_¡Si lo examina tu atención, verás que el mundo es nefasto por sus

dos caras: una la constituye la hipocresía, y la otra la traición!_

»Otro dijo:

_¡En futilidades, tonterías y frases absurdas suele consistir el

dominio del mundo! ¡Pero si el Destino coloca en tu camino un ser

excepcional, trátale con frecuencia sólo para mejorarte!_

Cuando el joven Alischar oyó estas palabras de su padre moribundo,

contestó: «¡Oh padre mío, te escucho para obedecerte! ¿Qué más me

aconsejas?» Y dijo Gloria el mercader: «Haz bien, si puedes. Y no

esperes que te recompensen con la gratitud ó con un bien parecido. ¡Oh

hijo mío! ¡Desgraciadamente, no todos los días hay ocasión de hacer el

bien!» Y Alischar respondió: «¡Escucho y obedezco! ¿Son esos todos tus

encargos?» Gloria el mercader dijo: «No derroches las riquezas que te

dejo; sólo te considerarán con arreglo al poder que tengas en la mano. Y

ha dicho el poeta:

_¡Cuando yo era pobre, no tenía amigos; y ahora pululan á mi puerta

y me quitan el apetito!_

_¡Oh! ¡Á cuántos feroces enemigos les domó mi riqueza, y cuántos

enemigos tendría si mi riqueza disminuyese!_»

Después prosiguió el anciano: «No descuides los consejos de la gente de

experiencia, ni creas inútil pedir consejo á quien pueda dártelo, pues

el poeta ha dicho:

_¡Junta tu idea con la idea del consejero, para asegurar mejor el

resultado! ¡Cuando quieras mirarte el rostro, te bastará con un

espejo; pero si quieres mirarte el trasero obscuro, no podrás verlo

mas que con la combinación de dos espejos!_

»Además, hijo mío, tengo que darte un último consejo: ¡huye del vino! Es

causa de todos los males. Te expones á perder la razón y á ser objeto de

befa y de desdén.

»Tales son mis encargos en el umbral de la muerte. ¡Oh hijo mío,

acuérdate de mis palabras! Sé un hijo excelente, y acompáñete mi

bendición toda la vida.»

Y tras de hablar así el anciano mercader Gloria, cerró un momento los

ojos y se recogió. Luego levantó el índice hasta la altura de los ojos y

pronunció su acto de fe. Después de lo cual falleció en la misericordia

del Altísimo.

Fué llorado por su hijo y por toda su familia, y le hicieron funerales,

á los cuales asistieron los más altos y los más bajos, los más ricos y

los más pobres. Y cuando se le enterró, inscribieron estos versos en la

losa de su tumba:

_¡Nací del polvo, al polvo vuelvo y polvo soy! ¡Es como si no

hubiera vivido nunca!_

Hasta aquí en cuanto al mercader Gloria. Ocupémonos ahora de Alischar,

hijo de Gloria.

Muerto su padre, siguió Alischar comerciando en la tienda principal del

zoco, y cumplió á conciencia los encargos paternales, especialmente en

lo que se refería á sus relaciones con los demás. Pero al cabo de un año

y un día, que transcurrieron con exactitud hora tras hora, se dejó

tentar por jóvenes pérfidos, hijos de zorra, adulterinos sin vergüenza.

Y alternó hasta el frenesí con ellos, y conoció á sus astutas madres y

hermanas, hijas de perro. Y se sumergió hasta el cuello en el

libertinaje, y nadó en el vino y en el despilfarro, caminando por vía

bien opuesta al camino recto. Porque, como no estaba á la sazón sano de

espíritu, se hacía este menguado razonamiento: «Ya que mi padre me ha

dejado todas sus riquezas, me conviene utilizarlas para que no las

hereden otros. Y quiero aprovechar el momento y el placer que pasan,

pues no he de vivir dos veces.»

