y en mi actual estado, cuando vi que pasaba un navío por cerca de la
montaña. Me levanté en seguida, desarrollé la tela de mi turbante y me
puse á agitarla con bruscos ademanes y dando muchos gritos mientras
corría por la costa. Gracias á Alah, la gente del navío advirtió mis
señales, y destacaron una barca para que fuese á recogerme y
transportarme á bordo. Me llevaron con ellos y también se encargaron muy
gustosos de mis fardos.
Cuando estuvimos á bordo, el capitán se acercó á mí y me dijo: «¿Quién
eres y cómo te encontrabas en esa montaña donde nunca vi mas que
animales salvajes y aves de rapiña, pero no un ser humano, desde que
navego por estos parajes?» Contesté: «¡Oh señor mío, soy un pobre
mercader extranjero en estas comarcas! Embarqué en un navío enorme que
naufragó junto á esta costa; y gracias á mi valor y á mi resistencia, yo
solo entre mis compañeros pude salvarme de perecer ahogado y salvé
conmigo mis fardos de mercancías, poniéndolos en una tabla grande que me
proporcioné cuando el navío vióse á merced de las olas. El Destino y mi
suerte me arrojaron á esa orilla, y Alah ha querido que no muriese yo de
hambre y de sed.» Y esto fué lo que dije al capitán, guardándome mucho
de decirle la verdad sobre mi matrimonio y mi enterramiento, no fuera
que á bordo hubiese alguien de la ciudad donde reinaba la espantosa
costumbre de que estuve á punto de ser víctima.
Al acabar mi discurso al capitán, saqué de uno de mis paquetes un
hermoso objeto de precio y se lo ofrecí como presente, para que me
tuviese consideración durante el viaje. Pero con gran sorpresa por mi
parte, dio prueba de un raro desinterés, sin querer aceptar mi obsequio,
y me dijo con acento benévolo: «No acostumbro á hacerme pagar las buenas
acciones. No eres el primero á quien hemos recogido en el mar. Á otros
náufragos socorrimos, transportándoles á su país, ¡por Alah! y no sólo
nos negamos á que nos pagaran, sino que, como carecían de todo, les
dimos de comer y de beber y les vestimos, y siempre ¡por Alah! hubimos
de proporcionarles lo preciso para subvenir á sus gastos de viaje.
¡Porque el hombre se debe á sus semejantes, por Alah!»
Al escuchar tales palabras, di gracias al capitán é hice votos en su
favor, deseándole larga vida, en tanto que él ordenaba desplegar las
velas y ponía en marcha al navío.
Durante días y días navegamos en excelentes condiciones, de isla en isla
y de mar en mar, mientras yo me pasaba las horas muertas deliciosamente
tendido, pensando en mis extrañas aventuras y preguntándome si en
realidad había yo experimentado todos aquellos sinsabores ó si no eran
un sueño. Y al recordar algunas veces mi estancia en la gruta
subterránea con mi esposa muerta, creía volverme loco de espanto.
Pero al fin, por obra y gracia de Alah, llegamos con buena salud á
Bassra, donde no nos detuvimos mas que algunos días, entrando luego en
Bagdad.
Entonces, cargado con riquezas infinitas, tomé el camino de mi calle y
de mi casa, adonde entré y encontré á mis parientes y á mis amigos;
festejaron mi regreso y se regocijaron en extremo, felicitándome por mi
salvación. Yo, entonces, guardé con cuidado en los armarios mis tesoros,
sin olvidarme de distribuir muchas limosnas á los pobres, á las viudas y
á los huérfanos, así como valiosas dádivas entre mis amigos y
conocimientos. Y desde entonces no cesé de entregarme á todas las
diversiones y á todos los placeres en compañía de personas agradables.
¡Pero cuanto os conté hasta aquí no es nada, verdaderamente, en
comparación de lo que me reservo para contároslo mañana, si Alah
quiere!»
¡Así habló aquel día Sindbad! Y no dejó de mandar que dieran cien
monedas de oro al cargador, invitándole á cenar con él, en compañía
asimismo de los notables que se hallaban presentes. Y todo el mundo
maravillóse de aquello.
