#Una que se va.#
Algunas semanas después, la enfermedad de D.ª Carmen se agravó
extremadamente. Ya no cabía duda a los médicos de que su fin estaba muy
próximo. La postración era absoluta. No le quedaba en el rostro más que
la piel y sus grandes ojos tristes y benévolos que se fijaban con
extraña intensidad en cuantos se acercaban a ella, cual si tratase de
leer en las fisonomías el terrible secreto de su muerte. Con tal motivo
asomaban la cabeza mil pasiones sórdidas en el alma de los que más
debieran tenerla atribulada. Salabert pensaba con disgusto en la
herencia que revertía a su hija. Hizo nuevos esfuerzos para que su
esposa revocase el testamento, pero inútilmente. Por primera vez en su
vida D.ª Carmen daba señales de gran firmeza de carácter. Aunque incapaz
de vengarse había tal vez en su empeño cierto deseo de terminar la
existencia con un acto de justicia. Una vida de completa sumisión, sin
oponer el más mínimo obstáculo a la voluntad de su marido, a sus planes
económicos, ni a sus pasiones ilícitas, bien merecía que a la hora de la
muerte reivindicase su libertad para satisfacer los impulsos del
corazón. Osorio espiaba silenciosamente, con disimulada ansiedad, los
progresos de la enfermedad, cuyo desenlace arrastraría consigo a la vez
el término de sus apuros. D.ª Carmen se desprendería de su envoltura
carnal y él de sus acreedores. La misma Clementina, objeto predilecto de
la ternura de la angelical señora, no podía menos de gozar con la
perspectiva de tanto millón como iba a caer en sus manos. Procuraba
sofocar sus deseos, apagar la impaciencia; mas a despecho suyo un diablo
tentador hacía brincar su corazón de gozo cada vez que tal pensamiento
le acudía al cerebro.
Con astucia infernal, Salabert hacía lo posible por introducir la
desconfianza en el ánimo de su esposa. Unas veces de un modo solapado,
otras cínico y brutal, vertía en su alma el veneno de la sospecha.
Clementina y Osorio esperaban su muerte como agua de Mayo. ¡Qué
desahogados quedarían cuando pagasen todas sus trampas! Y hasta otra: ¡a
vivir, a gozar con el dinero de la infeliz señora! Esta permanecía muda,
indignada ante las malévolas insinuaciones de su marido. Pero en su alma
entristecida y debilitada por la enfermedad, la punta de aquella acerada
flecha se revolvía causando vivos dolores que procuraba ocultar. Cada
vez que Clementina venía a visitarla, y últimamente lo hacía dos veces
cada día, los ojos de su madrastra se fijaban en ella con muda
interrogación, procurando leer en los suyos las ideas que le pasaban por
el cerebro. Esta atención anhelante embarazaba a la esposa de Osorio, le
hacía experimentar una turbación que, aunque leve, no dejaba algunas
veces de ser visible.
A medida que la enfermedad avanzaba, este afán de D.ª Carmen fué
aumentando hasta convertirse en manía. Clementina representaba en la
soledad moral en que vivía el único lazo de amor que la unía a la
tierra. Por lo mismo que su hijastra había sido siempre fría y altanera
con todos, menos con ella, jamás había dudado de la sinceridad de su
cariño. Estaba con él satisfecha y orgullosa. Le bastaba para
compensarle de la indiferencia despreciativa que observaba en cuantos se
acercaban a ella. La horrible sospecha que a viva fuerza había penetrado
en su corazón lo llenaba de amargura. Un espíritu bondadoso y amante
como el suyo necesitaba creer en la bondad y en el amor. Al arrancarle
esta última creencia sangraba de dolor.
Una tarde se hallaban juntas y solas. La duquesa, inmóvil en la butaca,
con la cabeza echada hacia atrás, escuchaba a su hijastra leer una
historia devota, la aparición de la Virgen de la Saleta. Su pensamiento
no estaba en el asunto: teníalo agitado, como siempre, por aquella duda
fatal que acibaraba aún más que la dolencia corporal sus míseros días.
