#Matinée religiosa.#
Pocos días después, a las once de la mañana de un viernes de Cuaresma,
el salvaje más elegante de Madrid salía de un sueño tranquilo y profundo
con el firme propósito de casarse con la hija de Calderón. Abrió los
ojos, los paseó por los adornos hípicos que colgaban de las paredes de
su cuarto, se desperezó con elegancia, bebió un vaso de limón que tenía
sobre la mesa de noche y se preparó a levantarse. No afirmaremos que el
mencionado propósito viniese a su espíritu durante el sueño; pero es
innegable que debió de operarse en él una misteriosa labor que lo
favoreció sensiblemente. Porque en el momento de acostarse, Castro sólo
pensaba vagamente en esta unión provechosa. Al abrir los ojos, su
decisión de lograr la mano de Esperancita por cuantos medios estuviese a
su alcance era ya irrevocable. Felicitemos, pues, de todo corazón a la
afortunada niña y sigamos atentamente al noble salvaje en la tarea de
perfeccionar la obra primorosa que la Naturaleza había llevado a cabo al
crearle.
El criado tenía ya el baño dispuesto. Después de dar un vistazo al
espejo para observar el semblante del día, esto es, el suyo, cogió unas
bolas de hierro e hizo con ellas algunos movimientos. Tomó un florete y
se tiró a fondo unas cuantas veces. En seguida aplicó unas docenas de
puñetazos rectos sobre la almohadilla de un dinamómetro. Hecho lo cual
creyó llegado el instante de meterse en el agua. Dentro de ella se
hallaba aún cuando apareció en la habitación, sin previo anuncio, Manolo
Dávalos.
--Pepe, tengo que hablarte de una cosa muy seria--, dijo el lunático
marqués, con aparato de misterio, los ojos más extraviados que nunca.
--Aguarda un poco: déjame salir del baño.
--Sal pronto, que corre prisa.
El marquesito se levantó de la silla donde se había sentado y comenzó a
dar vueltas por la estancia con cierta agitación estrambótica, a la cual
ya estaban acostumbrados sus amigos. No podía estarse quieto cinco
minutos. Si cualquiera hiciese al cabo del día la mitad de movimientos
que él, caería rendido antes de llegar la noche. Castro seguía sus
movimientos con ojos burlones y desdeñosos. Pero estos ojos se tornaron
serios e inquietos al ver que su amigo se acercaba a la mesa de noche y
se ponía a jugar con un precioso revólver que allí tenía.
--Mira que está cargado, Manolo.
--Ya lo veo, ya--respondió éste sonriendo; y volviéndose de pronto:
--¿Qué dirían en Madrid, si yo te matase ahora de un tiro?
Pepe Castro sintió cierto hormigueo en la espalda, que no era producido
solamente por el agua, y rió de un modo extraño.
--Y que, hoy por hoy, lo podría hacer impunemente--siguió muy risueño el
marqués--. Porque como todos dicen que estoy loco....
--¡Je, je!
El tenorio volvió a reir como el conejo. No era cobarde: al contrario,
tenía fama de quisquilloso y espadachín: pero, como casi todos los
valientes, necesitaba público. La perspectiva de una muerte oscura a
manos de un loco, no le hizo maldita la gracia. Los ejemplos de Séneca,
Marat, y otros hombres notables que murieron violentamente en el baño,
no lograron darla ninguna amenidad, quizá porque no tuviese noticia de
ellos. El marqués avanzó con el revólver amartillado, diciéndole:
--¿Qué dirían en Madrid? ¿eh? ¿qué dirían?
Castro se sitió penetrado de frío como si estuviese metido entre hielo y
no en agua tibia. Pero tuvo aún serenidad para gritarle:
--¡Deja ese revólver, Manolo! Si no lo dejas no vuelves a ver en tu vida
a Amparo.
--¿Por qué?--preguntó aquél bajando el arma con el desconsuelo pintado
en los ojos.
--Porque yo no quiero; porque la aconsejaré que no te deje entrar más en
su casa....
