habían subido por mercaderías á bordo se acercó á mí, me miró
atentamente, y en cuanto terminé de hablar, palmoteó sorprendido, y
exclamó: «¡Por Alah! Ninguno me creyó cuando hace tiempo relaté la
extraña aventura que me acaeció un día en la montaña de diamantes,
donde, según dije, vi á un hombre atado á un cuarto de carnero y
transportado desde el valle á la montaña por un pájaro llamado rokh.
¡Pues bien; he aquí aquel hombre! ¡Este mismo es Sindbad el Marino, el
hombre generoso que me regaló tan hermosos diamantes!» Y tras de hablar
así, el mercader corrió á abrazarme como un hermano ausente que
encontrara de pronto á su hermano.
Entonces me contempló un instante el capitán del navío y en seguida me
reconoció también por Sindbad el Marino. Y me tomó en sus brazos como lo
hubiera hecho con su hijo, me felicitó por estar con vida todavía, y me
dijo: «¡Por Alah, ¡oh mi señor! que es asombrosa tu historia y
prodigiosa tu aventura! ¡Pero bendito sea Alah, que permitió nos
reuniéramos, é hizo que encontraras tus mercancías y tu fortuna!» Luego
dió orden de que llevaran mis mercancías á tierra para que yo las
vendiese, aprovechándome de ellas por completo aquella vez. Y
efectivamente, fué enorme la ganancia que me proporcionaron,
indemnizándome con mucho de todo el tiempo que había perdido hasta
entonces.
Después de lo cual, dejamos la isla Salahata y llegamos al país de Sind,
donde vendimos y compramos igualmente.
En aquellos mares lejanos vi cosas asombrosas y prodigios innumerables,
cuyo relato no puedo detallar. Pero, entre otras cosas, vi un pez que
tenía el aspecto de una vaca y otro que parecía un asno. Vi también un
pájaro que nacía del nácar marino y cuyas crías vivían en la superficie
de las aguas, sin volar nunca sobre tierra.
Más tarde continuamos nuestra navegación, con la venia de Alah, y á la
postre llegamos á Bassra, donde nos detuvimos pocos días, para entrar
por último en Bagdad.
Entonces me dirigí á mi calle, penetré en mi casa, saludé á mis
parientes, á mis amigos y á mis antiguos compañeros, é hice muchas
dádivas á viudas y á huérfanos. Porque había regresado más rico que
nunca, á causa de los últimos negocios hechos al vender mis mercancías.
Pero mañana, si Alah quiere, ¡oh amigos míos! os contaré la historia de
mi cuarto viaje, que supera en interés á las tres que acabáis de oir.»
* * * * *
Luego Sindbad el Marino, como los anteriores días, hizo que dieran cien
monedas de oro á Sindbad el Cargador, invitándole á volver al día
siguiente.
No dejó de obedecer el cargador, y volvió al otro día para escuchar lo
que había de contar Sindbad el Marino cuando terminase la comida...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 302.ª NOCHE
Ella dijo:
...para escuchar lo que había de contar Sindbad el Marino cuando
terminase la comida.
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La cuarta historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del
cuarto viaje
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Y dijo Sindbad el Marino:
«Ni las delicias ni los placeres de la vida de Bagdad, ¡oh amigos míos!
me hicieron olvidar los viajes. Al contrario, casi no me acordaba de las
fatigas sufridas y los peligros corridos. Y el alma pérfida que vivía en
mí no dejó de mostrarme lo ventajoso que sería recorrer de nuevo las
comarcas de los hombres. Así es que no pude resistirme á sus
tentaciones, y abandonando un día la casa y las riquezas, llevé conmigo
una gran cantidad de mercaderías de precio, bastante más que las que
había llevado en mis últimos viajes, y de Bagdad partí para Bassra,
donde me embarqué en un gran navío en compañía de varios notables
mercaderes prestigiosamente conocidos.
Al principio fué excelente nuestro viaje por el mar, gracias á la
bendición. Fuimos de isla en isla y de tierra en tierra, vendiendo y
comprando y realizando beneficios muy apreciables, hasta que un día, en
alta mar, hizo anclar el capitán, diciéndonos: «¡Estamos perdidos sin
remedio!» Y de improviso un golpe de viento terrible hinchó todo el mar,
que se precipitó sobre el navío, haciéndolo crujir por todas partes, y
arrebató á los pasajeros, incluso el capitán, los marineros y yo mismo.
