centro de la cual se abría una gran sala, donde le introdujeron. Se
encontró allí ante una asamblea numerosa compuesta de personajes que
parecían honorables, y debían ser convidados de importancia. También
encontró allí flores de todas especies, perfumes de todas clases,
confituras secas de todas calidades, golosinas, pastas de almendras,
frutas maravillosas y una cantidad prodigiosa de bandejas cargadas con
corderos asados y manjares suntuosos, y más bandejas cargadas con
bebidas extraídas del zumo de las uvas. Encontró asimismo instrumentos
armónicos que sostenían en sus rodillas unas esclavas muy hermosas,
sentadas ordenadamente en el sitio asignado á cada una.
En medio de la sala, entre los demás convidados, vislumbró el cargador á
un hombre de rostro imponente y digno, cuya barba blanqueaba á causa de
los años, cuyas facciones eran correctas y agradables á la vista, y cuya
fisonomía toda denotaba gravedad, bondad, nobleza y grandeza.
Al mirar todo aquello, el cargador Sindbad...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 291.ª NOCHE
Ella dijo:
...Al mirar todo aquello, el cargador Sindbad quedó sobrecogido, y se
dijo: «¡Por Alah! ¡Esta morada debe ser un palacio del país de los
genios poderosos, ó la residencia de un rey muy ilustre ó de un sultán!»
Luego se apresuró á tomar la actitud que requerían la cortesía y la
mundanidad, deseó la paz á todos los asistentes, hizo votos por ellos,
besó la tierra entre sus manos, y acabó manteniéndose de pie, con la
cabeza baja, demostrando respeto y modestia.
Entonces el dueño de la casa le dijo que se aproximara, y le invitó á
sentarse á su lado después de desearle la bienvenida con acento muy
amable; le sirvió de comer, ofreciéndole lo más delicado, y lo más
delicioso, y lo más hábilmente condimentado entre todos los manjares que
cubrían las bandejas. Y no dejó Sindbad el Cargador de hacer honor á la
invitación luego de pronunciar la fórmula invocadora. Así es que comió
hasta hartarse; después dió las gracias á Alah, diciendo: «¡Loores á Él
siempre!» Tras de lo cual, se lavó las manos y agradeció á todos los
convidados su amabilidad.
Solamente entonces dijo el dueño de la casa al cargador, siguiendo la
costumbre que no permite hacer preguntas al huésped mas que cuando se le
ha servido de comer y beber: «¡Sé bienvenido, y obra con toda libertad!
¡Bendiga Alah tus días! Pero ¿puedes decirme tu nombre y profesión, ¡oh
huésped mío!?» Y contestó el otro: «¡Oh señor! me llamo Sindbad el
Cargador, y mí profesión consiste en transportar bultos sobre mi cabeza
mediante un salario.» Sonrió el dueño de la casa, y le dijo: «¡Sabe, ¡oh
cargador! que tu nombre es igual que mi nombre, pues me llamo Sindbad el
Marino!»
Luego continuó: «¡Sabe también, ¡oh cargador! que si te rogué que
vinieras aquí fué para oirte repetir las hermosas estrofas que cantabas
cuando estabas sentado en el banco ahí fuera!»
Á estas palabras sonrojóse el cargador, y dijo: «¡Por Alah sobre ti! ¡No
me guardes rencor á causa de tan desconsiderada acción, ya que las
penas, las fatigas y las miserias, que nada dejan en la mano, hacen
descortés, necio é insolente al hombre!» Pero Sindbad el Marino dijo á
Sindbad el Cargador: «No te avergüences de lo que cantaste, ni te
turbes, porque en adelante serás mi hermano. ¡Sólo te ruego que te des
prisa á cantar esas estrofas que escuché y me maravillaron mucho!»
Entonces cantó el cargador las estrofas en cuestión, que gustaron en
extremo á Sindbad el Marino.