Con la mirada fija y zahorí del que se acerca a la tumba, atravesaba la
hermosa frente de Clementina inclinada sobre el libro y deletreaba
confusamente allá dentro sin lograr adquirir la certidumbre que ansiaba.
Más de una vez, al levantar aquélla la cabeza, se había encontrado con
esta mirada opaca y desconsolada: había bajado prontamente la suya,
acometida de súbito malestar. En el alma de la enferma había nacido un
deseo, un capricho más bien, vivo y abrasador como los que sienten los
moribundos. Quería que su hijastra le refrescase con alguna palabra
dulce la horrible quemadura que su duda le causaba. Varias veces
temblaron sus labios para formular la pregunta. Una vergüenza invencible
la detenía.
--Deja el libro, hija mía: estarás fatigada--dijo al cabo. Y su voz
salió de la garganta temblorosa como si hubiese pronunciado alguna frase
grave.
--Lo estará usted de oir. Yo no: a Dios gracias, tengo sana la garganta.
--Dios te la conserve, hija mía, Dios te la conserve--repuso la señora
con acento de ternura mirándola fijamente.
Hubo unos instantes de silencio.
--¿Sabes lo que me han dicho?--se atrevió a pronunciar después. Y su
voz salió tan apagada que las últimas sílabas casi no se oyeron.
Clementina, que se disponía a continuar la lectura, levantó la cabeza.
Las pocas gotas de sangre que doña Carmen tenía ya en su arruinado
cuerpo le subieron de golpe al rostro y lo tiñeron levemente de rojo.
--Me han dicho ... que estabas deseando mi muerte.
A su vez la rica sangre de Clementina acudió atropelladamente a sus
mejillas y las encendió con vivos colores. Ambas se miraron un instante
confusas. La joven exclamó con energía al fin frunciendo la tersa
frente:
--Ya sé quién se lo ha dicho a usted.
Y su sangre, al proferir estas palabras, huyó del rostro nuevamente como
una marea de reflujo instantáneo. La de su madrastra también se
concentró en su lastimado corazón. Inclinó la blanca y fatigada cabeza,
diciendo:
--Si lo sabes, no pronuncies su nombre.
--¿Y por qué no?--exclamó la hijastra enfurecida--. Cuando un padre, sin
motivo alguno, sólo por unos miserables ochavos injuria a su hija y
martiriza a su mujer, no tiene derecho a que se le quiera ni a que se le
respete.... Lo diré con todas sus letras.... ¡Eso es una infamia!...
Papá es un hombre que no tiene más Dios ni más amor que el dinero. Sabía
que el testamento de usted me había enajenado su cariño ... (si es que
me lo ha tenido alguna vez....)
--¡Oh!
--Sí; lo sabía muy bien. Pero nunca creyera que llegaría a cometer
semejante vileza, a calumniarme de ese modo.... A usted le consta que la
he querido siempre más que a él ... ¡sí, sí, más que a él! no tengo
ningún reparo en decirlo.... Diré más: yo no he querido de veras a nadie
más que a usted y a mis hijos.... Si ese testamento es la causa de que
usted dude de mi cariño, rómpalo usted.... Rómpalo, sí: su tranquilidad
y su afecto me importan mucho más que su dinero....
La voz de la dama vibraba de indignación al pronunciar estas palabras.
Sus ojos se clavaban en el vacío con dureza, cual si quisieran ver
levantarse delante de ella la figura de su padre para pulverizarlo. En
aquel momento hablaba con sinceridad.
Los ojos opacos de D.ª Carmen, a medida que hablaba, iban brillando con
alegría. Al fin se nublaron de lágrimas, y exclamó:
--¡Te creo, hija mía, te creo!... ¡Ah, no sabes el bien que me haces!
Al mismo tiempo se apoderó de sus manos y las besó con efusión.
Clementina dió un grito de vergüenza.
--¡Oh, no, no, mamá!... yo soy quien debo....
Y le echó los brazos al cuello con ternura. Quedaron largo rato
abrazadas, llorando silenciosamente. Fué una de las pocas veces en que
Clementina lloró de enternecimiento y no de despecho.
