extremo de este acontecimiento inesperado, y como me quería mucho, no
quiso ser menos amable que yo, y á su vez me hizo regalos inestimables
que contribuyeron no poco á enriquecerme completamente. Porque yo me di
prisa á vender todo aquello, realizando así una fortuna considerable que
transporté á bordo del mismo navío donde había emprendido antes mi
viaje.
Efectuado esto, fuí á palacio para despedirme del rey Mihraján y darle
gracias por todas sus generosidades y por su protección. Me despidió con
frases muy conmovedoras, y no me dejó partir sin haberme ofrecido aún
más presentes suntuosos y objetos de valor, que ya no me decidí á
vender, y que, por cierto, estáis viendo ahora en esta sala, ¡oh mis
honorables invitados! Tuve igualmente cuidado de llevar conmigo por todo
equipaje los perfumes que estáis aspirando aquí, madera de áloe,
alcanfor, incienso y sándalo, productos de aquella isla lejana.
Subí en seguida á bordo, y á poco dióse á la vela el navío con la
autorización de Alah. Porque nos favoreció la Fortuna y nos ayudó el
Destino en aquella travesía, que duró días y noches, y por último, una
mañana llegamos con salud á la vista de Bassra, donde no nos detuvimos
mas que muy escaso tiempo para ascender por el río y entrar al fin, con
el alma regocijada, en la ciudad de paz, Bagdad, mi tierra.
Cargado de riquezas y con la mano pronta para las dádivas, llegué á mi
calle así, y entré en mi casa, donde volví á ver con buena salud á mi
familia y á mis amigos. Y al punto compré gran cantidad de esclavos de
uno y otro sexo, mamalik, mujeres hermosas, negros, tierras, casas y
propiedades, como no tuve nunca, ni aun cuando murió mi padre.
Con esta nueva vida olvidé las vicisitudes pasadas, las penas y los
peligros sufridos, la tristeza del destierro, los sinsabores y fatigas
del viaje. Tuve amigos numerosos y deliciosos, y durante largo tiempo
viví una vida llena de agrado y de placeres y exenta de preocupaciones y
molestias, disfrutando con toda mi alma de cuanto me gustaba y comiendo
manjares admirables y bebiendo bebidas deliciosas.
¡Y tal es el primero de mis viajes!
Pero mañana, si Alah quiere, os contaré, ¡oh invitados míos! el segundo
de los siete viajes que emprendí, y que es bastante más extraordinario
que el primero.»
* * * * *
Y Sindbad el Marino se encaró con Sindbad el Cargador y le rogó que
cenase con él. Luego, tras de haberle tratado con mucho miramiento y
afabilidad, hizo que le entregaran mil monedas de oro, y antes de
despedirle le invitó á volver al día siguiente, diciéndole: «¡Para mí,
tu urbanidad será siempre un placer y tus buenos modales una delicia!» Y
contestó Sindbad el Cargador: «¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos!
¡Obedezco con respeto! ¡Y sea continua en tu casa la alegría, ¡oh señor
mío!»
Salió entonces de allí, después de dar las gracias y llevarse consigo el
regalo que acababa de recibir, y retornó á su hogar, maravillándose
hasta el límite de la maravilla, y pensó toda la noche en lo que acababa
de escuchar y de experimentar.
Así es que en cuanto amaneció apresuróse á volver á casa de Sindbad el
Marino...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 295.ª NOCHE
Ella dijo:
...apresuróse á volver á casa de Sindbad el Marino, que le recibió con
aire afable, y le dijo: «¡Séate cosa fácil la amistad aquí! ¡Y la
confianza sea contigo!» Y el cargador quiso besarle la mano, y al ver
que Sindbad no consentía en ello, le dijo: «¡Dilate Alah tus días y
consolide sobre ti sus beneficios!» Y como ya habían llegado los demás
invitados, comenzaron por sentarse en torno del mantel extendido en que
vertían su grasa los corderos asados y se doraban los pollos rellenos
deliciosamente con pastas de alfónsigos, de nueces y de uvas. Y
comieron, y bebieron, y se divirtieron, y se regalaron el espíritu y el
oído escuchando cantar á los instrumentos bajo los dedos expertos de sus
tañedores.
