--Ya está encargado y ya está hecho. Mira.
Y abriendo el cuarto guardarropa le mostró un maniquí vestido de reina
de Escocia.
Llegó al fin el día del baile. Los periódicos lo anunciaron por última
vez haciendo resonar fuertemente el bombo y los platillos. El duque de
Requena había gastado en los preparativos más de un millón de pesetas,
según contaban los revisteros a sus lectores. Decían además ¡oh caso
inaudito! que las flores habían venido casi todas de París. Y era
cierto. El duque, nacido en Valencia, el más hermoso jardín de Europa,
para su baile hacía traer las flores de Francia. Un capital de algunos
miles de duros en flores. Las camelias rodaban por el suelo sirviendo de
alfombra en la antesala y los corredores. Centenares de plantas, casi
todas exóticas, adornaban aquélla, el vestíbulo y los dos salones de
baile. Legiones de criados con calzón corto y vistosas casacas
aguardaban apostados estratégicamente en todos los puntos necesarios.
Una pareja de guardias de caballería permanecía al lado de la verja del
jardín manteniendo el orden en los coches, ayudada de algunos agentes de
orden público. El guardarropa, construído nuevamente, era una estancia
lujosa donde todo estaba prevenido para que los magníficos abrigos,
sereneros o _salidas de baile_, como ahora se nombran, no sufriesen el
más mínimo desperfecto. La gran escalinata estaba iluminada con luz
eléctrica: el vestíbulo y el comedor con gas: los salones de baile con
bujías. En la sala de conversación y en la de juego había algunas
lámparas de petróleo con enormes y artísticas pantallas. En éstas ardía
además un fuego claro y brillante en las chimeneas.
Clementina recibía a los invitados en el primer salón, cerca de la
antesala. Sustituía a su madrastra porque ésta, a causa de su debilidad,
no podía mantenerse tanto tiempo en pie. La duquesa estaba en la sala de
conversación rodeada de algunas amigas: allí recibía a los que iban a
saludarla. El duque y Osorio, a la puerta de la antesala, ofrecían el
brazo a las damas que iban llegando y las conducían hasta Clementina. El
atavío de ésta realzaba, como había presumido bien, su espléndida
belleza. Su gallarda figura parecía aún más fina y más esbelta con aquel
traje ajustadísimo. Su linda cabeza rubia resaltaba sobre el terciopelo
negro como una rosa blanca. El rey Felipe III hubiera trocado de buena
gana su Margarita auténtica por ésta contrahecha. Un pormenor que
comenzó a correr por los salones y que al día siguiente noticiaron los
revisteros, era que había venido un peluquero de París en el
_sud-exprés_ exprofeso a peinarla.
La abigarrada muchedumbre comenzó a invadir los salones. Todas las
épocas de la historia, todos los pueblos de la tierra mandaron su
representación al baile de Requena. Moras, judías, chinas, damas godas,
venecianas, griegas, romanas, de Luis XIV, del Imperio, etc., etc.;
reinas, esclavas, ninfas, gitanas, amazonas, sibilas, chulas, vestales,
paseaban amigablemente del brazo o formaban grupos charlando y riendo
entre caballeros del siglo pasado, soldados de los tercios de Flandes,
pajes y nigrománticos. La mayoría de los hombres, no obstante, había
limitado el disfraz a la talma veneciana. La orquesta había tocado ya
dos o tres valses y rigodones; pero nadie bailaba. Se esperaba la
llegada de las personas reales para dar comienzo.
Raimundo se deslizaba por todos los salones con cierta seguridad de
favorito. Hablaba con los conocidos, sonriendo a todo el mundo con su
especial modestia, que le hacía más extraño que simpático en una
sociedad donde los modales fríos y levemente desdeñosos son signo de
elevación y grandeza. Vivía el joven entomólogo, desde hacía tiempo, en
un delicioso aturdimiento, una especie de sueño de oro, como algunas
veces suelen tenerlos las personas de condición más humilde. Su atavío
de paje de los Reyes Católicos le sentaba muy bien. Más de una linda
joven volvió la cabeza para contemplarle. De vez en cuando se acercaba
al sitio donde Clementina se hallaba cumpliendo sus deberes, y sin
dirigirle la palabra cambiaban algunas miradas y sonrisas amorosas. Una
de las veces, al tiempo que lo hacían, se aproximó a la dama Pepe
Castro, disfrazado de caballero de la corte de Carlos I.
--¿Qué es eso?--le dijo al oído--. ¿No te has cansado aún de tu
_bambino_?
Cuando se encontraban solos. Pepe se autorizaba el tutearla y Clementina
lo admitía.
--Yo no me canso de lo bueno--repuso ella sonriendo.
--Muchas gracias--replicó él irónicamente.
--No hay de qué. ¿Por qué me buscas la lengua?
--Porque me gusta. Ya lo sabes.
La dama alzó los hombros, hizo un mohín de desdén, y pugnando por no
reir se dirigió a la condesa de Cotorraso que en aquel instante pasaba
cerca.
Raimundo los había contemplado mientras hablaron. El tono confidencial
en que lo hicieron le hirió. Permaneció un instante inmóvil. Por delante
de él pasó, sin que lo advirtiera, la niña de Calderón, que acudía por
vez primera a un baile. Traía un lindísimo traje de joven veneciana
color carmesí, y escote bajo. Su madre otro riquísimo de dama holandesa;
saya de color noguerado recamada de oro y plata, voluminosa gorguera con
puntas de encaje y doble collar de diamantes y perlas. ¡Cuánta hiel
habían hecho tragar aquellos vestidos al bueno de Calderón! Al
principio, cuando se habló del baile de trajes, pensó que con cualquier
disfraz de mala muerte cumpliría y no tuvo inconveniente en otorgar su
permiso. Cuando vió los trajes y la cuenta de la modista, quedó
estuperfacto: estuvo por gritar ¡ladrones! Maldijo de su colega
Salabert, de la hora en que se le había ocurrido dar aquel baile y de
todas las damas venecianas y holandesas que habían existido. Lo que más
hondamente trabajaba su espíritu abatido era la consideración de que
aquellos trajes costosos no servirían más que para una noche. Cuatro mil
pesetas tiradas a la calle, como él dijo más de cien veces aquellos
días.
Esperancita dirigió una mirada a Alcázar buscando su saludo; pero
viéndole distraído volvió los ojos al grupo de Clementina y se hizo
cargo inmediatamente de lo que ocurría. También por su frente pasó una
nube de tristeza como por la de Raimundo. Mas, repentinamente, se
iluminó; sus ojos brillaron; todo su rostro, que era asaz
insignificante, se transfiguró adquiriendo cierto encanto indefinible.
Era que Pepe Castro se acercaba a saludarla.
--¡Preciosa, preciosa!--dijo el adonis en tono distraído, inclinándose
con afectación.
La niña se puso fuertemente colorada.
--¿Quiere usted bailar el primer vals conmigo?
Justamente en aquel instante se acercó a ellos un grupo de pollastres de
los que revoloteaban en torno de los millones de Calderón, felicitando
calurosamente a la niña. Entre ellos estaba Cobo Ramírez. Todos se
apresuraron a pedirle bailes, apuntando en el primoroso librito de
Esperanza la inicial de su preclaro nombre. Ramoncito Maldonado, que se
hallaba a unas cuantas varas de distancia, no se acercó al grupo, fiel a
la consigna de no prodigarse, de hacerse desear, que hacía más de un año
le había dado su amigo y mentor Pepe Castro. Hasta entonces de poco o
nada le había servido aquella táctica. Esperancita permanecía insensible
a sus asiduos y rendidos obsequios. Pero no lo atribuía él a deficiencia
del método, sino a su falta de valor para seguirlo rigurosamente sin
desmayos ni contemplaciones. En cuanto la niña le ponía los ojos dulces,
le dirigía alguna palabra afectuosa, ¡adiós, plan estratégico! Ahora
echaba miradas torvas al grupo contestando distraídamente al conde de
Cotorraso, que desde hacía algún tiempo le mostraba una terrorífica
predilección cogiéndole de la solapa dondequiera que le hallaba para
explicarle su nuevo método de destilación del aceite. Con su lujosa
casaca y peluca blanca de caballero del siglo pasado, el joven concejal
no había ganado en dignidad. Parecía un lacayo.
