#Viaje a Riosa.#
El duque de Requena había dado la última sacudida al árbol. La naranja
cayó en sus manos dorada y apetitosa. En un momento dado sus agentes de
París, Londres y Madrid adquirieron más de la mitad de las acciones de
Riosa. La gerencia vino pues a sus manos, o, lo que es igual, la mina.
Algunos habían sospechado ya el juego; se resistían a vender, sobre todo
en Madrid, donde el carácter del banquero era conocido. A no apresurarse
a dar el golpe decisivo, seguramente las acciones hubieran subido. Llera
olfateó el peligro y dió la señal de avance. ¡Qué día más feliz para el
asturiano aquel en que se recibieron los telegramas de París y Londres!
Su cara angulosa resplandecía como la de un general que acaba de ganar
una batalla. Sus largas, descomunales extremidades se movían como las
aspas de un molino, al dar cuenta del suceso a los hombres de negocios
que había acudido a casa del duque en demanda de noticias. Fluían
sonoras, homéricas carcajadas de su pecho levantado de esternón como el
de un pollo: abrazaba a los amigos hasta asfixiarlos, y cuando el duque
le dirigía alguna pregunta respondíale con cierto desdén desde la altura
de su gloria. Y sin embargo, en aquel colosal negocio, él no llevaba ni
un medio por ciento. Ni una sola peseta de tantos millones de ellas como
iban a salir por la boca de la mina, vendría a caer en sus manos. ¡Pero
qué importa! Sus cálculos se realizaban, aquella intriga seguida con
sigilo, con perseverancia, con maravillosa actividad y talento llegó al
desenlace apetecido. Su alegría era la del artista que triunfa,
comparados con la cual todos los goces sórdidos de la tierra no valen un
comino.
Los del duque no fueron todos de esta especie. También su vanidad se
sintió halagada por aquel ruidoso triunfo. Pensaba sinceramente que
había llevado a cabo una empresa maravillosa digna de ser esculpida en
mármoles y cantada por los poetas. Lo que en pura verdad no pasaba de
una estafa consentida por las leyes, por una extraña aberración del
sentido moral se transformaba en gloriosa manifestación de la
inteligencia, no sólo a sus propios ojos, sino a los de la sociedad.
Para festejar el éxito y también para enterarse por sí mismo de las
reformas que debían llevarse a cabo a fin de que la mina produjese lo
que tenía pensado, proyectó una excursión con los ingenieros y algunas
personas de su intimidad. Al principio no pensó en llevar consigo más de
ocho o diez. Poco a poco se fué ampliando el número, de suerte que al
llegar el día de la marcha pasaban de cincuenta los convidados. Este
aumento era debido principalmente a la iniciativa de Clementina, a quien
sedujo la idea de aquel viaje. Lo que en el pensamiento del duque había
sido una excursioncita modesta, familiar, en el de su encopetada hija
adquirió el carácter de un acontecimiento público, un viaje resonante y
ostentoso que preocupó algunos días a la sociedad elegante.
Salabert hizo poner un tren especial para sus convidados. Unos días
antes había mandado los criados y las provisiones. Todo debía estar
preparado para recibirles dignamente. Corría el mes de mayo. Empezaba a
sentirse el calor. A las nueve de la mañana se veía en las inmediaciones
de la estación de las Delicias una multitud de carruajes de lujo, de los
cuales salieron las damas y los caballeros ataviados según las
circunstancias; ellas con vistosos trajes de fantasía para las
excursiones campestres, ligeros y claros; ellos de americana y hongo,
pero imprimiendo en este sencillísimo traje el sello de su capricho,
procurando, como es justo, apartarse de los hongos y americanas
conocidos hasta el día. Quién llevaba un terno de franela blanca como el
ampo de la nieve con guantes y sombrero negros; quién lo lucía de color
de lagarto con un sombrerito azul de alas microscópicas; quién, por fin,
había creído oportuno vestirse de _tricot_ negro con guantes, botines y
sombrero blancos. Muchos llevaban colgados de los hombros por correas
charoladas magníficos gemelos para que no se les escapasen los mínimos
detalles del paisaje. Y abundaban asimismo los bastones alpestres como
si marchasen a alguna expedición peligrosa al través de las montañas.
El tren especial constaba de dos coches-salón, un _sleeping-car_ y un
furgón. Con la algazara que el caso requería se fué acomodando en los
primeros aquella crema delicada de la salvajería madrileña. Predominaban
los hombres. Las damas se habían retraído por no hallar suficiente grata
la perspectiva de visitar una mina. Pero aún había bastantes para
amenizar la excursión, y entorpecerla también. Estaban allí las que de
algún modo por sus padres o maridos se relacionaban con el negocio, como
la esposa y la hija de Calderón, la chica de Urreta, la señora de Biggs,
Clementina Salabert y otras. Al lado de éstas algunas que por amistad
íntima con ellas se habían decidido a acompañarlas, como Pacita y
Mercedes Alcudia, cuya amistad con Esperancita era notoria. Estaban
también aquellas que no podían faltar dondequiera que hubiese holgorio,
verbigracia: Pepa Frías, Lola Madariaga, etc. Había hombres de negocios,
personajes políticos, títulos rancios y nuevos. Al montar en el tren
podía observarse la solicitud servil de los empleados de la estación, la
extrema turbación que en aquel recinto producían los poderosos de la
tierra.
Al fin, el más poderoso de todos, el egregio duque de Requena sacó el
pañuelo y lo agitó en la ventanilla. Sonó un pito, respondió la máquina
con prolongado y fragoroso ronquido, y resoplando y bufando, el tren
comenzó a mover sus anillos metálicos y a arrastrarse lentamente
alejándose de la estación. Los convidados, desde las ventanillas,
saludaban con los pañuelos a los que habían ido a despedirles. Gran
agitación y algazara en los coches, apenas se encontraron corriendo por
los campos yermos de la provincia de Madrid. Todo el mundo hablaba en
voz alta y reía: esto y el ruido del tren hacía que apenas se
entendieran. Poco a poco se fué operando, sin embargo, en aquella
asamblea el fenómeno químico de la afinidad electiva. El duque se vió
rodeado, en una berlina o mirador que había en la trasera del coche, de
varios personajes de la banca y la política. Clementina, Pepa Frías,
Lola Madariaga y otras damas formaban grupo conversando con los
aficionados a la charla desenvuelta y picante, Pinedo, Fuentes,
Calderón. Las niñas y los pollastres se decían mil frases espirituales
que les regocijaba hasta un grado indecible. Una de las cosas que más
alegría les causó fué la aparición de Cobo Ramírez en la ventanilla con
la gorra galoneada de un empleado exigiéndoles el billete. Cobo estaba
en el otro salón y había venido por el estribo, arriesgándose un poco,
pues el tren llevaba extraordinaria velocidad. Se le acogió con
aplausos. Las chicas enviaron recaditos a sus vecinas las del otro
coche. Los pollos escribieron cartas de declaración. De todo se encargó
el primogénito de Casa-Ramírez, quien iba y venía de un coche a otro con
gran firmeza a pesar de su obesidad. Esto les divirtió un rato. Los
billetes amorosos escritos con lápiz se leían en voz alta y provocaban
los aplausos y la risa.
Raimundo charlaba con el mejicano de las vacas y con Osorio. Este había
llegado a mirarle con cierta benevolencia. De los amantes de su mujer
era el que había hallado más simpático y más inocente. Aunque niño en la
apariencia, observaba que era inteligente, instruído, cualidades que
hasta entre salvajes concede cierto prestigio a la persona. Nuestro
joven había concluído por adaptarse bastante bien al medio en que hacía
tiempo vivía. No sólo en su traje podían observarse los refinamientos de
la moda secundada por la propia fantasía, sino que en su trato y en sus
modales se iba operando un cambio visible. En sus relaciones con
Clementina continuaba siendo el niño tímido, el mismo esclavo sumiso que
vivía pendiente de un gesto o una mirada de su dueño. El amor echaba en
su corazón cada vez más hondas raíces. Pero en el comercio social se
había ido atemperando a lo que en torno suyo veía. Hizo lo posible por
reprimir los ímpetus de su naturaleza expansiva y afectuosa: adoptó un
continente grave, impasible, ligeramente desdeñoso: procuró burlarse de
cuanto se decía en su presencia, como no tocase a los usos y fueros de
la salvajería: adquirió un cierto tonillo irónico, semejante al de sus
compañeros de club. Y sobre todo se guardó muy bien de emitir ninguna
idea científica o filosófica, pues por experiencia sabía que esto era lo
que no se perdonaba en aquella sociedad. Hasta procuró refrenarse cuando
alguno de aquellos jóvenes le inspiraba más simpatía y afecto que los
otros. El cariño es en sí ridículo y precisa guardarlo en el fondo del
corazón. De otra suerte se exponía a que el mismo objeto de sus
expansiones cariñosas le respondiese con alguna cuchufleta como le
sucedió más de una vez. Gracias a estas diligencias y a tal aprendizaje
que fué para él rudo, logró que se le respetase algo más, que se le
mirase como hombre _chic_, suprema felicidad a que no es fácil llegar en
esta mísera existencia planetaria.