Pero en los días siguientes, aunque subsistió vivo en ambas el recuerdo
de esta escena tierna, también quedó el del motivo que la había
producido. Clementina sentíase avergonzada al presentarse delante de su
madrastra. Sus atenciones, sus frases de cariño eran exageradas unas
veces: quería borrar con ellas el pensamiento que claramente leía en los
ojos de aquélla. Otras veces, imaginando que podrían servir para que
sospechase de su sinceridad, las atajaba de golpe y tomaba una actitud
indiferente y fría. De todos modos existía entre ambas una corriente de
inquietud que las hacía padecer, por diverso modo, los ratos en que
estaban juntas.
D.ª Carmen cayó al fin en la cama para no levantarse. Clementina pasaba
allí todo el día. El terrible momento se acercaba. Al fin una madrugada,
entre dos y tres, llamaron con alarma en el hotel de Osorio dos criados
del duque. La señora agonizaba. Preguntaba por su hija con insistencia.
Esta se levantó del lecho apresuradamente, y a todo el escape de sus
caballos voló al palacio de Requena. Osorio la acompañaba. Al entrar en
la habitación de la enferma tropezaron con el duque, que les miró con
semblante hosco.
--¡Llegáis a tiempo! ¡llegáis a tiempo!--gruñó sordamente. Y se alejó
sin decir más.
Clementina creyó notar en estas palabras una intención malévola y se
mordió los labios de ira. La tristísima escena que se ofreció a su
vista, apenas se aproximó al lecho de D.ª Carmen, consiguió apagar su
odio breve instante. La infeliz señora presentaba ya en su rostro los
signos de la muerte, la palidez cadavérica, el afilamiento de la nariz,
los ojos vidriosos y en torno de ellos un círculo oscuro, amoratado. A
su lado y en pie estaba el sacerdote que la exhortaba a arrepentirse.
(¿De qué?) A los pies del lecho, Marcela, su antigua doncella, lloraba
ocultando el rostro con el pañuelo. Otras dos criadas contemplaban de
más lejos con rostros asustados, más que doloridos, aquel cuadro
lastimoso. Allá en un rincón el médico de cabecera escribía una receta.
Al divisar a su hija, la duquesa volvió los ojos hacia ella con
expresión de ansiedad y extendió una mano para llamarla.
Acércate, hija mía--dijo con voz bastante clara. Y luego que se acercó
tomándole una mano entre las dos suyas amarillas, descarnadas, exclamó
mirándola con fijeza terrible a los ojos:
--¡Me muero, hija, me muero! ¿No es verdad que lo sientes?... ¿por lo
menos que no te alegras?
--¡Oh, mamá!
--Dí que no te alegras--insistió con ansiedad sin apartar su mirada de
los ojos de la joven.
--¡Mamá, por Dios!--exclamó ésta aturdida y aterrada a la vez.
--¡Dí que no te alegras!--repitió con más energía aún levantando a costa
de grandes esfuerzos la cabeza, mirándola con dureza.
--¡No, mamá del alma, no! Si pudiera conservar su vida a costa de la
mía, le juro a usted que lo haría.
Los grandes ojos opacos de la moribunda se dulcificaron. Volvió a dejar
caer la cabeza sobre la almohada, y después de breve silencio dijo con
voz apagada y vacilante:
--Serías muy ingrata ... sí, muy ingrata.... ¡Tu pobre mamá te ha
querido tanto!... Dame un beso.... No llores.... No siento dejar el
mundo.... Lo que me dolería es que tú, hija de mi corazón ... que tú....
¡Qué pensamiento tan horrible! ¡Cuánto me ha hecho sufrir!
El sacerdote se interpuso en aquel momento invitándola a dejar los
pensamientos mundanos. La enferma le escuchó con humildad, repitió
devotamente las oraciones que le leía en alta voz. El médico y el duque
se acercaron para ponerle un revulsivo; pero observando que comenzaba el
estertor, el médico hizo un gesto y cogió por el brazo al duque para
sacarlo fuera de la estancia.