Hubo gran agitación, de pronto, en los salones. Llegaban las personas
reales. La muchedumbre se agolpó en las inmediaciones de la puerta. El
duque, la duquesa, Clementina y Osorio bajaron la escalinata del jardín
para recibirlas. La orquesta tocó la Marcha Real. Los soberanos pasaron
lentamente, sonriendo, por entre las apretadas filas de los invitados,
deteniéndose cuando veían alguna persona de su conocimiento para
dirigirle una palabra afectuosa. Esta se inclinaba profundamente y les
besaba la mano con emoción, que se traslucía en la cara. Particularmente
las señoras se humillaban con un deleite que no eran poderosas a
disimular, con un sentimiento de ternura y adoración que las ponía
rojas. Organizóse poco después el rigodón de honor. Clementina abandonó
su puesto para tomar parte en él. El monarca bailó con la duquesa, que
hizo un esfuerzo por contentar a su marido. Una triple fila de curiosos
formaban círculo viéndoles bailar.
Salabert triunfaba. El granuja del mercadal de Valencia traía los reyes
a su casa. Sus ojos saltones, mortecinos, de hombre vicioso, brillaban
con el fuego del triunfo. La explosión de la vanidad hacía volar en
pedazos las inquietudes sórdidas que aquel baile le había causado, la
lucha a muerte que había sostenido con su avaricia. Mañana tal vez estos
pedazos se volverían a juntar para darle tormento. Pero ahora, ebrio de
orgullo, aspiraba a grandes bocanadas el aire de grandeza y de fuerza
que sus millones le daban. Tenía las mejillas encendidas, congestionadas
por la vanidad satisfecha.
--Mirad qué cara resplandeciente tiene Salabert en este momento--decía
Rafael Alcántara a León Guzmán y a otros íntimos que formaban grupo--.
¡Qué felicidad respira por todos los poros! Gran ocasión para pedirle
diez mil duros prestados....
--¿Los daría?--preguntó uno.
--Sí, al siete por ciento con buena hipoteca--replicó el perdis--.
Mirad, mirad, ahí viene Lola Madariaga..., la mujer más graciosa y más
remonísima que ha pisado el salón hasta ahora--añadió elevando un poco
la voz para que lo oyese la interesada.
Lola le envió una sonrisa de gratitud. Su marido, el mejicano de las
vacas, que también oyó el piropo, saludó al grupo con afabilidad.
Aquélla estaba realmente muy linda disfrazada de dama de Luis XIV;
vestido rojo recamado de oro, y manto amarillo, también bordado; el
cabello empolvado, y al cuello una cinta de terciopelo negro con brincos
de plata.
Terminado el rigodón de honor, los jóvenes comenzaron a bailar. Pepe
Castro vino a recoger a Esperancita, que paseaba con su íntima la última
de Alcudia. Ambas asistían por vez primera a un baile de importancia.
Estaban alegrísimas contemplando con viva emoción el mundo bajo su
aspecto más risueño, gorjeándose discretamente al oído sus dulces y
recónditas impresiones. Paseó un instante con ellas, hasta que un pollo
vino a invitar a Paz, y ambas parejas se lanzaron a la vez en la
corriente del baile. El mundo desapareció para Esperancita. Un
delicioso y vago sentimiento de dicha y libertad, como el que tendría un
pájaro al volar si estuviese dotado de alma, penetró en su corazón y lo
inundó de alegría. Era también la primera vez que Pepe Castro le
apretaba la cintura. Sentíase arrebatada por él en medio del torbellino
de parejas y se creía sola. ¡Ella y él!, y la música acariciando los
oídos y el corazón, interpretando dulcemente las inefables impresiones
que palpitaban en el fondo de su alma. Al descansar unos instantes, su
rostro expresaba de tal modo intenso este divino sentimiento del primer
amor, que su tía Clementina, al cruzar del brazo del presidente del
Congreso, no pudo menos de sonreír dirigiéndole una mirada mitad
cariñosa, mitad burlona que la hizo enrojecer. Pepe Castro se esforzaba
por sacarle las palabras del cuerpo. Aquella noche, el exceso de la
emoción la tenía semimuda. La dicha que embargaba su alma se traducía,
como casi siempre acontece, en un sentimiento de benevolencia hacia todo
el mundo. El baile le parecía encantador. Todos los hombres eran
chistosos. Todas las mujeres estaban admirablemente vestidas. Hasta
Ramoncito, que acertó a pasar por delante, pudo recibir algunas gotas de
este rocío bienhechor.
--¿No baila usted, Ramón?--le preguntó con una sonrisa tan amable, que
el ilustre concejal se sintió desfallecer de felicidad.
--Me ha entretenido el conde de Cotorraso hasta ahora.
--Pues a buscar pareja.... Mire usted: allí está Rosa Pallarés que no
baila.
El futuro estadista se apresuró a invitarla, pensando con su penetración
característica que Esperancita le daba esa pareja porque era bastante
fea. Mecido en este grato y dulcísimo pensamiento pasó un rato feliz
bailando con la hija del general Pallarés, "uno de nuestros más bellos
bacalaos", al decir de Cobo Ramírez. Creía estar cumpliendo con un
mandato de su adorada, dándole un testimonio irrecusable de que sus
celos, si los sentía, eran infundados.
Cuando terminó el vals, vino, como un caballero de la Edad Media que
sale del torneo, a recibir el galardón de las manos de su dama. Pero
como no hay dicha completa en este mundo, al mismo tiempo que él se
acercó a la niña Cobo Ramírez. Ambos se sentaron a su lado y la
atosigaron a requiebros y atenciones. El uno le pedía el abanico, el
otro el pañuelo. Los dos procuraban atraer su atención sacando
conversaciones divertidas, lisonjeando su orgullo por todos los medios
que podían. En honor de la verdad hay que confesar que, aunque Ramoncito
era mucho más profundo y político, la conversación de Cobo era más
amena. Sin embargo, por uno de esos caprichos inexplicables de las
jóvenes, Esperancita mostrábase más afectuosa y deferente con Maldonado,
contra su costumbre. Y los tres ofrecían un espectáculo curioso y
divertido.
Los criados circulaban con bandejas llenas de sorbetes, jarabes,
confites y frutas heladas. Ramón llamó a uno para ofrecer a Esperanza
ciertas yemas a las cuales sabía que era aficionada. Al mismo tiempo
invitó con empeño a su antagonista a que tomase un helado. Cobo lo
rehusó. Le apremió con tal afán, que el conde de Agreda, Alcántara y
otros varios que estaban cerca lo notaron.
--Mirad a Ramón qué empeño tiene en que Cobo tome un helado--dijo uno.
--¡Claro! Le ve sudando y quiere matarlo. Es lógico--repuso León.
Pepe Castro, cuando vió acercarse a Cobo y Ramoncito, se había retirado
discretamente. En el camino tropezó con Clementina, que parecía
multiplicarse. Acudía a todos los sitios donde hacía falta, volviendo a
cada instante junto a los soberanos, que se habían retirado con la
duquesa, el duque y las personas de su servidumbre a una sala donde
nadie osó entrar.
--Ya te he visto bailando con mi sobrinita--le dijo--. ¿Por qué no le
haces el amor?
--¿Para qué?
--Para casarte.
--¡Horror! Pero chica, ¿qué te he hecho yo para que me aborrezcas tanto?
--Vamos, ven aquí. Has de ser formal--dijo ella poniéndose grave,
adoptando un aire maternal--. Esperanza no es hermosa, pero tampoco
desagradable. Tiene la frescura de la juventud y está enamorada de ti
... me consta....
--Sí; lo mismo que tú--manifestó el gallardo salvaje, sonriendo con un
poco de amargura.
Ella lo advirtió y quiso dejarle satisfecho.
--Lo mismo que yo ... si te hubiese conocido a los diez y seis años. Te
digo que te quiere, y mucho. Nosotras las mujeres cogemos al vuelo estas
cosas. Cásate, no seas tonto.... Calderón es muy rico....
Cuando Pepe quiso contestar, la dama ya se había alejado con pie rápido.
Quedó unos instantes inmóvil y pensativo. Luego, a paso lento,
balanceándose, comenzó a dar la vuelta a los salones, deteniéndose ante
las mujeres hermosas, examinándolas con mirada impertinente, como un
bajá en el mercado de esclavas.