Y le pareció tan bien este razonamiento, y siguió Alischar juntando con

tanta regularidad la noche y el día por sus extremos, sin escatimar

ningún exceso, que pronto vióse reducido á vender la tienda, la casa,

los muebles y hasta la ropa, y no le quedó mas que lo que llevaba

encima.

Entonces pudo ver claro y evidente cómo había procedido, y cerciorarse

de la excelencia de los consejos de su padre Gloria. Todos los amigos á

quienes trató con fastuosidad antes, y á cuya puerta fué á llamar

sucesivamente, encontraron algún motivo para despedirle. Así es que,

reducido al límite extremo de la miseria, se vió obligado, un día en que

no había comido nada desde la víspera, á salir del miserable khan en que

se alojaba, y á mendigar de puerta en puerta por las calles.

De este modo llegó á la plaza del mercado, en la cual vió una gran

muchedumbre formando corro. Quiso acercarse para averiguar lo que

ocurría, y en medio del círculo formado por mercaderes, corredores y

compradores, vió...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ

LA 317.ª NOCHE

Ella dijo:

...en medio del círculo formado por mercaderes, corredores y

compradores, vió á una joven esclava blanca, de elegante y delicioso

aspecto, con una estatura de cinco palmos, con rosas por mejillas,

pechos bien sentados, y ¡qué trasero! Sin temor á engañarse, se le

podrían aplicar estos versos del poeta:

_¡Ha salido sin defecto del molde de la Belleza! ¡Sus proporciones

son admirables: ni muy alta ni muy baja; ni muy gruesa ni muy

flaca; y redondeces por todas partes!_

_¡Así es que la misma Belleza se enamoró de su imagen, realzada por

el ligero velo que sombreaba sus facciones modestas y altivas á la

vez!_

_¡La luna es su rostro; la rama flexible que ondula, su cintura; y

su aliento, el suave perfume del almizcle!_

_¡Parece formada de perlas líquidas; porque sus miembros son tan

lisos, que reflejan la luna de su rostro, y también parecen

formados por lunas!_

_Pero ¿dónde está la lengua que pudiera describir el milagro de

claridad que constituye su trasero brillante?_...

Cuando Alischar dirigió sus miradas á la hermosa joven, quedó

extremadamente maravillado, y ya fuese que permaneciera inmóvil de

admiración, ya que quisiera olvidar por un momento su miseria con el

espectáculo de la belleza, el caso fué que se metió entre la muchedumbre

reunida que preparábase á la venta. Y los mercaderes y corredores que

por allí se hallaban, é ignoraban aún la ruina del joven, supusieron que

había ido á comprar la esclava, pues sabían que era muy rico por la

herencia de su padre, el síndico Gloria.

Pero pronto se puso al lado de la esclava el jefe de los corredores, y

por encima de las cabezas agrupadas, exclamó: «¡Oh mercaderes, dueños de

riquezas, ciudadanos ó habitantes libres del desierto, el que abre la

puerta de la subasta no ha de incurrir en censura! ¡He aquí ante

vosotros la soberana de todas las lunas, la perla de las perlas, la

virgen llena de pudor, la noble Zumurrud, incitadora de todos los deseos

y jardín de todas las flores! ¡Abrid la subasta, ¡oh circunstantes!

¡Nadie censurará á quien abra la subasta! ¡He aquí ante vosotros á la

soberana de todas las lunas, á la pudorosa virgen Zumurrud, jardín de

todas las flores!»

En seguida uno de los mercaderes gritó: «¡Abro la subasta con quinientos

dinares!» Otro dijo: «¡Diez más!» Entonces gritó un viejo deforme y

asqueroso, de ojos azules y bizcos, que se llamaba Rachideddín: «!Cien

más!» Pero dijo una voz: «¡Diez más todavía!» En aquel momento, el viejo

de ojos azules y feos pujó mucho de pronto, gritando: «¡Mil dinares!»