Cuando acabaron, habló Sindbad en estos términos, en medio del silencio
de los convidados:
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La segunda historia
de las historias de Sindbad el Marino,
que trata del segundo viaje
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«Verdaderamente disfrutaba de la más sabrosa vida, cuando un día entre
los días asaltó mi espíritu la idea de los viajes por las comarcas de
los hombres; y de nuevo sintió mi alma con ímpetu el anhelo de correr y
gozar con la vista el espectáculo de tierras é islas, y mirar con
curiosidad cosas desconocidas, sin descuidar jamás la compra y venta por
diversos países.
Hice hincapié en este proyecto, y me dispuse á ejecutarlo en seguida.
Fuí al zoco, donde, mediante una importante suma de dinero, compré
mercancías apropiadas al tráfico que pretendía explotar; las acondicioné
en fardos sólidos y las transporté á la orilla del agua, no tardando en
descubrir un navío hermoso y nuevo, provisto de velas de buena calidad y
lleno de marineros, y de un conjunto imponente de maquinarias de todas
formas. Su aspecto me inspiró confianza, y transporté á él mis fardos
inmediatamente, siguiendo el ejemplo de otros varios mercaderes
conocidos míos, y con los que no me disgustaba hacer el viaje.
Partimos aquel mismo día, y tuvimos una navegación excelente. Viajamos
de isla en isla y de mar en mar durante días y noches, y á cada escala
íbamos en busca de los mercaderes de la localidad, y de los notables, y
de los vendedores, y de los compradores, y vendíamos y comprábamos, y
verificábamos cambios ventajosos. Y de tal suerte continuábamos
navegando, y nuestro destino nos guió á una isla muy hermosa, cubierta
de frondosos árboles, abundante en frutas, rica en flores, habitada por
el canto de los pájaros, regada por aguas puras, pero absolutamente
virgen de toda vivienda y de todo ser humano.
El capitán accedió á nuestro deseo de detenernos unas horas allí, y echó
el ancla junto á tierra. Desembarcamos en seguida, y fuimos á respirar
el aire grato en las praderas sombreadas por árboles donde holgábanse
las aves. Llevando algunas provisiones de boca, fuí á sentarme á orillas
de un arroyo de agua límpida, resguardado del sol por ramajes frondosos,
y tuve un placer extremado en comer un bocado y beber de aquella agua
deliciosa. Por si eso fuera poco, una brisa suave modulaba dulces
acordes é invitaba al reposo absoluto. Así es que me tendí en el césped,
y dejé que se apoderara de mí el sueño en medio de la frescura y los
aromas del ambiente.
Cuando desperté no vi ya á ninguno de los pasajeros, y el navío había
partido sin que nadie se enterase de mi ausencia. En vano hube de mirar
á derecha y á izquierda, adelante y atrás, pues no distinguí en toda la
isla á otra persona que á mí mismo. A lo lejos se alejaba por el mar
una vela que muy pronto perdí de vista.
Entonces quedé sumido en un estupor sin igual é insuperable; y sentí que
mi vejiga biliar estaba á punto de estallar de tanto dolor y tanta pena.
Porque ¿qué podía ser de mí en aquella isla, habiendo dejado en el navío
todos mis efectos y todos mis bienes? ¿Qué desastre iba á ocurrirme en
esta soledad desconocida? Ante tan desconsoladores pensamientos,
exclamé: «¡Pierde toda esperanza, Sindbad el Marino! ¡Si la primera vez
saliste del apuro merced á circunstancias suscitadas por el Destino
propicio, no creas que ocurrirá lo mismo siempre, pues, como dice el
proverbio, _se rompe el jarro cuando se cae dos veces_!
En tal punto me eché á llorar, gimiendo, lanzando luego gritos
espantosos, hasta que la desesperación se apoderó por completo de mi
corazón. Me golpeé entonces la cabeza con las dos manos, y exclamé
todavía: «¿Qué necesidad tenías de viajar ¡oh miserable! cuando en
Bagdad vivías entre delicias? ¿No poseías manjares excelentes, líquidos
excelentes y trajes excelentes? ¿Qué te faltaba para ser dichoso? ¿No
fué próspero tu primer viaje?» Entonces me arrojé al suelo de bruces,
llorando ya la propia muerte, y diciendo: «¡Pertenecemos á Alah y hemos
de tornar á él!» Y aquel día creí volverme loco.