Lola Madariaga se había apoderado de Raimundo. Le tenía a su lado allá
en un ángulo de la gran sala de conversación, y desplegaba uno tras
otro, con arte infinito, todos los recursos de su coquetería para
conquistarle. Esta era la manía de la graciosa morena. No podía
cualquiera de sus amigas tener un galán sin que al momento no se le
antojase arrancárselo. Importaba poco que fuese guapo o feo, airoso o
encogido. Para ella, lo interesante era satisfacer la violenta necesidad
que siempre había sentido de ser idolatrada, de triunfar de todas las
demás. Tenía unos ojos de mirar suave, inocente, que engañaban. Nadie
creyera que detrás de aquella mirada se ocultaba una voluntad tan firme
y tan astuta. Alcázar la encontraba linda y su conversación placentera;
pero influía mucho en esta simpatía la consideración de ser amiga
íntima de Clementina y la de versar la plática casi siempre acerca de
ésta. No pudiendo bailar con su adorada ni hablar a solas, tanto por
prudencia como por las muchas obligaciones que aquella noche pesaban
sobre ella, se consolaba oyendo a Lola relatar pormenores referentes a
su amiga. Todo le interesaba al mancebo; el vestido que había llevado al
baile de la embajada francesa; los menudos accidentes que le habían
ocurrido en la cacería de Cotorraso; las escenas que había tenido con su
marido, etc. La linda morena seguía el plan de atraer primero su
atención, captarse su simpatía a fin de ponerle blando.
Clementina llegó a la sala cuando más enfrascados estaban en la charla.
Quedóse un instante a la puerta mirándoles sorprendida e irritada. Hacía
tiempo que Lola cayera de su gracia. Aunque Pepe Castro ya no le
interesaba, cuando su amiguita trató de birlárselo, se produjo cierto
enfriamiento en sus relaciones. Luego observó que Lola miraba a Raimundo
con buenos ojos y bromeaba con él en cuanto se le presentaba ocasión.
Esto despertó en su pecho un odio, que le costaba trabajo disimular.
Les clavó una mirada intensa y colérica: avanzó hasta el medio de la
estancia y dijo con voz un poco alterada:
--Alcázar, le necesitamos para bailar. ¿Está usted muy cansado?
--¡Oh, no!--se apresuró a decir el joven levantándose--. ¿Con quién
quiere usted que baile?
No respondió. Lola le había enviado una sonrisita sarcástica que acabó
de exasperarla. Se dirigió a la puerta.
--Siento mucho haberle molestado a usted--le dijo fríamente cuando
estuvieron lejos.
Raimundo la miró sorprendido. Cuando nadie los oía acostumbraba a
tutearle.
--¿Molestia? Ninguna.
--Sí; porque, al parecer, estaba usted muy a gusto al lado de esa
señora....
Y no pudiendo refrenar sus ímpetus más tiempo, le dijo sordamente:
--Ven conmigo.
Le llevó al comedor donde las mesas estaban ya esperando a los
invitados. Allí, en el hueco de un balcón, desahogó su ira. Le llenó de
insultos y dió por definitivamente rotas sus relaciones. Llegó a
sacudirle violentamente por el brazo. Alcázar quedó tan estupefacto, tan
aterrado, que no supo contestar. Esto le salvó. Al ver su rostro
descompuesto donde se pintaban el dolor y la sorpresa, Clementina no
pudo menos de comprender que la ira la engañaba. En Raimundo no había
existido intención de coquetear. Sosegándose un poco, admitió las
disculpas que aquél le dió al fin.
--Si precisamente, para hablar de ti es para lo que yo me acerco a ella.
--¡Ah! ¿Para hablar de mí?... Pues mira, de aquí en adelante no hables
de mí. Basta con que me quieras.
Los criados, que por allí andaban, los miraban con el rabillo del ojo y
se hacían guiños maliciosos. Al salir tropezaron con Pepa Frías. La
frescachona viuda estaba muy bien ataviada: había oído infinitos
requiebros. Vestía de princesa extranjera del tiempo de Carlos III, de
lama plata con recamos de oro, y manto de terciopelo azul. Un escote
cuadrado dejaba ver con harta claridad lo que Pepa debía de considerar
mas interesante en su persona, a juzgar por la predilección con que lo
mostraba.
--¡Chica, tengo un hambre de lobo!--entró diciendo--. ¿Cuándo acabáis de
abrir el _buffet_? ¡Ah! ¿Conque os vais por los rincones? ¡Prudencia,
Clementina, prudencia!... Hija, yo no puedo aguardar más: dame algo de
comer, o me caigo.
Clementina la llevó riendo a un rincón y le hizo servir algunas viandas.
Alcázar se volvió a los salones muy alegre, pero tembloroso aún por la
violenta emoción que su querida le había hecho experimentar. Nunca la
había visto tan furiosa.
La amistad de ella con Pepa se había remachado desde la escena que hemos
descrito más atrás. La viuda se había persuadido de que la salvación de
su fortuna se fundaba en este cariño y procuraba fomentarlo. Gracias a
él había rescatado ya, poco a poco, una gran parte de ella. El resto no
le apuraba. Sabía que Da. Carmen tenía hecho testamento a favor de su
hijastra, y aunque esta señora había mejorado un poco, era segura su
muerte en plazo breve. Los médicos habían descubierto en ella un tumor.
No se atrevían a operarla a causa de su extremada debilidad.
A Clementina le hacía muchísima gracia el desenfado, mejor aún, el
cinismo de Pepa. Ambas se entendían admirablemente. Ambas eran chulapas,
dos manolas nacidas demasiado tarde y en condición social poco acomodada
a su naturaleza. Por supuesto, Pepa lo era mucho más legítima que
Clementina, quien no lo llevaba en la masa de la sangre: veníale de
afición.
--Mira, Clemen, que te estás desacreditando--le decía aquélla, mientras
engullía vorazmente un pedazo de pavo en galantina--. Deja ese niño que
no vale un perro chico.... Para capricho ya ha sido bastante.
--¿Qué sabes tú lo que vale?--replicaba riendo Clementina.
--Por las trazas, hija.... Parece hecho en la _Dulce Alianza_. Lleva más
de un año en relaciones contigo, y todavía se pone colorado como un pavo
cuando le miras.
--Pues eso es precisamente lo que a mí me gusta.
Pepa alzó los hombros con indiferencia.
--¿De veras? Para mí sería una calamidad, hija.
--Y Arbós, ¿qué tal se porta?
--Ese es un tonto de capirote, ¿sabes?--dijo con la boca llena--; pero
al menos tiene fachada. En diciéndole que es un gran hombre se tira de
cabeza al agua por ti.... Tú no sabes.... Me ha colocado en el
Ministerio más de dos docenas de parientes.... Luego da gusto tener
cierta influencia en la política y que los diputados la mimen a una.
Ayer, precisamente, tuve la visita de Mauricio Sala, que quiere a todo
trance ser subsecretario. Al parecer, está seguro de que, siéndolo,
Urreta le dará su hija.
--Yo detesto la política.... ¿Sabes que Irenita está monísima con su
traje de cazadora?...
--¡Ps! vistosilla....
--No, no, monísima. ¿Dónde anda su marido, que no le he visto más que al
entrar?
--¿Su marido? ¡Valiente tuno está su marido!--exclamó levantando furiosa
la cabeza--. ¡Ay qué disgustos, querida, qué disgustos tan grandes tengo
sobre mí--añadió con la boca llena.
--¿María Huerta?--preguntó Clementina en tono confidencial.
--La misma--dijo entre dientes la viuda, mirando fijamente al pavo.
Luego encrespándose de pronto:--Es un bribón ¿sabes? un sinvergüenza,
que no sabe siquiera guardar el decoro de su mujer. La mayor parte de
los días la espera a la salida de San Pascual y la acompaña a pie hasta
su casa. En el teatro no le quita los gemelos de encima. ¡Una porquería!
Aunque sea un mal marido, que tenga dignidad. Y la pánfila de mi hija,
loca, perdida por él. ¡Has visto qué imbécil! No hace más que llorar y
pedirle celos.... ¡Qué más quiere ese monigotillo que verla
humillada!... Si yo estuviera en su caso ¡ya le diría!... Le ponía en
seguidita un armatoste en la cabeza que no cabía por esa puerta.