Entonces los demás compradores encarcelaron su lengua y guardaron

silencio. Y el pregonero se volvió hacia el dueño de la esclava joven y

le preguntó si le convenía el precio ofrecido por el viejo y si había

que cerrar el trato. Y el dueño de la esclava respondió: «¡Conforme!

Pero antes tiene que consentir mi esclava también, pues le he jurado no

cederla mas que al comprador que le guste. Por consiguiente, has de

pedirle el consentimiento, ¡oh corredor!» Y el corredor se acercó á la

hermosa Zumurrud, y le dijo: «¡Oh soberana de las lunas! ¿quieres

pertenecer á ese venerable anciano, el jeique Rachideddín?»

Al oír estas palabras, la hermosa Zumurrud dirigió una mirada al

individuo que le indicaba el corredor, y le encontró tal como acabamos

de describirle. Y apartóse con un ademán de repugnancia, y exclamó: «¿No

conoces, ¡oh jefe corredor! lo que decía un poeta viejo, aunque no tan

repulsivo como éste? Pues escucha:

_Le pedí un beso. Ella me miró. ¡Y su mirada no fué de odio ni de

desdén, sino de indiferencia!_

_¡Sin embargo, sabía que yo era rico y considerado! Pasó, y

cayeron de un pliegue de su boca estas palabras:_

«_¡No me agradan las canas; no me gusta poner entre mis labios

algodón mojado!_»

Al oir estos versos, dijo el corredor á Zumurrud: «¡Por Alah! ¡Razón

tienes para rechazarle! ¡Además, mil dinares no son bastante precio! ¡En

mi opinión, vales diez mil!» Volvióse luego hacia la multitud de

compradores y preguntó si no deseaba otro á la esclava por el precio ya

ofrecido. Entonces se acercó un mercader y dijo: «¡Yo!» Y la hermosa

Zumurrud le miró, y vió que no era asqueroso como el viejo Rachideddín,

y que sus ojos no eran azules ni bizcos; pero notó que se teñía de

colorado la barba, á fin de parecer más joven de lo que era. Entonces

exclamó: «¡Qué vergüenza enrojecer y ennegrecer así la faz de la

ancianidad!» É inmediatamente improvisó estos versos:

_¡Oh tú que estás enamorado de mi cintura y de mi rostro, no

lograrás atraer mis miradas por mucho que te disfraces con colores

ajenos!_

_¡Tiñes de oprobio tus canas, sin lograr ocultar tus defectos!_

_¡Cambias de barba como cambias de cara, y te conviertes en tal

espantajo, que si te mirase una mujer preñada, abortaría!_

Oídos estos versos por el jefe de los corredores, le dijo á Zumurrud:

«¡Por Alah! ¡La verdad está contigo!» Pero como no fué aceptada la

segunda proposición, se adelantó un tercer mercader y dijo al corredor:

«Ofrezco el mismo precio. ¡Pregúntale si me acepta!» Y el corredor

interrogó á la hermosa joven, que miró entonces al hombre consabido. Y

vió que era tuerto, y se echó á reír, diciendo: «¿No sabes, ¡oh

corredor! las frases del poeta acerca del tuerto? Pues óyelas:

_¡Créeme, amigo: no seas nunca compañero de un tuerto, y desconfía

de sus embustes y de su falsedad!_

_¡Tan poco se ganará tratándole, que Alah cuidó de sacarle un ojo

para que inspirara desconfianza!_»

Entonces el corredor le indicó un cuarto comprador, y le preguntó:

«¿Quieres á éste?» Zumurrud lo examinó, y vió que era un hombrecillo

chico, con una barba que le llegaba al ombligo, y dijo en seguida: «¡En

cuanto á ese barbudillo, mira cómo lo describe el poeta:

_¡Tiene una barba prodigiosa, que es planta inútil y molesta,

triste como una noche de invierno, larga, fría y obscura!_»

Cuando el corredor vió que no aceptaba á ninguno de los que

espontáneamente brindábanse á comprarla, dijo á Zumurrud: «¡Oh mi

señora! mira á todos esos mercaderes y nobles compradores, y dime cuál

tiene la suerte de gustarte, para que te ofrezca á él en venta.»