Y se hundió todo el mundo, y yo igual que los demás.
Pero, merced á la misericordia, pude encontrar sobre el abismo una tabla
del navío, á la que me agarré con manos y pies, y encima de la cual
navegamos durante medio día yo y algunos otros mercaderes que lograron
asirse conmigo á ella.
Entonces, á fuerza de bregar con pies y manos, ayudados por el viento y
la corriente, caímos en la costa de una isla, cual si fuésemos un montón
de algas, medio muertos ya de frío y de miedo.
Toda una noche permanecimos sin movernos, aniquilados, en la costa de
aquella isla. Pero al día siguiente pudimos levantarnos é internarnos
por ella, vislumbrando una casa, hacia la cual nos encaminamos.
Cuando llegamos á ella, vimos que por la puerta de la vivienda salía un
grupo de individuos completamente desnudos y negros, quienes se
apoderaron de nosotros sin decirnos palabra y nos hicieron penetrar en
una vasta sala, donde aparecía un rey sentado en alto trono.
El rey nos ordenó que nos sentáramos, y nos sentamos. Entonces pusieron
á nuestro alcance platos llenos de manjares como no los habíamos visto
en toda nuestra vida. Sin embargo, su aspecto no excitó mi apetito, al
revés de lo que ocurría á mis compañeros, que comieron glotonamente para
aplacar el hambre que les torturaba desde que naufragamos. En cuanto á
mí, por abstenerme conservo la existencia hasta hoy.
Efectivamente, desde que tomaron los primeros bocados, apoderóse de mis
compañeros una gula enorme, y estuvieron durante horas y horas devorando
cuanto les presentaban, mientras hacían gestos de locos y lanzaban
extraordinarios gruñidos de satisfacción.
En tanto que caían en aquel estado mis amigos, los hombres desnudos
llevaron un tazón lleno de cierta pomada con la que untaron todo el
cuerpo á mis compañeros, resultando asombroso el efecto que hubo de
producirles en el vientre. Porque vi que se les dilataba poco á poco en
todos sentidos hasta quedar más gordo que un pellejo inflado. Y su
apetito aumentó proporcionalmente, y continuaron comiendo sin tregua,
mientras yo les miraba asustado al ver que no se llenaba su vientre
nunca.
Por lo que á mí respecta, persistí en no tocar aquellos manjares, y me
negué á que me untaran con la pomada al ver el efecto que produjo en mis
compañeros. Y en verdad que mi sobriedad fué provechosa, porque averigüé
que aquellos hombres desnudos comían carne humana, y empleaban diversos
medios para cebar á los hombres que caían entre sus manos y hacer de tal
suerte más tierna y más jugosa su carne. En cuanto al rey de estos
antropófagos, descubrí que era ogro. Todos los días le servían asado un
hombre cebado por aquel método; á los demás no les gustaba el asado y
comían la carne humana al natural, sin ningún aderezo.
Ante tan triste descubrimiento, mi ansiedad sobre mi suerte y la de mis
compañeros no conoció límites cuando advertí en seguida una disminución
notable de la inteligencia de mis camaradas, á medida que se hinchaba su
vientre y engordaba su individuo. Acabaron por embrutecerse del todo á
fuerza de comer, y cuando tuvieron el aspecto de unas bestias buenas
para el matadero, se les confió á la vigilancia de un pastor, que á
diario les llevaba á pacer en el prado.
En cuanto á mi, por una parte el hambre, y el miedo por otra, hicieron
de mi persona la sombra de mí mismo y la carne se me secó encima del
hueso. Así es que, cuando los indígenas de la isla me vieron tan delgado
y seco, no se ocuparon ya de mí y me olvidaron enteramente, juzgándome
sin duda indigno de servirme asado ni siquiera á la parrilla ante su
rey.
Tal falta de vigilancia por parte de aquellos insulares negros y
desnudos me permitió un día alejarme de su vivienda y marchar en
dirección opuesta á ella. En el camino me encontré al pastor que llevaba
á pacer á mis desgraciados compañeros, embrutecidos por culpa de su
vientre. Me di prisa á esconderme entre las hierbas altas, andando y
corriendo para perderlos de vista, pues su aspecto me producía torturas
y tristeza.
