Me levanté, pues, inmediatamente, y después de haber comido alguna

fruta, recogí muchas ramas grandes, cuya especie ignoraba entonces,

aunque luego supe eran de sándalo, de la calidad más estimada por los

mercaderes, á causa de su rareza. Después empecé á buscar cuerdas y

cordeles, y al principio no los encontré; pero vi en los árboles unas

plantas trepadoras y flexibles, muy fuertes, que podían servirme. Corté

las que me hicieron falta, y las utilicé para atar entre sí las ramas

grandes de sándalo. Preparé de este modo una enorme balsa, en la cual

coloqué fruta en abundancia, y me embarqué, diciendo: «¡Si me salvo, lo

habrá querido Alah!»

Apenas subí á la balsa y me hube separado de la orilla, me vi arrastrado

con una rapidez espantosa por la corriente, y sentí vértigos, y caí

desmayado encima del montón de fruta, exactamente igual que un pollo

borracho.

Al recobrar el conocimiento, miré á mi alrededor, y quedé más inmóvil de

espanto que nunca, y ensordecido por un ruido como el del trueno. El río

no era mas que un torrente de espuma hirviente, y más veloz que el

viento, que, chocando con estrépito contra las rocas, se lanzaba hacia

un precipicio que adivinaba yo más que veía. ¡Indudablemente iba á

hacerme pedazos en él, despeñándome sabe quién desde qué altura!

Ante esta idea aterradora, me agarré con todas mis fuerzas á las ramas

de la balsa, y cerré los ojos instintivamente para no verme aplastado y

destrozado, é invoqué el nombre de Alah antes de morir. Y de pronto, en

vez de rodar hasta el abismo, comprendí que la balsa se paraba

bruscamente encima del agua, y abrí los ojos un minuto por saber á qué

distancia estaba de la muerte, y no fué para verme estrellado contra los

peñascos, sino cogido con mi balsa en una inmensa red que unos hombres

echaron sobre mí desde la ribera. De esta suerte me hallé cogido y

llevado á tierra, y allí me sacaron medio vivo y medio muerto de entre

las mallas de la red, en tanto transportaban á la orilla mi balsa.

Mientras yo permanecía tendido, inerte y tiritando, se adelantó hacia mí

un venerable jeique de barbas blancas, que empezó por desearme la

bienvenida y por cubrirme con ropa caliente, que me sentó muy bien...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[IMAGEN]

PERO CUANDO LLEGÓ

LA 313.ª NOCHE

Ella dijo:

...que me sentó muy bien.

Reanimado ya por las fricciones y el masaje que tuvo la bondad de darme

el anciano, pude sentarme, pero sin recobrar todavía el uso de la

palabra.

Entonces el anciano me cogió del brazo y me llevó suavemente al hammam,

en donde me hizo tomar un baño excelente, que acabó de restituirme el

alma; después me hizo aspirar perfumes exquisitos y me los echó por todo

el cuerpo, y me llevó á su casa.

Cuando entré en la morada de aquel anciano, toda su familia se alegró

mucho de mi llegada, y me recibió con gran cordialidad y demostraciones

amistosas. El mismo anciano hízome sentar en medio del diván de la sala

de recepción, y me dió á comer cosas de primer orden, y á beber un agua

agradable perfumada con flores. Después quemaron incienso á mi

alrededor, y los esclavos me trajeron agua caliente y aromatizada para

lavarme las manos, y me presentaron servilletas ribeteadas de seda, para

secarme los dedos, las barbas y la boca. Tras de lo cual, el anciano me

llevó á una habitación muy bien amueblada, en donde quedé solo, porque

se retiró con mucha discreción. Pero dejó á mis órdenes varios esclavos,

que de cuando en cuando iban á verme por si necesitaba sus servicios.

