si no hay nada en tu casa, tienes encima los cien dinares que te ha

producido el tapiz. Te ruego, pues, por Alah, que vayas al zoco más

cercano á comprarme una torta de trigo, para que no se diga que abandoné

tu casa sin que se haya partido entre nosotros el pan y la sal.»

Cuando Alischar oyó estas palabras, dijo para sí: «No hay duda posible.

Este maldito cristiano es un loco y un extravagante. Y lo voy á echar á

la calle y á azuzar contra él á los perros vagabundos.» Y cuando se

preparaba á empujarle afuera, el cristiano, inmóvil, le dijo: «¡Oh mi

señor! ¡es un solo pedazo de pan el que deseo, y una sola cebolla para

poder matar el hambre! ¡De modo que no hagas mucho gasto por mí, que

sería demasiado! Porque el prudente se contenta con poco; y como dice el

poeta:

_¡Un pan seco basta para apagar el hambre que tortura al sabio,

cuando el mundo no bastaría para saciar el falso apetito del

tragón!_

Cuando Alischar vió que no le quedaba más remedio que ceder, dijo al

cristiano: «¡Voy al zoco á buscar de comer! ¡Espérame aquí sin moverte!»

Y salió de la casa después de haber cerrado la puerta, y sacó la llave

de la cerradura para metérsela en el bolsillo. Fué apresuradamente al

zoco, compró queso asado con miel, pepinos, plátanos, hojaldre y pan

recién salido del horno, y se lo trajo todo al cristiano, diciéndole:

«¡Come!» Pero éste se negó, diciendo: «¡Oh mi señor! ¡qué generosidad la

tuya! ¡Lo que traes basta para alimentar á diez personas! ¡Es demasiado,

á menos que quieras honrarme comiendo conmigo!» Alischar respondió: «Yo

estoy harto. ¡Come solo!» El otro exclamó: «¡Oh mi señor, la sabiduría

de las naciones nos enseña que el que se niega á comer con su huésped es

indudablemente un bastardo adulterino!...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ

LA 321.ª NOCHE

Ella dijo:

»...el que se niega á comer con su huésped es indudablemente un bastardo

adulterino!» Estas palabras no tenían réplica posible. Alischar no se

atrevió á negarse, y se sentó al lado del cristiano, y se puso á comer

con él distraídamente. Y el cristiano se aprovechó de la distracción de

su huésped para mondar un plátano, partirlo, y deslizar en él con

destreza banj puro mezclado con extracto de opio, en dosis suficiente

para derribar á un elefante y dormirlo durante un año. Mojó el plátano

en la miel blanca, en la cual nadaba el excelente queso asado, y se lo

ofreció á Alischar, diciéndole: «¡Oh mi señor! ¡Por la verdad de la fe,

acepta de mi mano este suculento plátano que mondé para ti!» Alischar,

que tenía prisa por acabar, cogió el plátano y se lo tragó.

Apenas había llegado el plátano á su estómago, cayó Alischar al suelo,

dando con la cabeza antes que con los pies, privado de sentido. Entonces

el cristiano brincó como un lobo pelado y se precipitó afuera, pues en

la calleja de enfrente permanecían en acecho varios hombres con un mulo,

y á su cabeza estaba el viejo Rachideddín, el miserable de los ojos

azules al cual no había querido pertenecer Zumurrud, y que había jurado

poseerla á la fuerza á todo trance. Este Rachideddín no era mas que un

innoble cristiano, que profesaba exteriormente el islamismo para gozar

sus privilegios cerca de los mercaderes, y era el propio hermano del

cristiano que acababa de traicionar á Alischar, y que se llamaba

Barssum.

Este Barssum corrió, pues, á avisar á su miserable hermano del resultado

de su ardid, y los dos, seguidos por sus hombres, penetraron en la casa

de Alischar, se precipitaron en la inmediata habitación, alquilada por

Alischar para harem de Zumurrud, lanzáronse sobre la hermosa joven, á la

cual amordazaron y agarraron para transportarla en un momento á lomos

del mulo, que pusieron al galope, á fin de llegar en pocos instantes,

sin que nadie les molestara en el camino, á casa del viejo Rachideddín.