D.ª Carmen paseó una mirada extraviada, vidriosa, por todos ellos, y
deteniéndola en Clementina le hizo seña otra vez de que se aproximase.
--Adiós, hija mía--dijo sin mirarla, con los ojos fijos en el techo--.
Haces bien en alegrarte de mi muerte....
--¡Qué dice, mamá!--exclamó aquélla con un grito de espanto.
--Yo también me alegro.... Me alegro de que mi muerte te sirva de
algo.... Si hubiera podido darte en vida lo que me pertenece ... todo te
lo hubiera dado.... Es triste ¿verdad?... Tener que morir para hacerte
feliz.... ¡Hubiera gozado tanto viéndote feliz!... Adiós, hija mía,
adiós ... acuérdate alguna vez de tu pobre mamá....
--¡Madre de mi alma!--gritó la dama cayendo de rodillas deshecha en
sollozos--. ¡Yo no quiero que muera, no!... He sido muy mala ... pero
siempre la he querido ... y la he respetado....
--No seas tonta--dijo la moribunda haciendo un esfuerzo para sonreír y
acariciándole la cabeza con su mano de esqueleto--. Ya no me duele que
te alegres.... ¡Qué importa!... Muero satisfecha sabiendo que vas a
deberme un poco de felicidad.... Te recomiendo a las ancianitas del
asilo.... Protégelas, hija mía ... y a esta buena Marcela, también....
Adiós, adiós todos.... Perdonadme el mal que os haya hecho....
El estertor crecía, sonaba más estridente y más lúgubre por momentos.
Los sollozos de Clementina y Marcela cortaban por intervalos las notas
de aquel ronquido fatal. El duque, trémulo, alterado, se dejó al fin
arrastrar de la habitación.
D.ª Carmen no volvió a hablar. Tenía los ojos cerrados, la boca
entreabierta, el cuerpo tranquilo. De vez en cuando levantaba un poco
los párpados y dirigía una mirada afectuosa a su hijastra arrodillada.
El sacerdote leía con voz nasal, quejumbrosa, las oraciones de su libro.
Así murió la duquesa de Requena. ¡Dejadla, dejadla partir!
Algunos días después, Clementina y su marido, a pesar del odio
inextinguible que se profesaban, celebraban largas y frecuentes
conferencias. La magna cuestión de la herencia los unía momentáneamente.
Clementina visitaba mañana y tarde a su padre. Osorio también iba con
frecuencia al palacio de Requena. Uno y otro prodigaban al viejo mil
atenciones, compadecían su soledad, le mimaban. Había en su
comportamiento cierta familiaridad afectuosa que cuadraba muy bien a
unos hijos que van a proteger la venerable ancianidad de un padre. El
duque se dejaba venerar observándolos con mirada más socarrona que
enternecida. Cuando volvían la espalda para irse, seguíalos con los
ojos, bajaba los párpados lentamente, revolvía entre los labios la breva
americana y se iba bosquejando en su rostro una sonrisa burlona que
duraba todavía algunos segundos después de perderlos de vista.
Las cosas siguieron en el estado de antes. A pesar de que el testamento
de la duquesa era terminante, Salabert no se dignó hablarles una palabra
de intereses. Continuó disponiendo en jefe de su caudal, entregado a los
negocios con absoluta tranquilidad. Su hija y su yerno la perdieron al
ver esta actitud. Comenzaron a vivir agitados, a comunicarse a cada
instante con violencia sus impresiones, a formar planes para provocar
una explicación. Clementina pretendía que Osorio le hablase. Este creía
que era ella quien debía pedirle cariñosamente una explicación antes de
formular ninguna queja. Después de algunos días de vacilación, al fin se
decidió la esposa a dirigir algunas palabras a su padre, si bien con
cierta indecisión y embarazo, pues conocía bien el carácter de éste y
mejor aún el suyo propio.
--Vamos a ver, papá--le dijo, hallándole solo en el despacho, con
afectada jovialidad--. ¿Cuándo me hablas de dinero?
--¿De dinero?... ¿Para qué?--respondió el duque con sorpresa, mirándola
con rostro tan inocente que daba ganas de darle una bofetada.