Concluídas que fueron las estrofas, Sindbad el Marino se encaró con
Sindbad el Cargador, y le dijo: «¡Oh cargador! sabe que yo también tengo
una historia asombrosa, y que me reservo el derecho de contarte á mi
vez. Te explicaré, pues, todas las aventuras que me sucedieron y todas
las pruebas que sufrí antes de llegar á esta felicidad y de habitar este
palacio. Y verás entonces á costa de cuán terribles y extraños trabajos,
á costa de cuántas calamidades, de cuántos males y de cuántas desgracias
iniciales adquirí estas riquezas en medio de las que me ves vivir en mi
vejez. Porque sin duda ignoras los siete viajes extraordinarios que he
realizado, y cómo cada cual de estos viajes constituye por sí solo una
cosa tan prodigiosa, que únicamente con pensar en ella queda uno
sobrecogido y en el límite de todos los estupores. ¡Pero cuanto voy á
contarte á ti y á todos mis honorables invitados no me sucedió, en suma,
mas que porque el Destino lo había dispuesto de antemano y porque toda
cosa escrita debe acaecer, sin que sea posible rehuirla ó evitarla!»
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La primera historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del
primer viaje
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«Sabed todos vosotros, ¡oh señores ilustrísimos, y tú, honrado cargador,
que te llamas, como yo, Sindbad! que mi padre era un mercader de rango
entre los mercaderes. Había en su casa numerosas riquezas, de las cuales
hacía uso sin cesar para distribuir á los pobres dádivas con largueza,
si bien con prudencia, ya que á su muerte me dejó muchos bienes, tierras
y poblados enteros, siendo yo muy pequeño todavía.
Cuando llegué á la edad de hombre, tomé posesión de todo aquello, y me
dediqué á comer manjares extraordinarios y á beber bebidas
extraordinarias, alternando con la gente joven, y presumiendo de trajes
excesivamente caros, y cultivando el trato de amigos y camaradas. Y
estaba convencido de que aquello había de durar siempre, para mayor
ventaja mía. Continué viviendo mucho tiempo así, hasta que un día,
curado de mis errores y vuelto á mi razón, hube de notar que mis
riquezas habíanse disipado, mi condición había cambiado y mis bienes
habían huído. Entonces desperté completamente de mi inacción,
sintiéndome poseído por el temor y el espanto de llegar á la vejez un
día sin tener qué ponerme. También entonces me vinieron á la memoria
estas palabras que mi difunto padre se complacía en repetir, palabras de
nuestro Señor Soleimán ben-Daud (¡con ambos la plegaria y la paz!): _Hay
tres cosas preferibles á otras tres: el día en que se muere es menos
penoso que el día en que se nace, un perro vivo vale más que un león
muerto, y la tumba es mejor que la pobreza_.
Tan pronto como me asaltaron estos pensamientos, me levanté, reuní lo
que me restaba de muebles y vestidos, y sin pérdida de momento lo vendí
en almoneda pública con los residuos de mis bienes, propiedades y
tierras. De ese modo me hice con la suma de tres mil dracmas...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 292.ª NOCHE
Ella dijo:
...me hice con la suma de tres mil dracmas, y en seguida se me antojó
viajar por las comarcas y países de los hombres, porque me acordé de las
palabras del poeta, que ha dicho:
_¡Las penas hacen más hermosa aún la gloria que se adquiere! ¡La
gloria de los humanos es la hija inmortal de muchas noches pasadas
sin dormir!_
_¡Quien desea encontrar el tesoro sin igual de las perlas del mar,
blancas, grises ó rosadas, tiene que hacerse buzo antes de
conseguirlas!_
_¡Á la muerte llegaría en su esperanza vana quien quisiera alcanzar
la gloria sin esfuerzo!_
Así, pues, sin tardanza corrí al zoco, donde tuve cuidado de comprar
mercancías diversas y pacotillas de todas clases. Lo transporté
inmediatamente todo á bordo de un navío, en el que se encontraban ya
dispuestos á partir otros mercaderes, y con el alma deseosa de marinas
andanzas, vi cómo se alejaba de Bagdad el navío y descendía por el río
hasta Bassra, yendo á parar al mar.
En Bassra el navío dirigió la vela hacia alta mar, ¡y entonces navegamos
durante días y noches, tocando en islas y en islas, y entrando en un mar
después de otro mar, y llegando á una tierra después de otra tierra! Y
en cada sitio en que desembarcábamos vendíamos unas mercancías para
comprar otras, y hacíamos trueques y cambios muy ventajosos.
Un día en que navegábamos sin ver tierra desde hacía varios días, vimos
surgir del mar una isla que por su vegetación nos pareció algún jardín
maravilloso entre los jardines del Edén. Al advertirla, el capitán del
navío quiso tomar allí tierra, dejándonos desembarcar una vez que
anclamos.
