bebiendo licores delicados, vistiéndome con ricos trajes y sin privarme
de la sociedad de las personas deliciosas. Así es que todos los días
tenía numerosos visitantes notables que, al oír hablar de mis aventuras,
me honraban con su presencia para pedirme que les narrara mis viajes y
les pusiera al corriente de lo que sucedía en las tierras lejanas. Y yo
experimentaba una verdadera satisfacción instruyéndoles acerca de tantas
cosas, lo que inducía á todos á felicitarme por haber escapado de tan
terribles peligros, maravillándose con mi relato hasta el límite de la
maravilla. Y así es como acaba mi segundo viaje.
¡Pero mañana, ¡oh mis amigos!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 298.ª NOCHE
Ella dijo:
...¡Pero mañana, ¡oh mis amigos! os contaré las peripecias de mi tercer
viaje, el cual, sin duda, es mucho más interesante y estupefaciente que
los dos primeros!»
* * * * *
Luego calló Sindbad. Entonces los esclavos sirvieron de comer y de beber
á todos los invitados, que se hallaban prodigiosamente asombrados de
cuanto acababan de oír. Después Sindbad el Marino hizo que dieran cien
monedas de oro á Sindbad el Cargador, que las admitió, dando muchas
gracias, y se marchó invocando sobre la cabeza de su huésped las
bendiciones de Alah, y llegó á su casa maravillándose de cuanto acababa
de ver y de escuchar.
Por la mañana se levantó el cargador Sindbad, hizo la plegaria matinal y
volvió á casa del rico Sindbad, como le indicó éste. Y fué recibido
cordialmente y tratado con muchos miramientos, é invitado á tomar parte
en el festín del día y en los placeres, que duraron toda la jornada.
Tras de lo cual, en medio de sus convidados, atentos y graves, Sindbad
el Marino empezó su relato de la manera siguiente:
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La tercera historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del
tercer viaje
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«Sabed, ¡oh mis amigos!--¡pero Alah sabe las cosas mejor que la
criatura!--que con la deliciosa vida de que yo disfrutaba desde el
regreso de mi segundo viaje, acabé por perder completamente, entre las
riquezas y el descanso, el recuerdo de los sinsabores sufridos y de los
peligros que corrí, aburriéndome á la postre de la inacción monótona de
mi existencia en Bagdad. Así es que mi alma deseó con ardor la mudanza y
el espectáculo de las cosas de viaje. Y la misma afición al comercio,
con su ganancia y su provecho, me tentó otra vez. En el fondo, siempre
la ambición es causa de nuestras desdichas. En breve debía yo
comprobarlo del modo más espantoso.
Puse en ejecución inmediatamente mi proyecto, y después de proveerme de
ricas mercancías del país, partí de Bagdad para Bassra. Allí me esperaba
un gran navío lleno ya de pasajeros y mercaderes, todos gente de bien,
honrada, con buen corazón, hombres de conciencia y capaces de servirle á
uno, por lo que se podría vivir con ellos en buenas relaciones. Así es
que no dudé en embarcarme en su compañía dentro de aquel navío; y no
bien me encontré á bordo, nos hicimos á la vela con la bendición de Alah
para nosotros y para nuestra travesía.
Bajo felices auspicios comenzó, en efecto, nuestra navegación. En todos
los lugares que abordábamos hacíamos negocios excelentes, á la vez que
nos paseábamos é instruíamos con todas las cosas nuevas que veíamos sin
cesar. Y nada, verdaderamente, faltaba á nuestra dicha, y nos hallábamos
en el límite del desahogo y la opulencia.
Un día entre los días, estábamos en alta mar, muy lejos de los países
musulmanes, cuando de pronto vimos que el capitán del navío se golpeaba
con fuerza el rostro, se mesaba los pelos de la barba, desgarraba sus
vestiduras y tiraba al suelo su turbante, después de examinar durante
largo tiempo el horizonte. Luego empezó á lamentarse, á gemir y á lanzar
gritos de desesperación.
Al verlo, rodeamos todos al capitán, y le dijimos: «¿Qué pasa, ¡oh
capitán!?» Contestó: «Sabed, ¡oh pasajeros de paz! que estamos á merced
del viento contrario, y habiéndonos desviado de nuestra ruta, nos hemos
lanzado á este mar siniestro. Y para colmar nuestra mala suerte, el
Destino hace que toquemos en esa isla que veis delante de vosotros, y de
la cual jamás pudo salir con vida nadie que arribara á ella. ¡Esa isla
es la Isla de los Monos! ¡Me da el corazón que estamos perdidos sin
remedio!»