--Bueno, hombre, no te incomodes.... Ha sido una broma--replicó
apresurándose a colocar el revólver en su sitio.
Castro salió al instante del baño. Lo primero que hizo, cuando estuvo
envuelto en el capuchón turco con que se secaba, fué coger el revólver y
guardarlo bajo llave. Tranquilo ya, pero irritado por el susto que su
majadero amigo le había dado, comenzó a hablarle en tono malhumorado y
despreciativo, mientras delante del espejo prodigaba a su bella figura,
con el respeto debido, todos los cuidados a que era acreedora.
--Vamos a ver, hombre, desembucha ese secreto.... Será una gansada de
las que tú acostumbras.... Desengáñate, Manolo, que tú ya no estás para
salir a la calle. Debes ponerte en cura--decía mientras se frotaba los
brazos con una pomada olorosa que había tomado de la batería de tarros y
frascos de todos tamaños que tenía delante.
El marqués echó mano al bolsillo, y sacando la cartera y de ella un
billetito de mujer, dijo con no poca solemnidad:
--Amparo me acaba de escribir esta carta. Deseo que te enteres de ella.
Pepe no volvió siquiera los ojos para mirar el documento que su amigo le
exhibía. Absorto en la tarea de atusarse el bigote con un cepillito de
barba, repuso en tono distraído:
--¿Y qué dice la Amparo?
El marqués le miró sorprendido de la poca importancia que daba a aquella
preciosa misiva.
--¿Quieres que te la lea?
--Si no es muy larga....
Manolo la desdobló con el mismo cuidado y respeto que si fuese un
autógrafo de Santa Teresa de Jesús y leyó con voz conmovida:
"Mi queridísimo Manolo: Hazme el favor de mandarme por el dador dos mil
pesetas que necesito con urgencia. Si ahora no las tienes, no dejes de
traérmelas esta tarde a casa. Tuya de corazón siempre:
"AMPARO."
--¡Sopla! ¡Qué voracidad la de esa chica! ¿No tiene bastante con el
bolsillo de Salabert? Supongo que no se las habrás mandado.
--No.
--Has hecho bien.
--Es que no las tenía. Precisamente para ver si tú puedes facilitármelas
es para lo que he venido.
Castro se volvió hacia él y le contempló unos momentos entre irritado y
sorprendido. Tornando luego la vista al espejo, dijo con calma
despreciativa:
--Querido Manolo; eres un melón de gran tamaño. Estoy seguro de que si
heredases ahora a tu tía, entregarías la herencia a la Amparito para que
la engullese como ha hecho con la de tus papás.
Manolo se enfureció al oir esto. Defendió con energía a su ex querida.
No era ella, no, quien le había arruinado, sino los tunos de los
mayordomos. Amparo era una chica de excelentes condiciones para ama de
casa, un portento de arreglo doméstico: al mismo tiempo generosa, capaz
de acomodarse a cualquier vida por el cariño, etc., etc.
El maníaco marqués se expresó con calor y elocuencia haciendo el
panegírico de su adorada.
--¿Sabes dónde está el mal de todo?--dijo sordamente después de larga
pausa--. En que mi familia me privó, sin razón, de casarme con ella.
¡Qué obstinación tan estúpida! Se empeñaban en que yo estaba
perdidamente enamorado de esa mujer. ¡Qué había de estar enamorado!...
Lo que yo quería era dar una madre a mis hijos, ¿sabes? Nada más que
eso. Ellos hubieran sido felices y yo también.
Pepe Castro se volvió estupefacto. Por las pálidas mejillas del marqués
rodaban algunas lágrimas de enternecimiento. Hizo un mohín de lástima y
siguió arreglándose los bigotes. Al cabo de unos momentos de silencio,
dijo:
--Dispensa, chico. No tengo esas dos mil pesetas; pero aunque las
tuviera puedes estar seguro de que me guardaría de dártelas si las ibas
a emplear como dices.
El marqués permaneció silencioso y comenzó a pasear de través por el
espacioso dormitorio.
--¿A quién me aconsejas que se las pida?--dijo parándose de pronto.
--A Salabert--respondió Castro sonriendo burlonamente al espejo.