Cuando Cobo hubo realizado varios de aquellos viajes de un coche a otro,
que no dejaban de ser peligrosos por la velocidad del tren, Lola
Madariaga, fijando una mirada burlona, primero en Clementina, luego en
Alcázar, dijo a éste:
--Alcázar, ¿se atreve usted a ir a pedir a la condesa de Cotorraso su
frasco de sales? Me siento un poco mareada.
Raimundo era, como ya sabemos, un chico débil, que no había tenido la
educación gimnástica de los jóvenes aristócratas, sus amigos. Aquel
viajecito por el estribo, con la marcha rapidísima del tren, que para
ellos era cosa baladí, para él, que sentía vértigos al atravesar un
puente o subir a una torre, era realmente peligrosísimo. Así lo
comprendió y vaciló un instante, pero la honrilla le hizo responder:
--Voy al momento, señora.
Y se dispuso a dar cumplimiento al encargo. Pero Clementina, que había
fruncido el entrecejo al oir la exigencia de su amiga, le detuvo
exclamando con energía:
--¡No vaya usted, Alcázar! Ya se lo encargaremos a Cobo cuando vuelva.
El joven vaciló todavía con la mano en la portezuela; pero Clementina
repitió aún con más fuerza, y ruborizándose:
--No vaya usted. No vaya usted.
Raimundo manifestó sonriendo a Lola:
--Perdone usted, señora. Hoy no puedo ser lacayo sino de Clementina.
Otro día tendré el honor de serlo de usted.
Ni la carcajada de Lola, ni la sonrisa burlona de las otras damas
consiguieron extinguir la emoción gratísima que el vivo interés de su
amada le hizo experimentar.
Ramoncito Maldonado se hallaba en el otro coche acompañando a
Esperancita, a su madre y a otras damas y damiselas a quienes tenía el
decidido propósito de encantar con su plática. Les contaba, esforzándose
en dar a su palabra un giro parlamentario, ciertos curiosos incidentes
de las últimas sesiones del Ayuntamiento. Manejaba ya perfectamente
todos los lugares comunes de la oratoria municipal y conocía hasta lo
más profundo el tecnicismo reglamentario. Hablaba de _orden del día,
votos de confianza, particulares, nominales, secretos, proposiciones
incidentales, previas, y de no ha lugar a deliberar, interpelaciones,
preguntas_, etc., etc., como si fuese el inventor de este aparato
maravilloso del ingenio humano. Conocía ya las Ordenanzas municipales
como si las hubiese parido. Trataba las cuestiones de aforos, rasantes,
alcantarillado, decomisos, etc., etc., que daba gloria oirle.
Finalmente, como hombre desmedidamente ambicioso que era, se había
metido en una conjuración contra el alcalde, de la cual pensaba sacar su
nombramiento de individuo de la comisión de paseos públicos. Hacía ya
tiempo que sostenía una lucha sorda, pero terrible, con Pérez, otro
concejal no menos ambicioso, para obtener este puesto, en el cual sus
grandes dotes de innovador podrían brillar espléndidamente. El Retiro,
Recoletos, la Castellana, el Campo del Moro esperaban un redentor que
les diese nueva y deslumbrante vida, y este redentor no podía ser otro
que Maldonado. En el fondo de su cerebro, entre otros mil proyectos
portentosos, había uno audacísimo que no se atrevía a comunicar a nadie,
pero que incubaba con particular cariño, resuelto a luchar por él hasta
el fin de sus días. Este proyecto era nada menos que el de trasladar la
fuente de Apolo del Prado al centro de la Puerta del Sol. ¡Y que un
mercachifle indigno como Pérez, de criterio estrecho, sin gusto y sin
estética, se atreviese a disputarle el puesto!
Cuando más embebido estaba, dando cuenta de la habilísima intriga que
habían urdido para dar un voto de censura al alcalde, Cobo ¡su eterno
estripacuentos! acercóse al grupo, y después de escuchar un momento, le
atajó diciendo:
--Vaya, Ramón, no te des tono. Ya sabemos que en el Ayuntamiento no
representas nada. González te lleva por las narices adonde le da la
gana.
Fué aquél un golpe rudo para Maldonado. Considérese que estaba delante
de Esperancita y de otra porción de señoras y señoritas. Tan rudo fué
que le aturdió como si le hubiesen dado en la frente con una maza. Se
puso lívido, sus labios temblaron antes de poder articular una palabra.
Por fin, dijo con voz alterada:
--¿A mí González?... ¿Por las narices? ¡Estás loco!... A mí no me lleva
nadie por las narices ... y mucho menos González.
Pronunció las últimas palabras con afectado desprecio. Negó a González
por la misma razón que San Pedro negó a su Maestro, por el pícaro
orgullo. La conciencia le decía que faltaba a la verdad, aunque no
cantase el gallo. González era el _leader_ de la minoría municipal, y
Ramoncito le tenía en el fondo del alma una gran veneración.
--¡Anda, anda! ¡si querrás negarme que González te maneja como un
maniquí! ¡Estaríais buenos los disidentes si no fuese por él!
Ramoncito recobró súbito el uso de la palabra, y tan plenamente que
pronunció más de mil en pocos minutos, con ímpetu feroz, soltando
espumarajos de cólera. Rechazó como debía aquella absurda especie del
maniquí y explicó cumplidamente la significación que González tenía
dentro del municipio y la posición que él mismo ocupaba. Pero lo hizo
con tal exaltación y ademanes tan descompuestos que las damas le
contemplaban sorprendidas y risueñas.
--¡Pero este Ramoncito qué genio tiene!... ¡Quién lo diría!... Vamos,
Cobo, no le maree usted más, que puede ponerse malo.
La compasión de las señoras le llegó al alma al enfurecido concejal.
Callóse de pronto, y crujiendo los dientes de un modo lamentable, se
encerró lo menos por una hora en un silencio digno y temeroso.
En una estación secundaria, en medio de campos yermos y dilatados que
formaban, como el mar, horizonte, se detuvo el tren para que los
viajeros pudiesen almorzar. Los criados del duque, enviados delante, lo
tenían todo preparado a este fin. Ramoncito se convirtió en caballero
_servant_ de Esperancita. Esta se dejaba obsequiar con semblante
benévolo, lo cual le tenía medio loco de alegría. La razón de esta
condescendencia era que Pepe Castro no había venido por mandato expreso
de su tía la marquesa de Alcudia. Las negociaciones matrimoniales,
llevadas con gran sigilo, exigían cada vez más prudencia. Como Maldonado
era tan íntimo amigo del dueño de su corazón, Esperancita sentía cierto
deleite teniéndole a su lado. Al mismo tiempo evitaba que le fuesen
llevando cuentos sobre si hablaba con el conde de Agreda o con Cobo.
¡Pobre Ramón! ¡Cuán ajeno estaba de estas complicadas psicologías!
Montaron de nuevo en el tren. Siguieron caminando al través de llanuras
interminables, amarillentas, sin que a ninguno se le ocurriese enderezar
hacia el paisaje los magníficos gemelos ingleses. Y llegaron a Riosa
poco antes del oscurecer. Las minas de Riosa están situadas en el centro
de dos cumbres poco elevadas, estribaciones de una famosa sierra.
Rodéanlas por todas partes terrenos ásperos, lomas y colinas de escasa
elevación, donde abundan, no obstante, las quebraduras y asperezas que
le dan aspecto triste y siniestro. Entre aquellas dos cumbres hay una
villa edificada desde la más remota antigüedad. Nuestros viajeros no
llegaron a ella. Detuviéronse dos kilómetros más atrás, en un burgo
denominado Villalegre, donde los ingenieros y empleados habían situado
su domicilio para sustraerse a las emanaciones mercuriales y sulfurosas
que envenenan lentamente, no sólo a los mineros, sino a los vecinos de
Riosa. Se hallaba separado de ésta por una colina y ofrece, con la villa
de las minas, notable contraste. Riega sus terrenos un riachuelo y lo
fecunda y lo convierte en ameno jardín, donde crecen en abundancia los
lirios silvestres, el jazmín y el heliotropo y sobre todo las rosas de
Alejandría, que han tomado allí carta de naturaleza como en ninguna otra
región de España. Los aromas penetrantes del tomillo y del hinojo
embalsaman y purifican el ambiente. Lo mejor y más florido de estos
terrenos pertenecía a la Compañía. Separada de la aldea como unos
trescientos pasos y en el centro de un parque se levanta soberbia
fábrica de piedra. Es la habitación del director y el centro
administrativo de las minas. No lejos, diseminados a uno y otro lado,
hay unos cuantos pabelloncitos con su jardín enverjado. Moran allí
algunos empleados de la administración y algunos facultativos, aunque
los más de éstos tienen su domicilio en Riosa.