Todavía no había acabado de explicarse el capitán, cuando vimos que
rodeaba al navío una multitud de seres velludos cual monos, y más
innumerables que una nube de langostas, en tanto que desde la playa de
la isla otros monos, en cantidad incalculable, lanzaban chillidos que
nos helaron de estupor. Y no osamos maltratar, atacar, ni siquiera
espantar á ninguno de ellos, por miedo á que se abalanzas en todos sobre
nosotros y nos matasen hasta el último, vista su superioridad numérica;
porque no cabe duda de que la certidumbre de esta superioridad numérica
aumenta el valor de quienes la poseen. No quisimos, pues, hacer ningún
movimiento, aunque por todos lados nos invadían aquellos monos, que
empezaban á apoderarse ya de cuanto nos pertenecía. Eran muy feos. Eran
incluso más feos que las cosas más feas que he visto hasta este día de
mi vida. ¡Eran peludos y velludos, con ojos amarillos en sus caras
negras; tenían poquísima estatura, apenas cuatro palmos, y sus muecas y
sus gritos resultaban más horrible que cuanto á tal respecto pudiera
imaginarse! Por lo que afecta á su lenguaje, en vano nos hablaban y nos
insultaban chocando las mandíbulas, ya que no lográbamos comprenderles,
á pesar de la atención que á tal fin poníamos. No tardamos, por
desgracia, en verles ejecutar el más funesto de los proyectos. Treparon
por los palos, desplegaron las velas, cortaron con los dientes todas las
amarras y acabaron por apoderarse del timón. Entonces, impulsado por el
viento, marchó el navío contra la costa, donde encalló. Y los monos
apoderáronse de todos nosotros, nos hicieron desembarcar sucesivamente,
nos dejaron en la playa, y sin ocuparse más de nosotros para nada,
embarcaron de nuevo en el navío, al cual consiguieron poner á flote, y
desaparecieron todos con él á lo lejos del mar.
Entonces, en el límite de la perplejidad, juzgamos inútil permanecer de
tal modo en la playa contemplando el mar, y avanzamos por la isla, donde
al fin descubrimos algunos árboles frutales y agua corriente, lo que nos
permitió reponer un tanto nuestras fuerzas á fin de retardar lo más
posible una muerte que todos creíamos segura.
Mientras seguíamos en aquel estado, nos pareció ver entre los árboles un
edificio muy grande que se diría abandonado. Sentimos la tentación de
acercarnos á él, y cuando llegamos á alcanzarle, advertimos que era un
palacio...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 299.ª NOCHE
Ella dijo:
...advertimos que era un palacio de mucha altura, cuadrado, rodeado por
sólidas murallas y que tenía una gran puerta de ébano de dos hojas. Como
esta puerta estaba abierta y ningún portero la guardaba, la franqueamos
y penetramos en seguida en una inmensa sala tan grande como un patio.
Tenía por todo mobiliario la tal sala enormes utensilios de cocina y
asadores de una longitud desmesurada; el suelo, por toda alfombra,
montones de huesos, ya calcinados unos, otros sin quemar aún. Dentro
reinaba un olor que perturbó en extremo nuestro olfato. Pero como
estábamos extenuados de fatiga y de miedo, nos dejamos caer cuan largos
éramos y nos dormimos profundamente.
Ya se había puesto el sol, cuando nos sobresaltó un ruido estruendoso,
despertándonos de repente; y vimos descender ante nosotros desde el
techo á un ser negro con rostro humano, tan alto como una palmera, y
cuyo aspecto era más horrible que el de todos los monos reunidos. Tenía
los ojos rojos como dos tizones inflamados, los dientes largos y
salientes como los colmillos de un cerdo, una boca enorme, tan grande
como el brocal de un pozo, labios que le colgaban sobre el pecho, orejas
movibles como las del elefante y que le cubrían los hombros, y uñas
ganchudas cual las garras del león.