Del propio modo me trataron durante tres días, sin que nadie me

interrogase ni me dirigiera ninguna pregunta, y no dejaban que careciese

de nada, cuidándome con mucho esmero, hasta que recobré completamente

las fuerzas, y mi alma y mi corazón se calmaron y refrescaron. Entonces,

ó sea la mañana del cuarto día, el anciano se sentó á mi lado, y

después de las zalemas, me dijo: «¡Oh huésped, cuánto placer y

satisfacción hubo de proporcionarnos tu presencia! ¡Bendito sea Alah,

que nos puso en tu camino para salvarte del abismo! ¿Quién eres y de

dónde vienes?» Entonces di muchas gracias al anciano por el favor enorme

que me había hecho salvándome la vida y luego dándome de comer

excelentemente, y de beber excelentemente, y perfumándome

excelentemente, y le dije: «¡Me llamo Sindbad el Marino! ¡Tengo este

sobrenombre á consecuencia de mis grandes viajes por mar y de las cosas

extraordinarias que me ocurrieron, y que si se escribieran con agujas en

el ángulo de un ojo, servirían de lección á los lectores atentos!» Y le

conté al anciano mí historia desde el principio hasta el fin, sin omitir

detalle.

Quedó prodigiosamente asombrado entonces el jeique, y estuvo una hora

sin poder hablar, conmovido por lo que acababa de oir. Luego levantó la

cabeza, me reiteró la expresión de su alegría por haberme socorrido, y

me dijo: «¡Ahora, ¡oh huésped mío! si quisieras oir mi consejo,

venderías aquí tus mercancías, que valen mucho dinero por su rareza y

calidad!»

Al oir las palabras del viejo, llegué al límite del asombro, y no

sabiendo lo que quería decir ni de qué mercancías hablaba, pues yo

estaba desprovisto de todo, empecé por callarme un rato, y como de

ninguna manera quería dejar escapar una ocasión extraordinaria que se

presentaba inesperadamente, me hice el enterado, y contesté: «¡Puede

que sí!» Entonces el anciano me dijo: «No te preocupes, hijo mío,

respecto á tus mercaderías. No tienes mas que levantarte y acompañarme

al zoco. Yo me encargo de todo lo demás. Si la mercancía, subastada,

produce un precio que nos convenga, lo aceptaremos, si no, te haré el

favor de conservarla en mi almacén hasta que suba en el mercado. ¡Y en

tiempo oportuno podremos sacar un precio más ventajoso!»

Entonces quedé interiormente cada vez más perplejo; pero no lo di á

entender, sino que pensé: «¡Ten paciencia, Sindbad, y ya sabrás de qué

se trata!» Y dije al anciano: «¡Oh mi venerable tío, escucho y obedezco!

¡Todo lo que tú dispongas me parecerá lleno de bendición! ¡Por mi parte,

después de cuanto por mí hiciste, me conformaré con tu voluntad!» Y me

levanté inmediatamente y le acompañé al zoco.

Cuando llegamos al centro del zoco en que se hacía la subasta pública,

¡cuál no sería mi asombro al ver mi balsa transportada allí y rodeada de

una multitud de corredores y mercaderes que la miraban con respeto y

moviendo la cabeza! Y por todas partes oía exclamaciones de admiración:

«¡Ya Alah! ¡Qué maravillosa calidad de sándalo! ¡En ninguna parte del

mundo la hay mejor!» Entonces comprendí cuál era la mercancía consabida,

y creí conveniente para la venta tomar un aspecto digno y reservado.

Pero he aquí que en seguida el anciano protector mío, aproximándose al

jefe de los corredores, le dijo: «¡Empiece la subasta!» Y se empezó con

el precio de mil dinares por la balsa. Y el jefe corredor exclamó: «¡Á

mil dinares la balsa de sándalo, ¡oh compradores!» Entonces gritó el

anciano: «¡La compro en dos mil!» Y otro gritó: «¡En tres mil!» Y los

mercaderes siguieron subiendo el precio hasta diez mil dinares. Entonces

se encaró conmigo el jefe de los corredores y me dijo: «¡Son diez mil;

ya no puja nadie!» Y yo dije: «¡No la vendo á ese precio!»