La exaltación de su espíritu no le impedía engullir lindamente.
--Dios te lo pague, hija--concluyó por decir levantándose--. A ver si
este corazón se está quieto un rato.
Pepa pretendía padecer de cierto mal de corazón que sólo se le calmaba
comiendo.
Pocos minutos después de salir ambas amigas del comedor, Clementina dió
las órdenes oportunas y el _buffet_ se abrió solemnemente. Las personas
reales entraron primero acompañadas de su servidumbre y de los amos de
la casa. Salabert había echado el resto en la cena. El gran comedor de
techo artesonado parecía un ascua de oro. Las flores de vívidos colores,
las frutas exóticas, la vajilla de plata, la cristalería, bajo las
poderosas lámparas de gas titilaban como el cielo estrellado, producían
un fuerte deslumbramiento. Los criados con casaca y peluca blanca,
aguardaban inmóviles, pegados a la pared, tiesos y solemnes. En las dos
cabeceras del salón ardían enormes troncos de encina dentro de sendas
chimenas con retablos de roble tallado, cuyos adornos casi llegaban al
techo. Todos los manjares que estaban sobre la mesa habían venido de
París acompañados de una comitiva de criados y marmitones. Se exceptuaba
el pescado, que procedía del Cantábrico, y un _pudding_ llegado por la
tarde de Londres. Eran fiambres en su mayoría. No obstante, había
_consommé_ caliente para el que lo pedía.
Las personas reales estuvieron muy cortos momentos en el comedor. Así
que salieron precipitóse en él la ola de la muchedumbre con harto poca
ceremonia. Los salones quedaron silenciosos en poder de los criados, que
con la regularidad y precisión de soldados cambiaron las bujías próximas
a extinguirse por otras nuevas, mientras el comedor resonaba con el
campanilleo de los platos y las copas, la charla y las carcajadas de los
convidados.
Cobo Ramírez abandonó por un rato a Esperancita dejándola en poder de su
rival, para sentarse en un rincón delante de una mesita volante y
devorar algunos trozos de _boeuf d'Hambourg_ y jamón. Naturalmente,
Ramoncito aprovechó este desahogo para poner de manifiesto el contraste
entre su parquedad poética y la glotonería prosaica de Cobo; hasta que
Esperancita le paró los pies diciendo con mal humor a su amiguita Paz,
que estaba del otro lado:
--Pues a mí me gustan los hombres que comen mucho.
--A mí también--repuso Pacita--. Al menos indica que no tienen enfermo
el estómago.
--Yo no lo tengo tampoco--se apresuró a decir el concejal, sofocado y
molesto por la actitud hostil en que las dos amiguitas se habían
colocado.
Paz se contentó con sonreír desdeñosamente.
El general Patiño, fatigado de enviar mortíferos proyectiles a la esposa
de Calderón sin que la plaza se diese siquiera por enterada, había
levantado el cerco para sitiar a la marquesa de Ujo, que a las primeras
granadas había capitulado abriendo las puertas al enemigo. Sin embargo,
el general, como estratégico consumado, no perdía de vista a Mariana,
esperando cualquier incidente favorable para caer de nuevo sobre ella.
Se decía en los periódicos que iba a ser nombrado ministro de la Guerra.
Este cargo, sin duda, le daría más prestigio y autoridad para entrar a
rebato en cualquier parte. La marquesa de Ujo vestía de turca y le
sentaba tan bien, que, según Alcántara, apetecía soltarle un tiro. Su
languidez era tanta aquella noche, que apenas tenía fuerzas para
articular las palabras. A cada paso el ilustre general se veía en la
necesidad de ayudarla en tan ímproba tarea. Mientras roía con sus
dientes desvencijados algunas pastas, pues no admitía otra cosa su
estómago, también un poquito averiado, disertaba, mejor dicho, exhalaba
una serie de exclamaciones acerca de cierta novela recién publicada en
Francia.
--¡Qué escena!... ¡Ah! ¡pero qué cosa tan linda!... Cuando ella le dice:
"Entrad en el cuarto si queréis: podréis manchar mi cuerpo, pero no mi
alma...." ¡Ah! ¡Y cuando va al lugar del duelo y recibe la bala que iba
dirigida a su marido!... ¡Qué cosa más linda!...
Pepe Castro caracoleaba (perdón por el símil) en torno de Lola
Madariaga. Esta le contaba con risa maligna lo acaecido hacía un rato,
cuando Clementina se presentó de improviso donde ella estaba con
Alcázar. Hablaba como si le hubiese arrancado el galán a su amiga, con
acento protector y desdeñoso que hubiera hecho dar un salto a la
orgullosa hija de Salabert si por ventura la hubiese oído.
--¡Pobre Clemen! Se está haciendo vieja, ¿verdad? ¡Qué figura tiene
todavía! Claro que es a fuerza de apretarse, y esto tarde o temprano le
va a hacer daño; pero de todos modos.... La cara no corresponde a la
figura, ¿no cree usted? Sobre todo ahora que se le está empañando el
cutis de un modo horroroso. Siempre ha tenido la fisonomía muy dura.
Y al mismo tiempo sus ojos claros y suaves miraban a Castro con tal
dulzura, que realmente era para empacharse. Le habían dicho siempre (y
era cierto) que tenía el semblante muy dulce. Para dar más realce a esta
cualidad ponía cara de idiota.
Castro asentía a todo, tanto por lisonjearla como por la mala voluntad
que tenía a Clementina. No sentía interés por Lola, pero a raíz de su
ruptura con aquélla se había consolado un poco festejándola: aunque en
ello había tenido no poca parte el deseo de no aparecer derrotado a los
ojos del mundo.
--¿Y usted cree que está enamorada realmente de ese niño que parece una
colegiala del Sagrado Corazón?
--¡Vaya usted a saber! Clementina presume mucho de original. Esta última
aventura la acredita de ello.... Mire usted qué miraditas tiernas le
está echando el bebé desde lejos.
Raimundo, en pie, allá en el extremo de una de las mesas, no quitaba ojo
a su amada, que iba y venía de un sitio a otro previniendo los deseos de
aquellos invitados a quienes más deseaba complacer. De vez en cuando le
enviaba una imperceptible sonrisa de inteligencia que transportaba al
joven al séptimo cielo.
Pepa Frías, si no comía porque estaba ahita, pellizcaba en las frutas y
confites, teniendo detrás de su silla a Calderón, Pinedo, Fuentes y
otros tres o cuatro caballeros maleantes que gozaban en tirarle de la
lengua. No se la mordía, en verdad, la fresca viuda. Se defendía
admirablemente de todos ellos parando y contestando los golpes con
maestría.
--¿Dónde dice usted que tiene gota, Pepa?
--En los pies, Pinedo, en los pies ... donde tiene usted el talento.
--Aunque usted me insulte, quisiera que me traspasase esa gota ... ¡por
tener siquiera una gota de usted!
--¡Pocas gracias! Sería una gota de esencia aromática--dijo un consejero
de Estado harto dulzón.
--¿Y usted qué sabe, hombre, si no ha metido la nariz más que en el coro
de ambos sexos?
El consejero se puso colorado. Todos rieron de la alusión.
--¡Pero qué cruel es usted, Pepa!--exclamó Fuentes riendo todavía--. Los
que aquí estamos no sabemos nada ... (digo, señores, yo hablo por mí),
del olor, del color, ni del sabor de usted; pero no nos quitará el
derecho de figurarnos que es usted una cosa apetitosa y tierna.
--¿Tierna?... Está usted en un error lamentable.
--Yo lo digo por lo que veo ...--dijo acercando el rostro al exuberante
seno de la viuda ...--Y a propósito: ¿qué lleva usted en ese alfiler?
¿es un retrato de familia?
El alfiler representaba un mono.
--No. Fuentes--replicó furiosa--, es un espejo.
De todo el grupo salió una carcajada espontánea que hizo volver la
cabeza a los que estaban cerca.
Fuentes quedó acortado un instante; pero como hombre de ingenio que era
supo reponerse.
--Yo seré mono, Pepa, pero usted es monísima.
--¡Bravo, Fuentes, bravo!--exclamó Calderón, a quien, como hombre
exclusivamente de _debe y haber_, causaba asombro cualquier frase
oportuna.