Á su vista, nos llenamos de terror, y después nos quedamos rígidos como
muertos. Pero él fué á sentarse en un banco alto adosado á la pared, y
desde allí comenzó á examinarnos en silencio y con toda atención uno á
uno. Tras de lo cual se adelantó hacia nosotros, fué derecho á mí,
prefiriéndome á los demás mercaderes, tendió la mano y me cogió de la
nuca, cual podía cogerse un lío de trapos. Me dió vueltas y vueltas en
todas direcciones, palpándome como palparía un carnicero cualquier
cabeza de carnero. Pero sin duda no debió encontrarme de su gusto,
liquidado por el terror como yo estaba y con la grasa de mi piel
disuelta por las fatigas del viaje y la pena. Entonces me dejó,
echándome á rodar por el suelo, y se apoderó de mi vecino más próximo y
lo manoseó, como me había manoseado á mí, para rechazarle luego y
apoderarse del siguiente. De este modo fué cogiendo uno tras de otro á
todos los mercaderes, y le tocó ser el último en el turno al capitán del
navío.
Aconteció que el capitán era un hombre gordo y lleno de carne, y
naturalmente, era el más robusto y sólido de todos los hombres del
navío. Así es que el espantoso gigante no dudó en fijarse en él al
elegir: le cogió entre sus manos cual un carnicero cogería un cordero,
le derribó en tierra, le puso un pie en el cuello y le desnucó con un
solo golpe. Empuñó entonces uno de los inmensos asadores en cuestión y
se lo introdujo por la boca, haciéndolo salir por el ano. Entonces
encendió mucha leña en el hogar que había en la sala, puso entre las
llamas al capitán ensartado, y comenzó á darle vueltas lentamente hasta
que estuvo en sazón. Le retiró del fuego entonces y empezó á trincharle
en pedazos, como si se tratara de un pollo, sirviéndose para el caso de
sus uñas. Hecho aquello, le devoró en un abrir y cerrar de ojos. Tras de
lo cual chupó los huesos, vaciándolos de la médula, y los arrojó en
medio del montón que se alzaba en la sala.
Concluida esta comida, el espantoso gigante fué á tenderse en el banco
para digerir, y no tardó en dormirse, roncando exactamente igual que un
búfalo á quien se degollara ó como un asno á quien se incitara á
rebuznar. Y así permaneció dormido hasta por la mañana. Le vimos
entonces levantarse y alejarse como había llegado, mientras
permanecíamos inmóviles de espanto.
Cuando tuvimos la certeza de que había desaparecido, salimos del
silencio que guardamos toda la noche, y nos comunicamos mutuamente
nuestras reflexiones y empezamos á sollozar y gemir pensando en la
suerte que nos esperaba.
Y con tristeza nos decíamos: «Mejor hubiera sido perecer en el mar
ahogados ó comidos por los monos, que ser asados en las brasas. ¡Por
Alah, que se trata de una muerte detestable! Pero ¿qué hacer? ¡Ha de
ocurrir lo que Alah disponga! ¡No hay recurso mas que en Alah el
Todopoderoso!»
Abandonamos entonces aquella casa y vagamos por toda la isla en busca de
algún escondrijo donde resguardarnos; pero fué en vano, porque la isla
era llana y no había en ella cavernas ni nada que nos permitiese
sustraernos á la persecución. Así es que, como caía la tarde, nos
pareció más prudente volver al palacio.
Pero apenas llegamos, hizo su aparición en medio del ruido atronador el
horrible hombre negro, y después del palpamiento y el manoseo, se
apoderó de uno de mis compañeros mercaderes, ensartándole en seguida,
asándole y haciéndole pasar á su vientre, para tenderse luego en el
banco y roncar hasta la mañana como un bruto degollado. Despertóse
entonces y se desperezó, gruñendo ferozmente, y se marchó sin ocuparse
de nosotros y cual si no nos viera.
