Estaba la tal montaña situada en una isla muy grande, cuyas costas

aparecían cubiertas por restos de buques naufragados y de toda clase de

residuos. En el sitio en que tomamos tierra, vimos á nuestro alrededor

una cantidad prodigiosa de fardos, y mercancías, y objetos valiosos de

todas clases arrojados por el mar.

Y yo empecé á andar por en medio de aquellas cosas dispersas, y á los

pocos pasos llegué á un riachuelo de agua dulce que, al revés de todos

los demás ríos que van á desaguar en el mar, salía de la montaña y se

alejaba del mar, para internarse más adelante en una gruta situada al

pie de aquella montaña y desaparecer por ella.

Pero había más. Observé que las orillas de aquel río estaban sembradas

de piedras, de rubíes, de gemas de todos los colores, de pedrería de

todas formas y de metales preciosos. Y todas aquellas piedras preciosas

abundaban tanto como los guijarros en el cauce de un río. Así es que

todo aquel terreno brillaba y centelleaba con mil reflejos y luces, de

manera que los ojos no podían soportar su resplandor.

Noté también que aquella isla contenía la mejor calidad de madera de

áloe chino y de áloe comarí.

También había en aquella isla una fuente de ámbar bruto líquido, del

color del betún, que manaba como cera derretida por el suelo bajo la

acción del sol y salían del mar grandes peces para devorarlo. Y se lo

calentaban dentro y lo vomitaban al poco tiempo en la superficie del

agua, y entonces se endurecía y cambiaba de naturaleza y color. Y las

olas lo llevaban á la orilla, embalsamándola. En cuanto al ámbar que no

tragaban los peces, se derretía bajo la acción de los rayos del sol, y

esparcía por toda la isla un olor semejante al del almizcle.

He de deciros asimismo que todas aquellas riquezas no le servían á

nadie, puesto que nadie pudo llegar á aquella isla y salir de ella vivo

ni muerto. En efecto, todo navío que se acercaba á sus costas

estrellábase contra la montaña; y nadie podía subir á la montaña, porque

era inaccesible.

De modo que los pasajeros que lograron salvarse del naufragio de nuestra

nave, y yo entre ellos, quedamos muy perplejos, y estuvimos en la

orilla, asombrados con todas las riquezas que teníamos á la vista, y con

la mísera suerte que nos aguardaba en medio de tanta suntuosidad.

Así estuvimos durante bastante rato en la orilla, sin saber qué hacer, y

después, como habíamos encontrado algunas provisiones, nos las

repartimos con toda equidad. Y mis compañeros, que no estaban

acostumbrados á las aventuras, se comieron su parte de una vez ó en dos;

y no tardaron al cabo de cierto tiempo, variable según la resistencia de

cada cual, en sucumbir uno tras otro por falta de alimento. Pero yo supe

economizar con prudencia mis víveres y no comí mas que una vez al día,

aparte de que había encontrado otras provisiones, de las cuales no dije

palabra á mis compañeros.

Los primeros que murieron fueron enterrados por los demás después de

lavarles y meterles en sudarios confeccionados con las telas recogidas

en la orilla. Con las privaciones vino á complicarse una epidemia de

dolores de vientre, originada por el clima húmedo del mar. Así es que

mis compañeros no tardaron en morir hasta el último, y yo abrí con mis

manos la huesa del postrer camarada.

En aquel momento ya me quedaban muy pocas provisiones, á pesar de mi

economía y prudencia, y como veía acercarse el momento de la muerte,

empecé á llorar por mí, pensando: «¿Por qué no sucumbí antes que mis

compañeros, que me hubieran rendido el último tributo, lavándome y

sepultándome? ¡No hay recurso ni fuerza mas que en Alah el Omnipotente!»

Y en seguida empecé á morderme las manos con desesperación...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[IMAGEN]

PERO CUANDO LLEGÓ

LA 310.ª NOCHE

Ella dijo:

...empecé á morderme las manos con desesperación.