Pero como por último comprendí que eran inútiles todos mis lamentos y mi
arrepentimiento demasiado tardío, hube de conformarme con mi destino.
Me erguí sobre mis piernas, y tras de haber andado algún tiempo sin
rumbo, tuve miedo de un encuentro desagradable con cualquier animal
salvaje ó con un enemigo desconocido, y trepé á la copa de un árbol,
desde donde me puse á observar con más atención á derecha y á izquierda;
pero no pude distinguir otra cosa que el cielo, la tierra, el mar, los
árboles, los pájaros, la arena y las rocas. Sin embargo, al fijarme más
atentamente en un punto del horizonte, me pareció distinguir un fantasma
blanco y gigantesco. Entonces me bajé del árbol, atraído por la
curiosidad; pero, paralizado de miedo, fuí avanzando muy lentamente y
con mucha cautela hacia aquel sitio. Cuando me encontré más cerca de la
masa blanca, advertí que era una inmensa cúpula, de blancura
resplandeciente, ancha de base y altísima. Me aproximé á ella más aún y
la di por completo la vuelta; pero no descubrí la puerta de entrada que
buscaba. Entonces quise encaramarme á lo alto; pero era tan lisa y tan
escurridiza, que no tuve destreza, ni agilidad, ni posibilidad de
ascender. Hube de contentarme, pues, con medirla; puse una señal sobre
la huella de mi primer paso en la arena y de nuevo la di la vuelta
contando mis pasos. Por este procedimiento supe que su circunferencia
exacta era de cincuenta pasos, más bien más que menos.
Mientras reflexionaba sobre el medio de que me valdría para dar con
alguna puerta de entrada ó salida de la tal cúpula, advertí que de
pronto desaparecía el sol y que el día se tornaba en una noche negra.
Primero lo creí debido á cualquier nube inmensa que pasase por delante
del sol, aunque la cosa fuera imposible en pleno verano. Alcé, pues, la
cabeza para mirar la nube que tanto me asombraba, y vi un pájaro enorme,
de alas formidables, que volaba por delante de los ojos del sol,
esparciendo la obscuridad sobre la isla.
Mi asombro llegó entonces á sus límites extremos, y me acordé de lo que
en mi juventud me habían contado viajeros y marineros acerca de un
pájaro de tamaño extraordinario, llamado «rokh», que se encontraba en
una isla muy remota y que podía levantar un elefante. Saqué entonces
como conclusión que el pájaro que yo veía debía ser el rokh, y la cúpula
blanca á cuyo pie me hallaba debía ser un huevo entre los huevos de
aquel rokh. Pero, no bien me asaltó esta idea, el pájaro descendió sobre
el huevo y se posó encima como para empollarle. ¡En efecto, extendió
sobre el huevo sus alas inmensas, dejó descansando á ambos lados en
tierra sus dos patas, y se durmió encima! (¡Bendito Él que no duerme en
toda la eternidad!)
Entonces, yo, que me había echado de bruces en el suelo, y precisamente
me encontraba debajo de una de las patas, la cual me pareció más gruesa
que el tronco de un árbol añoso, me levanté con viveza, desenrollé la
tela de mi turbante...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y
se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 296.ª NOCHE
Ella dijo:
...me levanté en seguida, desenrollé la tela de mi turbante, y luego de
doblarla, la retorcí para servirme de ella como de una soga. La até
sólidamente á mi cintura y sujeté ambos cabos con un nudo resistente á
un dedo del pájaro. Porque me dije para mí: «Este pájaro enorme acabará
por remontar el vuelo, con lo que me sacará de esta soledad y me
transportará á cualquier punto donde pueda ver seres humanos. ¡De
cualquier modo, el lugar en que caiga será preferible á esta isla
desierta, de la que soy el único habitante!»
¡Eso fué todo! ¡Y á pesar de mis movimientos, el pájaro no se cuidó de
mi presencia más que si se tratara de alguna mosca sin importancia ó
alguna humilde hormiga que por allí se pasease!