El tiroteo siguió aun después de haber salido la mayor parte de la gente
a los salones. El grupo se había reforzado con algunos pollastres. Esta
fué la razón de que Pepa se levantase bruscamente al cabo, diciendo:
--Me voy. Por mi causa están ustedes escandalizando a estos seres
tiernos y candorosos.
Los pollos protestaron con algazara.
Poco después de poblarse nuevamente los salones de baile se retiraron
las personas reales. Hubo para despedirlas el mismo ceremonial, esto es,
las filas apretadas a la puerta de la antesala, la Marcha Real por la
orquesta y la despedida de los dueños hasta la escalinata.
Clementina respiró con libertad. A paso lento, gozando el placer del que
ha terminado una tarea difícil, atravesó los salones dirigiendo sus ojos
risueños a todas partes, dejando fluir de sus labios palabritas amables
a los amigos con quien tropezaba. Aquel baile espléndido, quizá el más
suntuoso que hubiese dado jamás un particular en España, era obra suya
casi exclusivamente. Su padre había suministrado el dinero: pero ella la
actividad, el gusto, el artificio. Escuchaba las enhorabuenas que todos
al paso la murmuraban, mecida en una embriagadora satisfacción del amor
propio. La felicidad le hizo pensar en el amor, su complemento
indispensable. Acometióle un deseo penetrante de cambiar con Raimundo, a
solas, algunas tiernas palabras de cariño, algunas caricias fugitivas. Y
buscóle con los ojos entre la muchedumbre.
Raimundo había vagado toda la noche por los salones casi siempre solo.
Había esperado el baile con deseo pueril, prometiéndose vivos e
ignorados placeres. Jamás había asistido a una de estas fiestas
brillantes de la sociedad aristocrática. La realidad no correspondió a
su esperanza, como siempre acontece. Toda aquella vana ostentación, el
lujo escandaloso desplegado ante su vista, en vez de acariciar su
orgullo lo hirió cruelmente. Nunca se sintió tan forastero en aquel
mundo que hacía tiempo frecuentaba. Sus pensamientos, encaminados hacia
la melancolía, representáronle su pobre hogar, donde por su culpa iba a
faltar muy pronto lo necesario, la modestia de su santa madre, que no
vacilaba en desempeñar las tareas más humildes de la casa, y la de su
inocente hermana, que con ella había aprendido a ser económica y
trabajadora. Un remordimiento feroz le mordió el corazón. Observaba,
además, que en los jóvenes salvajes que le rodeaban existía contra él
cierta hostilidad latente. Tenía a muchos por amigos, le recibían
agradablemente, jugaba con ellos, les acompañaba en algunas excursiones
de placer: pero había llegado a comprender que para ellos no tenía otra
personalidad que la que le daba el ser amante de Clementina. En casi
todos los que trataba, percibía, o su exagerada susceptibilidad le hacía
percibir, un dejo desdeñoso que le humillaba horriblemente. El amor
frenético que profesaba a Clementina le compensaba bien de esta tortura
y hasta se la hacía olvidar muchas veces. Pero aquella noche su dueño
adorado, aunque no le olvidase, andaba lejos. Y le pasaba lo que a los
místicos cuando Dios no les tiende la mano: acometíale una gran
sequedad, un tedio abrumador. Bailó por compromiso dos o tres veces;
conversó un poco. Harto al fin de dar vueltas se retiró al más oscuro
rincón de una de las salas, y sentándose en un diván quedó sumido en
tristeza profunda.
Clementina le buscó en vano durante algunos minutos, hasta
impacientarse. Cuando entró en la sala de juego le vió al fin venir
hacia ella con la faz radiante. Toda su tristeza se había disipado al
verla y al observar que le buscaba.
--Si quieres que hablemos un momentito, vente al despacho de papá.
Saliendo al corredor lo hallarás a mano derecha--le dijo rápidamente y
con acento cariñoso.
Y se fué. Raimundo, por disimular, se acercó a una de las mesas de
juego: estuvo algunos instantes mirando.
Clementina se deslizó disimuladamente por los salones, salió al corredor
y se dirigió al despacho del duque, una pieza regia que sólo tenía de
respeto, pues siempre trabajaba arriba. Estaba profusamente iluminada,
como todas las estancias del piso principal. Al poner el pie en él creyó
percibir un sollozo ahogado, que la llenó de sorpresa y temor. Derramó
la vista por todo el ámbito y percibió, allá en el fondo, a una señora
tumbada en el sofá, ocultando el rostro con el pañuelo, en actitud de
llorar. Acercóse, y por el traje la conoció en seguida. Era Irenita.
--¡Irenita! Hija mía, ¿qué tienes?--exclamó inclinándose sobre ella con
solicitud.
--Ay, perdón, Clementina.... Me he metido aquí sin saber lo que
hacía.... ¡Soy tan desgraciada!
Y las lágrimas brotaron con abundancia de sus ojos.
--Pero, ¿qué te ha pasado, criatura?
--¡Nada, nada!--replicó la niña sollozando.
Hubo unos segundos de silencio. Clementina la contemplaba con lástima.
--Vamos--dijo acercando la boca a su oído--. Emilio te ha dado algún
disgusto esta noche.
Irenita no contestó.
--No te aflijas, tonta. Con eso no adelantas nada. Procura, aunque sea
haciendo un gran esfuerzo, aparecer indiferente. Ese es el medio mejor
de que no te desprecie.... Digo ... el medio mejor es otro ... pero no
te lo aconsejo, porque no está bien aconsejar ciertas cosas.... Si estás
enamorada de él no des tu brazo a torcer, por Dios.... Que no sepa estas
penas tuyas, porque eres perdida.... Déjale que satisfaga su capricho,
que él volverá a ti.
Irenita levantó su rostro bañado de lágrimas.
--¿Pero ha visto usted lo que ha hecho hoy? ¡Es horrible!
En aquel momento Clementina oyó pasos en el corredor. Sospechando de
quién eran fué rápidamente a la puerta, diciendo:
--Espera un poco: déjame cerrar.
Fué bien a tiempo. En aquel instante llegaba Raimundo. La dama puso el
dedo en los labios haciéndole seña de que se alejase. Irenita no
advirtió nada. Cuando Clementina volvió a su lado le dió cuenta, entre
lágrimas y suspiros, de los agravios que su marido le había inferido
aquella noche. En primer lugar, Emilio se vistió de húngaro para venir
al baile. Irene había observado en cuanto entró, que María Huerta vestía
también de húngara. Debían de estar convenidos, lo cual era una afrenta,
que más de una persona había notado. Luego bailaron un vals y un
rigodón. Mientras duró éste, Emilio no había cesado de hablarle al oído.
Toda la noche la había estado sirviendo lo mismo que un criado,
presentándole él mismo las fuentes de confites y frutas heladas. Una
vez, al darle una de éstas, le había apretado los dedos; bien lo había
visto. ¡Esto era una indecencia! Irenita quería suicidarse. Prefería
morir mil veces a padecer semejantes tormentos. Clementina la consoló
como pudo. Emilio la quería muchísimo: le constaba. Sólo que los hombres
tienen a lo mejor estos sofocos, lo que llaman los toreros, _extraños_.
Como el corazón no está interesado, dejándoles sueltos un momento se
hastían y vuelven a lo que verdaderamente aman.
Para arreglarse un poco y lavar los ojos no quiso llevarla al tocador
del baile: subióla al de la duquesa. Al cabo de unos minutos bajaron
ambas. Irenita prometió no dar a conocer su pena. En cuanto Clementina
enteró a Pepa de lo que había pasado, se sulfuró de tal modo que tuvo
necesidad de contenerla para que no fuese a arañar a su yerno.
--Bien, si no le araño ahora, le arañaré después--dijo alzando los
hombros con indiferencia. Tan resuelta estaba a ello--. Suceda lo que
suceda, yo no puedo consentir que ese _tití_ mate a mi hija, ¿sabes?...
Y en cuanto a esa pendona desorejada, no he de parar hasta que la escupa
en la cara ... y al cabronazo de su marido, lo mismo.... ¡Pues estamos
aviados!
--¿No será mejor que procures desembarazarte de ellos? Huerta está en el
Ministerio. Mira a ver si le mandas de gobernador a cualquier parte....
--¡Pues es verdad! Ahora mismo voy a hablar a Arbós.... ¡Pero lo que es
a mi señor yerno no le perdono!... Esta noche me las ha de pagar, o no
me llamo Pepa.
