#Baile en el palacio de Requena.#
Transcurrieron los días y los meses. Clementina pasó el verano, como
siempre, en Biarritz. Raimundo la siguió, dejando a su hermana confiada
a unos parientes, y regresó cuando aquélla a últimos de Septiembre. Por
la casa de los huérfanos soplaba un viento tormentoso que la había
removido por completo. Raimundo, abandonando en absoluto sus estudios y
costumbres metódicas, se había lanzado con ardor de neófito a los
placeres mundanos. Su hermana, aterrada por este cambio, le hizo
suavemente algunas advertencias, sin resultado. El joven se enfadaba
como niño mimoso. Cuando la reprensión era más dura, se echaba a llorar
desconsoladamente, llamándose desgraciado, diciendo que no le quería,
que más le hubiera valido morirse cuando su madre, etc., etc. Aurelia,
en vista de esto, había determinado callarse, padeciendo en silencio,
llena de aprensiones y presentimientos tristes. Bien adivinaba la causa
de aquel cambio; pero en sus conversaciones ninguno de los dos osó hacer
referencia a ella: Raimundo, porque no podía dignamente declarar a su
hermana las relaciones que sostenía con Clementina: aquélla, porque
creía indecoroso darse por advertida.
Aquellas relaciones obligaron a nuestro joven a hacer gastos
extraordinarios que no permitía su renta. Para seguir el carruaje de su
amante entre la balumba de ellos en los paseos del Retiro y la
Castellana compró un bonito caballo, después de dar previamente algunas
lecciones de equitación. Los teatros, las flores y los regalitos a su
ídolo, las francachelas con sus nuevos amigos del _Club de los
Salvajes_, los trajes y las joyas, todo lo que constituye, en suma, el
tren de un lechuguino en la corte, le hicieron desembolsar sumas enormes
con relación a su hacienda. Para ello hubo necesidad de echar mano del
capital. Este consistía, como ya sabemos, en acciones de una fábrica de
pólvora y en títulos de la Deuda. Unos y otros documentos guardábalos
su madre en un cofrecito de hierro dentro de su armario. Cuando murió,
el pariente de los chicos a quien correspondía la tutela vino a
examinarlos y tomó nota de ellos. Pero como Raimundo gozaba tal fama de
muchacho formal, de conducta intachable, como hacía ya tiempo que
manejaba y cobraba los cupones, y como en fin no le faltaban más que
tres años para llegar a la mayor edad, su tío no quiso recogerlos. Los
dejó en el mismo cofrecito que estaban. Pues bien; Raimundo, necesitando
a toda costa dinero, y no atreviéndose a pedírselo a nadie, faltó a esta
confianza vendiendo poco a poco algunos títulos. Y es lo raro del caso
que siendo un chico hasta entonces tan puro de costumbres, tan recto en
el pensar y tan honrado de corazón, llevó a cabo esta villanía sin
grandes remordimientos. Hasta tal punto su desatinada pasión le había
desequilibrado y aturdido.
No sólo hizo esto sino otra cosa peor, si cabe. Su curador, al enterarse
de sus gastos excesivos y de la vida que llevaba, s presentó un día en
su casa, encerróse con él en el despacho y le interpeló bruscamente:
--Vamos a cuentas, Raimundo. Por lo que me han dicho y por lo que veo,
estás haciendo unos gastos que de ningún modo puedes sostener con tu
renta. El caso es grave. Yo, como curador, necesito saber de dónde sale
ese dinero, no sólo por ti, sino principalmente por tu hermana....
Experimentó una violenta emoción. Se puso pálido y balbució algunas
palabras ininteligibles. Luego, viéndose apurado, comprendiendo
rápidamente que de aquella entrevista dependía su salvación, esto es, la
salvación de su amor, no tuvo inconveniente en mentir descaradamente.
--Tío, es cierto que hago gastos considerables, muy superiores a los que
podría hacer con mi renta.... Pero nada tiene que ver en ellos el
capital que heredé de mis padres.
--¿Entonces?...