--¿Para qué ha de ser? para enterarme de lo que me concierne. ¿No soy la
única y universal heredera de mamá?--replicó sin abandonar el tono
jovial, pero con cierta alteración en la voz bien perceptible.
--¡Ah, sí!--exclamó el duque haciendo con la mano un ademán de
indiferencia--. De eso hablaremos más adelante ... ¡mucho más adelante!
Clementina se puso pálida. La ira hizo dar un salto a toda su sangre.
Sus labios temblaron y estuvo a punto de decir un disparate.
--Sería bueno, sin embargo, que nos entendiésemos ...--murmuró con voz
débil.
--Nada, nada; no hablemos ahora. Cuando tenga humor y tiempo ya me
ocuparé de esas cosas.
Hablaba con tal seguridad e indiferencia no exenta de desdén, que su
hija tenía que optar entre dar rienda suelta a la lengua, romper con su
padre de un modo violento, o marcharse. Decidióse, después de un
instante de vacilación, por esto. Giró sobre los talones, y sin una
palabra de adiós salió de la estancia y se metió en el coche, en un
estado de excitación que hacía temblar todo su cuerpo.
Cuando llegó a casa corrió a encerrarse en su habitación y dió salida al
furor que la embargaba. Lloró, pateó, desgarró sus vestidos, rompió una
porción de cachivaches. Osorio también montó en cólera y dijo que iba a
hacer y acontecer. De todo ello no resultó, sin embargo, más que una
carta en que aquél, con bastante respeto, invitaba a su suegro a que le
manifestase el estado de su hacienda, a fin de dar comienzo a las
primeras operaciones del inventario. Salabert no contestó a esta carta.
Se escribió otra. Tampoco. Dejaron de visitarle. Clementina no quería ir
"por no armar un escándalo". Osorio no se consideraba con fuerza moral
suficiente, dado el estado de sus relaciones matrimoniales, para
reclamar con energía el caudal de su mujer. En tal aprieto hablaron con
algunas personas de respeto amigas del duque, y se las enviaron como
medianeras. Cumplieron éstas su cometido: hablaron con el viejo, y
después de varias entrevistas se resolvieron a provocar una reunión
amistosa a fin de que el asunto no fuese a los tribunales. Efectuóse
ésta, después de alguna resistencia por parte de Clementina, en el
palacio de su padre. Asistieron a ella, a más de las partes interesadas,
el padre Ortega, el conde de Cotorraso, Calderón y Jiménez Arbós. Este
último (que había dejado de ser ministro y estaba en la oposición) dió
comienzo a la sesión espetándoles un discurso "de tonos conciliadores"
excitándoles a la concordia para que no diesen al público el espectáculo
de una disputa entre padre e hija por cuestiones de dinero, espectáculo
que, dada su altísima posición en el mundo, no podía menos de ser
repugnante. Siguióle en el uso de la palabra el padre Ortega, que con el
acento persuasivo y untuoso que le caracterizaba, después de darles, lo
mismo al duque que a sus hijos un buen jabón de elogios disparatados
para ponerlos suaves, apeló a sus sentimientos cristianos, les hizo
presente el mal ejemplo que darían, les pintó las dulzuras del cariño y
del sacrificio mutuo y concluyó prometiéndoles la gloria eterna.
Clementina respondió la primera, que ella no tenía otro deseo que
continuar manteniendo con su padre las mismas relaciones de cariño y
respeto que hasta entonces, y que para conseguirlo estaba dispuesta a
hacer todo lo que fuera posible. El acento seco y duro con que pronunció
estas palabras y el gesto ceñudo con que las acompañó no daban
testimonio muy claro de su sinceridad. Sin embargo, el duque se
manifestó muy conmovido.
--¡Arbós! ¡padre! ¡vosotros, hijos míos! Todos conocen perfectamente mi
carácter.... Para mí, fuera de la familia no hay felicidad posible....