Descendimos todos los comerciantes, llevando con nosotros cuantos
víveres y utensilios de cocina nos eran necesarios. Encargáronse algunos
de encender lumbre, y preparar la comida, y lavar la ropa, en tanto que
otros se contentaron con pasearse, divertirse y descansar de las fatigas
marítimas. Yo fuí de los que prefirieron pasearse y gozar las bellezas
de la vegetación que cubría aquellas costas, sin olvidarme de comer y
beber.
Mientras de tal manera reposábamos, sentimos de repente que temblaba la
isla toda con tan ruda sacudida, que fuimos despedidos á algunos pies de
altura sobre el suelo. Y en aquel momento vimos aparecer en la proa del
navío al capitán, que nos gritaba con una voz terrible y gestos
alarmantes: «¡Salvaos pronto, ¡oh pasajeros! ¡Subid en seguida á bordo!
¡Dejadlo todo! ¡Abandonad en tierra vuestros efectos y salvad vuestras
almas! ¡Huid del abismo que os espera! ¡Porque la isla donde os
encontráis no es una isla, sino una ballena gigantesca que eligió en
medio de este mar su domicilio desde antiguos tiempos, y merced á la
arena marina crecieron árboles en su lomo! ¡La despertasteis ahora de su
sueño, turbasteis su reposo, excitasteis sus sensaciones encendiendo
lumbre sobre su lomo, y hela aquí que se despereza! ¡Salvaos, ó si no,
os sumergirá en el mar, que ha de tragaros sin remedio! ¡Salvaos!
¡Dejadlo todo, que he de partir!»
Al oir estas palabras del capitán, los pasajeros, aterrados, dejaron
todos sus efectos, vestidos, utensilios y hornillas, y echaron á correr
hacia el navío, que á la sazón levaba el ancla. Pudieron alcanzarlo á
tiempo algunos; otros no pudieron. Porque la ballena se había ya puesto
en movimiento, y tras unos cuantos saltos espantosos se sumergía en el
mar con cuantos tenía encima del lomo, y las olas, que chocaban y se
entrechocaban, cerráronse para siempre sobre ella y sobre ellos.
¡Yo fuí de los que se quedaron abandonados encima de la ballena y habían
de ahogarse!
Pero Alah el Altísimo veló por mí y me libró de ahogarme, poniéndome al
alcance de la mano una especie de cubeta grande de madera, llevada allí
por los pasajeros para lavar su ropa. Me aferré primero á aquel objeto,
y luego pude ponerme á horcajadas sobre él, gracias á los esfuerzos
extraordinarios de que me hacían capaz el peligro y el cariño que tenía
yo á mi alma, que me era preciosísima. Entonces me puse á batir el agua
con mis pies á manera de remos, mientras las olas jugueteaban conmigo
haciéndome zozobrar á derecha y á izquierda.
En cuanto al capitán, se dió prisa á alejarse á toda vela con los que se
pudieron salvar, sin ocuparse de los que sobrenadaban todavía. No
tardaron en perecer éstos, mientras yo ponía á contribución todas mis
fuerzas para servirme de mis pies á fin de alcanzar al navío, al cual
hube de seguir con los ojos hasta que desapareció de mi vista, y la
noche cayó sobre el mar, dándome la certeza de mi perdición y mi
abandono.
Durante una noche y un día enteros estuve en lucha contra el abismo. El
viento y las corrientes me arrastraron á las orillas de una isla
escarpada, cubierta de plantas trepadoras que descendían á lo largo de
los acantilados hundiéndose en el mar. Me así á estos ramajes, y
ayudándome con pies y manos conseguí trepar hasta lo alto del
acantilado.
Habiéndome escapado de tal modo de una perdición segura, pensé entonces
en examinar mi cuerpo, y vi que estaba lleno de contusiones y tenía los
pies hinchados y con huellas de mordeduras de peces, que habíanse
llenado el vientre á costa de mis extremidades. Sin embargo, no sentía
dolor ninguno, de tan insensibilizado como estaba por la fatiga y el
peligro que corrí. Me eché de bruces, como un cadáver, en el suelo de la
isla, y me desvanecí, sumergido en un aniquilamiento total.
Permanecí dos días en aquel estado, y me desperté cuando caía sobre mí á
plomo el sol. Quise levantarme; pero mis pies hinchados y doloridos se
negaron á socorrerme, y volví á caer en tierra. Muy apesadumbrado
entonces por el estado á que me hallaba reducido, hube de arrastrarme, á
gatas unas veces y de rodillas otras, en busca de algo para comer.