--Entonces--... dijo bajando la voz y como sí le costase trabajo
hablar--, entonces ... yo no puedo decirle a usted el origen de este
dinero, tío.... Es una cuestión de honor.
El curador quedó estupefacto.
--¿De honor?... No sé lo que quieres decir; pero mira, chico, yo no
puedo quedar conforme.... Mi posición es delicada. Si no velo como debo
sobre vuestros intereses, mañana se me puede pegar al bolsillo y no
tiene gracia.
Raimundo guardó silencio unos momentos. Al fin, vacilando y tropezando
mucho, dijo:
--Puesto que es necesario decirlo todo, lo diré.... Usted habrá oído
hablar quizá de mis relaciones con una señora....
--Sí, algo he oído de que haces el amor a la hija de Salabert.
--Pues ya tiene usted explicado el misterio ...--dijo poniéndose
fuertemente colorado.
--¿De modo que esa señora?...--replicó el tío haciendo resbalar la yema
del dedo pulgar sobre la del índice.
Raimundo bajó la cabeza y no dijo nada, o, más exactamente, lo dijo todo
con su silencio. Él, que había rechazado con indignación y tristeza los
billetes de Banco de su querida, confesábase ahora culpable, sin serlo,
de tal indignidad, bajo la influencia del miedo.
Su tío era un hombre vulgar, un almacenista de la calle del Carmen. La
confesión de su sobrino, lejos de sublevarle, le hizo gracia.
--¡Bien, hombre!... Me alegro de que hayas salido del cascarón y sepas
lo que es el mundo. ¡Ah, tunante, qué callado te lo tenías!
Pero como todavía se quedase en el despacho adivinándose en su actitud
un resto de inquietud, Raimundo, con esa audacia peculiar de las mujeres
y de los hombres débiles en las circunstancias críticas, dijo con
firmeza:
--El capital de mi hermana y el mío está íntegro. Ahora mismo va usted a
ver los títulos....
Y sacó la llave y se dirigió al armario. Su tío le detuvo.--No hace
falta, chico.... ¿Para qué?
Así salió, casi milagrosamente, de aquel terrible compromiso, que de
otro modo hubiera producido una catástrofe. Sin embargo, la victoria le
costó muchos momentos de cruel amargura, un gran desfallecimiento físico
y moral que por poco le hace enfermar. No es posible romper bruscamente
con nuestras ideas y sentimientos, con lo que constituye nuestro
carácter, sin que la ruptura produzca vivo dolor.
Por esta época vino a visitarle un caballero chileno, aficionado a la
zoología y dedicado también a la especialidad de las mariposas como él.
Venía de Alemania y se disponía a regresar a su país. Había leído
algunos de sus artículos científicos, y teniendo además noticia de su
colección, no quiso pasar por Madrid sin verla. Raimundo le recibió con
alegría y un poco de vergüenza también. Hacía ya algunos meses que no se
ocupaba poco ni mucho en asuntos de ciencia, que tenía su colección
abandonada. A pesar de eso el chileno la halló muy notable y simpatizó
extremadamente con él. Le dijo que tenía encargo de su Gobierno para
llevar algunos jóvenes de valer que se pusiesen al frente de las
cátedras recién creadas en Santiago de Chile. Si quería venirse, una de
ellas sería para él. El sueldo que se le ofrecía era bastante crecido,
la posición brillante en un país nuevo y ansioso de instrucción. En
otras circunstancias, Raimundo, que ya no tenía más vínculo en España
que su hermana, quizá se hubiera decidido a emigrar con ella. Más ahora,
enloquecido por el amor, encontró tan absurda la proposición que no pudo
menos de sonreír con cierta lástima al rechazarla cortésmente, como si
fuese un millonario o un hombre colocado en la cima de la sociedad
española.