Ya se había puesto el sol, y yo no dejaba de andar. Continué camino
adelante toda la noche, sin sentir necesidad de dormir, porque me
despabilaba el miedo de caer en manos de los negros comedores de carne
humana. Y anduve aún durante todo el otro día, y también los seis
siguientes, sin perder mas que el tiempo necesario para hacer una comida
diaria que me permitiese seguir mi carrera en pos de lo desconocido. Y
por todo alimento cogía hierbas y me comía las indispensables para no
sucumbir de hambre.
Al amanecer del octavo día...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 303.ª NOCHE
Ella dijo:
...Al amanecer del octavo día llegué á la orilla opuesta de la isla y me
encontré con hombres como yo, blancos y vestidos con trajes, que se
ocupaban en quitar granos de pimienta de los árboles de que estaba
cubierta aquella región. Cuando me advirtieron, se agruparon en torno
mío y me hablaron en mi lengua, el árabe, que no escuchaba yo desde
hacía tiempo. Me preguntaron quién era y de dónde venía. Contesté: «¡Oh
buenas gentes, soy un pobre extranjero!» Y les enumeré cuantas
desgracias y peligros había experimentado. Mi relato les asombró
maravillosamente, y me felicitaron por haber podido escapar de los
devoradores de carne humana; me ofrecieron de comer y de beber, me
dejaron reposar una hora, y después me llevaron á su barca para
presentarme á su rey, cuya residencia se hallaba en otra isla vecina.
La isla en que reinaba este rey tenía por capital una ciudad muy
poblada, abundante en todas las cosas de la vida, rica en zocos y en
mercaderes cuyas tiendas aparecían provistas de objetos preciosos,
cruzada por calles en que circulaban numerosos jinetes en caballos
espléndidos, aunque sin sillas ni estribos. Así es que cuando me
presentaron al rey, tras de las zalemas hube de participarle mi asombro
por ver cómo los hombres montaban á pelo en los caballos. Y le dije:
«¿Por qué motivo, ¡oh mi señor y soberano! no se usa aquí la silla de
montar? ¡Es un objeto tan cómodo para ir á caballo! ¡Y además aumenta el
dominio del jinete!»
Sorprendióse mucho de mis palabras el rey, y me preguntó: «¿Pero en qué
consiste una silla de montar? ¡Se trata de una cosa que nunca en nuestra
vida vimos!» Yo le dije: «¿Quieres, entonces, que te confeccione una
silla, para que puedas comprobar su comodidad y experimentar sus
ventajas?» Me contestó: «¡Sin duda!»
Dije que pusieran á mis órdenes un carpintero hábil, y le hice trabajar
á mi vista la madera de una silla conforme exactamente á mis
indicaciones. Y permanecí junto á él hasta que la terminó. Entonces yo
mismo forré la madera de la silla con lana y cuero, y acabé
guarneciéndola alrededor con bordados de oro y borlas de diversos
colores. Hice que viniese á mi presencia luego un herrero, al cual le
enseñé el arte de confeccionar un bocado y estribos; y ejecutó
perfectamente estas cosas, porque no le perdí de vista un instante.
Cuando estuvo todo en condiciones, escogí el caballo más hermoso de las
cuadras del rey, y le ensillé y embridé, y le enjaecé espléndidamente,
sin olvidarme de ponerle diversos accesorios de adorno, como largas
gualdrapas, borlas de seda y oro, penacho y collera azul. Y fuí en
seguida á presentárselo al rey, que lo esperaba con mucha impaciencia
desde hacía algunos días.
Inmediatamente lo montó el rey, y se sintió tan á gusto y le satisfizo
tanto la invención, que me probó su contento con regalos suntuosos y
grandes prodigalidades.
Cuando el gran visir vió aquella silla y comprobó su superioridad, me
rogó que le hiciera una parecida. Y yo accedí gustoso. Entonces todos
los notables del reino y los altos dignatarios quisieron asimismo tener
una silla, y me hicieron la oportuna demanda. Y tanto me obsequiaron,
que en poco tiempo hube de convertirme en el hombre más rico y
considerado de la ciudad.