Villalegre no tiene estación. El tren se detuvo cerca de la carretera
que va a la capital de la provincia. Allí les esperaban algunos coches
que los condujeron en diez minutos al palacio de la Dirección. A la
puerta del parque y en las inmediaciones había una muchedumbre que
saludó a la comitiva con vivas apagados. Eran los obreros, los que no
estaban de tarea, a quienes el director había hecho venir desde Riosa
con tal objeto. Todos ellos tenían la tez pálida, terrosa, los ojos
mortecinos: en sus movimientos podía observarse, aun sin aproximarse
mucho, cierta indecisión que de cerca se convertía en temblor. La
brillante comitiva llegó a tocar aquella legión de fantasmas (porque
tales parecían a la luz moribunda de la tarde). Los ojos de las hermosas
y de los elegantes se encontraron con los de los mineros, y si hemos de
ser verídicos, diremos que de aquel choque no brotó una chispa de
simpatía. Detrás de la sonrisa forzada y triste de los trabajadores, un
hombre observador podía leer bien claro la hostilidad. El cortejo de
Salabert atravesó en silencio por medio de ellos, con visible malestar,
los rostros serios, y con cierta expresión de temor. Las damas se
apretaron instintivamente contra los caballeros. Al entrar en el parque
murmuraron algunas: "¡Dios mío, qué caras!" Ellos respiraron con
satisfacción al verse libres de aquellas miradas profundas y
misteriosas. Sólo Rafael Alcántara se atrevió a responder con una
chanzoneta:
--Verdad. El pueblo soberano no anda por aquí muy bien de fisonomía.
El director presentó a Salabert los empleados. Los facultativos eran
casi todos extranjeros, tipos rubios y sonrosados que nada ofrecían de
particular. Menos aún los administrativos. El único que llamaba un poco
la atención entre ellos era un joven delgado y pálido, con fino bigote
negro, cuyos ojos negros y duros se fijaban con tal decisión en los
convidados que rayaba en insolencia. Sin saber por qué, los que
cambiaban con él una mirada se sentían molestos y separaban prontamente
la vista. El director lo presentó como el médico de las minas.
Los invitados tenían sus habitaciones preparadas, unos en el edificio de
la dirección (los de más cuenta, por lo que pudo verse), otros en los
pabelloncitos adyacentes. Cuando hubieron reposado un instante, todos se
trasladaron al gran salón del director, y desde allí, en procesión
solemne, las damas cogidas del brazo de los caballeros, a la vasta sala
de oficinas que se había habilitado para comedor. Fué una comida
espléndida la que el duque les ofreció. No se echó menos ninguno de los
refinamientos de los comedores aristocráticos, ni en el lujo de la
vajilla, ni en el aderezo de los platos, ni en la corrección del
servicio. Mientras comían, el vasto parque se iluminó a la veneciana. Al
levantarse de la mesa todos corrieron a admirar desde los balcones el
golpe de vista, que era magnífico, deslumbrador. Una orquesta, oculta en
uno de los grandes cenadores, tocaba con brío aires nacionales. Lo mismo
damas que caballeros, empujados por el calor que era sofocante, atraídos
también por la belleza del espectáculo, salieron de casa y se
diseminaron por los jardines. Los pollos consiguieron llevar a algunas
muchachas hasta las inmediaciones del cenador, donde estaba la orquesta,
y se pusieron a bailar. Cobo Ramírez, acercándose al grupo, les gritó:
--¿Sabéis lo que pareceis, chicos? Viajantes de comercio en el soto de
_Migascalientes_.
Este parecido debió de llegarles a lo más vivo del alma. El baile perdió
su encanto para aquellos jóvenes ilustres, y no tardó en extinguirse.
Pero como la inspiración de Terpsícore ardía en sus corazones, tomaron
el acuerdo de trasladarse al salón y allí continuaron rindiéndole culto,
libre la conciencia de aquel horrible peso que Cobo les había echado.
La fiesta nocturna no dejó de ser grata. Hubo muy lindos fuegos de
artificio traídos de Madrid. Las damas y los caballeros discurrían por
los caminos enarenados aspirando con delicia el fresco de la noche,
embalsamado por los aromas de las flores. Sólo había un punto negro en
aquella deliciosa velada. Al aproximarse a la verja vislumbraban a la
muchedumbre de obreros, mujeres y niños que habían acudido de Riosa al
ruido de la fiesta. Eran los mismos rostros pálidos, los ojos tristes,
sonreír, que les habían saeteado al entrar. Así que, procuraban no
llegar hasta las lindes, mantenerse en los caminos y glorietas del
centro. Sólo Lola Madariaga, que se enorgullecía de ser muy caritativa y
era presidenta, secretaria y tesorera de tres sociedades de
beneficencia, respectivamente, fué la única que se aventuró a hablar con
ellos y aun esparció algunas monedas de plata. Pero de la oscuridad
partieron al cabo frases obscenas, algunos insultos que la obligaron a
retirarse. El conde de Cotorraso montó en cólera al saberlo:
--¡Y piden libertades y derechos para estos beduínos! Que los hagan
honrados, agradecidos, decentes ... y luego hablaremos.
Por la misma ley de afinidad electiva de que hemos hablado más arriba,
Raimundo se encontró paseando con un personaje que se despegaba un poco
del resto de aquella sociedad. Era un caballero de cincuenta a sesenta
años, bajo, delgado, con bigote y perilla canosos, ojos saltones y
distraídos, resguardados por gafas. Llamábase D. Juan Peñalver. Era
catedrático de Filosofía en la Universidad y había sido ministro. Gozaba
fama de sabio, con justicia, y de una respetabilidad que pocos habían
alcanzado en España. Por esta razón los jóvenes salvajes le miraban con
hostilidad y afectaban tratarle con cierta familiaridad desdeñosa. Es
evidente que no hay nada que moleste tanto a los salvajes como la
Filosofía. Luego la superioridad intelectual, la gloria que rodeaba a
Peñalver hería su orgullo. El no advertía este desdén. Tenía un carácter
jovial, afectuoso, y sobre todo muy distraído. Era incapaz de fijarse en
los diversos matices del trato social, que apenas cultivaba desde que
se había retirado de la política para consagrarse exclusivamente a la
ciencia. Había formado parte de aquella excursión por complacer a su
cuñado Escosura, que poseía un número considerable de acciones en la
mina. Ultimamente se había consagrado con ardor al estudio de las
ciencias naturales, de donde partían los tiros más certeros contra la
metafísica idealista a que él había consagrado su vida. Al tropezarse
casualmente con un joven tan entendido en ellas como Raimundo, sintió un
verdadero placer. Aquella sociedad le aburría espantosamente. Tomóle del
brazo, y sin reparar en si le molestaba o no, se puso a charlar
animadamente de Fisiología.
Raimundo se hallaba en un momento de tristeza y desmayo. Hacía tiempo
que observaba que Escosura tenía proyectos amorosos respecto a
Clementina. La festejaba con todo descaro donde quiera que la veía,
afectando desconocer sus relaciones, sin reparar siquiera en él. Este
Escosura era física y moralmente lo contrario de su cuñado Peñalver.
Alto y corpulento, de pecho levantado y facciones pronunciadas, rico,
hombre de cuenta en la política, orador fogoso, de una voz tan sonora y
descomunal que, según sus enemigos, a ella debía la mayor parte de sus
éxitos parlamentarios. Tendría unos cuarenta años. No había sido aún
ministro, pero se contaba que lo fuese en plazo muy breve. Clementina
había rechazado repetidas veces sus instancias. Raimundo lo sabía y
estaba orgulloso de este triunfo. Sin embargo, no podía arrancar de sí
cierta inquietud cada vez que le veía hablando con ella como en este
momento. Estaban sentados, en una de las glorietas con otras varias
personas y charlaban animadamente aparte. Cada vez que pasaba por
delante de ellos con Peñalver, su corazón se encogía: apenas entendía ni
escuchaba siquiera las sabias disquisiciones que su ilustre compañero le
iba vertiendo en el oído. Clementina comprendió por sus miradas
angustiosas lo que estaba sufriendo, y después de aguardar malignamente
un rato (que en esto todas son iguales), se levantó al cabo y vino hacia
ellos sonriente:
--¿Qué conspiran los sabios?
--Hágamelo usted bueno--respondió con sonrisa modesta el joven--. Aquí
no hay más sabio que el señor.
--Pues el señor se va a poner cátedra a la condesa de Cotorraso, que
desea hablar con él, y usted se viene conmigo a ver una catedral gótica
que el pirotécnico va a quemar ahora mismo--dijo colgándose con
desenfado del brazo de su amante.
Alcázar se sintió feliz. No quiso informarla de la pena que había
sentido hacia un momento, porque otras veces que lo hizo padeció
doblemente: Clementina le respondía en un tono ligero y burlón que le
hería en lo vivo del pecho. Contemplaron la maravillosa catedral de
fuego hasta que se extinguió. La dulce presión del brazo de la hermosa,
aquel suave perfume, siempre el mismo, que exhalaba de su gentil
persona, enajenaban al joven entomólogo, ya predispuesto a enternecerse
por la prueba de cariño que su amada acababa de darle. Esta, que le
conocía perfectamente, al sentir que le oprimía con más fuerza el
brazo, le miró a la cara con fijeza, segura de encontrar lágrimas en sus
ojos. En efecto, Raimundo lloraba silenciosamente. Al verse sorprendido
sonrió avergonzado.