Así permanecí toda la noche, sin poder pegar ojo por temor de que el
pájaro echase á volar y me llevase durante mi sueño. Pero no se movió
hasta que fué de día. Sólo entonces se quitó de encima de su huevo,
lanzó un grito espantoso y remontó el vuelo, llevándome consigo. Subió y
subió tan alto, que creí tocar la bóbeda del cielo; pero de pronto
descendió con tanta rapidez, que ya no sentía yo mi propio peso, y
abatióse conmigo en tierra firme. Se posó en un sitio escarpado, y yo,
en seguida, sin esperar más, me apresuré á desatar el turbante, con un
gran terror de ser izado otra vez antes de que tuviese tiempo de
librarme de mis ligaduras. Pero conseguí desasirme sin dificultad, y
después de estirar mis miembros y arreglarme el traje, me alejé
apresuradamente hasta hallarme fuera del alcance del pájaro, á quien de
nuevo vi elevarse por los aires. Llevaba entonces en sus garras un
enorme objeto negro, que no era otra cosa que una serpiente de inmensa
longitud y de forma detestable. No tardó en desaparecer, dirigiendo
hacia el mar su vuelo.
Conmovido en extremo por cuanto acababa de ocurrirme, lancé una mirada
en torno de mí y quedé inmóvil de espanto. Porque me encontraba en un
valle ancho y profundo, rodeado por todas partes de montañas tan altas,
que para medirlas con la vista tuve que alzar de tal modo la cabeza, que
rodó por mi espalda mi turbante al suelo. ¡Además, eran tan escarpadas
aquellas montañas, que se hacía imposible subir por ellas, y juzgué
inútil toda tentativa en tal sentido!
Al darme cuenta de ello no tuvieron límite mi desolación y mi
desesperación, y me dije: «¡Ah, cuánto más hubiérame valido no abandonar
la isla desierta en que me hallaba y que era mil veces preferible á
esta soledad desolada y árida, donde no hay nada que comer ni beber!
¡Allí, al menos, había frutas que llenaban los árboles y arroyos de agua
deliciosa; pero aquí sólo rocas hostiles y desnudas, para morir de
hambre y de sed! ¡Qué calamidad! ¡No hay recurso y poder mas que en Alah
el Omnipotente! ¡Cada vez que escapo de una catástrofe, es para caer en
otra peor y definitiva!»
En seguida me levanté del sitio en que me encontraba y recorrí aquel
valle para explorarle un poco, observando que estaba enteramente creado
con rocas de diamante. Por todas partes á mi alrededor aparecía sembrado
el suelo de diamantitos desprendidos de la montaña y que en ciertos
sitios formaban montones de la altura de un hombre.
Comenzaba yo á mirarlos ya con algún interés, cuando me inmovilizó de
terror un espectáculo más espantoso que todos los horrores
experimentados hasta entonces. Entre las rocas de diamante vi circular á
sus guardianes, que eran innumerables serpientes negras, más gruesas y
mayores que palmeras, y cada una de las cuales muy bien podría devorar á
un elefante grande. En aquel momento comenzaban á meterse en sus antros;
porque durante el día se ocultaban para que no las cogiese su enemigo el
pájaro rokh, y únicamente salían de noche.
Entonces intenté con precauciones infinitas alejarme de allí, mirando
bien dónde ponía los pies y pensando desde el fondo de mi alma: «¡He
aquí lo que ganaste á trueque de haber querido abusar de la clemencia
del Destino, ¡oh Sindbad! hombre de ojos insaciables y siempre vacíos!»
Y presa de un cúmulo de terrores, continué en mi caminar sin rumbo por
el valle de diamantes, descansando de vez en cuando en los parajes que
me parecían más resguardados, y así estuve hasta que llegó la noche.
Durante todo aquel tiempo me había olvidado por completo de comer y
beber, y no pensaba mas que en salir del mal paso y en salvar de las
serpientes mi alma. Y he aquí que acabé por descubrir, junto al lugar en
que me dejé caer, una gruta cuya entrada era muy angosta, aunque
suficiente para que yo pudiese franquearla. Avancé, pues, y penetré en
la gruta, cuidando de obstruir la entrada con un peñasco que conseguí
arrastrar hasta allí. Seguro ya, me aventuré por su interior, en busca
del lugar más cómodo para dormir, esperando el día, y pensé: «¡Mañana al
amanecer saldré para enterarme de lo que me reserva el Destino!»