Me había hecho amigo del rey, y un día que fuí á verle, según era mi
costumbre, se encaró conmigo, y me dijo: «¡Ya sabes, Sindbad, que te
quiero mucho! En mi palacio llegaste á ser como de mi familia, y no
puedo pasarme sin ti ni soportar la idea de que venga un día en que nos
dejes. ¡Deseo, pues, pedirte una cosa sin que me la rehuses!» Contesté:
«¡Ordena, ¡oh rey! ¡Tu poder sobre mí lo consolidaron tus beneficios y
la gratitud que te debo por todo el bien que de ti recibí desde mi
llegada á este reino!» Contestó él: «Deseo casarte entre nosotros con
una mujer bella, bonita, perfecta, rica en oro y en cualidades, con el
fin de que ella te decida á permanecer siempre en nuestra ciudad y en
mi palacio. ¡Espero, pues, de ti que no rechaces mi ofrecimiento y mis
palabras!»
Al oir aquel discurso quedé confundido, bajé la cabeza y no pude
responder de tanta timidez como me embargaba. De manera que el rey me
preguntó: «¿Por qué no me contestas, hijo mío?» Yo repliqué: «¡Oh rey
del tiempo, tus deseos son los míos y en mí tienes un esclavo!» Al punto
envió él á buscar al kadí y á los testigos, y acto seguido dióme por
esposa á una mujer noble de alto rango, poderosamente rica, dueña de
propiedades edificadas y de tierras, y dotada de gran belleza. Al propio
tiempo, me hizo el regalo de un palacio completamente amueblado, con sus
esclavos de ambos sexos y un tren de casa verdaderamente regio.
Desde entonces viví en medio de una tranquilidad perfecta y llegué al
límite del desahogo y el bienestar. Y de antemano me regocijaba la idea
de poder un día escaparme de aquella ciudad y volver á Bagdad con mi
esposa; porque la amaba mucho, y ella también me amaba, y nos llevábamos
muy bien. Pero cuando el Destino dispone algo, ningún poder humano logra
torcer su curso. ¿Y qué criatura puede conocer el porvenir? Aún había yo
de comprobar una vez más ¡ay! que todos nuestros proyectos son juegos
infantiles ante los designios del Destino.
Un día, por orden de Alah, murió la esposa de mi vecino. Como el tal
vecino era amigo mío, fuí á verle y traté de consolarle, diciéndole:
«¡No te aflijas más de lo permitido, ¡oh vecino mío! ¡Pronto te
indemnizará Alah dándote una esposa más bendita todavía! ¡Prolongue Alah
tus días!» Pero mi vecino, asombrado de mis palabras, levantó la cabeza
y me dijo: «¿Cómo puedes desearme larga vida, cuando bien sabes que sólo
me queda ya una hora de vivir?» Entonces me asombré á mi vez y le dije:
«¿Por qué hablas así, vecino mío, y á qué vienen semejantes
presentimientos? ¡Gracias á Alah, eres robusto y nada te amenaza!
¿Pretendes, pues, matarte por tu propia mano?» Contestó: «¡Ah! Bien veo
ahora tu ignorancia acerca de los usos de nuestro país. Sabe, pues, que
la costumbre quiere que todo marido vivo sea enterrado vivo con su mujer
cuando ella muere, y que toda mujer viva sea enterrada viva con su
marido cuando muere él. ¡Es cosa inviolable! ¡Y en seguida debo ser
enterrado vivo yo con mi mujer muerta! ¡Aquí ha de cumplir tal ley,
establecida por los antepasados, todo el mundo, incluso el rey!»
Al escuchar aquellas palabras, exclamé: «¡Por Alah, qué costumbre tan
detestable! ¡Jamás podré conformarme con ella!»
Mientras hablábamos en estos términos, entraron los parientes y amigos
de mi vecino y se dedicaron, en efecto, á consolarle por su propia
muerte y la de su mujer. Tras de lo cual, se procedió á los funerales.
Pusieron en un ataúd descubierto el cuerpo de la mujer, después de
revestirla con los trajes más hermosos y adornarla con las más preciosas
joyas. Luego se formó el acompañamiento; el marido iba á la cabeza,
detrás del ataúd, y todo el mundo, incluso yo, se dirigió al sitio del
entierro.
Salimos de la ciudad, llegando á una montaña que daba sobre el mar. En
cierto paraje vi una especie de pozo inmenso, cuya tapa de piedra
levantaron en seguida. Bajaron por allí el ataúd donde yacía la mujer
muerta adornada con sus alhajas; luego se apoderaron de mi vecino, que
no opuso ninguna resistencia; por medio de una cuerda le bajaron hasta
el fondo del pozo, proveyéndole de un cántaro con agua y siete panes.