Manolito se encrespó terriblemente al oirlo; sus ojos llamearon
siniestramente; se dirigió frenético, agitando los puños, hacia Pepe,
que se volvió hacia él y dió un paso atrás preparándose a rechazarle.
--¡Eso que me has dicho es una porquería! ¡Es una infamia que merece una
estocada o un tiro! Es una cobardía porque estás en tu casa....
Y se puso a crujir los dientes y a rodar los ojos que daba espanto
verle; pero no llegó a agredir a su amigo. Haciendo un esfuerzo supremo
por contenerse, desahogó su furor arrojando contra el suelo el sombrero,
de tal modo que lo destrozó. Castro quedó aturdido, hecho una estatua.
Mil veces había bromeado con él diciéndolo cosas mucho más fuertes,
verdaderas insolencias sin que jamás se le hubiese ocurrido enfadarse. Y
ahora, por una chanza sencillísima, montaba en cólera de aquel modo
extraño. Procuró calmarle con algunas palabras de disculpa: pero
Manolito no le escuchaba. Aunque desistió de la primera idea de
arrojarse sobre él, comenzó a pasear como una fiera enjaulada,
murmurando amenazas, moviendo los brazos y gesticulando vivamente. No
tardó en enternecerse, sin embargo.
--Nunca lo creyera de ti, Pepe--concluyó por decir con voz alterada--.
Nunca pensé que el mayor amigo que tengo me había de insultar, me había
de clavar el puñal hasta el pomo....
--¡Pero, hombre de Dios!...
--No me hables, Pepe.... Me has matado con una palabra.... Déjame
tranquilo.... Dios te perdone como yo te perdono.... Yo soy como un
conejo a quien hiere el cazador y corre a morir a su madriguera.... No
me hurgues más.... Déjame morir en paz.
Este símil del conejo le hizo tal impresión después de haberlo
proferido, que se dejó caer sollozando en una butaca. Al mismo tiempo le
acometió un fuerte golpe de tos, en el cual soltó por la boca una
cantidad prodigiosa de rails: pero la locomotora que tenía atravesada en
la garganta, por más esfuerzos que hizo, en manera alguna pudo
arrojarla. Castro le hizo beber una taza de tila con azahar.
Cuando el insensato marqués se fué al cabo, estaba aquél terminando el
aderezo de su persona. La cual salió a la calle correcta y severamente
vestida en traje de ceremonia diurna. Almorzó en Lhardy, dió una vuelta
por _Los Salvajes_, y a las tres de la tarde, poco más o menos, se
dirigió a casa de su tía la marquesa de Alcudia, sita en la calle de San
Mateo. Esta severísima señora era muy celosa de la religión como ya
sabemos. Lo mismo de su alcurnia, por no decir más. Castro era sobrino
segundo de ella, y aunque con su vida de calavera la había disgustado
bastante, siempre le había tratado con mucho afecto procurando atraerle
al buen camino. Para la marquesa, los timbres nobiliarios imprimían
carácter como el sacramento del orden. Por más vilezas que un hombre
hiciese, siempre era un noble, como un sacerdote es siempre un
sacerdote. En esta devota señora pensó Castro para que le secundase en
su empresa. Su instinto (que era mucho más admirable que su
inteligencia) le dijo que si la marquesa se encargase de casarle con la
niña de Calderón lo conseguiría seguramente. Era grande el prestigio que
tenía en la sociedad aristocrática: mayor aún entre los que estaban
agregados a ella por razón del dinero, como Calderón.
El palacio de Alcudia era una fábrica sombría levantada a principios del
siglo pasado. Un piso bajo con grandes ventanas enrejadas, otro piso
alto, y nada más; pero la casa ocupaba un perímetro inmenso y detrás
tenía un vasto jardín bastante descuidado. El portal era chato y poco
decoroso: la escalera de piedra toscamente labrada y gastada por el uso.