Después del golpe terrible que acabo de sufrir, lo único que me queda en
el mundo es mi hija.... En ella tengo concentrado todo mi cariño, mis
esperanzas y mi orgullo.... Para ella he trabajado, he luchado sin
descanso, he reunido el capital que poseo.... Puedo decir que nunca he
sentido la necesidad del dinero más que por mi mujer (que en gloria
esté) y por mi hija...; por verlas a ellas felices rodeadas de bienestar
y de lujo.... A mí me han bastado siempre cuatro cuartos para vivir,
bien lo sabéis. Hoy que soy viejo, con mayor razón.... ¿Para qué quiero
ya los millones? Dentro de poco me veré obligado a tomar el tren para el
otro barrio, ¿verdad, Julián? Y tú lo mismo. Por consiguiente, ¿a quién
puede ocurrírsele que voy a reñir por cuestión de ochavos con la hija
de mi corazón?... Aquí no ha habido más que una equivocación. Yo
necesitaba tiempo para poner en claro mis asuntos.... Eso es todo....
Pero si es que has podido suponer otra cosa, hija mía, sólo puedo
decirte esto.... Lo que hay en esta casa es tuyo y siempre lo ha sido.
Tómalo cuando se te antoje.... Tómalo, hija, tómalo.... A mí me basta
con nada....
Al pronunciar estas últimas palabras visiblemente enternecido, quisieron
arrasársele los ojos de lágrimas. Todos dieron muestras igualmente de
enternecimiento y prorrumpieron en frases de conciliación. El padre
Ortega empujó suavemente a Clementina hacia los brazos de su padre, y
aunque ella era la menos conmovida, al fin se dejó abrazar por él, que
la tuvo un buen rato apretada. Cuando la soltó se llevó el pañuelo a los
ojos y se dejó caer en una butaca, vencido por el peso de tanta emoción.
Después de esta escena conmovedora nadie osó acordarse de intereses. La
reunión se disolvió apretándose todos la mano cordialmente y
felicitándose con calor por el éxito lisonjero de sus gestiones. Pero
Osorio y Clementina se metieron en su coche serios, cejijuntos, y no se
hablaron en todo el camino una palabra. Sólo al llegar a casa murmuró la
esposa con acento colérico:
--¡Ya veremos en qué para la comedia!
Osorio se encogió de hombros y respondió:
--Yo lo doy por visto.
Ni uno ni otro se equivocaron.
El duque ni les dió una peseta ni volvió a hablarles para nada de la
herencia. Estaba muy cariñoso con ellos: les hacía comer muchos días en
su casa, quejándose de su soledad; hasta les hablaba algunas veces de
los negocios que tenía pendientes; pero nada de liquidar la parte que
les correspondía.
Clementina llegó a irritarse tanto que dejó bruscamente de ir a su casa.
Volvieron a mediar cartas. No pudieron sacar más que respuestas
ambiguas, vagas esperanzas. Al fin se decidieron a entablar la demanda,
y comenzó un pleito que hizo estremecer de gozo a la curia.
Cesó para Clementina toda felicidad. Desde entonces vivió en un estado
de perpetua irritación, siguiendo con afanoso interés los incidentes del
litigio, apurando al procurador, a los abogados, buscando influencias
que contrarrestasen las poderosas del duque. Este conducía el asunto con
mucha más calma, lo enredaba con habilidad desesperante, aprovechándose
de la violencia que ella mostraba para hacerla aparecer a los ojos de la
sociedad como ambiciosa y desnaturalizada. Esto no obstaba para que
entre sus íntimos soltase de vez en cuando alguna de sus frases burlonas
y cínicas, que al llegar a oídos de ella la hacían estallar de furor. La
lucha se fué haciendo cada día más encarnizada. Por otra parte, los
acreedores de Osorio, defraudados en sus esperanzas, empezaban a
revolverse contra él y amenazaban dejarle arruinado. Es fácil
representarse la agitación, la violencia, el malestar que reinarían en
el hotel de la calle de Don Ramón de la Cruz.