Llegué, por fin, á una llanura cubierta de árboles frutales y regada
por manantiales de agua pura y excelente. Y allí reposé durante varios
días, comiendo frutas y bebiendo en las fuentes. Así que no tardó mi
alma en revivir, reanimándose mi cuerpo entorpecido, que logró ya
moverse con facilidad y recobrar el uso de sus miembros, aunque no del
todo, porque vime todavía precisado á confeccionarme, para andar, un par
de muletas que me sostuvieran. De esta suerte pude pasearme lentamente
entre los árboles, comiendo frutas, y pasaba largos ratos admirando
aquel país y extasiándome ante la obra del Todopoderoso.
Un día que me paseaba por la ribera, vi aparecer en lontananza una cosa
que me pareció un animal salvaje ó algún monstruo entre los monstruos
del mar. Tanto hubo de intrigarme aquella cosa, que, á pesar de los
sentimientos diversos que en mí se agitaban, me acerqué á ella, ora
avanzando, ora retrocediendo. Y acabé por ver que era una yegua
maravillosa atada á un poste. Tan bella era, que intenté aproximarme
más, para verla todo lo cerca posible, cuando de pronto me aterró un
grito espantoso, dejándome clavado en el suelo, por más que mi deseo
fuera huir cuanto antes; y en el mismo instante surgió de debajo de la
tierra un hombre, que avanzó á grandes pasos hacia donde yo estaba, y
exclamó: «¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes? ¿Y qué motivo te impulsó á
aventurarte hasta aquí?»
Yo contesté: «¡Oh señor! Sabe que soy un extranjero que iba á bordo de
un navío y naufragué con otros varios pasajeros. ¡Pero Alah me facilitó
una cubeta de madera, á la que me así, y que me sostuvo hasta que fuí
despedido á esta costa por las olas!»
Cuando oyó mis palabras, cogióme de la mano y me dijo: «¡Sígueme!» Y le
seguí. Entonces me hizo bajar á una caverna subterránea y me obligó á
entrar en un salón, en cuyo sitio de honor me invitó á sentarme, y me
llevó algo de comer, porque yo tenía hambre. Comí hasta hartarme y
apaciguar mi ánimo. Entonces me interrogó acerca de mi aventura, y se la
conté desde el principio al fin; y se asombró prodigiosamente. Luego
añadí: «¡Por Alah sobre ti, ¡oh dueño mío! no te enfades demasiado por
lo que voy á preguntarte! ¡Acabo de contarte la verdad de mi aventura, y
ahora anhelaría saber el motivo de tu estancia en esta sala subterránea
y la causa por qué atas sola á esa yegua en la orilla del mar!»
Él me dijo: «Sabe que somos varios los que estamos en esta isla,
situados en diferentes lugares...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 293.ª NOCHE
Ella dijo:
»...Sabe que somos varios los que estamos en esta isla, situados en
diferentes lugares, para guardar los caballos del rey Mihraján. Todos
los meses, al salir la luna nueva, cada uno de nosotros trae aquí una
yegua de pura raza, virgen todavía, la ata en la ribera y en seguida se
oculta en la gruta subterránea. Atraído entonces por el olor á hembra,
sale del agua un caballo entre los caballos marinos, que mira á derecha
y á izquierda, y al no ver á nadie salta sobre la yegua y la cubre.
Luego, cuando ha acabado su cosa con ella, desciende de sus ancas é
intenta llevarla consigo. Pero ella no puede seguirle, porque está atada
al poste; entonces relincha muy fuerte él y le da cabezazos y coces, y
relincha cada vez más fuerte. Le oímos nosotros y comprendemos que ha
acabado de cubrirla; inmediatamente salimos por todos lados, y corremos
hacía él lanzando grandes gritos, que le asustan y le obligan á entrar
en el mar de nuevo. En cuanto á la yegua, queda preñada y pare un potro
ó una potra que vale todo un tesoro, y que no puede tener igual en toda
la haz de la tierra. Y precisamente hoy ha de venir el caballo marino.
Y te prometo que, una vez terminada la cosa, te llevaré conmigo para
presentarte á nuestro rey Mihraján y darte á conocer nuestro país.
¡Bendice, pues, á Alah, que te hizo encontrarme, porque sin mí morirías
de tristeza en esta soledad, sin volver á ver nunca á los tuyos y á tu
país y sin que nunca supiese de ti nadie!»