El duque, rodeado siempre de un grupo de fieles, se dejaba atufar a
golpes de incensario, soltando a largos intervalos algún gruñido
espiritual que los electrizaba, les hacía prorrumpir en exclamaciones de
alegría. Las señoras eran las que más se distinguían por su entusiasmo.
El genio especulador de Salabert les infundía vértigos de asombro, como
si se pusiesen a calcular cuántos vestidos podrían comprarse con sus
millones. Y él, tan flexible generalmente, que había llegado al puesto
que ocupaba, según propia confesión, a fuerza de puntapiés en el
trasero, al hallarse entre sus adoradores los maltrataba sin piedad. Sus
chistes brutales, lo mismo caían sobre los hombres que sobre las
señoras. Gozaba en la ostentación bárbara de su fuerza. Si aquellos sus
devotos admiradores se dejaban humillar tan pacientemente no dándoles
nada, ¿qué no sucedería si repartiese entre ellos sus millones, si el
becerro de oro comenzase a vomitar monedas?
En la sala de juego, adonde se fué después de haber despedido a los
soberanos, le tenían materialmente bloqueado una porción de
especuladores de segunda y tercera fila.
--¿Cómo van las acciones de Riosa, duque?--se atrevió a preguntarle uno.
--No me hable usted de eso--gruñó el prócer poniendo los ojos torvos.
El plan de Llera se estaba desenvolviendo puntualmente: esto es, el
duque, después de haber tomado un número crecido de acciones, se ocupaba
en producir el pánico entre los accionistas. Hacía ya algunos meses que
por medio de agentes secretos compraba acciones para venderlas al
instante con pérdida. Gracias a estas operaciones, el papel había bajado
considerablemente. Ahora preparaba el golpe definitivo, comprando mayor
cantidad para lanzarlo repentinamente al mercado, aprovechar la baja que
esto produciría y adquirir la mitad más una de las acciones.
--No todos los negocios han de salir bien--replicó el otro sonriendo con
mal disimulada satisfacción--. Usted ha sido siempre afortunado....
--No es a la fortuna a quien debe sus éxitos el duque. A su genio, a su
habilidad inconcebible es a quien los debe--manifestó un tercero
arreándole una tufarada de incienso.
--Sin duda, sin duda--se apresuró a decir el otro tratando a su vez de
apoderarse del incensario--. El duque es el primer genio financiero que
ha salido en nuestro país. Yo no comprendo cómo no se le entrega la
Hacienda española. Si él no la arregla, no hay que esperar salvación
para nosotros....
--Pues si acierto a salvarla como he acertado en el negocio de Riosa,
aviados quedan los españoles--profirió estoposamente el duque con acento
de mal humor.
--¿Pero ha salido tan malo el negocio?
--¡F....! para el Gobierno, no; pero para mí, que he tomado a la par
las acciones, me parece que no ha sido bueno.
El duque echaba la culpa de haberse metido en él al animal de su
administrador, a Llera, que se lo había metido por la cabeza contra
todos sus presentimientos.
--Los hombres como usted no deben fiarse de nadie más que de su
instinto--le decían--. Cuando se tiene el genio de los negocios....
Y la palabra _genio_ venía a cada instante a los labios de los fieles
idólatras del becerro.
Súbito apareció en la puerta de la sala Clementina seguida de Osorio, de
Mariana y de Calderón. Los cuatro traían el semblante inquieto y
asustado. Sus ojos se clavaron a la vez en Salabert, hacia el cual
avanzaron precipitadamente.
--Papá, escucha una palabra--le dijo Clementina.
Salabert se destacó del grupo y fué a reunirse con los otros en el
opuesto rincón.
--¡Esa mujer está ahí!...--dijo aquélla con voz alterada, los ojos
relampagueantes de ira.
--¡Es un escándalo!--manifestó Osorio.
--Algunas personas ya se han ido, y en cuanto se enteren, se irán
todas--apuntó con más sosiego Calderón.
--¿Qué mujer está ahí?--preguntó el duque abriendo mucho sus ojos
saltones.
--¡Esa mujer!... esa Amparo la malagueña--replicó su hija buscando el
tono más despreciativo.
--¡Cómo!--exclamó el duque con profundo estupor--. ¿Se ha atrevido esa
z---- a presentarse en el baile? ¿Quién la ha dejado pasar? Mañana mismo
despido al portero.
--No; a quien hay que despedir ahora mismo es a ella ... ¡en
seguidita!--dijo Clementina atropellándose por la cólera.
--¡Sí, sí ... ahora mismo! ¿Cómo es eso? ¡Atreverse esa desvergonzada a
poner los pies en esta casa y en un día semejante! ¿Ya no hay pudor? ¿Ya
no hay vergüenza? ¿En qué país estamos? ¿Pero cómo ha podido pasar? ¡Una
fiesta que había comenzado tan bien!
--Traía invitación, al parecer.
--Pues la ha robado o estará falsificada.
--Bien, bien; concluyamos pronto--dijo Clementina con voz irritada--.
Está en los salones. Es necesario que vayas a allá y la notifiques que
haga el favor de salir, del modo que mejor te parezca.... ¡Pero pronto!
antes que lo perciba la gente ... y sobre todo, mamá....
--No, chica; yo no voy.... Me conozco bien y sé que no podría contener
mi indignación. No nos conviene llamar la atención en este momento....
Ve tú, ve tú ... y que se largue pronto....
Clementina, sin pronunciar otra palabra, se alejó con paso rápido, el
rostro pálido y contraído, los labios trémulos. Lanzóse en el torbellino
de los salones y buscó ansiosamente a la intrusa. No tardó muchos
minutos en hallarla ¡oh vergüenza! del brazo del marqués de Dávalos.
Estaba espléndidamente hermosa la ex florista con su traje de María
Estuardo. Llevaba un sobretodo acuchillado de mangas abiertas, color
carmesí recamado de oro; un elegante prendido de encaje y menudas
florecillas de esmalte y perlas. Su incomparable belleza irritó aún más
la ira de Clementina.
La hermosa odalisca de Salabert, aunque de inteligencia limitadísima,
había tenido tiempo a reflexionar que su presencia en el baile podría
acarrear un conflicto. Pero su antojo era tan vivo y desordenado, que de
ningún modo quiso dejar de satisfacerlo, de lucir su costoso vestido de
reina de Escocia. Pensó que podría sortear aquella difícil situación
yendo a última hora, dando un par de vueltas por los salones y
retirándose en seguida. Hizose acompañar de una amiga vieja de aspecto
venerable. Amargo desengaño debió de experimentar cuando al penetrar en
los salones y tropezar con una porción de distinguidos salvajes a
quienes trataba con intimidad, Pepe Castro, el conde de Agreda,
Maldonado y otros, observó que todos le volvían la espalda y se
apresuraban a alejarse. Tan sólo el fiel Manolo, el loco marqués de
Dávalos, la reconoció y consintió en la mengua de ofrecerla el brazo.
Pocos minutos pudo disfrutar de su apoyo la malagueña. Cuando una
sonrisa de triunfo plegaba ya sus labios y a paso lento y majestuoso iba
dando su apetecida vuelta por los salones, se encontró repentinamente
frente a Clementina. Sin previo saludo ni la más leve inclinación de
cabeza, ni hacer caso alguno de su acompañante, ésta le puso la mano en
el hombro, diciéndola:
--Tenga usted la bondad de escuchar una palabra.
María Estuardo empalideció, titubeó unos instantes, y por fin dijo con
firmeza y ademán orgulloso:
--Nada tengo que hablar con usted. A quien deseo ver es al dueño de la
casa, al duque de Requena.
Margarita de Austria le clavó una mirada iracunda, que la otra sostuvo
sin pestañear. Luego, acercando la boca a su oído, le dijo con rabioso
acento:
--Si usted no me sigue ahora mismo, llamo a dos criados para que la
saquen del salón a viva fuerza.
La reina de Escocia se estremeció; pero tuvo aún ánimos para contestar:
--Deseo ver al señor duque.
--El señor duque no está visible para usted.... ¡Sígame, o llamo!
Y al mismo tiempo echó una mirada en torno como en ademán de cumplir su
promesa.