Para costear su viaje a Biarritz necesitó enajenar más papel de la
Deuda. Llevó en metálico a Francia unas cinco mil pesetas, cantidad más
que suficiente para pasar el verano. Sin embargo, a los pocos días,
arrastrado del ejemplo de sus amigos, se le antojó jugar en el Casino a
_los caballitos_. En dos sesiones perdió todo el dinero. No estando
avezado a estos lances, lo único que se le ocurrió fué regresar
precipitadamente a Madrid, vender más títulos y volverse otra vez. Su
hacienda mermaba de día en día. Cuando empezó el invierno tenía ya de
menos algunos miles de duros; mas esto no le impidió seguir gastando
lindamente. Aurelia, que tal vez por indicación de su tío y curador, o
por propias sospechas, creía saber de dónde procedía aquel dinero,
andaba melancólica, recelosa. No podía menos de mirar a su hermano con
ojos donde se reflejaba la pena, la lástima y la indignación también.
Así continuaran las cosas hasta Carnaval. La duquesa de Requena había
mejorado bastante en unos baños de Alemania, adonde su marido la había
llevado. Desde que tenía hecho testamento a favor de su hijastra, éste
la prodigaba extremados cuidados, sabiendo cuánto le importaba su vida.
Los negocios del célebre especulador marchaban también prósperamente. La
mina de Riosa se había comprado como él pretendía, al contado. Desde
entonces, sordamente, había comenzado a hacer guerra a las acciones,
vendiéndolas cada vez más baratas para depreciarlas. Llevaba buen camino
para conseguirlo. En pocos meses habían bajado desde ciento veinte, a
que se habían puesto poco después de la venta, hasta ochenta y tres.
Salabert esperaba de un momento a otro, por medio de una gran oferta que
tenía preparada, introducir el pánico en el mercado y hacerlas bajar a
cuarenta. Entonces, por medio de sus agentes en Madrid, en París y en
Londres, se haría dueño de la mitad más una, y por lo tanto del negocio.
Porque le interesaba para sus fines políticos y económicos y por
satisfacer al genio fanfarrón que, a pesar de su avaricia, habitaba
dentro de él, resolvió dar un gran baile de trajes en su magnífico
palacio, invitando a toda la aristocracia madrileña y a las personas
reales. Los preparativos comenzaron dos meses antes. Aunque el palacio
estaba espléndidamente amueblado, el duque hizo desterrar de los salones
algunos muebles demasiado grandes y pesados y traer de París otros más
sencillos y ligeros. Se quitaron algunos tapices; se compraron muchos
objetos de arte, de los cuales estaba un poco necesitada la casa. Veinte
días antes del designado para el baile, se enviaron las grandes tarjetas
de invitación. Era necesario todo este tiempo para que los invitados
pudiesen preparar sus disfraces. Exigíase traje de capricho: a los
caballeros, cuando menos, la talmilla veneciana sobre los hombros. La
prensa comenzó a esparcir el anuncio del baile por todos los rincones de
España.
Como su madrastra ni entendía mucho en estos asuntos, ni estaba en
disposición, a causa de su quebrantada salud, de tomar parte activa en
los preparativos, el alma de ellos fué Clementina. Pasaba el día en
casa de su padre, robando sólo algunos ratos que dedicaba a Raimundo.
Osorio tuvo la mala ocurrencia de traer a las dos niñas que tenía en el
colegio de Chamartín, una de diez y otra de once años, a pasar unos días
con ellos. Las pobrecitas tuvieron que marcharse antes de lo que les
había prometido su padre, porque Clementina estaba tan ocupada que
apenas podía fijar en ellas la atención. Esto indignó tanto a Osorio,
que un día, sin que se despidiesen de su madre, las metió en el coche y
las llevó él mismo al colegio. Por cierto que a la noche, cuando
Clementina regresó, hubo con este motivo una escena violenta entre los
esposos. Raimundo también padecía con las ocupaciones de su amante. Pero
no dejaba de gozar puerilmente con la perspectiva del baile, al cual
pensaba asistir vestido de paje de los Reyes Católicos. Fué una idea que
le suministró Clementina. El modelo lo sacaron de un célebre cuadro que
había en el Senado. Ella estaba enamorada del retrato de D.ª Margarita
de Austria, esposa de Felipe III, hecho por Pantoja. Se mandó hacer un
traje igual de terciopelo negro muy ajustado al talle, con saya interior
color de rosa recamada de plata. Este traje era muy a propósito para
realzar la gallardía de su figura y la belleza majestuosa de su rostro.