Hecho lo cual, taparon el brocal del pozo con las piedras grandes que lo
cubrían, y nos volvimos por donde habíamos ido.
Asistí á todo esto en un estado de alarma inconcebible, pensando: «¡La
cosa es aún peor que todas cuantas he visto!» Y no bien regresé á
palacio, corrí en busca del rey y le dije: «¡Oh señor mío! ¡muchos
países recorrí hasta hoy; pero en ninguna parte ví una costumbre tan
bárbara como esa de enterrar al marido vivo con su mujer muerta! Por
tanto, desearía saber, ¡oh rey del tiempo! si el extranjero ha de
cumplir también esta ley al morir su esposa.» El rey contestó: «¡Sin
duda que se le enterrará con ella!»
Cuando hube oído aquellas palabras, sentí que en el hígado me estallaba
la vejiga de la hiel á causa de la pena, salí de allí loco de terror y
marché á mi casa, temiendo ya que hubiese muerto mi esposa durante mi
ausencia y que se me obligase á sufrir el horroroso suplicio que acababa
de presenciar. En vano intenté consolarme diciendo: «¡Tranquilízate,
Sindbad! ¡Seguramente morirás tú primero! ¡Por consiguiente, no tendrás
que ser enterrado vivo!» Tal consuelo de nada había de servirme, porque
poco tiempo después mi mujer cayó enferma, guardó cama algunos días y
murió, á pesar de todos los cuidados con que no cesé de rodearla día y
noche.
Entonces mi dolor no tuvo límites; porque si realmente resultaba
deplorable el hecho de ser devorado por los comedores de carne humana,
no lo resultaba menos el de ser enterrado vivo. Cuando ví que el rey iba
personalmente á mi casa para darme el pésame por mi entierro, no dudé ya
de mi suerte. El soberano quiso hacerme el honor de asistir, acompañado
por todos los personajes de la corte, á mi entierro, yendo al lado mío á
la cabeza del acompañamiento, detrás del ataúd en que yacía muerta mi
esposa, cubierta con sus joyas y adornada con todos sus atavíos.
Cuando estuvimos al pie de la montaña que daba sobre el mar, se abrió el
pozo en cuestión, haciendo bajar al fondo del agujero el cuerpo de mi
esposa; tras de lo cual, todos los concurrentes se acercaron á mí y me
dieron el pésame, despidiéndose. Entonces yo quise intentar que el rey y
los concurrentes me dispensaran de aquella prueba, y exclamé llorando:
«¡Soy extranjero, y no parece justo que me someta á vuestra ley!
¡Además, en mi país tengo una esposa que vive é hijos que necesitan de
mí!»
Pero en vano hube de gritar y sollozar, porque cogiéronme sin
escucharme, me echaron cuerdas por debajo de los brazos, sujetaron á mi
cuerpo un cántaro de agua y siete panes, como era costumbre, y me
descolgaron hasta el fondo del pozo. Cuando llegué abajo, me dijeron:
«¡Desátate, para que nos llevemos las cuerdas!» Pero no quise desligarme
y continué con ellas, por si se decidían á subirme de nuevo. Entonces
abandonaron las cuerdas, que cayeron sobre mí, taparon otra vez con las
grandes piedras el brocal del pozo y se fueron por su camino, sin
escuchar mis gritos que movían á piedad...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 304.ª NOCHE
Ella dijo:
...sin escuchar mis gritos que movían á piedad.
Á poco me obligó á taparme las narices la hediondez de aquel lugar
subterráneo. Pero no me impidió inspeccionar, merced á la escasa luz
que descendía de lo alto, aquella gruta mortuoria llena de cadáveres
antiguos y recientes. Era muy espaciosa, y se dilataba hasta una
distancia que mis ojos no podían sondear. Entonces me tiré al suelo
llorando, y exclamé: «¡Bien merecida tienes tu suerte, Sindbad de alma
insaciable! Y luego, ¿qué necesidad tenías de casarte en esta ciudad?
¡Ah! ¿Por qué no perecistes en el valle de los diamantes, ó por qué no
te devoraron los comedores de hombres? ¡Era preferible que te hubiese
tragado el mar en uno de tus naufragios y no tendrías que sucumbir ahora
á tan espantosa muerte!» Y al punto comencé á golpearme con fuerza en la
cabeza, en el estómago y en todo mi cuerpo. Sin embargo, acosado por el
hambre y la sed, no me decidí á dejarme morir de inanición, y desaté de
la cuerda los panes y el cántaro de agua, y comí y bebí, aunque con
prudencia, en previsión de los siguientes días.