Entonces la hermosa joven miró uno por uno con la mayor atención á todos

los circunstantes, y acabó por fijar su mirada en Alischar, hijo de

Gloria. Y el aspecto del joven la inflamó súbitamente con el amor más

violento, porque Alischar, hijo de Gloria, era en verdad de una belleza

extraordinaria, y nadie le podía ver sin sentirse inclinado hacia él con

ardor. Así es que la joven Zumurrud se apresuró á señalárselo al

corredor, y dijo: «|Oh corredor! quiero á ese joven de rostro gentil y

cintura ondulante, pues le encuentro delicioso y de sangre simpática,

más ligera que la brisa del Norte; y de él dijo el poeta:

_¡Oh jovencillo! ¿Cómo te olvidarán los que hayan visto tu

belleza?_

_¡Dejen de mirarte quienes deploran los tormentos con que llenas el

corazón!_

_¡Los que quieran preservarse de tus encantos peligrosos, cubran

con un velo tu hechicera cara!_

»Y también de él dijo otro poeta:

_¡Oh señor mío, compréndelo! ¿Cómo no amarte? ¿No es esbelta tu

cintura y combados tus riñones?_

_¡Compréndelo, ¡oh señor mío! ¿No es patrimonio de sabios, de gente

exquisita y de espíritus delicados el amor á cosas tales?_

»Un tercer poeta ha dicho:

_¡Sus mejillas están llenas y lisas; su saliva, leche dulce al

beberla, es un remedio para las enfermedades; su mirada hace soñar

á los prosistas y á los poetas, y sus proporciones dejan perplejos

á los arquitectos!_

»Otro ha dicho:

_¡El licor de sus labios es un vino enervante; su aliento tiene el

perfume del ámbar y sus dientes son granos de alcanfor!_

_¡Por eso Raduán, guardián del Paraíso, le rogó que se fuera,

temeroso de que sedujese á las huríes!_

_¡La gente tosca y de entendimiento torpe deplora sus gestos y su

conducta! ¡Como si la luna no fuera bella en todos sus cuartos,

como si su marcha no fuera armoniosa en todas las partes del

cielo!_

»Otro poeta ha dicho también:

_¡Por fin consintió en conceder una cita ese cervatillo de

cabellera rizada, de mejillas llenas de rosas y mirada encantadora!

¡Y aquí estoy, puntual, con el corazón alborotado y el mirar

anhelante!_

_¡Me prometió esa cita, cerrando los ojos para decirme que sí! Pero

si sus párpados están cerrados, ¿cómo podrán cumplir su promesa?_

»Dijo de él otro, por último:

_Tengo amigos poco sagaces, que me han preguntado: «¿Cómo puedes

querer apasionadamente á un joven cuyas mejillas sombrea ya un bozo

tan fuerte?»_

_Yo les dije: «¡Cuán grande es vuestra ignorancia! ¡Los frutos del

jardín del Edén se cogieron en sus hermosas mejillas! ¿Cómo

hubieran podido dar esas mejillas tan hermosos frutos, si no fueran

ya frondosas?»_

Maravilladísimo quedó el corredor al advertir tanto talento en esclava

tan joven, y expresó su asombro al propietario, que le dijo: «Comprendo

que te pasmen tanta belleza y tan agudo ingenio. Pero sabe que esta

milagrosa adolescente, que avergüenza á los astros y al sol, no se

contenta con conocer los poetas más delicados y complicados, ni con ser

una constructora de estrofas, sino que además sabe escribir con siete

plumas los siete caracteres diferentes, y sus manos son más preciosas

que todo un tesoro. Conoce, en efecto, el arte del bordado y de tejer la

seda, y toda alfombra ó cortinaje que sale de sus manos se tasa en el

zoco á cincuenta dinares. Observa también que en ocho días tiene tiempo

sobrado para terminar la alfombra más hermosa ó el más suntuoso

cortinaje. ¡De modo que, sin duda alguna, quien la compre habrá

recuperado á los pocos meses su dinero!»