El duque trabajaba también en la parte menos delicada de los
preparativos, en la erección del estrado para la orquesta, que hizo
colocar adosado a la pared medianera de los dos grandes salones de baile
contiguos, rodeándolo de plantas y arbustos, en el arreglo del
guardarropa, en la colocación de alfombras, en la traslación de muebles,
etc. Salabert era un terrible sobrestante para sus operarios, un
verdadero mayoral de _ingenio_. No los dejaba reposar: les exigía un
cuidado incesante: jamás se le daba gusto en nada. Se trataba un día de
trasladar cierto armario de ébano tallado, desde el salón que iba a ser
de conversación, a la sala destinada a jugar. Los obreros, dirigidos por
el maestro carpintero, lo llevaban suspendido, mientras el duque los
seguía recomendándoles atención con una sarta de interjecciones que
dejaba escapar oscuramente entre el cigarro y sus labios sinuosos,
nauseabundos.
--¡F...., despacio!... ¡Despacio tú, papanatas, el de las narices
largas!... Cuidado con esa lámpara.... Baja un poco tú. Pepe ... ¡F....,
no seas jumento, baja más!... ¡Eh! ¡eh! arriba ahora....
Al llegar al hueco de una puerta, el maestro, viendo que era fácil
lastimarse, les gritó:
--¡Cuidado con las manos!
--¡Cuidado con los relieves, F....!--se apresuró a gritar el duque--.
¡Lo que menos me importa a mí son vuestras manos, babiecas!
Uno de los obreros levantó la vista y le clavó una mirada indefinible de
odio y desprecio.
Cuando el mueble estuvo en su sitio, el duque mandó enganchar y se
dirigió a sus habitaciones a quitarse el polvo. Poco después bajaba por
la gran escalinata del jardín y montaba en coche, dando orden que le
condujesen al hotel de su querida.
La pasión brutal del banquero por la Amparo había crecido mucho en los
últimos tiempos. Todavía fuera conservaba su razón; pero en cuanto ponía
el pie en la casa de la hermosa malagueña, la perdía por completo, se
transformaba en una bestia que aquélla hacía bailar a latigazos. Ni se
crea que esto es enteramente figurado. Contábase en Madrid que el duque
traía un aro de hierro con una argolla al brazo en señal de esclavitud,
y que la Amparo le ataba con cadena cuando bien le placa. Algunos
amigos, para cerciorarse, le habían apretado el brazo burlando y
certificaban que era cierto. La ex florista, aunque de inteligencia
limitadísima y de cultura más limitada aún, tenía suficiente instinto
para remachar los clavos de esta esclavitud. Con su genio arisco y
desigual, aumentaba el fuego de la sensualidad en aquel viejo lúbrico.
El duque había llegado a persuadirse de que su querida, a pesar de las
sumas fabulosas que con ella gastaba, era muy capaz de dejarle plantado
si un día se atufaba. Esta convicción le tenía siempre sobresaltado y
rendido, dispuesto a humillarse, a cometer cualquier bajeza por
complacerla. Aunque muy sagaz, su lascivia le cegaba hasta el punto de
no comprender que la Amparo era más interesada y astuta de lo que él se
figuraba.
Cuando llegó al hotelito de mazapán, serían las tres de la tarde. Amparo
estaba conferenciando gravemente con la modista; de modo que se vió
obligado a esperar un rato leyendo los periódicos. Al salir del
gabinete, la joven exclamó:
--¡Ah! ¿Estaba usted ahí duque?
--Sí; no he querido sorprender secretos de Estado.
--¡Y que lo diga! ¿Verdá usté?--dijo la ex florista echando una mirada
significativa a la modista.
Esta sonrió discretamente y se fué. El duque abrazó por el talle a su
querida y la llevó al gabinete.