¡Siempre tan chiquillo!--exclamó ella riendo y dándole un cariñoso
tironcito--. Razón tiene Pepa en decir que pareces una colegiala del
Sagrado Corazón. Vamos a pasear, que pueden fijarse en ti.
Dieron una vuelta por las calles más solitarias del jardín. Desde uno de
los rincones se veía un trozo de paisaje bastante singular. La luna
iluminaba de lleno la crestería de la colina más próxima, la que
separaba a Villalegre de Riosa y la hacía aparecer como las ruinas de un
castillo. Clementina quiso cerciorarse de la verdad. Salieron por una de
las puertas de atrás, despejadas de gente, y se aproximaron lentamente a
la colina. Esta en la cumbre se hallaba desnuda de vegetación, erizada
en cambio de pedruscos de formas caprichosas que le daban aspecto de un
montón de ruinas. Necesitábase estar muy cerca de ella para no
equivocarse. Cuando la dama hubo satisfecho su capricho, dieron la
vuelta al parque para entrar por la puerta contraria. Por aquella parte
ya se veían algunos grupos de personas. Antes de llegar a la verja, en
un rincón del camino oscurecido por la sombra de algunos árboles, los
pies de Clementina tropezaron con un objeto que por poco la hace caer.
Dió un grito: se le figuró que el obstáculo era el de un cuerpo humano.
Raimundo sacó un fósforo, y en efecto, reconocieron que era un chico de
diez a doce años el que allí estaba tirado. Pusiéronle en pie. El
muchacho abrió los ojos y les miró con espanto. Luego, como por súbita
inspiración, se apoderó del bastón que Alcázar traía en la mano y
comenzó a moverlo cadenciosamente a un lado y a otro como si desempeñase
una tarea difícil. Clementina y su amante le contemplaban llenos de
asombro sin poder darse cuenta de lo que aquello significaba. Algunos
obreros se acercaron. Uno soltó la carcajada exclamando:
--¡Si es uno de los chicos de la bomba! ¡Dale, dale, niño, que está
duro!
Los otros también soltaron a reir brutalmente y comenzaron a animar al
pobrecito sonámbulo.
--¡Duro, duro!... ¡Anda con ello!... ¡Más fuerte, chico, que no sube el
agua!
El desdichado niño, con las voces, redoblaba sus esfuerzos imaginarios
moviéndose cada vez con mayor velocidad. Era una criatura enteca, de
rostro pálido: con el sueño estaba desencajado. Sus cabellos negros
revueltos, erizados, le daban aspecto de aparecido. La alegría salvaje
de los obreros ante aquel cuadro lastimoso produjo penosa impresión en
Raimundo. Cogió al niño entre los brazos, lo sacudió un poco hasta que
logró hacerle despertar, le besó en la frente con afecto, y sacando un
duro del bolsillo se lo entregó, alejándose después con Clementina. Cesó
la algazara de los obreros. Uno dijo con tonillo de envidia:
--¡Anda, que hoy poco trabajo te ha costado ganarte el jornal!
A la una de la noche los convidados de Salabert se retiraron a
descansar. Estaba en el programa que a las nueve de la mañana se
reuniesen todos en el salón para ir desde allí a visitar los trabajos y
la mina. Y se cumplió, no estrictamente, porque en España esto no puede
suceder, pero sí con una hora de diferencia. A las diez salió la
comitiva, bastante mermada por supuesto, en coche para Riosa. Apeáronse
a la entrada de la villa y la atravesaron por el medio, produciendo,
como es consiguiente, no poca turbación en ella. Las mujeres salían a
las puertas y ventanas contemplando con ansia y curiosidad aquel
brillante cortejo de damas y caballeros ataviados con trajes que no
habían visto en su vida. Lo mismo que sus esposos, hijos y hermanos, el
color de aquellas mujeres era pálido, enfermizo, sus facciones menudas,
su mirada lánguida, sus manos y sus pies pequeños. Al pasar vieron
también algunos hombres atacados de fuerte temblor.
--¿Qué es eso? ¿Por qué tiemblan así esos hombres?--preguntó asustada
Esperancita.
--Son _modorros_--le respondió un empleado.
--¿Y qué son modorros?
--Los que enferman por trabajar en la mina.
--¿Y enferman muchos?
Todos--dijo el médico que había oído la pregunta--. El temblor mercurial
ataca a cuantos bajan a la mina.
--¿Y por qué bajan?--preguntó cándidamente la niña.
--Por manía--repuso el médico sonriendo--. Yo creo que vale mucho más
respirar el aire fresco, que no el de allá abajo.
--¡Claro! Yo sería cualquier cosa antes que minero.
Desembocaron al fin en una plaza o plazoleta, en el centro de la cual
trabajaban algunos obreros levantando un artístico pedestal de mármol.
--Es el pedestal para la estatua del señor duque--dijo el director de
las minas en voz alta.
--¡Ah! ¿Con qué van a colocar ahí su estatua, duque?--exclamaron unos
cuantos rodeando al prócer.
Este se encogió de hombros haciendo un gesto de desprecio.
--No sé. Es una payasada que se le ha ocurrido al casino de los mineros.
--¡Oh, no, señor duque!--exclamó el director, a quien realmente
correspondía la iniciativa, aunque por encargo de Llera sugestionado a
su vez por el duque--. ¡Oh, no! El pueblo de Riosa quiere dar una prueba
de respeto y gratitud a su decidido protector, al que en circunstancias
críticas no ha vacilado en exponer un enorme capital comprando este
desacreditado establecimiento y salvándolo de la ruina.
--¡Qué hermoso es hacer bien!--exclamó Lola Madariaga con voz conmovida,
posando en Salabert con admiración sus dulcísimos ojos.
Todos le felicitaron, aunque muchos de ellos sabían a qué atenerse
respecto a aquel admirable desprendimiento. Examinaron un momento las
obras y siguieron después su marcha hacia el establecimiento minero.
Este se halla situado a la salida misma de la villa. Al exterior ofrecía
el aspecto de una pequeña fabricación con algunas chimeneas que
despedían humo negro. No daba idea de su importancia colosal. La
comitiva entró y recorrió los cercos donde se ejecutan los trabajos
auxiliares de la minería, donde se hallan además la mayor parte de las
dependencias, carpintería, cerrajería, sala y gabinete de los
ingenieros, etc. Lo que les llamó vivamente la atención fué el aspecto
triste, enfermizo, de los operarios. Todos estaban marcados con un sello
de decrepitud, que obligó a la condesa de Cotorraso a decir de pronto:
--Aquí, al parecer, no trabajan más que los viejos.
El director sonrió.
--Parecen viejos; pero no lo son, señora.
--¡Pero si todos tienen la piel arrugada, los ojos hundidos y
apagados!...
--No importa; ninguno de ellos llega a cuarenta años. Los que trabajan
aquí son mineros que ya no pueden bajar. Los empleamos en el exterior,
aunque con menos sueldo.
--¿Y se necesita estar mucho tiempo en la mina para ponerse
así?--preguntó Ramoncito.
--Poco, poco--murmuró el director; y añadió después:--Ahí donde ustedes
les ven, todavía se me escapan al menor descuido a la mina.... ¡El
jornal de fuera es tan pequeño!
--¿Cuánto ganan?
--Una peseta.... El máximum una cincuenta.
Penetraron en seguida en el cerco de destilación. El duque iba delante
con los ingenieros ingleses encargados de proponerle las reformas
necesarias para dar impulso al establecimiento. En este cerco se
encuentran los hornos y grandes depósitos de cinabrio. Visitaron los
almacenes de azogue y el sitio donde se pesa. Todos los operarios
temblaban más o menos y ofrecían las mismas señales de decrepitud.
El director les propuso ir a ver el hospital. Algunos mostraron
repugnancia; pero Lola Madariaga, que no perdía ocasión de exhibir sus
sentimientos benéficos, rompió la marcha y la siguieron la mayor parte
de las señoras y algunos caballeros. Otros se quedaron. El duque
prescindió por un rato de sus convidados, escuchando atentamente a los
ingenieros, que le iban apuntando lo que pensaban acerca del negocio.
El hospital de mineros estaba fuera de los cercos, muy próximo al
cementerio, sin duda para que los enfermos se fuesen acostumbrando a la
idea de la muerte y también para que si no fuesen poderosos a matarles
los vapores mercuriales, les secundasen en la tarea las dulces
emanaciones cadavéricas. Era un caserón viejo, agrietado, húmedo y
sombrío. Las damas no retrocedieron, al poner las delicadas plantas en
él, de vergüenza. El médico, que se había encargado de demostrarlo, las
introdujo en las salas, y puso ante su vista el cuadro espantoso de la
miseria humana. La mayor parte de los infelices enfermos estaban
vestidos y sentados, unos sobre las camas, otros en sillas. Sus rostros
cadavéricos, desencajados, daban miedo: su cuerpo se estremecía con
incesante temblor, cual si estuviesen acometidos de terror pánico. En
los semblantes de las damas, sonrosados y frescos, se dibujó el miedo y
la angustia. El médico sonrió de aquel modo extraño que lo hacía,
mirándolas con sus grandes ojos negros, insolentes.