En cuanto á Sindbad el Cargador...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 306.ª NOCHE
Ella dijo:
...En cuanto á Sindbad el Cargador, llegó á su casa, donde soñó toda la
noche con el relato asombroso. Y cuando al día siguiente estuvo de
vuelta en casa de Sindbad el Marino, todavía se hallaba emocionado á
causa del enterramiento de su huésped. Pero como ya habían extendido el
mantel, se hizo sitio entre los demás, y comió, y bebió, y bendijo al
Bienhechor. Tras de lo cual, en medio del general silencio, escuchó lo
que contaba Sindbad el Marino.
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La quinta historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del
quinto viaje
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Dijo Sindbad:
«Sabed, ¡oh amigos míos! que al regresar del cuarto viaje me dediqué á
hacer una vida de alegría, de placeres y de diversiones, y con ello
olvidé en seguida mis pasados sufrimientos, y sólo me acordé de las
ganancias admirables que me proporcionaron mis aventuras
extraordinarias. Así es que no os asombraréis si os digo que no dejé de
atender á mi alma, la cual inducíame á nuevos viajes por los países de
los hombres.
Me apresté, pues, á seguir aquel impulso, y compré las mercaderías que á
mi experiencia parecieron de más fácil salida y de ganancia segura y
fructífera; hice que las encajonasen, y partí con ellas para Bassra.
Allí fuí á pasearme por el puerto, y vi un navío grande, nuevo
completamente, que me gustó mucho y que acto seguido compré para mí
solo. Contraté á mi servicio á un buen capitán experimentado y á los
necesarios marineros. Después mandé que cargaran las mercaderías mis
esclavos, á los cuales mantuve á bordo para que me sirvieran. También
acepté en calidad de pasajeros á algunos mercaderes de buen aspecto,
que me pagaron honradamente el precio del pasaje. De esta manera,
convertido entonces en dueño de un navío, podía ayudar al capitán con
mis consejos, merced á la experiencia que adquirí en asuntos marítimos.
Abandonamos Bassra con el corazón confiado y alegre, deseándonos
mutuamente todo género de bendiciones. Y nuestra navegación fué muy
feliz, favorecida de continuo por un viento propicio y un mar clemente.
Y después de haber hecho diversas escalas con objeto de vender y
comprar, arribamos un día á una isla completamente deshabitada y
desierta, y en la cual se veía como única vivienda una cúpula blanca.
Pero al examinar más de cerca aquella cúpula blanca, adiviné que se
trataba de un huevo de rokh. Me olvidé de advertirlo á los pasajeros,
los cuales, una vez que desembarcaron, no encontraron para entretenerse
nada mejor que tirar gruesas piedras á la superficie del huevo; y
algunos instantes más tarde sacó del huevo una de sus patas el
rokhecillo.
Al verlo, continuaron rompiendo el huevo los mercaderes; luego mataron á
la cría del rokh, cortándola en pedazos grandes, y fueron á bordo para
contarme la aventura.
Entonces llegué al límite del terror, y exclamé: «¡Estamos perdidos! ¡En
seguida vendrán el padre y la madre del rokh para atacarnos y hacernos
perecer! ¡Hay que alejarse, pues, de esta isla lo más de prisa
posible!» Y al punto desplegamos la vela y nos pusimos en marcha,
ayudados por el viento.
En tanto, los mercaderes ocupábanse en asar los cuartos del rokh; pero
no habían empezado á saborearlos, cuando vimos sobre los ojos del sol
dos gruesas nubes que lo tapaban completamente. Al hallarse más cerca de
nosotros estas nubes, advertimos no eran otra cosa que dos gigantescos
rokhs, el padre y la madre del muerto. Y les oímos batir las alas y
lanzar graznidos más terribles que el trueno. Y enseguida nos dimos
cuenta de que estaban precisamente encima de nuestras cabezas, aunque á
una gran altura, sosteniendo cada cual en sus garras una roca enorme,
mayor que nuestro navío.
Al verlo no dudamos ya de que la venganza de los rokhs nos perdería. Y
de repente uno de los rokhs dejó caer desde lo alto la roca en dirección
al navío. Pero el capitán tenía mucha experiencia; maniobró con la barra
tan rápidamente, que el navío viró á un lado, y la roca, pasando junto á
nosotros, fué á dar en el mar, el cual abrióse de tal modo, que vimos su
fondo, y el navío se alzó, bajó y volvió á alzarse espantablemente. Pero
quiso nuestro destino que en aquel mismo instante soltase el segundo
rokh su piedra, que, sin que pudiésemos evitarlo, fué á caer en la popa,
rompiendo el timón en veinte pedazos y hundiendo la mitad del navío. Al
golpe, mercaderes y marineros quedaron aplastados ó sumergidos. Yo fuí
de los que se sumergieron.