Cuando partió, como habíamos tenido tiempo de reflexionar sobre nuestra
triste situación, exclamamos todos á la vez: «Vamos á tirarnos al mar
para morir ahogados, mejor que perecer asados y devorados. ¡Porque debe
ser una muerte terrible!» Al ir á ejecutar este proyecto, se levantó uno
de nosotros y dijo: «¡Escuchadme, compañeros! ¿No creéis que vale quizá
más matar al hombre negro antes de que nos extermine?» Entonces levanté
á mi vez yo el dedo y dije: «¡Escuchadme, compañeros! ¡Caso de que
verdaderamente hayáis resuelto matar al hombre negro, sería preciso
antes comenzar por utilizar los trozos de madera de que está cubierta la
playa, con objeto de construirnos una balsa en la cual podamos huir de
esta isla maldita después de librar á la Creación de tan bárbaro comedor
de musulmanes! ¡Bordearemos entonces cualquier isla donde esperaremos la
clemencia del Destino, que nos enviará algún navío para regresar á
nuestro país! De todos modos, aunque naufrague la balsa y nos ahoguemos,
habremos evitado que nos asen y no habremos cometido la mala acción de
matarnos voluntariamente. ¡Nuestra muerte será un martirio que se tendrá
en cuenta el día de la Retribución!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 300.ª NOCHE
Ella dijo:
...¡Nuestra muerte será un martirio que se tendrá en cuenta el día de la
Retribución!» Entonces exclamaron los mercaderes: «¡Por Alah! ¡Es una
idea excelente y una acción razonable!»
Al momento nos dirigimos á la playa y construimos la balsa en cuestión,
en la cual tuvimos cuidado de poner algunas provisiones, tales como
frutas y hierbas comestibles; luego volvimos al palacio para esperar,
temblando, la llegada del hombre negro.
Llegó precedido de un ruido atronador, y creímos ver entrar á un enorme
perro rabioso. Todavía tuvimos necesidad de presenciar sin un murmullo
cómo ensartaba y asaba á uno de nuestros compañeros, á quien escogió por
su grasa y buen aspecto, tras del palpamiento y manoseo. Pero cuando el
espantoso bruto se durmió y comenzó á roncar de un modo estrepitoso,
pensamos en aprovecharnos de su sueño con objeto de hacerle inofensivo
para siempre.
Cogimos á tal fin dos de los inmensos asadores de hierro, y los
calentamos al fuego hasta que estuvieron al rojo blanco; luego los
empuñamos fuertemente por el extremo frío, y como eran muy pesados,
llevamos entre varios cada uno. Nos acercamos á él quedamente, y entre
todos hundimos á la vez ambos asadores en ambos ojos del horrible hombre
negro que dormía, y apretamos con todas nuestras fuerzas para que cegase
en absoluto.
Debió sentir seguramente un dolor extremado, porque el grito que lanzó
fué tan espantoso, que al oirlo rodamos por el suelo á una distancia
respetable. Y saltó él á ciegas, y aullando y corriendo en todos
sentidos, intentó coger á alguno de nosotros. Pero habíamos tenido
tiempo de evitarlo y echarnos al suelo de bruces á su derecha y á su
izquierda, de manera que á cada vez sólo se encontraba con el vacío. Así
es que, viendo que no podía realizar su propósito, acabó por dirigirse á
tientas á la puerta y salió dando gritos espantosos.
Entonces, convencidos de que el gigante ciego moriría por fin en su
suplicio, comenzamos á tranquilizarnos, y nos dirigimos al mar con paso
lento. Arreglamos un poco mejor la balsa, nos embarcamos en ella, la
desamarramos de la orilla, y ya íbamos á remar para alejarnos, cuando
vimos al horrible gigante ciego que llegaba corriendo, guiado por una
hembra gigante, todavía más horrible y antipática que él. Llegados que
fueron á la playa, lanzaron gritos amendrentadores al ver que nos
alejábamos; después cada uno de ellos comenzó á apedrearnos, arrojando á
la balsa trozos de peñasco. Por aquel procedimiento consiguieron
alcanzarnos con sus proyectiles y ahogar á todos mis compañeros, excepto
dos. En cuanto á los tres que salimos con vida, pudimos al fin alejarnos
y ponernos fuera del alcance de los peñascos que lanzaban.
Pronto llegamos á alta mar, donde nos vimos á merced del viento y
empujados hacia una isla que distaba dos días de aquella en que creímos
perecer ensartados y asados. Pudimos encontrar allí frutas, con lo que
nos libramos de morir de hambre; luego, como la noche iba ya avanzada,
trepamos á un gran árbol para dormir en él.