Entonces mi protector se me acercó y me dijo: «¡Hijo mío, el zoco, en

estos tiempos, no anda muy próspero, y la mercancía ha perdido algo de

su valor! Vale más que aceptes el precio que te ofrecen. Pero yo, si te

parece, voy á pujar otros cien dinares más. ¿Quieres dejármelo en diez

mil cien dinares?» Yo contesté: «¡Por Alah! mi buen tío, sólo por ti lo

hago para agradecer tus beneficios. ¡Consiento en dejártelo por esa

cantidad!» Oídas estas palabras, el anciano mandó á sus esclavos que

transportaran todo el sándalo á sus almacenes de reserva, y me llevó á

su casa, en la cual me contó inmediatamente los diez mil cien dinares, y

los encerró en una caja sólida cuya llave me entregó, dándome encima las

gracias por lo que había hecho en su favor.

Mandó en seguida poner el mantel, y comimos, y bebimos, y charlamos

alegremente. Después nos lavamos las manos y la boca, y por fin me

dijo: «¡Hijo mío, quiero dirigirte una petición, que deseo mucho

aceptes!» Yo le contesté: «¡Mi buen tío, todo te lo concederé á gusto!»

Él me dijo: «Ya ves, hijo mío, que he llegado á una edad muy avanzada

sin tener hijo varón que pueda heredar un día mis bienes. Pero he de

decirte que tengo una hija, muy joven aún, llena de encanto y belleza,

que será muy rica cuando yo me muera. Deseo dártela en matrimonio,

siempre que consientas en habitar en nuestro país y vivir nuestra vida.

Así serás el amo de cuanto poseo y de cuanto dirige mi mano. ¡Y me

sustituirás en mi autoridad y en la posesión de mis bienes!»

Cuando oí estas palabras del anciano, bajé la cabeza en silencio y

permanecí sin decir palabra. Entonces añadió: «¡Créeme, ¡oh hijo mío!

que si me otorgas lo que te pido te atraerá la bendición! ¡Añadiré, para

tranquilizar tu alma, que después de mi muerte podrás regresar á tu

tierra, llevándote á tu esposa é hija mía! ¡No te exijo sino que

permanezcas aquí el tiempo que me quede de vida!» Entonces contesté:

«¡Por Alah, mi tío el jeique, eres como un padre para mí, y ante ti no

puedo tener opinión ni tomar otra resolución que la que te convenga!

Porque cada vez que en mi vida quise ejecutar un proyecto, no hube de

sacar mas que desgracias y decepciones. ¡Estoy, pues, dispuesto á

conformarme con tu voluntad!»

En seguida el anciano, extremadamente contento con mi respuesta, mandó

á sus esclavos que fueran á buscar al kadí y á los testigos, que no

tardaron en llegar...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ

LA 314.ª NOCHE

Ella dijo:

...al kadí y á los testigos, que no tardaron en llegar. Y el anciano me

casó con su hija, y nos dió un festín enorme, y celebró una boda

espléndida. Después me llamó y me llevó junto á su hija, á la cual aún

no había yo visto. Y la encontré perfecta en hermosura y gentileza, en

esbeltez de cintura y en proporciones. Además, la vi adornada con

suntuosas alhajas, sedas y brocados, joyas y pedrerías, y lo que llevaba

encima valía miliares y millares de monedas de oro, cuyo importe exacto

nadie habría podido calcular.

Y cuando la tuve cerca, me gustó. Y nos enamoramos uno de otro. Y

vivimos mucho tiempo juntos, en el colmo de las caricias y la felicidad.

El anciano padre de mi esposa falleció al poco tiempo en la paz y

misericordia del Altísimo. Le hicimos unos grandes funerales y lo

enterramos. Y yo tomé posesión de todos sus bienes, y sus esclavos y

servidores fueron mis esclavos y servidores, bajo mi única autoridad.