Pero tanto luché con la muerte, impulsado por el instinto de conservar
mi alma preciosa, que pude salir á la superficie del agua. Y por
fortuna, logré agarrarme á una tabla de mi destrozado navío.
Al fin conseguí ponerme á horcajadas encima de la tabla, y remando con
los pies y ayudado por el viento y la corriente, pude llegar á una isla
en el preciso instante en que iba á entregar mi último aliento, pues
estaba extenuado de fatiga, hambre y sed. Empecé por tenderme en la
playa, donde permanecí aniquilado una hora, hasta que descansaron y se
tranquilizaron mi alma y mi corazón. Me levanté entonces y me interné en
la isla, con objeto de reconocerla.
No tuve necesidad de caminar mucho para advertir que aquella vez el
Destino me había transportado á un jardín tan hermoso, que podría
compararse con los jardines del paraíso. Ante mis ojos extáticos
aparecían por todas partes árboles de dorados frutos, arroyos
cristalinos, pájaros de mil plumajes diferentes y flores arrebatadoras.
Por consiguiente, no quise privarme de comer de aquellas frutas, beber
de aquella agua y aspirar aquellas flores; y todo lo encontré lo más
excelente posible...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 307.ª NOCHE
Ella dijo:
...y todo lo encontré lo más excelente posible. Así es que no me moví
del sitio en que me hallaba, y continué reposando de mis fatigas hasta
que acabó el día.
Pero cuando llegó la noche y me vi en aquella isla solo entre los
árboles, no pude por menos de tener un miedo atroz, á pesar de la
belleza y la paz que me rodeaban; no logré dormirme mas que á medías, y
durante el sueño me asaltaron pesadillas terribles en medio de aquel
silencio y aquella soledad.
Al amanecer me levanté más tranquilo y avancé en mi exploración. De esta
suerte pude llegar junto á un estanque donde iba á dar el agua de un
manantial, y á la orilla del estanque hallábase sentado, inmóvil, un
venerable anciano cubierto con amplio manto hecho de hojas de árbol. Y
pensé para mí: «¡También este anciano debe ser algún náufrago que se
refugiara antes que yo en esta isla!»
Me acerqué, pues, á él y le deseé la paz. Me devolvió el saludo, pero
solamente por señas y sin pronunciar palabra. Y le pregunté: «¡Oh
venerable jeique! ¿á qué se debe tu estancia en este sitio?» Tampoco me
contestó; pero movió con aire triste la cabeza, y con la mano me hizo
señas que significaban: «¡Te suplico que me cargues á tu espalda y
atravieses el arroyo conmigo, porque quisiera coger frutas en la otra
orilla!»
Entonces pensé: «¡Ciertamente, Sindbad, que verificarás una buena acción
sirviendo así á este anciano!» Me incliné, pues, y me lo cargué sobre
los hombros, atrayendo á mi pecho sus piernas, y con sus muslos él me
rodeaba el cuello y la cabeza con sus brazos. Y le transporté por la
otra orilla del arroyo hasta el lugar que hubo de designarme; luego me
incliné nuevamente y le dije: «¡Baja con cuidado, ¡oh venerable jeique!»
¡Pero no se movió! Por el contrario, cada vez apretaba más sus muslos en
torno de mi cuello, y se afianzaba á mis hombros con todas sus fuerzas.
Al darme cuenta de ello llegué al límite del asombro y miré con atención
sus piernas. Me parecieron negras y velludas, y ásperas como la piel de
un búfalo, y me dieron miedo. Así es que, haciendo un esfuerzo inmenso,
quise desenlazarme de su abrazo y dejarle en tierra; pero entonces me
apretó él la garganta tan fuertemente, que casi me estranguló y ante mí
se obscureció el mundo. Todavía hice un último esfuerzo; pero perdí el
conocimiento, casi ya sin respiración, y caí al suelo desvanecido.
Al cabo de algún tiempo volví en mí, observando que, á pesar de mi
desvanecimiento, el anciano se mantenía siempre agarrado á mis hombros;
sólo había aflojado sus piernas ligeramente para permitir que el aire
penetrara en mi garganta.