El difunto marqués estaba pensando en una reforma cuando lo arrebató la
muerte. Su viuda abandonó este proyecto, no tanto por avaricia, como por
el horror que le inspiraban toda clase de reformas aunque fuesen de cal
y canto. Por dentro, la mansión era suntuosa: los muebles antiguos y
riquísimos. Tapices de gran valor vestían las paredes, cuadros de los
mejores pintores antiguos adornaban las de algunas piezas, como el
despacho y el oratorio. Este era una maravilla de lujo. Ocupaba un
rincón de la planta baja, pero su techo era el del principal: tan
elevado por consiguiente como el de una iglesia. Tenía grandes ventanas
con cristales de colores como las catedrales góticas: estaba alfombrado
como un salón de baile; había una pequeña tribuna con su órgano: el
altar era primoroso, de gusto francés, y en medio se veía un magnífico
_Ecce-Homo_ de Morales. Era, en fin, una estancia agradable y elegante,
calentada por una gran estufa subterránea.
En el salón de familia estaban solas las chicas con la labor entre las
manos. La marquesa, según le dijeron, estaba en el despacho ocupada en
escribir cartas. Se dirigió allá después de bromear un instante con las
primas.
--¿Se puede, tía?
--Adelante.... ¡Ah! ¿eres tú, Pepe?--dijo la marquesa alzando los ojos y
mirándole por encima de las gafas que se había puesto para escribir.
--Si la interrumpo me voy. Quería celebrar con usted una
conferencia--dijo el galán sonriendo.
--Siéntate un instante. Estoy terminando una carta.
Acomodóse en un sillón, y mientras la tía Eugenia hacía crujir la pluma
con su mano seca y nerviosa, empezó a coordinar el exordio del discurso
que pensaba dirigirla. Aquélla dió a los pocos minutos un gran plumazo
estridente que debió corresponder a su rúbrica, y arrancándose vivamente
las gafas, dijo:
--Ya soy tuya, Pepe.
Este bajó los ojos al suelo en demanda, sin duda, de inspiración, se
atusó el bigote, tosió ligeramente y al fin dijo con acento solemne:
--Tía, no sé si es que Dios me ha tocado en el corazón o es que me voy
cansando de la vida que llevo; pero es lo cierto que de poco tiempo a
esta parte me acuerdo mucho de los consejos que me ha dado muchas veces,
que ando con deseos de formalizar, de romper con estos hábitos poco
dignos que la falta de un padre y, sobre todo, de una madre como usted
me han hecho adquirir. Friso ya en los treinta y me parece hora de
acordarse del nombre que llevo. Debo cumplir con él, y también con mi
cualidad de cristiano.... Porque en medio de mis excesos yo no me he
olvidado jamás de que pertenezco a una familia católica y que hoy en
España nuestra clase es la encargada de velar por la religión, dando
buen ejemplo como usted hace.... El medio mejor para favorecer este
cambio que siento en mi corazón es casarme....
No pudo el gallardo joven escoger mejor sus palabras para catequizar a
la tía Eugenia. Tan buena impresión le hicieron, que levantándose del
sillón vino a ponerle la mano sobre el hombro, exclamando:
--¡Cuánto me alegro, Pepito! ¡No sabes el placer que me has dado! ¡Y
dices que no sabes si Dios te ha tocado en el corazón! ¿Cómo había de
realizarse este cambio repentino en tu ser si Dios no lo moviese? Dios
ha sido, hijo mío, Dios ha sido, y un poco también la buena sangre que
tienes en las venas.... ¿Tienes escogida ya esposa?
El joven sonrió haciendo un signo afirmativo.
--¿Quién es?
--He pensado en Esperancita Calderón. ¿Qué le parece?
--Perfectamente. Es una niña muy bien educada, muy simpática: además yo
la quiero como una hija. Ya ves; ha sido siempre la amiga íntima de mi
Paz.... Has tenido una elección feliz....
Castro volvió a sonreír maliciosamente y repuso:
--Mire usted, tía, yo bien quisiera casarme con una mujer de nuestra
clase.... Pero usted bien sabe que estoy completamente arruinado.... Las
jóvenes de la nobleza, por desgracia, no suelen tener en el día fortuna.