El viejo miserable de ojos azules y bizcos mandó entonces llevar á

Zumurrud á la estancia más apartada de la casa, y se sentó cerca de

ella, después de haberle quitado la mordaza, y le dijo: «Hete aquí ya

en mi poder, bella Zumurrud, y no será el bribón de Alischar quien venga

ahora á sacarte de mis manos. Empieza, pues, antes de acostarte en mis

brazos y de experimentar mi valentía en el combate, por abjurar de tu

descreída fe y consentir en ser cristiana, como yo soy cristiano. ¡Por

el Mesías y la Virgen! ¡Si no te rindes inmediatamente á mi doble deseo,

te someteré á los peores tormentos y te haré más desdichada que una

perra!»

Al oir estas palabras del miserable cristiano, los ojos de la joven se

llenaron de lágrimas, que rodaron por sus mejillas, y sus labios se

estremecieron y exclamó: «¡Oh malvado de barbas blancas! ¡por Alah!

¡podrás hacer que me corten en pedazos, pero no conseguirás que abjure

de mi fe; podrás apoderarte de mi cuerpo por la violencia, como el

cabrón en celo con la cabra joven, pero no someterás mi espíritu á la

impureza compartida! ¡Y Alah sabrá pedirte cuenta de tus ignominias

tarde ó temprano!»

Cuando el anciano vió que no podía convencerla con palabras, llamó á sus

esclavos y les dijo: «¡Echadla al suelo, y sujetadla boca abajo

fuertemente!» Y los esclavos la echaron al suelo boca abajo. Entonces

aquel miserable cristiano viejo agarró un látigo y empezó á azotarla con

crueldad en sus hermosas partes redondeadas, de modo que cada golpe

dejaba una larga raya roja en la blancura de las nalgas. Y Zumurrud, á

cada golpe que recibía, en vez de debilitarse en la fe, exclamaba: «¡No

hay más Dios que Alah, y Mohamed es el enviado de Alah!» Y el otro no

dejó de azotarla hasta que no pudo ya levantar el brazo. Entonces mandó

á sus esclavos que la llevasen á la cocina con las criadas y que no le

dieran de comer ni de beber. ¡Esto en cuanto á ellos dos!

En cuanto á Alischar, quedó tendido sin sentido en el zaguán de su casa

hasta el día siguiente. Entonces volvió en sí y abrió los ojos, disipada

ya la embriaguez del banj y desaparecidos de su cabeza los vapores del

opio. Se sentó entonces en el suelo, y con todas sus fuerzas llamó: «¡Ya

Zumurrud!» Pero no le contestó nadie. Levantóse anhelante y entró en la

habitación, que encontró vacía y silenciosa, y con los velos y chal de

Zumurrud tirados por el suelo. Se acordó del cristiano importuno, y como

también éste había desaparecido, ya no dudó del rapto de su amada

Zumurrud. Entonces se tiró al suelo, dándose golpes en la cabeza y

sollozando; después se desgarró los vestidos, y lloró todas las lágrimas

de la desolación; y en el límite de la desesperanza, se lanzó fuera de

su casa, recogió dos piedras grandes, una con cada mano, y empezó á

recorrer enloquecido todas las calles, golpeándose el pecho con las

piedras y gritando: «¡Ya Zumurrud, Zumurrud!» Y los chiquillos le

rodearon, corriendo como él y gritando: «¡Un loco, un loco!» Y los

conocidos que le encontraban le miraban con lástima y lamentaban la

pérdida de su razón, diciendo: «¡Es el hijo de Gloria! ¡Pobre

Alischar!»

Y siguió vagando de aquel modo y haciéndose sonar el pecho á

guijarrazos, cuando le encontró una buena vieja, que le dijo: «Hijo mío,

¡así goces de la seguridad y la razón! ¿Desde cuándo estás loco?» Y

Alischar le contestó con estos versos:

_¡La ausencia de una mujer me hizo perder la razón! ¡Oh vosotros

que creéis en mi locura, traedme á la que hubo de causarla, y

daréis á mi espíritu la frescura de un díctamo!_

Al oir tales versos y al mirar más atentamente á Alischar, la buena

anciana comprendió que debía ser un enamorado infeliz, y le dijo: «¡Hijo

mío, no temas contarme tus penas y tu infortunio! ¡Acaso me haya puesto

Alah en tu senda para ayudarte!» Entonces Alischar le contó su aventura

con Barssum el cristiano.