Cuando me vió respirar, dióme dos puntapiés en el estómago para
obligarme á que me incorporara de nuevo. El dolor me hizo obedecer, y me
erguí sobre mis piernas, mientras él se afianzaba á mi cuello más que
nunca. Con la mano me indicó que anduviera por debajo de los árboles, y
se puso á coger frutas y á comerlas. Y cada vez que me paraba yo contra
su voluntad ó andaba demasiado de prisa, me daba puntapiés tan violentos
que veíame obligado á obedecerle.
Todo aquel día estuvo sobre mis hombros, haciéndome caminar como un
animal de carga; y llegada la noche, me obligó á tenderme con él para
dormir sujeto siempre á mi cuello. Y á la mañana me despertó de un
puntapié en el vientre, obrando como la víspera.
Así permaneció afianzado á mis hombros día y noche sin tregua. Encima de
mí hacía todas sus necesidades líquidas y sólidas, y sin piedad me
obligaba á marchar, dándome puntapiés y puñetazos.
Jamás había yo sufrido en mi alma tantas humillaciones y en mi cuerpo
tan malos tratos como al servicio forzoso de este anciano, más robusto
que un joven y más despiadado que un arriero. Y ya no sabía yo de qué
medio valerme para desembarazarme de él, y deploraba el caritativo
impulso que me hizo compadecerle y subirle á mis hombros. Y desde aquel
momento me deseé la muerte desde lo más profundo de mi corazón.
Hacía ya mucho tiempo que me veía reducido á tan deplorable estado,
cuando un día aquel hombre me obligó á caminar bajo unos árboles de los
que colgaban gruesas calabazas, y se me ocurrió la idea de aprovechar
aquellas frutas secas para hacer con ellas recipientes. Recogí una gran
calabaza seca que había caído del árbol tiempo atrás, la vacié por
completo, la limpié, y fuí á una vid para cortar racimos de uvas, que
exprimí dentro de la calabaza hasta llenarla. La tapé luego
cuidadosamente y la puse al sol, dejándola allí varios días, hasta que
el zumo de uvas convirtióse en vino puro. Entonces cogí la calabaza y
bebí de su contenido la cantidad suficiente para reponer fuerzas y
ayudarme á soportar las fatigas de la carga, pero no lo bastante para
embriagarme. Al momento me sentí reanimado y alegre hasta tal punto, que
por primera vez me puse á hacer piruetas en todos sentidos con mi carga,
sin notarla ya, y á bailar cantando por entre los árboles. Incluso hube
de dar palmadas para acompañar mi baile, riendo á carcajadas.
Cuando el anciano me vió en aquel estado inusitado y advirtió que mis
fuerzas se multiplicaban hasta el extremo de conducirle sin fatiga, me
ordenó por señas que le diese la calabaza. Me contrarió bastante la
petición; pero le tenía tanto miedo, que no me atreví á negarme; me
apresuré, pues, á darle la calabaza de muy mala gana. La tomó en sus
manos, la llevó á sus labios, saboreó primero el líquido, para saber á
qué atenerse, y como lo encontró agradable, se lo bebió, vaciando la
calabaza hasta la última gota y arrojándola después lejos de sí.
En seguida se hizo sentir en su cerebro el efecto del vino; y como había
bebido lo suficiente para embriagarse, no tardó en bailar á su manera en
un principio, zarandeándose sobre mis hombros, para aplomarse luego con
todos los músculos relajados, venciéndose á derecha y á izquierda y
sosteniéndose sólo lo preciso para no caerse.
Entonces yo, al sentir que no me oprimía como de costumbre, desanudé de
mi cuello sus piernas con un movimiento rápido, y por medio de una
contracción de hombros le despedí á alguna distancia, haciéndole rodar
por el suelo, en donde quedó sin movimiento. Salté sobre él entonces, y
cogiendo de entre los árboles una piedra enorme, le sacudí con ella en
la cabeza diversos golpes tan certeros, que le destrocé el cráneo y
mezclé su sangre á su carne. ¡Murió! ¡Ojalá no haya tenido Alah nunca
compasión de su alma!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 308.ª NOCHE
Ella dijo:
...¡Ojalá no haya tenido Alah nunca compasión de su alma!