Me decidí entonces á levantarme, y empecé á abrir una fosa profunda,

diciendo para mí: «Cuando sienta llegar mi último momento, me arrastraré

hasta allí y me meteré en la fosa, donde moriré. ¡El viento se encargará

de acumular poco á poco la arena encima de mi cabeza, y llenará el

hoyo!» Y mientras verificaba aquel trabajo, me echaba en cara mi falta

de inteligencia y mi salida de mi país después de todo lo que me había

ocurrido en mis diferentes viajes, y de lo que había experimentado la

primera, y la segunda, y la tercera, y la cuarta, y la quinta vez,

siendo cada prueba peor que la anterior. Y decía para mí: «¡Cuántas

veces te arrepentiste para volver á empezar! ¿Qué necesidad tenías de

viajar nuevamente? ¿No poseías en Bagdad riquezas bastantes para gastar

sin cuento y sin temor á que se te acabaran nunca los fondos suficientes

para dos existencias como la tuya?»

Á estos pensamientos sucedió pronto otra reflexión, sugerida por la

vista del río. En efecto, pensé: ¡Por Alah! Ese río indudablemente ha de

tener un principio y un fin. Desde aquí veo el principio, pero el fin es

invisible. No obstante, ese río que se interna así por debajo de la

montaña, sin remedio ha de salir al otro lado por algún sitio. De modo

que la única idea práctica para escaparme de aquí, es construir una

embarcación cualquiera, meterme en ella y dejarme llevar por la

corriente del agua que entra en la gruta. Si es mi destino, ya

encontraré de ese modo el medio de salvarme; ¡si no, moriré ahí dentro,

y será menos espantoso que perecer de hambre en esta playa!

Me levanté, pues, algo animado por esta idea, y en seguida me puse á

ejecutar mi proyecto. Junté grandes haces de madera de áloes comarí y

chino; los até sólidamente con cuerdas; coloqué encima grandes tablones

recogidos de la orilla y procedentes de los barcos náufragos, y con todo

confeccioné una balsa tan ancha como el río, ó mejor dicho, algo menos

ancha, pero poco. Terminado este trabajo, cargué la balsa con algunos

sacos grandes llenos de rubíes, perlas y toda clase de pedrerías,

escogiendo las más gordas, que eran como guijarros, y cogí también

algunos fardos de ámbar gris, que elegí muy bueno y libre de impurezas;

y no dejé tampoco de llevarme las provisiones que me quedaban. Lo puse

todo bien acondicionado sobre la balsa, que cuidé de proveer de dos

tablas á guisa de remos, y acabó por embarcarme en ella, confiando en la

voluntad de Alah y recordando estos versos del poeta:

_¡Amigo, apártate de los lugares en que reina la opresión, y deja

que resuene la morada con los gritos de duelo de quienes la

construyeron!_

_¡Encontrarás tierra distinta de tu tierra; pero tu alma es una

sola y no encontrarás otra!_

_¡Y no te aflijas ante los accidentes de las noches, pues por muy

grandes que sean las desgracias, siempre tienen un término!_

_¡Y sabe que aquel cuya muerte fué decretada de antemano en una

tierra, no podrá morir en otra!_

_¡Y en tu desgracia no envíes mensajes á ningún consejero; ningún

consejero mejor que el alma propia!_

La balsa fué, pues, arrastrada por la corriente bajo la bóveda de la

gruta, donde empezó á rozar con aspereza contra las paredes, y también

mi cabeza recibió varios choques, mientras que yo, espantado por la

obscuridad completa en que me vi de pronto, quería ya volver á la playa.

Pero no podía retroceder; la fuerte corriente me arrastraba cada vez más

adentro, y el cauce del río tan pronto se estrechaba como se ensanchaba,

en tanto que iban haciéndose más densas las tinieblas á mi alrededor,

cansándome muchísimo. Entonces, soltando los remos, que por cierto no me

servían para gran cosa, me tumbé boca abajo en la balsa, con objeto de

no romperme el cráneo contra la bóveda, y no sé cómo fuí

insensibilizándome en un profundo sueño.

Debió éste durar un año ó más, á juzgar por la pena que lo originó. El

caso es que al despertarme me encontré en plena claridad. Abrí más los

ojos y me encontré tendido en la hierba de una vasta campiña, y mi balsa

estaba amarrada junto á un río; y alrededor de mí había indios y

abisinios.

Cuando me vieron ya despierto aquellos hombres, se pusieron á hablarme,

pero no entendí nada de su idioma y no les pude contestar. Empezaba á

creer que era un sueño todo aquello, cuando advertí que hacia mí

avanzaba un hombre, que me dijo en árabe: «¡La paz contigo, ¡oh hermano

nuestro! ¿Quién eres, de dónde vienes y qué motivo te trajo á este país?