Enterada la buena vieja, estuvo reflexionando una hora, y luego levantó

la cabeza y le dijo á Alischar: «¡Levántate, hijo mío, y ve pronto á

comprarme un cesto de buhonero, en el cual colocarás, después de

adquirirlos en el zoco, pulseras de cristal de colores, anillos de cobre

plateado, pendientes, dijes y otras varias cosas como las que venden las

piadosas por las casas á las mujeres. Y yo me pondré el cesto en la

cabeza, y recorreré las casas de la ciudad, vendiendo esas cosas á las

mujeres. Y así podré hacer averiguaciones que nos orientarán, y sí Alah

quiere, contribuirán á que encontremos á tu amada Sett Zumurrud!...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ

LA 322.ª NOCHE

Ella dijo:

»...encontremos á tu amada Sett Zumurrud.» Y Alischar se puso á llorar

de alegría. Y después de haber besado las manos á la buena vieja, se

apresuró á comprar y entregarle lo que le había indicado.

Entonces la vieja se fué á vestirse á su casa. Se tapó la cara con un

velo color de miel obscuro, se cubrió la cabeza con un pañuelo de

cachemira, se envolvió en un velo grande de seda negra, se puso en la

cabeza la consabida cesta, y cogiendo un bastón para sostener su

respetable vejez, empezó á recorrer lentamente los harems de personajes

y mercaderes por los distintos barrios, y no tardó en llegar á la casa

del viejo Rachideddin, el miserable cristiano que pasaba por musulmán,

el maldito á quien Alah confunda y abrase en el fuego del infierno y

atormente hasta la extinción del tiempo. ¡Amin!

Y llegó precisamente en el momento en que la desventurada joven,

arrojada entre las esclavas y criadas de la cocina, y dolorida aún de

los golpes que había recibido, yacía medio muerta en una mala estera.

Llamó á la puerta la vieja, y una esclava abrió y la saludó

amistosamente. Y la vieja le dijo: «Hija mía, tengo cosas bonitas que

vender. ¿Hay en casa quien las compre?» La criada dijo: «¡Ya lo creo!» Y

la llevó á la cocina, en donde la vieja se sentó con gran compostura,

rodeándola en seguida las esclavas. Fué muy benévola en la venta, y les

cedió, por precios muy módicos, pulseras, sortijas y pendientes, de modo

que se granjeó su confianza y ganó sus simpatías por su lenguaje

virtuoso y la dulzura de sus modales.

Pero al volver la cabeza vió á Zumurrud tendida, é interrogó á las

esclavas, que le dijeron cuanto sabían. É inmediatamente comprendió que

estaba en presencia de la que buscaba. Se acercó á la joven y le dijo:

«¡Hija mía! ¡aléjese de ti todo mal! ¡Alah me envía para socorrerte!

¡Eres Zumurrud, la esclava amada de Alischar, hijo de Gloria!» Y la

enteró del objeto de su venida, disfrazada de vendedora, y le dijo:

«Mañana por la noche estate dispuesta á dejarte raptar; asómate á la

ventana de la cocina que da á la calle, y cuando veas que alguien, entre

la obscuridad, se pone á silbar, esa será la seña. Responde silbando

también, y salta sin temor á la calle. ¡Alischar en persona estará allí

y te salvará!» Y Zumurrud besó las manos á la vieja, que se apresuró á

salir y enterar á Alischar de lo que acababa de suceder, añadiendo:

«Irás allá, al pie de la ventana de la cocina de ese maldito, y harás

tal y cual cosa.»

Entonces Alischar dió mil gracias á la vieja por sus favores, y quiso

hacerle un regalo; pero no lo aceptó ella, y se fué deseándole buen

éxito y felicidades, y le dejó recitando versos sobre la amargura de la

separación.