--No es un cuadro muy agradable, ¿verdad?--les dijo.
--¡Pobrecillos!--exclamaron varias--. ¿Son todos mineros?
--Sí, señoras; la atmósfera viciada por vapores mercuriales, la
insuficiencia del aire respirable engendra fatalmente, no sólo los
temblores, el hidrargirismo crónico o agudo, que es lo que más les
llamará a ustedes la atención, sino también los catarros pulmonares
crónicos, la disentería, la tuberculosis, la estomatitis mercurial y
otra porción de enfermedades que concluyen con la existencia del obrero
o le dejan inútil para el trabajo a los pocos años de bajar a la mina.
--¡Pobrecillos! ¡pobrecillos!--repetían las damas pasando revista con
sus ojos aterrados a aquellas fisonomías tristes y demacradas que se
volvían hacia ellas sin expresión alguna, ni siquiera de curiosidad.
--¿Y no habría medio de remediar estos efectos tan
desastrosos?--preguntó Clementina con arranque.
--De remediarlos en absoluto, no; pero de aliviarlos bastante,
sí--repuso el joven clavando en ella su mirada penetrante--. Si los
mineros trabajasen tan sólo dos o tres días a la semana y esos pocas
horas; si se les hiciese vivir alejados del establecimiento minero, en
Villalegre por ejemplo; si se prohibiesen esos trabajos a los niños
menores de diez y seis años; si se cambiasen la ropa inmediatamente que
salen de la mina; y sobre todo si se alimentasen bien, pienso que los
estragos del mercurio disminuirían notablemente. Hoy, para alimentarse
malamente, necesitan bajar a la mina todos los días y permanecer allí un
número considerable de horas. A los cuatro o seis años se inutilizan.
Hay que sacarlos al exterior, y entonces el jornal es tan exiguo que ni
patatas con agua y sal pueden comer: de modo que en vez de curar
empeoran. El único medio para mejorar la condición del minero es
disminuir las horas de trabajo y elevar el jornal.... Pero
entonces--añadió bajando un poco la voz y sonriendo frente a
Clementina--, la mina de Riosa no sería un negocio para su señor padre.
A Clementina le hirió aquella sonrisa como una bofetada.
--Ni para usted tampoco--repuso procurando sonreír--. ¿No es usted el
médico de las minas?
--Sí, señora. Mi negocio consiste en dos mil quinientas pesetas al año y
en una mijita de temblor que he logrado en los tres años que aquí llevo.
En efecto, las manos del joven tenían un ligero estremecimiento que se
hacía visible cuando se atusaba su fino bigote negro. El grupo de
convidados le contempló unos instantes con atención no exenta de
hostilidad. Adivinaban en él un enemigo. La seguridad familiar que tenía
para hablarles les molestaba. Pagóles él con otra mirada de impenetrable
expresión y siguió diciendo sin embarazo alguno:
--En otro tiempo los jornales eran un poco mayores; la alimentación era,
por lo tanto, más sana y más abundante. Pero desde que los azogues han
comenzado a bajar ... no sé por qué causa (_aquí bajó la voz y tosió_),
el salario, como es natural, sufrió igualmente una baja considerable.
Han llegado al _mínimum_. Con lo que hoy ganan los mineros no se mueren
materialmente de hambre en un día o en un mes; pero al cabo de cuatro o
cinco años, sí. La mayor parte de los que aquí sucumben son víctimas, en
realidad, del hambre. Bien alimentados podrían resistir el
hidrargirismo. Además, como los salarios son tan insuficientes, se ven
precisados a dedicar a sus hijos, cuando apenas tienen ocho o diez años,
a estos trabajos peligrosos (porque todos lo son cuando se anda sobre
mercurio). Los niños, por su menor resistencia orgánica, son los que
primero se intoxican. Perecen muchos, y los que consiguen salvar, a los
veinte años son viejos....
Las damas y los pocos caballeros que con ellas habían venido, le
escuchaban con atención y con pena. Jamás habían visto un cuadro tan
espantoso. El trabajo, que es por sí un castigo, aquí se complicaba con
el envenenamiento. Y con el corazón enternecido, llenas de buen deseo,
proponían medios para aliviar a aquellos desgraciados. Unas pretendían
que debía fundarse un buen hospital; otras hablaban de una tienda-asilo
donde los obreros encontrasen los alimentos más baratos; otras aspiraban
a que se prohibiese trabajar a los niños; otras a que los operarios
trabajasen una horita al día nada más.
El médico sacudía la cabeza sonriendo.
--Está muy bien eso: yo lo creo así también.... Pero vuelvo a decirles a
ustedes que entonces no sería un negocio.
Distribuyeron algunas monedas entre los enfermos, visitaron la capilla,
donde dejaron también algún dinero para hacer un traje nuevo al niño
Jesús. Al fin abandonaron aquel recinto lóbrego. Al respirar el aire
fresco sintieron una alegría que no procuraron disimular. Hablando y
riendo fueron a juntarse con el resto de la comitiva.
Los ingenieros explicaban a Salabert un nuevo método de destilación que
podía introducirse, con el cual no sólo se elevaría enormemente la
producción, sino que podría utilizarse el _vacisco_, o sea la parte
menuda del mineral. Se trataba de unos condensadores formados de cámaras
de ladrillos, de paredes delgadas en el primer trozo de recorrido de los
humos y de cámaras de madera y cristal en lo restante hasta la chimenea.
El horno con ellos podía estar encendido y en marcha constantemente.
Escuchábales el duque con atención, tomaba notas, hacía objeciones,
procurando ponerse al corriente de aquel negocio, en el cual su fina
nariz olfateaba cuantiosas ganancias. Al llegar las damas quiso ser
galante; suspendió la plática.
--¿Cómo van mis enfermos, señoras? No han tenido hoy poca suerte--les
dijo.
--Mal, duque, mal.... El hospital deja mucho que desear....
Y aquellas damas se pusieron todas a lamentarse de las deficiencias que
ofrecía el asilo, a pintarlo con negros colores, a proponer reformas en
él para dejarlo confortable.
El duque las escuchaba con risueña indiferencia, con la atención un poco
burlona que se presta a un niño mimoso.
--Bien, bien; ya arreglaremos eso; pero antes déjenme ustedes poner el
negocio en marcha, ¿verdad Regnault?
El ingeniero asintió con la cabeza, sonriendo también con galantería.
--Además es necesario, duque, que los operarios trabajen menos
horas--dijo la condesa de la Cebal.
--Y que se les aumenten los jornales--manifestó Lola Madariaga.
--Y que se hagan casas para ellos en Villalegre--añadió la marquesa de
Fonfría.
--¡Oh! ¡oh! ¡oh!--exclamó el duque soltando una sonora y bárbara
carcajada como las de los héroes de la Iliada--. ¿Y por qué no les hemos
de traer a Gayarre y a la Tosti para recrearles por las noches? Deben
ser muy aburridas aquí las noches.
Las damas sonrieron avergonzadas.
--Vamos, duque, no bromee usted, que la cosa es seria--dijo la condesa
de la Cebal.
--¡Y tan seria, condesa! ¡Como que me ha costado ya quince millones de
pesetas! ¿Le parecen a usted poco serios estos millones?
Las señoras le contemplaron con admiración, fascinadas por el caudal
enorme que aquel hombre manejaba.
--¿Pero a esos millones no piensa usted sacarles un rédito?--dijo Lola
que presumía de entender algo de negocios.
El duque volvió a soltar otra carcajada.
--No, señora, no, ¡qué rédito! Pienso dejarlos aquí para el primero que
pase.
Y poniéndose grave de pronto:
--¿Quién diablos les ha metido por la cabeza esas ideas? Crean ustedes,
señoras, que lo que hace aquí falta ¡pero mucha falta! es moralidad.
Moralicen ustedes al obrero y todos estos estragos que ustedes han visto
desaparecerán. Que no beban, que no jueguen, que no malgasten el jornal,
y esos efectos del mercurio no serán para ellos funestos.... Pero, claro
está--añadió volviéndose hacia los caballeros que se habían acercado--:
¿cómo ha de resistir en la mina un cuerpo que en vez de alimento, sea el
que sea, tiene dentro un jarro de aguardiente amílico? Estoy convencido
de que la mayor parte de las enfermedades que aquí hay son borracheras
crónicas. Sepan ustedes, señores, que en Riosa se desconoce por
completo el ahorro ... ¡el ahorro! sin el cual "no es posible el
bienestar ni la prosperidad de un país...."
Esta frase la había oído el duque muchas veces en el Senado. La repitió
con énfasis y convencimiento.
--Pero duque, ¿cómo quiere usted que ahorren con una o dos pesetas de
jornal?--se atrevió a apuntar la condesa de la Cebal.
--Perfectamente, condesa. El ahorro es ante todo una idea (_esto lo
había oído a un economista amigo suyo_), la idea de separar algo del
goce de hoy para evitarse el dolor de mañana. Dos pesetas para un obrero
son lo mismo que dos mil para usted. ¿No puede usted separar algo de las
dos mil? Pues ellos pueden de igual modo separar algo de las dos.