Además, los mercaderes de la ciudad me nombraron su jefe, en lugar del

difunto, y pude estudiar las costumbres de los habitantes de aquella

población y su manera de vivir.

En efecto, un día noté con estupefacción que la gente de aquella ciudad

experimentaba un cambio anual en primavera; de un día á otro mudaban de

forma y aspecto: les brotaban alas de los hombros, y se convertían en

volátiles. Podían volar entonces hasta lo más alto de la bóveda aérea, y

se aprovechaban de su nuevo estado para volar todos fuera de la ciudad,

dejando en ésta á los niños y mujeres, á quienes nunca brotaban alas.

Este descubrimiento me asombró al principio; pero acabé por

acostumbrarme á tales cambios periódicos. Sin embargo, llegó un día en

que empecé á avergonzarme de ser el único hombre sin alas, viéndome

obligado á guardar yo solo la ciudad con las mujeres y los niños. Y por

mucho que pregunté á los habitantes sobre el medio de que habría de

valerme para que me saliesen alas en los hombros, nadie pudo ni quiso

contestarme. Y me mortificó bastante no ser mas que Sindbad el Marino y

no poder añadir á mi sobrenombre la condición de aéreo.

Un día, desesperando de conseguir nunca que me revelaran el secreto del

crecimiento de las alas, me dirigí á uno, á quien había hecho muchos

favores, y cogiéndole del brazo, le dije: «Por Alah sobre ti! Hazme

siquiera el favor, por los que te hecho yo á ti, de dejarme que me

cuelgue de tu persona, y vuele contigo á través del aire. ¡Es un viaje

que me tienta mucho, y quiero añadir á los que realicé por mar!» Al

principio no quiso prestarme atención; pero á fuerza de súplicas acabé

por moverle á que accediera. Tanto me encantó aquello, que ni siquiera

me cuidé de avisar á mi mujer ni á mi servidumbre; me colgué de él

abrazándole por la cintura, y me llevó por el aire, volando con las alas

muy desplegadas.

Nuestra carrera por el aire empezó ascendiendo en línea recta durante un

tiempo considerable. Y acabamos por llegar tan arriba en la bóveda

celeste, que pude oir distintamente cantar á los ángeles y sus melodías

debajo de la cúpula del cielo.

Al oir cantos tan maravillosos, llegué al límite de la emoción

religiosa, y exclamé: «¡Loor á Alah en lo profundo del cielo! ¡Bendito y

glorificado sea por todas las criaturas!»

Apenas formulé estas palabras, cuando mi portador lanzó un juramento

tremendo, y bruscamente, entre el estrépito de un trueno precedido de

terrible relámpago, bajó con tal rapidez que me faltaba el aire, y por

poco me desmayo, soltándome de él con peligro de caer al abismo

insondable. Y en un instante llegamos á la cima de una montaña, en la

cual me abandonó mi portador dirigiéndome una mirada infernal, y

desapareció, tendiendo el vuelo por lo invisible.

Y quedé completamente solo en aquella montaña desierta, y no sabía dónde

estaba, ni por dónde ir para reunirme con mi mujer, y exclamé en el

colmo de la perplejidad: «¡No hay recurso ni fuerza mas que en Alah el

Altísimo y Omnipotente! ¡Siempre que me libro de una calamidad caigo en

otra peor! ¡En realidad, merezco todo lo que me sucede!»

Me senté entonces en un peñasco para reflexionar sobre el medio de

librarme del mal presente, cuando de pronto vi adelantar hacia mí á dos

muchachos de una belleza maravillosa, que parecían dos lunas. Cada uno

llevaba en la mano un bastón de oro rojo, en el cual se apoyaba al

andar. Entonces me levanté rápidamente, fuí á su encuentro y les deseé

la paz. Correspondieron con gentileza á mi saludo, lo cual me alentó á

dirigirles la palabra, y les dije: «¡Por Alah sobre vosotros, ¡oh

maravillosos jóvenes! decidme quiénes sois y qué hacéis!» Y me

contestaron: «¡Somos adoradores del Dios verdadero!» Y uno de ellos, sin

decir más, me hizo seña con la mano en cierta dirección, como

invitándome á dirigir mis pasos por aquella parte, me entregó el bastón

de oro, y cogiendo de la mano á su hermoso compañero, desapareció de mi

vista.