Nosotros somos labradores que venimos aquí á regar nuestros campos y

plantaciones. Vimos la balsa en que te dormiste y la hemos sujetado y

amarrado á la orilla. Después nos aguardamos á que despertaras tú solo,

para no asustarte. ¡Cuéntanos ahora qué aventura te condujo á este

lugar!» Pero yo contesté: «¡Por Alah sobre ti, ¡oh señor! dame

primeramente de comer, porque tengo hambre, y pregúntame luego cuanto

gustes!»

Al oir estas palabras, el hombre se apresuró á traerme alimento, y comí

hasta que me encontré harto, y tranquilo, y reanimado. Entonces

comprendí que recobraba el alma, y di gracias á Alah por lo ocurrido, y

me felicité de haberme librado de aquel río subterráneo. Tras de lo cual

conté á quienes me rodeaban todo lo que me aconteció, desde el principio

hasta el fin.

Cuando hubieron oído mi relato, quedaron maravillosamente asombrados, y

conversaron entre sí, y el que hablaba árabe me explicaba lo que se

decían, como también les había hecho comprender mis palabras. Tan

admirados estaban, que querían llevarme junto á su rey para que oyera

mis aventuras. Yo consentí inmediatamente, y me llevaron. Y no dejaron

tampoco de transportar la balsa como estaba, con sus fardos de ámbar y

sus sacos llenos de pedrería.

El rey, al cual le contaron quién era yo, me recibió con mucha

cordialidad, y después de recíprocas zalemas me pidió que yo mismo le

contase mis aventuras. Al punto obedecí, y le narré cuanto me había

ocurrido, sin omitir nada. Pero no es necesario repetirlo.

Oído mi relato, el rey de aquella isla, que era la de Serendib, llegó al

límite del asombro y me felicitó mucho por haber salvado la vida á pesar

de tanto peligro corrido. En seguida quise demostrarle que los viajes me

sirvieron de algo, y me apresuré á abrir en su presencia mis sacos y mis

fardos.

Entonces el rey, que era muy inteligente en pedrería, admiró mucho mi

colección, y yo, por deferencia á él, escogí un ejemplar muy hermoso de

cada especie de piedra, como asimismo perlas grandes y pedazos enteros

de oro y plata, y se los ofrecí de regalo. Avínose á aceptarlos, y en

cambio me colmó de consideraciones y honores, y me rogó que habitara en

su propio palacio. Así lo hice, y desde aquel día llegué á ser amigo del

rey y uno de los personajes principales de la isla. Y todos me hacían

preguntas acerca de mi país, y yo les contestaba y les interrogaba

acerca del suyo, y me respondían. Así supe que la isla de Serendib tenía

ochenta parasangas de longitud y ochenta de anchura; que poseía una

montaña que era la más alta del mundo, en cuya cima había vivido nuestro

padre Adán cierto tiempo; que encerraba muchas perlas y piedras

preciosas, menos bellas, en realidad, que las de mis fardos, y muchos

cocoteros...

En ese momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana,

y se calló discretamente.

[IMAGEN]

PERO CUANDO LLEGÓ

LA 311.ª NOCHE

Ella dijo:

...y muchos cocoteros.

Un día, el rey de Serendib me interrogó acerca de los asuntos públicos

de Bagdad y del modo que tenía de gobernar el califa Harún Al-Rachid. Y

yo le conté cuán equitativo y magnánimo era el califa y le hablé

extensamente de sus méritos y buenas cualidades. Y el rey de Serendib se

maravilló y me dijo: «¡Por Alah! ¡Veo que el califa conoce

verdaderamente la cordura y el arte de gobernar su Imperio, y acabas de

hacer que le tome gran afecto! ¡De modo que desearía prepararle algún

regalo digno de él, y enviárselo contigo!» Yo contesté en seguida:

«¡Escucho y obedezco, ¡oh mi señor! ¡Ten la seguridad de que entregaré

fielmente tu regalo al califa, que llegará al límite del encanto! ¡Y al

mismo tiempo le diré cuán excelente amigo suyo eres y que puede contar

con tu alianza!»