Las que la tienen, no me querrán a mí que no puedo ofrecerles más que lo
que ellas poseen ya, esto es, un nombre. Por eso me he fijado en una que
carezca de él y tenga dinero.
--Está bien pensado. Aunque sea transigiendo un poco, debemos salvar
nuestros nombres de la ignominia.... Pero Esperanza es una niña
excelente. Se ha educado ya entre nosotros. Será una dama cumplida que
te honrará.
El bizarro joven no abandonaba aquella sonrisa de ironía maliciosa.
Guardó silencio un instante, y dijo al cabo:
--¿Sabe usted, tía, qué nombre damos entre nosotros al casarse de este
modo?
--¿Cómo?
--Tomar estiércol.
La marquesa sonrió con el borde de los labios; pero poniéndose grave en
seguida, replicó:
--No; aquí no se puede decir eso, Pepe. Te repito que esa niña merece un
partido brillante. El que va ganando en este asunto eres tú.... ¿Sois
novios ya? Hasta ahora no tengo noticia....
--No le he dicho nada aún.... Sé que no le soy antipático. Nos miramos
con buenos ojos; pero de relaciones, nada. Antes de pedírselas he
querido consultar con usted, la persona más caracterizada que hoy tengo
dentro de la familia en Madrid.
--Muy bien hecho. Has procedido dignamente. Cuando se trata de contraer
matrimonio, que al fin y al cabo es un sacramento de la Iglesia, hay que
guardar circunspección y formalidad. En otros tiempos mejores que éstos,
no se realizaba una boda entre nosotros sin escuchar antes la opinión de
los mayores. Te agradezco mucho la confianza que haces de mí, y desde
luego puedes contar con mi aprobación.
--¿Y con su ayuda puedo contar? Mire usted que temo que surjan algunas
dificultades por parte de su padre.... Es un hombre metalizado....
Francamente, no quisiera sufrir un desaire....
La marquesa quedó pensativa algunos instantes.
--Déjalo de mi cuenta. Haré lo posible por arreglarlo.... Pero es
necesario que me prometas no dar un paso sin consultarme. Es un negocio
diplomático que hay que llevar con prudencia y habilidad.
--Prometido, tía.
--Sobre todo, con la niña mucho cuidado.... No me la alarmes.
--Haré lo que usted me mande.
Pocos momentos después salían ambos del despacho y entraron en el salón,
donde ya había algunas personas de fuera. Durante la Cuaresma la
marquesa de Alcudia recibía a sus amigos en las tardes de los viernes,
dedicándose con ellos a la oración y a las prácticas religiosas. Estaban
allí ya la marquesa de Ujo y su hija, siempre con las sayas a media
pierna, el general Patiño, Lola Madariaga y su marido, Clementina
Salabert con su dama de compañía Pascuala y otras varias personas, entre
ellas el padre Ortega. Como en realidad a él le correspondían los
honores de la tarde y era el director de la fiesta, todos le rodeaban
formando grupo en medio del salón. Pero todos hablaban en voz más alta
que él. La palabra del ilustrado escolapio era siempre suave, apagada,
como si jamás saliese de la sala de un enfermo. Cuando él hablaba, sin
embargo, establecíase el silencio en el grupo, se le escuchaba con
placer y veneración. La marquesa, al acercarse, le besó la mano
rendidamente y le preguntó con interés por el catarro que hacía días
padecía.
--¿Pero está usted acatarrado, padre?--preguntaron a la vez muchas
señoras.
--Un poquito nada más--respondió el sacerdote sonriendo dulcemente.
--Un poquito, no; bastante. Ayer no cesaba usted de toser en San
José--dijo la marquesa.
Y se puso a dar cuenta de la dolencia del padre con solicitud y
minuciosidad, no omitiendo ningún pormenor que pudiese contribuir a
esclarecer tan importante punto. El clérigo sonreía, con los ojos en el
suelo, diciendo en voz baja:
--No la hagan ustedes caso. La señora marquesa es muy aprensiva. Verán
ustedes cómo resulto en último grado de tisis.