Empuñé entonces el bastón de oro, y no vacilé en seguir el camino que se

me había indicado, maravillándome al recordar á aquellos muchachos tan

hermosos. Llevaba algún tiempo andando, cuando vi salir súbitamente de

detrás de un peñasco una serpiente gigantesca que llevaba en la boca á

un hombre, cuyas tres cuartas partes se había ya tragado, y del cual no

se veían mas que la cabeza y los brazos. Éstos se agitaban

desesperadamente, y la cabeza gritaba: «!Oh caminante! ¡Sálvame del

furor de esta serpiente y no te arrepentirás de tal acción!» Corrí

entonces detrás de la serpiente, y le di con el bastón de oro rojo un

golpe tan afortunado, que quedó exánime en aquel momento. Y alargué la

mano al hombre tragado y le ayudé á salir del vientre de la serpiente.

Cuando miré mejor la cara del hombre, llegué al límite de la sorpresa al

conocer que era el volátil que me había llevado en su viaje aéreo y

había acabado por precipitarse conmigo, á riesgo de matarme, desde lo

alto de la bóveda del cielo hasta la cumbre de la montaña en la cual me

había abandonado, exponiéndome á morir de hambre y sed. Pero ni siquiera

quise demostrar rencor por su mala acción, y me conformó con decirle

dulcemente: «¿Es así como obran los amigos con los amigos?» Él me

contestó: «En primer lugar he de darte las gracias por lo que acabas de

hacer en mi favor. Pero ignoras que fuiste tú, con tus invocaciones

inoportunas pronunciando el Nombre, quien me precipitaste de lo alto

contra mi voluntad. ¡El Nombre produce ese efecto en todos nosotros!

¡Por eso no lo pronunciamos jamás!» Entonces, yo, para que me sacara de

aquella montaña, le dije: «¡Perdona y no me riñas; pues, en verdad, yo

no podía adivinar las consecuencias funestas de mi homenaje al Nombre!

¡Te prometo no volverlo á pronunciar durante el trayecto, sí quieres

transportarme ahora á mi casa!»

Entonces el volátil se bajó, me cogió á cuestas, y en un abrir y cerrar

de ojos me dejó en la azotea de mi casa y se fué á la suya.

Cuando mi mujer me vió bajar de la azotea y entrar en la casa después de

tan larga ausencia, comprendió cuanto acababa de ocurrir, y bendijo á

Alah que me había salvado una vez más de la perdición. Y tras las

efusiones del regreso, me dijo: «Ya no debemos tratarnos con la gente de

esta ciudad. ¡Son hermanos de los demonios!» Y yo le dije: «¿Y cómo

vivía tu padre entre ellos?» Ella me contestó: «Mi padre no pertenecía á

su casta, ni hacía nada como ellos, ni vivía su vida. De todos modos, si

quieres seguir mi consejo, lo mejor que podemos hacer ahora que mi padre

ha muerto...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ

LA 315.ª NOCHE

Ella dijo:

...lo mejor que podemos hacer ahora que mi padre ha muerto es abandonar

esta ciudad impía, no sin haber vendido nuestros bienes, casa y

posesiones. Realiza eso lo mejor que puedas, compra buenas mercancías

con parte de la cantidad que cobres, y vámonos juntos á Bagdad, tu

patria, á ver á tus parientes y amigos, viviendo en paz y seguros, con

el respeto debido á Alah el Altísimo.» Entonces contesté oyendo y

obedeciendo.