De este malestar, y aun puede decirse desdicha, participaba el hasta
entonces afortunado Raimundo. El espíritu y el cuerpo de Clementina,
alterados por el tumulto de otras pasiones, no podían reposarse en las
dulzuras del amor. Los momentos que aquélla le concedía eran cada vez
más cortos y sin sosiego. Se extinguieron las pláticas alegres,
bulliciosas, que en otro tiempo mantenían. La hermosa dama ya no gustaba
de embromar a su juvenil amante. No se acordaba siquiera de aquellas
gozosas y pueriles escenas en que se deleitaban, ora haciendo ella de
reina que recibe en corte a sus ministros, ya jugando besos a los naipes
o en otras mil niñerías que la tornaban a la adolescencia. Ahora apenas
sabía hablar de otra cosa más que de su pleito. Tenía los nervios tan
excitados, que con la palabra más insignificante se le disparaban y
montaba en furiosa cólera. Además, por el interés vehementísimo de
triunfar de su padre, crecían sus coqueterías con Escosura, recién
nombrado ministro. Esto era, como debe suponerse, lo que más desgraciado
hacía al joven entomólogo.
Un día, en que estaba más cariñosa que de costumbre, teniéndole sentado
a sus pies y acariciándole los cabellos con sus hermosos, delicados
dedos cargados de sortijas, le dijo con acento meloso:
--Tú sigues con tus celos de Escosura. ¿verdad, Mundo?... Pues haces muy
mal.... No me gusta poco ni mucho ese hombre....
--Sí: eso me has dicho muchas veces ... pero....
--No hay pero que valga, niño díscolo--repuso alegremente tirándole de
la oreja--. Ni he querido, ni puedo querer a nadie más que a ti. Todos
los hombres me parecen feos, tontos y presuntuosos a tu lado.... Pero
(¡aquí viene mi pero!) desgraciadamente tú no eres ministro, aunque lo
mereces más que todos los que conozco.... Bien sabes que mi fortuna está
hoy en manos de la justicia, que de la noche a la mañana puedo quedar
sin una peseta. Acostumbrada como estoy a las comodidades y al lujo, ya
comprenderás que no sería un plato de gusto. Mi amor propio también
padecería mucho: tengo infinitos envidiosos, gente que me odia sin saber
por qué.... En fin, que sería el hazme reir de ellos, ¿entiendes? Y yo
no quiero que eso suceda. Mi padre cuenta con muchos amigos.... se
esperan de él favores (aunque sea incapaz de hacer uno solo), se le
tiene miedo.... Yo, aunque trato a casi todos los políticos de Madrid,
carezco de un verdadero amigo que se interese por mi asunto como si
fuese propio, que se atreva a ponerse frente a mi padre.... Y como no lo
tengo necesito buscarlo, ¿sabes?... Figúrate ahora que ese amigo es
Escosura, quien por su posición política y por su dinero es
independiente por completo.... Figúrate que estoy en relaciones con
él.... Figúrate que es mi amante a los ojos del mundo.... Y figúrate
también que rompo contigo en apariencia, aunque sigas secretamente
siendo mi verdadero amor, el único querido de mi corazón.... ¿Qué te
parece del arreglo? ¿Lo encuentras aceptable?
Raimundo se puso encendido ante aquella singular y humillante
proposición. Tardó unos instantes en contestar y al fin dijo entre
colérico y desdeñoso:
--Me parece sencillamente una infamia y una asquerosidad.
La arruga, aquella arruga fatal que cruzaba la frente de Clementina cada
vez que la cólera agitaba su alma turbulenta, apareció honda y
siniestra. Levantóse bruscamente, y después de mirarle con fijeza, entre
airada y desdeñosa, le dijo con acento glacial:
--Tienes razón. Ese arreglo no puede convenirte.... Mejor será que
cortemos de una vez nuestras relaciones.
Y se dispuso a marchar. Raimundo quedó anonadado.
--¡Clementina!--gritó con desconsuelo cuando se hallaba ya cerca de la
puerta.
--¿Qué hay?--dijo ella, con la misma frialdad, volviendo la cabeza.
--Escucha, por Dios, un momento.... Te he dicho eso arrebatado por los
celos, pero sin intención de herirte.... ¿Cómo he de ofenderte yo a ti
cuando te quiero, te adoro como a un ser sobrenatural?...