Iba ya á acostarme, cuando advertí que lo que á primera vista tomé por
una enorme roca negra era una espantosa serpiente enroscada sobre sus
huevos para incubarlos. Sintió entonces mi carne todo el horror de
semejante espectáculo, y la piel se me encogió como una hoja seca y
tembló en toda su superficie; y caí al suelo sin conocimiento, y
permanecí en tal estado hasta la mañana.
Entonces, al convencerme de que no había sido devorado todavía, tuve
alientos para deslizarme hasta la entrada, separar la roca y lanzarme
fuera, como ebrio, y sin que mis piernas pudieran sostenerme de tan
agotado como me encontraba por la falta de sueño y de comida, y por
aquel terror sin tregua.
Miré á mi alrededor, y de repente vi caer á algunos pasos de mi nariz un
gran trozo de carne, que chocó contra el suelo con estrépito. Aturdido
al pronto, alcé los ojos luego para ver quién quería aporrearme con
aquello; pero no vi á nadie. Entonces me acordé de cierta historia oída
antaño en boca de los mercaderes, viajeros y exploradores de la montaña
de diamantes, de la que se contaba que, como los buscadores de diamantes
no podían bajar á este valle inaccesible, recurrían á un medio curioso
para procurarse esas piedras preciosas. Mataban unos carneros, los
partían en cuartos y los arrojaban al fondo del valle, donde iban á caer
sobre las puntas de diamantes, que se incrustaban en ellos
profundamente. Entonces se abalanzaban sobre aquella presa los rokhs y
las águilas gigantescas, sacándola del valle para llevársela á sus nidos
en lo alto de las rocas y que sirviera de sustento á sus crías. Los
buscadores de diamantes se precipitaban entonces sobre el ave, haciendo
muchos gestos y lanzando grandes gritos para obligarla á soltar su presa
y á emprender de nuevo el vuelo. Registraban entonces el cuarto de carne
y cogían los diamantes que tenía adheridos.
Asaltóme á la sazón la idea de que podía tratar aún de salvar mi vida y
salir de aquel valle que se me antojó había de ser mi tumba. Me
incorporé, pues, y comencé á amontonar una gran cantidad de diamantes,
escogiendo los más gordos y los más hermosos. Me los guardé en todas
partes, abarroté con ellos mis bolsillos, me los introduje entre el
traje y la camisa, llené mi turbante y mi calzón, y hasta metí algunos
entre los pliegues de mi ropa. Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi
turbante, como la primera vez...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 297.ª NOCHE
Ella dijo:
...Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera
vez, y me la rodeé á la cintura, yendo á situarme debajo del cuarto de
carnero, que até sólidamente á mi pecho con las dos puntas del turbante.
Permanecía ya algún tiempo en esta posición, cuando súbitamente me sentí
llevado por los aires, como una pluma, entre las garras formidables de
un rokh y en compañía del cuarto de carne de carnero. Y en un abrir y
cerrar los ojos me encontré fuera del valle, sobre la cúspide de una
montaña, en el nido del rokh, que se dispuso en seguida á despedazar la
carne aquella y mi propia carne para sustentar á sus rokhecillos. Pero
de pronto se alzó hacia nosotros un estrépito de gritos que asustaron al
ave y la obligaron á emprender de nuevo el vuelo, abandonándome.
Entonces desaté mis ligaduras y me erguí sobre ambos pies, con huellas
de sangre en mis vestidos y en mi rostro.
Vi á la sazón aproximarse al sitio en que yo estaba á un mercader, que
se mostró muy contrariado y asombrado al percibirme. Pero advirtiendo
que yo no le quería mal y que ni aun me movía, se inclinó sobre el
cuarto de carne y lo escudriñó, sin encontrar en él los diamantes que
buscaba. Entonces alzó al cielo sus largos brazos y se lamentó,
diciendo: «¡Qué desilusión! ¡Estoy perdido! ¡No hay recurso mas que en
Alah! ¡Me refugio en Alah contra el Maldito, el Malhechor!» Y se golpeó
una con otra las palmas de las manos, como señal de una desesperación
inmensa.