En seguida empecé á vender lo mejor que pude, pieza por pieza y cada

cosa en su tiempo, todos los bienes de mi tío el jeique, padre de mi

esposa, ¡difunto á quien Alah haya recibido en su paz y misericordia! Y

así realicé en monedas de oro cuanto nos pertenecía, como muebles y

propiedades, y gané un ciento por uno.

Después de lo cual me llevé á mi esposa y las mercancías que había

cuidado de comprar, fleté por mi cuenta un barco, que con la voluntad de

Alah tuvo navegación feliz y fructuosa, de modo que de isla en isla, y

de mar en mar, acabamos por llegar con seguridad á Bassra, en donde

paramos poco tiempo. Subimos el río y entramos en Bagdad, ciudad de

paz.

Me dirigí entonces con mi esposa y mis riquezas hacia mi calle y mi

casa, en donde mis parientes nos recibieron con grandes transportes de

alegría, y quisieron mucho á mi esposa, la hija del jeique.

Yo me apresuré á poner en orden definitivo mis asuntos, almacené mis

magníficas mercaderías, encerré mis riquezas, y pude por fin recibir en

paz las felicitaciones de mis parientes y amigos, que calculando el

tiempo que estuve ausente, vieron que este séptimo y último viaje mío

había durado exactamente veintisiete años desde el principio hasta el

fin. Y les conté con pormenores mis aventuras durante esta larga

ausencia, é hice el voto, que cumplo escrupulosamente, como veis, de no

emprender en toda mi vida ningún otro viaje ni por mar ni por tierra. Y

no dejé de dar gracias al Altísimo que tantas veces, á pesar de mis

reincidencias, me libró de tantos peligros y me reintegró entre mi

familia y mis amigos.»

* * * * *

Cuando Sindbad el Marino terminó de esta suerte su relato entre los

convidados silenciosos y maravillados, se volvió hacia Sindbad el

Cargador y le dijo: «Ahora, Sindbad terrestre, considera los trabajos

que pasé y las dificultades que vencí, gracias á Alah, y dime si tu

suerte de cargador no ha sido mucho más favorable para una vida

tranquila que la que me impuso el Destino. Verdad es que sigues pobre y

yo adquirí riquezas incalculables; pero ¿no es verdad también que á cada

uno de nosotros se le retribuyó según su esfuerzo?» Al oir estas

palabras, Sindbad el Cargador fué á besar la mano de Sindbad el Marino,

y le dijo: «¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi amo! perdona lo inconveniente de

mi canción!»

Entonces Sindbad el Marino mandó poner el mantel para sus convidados, y

les dió un festín que duró treinta noches. Y después quiso tener á su

lado, como mayordomo de su casa, á Sindbad el Cargador. Y ambos vivieron

en amistad perfecta y en el límite de la satisfacción, hasta que fué á

visitarlos aquella que hace desvanecerse las delicias, rompe las

amistades, destruye los palacios y levanta las tumbas, la amarga muerte.

¡Gloria al Eterno, que no muere jamás!»

Cuando Schahrazada, la hija del visir, acabó de contar la historia

de Sindbad el Marino, sintióse un tanto fatigada, y como veía

acercarse la mañana y no quería, por su discreción habitual, abusar

del permiso concedido, se calló sonriendo.

Entonces la pequeña Doniazada, que maravillada y con los ojos muy

abiertos había oído la historia pasmosa, se levantó de la alfombra

en que estaba acurrucada, y corrió á abrazar á su hermana,

diciéndole: «¡Oh Schahrazada, hermana mía! ¡cuán suaves, y puras, y

gratas, y deliciosas para el paladar, y cuán sabrosas en su

frescura, son tus palabras! ¡Y qué terrible, y prodigioso, y

temerario era Sindbad el Marino!»

Y Schahrazada sonrió y dijo: «¡Sí, hermana mía; pero eso no es nada

comparado con lo que os contaré á los dos la próxima noche, si vivo

todavía por la gracia de Alah y la voluntad del rey!»