A éstas siguieron otras muchas palabras fogosas empapadas de cariño,
mejor aún, de devoción. Clementina las escuchó en la misma actitud
altanera. No se dejó ablandar hasta que le contempló bien humillado,
pidiéndole de rodillas, como precioso favor, aquel mismo arreglo que
hacía un instante había calificado de infamia y asquerosidad.
Por aquellos días la dama experimentó una rabieta tan viva que estuvo a
punto de enfermar. Y no le faltó motivo. El duque, su padre, cuyas
relaciones con la Amparo eran cada día más públicas y descaradas, llevó
su cinismo o su servidumbre humillante hasta traerla a su palacio y
hacer vida marital con ella. No se hablaba de otra cosa en la alta
sociedad madrileña. Todo el mundo consideraba que Salabert tenía
perturbado el cerebro, por no decir, como en otro tiempo, que estaba
hechizado por su querida. Esta, con su estupidez inveterada, en vez de
disimular su poder y hacerse perdonar del mundo aquella inaudita
usurpación, la pregonaba a son de trompeta en los teatros y paseos,
donde se presentaba colgada del brazo del duque. Poco después comenzó a
circular por Madrid la noticia de que se casaban. El asombro y la
indignación que produjo fueron vivísimos.
Un acontecimiento imprevisto vino a deshacer o por lo menos a aplazar
aquella boda. En cierta reunión de accionistas de las minas de Riosa, a
Salabert, como presidente, le tocó dar cuenta de su gestión y proponer
las modificaciones necesarias en la marcha de la sociedad.
Ordinariamente lo hacía con mucha concisión y claridad. Era, ante todo,
hombre de negocios y no gustaba de andarse por las ramas o decir más
palabras de las indispensables. Mas con sorpresa de la asamblea, donde
se hallaban muchos banqueros y algunos personajes políticos, comenzó a
pronunciarles un discurso por todo lo alto. Abandonando el asunto por
completo, entró dándoles amplias explicaciones de su conducta como
hombre público; trazó una verdadera biografía de su persona,
deteniéndose en pormenores del todo impertinentes; cantó con la mayor
impudencia sus propias alabanzas, ofreciéndose como el prototipo de la
consecuencia política, del desinterés y la abnegación; pregonó sus
servicios al país, por haber prestado dinero al Gobierno en momentos de
apuro, y a la causa de la humanidad coadyuvando poderosamente a la
erección de hospitales, escuelas y asilos. Hasta tuvo la desvergüenza de
decir que el asilo de ancianas de los Cuatro Caminos era obra suya.
Los circunstantes se miraban unos a otros con estupor y se murmuraban al
oído juicios poco lisonjeros sobre el estado intelectual del orador.
Cuando apuró la lista de sus méritos y se proclamó _urbi et orbi_ el
primer hombre de la nación, principió a desatarse contra sus enemigos.
Presentóse como víctima de una persecución tenaz, insidiosa, de mil
intrigas urdidas para desacreditarle y en las que intervenían una
porción de personajes de la banca y la política. En confirmación de este
aserto leyó con voz campanuda y fogosa entonación ciertos artículos
insertos en un periódico de provincia (la provincia en que estaban las
minas de Riosa), en que según él se le atacaba "de un modo indigno y
asqueroso". Lo que venía a decir, en resumen, el articulista, era que
Salabert no era acreedor a que se le erigiese una estatua.
Los circunstantes, cada vez más cansados y aburridos, se decían ya en
voz baja:
--¡Esto es ridículo! ¡Este hombre está loco!
A medida que leía se iba enardeciendo. Su rostro, ordinariamente un poco
amoratado, se oscureció de tal modo que parecía el de un estrangulado.
Al fin, sin terminar la lectura, cayó en el sillón presa de un ataque
que le privó del sentido. Y por entrambas vías su naturaleza pletórica
comenzó al instante a desahogarse de tan formidable manera, que sólo un
médico que asistía a la reunión en calidad de socio osó acercarse a él.