Á la vista de su cadáver, me sentí el alma todavía más aligerada que el
cuerpo, y me puse á correr de alegría, y así llegué á la playa, al mismo
sitio donde me arrojó el mar cuando el naufragio de mi navío. Quiso el
Destino que precisamente en aquel momento se encontrasen allí unos
marineros que desembarcaron de un navío anclado para buscar agua y
frutas. Al verme, llegaron al límite del asombro, y me rodearon y me
interrogaron después de mutuas zalemas. Y les conté lo que acababa de
ocurrirme, cómo había naufragado y cómo estuve reducido al estado de
perpetuo animal de carga para el jeique á quien hube de matar.
Estupefactos quedaron los marineros con el relato de mi historia, y
exclamaron: «¡Es prodigioso que pudieras librarte de ese jeique,
conocido por todos los navegantes con el nombre de Anciano del mar! Tú
eres el primero á quien no estranguló, porque siempre ha ahogado entre
sus muslos á cuantos tuvo á su servicio. ¡Bendito sea Alah, que te libró
de él!»
Después de lo cual, me llevaron á su navío, donde su capitán me recibió
cordialmente, y me dió vestidos con que cubrir mi desnudez; y luego que
le hube contado mi aventura, me felicitó por mi salvación, y nos hicimos
á la vela.
Tras varios días y varias noches de navegación, entramos en el puerto de
una ciudad que tenía casas muy bien construídas junto al mar. Esta
ciudad llamábase la Ciudad de los Monos, á causa de la cantidad
prodigiosa de monos que habitaban en los árboles de las inmediaciones.
Bajé á tierra acompañado por uno de los mercaderes del navío, con objeto
de visitar la ciudad y procurar hacer algún negocio. El mercader con
quien entablé amistad me dió un saco de algodón, y me dijo: «Toma este
saco, llénale de guijarros y agrégate á los habitantes de la ciudad que
salen ahora de sus muros. Imita exactamente lo que les veas hacer. Y así
ganarás muy bien tu vida.»
Entonces hice lo que él me aconsejaba; llené de guijarros mi saco, y
cuando terminé aquel trabajo, vi salir de la ciudad á un tropel de
personas, igualmente cargada cada cual con un saco parecido al mío. Mi
amigo el mercader me recomendó á ellas cariñosamente, diciéndoles: «Es
un hombre pobre y extranjero. ¡Llevadle con vosotros para enseñarle á
ganarse aquí la vida! ¡Si le hacéis tal servicio, seréis recompensados
pródigamente por el Retribuidor!» Ellos contestaron que escuchaban y
obedecían, y me llevaron consigo.
Después de andar durante algún tiempo, llegamos á un gran valle,
cubierto de árboles tan altos, que resultaba imposible subir á ellos; y
estos árboles estaban poblados por los monos, y sus ramas aparecían
cargadas de frutos de corteza dura llamados cocos de Indias.
Nos detuvimos al pie de aquellos árboles, y mis compañeros dejaron en
tierra los sacos y pusiéronse á apedrear á los monos, tirándoles
piedras. Y yo hice lo que ellos. Entonces, furiosos, los monos nos
respondieron tirándonos desde lo alto de los árboles una cantidad enorme
de cocos. Y nosotros, procurando resguardarnos, recogíamos aquellos
frutos y llenábamos nuestros sacos con ellos.
Una vez llenos los sacos, nos los cargamos de nuevo á hombros, y
volvimos á emprender el camino de la ciudad, en la cual un mercader me
compró el saco, pagándome en dinero. Y de este modo continué acompañando
todos los días á los recolectores de cocos y vendiendo en la ciudad
aquellos frutos, y así estuve hasta que poco á poco, á fuerza de
acumular lo que ganaba, adquirí una fortuna que engrosó por sí sola
después de diversos cambios y compras, y me permitió embarcarme en un
navío que salía para el Mar de las Perlas.
Como tuve cuidado de llevar conmigo una cantidad prodigiosa de cocos, no
dejé de cambiarlos por mostaza y canela á mi llegada á diversas islas; y
después vendí la mostaza y la canela, y con el dinero que gané me fuí al
Mar de las Perlas, donde contraté buzos por mi cuenta. Fué muy grande
mi suerte en la pesca de perlas, pues me permitió realizar en poco
tiempo una gran fortuna. Así es que no quise retrasar más mi regreso, y
después de comprar, para mi uso personal, madera de áloe de la mejor
calidad á los indígenas de aquel país descreído, me embarqué en un barco
que se hacía á la vela para Bassra, adonde arribé felizmente después de
una excelente navegación. Desde allí salí en seguida para Bagdad, y
corrí á mi calle y á mi casa, donde me recibieron con grandes
manifestaciones de alegría mis parientes y mis amigos.