Á la noche siguiente, Alischar se encaminó á la casa descrita por la

buena vieja y acabó por encontrarla. Se sentó al pie de la pared y

aguardó que llegara la hora de silbar. Pero cuando llevaba allí un rato,

como había pasado dos noches de insomnio, le venció de pronto el

cansancio y se durmió. ¡Glorificado sea el Único, que nunca duerme!

Mientras Alischar permanecía aletargado al pie de la pared, el Destino

envió hacia allí, en busca de alguna ganga, á un ladrón entre los

ladrones audaces, que, después de dar vuelta á la casa sin encontrar

salida, llegó al sitio en que dormía Alischar. Y se inclinó hacía éste,

y tentado por la riqueza de su traje, le robó hábilmente el hermoso

turbante y el albornoz, y se los puso en seguida. En el mismo momento

vió que se abría la ventana y oyó silbar á alguien. Miró, y vió una

forma de mujer que le hacía señas y silbaba. Era Zumurrud, que le tomaba

por Alischar.

Al ver aquello, el ladrón, aunque sin saber lo que significaba, pensó:

«¡Me convendrá contestar!» Y silbó. En seguida salió Zumurrud por la

ventana y saltó á la calle con ayuda de una cuerda. Y el ladrón, que era

un mozo robusto, la cogió á cuestas y se alejó con la rapidez del

relámpago.

Cuando Zumurrud vió que su acompañante tenía tanta fuerza, se asombró

mucho, y le dijo: «Amado Alischar, la vieja me había dicho que apenas

podías moverte por lo que te habían debilitado la pena y el temor. ¡Pero

veo que estás más fuerte que un caballo!» Pero como el ladrón no

contestaba y corría con mayor celeridad, Zumurrud le pasó la mano por la

cara y se la encontró erizada de pelos más duros que la escoba del

hammam, de tal modo que parecía un cerdo que se hubiera tragado una

gallina, cuyas plumas se le salieran por la boca. Al encontrarse con

aquello, la joven sintió un terror espantoso, y empezó á darle golpes en

la cara, gritando: «¿Quién eres y qué eres?» Y como en aquel momento

estaban ya lejos de las casas, en campo raso invadido por la noche y la

soledad, el ladrón se detuvo un momento, dejó en el suelo á la joven, y

gritó: «¡Soy Djiwán el kurdo, el compañero más terrible de la gavilla de

Ahmad Ed-Danaf! ¡Somos cuarenta mozos que llevamos mucho tiempo privados

de carne fresca! ¡La noche próxima será la más bendita de tus noches,

pues todos te cabalgaremos sucesivamente, y te pisaremos el vientre, y

nos revolcaremos entre tus muslos, y le haremos dar vueltas á tu

capullo hasta por la mañana!»

Cuando Zumurrud oyó semejantes palabras de su raptor, comprendió todo lo

horrible de su situación, y se echó á llorar, golpeándose el rostro y

deplorando el error que la había entregado á aquel bandido perpetrador

de violencias y á sus cuarenta compañeros. Y después, viendo que su

destino aciago la perseguía y que no podía luchar contra él, se dejó

llevar de nuevo por su raptor sin oponer resistencia y se contentó con

suspirar: «¡No hay más Dios que Alah! ¡Me refugio en Él! ¡Cada cual

lleva su Destino atado al cuello, y haga lo que quiera, no puede

alejarse de él!...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ

LA 323.ª NOCHE

Ella dijo:

»...¡Cada cual lleva su Destino atado al cuello, y haga lo que quiera,

no puede alejarse de él!»

El terrible kurdo Djiwán se echó de nuevo á cuestas á la joven, y siguió

corriendo hasta una caverna oculta entre rocas, donde habían

establecido su domicilio la gavilla de los cuarenta y su jefe.

Arreglaba allí la casa de los ladrones y les preparaba la comida una

vieja, que era precisamente la madre del raptor de Zumurrud. Ella fué la

que al oir la seña convenida salió á la entrada de la caverna á recibir

á su hijo con la capturada. Djiwán entregó la persona de Zumurrud á su

madre, y le dijo: «Cuida bien de esta gacela hasta mi regreso, pues voy

á buscar á mis compañeros para que la cabalguen conmigo. Pero como no

hemos de volver hasta mañana á mediodía, porque tenemos que realizar

algunas proezas, te ruego que la alimentes bien, para que pueda soportar

nuestras cargas y nuestros asaltos.» Y se fué.