--Padre, hay que cuidarse ... hay que cuidarse.... Usted trabaja
demasiado.... Por el bien mismo de la religión debe usted cuidarse.
Todos se apresuraban a aconsejarle con afectuoso interés. Una señorita
de treinta y siete años, muy correosa y espiritada, que se confesaba con
él, llegó a decir entre burlas y veras:
--Padre, ¡qué sería de mí si usted se muriese!
Lo cual hizo reir a los circunstantes y pareció molestar un poco al
correcto sacerdote. La marquesa quiso prohibirle que pronunciase aquella
tarde la plática de costumbre; pero él se negó rotundamente a ello.
En esto fueron entrando otras muchas personas en el salón. Llegaron
Mariana Calderón y su hija Esperanza, los condes de Cotorraso, Pepa
Frías y su hija Irene. Esta última traía el semblante pálido y ojeroso:
como que salía de la cama donde había estado algunos días retenida por
una afección nerviosa. Ya que estuvo poblado, la marquesa les invitó a
pasar al oratorio y así lo hicieron. Las señoras se colocaron cerca del
altar, donde todas tenían preparados sendos y lujosos reclinatorios: los
caballeros permanecieron detrás y sólo tenían un almohadón de terciopelo
para arrodillarse. Comenzó la sesión rezando todos el Rosario detrás del
padre Ortega. Las señoras lo hicieron con una compostura y un
recogimiento que edificaba: las ebúrneas manos, donde los diamantes y
esmeraldas lanzaban destellos, cruzadas humildemente; la hermosa cabeza
hundida en el pecho. Estaban irresistibles. Aunque no fuese más que por
galantería, el Supremo Hacedor estaba obligado a concederles lo que
pedían. No era la menos humilde, la menos bella y edificante, Pepa
Frías. La mantilla negra iba admirablemente a sus cabellos rubios y a su
tez blanca y sonrosada. Lo mismo decimos de Clementina Salabert, que era
más esbelta, más delicada de facciones y que no le cedía nada en la
tersura y brillo de la tez. Aquellas actitudes lánguidas y artísticas
que las damas adoptaban, debían de estar destinadas a mover la Voluntad
Divina. Pero como un fin enteramente secundario también tenían por
objeto la edificación de los fieles salvajes que las contemplaban. Y si
por casualidad hubiese entre ellos algún librepensador ¡qué confusión y
vergüenza se apoderarían de su ánimo al ver que el Señor tenía de su
lado a lo más distinguido y elegante de la _high life_ madrileña!
Terminado el Rosario, dos de las más espirituales tertulianas subieron a
la pequeña tribuna acompañadas de un salvaje barítono y de otro que
tecleaba el piano y cantaron uno de los más preciosos números del
_Stabat Mater_ de Rosini. Al escucharles todas aquellas almas místicas
sintieron la nostalgia del teatro Real, de la Tosti y de Gayarre. Se
confesaron con dolor que si en el Paraíso celeste había tantos
inteligentes como en el de la plaza de Isabel II, la _pita_ que en aquel
instante estaban dando a sus amiguitos debía de ser monumental. A
seguida del canto vino la plática o conferencia del padre Ortega.