Considere usted que se trata de quince céntimos, de diez ... aunque sean
cinco céntimos. La cuestión es ahorrar algo. El que ahorra algo está
salvado.
--¡Oh Dios mío!--exclamó por lo bajo la condesa dando un suspiro--. Lo
que yo no comprendo es cómo se puede vivir con dos pesetas, cuanto más
ahorrar.
Los ingenieros les invitaron a visitar su sala de estudio y laboratorio.
En éste había un magnífico microscopio, que fué lo que les llamó la
atención. El médico era quien más lo manejaba por dedicarse con mucha
afición a los trabajos de histología. El director le invitó a que
mostrase a aquellos señores algunas de sus preparaciones. Vieron una
porción de diatomeas: las señoras se entusiasmaron con sus
caprichosísimas formas. También vieron el gusano que había concluído con
el célebre puente de Milán. No se cansaban de admirarse de que un bicho
tan pequeñísimo pudiese demoler una fábrica tan inmensa.
--Calculen ustedes los millones de estos seres que habrán tenido que
trabajar en la demolición--dijo un ingeniero.
Quiroga (que así se llamaba el médico) concluyó mostrándoles una gota de
agua. Uno por uno todos fueron contemplando el mundo invisible que
dentro de ella existe.
--Veo un animal mayor que los otros--manifestó el duque, aplicando con
afán uno de sus grandes ojos saltones al agujerito del aparato.
--Observará usted que delante de él todos los demás huyen--dijo el
médico.
--Es cierto.
--Ese animal se llama el _rotífero_. Es el tiburón de la gota de agua.
--Aguarde usted un poco.... Me parece que ahora se oculta detrás de una
cosa así como algas....
--Algas se pueden llamar en efecto. Quizá se ponga ahí para acechar una
presa.
--¡Sí, sí! ¡Ahora se arroja sobre otro bicho más pequeño!... El bicho
desapareció; sin duda se lo ha comido.
El duque levantó su rostro, radiante de satisfacción, por haber tenido
ocasión de observar aquella tragedia curiosa.
Quiroga fijó en él sus ojos atrevidos, y dijo con su eterna sonrisa
irónica:
--Es la historia de siempre. En la gota de agua, como en el mar, como
en todas partes, el pez grande se traga al chico.
La sonrisa del duque se apagó. Dirigió una mirada oblicua al médico, que
no apartó la suya fija y misteriosa, y dijo bruscamente:
--Creo, señoras, que deben ustedes ir aburridas de ciencia. Es hora de
almorzar.
El gran atractivo de la excursión, el que había arrancado a casi toda
aquella gente de sus palacios para trasladarla a región tan áspera y
triste, era un proyectado almuerzo en el fondo de la mina. Cuando
Clementina lo anunció a los tertulios en uno de sus tresillos, hubo una
verdadera explosión de entusiasmo--. "¡Qué cosa tan original!... ¡Qué
extraño!... ¡Qué hermoso!" Las damas, sobre todo, mostraban deseo tan
vivo, que bien parecía antojo. A una indicación del duque, todas se
proveyeron de magníficos impermeables y botinas altas, pues la mina
destilaba agua por muchos sitios y formaba charcos. Sin embargo, la
noche anterior, ante la proximidad del suceso, muchas, atemorizadas,
habían desistido. El duque se vió precisado a dar órdenes para que se
sirviese el almuerzo en la dirección y en la mina. Las valientes que
persistían en bajar, no pasaban de ocho o diez.
Toda la comitiva se dirigió a una de las bocas de la mina llamada "Pozo
de San Jenaro". Cerca de este pozo hay un edificio destinado a la
inspección y al peso, donde las damas y los caballeros cambiaron de
calzado y se pusieron los impermeables. Al verlos de aquel modo
ataviados, un estremecimiento de anhelo y de entusiasmo corrió por el
resto de los excursionistas. Acometidas súbito de una ráfaga de valor,
casi todas las damas declararon que estaban dispuestas a bajar con sus
compañeras. Fué necesario enviar inmediatamente a Villalegre por los
impermeables.
La jaula, movida por vapor, estaba preparada para recibir a los ilustres
expedicionarios. Constaba de dos pisos, en cada uno de los cuales cabían
ocho personas en pie. Se la había tapizado con franela y se le habían
añadido algunas argollas de bronce para sujetarse. Acomodáronse en ella
el director, el duque y las damas valientes que no habían vacilado
nunca, para bajar los primeros. Dióse orden al maquinista para que el
descenso fuese lento. La jaula se estremeció subiendo y bajando algunos
centímetros con rapidez. De pronto se sumergió de golpe en el agujero.
Las señoras ahogaron un grito y quedaron mudas y pálidas. Las paredes
del agujero eran sombrías, desiguales y destilaban agua. En cada
departamento de la jaula un minero sujetaba, con su mano trémula de
modorro, una lámpara. Todos, menos el director y los mineros avezados a
subir y bajar, sentían cierta ansiedad en el estómago. Un vago terror
les imposibilitaba de hablar y les crispaba las manos con que se
agarraban a las argollas.
--El primer piso--dijo el director al pasar por delante de una abertura
negra.
Nadie hizo observación alguna. Aquella suspensión en el abismo, en lo
desconocido, paralizaba su lengua y hasta su pensamiento.
--El segundo piso--volvió a decir el director al cruzar rápidamente otro
agujero negro.
Y así fué dando cuenta de todos hasta llegar al noveno. Allí percibieron
ruido de voces y vieron iluminada la abertura.
--Aquí es donde vamos a almorzar. Antes visitaremos el onceno para ver
los trabajos.
Después de pasar el décimo, gritó con toda su fuerza:
--¿Están echados los taquetes?
Se oyó una voz lejana en el fondo que decía:
--No.
--¡Echarlos ahora mismo!--gritó el director agitado.
--¡No puede ser!--respondieron de abajo.
--¡Cómo! ¡Cómo!... ¡Esos taquetes! ¡Echar esos taquetes!
Y con las mejillas inflamadas, agitado, convulso, gritaba como un
energúmeno mientras la jaula descendía lentamente.
Un frío glacial penetró en el corazón de todos. En el compartimiento de
arriba algunas damas lanzaban chillidos penetrantes. Las de abajo
gritaban también y se cogían con fuerza al brazo de los caballeros.
Algunas se desmayaron. Fué un momento de angustia indescriptible. Creían
llegado el fin de su vida.
Y el director no cesaba de gritar:
--¡Esos taquetes! ¡Esos taquetes!
Y las voces de abajo se oían cada vez menos distantes:
--¡No puede ser! ¡No puede ser!
Cuando ya se creían rodando por el abismo, la jaula se detuvo
tranquilamente. Oyeron unas frescas carcajadas y sus ojos espantados
miraron, a la trémula luz de los candiles, un grupo de mineros cuyos
rostros risueños cambiaron repentinamente de expresión reflejando el
temor y el asombro.
--¿Qué es eso? ¿Qué broma es ésta?--exclamó el director saltando furioso
de la jaula y dirigiéndose a ellos.
Los obreros se despojaron del sombrero respetuosamente. Uno de ellos,
sonriendo avergonzado, balbució:
--Perdone usted, señor director.... Creímos que eran compañeros y
queríamos darles un susto....
--¿No sabíais que bajábamos ahora nosotros?--volvió a decir con
irritación.
--Señor director, nosotros pensábamos que se detenían en el noveno,
donde han hecho preparativos estos días....
--¡Creíais, creíais!... Pues tened cuidado con creer estupideces.
El duque recobró el uso de la palabra.
--¡Sabéis, hijos míos, que gastáis unas bromas ligeras con vuestros
compañeros!... ¡Ponerles la muerte delante de los ojos!
--¡La muerte!--exclamó el minero que había hablado.
--No, señor duque--dijo el director--. Si no echan los taquetes nos
hubiéramos bañado hasta la cintura.
--¿Nada más?
--¿Le parece a usted poco meternos en agua sucia?
--Hombre, no era plato de gusto; pero al verle a usted tan agitado y
furioso, todos creímos en un peligro de muerte, ¿verdad, señoras?
Las damas se deshacían en exclamaciones, llorando unas, riendo otras. Se
prodigaron cuidados a dos que se habían desmayado, refrescándoles las
sienes con agua y haciéndoles aspirar el frasco de sales de la condesa
de Cotorraso. Volvieron por fin al sentido. Las demás se fueron calmando
felicitándose con alegría de haber escapado de aquel espantoso peligro,
pues no se resignaban a no haberlo pasado. Todas se proponían conmover a
sus amigas de Madrid con el relato de tan horrible aventura. Creíanse ya
heroínas de una novela de Julio Verne.