Al oir tales palabras, di muchas gracias al guardián de la yegua, y
continué departiendo con él, en tanto que el caballo marino salía del
agua, saltando sobre la yegua y la cubría. Y cuando hubo terminado lo
que tenía que terminar, descendió de sobre ella y quiso llevársela; mas
ella no podía desatarse del poste, y se encabritaba y relinchaba. Pero
el guardián de la yegua se precipitó fuera de la caverna, llamó con
grandes voces á sus compañeros, y provistos todos de hachas, lanzas y
escudos, se abalanzaron al caballo marino, que lleno de terror soltó su
presa, y como un búfalo, fué á tirarse al mar y desapareció bajo las
aguas.
Entonces, todos los guardianes, cada uno con su yegua, se agruparon á mi
alrededor y me prodigaron mil amabilidades, y después de facilitarme aún
más comida y de comer conmigo, me ofrecieron una buena montura, y en
vista de la invitación que me hizo el primer guardián, me propusieron
que les acompañara á ver al rey su señor. Acepté desde luego, y partimos
todos juntos.
Cuando llegamos á la ciudad, se adelantaron mis compañeros para poner á
su señor al corriente de lo que me había acaecido. Tras de lo cual
volvieron á buscarme y me llevaron al palacio; y en uso del permiso que
se me concedió, entré en la sala del trono y fuí á ponerme entre las
manos del rey Mihraján, al cual le deseé la paz.
Correspondiendo á mis deseos de paz, el rey me dió la bienvenida, y
quiso oir de mi boca el relato de mi aventura. Obedecí en seguida, y le
conté cuanto me había sucedido, sin omitir un detalle.
Al escuchar semejante historia, el rey Mihraján se maravilló, y me dijo:
«¡Por Alah, hijo mío, que si tu suerte no fuera tener una vida larga,
sin duda á estas horas habrías sucumbido á tantas pruebas y sinsabores!
¡Pero da gracias á Alah por tu liberación!» Todavía me prodigó muchas
más frases benévolas, quiso admitirme en su intimidad para lo sucesivo,
y á fin de darme un testimonio de sus buenos propósitos con respecto á
mí, y de lo mucho que estimaba mis conocimientos marítimos, me nombró
desde entonces director de los puertos y radas de su isla, é interventor
de las llegadas y salidas de todos los navíos.
No me impidieron mis nuevas funciones personarme en palacio todos los
días para cumplimentar al rey, quien de tal modo se habituó á mí, que me
prefirió á todos sus íntimos, probándomelo diariamente con grandes
obsequios. Con lo cual tuve tanta influencia sobre él, que todas las
peticiones y todos los asuntos del reino eran intervenidos por mí, para
bien general de los habitantes.
Pero estos cuidados no me hacían olvidar mi país ni perder la esperanza
de volver á él. Así que jamás dejaba yo de interrogar á cuantos viajeros
y á cuantos marinos llegaban á la isla, diciéndoles si conocían Bagdad,
y hacia qué lado estaba situada. Pero ninguno podía responderme, y todos
me aseguraban que jamás oyeron hablar de tal ciudad, ni tenían noticia
del paraje en que se encontrase. Y aumentaba mi pena paulatinamente al
verme condenado á vivir en tierra extranjera, y llegaba á sus límites mi
perplejidad ante estas gentes que, no sólo ignoraban en absoluto el
camino que conducía á mi ciudad, sino que ni siquiera sabían de su
existencia.
Durante mí estancia en aquella isla, tuve ocasión de ver cosas
asombrosas, y he aquí algunas de ellas entre mil.
Un día que fuí á visitar al rey Mihraján, como era mi costumbre, trabé
conocimiento con unos personajes indios que, tras mutuas zalemas, se
prestaron gustosos á satisfacer mi curiosidad, y me enseñaron que en la
India hay gran número de castas, entre las cuales son las dos
principales la casta de los kchatryas, compuesta de hombres nobles y
justos que nunca cometen exacciones ó actos reprensibles, y la casta de
los bracmanes, hombres puros que jamás beben vino y son amigos de la
alegría, de la dulzura en los modales, de los caballos, del fasto y de
la belleza. Aquellos sabios indios me enseñaron también que las castas
principales se dividen en otras setenta y dos castas que no tienen
entre sí relación ninguna. Lo cual hubo de asombrarme hasta el límite
del asombro.