Y el rey Schahriar, que había encontrado los viajes de Sindbad

mucho más largos que el que él había hecho con su hermano

Schahzamán por la pradera al borde del mar, cuando se les apareció

el genni cargado con el cajón, se volvió hacia Schahrazada y le

dijo: «¡Verdaderamente, Schahrazada, no sé qué más historias me

podrás contar! ¡De todos modos, quiero una que esté repleta de

poemas! ¡Ya me la habías prometido, y parece que olvides que, si

difieres más el cumplimiento de tu promesa, tu cabeza irá á

juntarse con las cabezas de tus antecesoras!» Y Schahrazada dijo:

«¡Sobre mis ojos! Precisamente la que te reservo, ¡oh rey

afortunado! te satisfará por completo, y en verdad que es mucho más

agradable que las que has oído. Puedes juzgar por el título, que

es: HISTORIA DE LA BELLA ZUMURRUD[3] Y ALISCHAR, HIJO DE GLORIA.

Entonces el rey Schahriar dijo para sí: «¡No la mataré hasta

después!» Y la cogió en brazos y pasó con ella el resto de la

noche.

Por la mañana salió y se fué á la sala de justicia. Y el diván se

llenó con la muchedumbre de visires, emires, chambelanes, guardias

y gente de palacio. Y el último que entró fué el gran visir, padre

de Schahrazada, que llevaba debajo del brazo el sudario destinado á

su hija, á la cual creía aquella vez muerta de veras; pero el rey

no le dijo nada de tal asunto, y siguió juzgando y nombrando para

los empleos, y destituyendo, y gobernando, y despachando los

asuntos pendientes hasta terminar el día. Luego se levantó el

diván, y el rey volvió á palacio, mientras el gran visir seguía

perplejo y en el límite extremo del asombro.

Y cuando fué de noche, el rey penetró en la habitación de

Schahrazada é hicieron juntos lo que solían.

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Y ESTANDO EN LA 316.ª

NOCHE

Concluída la cosa entre el rey y Schahrazada, la pequeña Doniazada

exclamó desde el lugar en que estaba acurrucada:

«¡Te ruego, hermana, me digas á qué esperas para empezar la historia

prometida de la bella Zumurrud y Alischar, hijo de Gloria!»

Y contestó Schahrazada sonriendo: «¡No espero mas que la venia de este

rey bien educado y dotado de buenos modales!» Entonces contestó el rey

Schahriar: «¡Concedida!»

* * * * *

Y dijo Schahrazada:

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Historia de la bella Zumurrud y Alischar, hijo de Gloria

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Se cuenta que en la antigüedad del tiempo, en lo pasado de la edad y del

momento, había en el país del Khorasán un mercader muy rico que se

llamaba Gloria, y tenía un hijo llamado Alischar y hermoso como la luna

llena.

Y un día el rico mercader Gloria, ya de muy avanzada edad, se sintió

atacado de mortal dolencia. Y llamó á su hijo junto á sí y le dijo: «¡Oh

hijo mío! Como está muy próximo el término de mi destino, deseo hacerte

un encargo.» Muy apesadumbrado, dijo Alischar: «¿Y cuál es, ¡oh padre

mío!?» El mercader Gloria le dijo: «He de encargarte que no te crees

nunca relaciones ni frecuentes la sociedad, porque el mundo se puede

comparar á un herrero: si no te quema con el fuego de la fragua, ó no

te saca un ojo ó los dos con las chispas del yunque, seguramente te

ahogará con el humo. Y además, ha dicho el poeta:

_¡Ilusión! ¡No creas que, cuando el Destino te traicione,

encontrarás amigos de corazón fiel en tu camino negro!_

_¡Oh soledad! ¡Cara soledad bendita, al que te cultiva enseñas la

fuerza que no se desvía y el arte de no fiarse mas que de sí

mismo!_

»Otro dijo:

El libro de las mil noches y una noche; t. 8 · 第 8 / 12 段