Por la mañana, cuando nos despertamos, lo primero que se presentó ante
nuestros ojos asustados fué una terrible serpiente tan gruesa como el
árbol en que nos hallábamos, y que clavaba en nosotros sus ojos
llameantes y abría una boca tan ancha como un horno. Y de pronto se
irguió, y su cabeza nos alcanzó en la copa del árbol. Cogió con sus
fauces á uno de mis dos compañeros y lo engulló hasta los hombros, para
devorarle por completo casi inmediatamente. Y al punto oímos los huesos
del infortunado crujir en el vientre de la serpiente, que bajó del árbol
y nos dejó aniquilados de espanto y de dolor. Y pensamos: «¡Por Alah,
este nuevo género de muerte es más detestable que el anterior! ¡La
alegría de haber escapado del asador del hombre negro, se convierte en
un presentimiento peor aún que cuanto hubiéramos de experimentar! ¡No
hay recurso mas que en Alah!»
Tuvimos en seguida alientos para bajar del árbol y recoger algunas
frutas, que nos comimos, satisfaciendo nuestra sed con el agua de los
arroyos. Tras de lo cual, vagamos por la isla en busca de cualquier
abrigo más seguro que el de la precedente noche, y acabamos por
encontrar un árbol de una altura prodigiosa, que nos pareció podría
protegernos eficazmente. Trepamos á él al hacerse de noche, y ya
instalados lo mejor posible, empezábamos á dormirnos, cuando nos
despertó un silbido seguido de un rumor de ramas tronchadas, y antes de
que tuviésemos tiempo de hacer un movimiento para escapar, la serpiente
cogió á mi compañero, que se había encaramado por debajo de mí, y de un
solo golpe le devoró hasta las tres cuartas partes. La vi luego
enroscarse al árbol, haciendo rechinar los huesos de mi último compañero
hasta que terminó de devorarle. Después se retiró, dejándome muerto de
miedo.
Continué en el árbol sin moverme hasta por la mañana, y únicamente
entonces me decidí á bajar. Mi primer movimiento fué para tirarme al mar
con objeto de concluir una vida miserable y llena de alarmas cada vez
más terribles; en el camino me paré, porque mi alma, don precioso, no se
avenía á tal resolución; y me sugirió una idea á la cual debo el haberme
salvado.
Empecé á buscar leña, y encontrándola en seguida, me tendí en tierra y
cogí una tabla grande que sujeté á las plantas de mis pies en toda su
extensión; cogí luego una segunda tabla que até á mi costado izquierdo,
otra á mi costado derecho, la cuarta me la puse en el vientre, y la
quinta, más ancha y más larga que las anteriores, la sujeté á mi cabeza.
De este modo me encontraba rodeado por una muralla de tablas que oponían
en todos sentidos un obstáculo á las fauces de la serpiente. Realizado
aquello, permanecí tendido en el suelo, y esperé lo que me reservaba el
Destino.
Al hacerse de noche, no dejó de ir la serpiente. En cuanto me vió,
arrojóse sobre mí dispuesta á sepultarme en su vientre; pero se lo
impidieron las tablas. Se puso entonces á dar vueltas á mi alrededor,
intentando cogerme por algún lado más accesible; pero no pudo lograr su
propósito, á pesar de todos sus esfuerzos y aunque tiraba de mí en todas
direcciones. Así pasó toda la noche haciéndome sufrir, y yo me creía ya
muerto y sentía en mi rostro su aliento nauseabundo. Al amanecer me dejó
por fin, y se alejó muy furiosa, en el límite de la cólera y de la
rabia.
Cuando estuve seguro de que se había alejado del todo...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 301.ª NOCHE
Ella dijo:
...Cuando estuve seguro de que se había alejado del todo, saqué la mano
y me desembaracé de las ligaduras que me ataban á las tablas. Pero había
estado en una postura tan incómoda, que en un principio no logré
moverme, y durante varias horas creí no poder recobrar el uso de mis
miembros. Pero al fin conseguí ponerme en pie, y poco á poco pude andar
y pasearme por la isla. Me encaminé hacia el mar, y apenas llegué,
descubrí en lontananza un navío que bordeaba la isla velozmente á toda
vela.
Al verlo me puse á agitar los brazos y gritar como un loco; luego
desplegué la tela de mi turbante, y atándola á una rama de árbol, la
levanté por encima de mi cabeza y me esforcé en hacer señales para que
me advirtiesen desde el navío.
El Destino quiso que mis esfuerzos no resultasen inútiles. No tardé,
efectivamente, en ver que el navío viraba y se dirigía á tierra; y poco
después fuí recogido por el capitán y sus hombres.