Oídas estas palabras, el rey de Serendib dió algunas órdenes á sus

chambelanes, que se apresuraron á obedecer. Y he aquí en qué consistía

el regalo que me dieron para el califa Harún Al-Rachid. Primeramente

había una gran vasija tallada en un solo rubí de color admirable, que

tenía medio pie de altura y un dedo de espesor. Esta vasija, en forma de

copa, estaba completamente llena de perlas redondas y blancas, como una

avellana cada una. Además, había una alfombra hecha con una enorme piel

de serpiente, con escamas grandes como un dinar de oro, que tenía la

virtud de curar de todas las enfermedades á quienes se acostaban en

ella. En tercer lugar había doscientos granos de alcanfor exquisito,

cada cual del tamaño de un alfónsigo. En cuarto lugar había dos

colmillos de elefante, de doce codos de largo cada uno y dos de ancho en

la base. Y por último había una hermosa joven de Serendib, cubierta de

pedrerías.

Al mismo tiempo el rey me entregó una carta para el Emir de los

Creyentes, diciéndome: «Discúlpame con el califa de lo poco que vale mi

regalo. ¡Y has de decirle lo mucho que le quiero!» Y yo contesté:

«¡Escucho y obedezco!» Y le besé la mano. Entonces me dijo: «De todos

modos, Sindbad, si prefieres quedarte en mi reino, te tendré sobre mi

cabeza y mis ojos; y en ese caso enviaré á otro en tu lugar junto al

califa de Bagdad.» Entonces exclamé: «¡Por Alah! Tu esplendidez es gran

esplendidez, y me has colmado de beneficios. ¡Pero precisamente hay un

barco que va á salir para Bassra y mucho desearía embarcarme en él para

volver á ver á mis parientes, á mis hijos y mi tierra!»

Oído esto, el rey no quiso insistir en que me quedase, y mandó llamar

inmediatamente al capitán del barco, así como á los mercaderes que iban

á ir conmigo, y me recomendó mucho á ellos, encargándoles que me

guardaran toda clase de consideraciones. Pagó el precio de mi pasaje y

me regaló muchas preciosidades que conservo todavía, pues no pude

decidirme á vender lo que me recuerda al excelente rey de Serendib.

Después de despedirme del rey y de todos los amigos que me hice durante

mi estancia en aquella isla tan encantadora, me embarqué en la nave, que

en seguida se dió á la vela. Partimos con viento favorable y navegamos

de isla en isla y de mar en mar, hasta que, gracias á Alah, llegamos con

toda seguridad á Bassra, desde donde me dirigí á Bagdad con mis riquezas

y el presente destinado al califa.

De modo que lo primero que hice fué encaminarme al palacio del Emir de

los Creyentes; me introdujeron en el salón de recepciones, y besé la

tierra entre las manos del califa, entregándole la carta y los

presentes, y contándole mi aventura con todos sus detalles.

Cuando el califa acabó de leer la carta del rey de Serendib y examinó

los presentes, me preguntó si aquel rey era tan rico y poderoso como lo

indicaban su carta y sus regalos. Yo contesté: «¡Oh Emir de los

Creyentes! Puedo asegurar que el rey de Serendib no exagera. Además, á

su poderío y su riqueza añade un gran sentimiento de justicia, y

gobierna sabiamente á su pueblo. Es el único kadí de su reino, cuyos

habitantes son, por cierto, tan pacíficos, que nunca suelen tener

litigios. ¡Verdaderamente, el rey es digno de tu amistad, ¡oh Emir de

los Creyentes!»

El califa quedó satisfecho de mis palabras, y me dijo: «La carta que

acabo de leer y tu discurso me demuestran que el rey de Serendib es un

hombre excelente que no ignora los preceptos de la sabiduría y sabe

vivir. ¡Dichoso el pueblo gobernado por él!» Después el califa me regaló

un ropón de honor y ricos presentes, y me colmó de preeminencias y

prerrogativas, y quiso que escribieran mi historia los escribas más

hábiles para conservarla en los archivos del reino.

Y me retiré entonces, y corrí á mi calle y á mi casa, y viví en el seno

de las riquezas y los honores, entre mis parientes y amigos, olvidando

las pasadas tribulaciones y sin pensar mas que en extraer de la

existencia cuantos bienes pudiera proporcionarme.

Y tal es mi historia durante el sexto viaje. Pero mañana, ¡oh huéspedes

míos! os contaré la historia de mi séptimo viaje, que es más

maravilloso, y más admirable, y más abundante en prodigios que los otros

seis juntos.»