La Estuardo empalideció aún más. Desprendiéndose del brazo de Dávalos la
siguió al fin.
Esta escena había sido observada por varias personas; pero nadie osó
seguirlas si no es el demente Manolo, que lo hizo de lejos. La esposa
de Felipe III se dirigió a la antesala y allí dijo a un lacayo:
--El abrigo de esta señora.
No se habló otra palabra. El lacayo entregó el abrigo. María Estuardo se
lo puso sin ayuda de nadie, con mano temblorosa. Luego avanzó unos
cuantos pasos, y volviéndose de pronto, dirigió una mirada de odio
mortal a D.ª Margarita de Austria, que se la devolvió acompañada de una
sonrisa de desprecio.
Estaba de Dios que la desgraciada reina de Escocia había de ser
humillada siempre. Primero lo fué por su tía Isabel de Inglaterra. Ahora
la reina Margarita la ponía sin miramientos de patitas en la calle.
Donde encontró a su venerable amiga dentro ya del coche. Al ver el
comienzo de la escena pasada se había escabullido prudentemente. Antes
que partiesen, el marqués de Dávalos se juntó a ellas. No sabemos lo que
los salones de Requena ganaron en su aspecto moral con la marcha de
María Estuardo; pero sí podemos afirmar que perdieron mucho en el
estético. Porque, a la verdad, estaba lindísima.
El baile tocaba a su fin. Comenzaron los preparativos para el gran
cotillón. La muchedumbre se había aclarado un poco. Algunos se fueron
antes de terminar el baile, viejos en su mayoría a quienes hacía daño el
trasnochar. Entre las damiselas hubo la agitación y el movimiento que
precede siempre al cotillón. En esta última etapa el baile adquiere un
aspecto de recreo familiar muy grato. El arte y la imaginación
intervienen para arrancarle sensualidad y hacerle un pasatiempo
inocente, al estilo de las hermosas fiestas que en el siglo XIV se
celebraban en los palacios de Inglaterra y Francia. Para las niñas
casaderas suele ser también el momento en que termina el primer acto de
la comedia amorosa que han empezado a representar.
Pepe Castro había recibido el consejo de su ex querida Clementina
referente a la conveniencia de festejar a la niña de Calderón, con risa
como ya hemos visto. Sin embargo, no le cayó en saco roto. Mientras
bailaba y bromeaba con otras jóvenes, no dejó de acordarse más de una
vez. Al llegar el cotillón se acercó a Esperancita preguntándole si
quería ser su pareja, a sabiendas de que esto no podía ser, pues todos
los pollastres se apresuran a pedir tal merced a las damas así que
entran en el baile. Pero le convenía para el plan que comenzaba a
desenvolverse en su cerebro, fecundo en abstracciones. La niña lo tenía,
en efecto, comprometido con el conde de Agreda; mas al oir la demanda de
Castro, sintió tales deseos de acceder a ella, que con sorprendente
audacia respondió que sí.
La duquesa designó como dama directora a la condesa de Cotorraso, a la
cual se unió Cobo Ramírez. Este se imponía en todos los bailes como
habilísimo director de cotillones. Tan era así, que muchos días antes
del baile ya había celebrado largas conferencias con Clementina acerca
de este punto esencialísimo.
Formóse el corro de sillas. Pepe Castro fué a sacar a Esperanza, que
tomó su brazo de buen grado. Mas antes de dar un paso llegó el conde de
Agreda.
--¡Cómo, Esperancita! ¿No me había usted concedido el
cotillón?--preguntó sorprendido.
La audacia no abandonó a la niña, la audacia de la mujer enamorada.
--¡Ay, perdóneme usted, León! Cuando se lo concedí a usted no me
acordaba que ya lo tenía comprometido con Pepe--respondió en un tono que
podía envidiar la más consumada actriz.
El conde se retiró diciendo algunas palabras de cortesía, que no
pudieron ocultar su mal humor. Cuando quedaron solos, Esperancita,
asustada de aquel testimonio de interés que había dado a Castro, se
apresuró a disculparse ruborizada.
--La verdad es que no me acordaba de que lo tenía comprometido con
León.... Y como ya había tomado el brazo de usted ... y además el conde
baila de un modo que me fatiga mucho....
Pepe Castro no abusó de su triunfo; se manifestó modesto y sumiso. En
vez de galantearla descaradamente, adoptó un temperamento más
insinuante, colmándola de atenciones delicadas, estableciendo mayor
confianza entre ellos, mostrándola, en una palabra, mucho cariño, pero
sin hablarla de amor. La niña rebosaba de dicha. Espezaba a sentirse
adorada. Creía que la simpatía y el afecto con que siempre se habían
tratado Pepe y ella se transformaban al fin en amor. Su corazón empezó a
saltar alegremente dentro del pecho.
También Ramoncito estaba satisfecho con aquel trueque. El conde de
Agreda le era de poco tiempo atrás muy antipático, casi tan antipático
como Cobo Ramírez, porque empezó a sentir de él los mismos celos que del
otro. En cambio, a Pepe Castro considerábalo como su mismo yo; otro
concejal más esbelto. Las atenciones que Esperancita le guardase, las
tomaría como dirigidas a su propia persona. Así que, al verlos del
brazo, se conmovió profundamente, y al acercarse a ellos para decirles
algunas palabras insignificantes no pudo menos de ruborizarse. Pepe le
hizo un guiño malicioso como diciendo: "Has triunfado en toda la línea".
El joven concejal sintió que se acercaba a pasos de gigante el logro de
sus esperanzas y el apogeo de su dicha.
El cotillón fué digno remate de aquel baile brillantísimo. La fantasía
de Cobo Ramírez, apretada por la gravedad del caso, fascinó a los
invitados con peregrinas trazas y artificios delicados: los tuvo
enajenados cerca de una hora. Llamó la atención, y le valió unánimes
aplausos, un juego de sortija que se organizó en el medio del salón.
Cobo dividió a los caballeros en dos cuadrillas, que tiraron
alternativamente flechas con unos primorosos arcos dorados a la sortija
suspendida por una cinta del techo. Los vencedores tenían derecho a
bailar con las damas de los vencidos, mientras éstos los habían de
seguir dándoles aire con el abanico. Organizóse después otro juego de
cintas para las damas. La vencedora salió un momento del salón y
apareció en seguida en un magnífico carro tirado por cuatro lacayos
vestidos de esclavos negros: dió así una vuelta rodeada de todas las
demás, al compás de una marcha triunfal. Estas y otras invenciones no
menos famosas, dejaron para siempre sentada sobre bases sólidas la fama
del hijo de los marqueses de Casa-Ramírez.
Terminado el cotillón, comenzó el desfile de la gente. Fué una retirada
estrepitosa. Toda aquella muchedumbre se agolpó en el vestíbulo y en la
escalinata, charlando en voz alta, riendo, gritando alguna vez en
demanda del coche. El vasto jardín, iluminado por algunos focos de luz
eléctrica, ofrecía un aspecto fantástico, inverosímil, como los paisajes
de los cosmoramas de feria. Aquellas luces blancas, intensas, hacían aún
más negro y profundo el follaje, borraban los linderos del parque
extendiéndolo desmesuradamente. La noche era despejada. En el oriente
azuleaba ya la aurora. Hacía un frío intenso. Envueltos en sus gabanes
de pieles, los jóvenes salvajes quemaban los últimos cartuchos de su
ingenio en honor de las hermosas damas que tenían cerca. Los costosos y
pintorescos abrigos de éstas chillaban debajo de las bombillas
eléctricas. Los caballos piafaban, los lacayos gritaban, y los coches,
al acercarse lentamente a la escalinata, hacían crujir la arena de los
caminos. Sonaban golpes de portezuelas, ruido de besos, voces de
despedida. La rueda de los coches, al pasar por delante de la gran
escalinata, iba arrebatando poco a poco a los que allí estaban para
dispersarlos por todo Madrid en busca de reposo.
Pepe Castro se había colocado al lado de Esperancita y la hablaba
dulcemente al oído. La niña, embozada hasta los ojos, sonreía sin
mirarle. Cuando su coche llegó al fin, se estrecharon las manos
largamente.
--Supongo que no nos tendrá tanto tiempo olvidados como hasta ahora; que
irá por casa más a menudo--dijo ella teniendo aún su mano entre las del
gallardo salvaje.