De esto modo viví durante algunos días, habituándome paulatinamente al
olor insoportable de aquella gruta, y para dormir me acostaba en un
lugar que tuve buen cuidado de limpiar de los huesos que en él
aparecían. Pero no podía retrasar más el momento en que se me acabaran
el pan y el agua. Y llegó ese momento. Entonces, poseído por la más
absoluta desesperación, hice mi acto de fe, y ya iba á cerrar los ojos
para aguardar la muerte, cuando vi abrirse por encima de mi cabeza el
agujero del pozo y descender en un ataúd á un hombre muerto, y tras de
él su esposa con los siete panes y el cántaro de agua.
Entonces esperé á que los hombres de arriba tapasen de nuevo el brocal,
y sin hacer el menor ruido, muy sigilosamente, cogí un gran hueso de
muerto y me arrojé de un salto sobre la mujer, rematándola de un golpe
en la cabeza; y para cerciorarme de su muerte, todavía la propiné un
segundo y un tercer golpe con toda mi fuerza. Me apoderé entonces de los
siete panes y del agua, con lo que tuve provisiones para algunos días.
Al cabo de ese tiempo, abrióse de nuevo el orificio, y esta vez
descendieron una mujer muerta y un hombre. Con objeto de seguir
viviendo--¡porque el alma es preciosa!--no dejé de rematar al hombre,
robándole sus panes y su agua. Y así continué viviendo durante algún
tiempo, matando en cada oportunidad á la persona á quien se enterraba
viva y robándola sus provisiones.
Un día entre los días, dormía yo en mi sitio de costumbre, cuando me
desperté sobresaltado al oír un ruido insólito. Era cual un resuello
humano y un rumor de pasos. Me levanté y cogí el hueso que me servía
para rematar á los individuos enterrados vivos, dirigiéndome al lado de
donde parecía venir el ruido. Después de dar unos pasos, creí entrever
algo que huía resollando con fuerza. Entonces, siempre armado con mi
hueso, perseguí mucho tiempo á aquella especie de sombra fugitiva, y
continué corriendo en la obscuridad tras ella, y tropezando á cada paso
con los huesos de los muertos; pero de pronto creí ver en el fondo de la
gruta como una estrella luminosa que tan pronto brillaba como se
extinguía. Proseguí avanzando en la misma dirección, y conforme avanzaba
veía aumentar y ensancharse la luz. Sin embargo, no me atreví á creer
que fuese aquello una salida por donde pudiese escaparme, y me dije:
«¡Indudablemente debe ser un segundo agujero de este pozo por el que
bajan ahora algún cadáver!» Así, que cuál no sería mi emoción al ver que
la sombra fugitiva, que no era otra cosa que un animal, saltaba con
ímpetu por aquel agujero. Entonces comprendí que se trataba de una
brecha abierta por las fieras para ir á comerse en la gruta los
cadáveres. Y salté detrás del animal y me hallé al aire libre bajo el
cielo.
Al darme cuenta de la realidad caí de rodillas, y con todo mi corazón di
gracias al Altísimo por haberme libertado, y calmé y tranquilicé mí
alma.
Miré entonces al cielo, y vi que me encontraba al pie de una montaña
junto al mar; y observé que la tal montaña no debía comunicarse de
ninguna manera con la ciudad, por lo escarpada é impracticable que era.
Efectivamente, intenté ascender por ella, pero en vano. Entonces, para
no morirme de hambre, entré en la gruta por la brecha en cuestión y cogí
pan y agua; y volví á alimentarme bajo el cielo, verificándolo con
bastante mejor apetito que mientras duró mi estancia entre los muertos.
Todos los días continué yendo á la gruta para quitarles los panes y el
agua, matando, á los que se enterraba vivos. Luego tuve la idea de
recoger todas las joyas de los muertos, diamantes, brazaletes, collares,
perlas, rubíes, metales cincelados, telas preciosas y cuantos objetos de
oro y plata había por allí. Y poco á poco iba transportando mi botín á
la orilla del mar, esperando que llegara día en que pudiese salvarme con
tales riquezas. Y para que todo estuviese preparado, hice fardos bien
envueltos en los trajes de los hombres y mujeres de la gruta.