En aquella isla tuve asimismo ocasión de visitar una tierra
perteneciente al rey Mihraján y que se llamaba Cabil. Todas las noches
se oían en ella resonar timbales y tambores. Y pude observar que sus
habitantes estaban muy fuertes en materia de silogismos y eran fértiles
en hermosos pensamientos. De ahí que se hallasen muy reputados entre
viajeros y mercaderes.
En aquellos mares lejanos vi cierto día un pez de cien codos de
longitud, y otros peces cuyo rostro se parecía al rostro de los buhos.
En verdad, ¡oh amigos! que aún vi cosas más extraordinarias y
prodigiosas, cuyo relato me apartaría demasiado de la cuestión. Me
limitaré á añadir que viví todavía en aquella isla el tiempo necesario
para aprender muchas cosas, y enriquecerme con diversos cambios, ventas
y compras.
Un día, según mi costumbre, estaba yo de pie á la orilla del mar, en el
ejercicio de mis funciones, y permanecía apoyado en mi muleta, como
siempre, cuando vi entrar en la rada un navío enorme lleno de
mercaderes. Esperé á que el navío hubiese anclado sólidamente y soltado
su escala, para subir á bordo y buscar al capitán á fin de inscribir su
cargamento. Los marineros iban desembarcando todas las mercancías, que
al propio tiempo yo anotaba, y cuando terminaron su trabajo, pregunté
al capitán: «¿Queda aún alguna cosa en tu navío?» Me contestó: «Aún
quedan, ¡oh mi señor! algunas mercancías en el fondo del navío; pero
están en depósito únicamente, porque se ahogó hace mucho tiempo su
propietario, que viajaba con nosotros. ¡Y quisiéramos vender esas
mercancías, para entregar su importe á los parientes del difunto en
Bagdad, morada de paz!»
Emocionado entonces hasta el último límite de la emoción, exclamé: «¿Y
cómo se llamaba ese mercader, ¡oh capitán!?» Me contestó: «¡Sindbad el
Marino!»
Á estas palabras miré con más detenimiento al capitán, y reconocí en él
al dueño del navío que se vió precisado á abandonarnos encima de la
ballena. Y grité con toda mi voz: «¡Yo soy Sindbad el Marino!»
Luego añadí: «Cuando se puso en movimiento la ballena á causa del fuego
que encendieron en su lomo, yo fuí de los que no pudieron ganar tu navío
y cayeron al agua. Pero me salvé gracias á la cubeta de madera que
habían transportado los mercaderes para lavar allí su ropa.
Efectivamente, me puse á horcajadas sobre aquella cubeta y agité los
píes á manera de remos. ¡Y sucedió lo que sucedió con la venia del
Ordenador!»
Y conté al capitán cómo pude salvarme y á través de cuántas vicisitudes
había llegado á ejercer las altas funciones de escriba marítimo al lado
del rey Mihraján.
Al escucharme el capitán, exclamó: «¡No hay recursos y poder mas que en
Alah el Altísimo, el Omnipotente!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 294.ª NOCHE
Ella dijo:
»...¡No hay recursos y poder mas que en Alah el Altísimo, el
Omnipotente! ¡Ya no queda conciencia ni honradez en ninguna criatura de
este mundo! ¿Cómo osas afirmar que eres Sindbad el Marino, ¡oh escriba
astuto! cuando todos nosotros le vimos por nuestros propios ojos
ahogarse con los demás mercaderes? ¡Vergüenza sobre ti por mentir con
impudicia tanta!»
Entonces le contesté: «¡Cierto, ¡oh capitán! que la mentira es la renta
de los bellacos! ¡Pero escúchame, porque voy á probarte que soy Sindbad
el ahogado!» Y conté al capitán diversos incidentes que sólo conocíamos
él y yo, y que sobrevinieron durante aquella maldita travesía. El
capitán entonces no dudó ya de mi identidad y llamó á los que iban en el
barco, y todos me felicitaron por mi salvamento, y me dijeron: «¡Por
Alah, no podemos creer que lograras librarte de perecer ahogado! ¡Alah
te concedió una segunda vida!»
Tras de lo cual apresuróse el capitán á devolverme mis mercancías, que
yo hice transportar al zoco en el mismo momento, después de asegurarme
de que no faltaba nada y de que todavía aparecían en los fardos mi
nombre y mi sello.
Una vez en el zoco, abrí mis fardos y vendí mis mercancías con un
beneficio de ciento por uno; pero tuve cuidado de reservarme algunos
objetos de valor, que me apresuré á ofrecer como presente al rey
Mihraján.