--¿Usted quiere de verdad que vaya a menudo por su casa?--dijo
mirándola fijamente como un magnetizador.
--¡Ya lo creo que quiero!
Al decir esto se ruborizó fuertemente debajo del embozo, y desprendiendo
bruscamente su mano, siguió a su mamá que entraba en el carruaje.
Pepa Frías había dicho a su hija:
--Mira, chica, cuando nos vayamos, deseo que Emilio me acompañe. Estoy
nerviosa y no podría dormir si no le ajustase antes las cuentas. No
quiero más escándalos, ¿sabes? Le voy a dirigir el _ultimatum_. Si
persiste, tú te vienes conmigo y él que se vaya al infierno.
Estaba furiosa. Su hija, aunque quisiera poner reparos a esto de la
separación, pues adoraba a su infiel marido, no se atrevió. Bajó sumisa
la cabeza. Cuando llegó el momento de marchar, Pepa se dirigió a su
yerno:
--Emilio, haz el favor de acompañarme. Deseo hablar contigo.
"¡Malo!" dijo para sí el joven.
--¿E Irene?
--Que vaya sola. No se la comerán los lobos--respondió ásperamente.
"¡Malísimo!" tornó a decirse Emilio.
En efecto, Irenita dirigiendo ojeadas de temor y ansiedad a su mamá y su
marido, se metió sola en su berlina, mientras ellos subían a la de la
primera.
Cuando el carruaje comenzó a rodar, Emilio, para desarmar a su suegra,
quiso, como un chiquillo que era, desviar el rayo sacando una
conversación que pudiese entretenerla.
--¿Ha visto usted qué audacia la de Amparo? La creía capaz de muchos
desatinos, pero no de uno semejante.
Y habló de la Amparo con gran verbosidad sin conseguir que su suegra
desplegase los labios. Lo mismo sucedió cuando principió a hacer
comentarios acerca de la fortuna de Salabert, de los gastos del baile,
del extraordinario honor que había merecido de los soberanos aquella
noche, etc., etc. Pepa reclinada en su rincón, guardaba un silencio
feroz que no anunciaba nada bueno. Pero Emilio, sin desanimarse, tocó
con habilidad la tecla que responde en todas las mujeres.
--¿Sabe usted, Pepa (así la seguía llamando, lo mismo que cuando era
novio de su hija), que en un grupo donde estaba el presidente del
Consejo, oí, sin querer, grandes elogios de usted? Elogiaban mucho el
traje; pero más aún la figura. Decían que no había ninguna niña en el
baile que pudiera competir con la frescura de usted; que tenía usted un
cutis como raso, cada día más terso y brillante.
--¡Jesús, qué tontería! Esas son payasadas, Emilio. En otro tiempo, no
digo....
--No, Pepa, no; el cutis de usted es proverbial en Madrid. Ya daría
Irene algo por tenerlo como usted.
--¿Es mejor que el de María Huerta?--preguntó con tonillo irónico, donde
no se adivinaba, sin embargo, gran irritación.
Pepa había cambiado de plan: pensó que sería mucho mejor adoptar la vía
diplomática. A un chiquillo como Emilio, que no había sido indócil hasta
entonces, era fácil atraerlo con el cariño. Aquél, en la oscuridad del
coche, se había puesto colorado.
--El de María Huerta no vale nada.
--Por eso te gusta. Todos los hombres sois lo mismo en eso de cambiar
las orejas por el rabo. Mira, Emilito--añadió cogiéndole una mano,--yo
tenía que reñirte mucho, hablarte muy seriamente, decirte cosas muy
amargas ... pero no puedo, tengo un corazón tan estúpido que para todas
las ofensas encuentra disculpas. Hoy has hecho una barrabasada de marca,
lo bastante para que Irene se separase de ti; pero a mí se me antoja que
no es tan grande como parece, porque eres un chiquillo aturdido. Estoy
segura de que tú mismo no te explicas la gravedad de ella....
Pepa continuó su sermón en tono dulce y persuasivo. Emilio, que esperaba
una rociada de injurias, quedó gratamente sorprendido. Escuchólo con
sumisión, y después, con voz conmovida, empezó a disculparse. Verdad que
había coqueteado un poco con María Huerta, pero juraba que no estaba
interesado por ella. Era una cuestión de amor propio. Cuando él se había
casado con Irene, esta María había dicho en casa de Osorio que no
comprendía cómo Irene aceptaba por marido un chico tan feo y tan
insustancial. Entonces juró que se tragaría aquellas palabras: ya estaba
conseguido. Por lo demás ¡qué amor ni qué calabazas! Nunca había estado
enamorado de María Huerta ni pensaba estarlo.
--Yo no podía creer que estuvieses enamorado, porque siempre has tenido
buen gusto.... Porque en resumen, esa mujer no es más que un paquete de
trapos.... Si vistes el palo de la escoba como ella, puede muy bien
hacer sus veces.... Pero ya ves, Irene lo cree y tienes la obligación de
evitarla esos disgustos. Si yo estuviese en su caso no me los darías,
monigote--añadió cogiéndole cariñosamente de la oreja--. Ya sabría yo
tenerte bien amarradito a mis faldas.
--Lo creo--repuso el joven dirigiéndola una larga mirada que nada
tenía de filial--. Usted tiene más recursos que Irene.
--¿Pues?--preguntó ella con otra mirada poco maternal.
--Porque usted es una mujer más complicada; que necesita más estudio.
Por lo mismo, no me dejaría tiempo a aburrirme seguramente.
--¿Qué sabes tú de eso, mamarrachillo? Hablas de mí como si me supieses
de memoria.
--¡Qué más quisiera yo!
--¡Vaya, Emilio, no seas payaso! Mira que me estás faltando al respeto.
La conversación siguió en este tono alegre y cariñoso mientras el
carruaje rodaba por las calles sombrías. En aquel rincón oscuro,
sacudidos por el vaivén de los resortes y aturdidos por el estrépito de
las ruedas al saltar sobre el pavimento, el cuchicheo se hizo cada vez
más íntimo, más insinuante, animado a cada momento por risas ahogadas y
palabritas dulces. De ambos se había apoderado un suave enternecimiento;
de Pepa por haber hallado a su yerno tan dócil; éste por ver a su suegra
tan cariñosa y transigente, creyendo encontrarla hecha una furia.
Animado con su éxito, acariciado por aquella dulce confianza que
repentinamente se estableció entre ellos, no cesaba de piropearla. Pepa
se enfadaba o fingía enfadarse, le daba pellizcos feroces, le llamaba
hipócrita, coquetón, desvergonzado. Concluyó por decir:
--Todo eso que me dices es una farsa tuya. Si fuese verdad me alegraría,
porque así tendría cierta influencia contigo para hacerte un buen
marido.
Al salir del coche, con el rostro encendido, más hermosa que nunca, le
dijo:
--Sube un momento: tengo que darte el reloj de Irene, que se le ha
olvidado ayer.
Emilio la subió del brazo y entró con ella en su gabinete.
Mientras tanto, Irenita llegaba a casa en un estado de agitación fácil
de comprender en una niña tan sensible y enamorada de su marido. La
conducta de Emilio aquella noche la había trastornado, la había puesto
excesivamente nerviosa. Y para fin de fiesta, la escena violenta que
preveía entre su madre y su marido, de la cual tal vez saldría su
ruptura definitiva con éste, la llenaba de espanto. Así que, apenas
saltó en tierra delante de la puerta, acometida súbito de un vivo e
irresistible anhelo, volvió a montar apresuradamente, diciendo al
cochero:
--A casa de mamá.
Le abrió el sereno la puerta exterior: la del piso el criado que había
estado velando y que aguardaba la salida del señorito para irse a
costar.
--¿Dónde está mamá?
--En las habitaciones de adelante con el señorito Emilio.
Irenita se dirigió con precipitación a la sala. No estaban allí. Pasó
luego al _boudoir_. Tampoco, ni se oía el más leve ruido. Entró en el
gabinete. Nada. Entonces, sobrecogida de terror, de duda, de ansiedad,
lanzóse hacia la alcoba oculta por cortinas de brocatel donde creyó
percibir algún rumor. En aquel momento se alzaron las cortinas y
apareció su marido agitado y descompuesto, contemplándola con ojos de
espanto. Irenita dió un grito y se desplomó sobre el pavimento.