Entonces la vieja se acercó á Zumurrud y le dió de beber, y le dijo:

«Hija mía, ¡qué dichosa serás cuando penetren pronto en tu centro

cuarenta mozos robustos, sin contar al jefe, que él solo es tan fuerte

como todos los demás juntos! ¡Por Alah! ¡qué suerte tienes con ser joven

y deseable!» Zumurrud no pudo contestar, y envolviéndose la cabeza con

el velo, se tendió en el suelo y así permaneció hasta por la mañana.

La noche la había hecho reflexionar, cobró ánimos y dijo para sí: «¿En

qué indiferencia condenable caigo al presente? ¿Voy á aguardar sin

moverme la llegada de esos cuarenta bandidos perforadores, que me

estropearán al taladrarme y me llenarán como el agua llena un buque

hasta hundirlo en el fondo del mar? ¡No, por Alah! ¡Salvaré mi alma y

no les entregaré mi cuerpo!» Y como ya era día claro, se acercó á la

vieja, y besándole la mano, le dijo: «Esta noche he descansado bien, mi

buena madre, y me siento con muchos ánimos y dispuesta á honrar á mis

huéspedes. ¿Qué haremos ahora para pasar el tiempo hasta que lleguen?

¿Quieres, por ejemplo, venir conmigo al sol, y dejar que te despioje y

te peine el pelo, buena madre?» La vieja contestó: «¡Por Alah!

¡Excelente ocurrencia, hija mía, pues desde que estoy en esta caverna no

me he podido lavar la cabeza, y sirve ahora de habitación á todas las

clases de piojos que se alojan en la cabellera de las personas y en los

pelos de los animales! ¡Y cuando anochece, salen de mi cabeza y circulan

en tropel por todo mi cuerpo! ¡Y los tengo blancos y negros, grandes y

chicos! ¡Hay algunos, hija mía, que tienen un rabo muy largo, y se

pasean hacia atrás, y otros de olor más fétido que los follones y los

cuescos más hediondos! ¡Si consigues librarme de esos animales

maléficos, tu vida conmigo será muy dichosa!» Y salió con Zumurrud fuera

de la caverna y se acurrucó al sol, quitándose el pañuelo que llevaba á

la cabeza. Y entonces pudo ver Zumurrud que había allí todas las

variedades de piojos conocidas y otras más. Sin perder valor, empezó á

quitarlos á puñados, y á peinar los cabellos por la raíz con espinas

gordas; y cuando no quedó mas que una cantidad normal de aquellos

piojos, se puso á buscarlos con dedos ágiles y numerosos y á

aplastarlos entre dos uñas, según se acostumbra. Y alisó la cabellera

con suavidad, con tanta suavidad, que la vieja se sintió invadida de un

modo delicioso por la tranquilidad de su propia piel limpia, y acabó por

dormirse profundamente.

Sin perder tiempo, Zumurrud se levantó y corrió á la caverna, en la cual

cogió y se puso ropa de hombre; y se rodeó la cabeza con un turbante

hermoso, que procedía de un robo hecho por los cuarenta, y salió á

escape para dirigirse á un caballo, robado también, que por allí pacía

con los pies trabados; le puso silla y riendas, saltó encima á

horcajadas y salió á galope en línea recta, invocando al Dueño de la

salvación.

Galopó sin descanso hasta que anocheció; y al amanecer siguiente reanudó

la carrera, sin parar mas que alguna que otra vez para descansar, comer

alguna raíz y dejar pacer al caballo. Y así prosiguió durante diez días

y diez noches.

Por la mañana del día undécimo, salió al cabo del desierto que acababa

de atravesar y llegó á una verde pradera por donde corrían hermosas

aguas y alegraba la vista el espectáculo de frondosos árboles, de

umbrías, y de rosas y flores que un clima primaveral hacía brotar á

millares; allí jugueteaban también aves de la creación y pastaban

rebaños de gacelas y de animales muy lindos.