Como volvía más rico que jamás lo había estado, no dejé de repartir en
torno mío el bienestar, haciendo muchas dádivas á los necesitados. Y
viví en un reposo perfecto desde el seno de la alegría y los placeres.
Pero cenad en mi casa esta noche, ¡oh mis amigos! y no faltéis mañana
para escuchar el relato de mi sexto viaje, porque es verdaderamente
asombroso y os hará olvidar las aventuras que acabáis de oir, por muy
extraordinarias que hayan sido.»
* * * * *
Luego, terminada esta historia, Sindbad el Marino, según su costumbre,
hizo que entregaran las cien monedas de oro al cargador, que con los
demás comensales retiróse maravillado, después de cenar. Y al día
siguiente, después de un festín tan suntuoso como el de la víspera,
Sindbad el Marino habló en los siguientes términos ante la misma
asistencia:
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La sexta historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del
sexto viaje
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«Sabed, ¡oh todos vosotros mis amigos, mis compañeros y mis queridos
huéspedes! que al regreso de mi quinto viaje estaba yo un día sentado
delante de mi puerta tomando el fresco, y he aquí que llegué al límite
del asombro cuando vi pasar por la calle unos mercaderes que al parecer
volvían de viaje. Al verlos recordé con satisfacción los días de mis
retornos, la alegría que experimentaba al encontrar á mis parientes,
amigos y antiguos compañeros, y la alegría, mayor aún, de volver á ver
mi país natal; y este recuerdo incitó á mi alma al viaje y al comercio.
Resolví, pues, viajar; compré ricas y valiosas mercaderías á propósito
para el comercio por mar, mandé cargar los fardos y partí de la ciudad
de Bagdad con dirección á la de Bassra. Allí encontré una gran nave
llena de mercaderes y de notables, que llevaban consigo mercancías
suntuosas. Hice embarcar mis fardos con los suyos á bordo de aquel
navío, y abandonamos en paz la ciudad de Bassra...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[IMAGEN]
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 309.ª NOCHE
Ella dijo:
...y abandonamos en paz la ciudad de Bassra.
No dejamos de navegar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad,
vendiendo, comprando y alegrando la vista con el espectáculo de los
países de los hombres, viéndonos favorecidos constantemente por una
feliz navegación, que aprovechábamos para gozar de la vida. Pero un día
entre los días, cuando nos creíamos en completa seguridad, oímos gritos
de desesperación. Era nuestro capitán quien los lanzaba. Al mismo tiempo
le vimos tirar al suelo el turbante, golpearse el rostro, mesarse las
barbas y dejarse caer en mitad del buque, presa de un pesar
inconcebible.
Entonces todos los mercaderes y pasajeros le rodeamos, y le preguntamos:
«¡Oh capitán! ¿qué sucede?» El capitán respondió: «Sabed, buena gente
aquí reunida, que nos hemos extraviado con nuestro navío, y hemos salido
del mar en que estábamos para entrar en otro mar cuya derrota no
conocemos. Y si Alah no nos depara algo que nos salve de este mar,
quedaremos aniquilados cuantos estamos aquí. ¡Por lo tanto, hay que
suplicar á Alah el Altísimo que nos saque de este trance!»
Dicho esto, el capitán se levantó y subió al palo mayor, y quiso
arreglar las velas; pero de pronto sopló con violencia el viento y echó
al navío hacia atrás tan bruscamente, que se rompió el timón cuando
estábamos cerca de una alta montaña. Entonces el capitán bajó del palo,
y exclamó: «¡No hay fuerza ni recurso mas que en Alah el Altísimo y
Todopoderoso! ¡Nadie puede detener al Destino! ¡Por Alah! ¡Hemos caído
en una perdición espantosa, sin ninguna probabilidad de salvarnos!»
Al oir tales palabras, todos los pasajeros se echaron á llorar por
propio impulso, y despidiéndose unos de otros, antes de que se acabase
su existencia y se perdiera toda esperanza. Y de pronto el navío se
inclinó hacia la montaña, y se estrelló y se dispersó en tablas por
todas partes. Y cuantos estaban dentro se sumergieron. Y los mercaderes
cayeron al mar. Y unos se ahogaron y otros se agarraron á la montaña
consabida y pudieron salvarse. Yo fuí uno de los que pudieron agarrarse
á la montaña.