El espectáculo que se ofreció a su vista cuando tuvieron ojos para
contemplarlo era grandioso y fantástico. Inmensas galerías embovedadas
cruzándose en todas direcciones e iluminadas solamente por la pálida luz
de algunos candiles colgados a largos trechos. Y por aquellas galerías
discurriendo con tráfago incesante una muchedumbre de obreros, cuyas
gigantescas siluetas allá a lo lejos temblaban a la vacilante y tenue
luz que reinaba. Oíanse sus gritos unidos al chirrido de las
carretillas: parecían presa de un vértigo, como si tuvieran que cumplir
su labor misteriosa en plazo brevísimo. Las paredes de algunas galerías,
tapizadas con los cristales del mercurio, que en muchos puntos se
presentaba nativo, brillaban cual si fuesen de plata. Escuchábanse
detrás de aquellas paredes golpes sordos, acompasados. Por ciertas
aberturas que de trecho en trecho tenían, caminando algunos pasos en la
oscuridad, veíase al fin una cueva iluminada, donde cuatro o seis
hombres desgreñados y pálidos agujereaban el mineral con barrenos. A
poco que se reposasen, observábase en sus miembros el temblor
característico del mercurio.
Creíase uno transportado al hogar mismo de los gnomos, al centro de sus
trabajos profundos y misteriosos. El hombre roía aquella tierra con
esfuerzo incesante como un topo, llenándola de agujeros. Pero al
morderla se envenenaba. Sin ayuda de gato, los dioses se desembarazaban
perfectamente del ratón humano.
Lola Madariaga dió un grito penetrante que hizo volver la cabeza a
todos. Luego soltó una carcajada. Un hilito de agua que caía del techo
se le había introducido por el cuello. Hizo reir el suceso, pero sin
espontaneidad. En el fondo, todos experimentaban un vago temor, cierta
ansiedad que trataban de ocultarse. La jaula trajo de la superficie otro
montón de gente. La tercera vez llegó casi vacía. El resto de la
comitiva había optado por quedarse en el noveno piso: el trabajo de los
mineros no les interesaba. Los que habían descendido hasta allí también
sentían vivos deseos de encontrarse en paraje más cómodo. Preguntaban a
cada instante al director si aquello estaba seguro; si no había casos de
hundimientos.
--¡Oh, no!--decía el director sonriendo--. Los hundimientos son de las
minas particulares. Esta perteneció al Estado, y todo se hace con lujo
de seguridad.
--En ciertas minas donde yo he estado--apuntó un ingeniero--tenía que
ir una cuadrilla detrás de los mineros para desenterrarlos.
--¡Qué horror!--exclamaron a una voz todas las damas.
Acomodáronse al fin de nuevo en la jaula, y subieron al noveno piso.
Aquí la decoración era distinta. En este piso no se trabajaba hacía
tiempo. Habíase tomado en la galería más ancha un trozo; se había
cerrado, tillado y luego alfombrado. De suerte que parecía el salón de
un palacio. El techo y las paredes estaban tapizados con tela
impermeable, adornados con trofeos de minería. Veíase una mesa
espléndida en medio de él para cincuenta o más cubiertos. Estaba
profusamente iluminado por medio de grandes arañas con centenares de
bujías. Se habían prodigado, en suma, todos los refinamientos del lujo y
la elegancia en aquel recinto. De tal modo, que una vez dentro de él
costaba trabajo representarse que se estaba en el fondo de una mina, a
trescientos metros de la superficie.
Los convidados se sentaron en medio de una agitación entre placentera y
angustiosa, que se revelaba en sus caras risueñas y pálidas a la vez.
Los criados, correctamente vestidos, ocupaban sus puestos como si se
hallasen en el palacio de Requena. Al empezar el servicio del primer
plato, la orquesta, que estaba oculta en una de las galerías contiguas,
empezó a tocar un precioso vals, cuyos sones, amortiguados por la
distancia, llegaban dulces y halagüeños. Las damas, con las manos
trémulas, los ojos brillantes, murmuraban a cada instante--: "Qué
original es todo esto!... ¡Cuánto me alegro de haber venido!... Ha sido
un capricho magnífico el de Clementina". Y todas procuraban encontrar el
equilibrio de espíritu charlando de cosas indiferentes. Mas no lo
lograban. La idea de tener encima tanta tierra pesaba sobre su
pensamiento y lo turbaba. Con algunos hombres pasaba lo mismo. Otros
estaban perfectamente serenos. Entre éstos, el que menos pensaba en su
situación corporal era, sin duda, Raimundo, absorto por completo en la
que ocupaba moralmente. Clementina, a despecho de su amor y de sus
promesas, no dejaba de coquetear con Escosura. Estaban sentados en dos
sillas contiguas, frente al asiento que él ocupaba. Veíalos charlar
animadamente, reir a cada momento: veíale a él rendido, obsequioso,
prodigándola mil atenciones galantes; a ella complacida, risueña,
aceptando con gratitud sus finezas. Y aunque de vez en cuando le clavaba
una larga mirada amorosa para indemnizarle, Raimundo la consideraba como
una limosna, el mendrugo que se arroja a un pobre para que no se muera
de hambre. ¡Qué le importaba a él en aquel instante hallarse en la
superficie o en el centro de la tierra, ni aun que ésta se hundiese y le
aplastase como un insecto!
Otro que tampoco se preocupaba poco ni mucho con la situación geográfica
era Ramoncito, aunque por contrario modo. Esperancita estaba con él
amabilísima, tal vez porque creyera con ello guardar mejor la ausencia a
su prometido Pepe Castro. El concejal, ebrio, loco de alegría, no se
apartaba de ella ni un milímetro más de lo que exige la decencia. _Pio,
feliz, triunfador_, dirigía de vez en cuando al concurso vagas miradas
de piedad y condescendencia. Y cuando sus ojos tropezaban con la faz
rentística de Calderón, se enternecía visiblemente y le costaba ya
trabajo no llamarle papá.
A medida que el almuerzo avanzaba, la tierra pesaba menos sobre ellos.
Los ricos vinos enardecían su sangre, la charla los animaba. Todo el
mundo se olvidaba de la mina, creyéndose, como otras veces, en algún
comedor aristocrático. Rafael Alcántara se divertía en emborrachar a
Peñalver. Animado por la risa de sus compañeros, que le contemplaban,
hacía lo posible por burlarse del filósofo, tuteándole en voz alta,
guiñando el ojo a sus amigos cada vez que profería una cuchufleta,
abusando, en fin, groseramente del carácter benévolo y la inocencia del
insigne pensador. Era el encargado de vengar a todos aquellos ilustres
_culoteadores_ de pipas, de las altas dotes intelectuales que toda
España reconocía en Peñalver.
Al llegar los postres levantóse a brindar Escosura. A éste le respetaban
algo más los salvajes por su corpulencia, por su carácter fogoso y sobre
todo por su dinero. Presumía de orador tribunicio. Con voz potente y
campanuda hizo el panegírico del duque, a quien llamó "genio financiero"
unas cuantas veces. Habló del trabajo, del capital, de la producción,
pasando en seguida a la política, que era su fuerte. Escosura no vivía
hacía tiempo más que para la política. Desde el fondo de aquella galería
subterránea dirigió terribles dardos contra el presidente del Consejo de
ministros, que no le había dado una cartera en la última crisis.
Salabert contestó con palabra estropajosa dando las gracias, echándose
por los suelos. Para llegar al puesto que ocupaba no tenía otros méritos
que el trabajo y la honradez. (_Murmullos de aprobación._) La nación, el
soberano, al ennoblecerle a él había ennoblecido a un hijo del trabajo.
Luchando toda su vida contra infinitos obstáculos había logrado reunir
un puñado de oro. Este oro le servía ahora para alimentar a algunos
miles de obreros. Era su mayor satisfacción. (_Aplausos._) Brindaba por
las hermosas damas que con tal valentía habían llegado hasta aquel
agujero, dejando en él un perfume de caridad y alegría que no se
borraría jamás del corazón de los mineros.
En aquel instante, al destaparse algunas botellas de _champagne_, se
oyeron en la mina algunas detonaciones estruendosas que hicieron
empalidecer a los comensales.
--No hay que asustarse--dijo el director--. Son los barrenos. Ha llegado
la hora de darlos.
Momento grandioso e imponente a la verdad. El estrépito de cada uno,
centuplicado por los mil ecos y resonancias que las galerías producían,
no podía menos de infundir alguna chispa de pavor hasta en el corazón de
los más bravos. Todos guardaron silencio. Por algunos segundos
escucharon con recogimiento y ansiedad aquellos ecos formidables que
hacían retemblar la tierra. La mesa se estremecía y el cristal de la
vajilla y el de las arañas cantaban con agudo repiqueteo.
En tal momento se alzó de su silla el médico de las minas, y después de
pasear su negra mirada agresiva por los comensales, alzó una copa y
dijo:
--El egregio duque de Requena nos acaba de decir, con una modestia que
le honra, que el secreto de su fortuna estaba simplemente en el trabajo
y la honradez. Permitidme que lo dude. El señor duque de Requena
representa algo más que estas cualidades vulgares; representa la fuerza
¡la fuerza!, único sostén del Universo. Esta fuerza está repartida
desigualmente entre los organismos. A unos les ha tocado una parte
mayor, a otros menor. Y en esta batalla incesante que sostienen los unos
contra los otros perecen los más débiles; se salvan los más aptos y los
más fuertes. Adoremos, pues, en nuestro ilustre anfitrión, a la fuerza.