--¿Cómo te va, chiquita? ¿Bien, eh?
--¡Al pelo, hijo! ¿Cómo quieres que me vaya con un hombre tan
retrechero?
Al mismo tiempo se colgó de su cuello y le dió un largo y sonoro beso en
la mejilla. Los párpados del duque temblaron de placer; mas por sus ojos
pasó al mismo tiempo un reflejo de inquietud. Siempre que la Amparo se
le colgaba del cuello era para darle un sablazo formidable, una entrada
a saco en el bolsillo.
--¡Y que no tiene quita el gachó! ¡Y que no sabe lo que son
mujeres!--siguió la hermosa contemplándole con admiración.
"¡Malo! ¡malo!" dijo para sí el banquero. Sin embargo, las caricias de
su querida le hacían feliz.
--Mira, Tono, no hay cosa que más me guste que decirles por lo bajo a
todas las sin vergüenzas que pasean por el Retiro: "¡Andad, andad,
hambronas, que si a mí se me antoja os puedo enterrar en billetes de
Banco!..." ¿Verdá tú, salao?
"¡Malísimo!" volvió a decir el duque en su interior; y en voz alta:
--Algunos hay, preciosa; algunos hay en casa.
Y llevando la mano al bolsillo para sacar la cartera, dijo brutalmente:
--¿Cuántos necesitas?
--¡Ninguno, canalla!--exclamó ella soltando a reir--. Pensabas que me
estaba preparando para darte un sablazo, ¿eh?
--¡Claro! No te veo cariñosa sino cuando necesitas dinero.
--¡Habrá embusterazo, marrullero! Cualquiera que te oyese, pensaría que
es cierto. Confieso que soy un poco bruta y testaruda, ¡pero no siempre,
hijo, no siempre!... Además, no me sienta mal este geniecillo agrio,
¿verdá tú?
La hermosa odalisca se había sentado sobre las rodillas del duque y le
daba fuertes palmadas con entrambas manos en sus carrillos de trompetero
recién rasurados. Vestía una bata de color azul oscuro con adornos más
claros, que le sentaba admirablemente. Su tez era cada día más fina, más
tersa, más nacarada. Era un milagro de la naturaleza. Y sobre aquella
tez lucían sus grandes ojos negros sombríos, salvajes, con un fuego
misterioso y sensual. Sus cabellos, que daban en azules de tan negros,
caían ondeados sobre la frente ocultándola a medias. Su garganta,
amasada con leche y rosas, pedía a gritos el homenaje de los labios. El
duque estaba contentísimo desde que había conjurado el peligro: se
derretía en caricias, que la Amparo aceptaba sumisa contra su costumbre.
--Espera un poquito. Hoy quiero que tomes café conmigo.
--Ya lo he tomado, hija.
--No importa, lo vas a tomar otra vez. Hace ya muchos días que no lo
tomamos juntos. ¡Claro, con ese dichoso baile te van a saltar los sesos!
Al mismo tiempo se levantó y comenzó a maniobrar con los enseres de
hacer café, que estaban dispuestos sobre la mesa.
--Yo mismita te lo voy a hacer para que te relamas, so canalla: y voy a
echar en él unos polvitos que me ha vendido una gitana para ponerte
blandito, ¿sabes?... Porque tengo que pedirte una cosa.
Los ojos del duque volvieron a reflejar inquietud. Pero se apresuró a
disimularla riendo.
--¡Ya lo decía! ¿Qué tienes que pedirme, rubita?
--En tomando el café lo sabrás.
No pudo arrancarle antes el secreto. Arrimó una mesilla japonesa a la
butaca donde estaba el duque. Para sí trajo una sillita dorada. Y
charlaron con animación o, por mejor decir, charló ella mientras él la
escuchaba arrobado, con la cabeza echada hacia atrás, acercando de vez
en cuando con su mano trémula de hombre gastado la taza a los labios.
--Oye, Tono--dijo ella cuando terminaron, poniendo con decisión los
codos sobre la mesa y mirándole fijamente:--¿qué te parece de ir yo a tu
baile?