Oídas estas palabras, el corredor levantó los brazos admirado, y

exclamó: «¡Oh, dichoso aquel que tenga esta perla en su morada, y la

conserve como el tesoro más oculto!» Y se acercó á Alischar, hijo de

Gloria, señalado por la joven, se inclinó ante él hasta el suelo, le

cogió la mano y se la besó, y luego le dijo...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ

LA 319.ª NOCHE

Ella dijo:

...se inclinó ante él hasta el suelo, le cogió la mano y se la besó, y

luego le dijo: «¡En verdad, ¡oh mi señor! que es mucha tu suerte al

poder comprar este tesoro por la centésima parte de su valor, y el

Donador no te ha escatimado sus dones! ¡Tráigate, pues, esta joven la

felicidad!»

Al oir estas palabras, Alischar bajó la cabeza, y no pudo dejar de

reírse interiormente de la ironía del Destino, y dijo para sí: «¡Por

Alah! ¡No tengo con qué comprar un pedazo de pan, y me creen bastante

rico para adquirir esta esclava! ¡De todos modos, no diré que sí ni que

no, para no cubrirme de vergüenza delante de todos los mercaderes!» Y

bajó la vista y no dijo palabra.

Como no se movía, Zumurrud le miró para alentarle á la compra; pero él

seguía con los ojos bajos y sin verla. Entonces ella dijo al corredor:

«Cógeme de la mano y llévame junto á él, que quiero hablarle

personalmente y determinarle á que me compre, pues he resuelto

pertenecer á él sólo, y no á otro.» Y el corredor la cogió de la mano y

la llevó junto á Alischar, hijo de Gloria.

La joven se quedó de pie, alardeando de su belleza, delante del mozo, y

le dijo: «¡Oh amado dueño mío! ¡oh joven que haces arder mis entrañas!

¿Por qué no ofreces el precio de compra? ¿Ó por qué no calculas tú el

valor que te parezca más equitativo? ¡Quiero ser tu esclava á cualquier

precio!» Alischar levantó la cabeza, meneándola con tristeza, y dijo:

«La venta y la compra nunca son obligatorias.» Zumurrud exclamó: «¡Ya

veo, ¡oh dueño muy amado! que encuentras muy alto el precio de mil

dinares! ¡No ofrezcas mas que novecientos, y te pertenezco!» Bajó

Alischar la cabeza, y nada contestó. Ella dijo: «¡Cómprame entonces por

ochocientos!» El bajó la cabeza. Ella añadió: «¡Por setecientos!» Y él

bajó otra vez la cabeza. Zumurrud siguió rebajando hasta que le dijo:

«¡Sólo por cien dinares!» Entonces le dijo: «¡Ni siquiera tengo los cien

dinares completos!» Ella se echó á reír, y le dijo: «¿Cuánto te falta

para reunir la cantidad de cien dinares? Pues si hoy no los tienes

todos, ya pagarás otro día lo que falte.» Él contestó: «¡Oh dueña mía!

¡sabe, por fin, que no tengo ni cien dinares ni uno! ¡Por Alah! No

poseo ni una moneda blanca, ni una roja, ni un dinar de oro, ni un

dracma de plata. De modo que no pierdas más tiempo conmigo y busca otro

comprador.»