Merced a esta fuerza de que la Naturaleza le ha dotado, ha podido
someter y aprovechar el esfuerzo particular de millares de hombres que
inconscientemente sirven a sus planes. Merced a esta fuerza ha podido
reunir su inmenso capital. Al tender la vista por esta distinguida
asamblea, observo con júbilo que todos los que la componen han sido
dotados también de una buena parte de esta fuerza nativa o acumulada por
la herencia. Por ello les felicito con toda mi alma. Lo esencial en este
mundo que habitamos es nacer aptos para la lucha. Para no ser aplastados
es menester aplastar. Y yo me felicito, repito, de encontrarme entre los
elegidos de los dioses, aquellos que su providencia ha marcado con el
sello de la felicidad....
--Oye, chica--dijo Pepa Frías acercando su boca al oído de
Clementina:--esto parece el brindis de Mefistófeles.
Clementina sonrió ligeramente.
En efecto, en el rostro pálido y fino del médico, en sus cabellos negros
y revueltos, y sobre todo en sus ojos que, aunque pretendían aparecer
inocentes, estaban cargados de ironía, había algo de mefistofélico.
--En todos los tiempos ha existido en una u otra forma la esclavitud. Ha
habido hombres destinados a vivir en el refinamiento de los goces
espirituales, en el cultivo de las artes, en el lujo y la elegancia, en
los placeres que proporciona el comercio entre personas inteligentes y
cultas, y otros hombres también dedicados a proporcionarles los medios
necesarios para vivir de tal modo con un trabajo rudo y doloroso. Los
parias trabajaban para los bramanes, los ilotas para los espartanos, los
esclavos para los romanos, los siervos para los señores feudales. ¿Y hoy
no sucede lo mismo? ¿Qué importa que en las leyes esté abolida la
esclavitud? Los que trabajan en el fondo de esta mina y absorben el
veneno que les mata, si no son esclavos por la ley lo son por el hambre.
El resultado es idéntico. Es ley de la naturaleza, y por lo tanto santa
y respetable, que para que unos gocen padezcan otros.... Vosotras,
hermosas señoras, sois las herederas de aquellas ilustres damas romanas
que enviaban a estas minas sus esclavos a arrancar el bermellón para
embellecer su rostro, y de aquellas otras árabes que lo hacían traer
para decorar sus minaretes en los alcázares de Córdoba y Sevilla. Por
vosotras brindo, pues, embargada el alma de admiración y respeto, como
representantes en la tierra de lo que hay en ella más sublime, el amor,
la belleza, la alegría.
El brindis, aunque galante, pareció estrambótico.
Algunos de los más avisados murmuraron. Creció la hostilidad que contra
el joven médico existía. Hubo quien dijo por lo bajo que aquel quídam
había querido "quedarse con ellos".
Rafael Alcántara tuvo conatos de decirle alguna frase provocativa; pero
advirtió en sus ojos que no la soltaría sin proporcionarse un serio
disgusto y prefirió quedarse con ella en el cuerpo. Las damas le miraron
con más benevolencia. Le encontraban muy original.
De todos modos el brindis produjo cierta penosa impresión que no logró
desvanecer Fuentes, aunque soltó el chorro de sus paradojas más
graciosas.
--Señoras, yo no brindo--decía a las que tenía cerca--, porque no soy
orador. Espero que pronto será esto una distinción honorífica en España;
que no tardará en decirse con respeto al pasar un individuo por la
calle: "Ese no es orador", como ya se dice: "Ese no tiene la gran cruz
de Isabel la Católica...."
Las damas reían y celebraban los chistes. Pero en el fondo, sea por el
discurso del médico o porque la mina volviera a inspirarles temor,
sentíase un vago malestar. Todos los ojos brillaron con alegría cuando
se anunció que la jaula les esperaba. Los últimos que ascendieron oyeron
poco después de comenzar la ascensión un canto lejano que rápidamente se
fué aproximando, sonó muy cerca de ellos como si cantaran a su lado y
rápidamente también se alejó perdiéndose allá en el fondo sin que
hubiesen visto a nadie. Fué de un efecto fantástico. Lo que oyeron era
una playera andaluza cuya letra decía:
Río arriba, río arriba,
nunca el agua subirá;
que en el mundo, río abajo,
río abajo todo va.
Un ingeniero manifestó con indiferencia:
--Es una cuadrilla de mineros que baja en la jaula que sirve de
contrapeso a ésta.
--¡Lo ve usted, condesa!--exclamó Salabert en tono triunfal dirigiéndose
a la condesa de la Cebal--. Cuando tienen humor para cantar, no serán
tan desgraciados como usted supone.
La condesa calló un instante, y dijo al cabo sonriendo tristemente:
--La copla no es muy alegre, duque.
Esto se hablaba en el compartimiento superior. En el inferior, Escosura
decía con tono desdeñoso al director de las minas:
--¿Sabe usted que ese jovencito médico ha estado bastante imprudente al
emitir sus ideas materialistas?
--Materialista no sé si es. Lo que hace gala de ser, y por eso le adoran
los operarios, es socialista.
--¡Peor que peor!
--La verdad es--dijo Peñalver dando un suspiro--que del fondo de una
mina se sale siempre un poco socialista.
A las nueve de la noche, después de comer en Villalegre, partió el tren
especial que debía conducirlos a Madrid. Todos volvían muy contentos de
la excursión. Esperaban extasiar a sus amigos con el relato del banquete
subterráneo. El único que padecía entre ellos era Raimundo. Las
alternativas de alegría y dolor por que Clementina le hacía pasar con su
coquetería le tenían destrozado el corazón.
Ultimamente, viéndole tan triste, tan fatigado, la hermosa había tenido
piedad, le había hecho sentar a su lado en el coche, y sin escándalo del
concurso (porque estaban curados de espantos) había charlado casi toda
la noche con él y al fin se había dormido dejando caer la cabeza sobre
su hombro.
Aunque el tren arrastraba un _sleeping-car_, pocos habían hecho uso de
él. La mayor parte prefirió quedarse en los salones de tertulia. Sólo al
amanecer, el sueño los fué rindiendo a todos y se quedaron transpuestos
en su asiento adoptando posturas caprichosas, algunas de ellas poco
estéticas.
Ramoncito Maldonado estaba en el pináculo de su gloria y fortuna.
Esperancita, a juzgar por todas las apariencias, le amaba. Encontrábase
despegado, por decirlo así, de la tierra, no sólo a causa de la
elevación natural de su alma, sino por la voluptuosidad del triunfo. Su
faz municipal resplandecía como la de un dios. ¡Atrás para siempre todas
las luchas, todos los obstáculos que amargaran su preciosa existencia
hasta entonces! Exento para siempre de la servidumbre del dolor, como
los inmortales, gozaba sereno, majestuoso, de su apoteosis.
También se había sentado al lado de la amada de su heroico corazón, y le
habló durante algunas horas, con dulce sosiego, de las jacas inglesas y
de las grandes batallas que a la sazón se libraban en el seno de la
corporación municipal, en las cuales él tomaba una parte tan activa.
Hasta que, mecida por aquella plática suave, insinuante, la cándida niña
quedó dulcemente dormida con la cabeza reclinada en el almohadón.
Ramoncito Maldonado velaba. Velaba y meditaba en su suerte feliz. La
aurora divina, escalando las alturas de la sierra lejana, cruzando con
vuelo raudo la llanura, levantaba con sus rosados dedos las cortinillas
del carruaje y esparcía una tenue y discreta claridad, sin que él
hubiese dejado de pensar en su dicha.
Esperancita abrió los ojos y le dirigió una tierna sonrisa de amor, que
hizo vibrar hasta las últimas cuerdas de su alma poética.
La alondra cantó en aquel instante. Entonces, en Ramoncito, el dios se
fué separando cada vez más del hombre. Ebrio de amor y felicidad
también, cantó en el oído de la niña, con voz temblorosa, una porción de
frases incoherentes, hijas de su locura divina. La niña cerró los ojos
para escuchar mejor aquella música armoniosa....
Cuando hubo agotado los superlativos del diccionario para pintar su
amor, el sublime concejal quiso terminar su obra de seducción
desplegando ante la hermosa todas las grandezas que podía
proporcionarle, como hizo Satanás con Jesús. "Era hijo único: sus padres
tenían ciento diez mil reales de renta: en las próximas elecciones a
diputados a Cortes se presentaría candidato por Navalperal, donde tenía
familia y hacienda, y saldría con poco que el Gobierno le ayudase: como
el partido conservador estaba necesitado de jóvenes de valer, creía que
en breve plazo podría ser subsecretario: y ¡quién sabe! acaso más tarde,
en una combinación, podría obtener siquiera la cartera de Ultramar...."
La niña escuchaba siempre con los ojos cerrados. Ramoncito, cada vez más
inflamado, al terminar esta brillante enumeración se inclinó hacia su
adorada y le preguntó en voz baja y conmovida:
--¿Me quieres, preciosa, me quieres?
La niña no contestó.
--¿Me quieres? ¿me quieres?--volvió a preguntar.
Esperancita, sin abrir los ojos, respondió al fin secamente:
--No.