Al advertir aquello, me acerqué á él y le deseé la paz. Pero él, sin
corresponder á mi zalema, me arañó furioso y exclamó: «¿Quién eres? ¿Y
de dónde viniste para robarme mi fortuna?» Le respondí: «No temas nada,
¡oh digno mercader! porque no soy ningún ladrón, y tu fortuna en nada ha
disminuido. Soy un ser humano y no un genio malhechor, como creías, por
lo visto. Soy incluso un hombre honrado entre la gente honrada, y
antiguamente, antes de correr aventuras tan extrañas, yo tenía también
el oficio de mercader. En cuanto al motivo de mi venida á este paraje,
es una historia asombrosa, que te contaré al punto. ¡Pero de antemano,
quiero probarte mis buenas intenciones gratificándote con algunos
diamantes recogidos por mí mismo en el fondo de esa sima, que jamás fué
sondeada por la vista humana!»
Saqué en seguida de mi cinturón algunos hermosos ejemplares de
diamantes, y se los entregué, diciéndole: «¡He aquí una ganancia que no
habrías osado esperar en tu vida!» Entonces el propietario del cuarto de
carnero manifestó una alegría inconcebible y me dió muchas gracias, y
tras de mil zalemas, me dijo: «¡La bendición está contigo, ¡oh mi señor!
¡Uno solo de estos diamantes bastaría para enriquecerme hasta la más
dilatada vejez! ¡Porque en mi vida hube de verlos semejantes ni en la
corte de los reyes y sultanes!» Y me dió gracias otra vez, y finalmente
llamó á otros mercaderes que allí se hallaban y que se agruparon en
torno mío, deseándome la paz y la bienvenida. Y les conté mi rara
aventura desde el principio hasta el fin. Pero no sería útil repetirla.
Entonces, vueltos de su asombro los mercaderes, me felicitaron mucho por
mi liberación, diciéndome: «¡Por Alah! ¡Tu destino te ha sacado de un
abismo del que nadie regresó nunca!» Después, al verme extenuado por la
fatiga, el hambre y la sed, se apresuraron á darme de comer y beber con
abundancia, y me condujeron á una tienda, donde velaron mi sueño, que
duró un día entero y una noche.
Á la mañana, los mercaderes me llevaron con ellos, en tanto que
comenzaba yo á regocijarme de modo intenso por haber escapado á aquellos
peligros sin precedente. Al cabo de un viaje bastante corto, llegamos á
una isla muy agradable, donde crecían magníficos árboles de copa tan
espesa y amplia, que con facilidad podrían dar sombra á cien hombres. De
estos árboles es precisamente de los que se extrae la substancia blanca,
de olor cálido y grato, que se llama alcanfor. Á tal fin, se hace una
incisión en lo alto del árbol, recogiendo en una cubeta que se pone al
pie el jugo que destila, y que al principio parece como gotas de goma, y
no es otra cosa que la miel del árbol.
También en aquella isla vi al espantable animal que se llama «karkadann»
y pace exactamente como pacen las vacas y los búfalos en nuestras
praderas. El cuerpo de esa fiera es mayor que el cuerpo del camello; al
extremo del morro tiene un cuerno de diez codos de largo y en el cual se
halla labrada una cara humana. Es tan sólido este cuerno, que le sirve
al karkadann para pelear y vencer al elefante, enganchándole y
teniéndole en vilo hasta que muere. Entonces la grasa del elefante
muerto va á parar á los ojos del karkadann, cegándole y haciéndole caer.
Y desde lo alto de los aires se abate sobre ellos el terrible rokh y
los transporta á su nido para alimentar á sus crías.
Vi asimismo en aquella isla diversas clases de búfalos.
Vivimos algún tiempo allí, respirando el aire embalsamado; tuve con ello
ocasión de cambiar mis diamantes por más oro y plata de lo que podría
contener la cala de un navío. ¡Después nos marchamos de allí; y de isla
en isla, y de tierra en tierra, y de ciudad en ciudad, admirando á cada
paso la obra del Creador, y haciendo acá y allá algunas ventas, compras
y cambios, acabamos por bordear Bassra, país de bendición, para ascender
hasta Bagdad, morada de paz!
Me faltó el tiempo entonces para correr á mi calle y entrar en mi casa,
enriquecido con sumas considerables, dinares de oro y hermosos diamantes
que no tuve alma para vender. Y he aquí que, tras las efusiones propias
del retorno entre mis parientes y amigos, no dejé de comportarme
generosamente, repartiendo dádivas á mi alrededor, sin olvidar á nadie.