Otro que no fuese Salabert hubiese dado un brinco al oir semejante
atrocidad. El no hizo más que abrir los ojos repentinamente, para dejar
caer los párpados otra vez quedando en la misma actitud soñolienta.
--No me parece mal.
--¿De modo que puedo ir?
--¡Ya lo creo que puedes ir! Lo que no podrás será entrar.
--¿Pues?--exclamó ya encrespada la bella.
--Porque no te recibirían.
Amparo se levantó furiosa.
--¿Y por qué no me recibirían, dí, por qué?--profirió sacudiéndole un
brazo y acercando su cara a la de él.
--¡Calma, chica, calma! Porque mi hija no puede soportar a su lado una
mujer más bonita que ella. Si te presentases en mi casa, todas las
miradas se irían tras de ti: serías la verdadera reina del baile.... Ya
comprendes que eso no le haría maldita la gracia.
Amparo miró al duque fijamente para averiguar "si se estaba quedando con
ella". La fisonomía de aquél permanecía inalterable.
--Bien; pues de todos modos quiero ir--dijo con mal humor y recelosa--.
Me traerás una invitación.
--¿Qué más quisiera yo, querida, que traerte una invitación? Si sabes de
alguna persona a quien yo deseara más ver en el baile que a ti, dilo....
Pero mi mujer y mi hija me sacarían los ojos, ¿sabes?
--¿Y qué tengo yo que ver con tu mujer y tu hija?--preguntó la irascible
malagueña--. Tú eres el amo. Yo quiero una invitación y la tendré.
Quedamos, pues, en que mañana me la traerás....
--Dispensa, chiquita....
--¡Ah! ¿Conque no quieres? ¿Conque te niegas a darme ese gusto?
Entonces, grandísimo gorrino, embustero, ¿por qué no hablas claro? Es
decir que yo te estoy aguantando, viejo sucio, te estoy siendo fiel como
si fueses el chico más guapo de Madrid, y cuando se trata de complacerme
en una cosa insignificante te llamas andana. ¡Ay, que tío! La tonta es
una en guardar consideraciones a quien no las merece. Y luego, ¿quién me
va a rechazar? ¡La de Osorio! ¡Olé mi vida!... Siento mucho decírtelo,
hijo, aunque bien debes saberlo. Clementina, en cuanto a conducta, vale
tanto como yo ... menos que yo, porque al fin y al cabo soy libre, y
ella no.... Pero tú tienes menos vergüenza que ella.... ¡Qué se puede
esperar de un hombre que se pone de rodillas delante de una p... y se
deja abofetear por ella! Lo mismo que de todos esos pendones viejos que
irán a tu baile y que nos pueden poner a nosotras escuela de porquerías.
La bella soltaba o mejor vomitaba estos y otros insultos acompañados de
interjecciones de cochero, paseando furiosa por la estancia. De pronto
se paró delante del duque y le gritó hecha una hiena:
--¡Sal de aquí, so gorrino! Sal de mi casa. Me escupo yo en tí y en tus
millones.
Salabert soltó una carcajada.
--Amparito, nunca te he visto tan enfadada, ni tan guapa tampoco....
Aquí está la invitación--dijo sacando la cartera.
--Métela en ...--exclamó la sultana con desprecio.
Fué preciso que el banquero se humillase a rogarle que la aceptara. Al
cabo de muchas súplicas se dignó tomarla.
--Bien; déjala ahí y vete al pasillo por haberme puesto tan nerviosa.
Esto de mandarle al pasillo era un castigo que la Amparo había inventado
últimamente. Cuando el duque la impacientaba o la aburría, echábale de
la habitación y le tenía a veces horas enteras en la antesala o en el
pasillo esperando como un perro. Ahora no tardó tanto en abrirle de
nuevo. Estaba sonriente y serena y le abrazó cariñosamente.
--Oye, Tono, ¿estaría bien, disfrazada de María Estuardo?
--Estarías admirablemente. Creo que debes encargarte el traje en
seguida.