Una vez á bordo del navío, empezaron por proporcionarme vestidos y
ocultar mi desnudez, ya que desde hacía tiempo había yo destrozado mi
ropa; luego me ofrecieron manjares para que comiera, lo cual hice con
mucho apetito, á causa de mis pasadas privaciones; pero lo que me llegó
especialmente al alma fué cierta agua fresca en su punto y deliciosa en
verdad, de la que bebí hasta saciarme. Entonces se calmó mi corazón y se
tranquilizó mi espíritu, y sentí que el reposo y el bienestar descendían
por fin á mi cuerpo extenuado.
Comencé, pues, á vivir de nuevo tras de ver á dos pasos de mí la muerte,
y bendije á Alah por su misericordia, y le di gracias por haber
interrumpido mis tribulaciones. Así es que no tardé en reponerme
completamente de mis emociones y fatigas, hasta el punto de casi llegar
á creer que todas aquellas calamidades habían sido un sueño.
Nuestra navegación resultó excelente, y con la venia de Alah el viento
nos fué favorable todo el tiempo, y nos hizo tocar felizmente en una
isla llamada Salahata, donde debíamos hacer escala, y en cuya rada
ordenó anclar el capitán, para permitir á los mercaderes desembarcar y
despachar sus asuntos.
Cuando estuvieron en tierra los pasajeros, como era el único á bordo que
carecía de mercancías para vender ó cambiar, el capitán se acercó á mí y
me dijo: «¡Escucha lo que voy á decirte! Eres un hombre pobre y
extranjero, y por ti sabemos cuántas pruebas has sufrido en tu vida.
¡Así, pues, quiero serte de alguna utilidad ahora y ayudarte á regresar
á tu país, con el fin de que cuando pienses en mí lo hagas gustoso é
invoques para mi persona todas las bendiciones!» Yo le contesté:
«Ciertamente, ¡oh capitán! que no dejaré de hacer votos en tu favor.» Y
él dijo: «Sabe que hace algunos años vino con nosotros un viajero que se
perdió en una isla en que hicimos escala. Y desde entonces no hemos
vuelto á tener noticias suyas, ni sabemos si ha muerto ó si vive
todavía. Como están en el navío depositadas las mercancías que dejó
aquel viajero, abrigo la idea de confiártelas para que, mediante un
corretaje provisional sobre la ganancia, las vendas en esta isla y me
des su importe, á fin de que á mi regreso á Bagdad pueda yo entregarlo á
sus parientes ó dárselo á él mismo, si consiguió volver á su ciudad.» Y
contesté yo: «¡Te soy deudor del bienestar y la obediencia, ¡oh mi
señor! ¡Y verdaderamente, eres acreedor á mi mucha gratitud, ya que
quieres proporcionarme una honrada ganancia!»
Entonces el capitán ordenó á los marineros que sacasen de la cala las
mercancías y las llevaran á la orilla, para que yo me hiciera cargo de
ellas. Después llamó al escriba del navío y le dijo que las contase y
las anotara fardo por fardo. Y contestó el escriba: «¿Á quién pertenecen
estos fardos y á nombre de quién debo inscribirlos?» El capitán
respondió: «El propietario de estos fardos se llamaba Sindbad el Marino.
Ahora inscríbelos á nombre de ese pobre pasajero y pregúntale cómo se
llama.»
Al oir aquellas palabras del capitán, me asombré prodigiosamente, y
exclamé: «¡Pero si Sindbad el Marino soy yo!» Y mirando atentamente al
capitán, reconocí en él al que al comienzo de mi segundo viaje me
abandonó en la isla donde me quedé dormido.
Ante descubrimiento tan inesperado, mi emoción llegó á sus últimos
límites, y añadí: «¡Oh capitán! ¿No me reconoces? ¡Soy el propio Sindbad
el Marino, oriundo de Bagdad! ¡Escucha mi historia! Acuérdate, ¡oh
capitán! de que fuí yo quien desembarcó en la isla hace tantos años sin
que hubiera vuelto. En efecto, me dormí á la orilla de un arroyo
delicioso, después de haber comido, y cuando desperté ya había zarpado
el barco. ¡Por cierto que me vieron muchos mercaderes de la montaña de
diamantes, y podrían atestiguar que soy yo el propio Sindbad el Marino!»