Acomodóse el sabio escolapio en un rico sillón de ébano y marfil en el
centro de la capilla. Rodeáronle las señoras sentadas en sillitas y
cojines; acercáronse los caballeros formando en segunda fila. Después de
meditar unos minutos para recoger las ideas, comenzó a exponer con voz
suave y palabra lenta y solemne algunas consideraciones acerca de la
familia cristiana. Ya sabemos que el padre Ortega era un sacerdote a la
altura de la civilización contemporánea. Al hablar de la familia estuvo
profundo y elocuente. Para el padre Ortega lo que constituía la familia
era el respeto y el amor a la tradición, el respeto y el amor a los
antepasados. "La familia es una tradición; tradición de glorias, de
nombres, de honores, de virtudes y de recuerdos; y todo eso significa
una misma cosa; amor, estimación y respeto a los mayores, es decir, a lo
más generoso y conservador que hay en la familia". Con este motivo el
conferenciante tronó contra la revolución, contra ese viento que sopla
del infierno para destruir todo lo antiguo y glorificar lo nuevo, contra
ese desprecio bárbaro de las costumbres, de las leyes, de las
instituciones, de las glorias de nuestros antepasados. "La revolución
lleva escrito en su bandera: _desprecio a los mayores_. ¿Cómo no, si las
creencias antiguas, las costumbres antiguas, las instituciones antiguas,
las aristocracias antiguas, a pesar de lo que en ellas, como en todo lo
humano, puede echarse de menos, representan el trabajo de nuestros
antepasados, la inteligencia, la gloria, el alma, la vida y el corazón
de nuestros padres? Y siendo así, ¿cómo la ciencia revolucionaria que
lanza sobre todas las cosas antiguas sus estúpidos desdenes, no había de
lanzar también sobre los antepasados sus groseros desprecios?" Un
principio de disolución de la familia es el ataque que se dirige por las
escuelas revolucionarias a la propiedad. Esta agresión no sólo es un
atentado directo contra la sociedad, sino que es un atentado todavía más
directo contra la familia. "La propiedad, la herencia y el patrimonio,
¿qué son sino el culto de los antepasados y el amor a los hijos? La
propiedad es el presente, el pasado y el porvenir de la familia; es el
lugar donde crece y se dilata en el tiempo; es el suelo que aseguraron
los abuelos que se van, puesto hoy bajo las plantas de la posteridad que
se eleva bendiciéndolos".
Cerca de una hora estuvo el sabio escolapio asentando sobre sólidas
bases la existencia de la familia cristiana. Estas bases no eran otras
que la religión, la propiedad y la tradición. Hablaba con autoridad, en
un tono sencillo y persuasivo, con palabra atildada y correcta. El
auditorio le escuchaba atento, sumiso, convencido de que era el Espíritu
Santo quien por boca del venerable sacerdote les ordenaba tener mucho
cuidado con la tradición, con la religión, y sobre todo con la
propiedad. Este sublime pensamiento les edificaba de tal modo, que el
conde de Cotorraso y algunos otros grandes propietarios que allí había,
se sentían unidos eternamente al Ser Supremo por el vínculo sagrado de
la propiedad territorial y se prometían combatir por ella heroicamente y
oponerse en el Senado a toda ley que directa o indirectamente atentara a
su integridad.
Al terminar el escolapio se le cumplimentó con sonrisas y reprimidas
exclamaciones de entusiasmo. Todos hablaban en voz de falsete respetando
el sagrado del recinto. La señorita correosa que había preguntado antes
qué sería de ella si el padre Ortega le faltase, corrió a tomarle la
mano y se la besó repetidas veces con arrebato que hizo cambiar algunas
miradas de burla a los circunstantes. El padre se la retiró bruscamente
con visible desagrado. Y otra vez subieron a la tribuna varias damas y
caballeros, y _ejecutaron_, en toda la extensión de la palabra, algunas
melodías religiosas de Gounod.
Al fin salieron del oratorio todas aquellas almas beatas y se dirigieron
al salón.
La marquesa de Alcudia, cuya voluntad no podía estar jamás en reposo, se
dispuso a cumplir lo que había prometido a su sobrino. Este la vió
llamar aparte a Mariana y salir con ella. Al cabo de un rato ambas
volvieron. Castro comprendió que se había hablado de él, en la mirada
tímida y afectuosa que la esposa de Calderón le dirigió al entrar. Luego
observó que la marquesa se retiraba hacia un rincón con el padre Ortega
y hablaban reservadamente. Sospechó que también él estaba sobre el
tapete. El sacerdote le dirigió dos o tres miradas con sus ojos vagos de
miope. No se había acercado a Esperancita en todo el tiempo, pero de
lejos se miraban y se sonreían. La niña parecía sorprendida de aquella
actitud reservada. Pepe la había festejado bastante en los últimos días.
Comenzó a inquietarse. Al fin, ella misma vino hacia él.
--No ha estado usted anoche en el Real. ¿Guarda usted la Cuaresma?