* * * * *

Y Sindbad el Marino mandó poner el mantel para el festín y dió de comer

á sus huéspedes, incluso á Sindbad el Cargador, á quien mandó

entregaran, antes de que se fuera, cien monedas de oro, como los demás

días. Y el cargador se retiró á su casa, maravillado de cuanto acababa

de oir. Y al día siguiente hizo su oración de la mañana y volvió al

palacio de Sindbad el Marino.

Cuando estuvieron reunidos todos los invitados, y comieron, y bebieron,

y conversaron, y rieron, y oyeron los cantos y la música, se colocaron

en corro, graves y silenciosos. Y habló así Sindbad el Marino:

[IMAGEN]

La séptima historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata de

la 7.ª y última historia

[IMAGEN]

«Sabed, ¡oh amigos míos! que al regreso del sexto viaje di resueltamente

de lado á toda idea de emprender en lo sucesivo otros, pues aparte de

que mi edad me impedía hacer excursiones lejanas, ya no tenía yo deseos

de acometer nuevas aventuras, tras de tanto peligro corrido y tanto mal

experimentado. Además, había llegado á ser el hombre más rico de Bagdad,

y el califa me mandaba llamar con frecuencia para oir de mis labios el

relato de las cosas extraordinarias que en mis viajes vi.

Un día que el califa ordenó que me llamaran, según costumbre, me

disponía á contarle una, ó dos, ó tres de mis aventuras, cuando me

dijo: «Sindbad, hay que ir á ver al rey de Serendib para llevarle mi

contestación y los regalos que le destino. ¡Nadie conoce como tú el

camino de esa tierra, cuyo rey se alegrará mucho de volver á verte.

¡Prepárate, pues, á salir hoy mismo, porque no me estaría bien quedar en

deuda con el rey de aquella isla, ni sería digno retrasar más la

respuesta y el envío!»

Ante mi vista se ennegreció el mundo, y llegué al límite de la

perplejidad y la sorpresa al oir estas palabras del califa. Pero logré

dominarme, para no caer en su desagrado. Y aunque había hecho voto de no

volver á salir de Bagdad, besé la tierra entre las manos del califa, y

contesté oyendo y obedeciendo. Entonces ordenó que me dieran mil dinares

de oro para mis gastos de viaje, y me entregó una carta de su puño y

letra y los regalos destinados al rey de Serendib.

Y he aquí en qué consistían los regalos: en primer lugar una magnífica

cama, completa, de terciopelo carmesí, que valía una cantidad enorme de

dinares de oro; además, había otra cama de otro color, y otra de otro;

había también cien trajes de tela fina y bordada de Kufa y Alejandría, y

cincuenta de Bagdad. Había una vasija de cornalina blanca, procedente de

tiempos muy remotos, en cuyo fondo figuraba un guerrero armado con su

arco tirante contra un león. Y había otras muchas cosas que sería

prolijo enumerar, y un tronco de caballos de la más pura raza árabe...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y

se calló discretamente.

[IMAGEN]

PERO CUANDO LLEGÓ

LA 312.ª NOCHE

Ella dijo:

...un tronco de caballos de la más pura raza árabe.

Entonces me vi obligado á partir, contra mi gusto aquella vez, y me

embarqué en una nave que salía de Bassra.

Tanto nos favoreció el destino, que á los dos meses, día tras día,

llegamos á Serendib con toda seguridad. Y me apresuré á llevar al rey la

carta y los obsequios del Emir de los Creyentes.

Al verme, se alegró y satisfizo al rey, quedando muy complacido de la

cortesía del califa. Quiso entonces retenerme á su lado una larga

temporada, pero yo no accedí á quedarme mas que el tiempo preciso para

descansar. Después de lo cual me despedí de él, y colmado de

consideraciones y regalos, me apresuré á embarcarme de nuevo para tomar

el camino de Bassra, por donde había ido.

Al principio nos fué favorable el viento, y el primer sitio á que

arribamos fué una isla llamada la isla de Sin. Y realmente, hasta

entonces habíamos estado contentísimos, y durante toda la travesía

hablábamos unos con otros, conversando tranquila y agradablemente acerca

de mil cosas.