Zumurrud descansó una hora en aquel sitio delicioso, y luego montó de

nuevo á caballo, y siguió un camino muy hermoso que corría por entre

masas de verdor y llevaba á una gran ciudad, cuyos alminares brillaban

al sol en lontananza.

Cuando estuvo cerca de los muros y de la puerta de la ciudad, vió una

muchedumbre inmensa, que al distinguirla empezó á lanzar gritos

delirantes de alegría y triunfo, y en seguida salieron de la puerta y

fueron á su encuentro emires á caballo y personajes y jefes de soldados,

que se prosternaron y besaron la tierra con muestras de sumisión de

súbditos á su rey, mientras por todas partes brotaba este clamor inmenso

de la multitud delirante: «¡Dé Alah la victoria á nuestro sultán!

¡Traiga tu feliz venida la bendición al pueblo de los musulmanes, ¡oh

rey del universo! ¡Consolide Alah tu reinado, ¡oh rey nuestro!» Y al

mismo tiempo millares de guerreros á caballo se formaron en dos filas

para separar y contener á las masas en el límite del entusiasmo, y un

pregonero público, encaramado en un camello ricamente enjaezado,

anunciaba al pueblo á toda voz la feliz llegada de su rey.

Pero Zumurrud, disfrazada de caballero, no entendía lo que podía

significar todo aquello, y acabó por preguntar á los grandes

dignatarios, que habían cogido por cada lado las riendas del caballo:

«¿Qué pasa, distinguidos señores, en vuestra ciudad? ¿Y qué me queréis?»

Entonces, de entre todos ellos se adelantó un gran chambelán, que, tras

de inclinarse hasta el suelo, dijo á Zumurrud: «El Donador, ¡oh dueño

nuestro! no contó sus gracias al otorgártelas! ¡Loor se le dé! ¡Te trae

de la mano hasta nosotros para colocarte como nuestro rey sobre el

trono de este reino! ¡Loor á Él, que nos da un rey tan joven y tan

bello, de la noble raza de los hijos de los turcos de rostro brillante!

¡Gloria á Él! Porque si nos hubiera enviado algún mendigo ó cualquiera

otra persona de poco más ó menos, nos habríamos visto obligados también

á aceptarlo por nuestro rey y á rendirle pleito homenaje. Sabe, en

efecto...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ

LA 324.ª NOCHE

Ella dijo.

»...Sabe, en efecto, que la costumbre de los habitantes de esta ciudad

cuando muere nuestro rey sin dejar hijo varón, es dirigirnos á esta

carretera y aguardar la llegada del primer caminante que nos envíe el

Destino para elegirle como rey y saludarle como á tal. ¡Y hoy hemos

tenido la dicha de encontrarte á ti, el más hermoso de los reyes de la

tierra y el único de tu siglo y de todos los siglos!»

Y Zumurrud, que era una mujer de seso y de excelentes ideas, no se

desconcertó con noticia tan extraordinaria, y dijo al gran chambelán y á

los demás dignatarios: «¡Oh vosotros todos, fieles súbditos míos desde

ahora, no creáis de todos modos que yo soy algún turco de obscuro

nacimiento ó hijo de algún plebeyo. ¡Al contrario! ¡Tenéis delante de

vosotros á un turco de elevada estirpe que ha huído de su país y de su

casa después de haber reñido con su familia, y ha resuelto recorrer el

mundo buscando aventuras! ¡Y como precisamente el Destino me hace dar

con una ocasión bastante propicia para ver algo nuevo, consiento en ser

vuestro rey!»

Y en seguida se puso á la cabeza de la comitiva, y entre las

aclamaciones y gritos de júbilo de todo el pueblo, hizo su entrada

triunfal en la ciudad.

Al llegar á la puerta principal de palacio, los emires y chambelanes se

apearon, y la sostuvieron por debajo de los brazos, y la ayudaron á

bajar del caballo, y la llevaron en brazos al gran salón de recepciones;

y después de revestirla con los atributos regios, la hicieron sentar en

el trono de oro de los antiguos reyes. Y todos juntos se prosternaron y

besaron el suelo entre sus manos, pronunciando el juramento de sumisión.

El libro de las mil noches y una noche; t. 8 · 第 10 / 12 段