--¡Oh, no!--dijo riendo el joven--. Es que me dolía un poco la cabeza y
me acosté temprano.
--¡Claro! ¿qué había de suceder? Por la tarde montaba usted un caballo
que no cesaba de saltar. Hubo un momento en que pensé que le tiraba.
Castro sonrió lleno de condescendencia. La niña se apresuró a decir:
--Ya sé que es usted un gran jinete; pero de todos modos, siempre puede
suceder una desgracia.
--¿Qué hubiera usted hecho si me hubiese tirado?--preguntó él mirándola
a los ojos fijamente.
--¡Qué sé yo!--exclamó la niña alzando los hombros y ruborizándose.
--¿Daría usted un grito?--insistió sin dejar de mirarla.
--¡Vaya unas preguntas extrañas que usted hace!--dijo Esperancita más
ruborizada cada vez--. Lo daría quizá ... o no lo daría....
En aquel momento se acercó la marquesa de Alcudia llamándola.
--Esperanza, tengo que decirte una cosa....
Y al pasar junto a su sobrino, murmuró muy bajo:
--¡Prudencia, Pepe! Esos apartes no están en el programa.
Al verlas alejarse y salir de la estancia, otro hombre menos superior
sentiría alguna inquietud, cierto anhelo por saber lo que iba a pasar en
aquella conferencia memorable. Pero nuestro joven estaba tan por encima
del vulgo en estas y otras materias, que se puso a bromear con las damas
con la misma tranquilidad que si Esperancita y la marquesa se hubiesen
ido a hablar de modas. Cuando al cabo de un rato tornaron a entrar, la
niña de Calderón tenía la carita encendida, los ojos brillantes, con una
expresión sumisa y dichosa a la vez, que si no temiéramos cometer una
profanación en viernes de Cuaresma, compararíamos a la de la Virgen
María cuando el ángel Gabriel le anunció que concebiría del Espíritu
Santo.
Continuó la reunión con un carácter semirreligioso. Aquellos espíritus
ascéticos no podían olvidarse de que era un día consagrado por las
penitencias de Jesús en el desierto. En su consecuencia, las niñas que
se acercaron al piano abstuviéronse de cantar el vals de _La Bujía
Elegante_. Sus gargantas piadosas no modularon más que el _Ave María_ de
Schubert, la de Gounod y otras piezas donde se exhala el amor divino. Se
hablaba y se reía con discreción, bajando el tono. Si algún pollo se
desmandaba un poco de palabra, las damas le llamaban al orden
recordándole que en viernes de Cuaresma no se debe aludir a ciertas
cosillas prohibidas. El espíritu de Dios estaba en la asamblea, a juzgar
por la gran conformidad, por la dulce serenidad con que todos se
resignaban a vivir en este valle de lágrimas. Una sonrisa feliz vagaba
por los labios de ellas y ellos. Entre cánticos melodiosos, entre amenas
pláticas y bromas delicadas se pasó la tarde. Los revisteros podían
decir, sin faltar a la verdad al día siguiente, que los "viernes del
Supremo Hacedor" eran deliciosos, y que la marquesa de Alcudia hacía los
honores en su nombre con exquisita amabilidad.
Al cabo, la piadosa reunión se dispersó. Todas aquellas almas
bienaventuradas y temerosas de Dios salieron del palacio de Alcudia y se
dirigieron a sus moradas, donde les aguardaba la sopa de tortuga
humeante, el salmón con salsa mayonesa, las ricas ensaladas de col de
Bruselas y las apetitosas _bouchées de crevettes_. La oración de
quietud, aquellas horas de unión contemplativa con la Divinidad, les
había abierto de par en par el apetito. No hay nada que vigorice el
estómago como la convicción de tener de su parte al Omnipotente y la
esperanza fundada de que más allá de esta vida, si hay fuego y
tormentos eternos para los pelagatos y descamisados que se atreven a
discutirle, para las familias cristianas, esto es, para las que tienen
religión y propiedad y antepasados, no puede haber más que bienandanza,
una eternidad de salmón con mayonesa y de _crevettes a la parisienne_.