Cuando Zumurrud comprendió que el joven carecía de dinero, le dijo: «¡De

todos modos, cierra el trato! ¡Dame la mano, envuélveme en tu manto y

pasa un brazo alrededor de mi cintura, que es, como sabes, la señal de

aceptación!» Alischar, que ya no tenía motivo para negarse, se apresuró

entonces á hacer lo que le mandó Zumurrud, y ésta sacó al momento de su

faltriquera un bolsillo, que le entregó, y le dijo: «¡Ahí dentro hay mil

dinares; tienes que ofrecer novecientos á mi amo, y conservar los otros

cien para nuestras necesidades más apremiantes!» Y en seguida Alischar

entregó al mercader los novecientos dinares, y se apresuró á coger á la

esclava de la mano y llevársela á su casa.

Cuando llegaron á la casa, Zumurrud se sorprendió al ver que la

habitación se reducía á un miserable cuarto, cuyo único mueblaje

consistía en una mala estera vieja y rota por varias partes. Se apresuró

á dar á Alischar otro bolsillo con mil dinares más, y le dijo: «Corre

pronto al zoco, para comprar todos los muebles y alfombras que hagan

falta, y comida y bebida. ¡Y escoge lo mejor que haya en el zoco!

Además, tráeme una gran pieza de seda de Damasco de la mejor clase, de

color de granate, y carretes de hilo de oro, y carretes de hilo de

plata, y carretes de hilo de seda, de siete colores diferentes. Y no

olvides comprar agujas grandes, y también un dedal de oro.» Y Alischar

ejecutó en seguida sus órdenes, y llevó todo aquello á Zumurrud.

Entonces ella tendió por el suelo las alfombras, arregló los colchones y

divanes, lo colocó todo en orden, y puso el mantel, después de haber

encendido los candelabros.

Se sentaron entonces ambos, y comieron y bebieron, y se pusieron muy

contentos. Tras de lo cual, se tendieron en su cama nueva y se

satisfacieron mutuamente. Y pasaron toda la noche estrechamente

enlazados, entre las más puras delicias y los más alegres retozos, hasta

por la mañana. Y su amor se consolidó con pruebas indudables y se grabó

en su corazón de manera indeleble.

Sin perder tiempo, la diligente Zumurrud se puso en seguida á la labor.

Cogió la pieza de seda de Damasco color de granate, y en pocos días hizo

con ella un cortinaje, en cuyo contorno representó con arte infinito

figuras de aves y animales, y no hubo un animal en el mundo, pequeño ni

grande, que no quedara representado en aquella tela. Y la ejecución era

tan asombrosa de parecido y de vida, que se diría movíanse los animales

de cuatro pies y se creía oír cantar á las aves. En medio de la cortina

estaban bordados grandes árboles cargados de fruta, y de sombra tan

hermosa, que con verla se sentía una gran frescura. ¡Y todo aquello fué

ejecutado en ocho días, ni más ni menos! ¡Gloria al que da tanta

habilidad á los dedos de sus criaturas!

Terminada la cortina, Zumurrud le dió brillo, la planchó, la dobló y se

la entregó á Alischar, diciéndole: «Ve á llevarla al zoco y véndesela á

cualquier mercader con tienda abierta, y no por menos de cincuenta

dinares. Pero guárdate muy bien de cedérsela á cualquier mercader de

paso que no sea conocido en el zoco, pues eso sería causa de una cruel

separación entre nosotros. Porque tenemos enemigos que nos acechan.

¡Desconfía de los caminantes!» Y Alischar respondió: «¡Escucho y

obedezco!» Y fué al zoco y vendió por cincuenta dinares á un mercader

con tienda abierta la consabida cortina maravillosa..

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ

LA 320.ª NOCHE

Ella dijo:

...y vendió por cincuenta dinares á un mercader con tienda abierta la

consabida cortina maravillosa. Después compró otra vez seda é hilo de

oro y plata, en cantidad suficiente para una nueva cortina ó una

alfombra de gusto, y se lo llevó todo á Zumurrud, que volvió á poner

manos á la obra, y en otros ocho días ejecutó una cortina más hermosa

aún que la anterior, y que también produjo la cantidad de cincuenta

dinares. Y durante el espacio de un año vivieron de tal suerte,

comiendo, bebiendo y sin carecer de nada ni dejar de satisfacer su mutuo

amor, más ardiente cada día.