Pero un día, á la semana después de haber dejado la isla, en la cual los

mercaderes habían hecho varios cambios y compras, mientras estábamos

tendidos tranquilos, como de costumbre, estalló de pronto sobre nuestras

cabezas una tormenta terrible y nos inundó una lluvia torrencial.

Entonces nos apresuramos á tender tela de cáñamo encima de nuestros

fardos y mercancías, para evitar que el agua los estropease, y empezamos

á suplicar á Alah que alejase el peligro de nuestro camino.

En tanto permanecíamos en aquella situación, el capitán del buque se

levantó, apretóse el cinturón á la cintura, se remangó las mangas y la

ropa, y después subió al palo mayor, desde el cual estuvo mirando

bastante tiempo á derecha é izquierda. Luego bajó con la cara muy

amarilla, nos miró con aspecto completamente desesperado, y en silencio

empezó á golpearse el rostro y á mesarse las barbas. Entonces corrimos

hacia él muy asustados, y le preguntamos: «¿Qué ocurre?» Y él contestó:

«¡Pedidle á Alah que nos saque del abismo en que hemos caído! ¡Ó más

bien, llorad por todos y despedíos unos de otros! ¡Sabed que la

corriente nos ha desviado de nuestro camino, arrojándonos á los confines

de los mares del mundo!»

Y después de haber hablado así, el capitán abrió un cajón, y sacó de él

un saco de algodón, del cual extrajo polvo que parecía ceniza. Mojó el

polvo con un poco de agua, esperó algunos momentos, y se puso luego á

aspirar aquel producto. Después sacó del cajón un libro pequeño, leyó

entre dientes algunas páginas, y acabó por decirnos: «Sabed, ¡oh

pasajeros! que el libro prodigioso acaba de confirmar mis suposiciones.

La tierra que se dibuja ante nosotros en lontananza es la tierra

conocida con el nombre de Clima de los Reyes. Ahí se encuentra la tumba

de nuestro señor Soleimán ben-Daúd. (¡Con ambos la plegaria y la paz!)

Ahí se crían monstruos y serpientes de espantable catadura. Además, el

mar en que nos encontramos está habitado por monstruos marinos que se

pueden tragar de un bocado los navíos mayores con cargamento y

pasajeros! ¡Ya estáis avisados! ¡Adiós!»

Cuando oímos estas palabras del capitán, quedamos de toda punto

estupefactos, y nos preguntábamos qué espantosa catástrofe iría á pasar,

cuando de pronto nos sentimos levantados con barco y todo, y después

hundidos bruscamente, mientras se alzaba del mar un grito más terrible

que el trueno. Tan espantados quedamos, que dijimos nuestra última

oración, y permanecimos inertes como muertos. Y de improviso vimos que

sobre el agua revuelta y delante de nosotros avanzaba hacia el barco un

monstruo tan alto y tan grande como una montaña, y después otro monstruo

mayor, y detrás otro tan enorme como los dos juntos. Este último brincó

de pronto por el mar, que se abría como una sima, mostró una boca más

profunda que un abismo, y se tragó las tres cuartas partes del barco con

cuanto contenía. Yo tuve el tiempo justo para retroceder hacia lo alto

del buque y saltar al mar, mientras el monstruo acababa de tragarse la

otra cuarta parte, y desaparecía en las profundidades con sus dos

compañeros.

Logré agarrarme á uno de los tablones que habían saltado del barco al

darle la dentellada el monstruo marino, y después de mil dificultades

pude llegar á una isla que afortunadamente estaba cubierta de árboles

frutales y regada por un río de agua excelente. Pero noté que la

corriente del río era rápida hasta el punto de que el ruido que hacía

oíase muy á lo lejos. Entonces, al recordar cómo me salvé de la muerte

en la isla de las pedrerías, concebí la idea de construir una balsa

igual á la anterior y dejarme llevar por la corriente. En efecto, á

pesar de lo agradable de aquella isla nueva, yo pretendía volver á mi

país. Y pensaba: «Si logro salvarme, todo irá bien, y haré voto de no

pronunciar siquiera la palabra «viaje», y de no pensar en tal cosa

durante el resto de mi vida. ¡En cambio, si perezco en la tentativa,

todo irá bien asimismo, porque acabaré definitivamente con peligros y

tribulaciones.»

El libro de las mil noches y una noche; t. 8 · 第 7 / 12 段