Un día salió Alischar de la casa, llevando, según costumbre, un paquete

que contenía un tapiz ejecutado por Zumurrud, y emprendió el camino del

zoco para presentárselo á los mercaderes por mediación del pregonero,

como siempre. Llegado al zoco, se lo entregó al pregonero, que empezó á

pregonarlo delante de las tiendas de los mercaderes, cuando acertó á

pasar un cristiano, uno de esos individuos que pululan á la entrada de

los zocos, asediando á los parroquianos con sus ofrecimientos.

Este cristiano se aproximó al pregonero y á Alischar, y les ofreció

sesenta dinares por el tapiz, en vez de los cincuenta por que se

pregonaba. Pero Alischar, que sentía aversión y desconfianza hacia

aquella clase de individuos, y recordaba, además, el encargo de

Zumurrud, no quiso vendérselo. Entonces el cristiano aumentó su oferta y

acabó por proponer cien dinares, y el pregonero le dijo al oído á

Alischar: «¡Verdaderamente, no desaproveches esta excelente ocasión!»

Porque el pregonero ya había sido sobornado secretamente por el

cristiano con diez dinares. Y maniobró tan bien sobre el espíritu de

Alischar, que le decidió á entregar el tapiz al cristiano, mediante la

cantidad convenida. Y lo hizo no sin gran aprensión, cobrando los cien

dinares, y volvió á emprender el camino de su casa.

Conforme iba andando, al volver una esquina notó que le seguía el

cristiano. Se paró y le preguntó: «¿Cristiano, qué tienes que hacer en

este barrio en donde no entra la gente de tu clase?» Éste dijo:

«Perdona, ¡oh señor! pero tengo un encargo que hacer al final de esta

calleja. ¡Alah te conserve!» Alischar siguió su camino, y llegó á la

puerta de su casa. Y allí notó que el cristiano, después de haber dado

un rodeo, había vuelto por el otro extremo de la calle y llegaba á su

puerta al mismo tiempo que él. Y le gritó, lleno de ira: «¡Maldito

cristiano! ¿Á qué me sigues de esa manera por donde voy?» El otro

contestó: «¡Oh señor mío! ¡créeme que me encontraste aquí por

casualidad! ¡Pero te ruego que me des un trago de agua, y Alah te

recompensará, porque la sed me quema interiormente!» Y Alischar pensó:

«¡Por Alah! ¡No se dirá que un musulmán se ha negado á dar de beber á un

perro sediento! ¡Voy á darle un poco de agua!» Y entró en su casa, cogió

un cántaro de agua, é iba á salir para dársela al cristiano, cuando

Zumurrud le oyó levantar el pestillo y salió á su encuentro, conmovida

por su ausencia prolongada. Y le dijo, besándole: «¿Cómo tardaste tanto

en volver hoy? ¿Vendiste al fin el tapiz, y ha sido á un mercader con

tienda, ó á un transeunte?» Él respondió, visiblemente turbado: «He

tardado un poco porque el zoco estaba lleno, pero de todos modos acabé

por vendérselo á un mercader.» Ella dijo con cierta duda en la voz:

«¡Por Alah! Mi corazón no está tranquilo. Pero ¿adónde vas con ese

cántaro?» Él dijo: «Voy á dar de beber al pregonero del zoco, que me ha

acompañado hasta aquí.» Pero no la satisfizo esta respuesta, y mientras

salía Alischar, recitó, muy ansiosa, estos versos del poeta:

_¡Oh corazón mío, que piensas en el amado; pobre corazón lleno de

esperanza y que crees eterno el beso! ¿no ves que á tu cabecera

vela, con los brazos tendidos, la Separadora, y que en la sombra te

acecha, pérfido, el Destino?_

El libro de las mil noches y una noche; t. 8 · 第 9 / 12 段