#Los amores de Raimundo.#
La nueva aventura amorosa de Clementina se desenvolvía de un modo tan
pueril como grato para ella. Después de aquella inoportuna vuelta de
cabeza, que tanto la había avergonzado, se guardó bien, durante algunos
días, de mirar hacia atrás, aunque el saludo que enviaba a Raimundo
fuese cada vez más expresivo y afectuoso. El capricho (por no darle
mejor nombre, pues no lo merecía) fué echando, no obstante, tanta raíz
en su imaginación, que concluyó por volverse otra vez; al día siguiente
también; al otro igual, encontrando siempre los gemelos del joven
clavados sobre ella. Por fin, un día se volvió desde la esquina y le
hizo un nuevo saludo con la mano.
"Vamos, he perdido la vergüenza", murmuró después poniéndose colorada. Y
tan verdad era, que desde entonces no pasó otra vez sin hacer lo mismo.
Pero aquella situación, aunque graciosa y original, iba pareciéndole
pesada. Su temperamento fogoso no le permitía gozar jamás con
tranquilidad del presente, la impulsaba a buscar con afán un más allá, a
precipitar los acontecimientos, aunque muchas veces, en lugar del placer
apetecido, quedase envuelta en los escombros del alcázar que su fantasía
había levantado. En esta ocasión, sin embargo, tenía mejores motivos que
otras veces para desear salir de ella. Era tan falsa, que tocaba en los
lindes de lo ridículo. A solas consigo misma solía confesárselo.
"La verdad es que, bien mirado, yo le estoy haciendo el oso a ese
muchacho. Parezco una dama de la isla de San Balandrán."
Mas, aunque todos los días se proponía dar un corte a aquella aventura
no saliendo más a pie, o cruzando por delante de la casa de Raimundo sin
levantar la mirada o, a todo más, dirigiéndole un saludo frío, es lo
cierto que no tenía fuerza de voluntad para llevar a cabo su propósito.
Ni siquiera para dejar de enviar el consabido adiós desde la esquina.
Una cosa la preocupaba sobremanera. Y es que el joven, viendo las
claras señales que ella daba de arrepentimiento, las pruebas un tanto
humillantes de su simpatía hacia él, no se apartase de la obediencia, no
la siguiese jamás ni buscase ocasión de encontrarse con ella en el
paseo. Esto, a la larga, iba irritando su amor propio. Parecía que aquel
señor tomaba con demasiada afición el papel contrario. Pensando en esto,
algunas veces llega a encolerizarse. Mas al cruzar de nuevo por delante
de él le veía tan risueño, tan feliz, con tales deseos de saludarla, que
el negro fantasma de la soberbia se desvanecía y entraban de nuevo en su
pecho a torrentes la simpatía y el caprichoso deseo de amar y ser amada
de aquel niño.
¿En qué pararía todo aquello? En nada probablemente. Sin embargo, hacía
lo posible por que siguiese adelante y cuajase; no cabía duda. Al ver
paralizado su deseo por causas que no podía definir claramente, crecía y
se transformaba poco a poco en áspero apetito. Una tarde en que el
desencanto y la amargura habían invadido su pecho en que iba pensando
seriamente, al caminar por la calle de Serrano, en abandonar por
completo aquella ridícula aventura, al pasar por debajo del mirador
después de haber saludado al joven, sintió caer sobre ella un puñado de
flores deshechas. Levantó la vista y le envió una afectuosa sonrisa de
reconocimiento. Aquella lluvia refrescó su alma, reanimó su desmayado
capricho. Entonces se puso a buscar con afán un medio de acercarse
nuevamente a Raimundo. Pensó en escribirle pidiéndole perdón de su
visita y sus palabras severas; pero ya era tarde para ello. Después
imaginó que acaso entre sus amigos, particularmente entre los
periodistas, hubiese alguno que le conociera y por el cual le podía
enviar un recado de atención. Lo desechó como peligroso. Hasta se le
pasó por la cabeza hacerle seña para que bajase y darle una explicación
de palabra; pero tampoco osó hacerlo. Era demasiado humillante.
La casualidad vino en su ayuda resolviendo el asunto a su placer, cuando
menos lo pensaba. Una noche se encontraron en el teatro de la Comedia.
Raimundo, que transcurrido el año de luto solía ir de vez en cuando,
estaba con su hermana en las butacas. Ella ocupaba un palco bajo frente
a ellos. Se saludaron cariñosamente, y durante largo rato hubo entre el
joven y la hermosa dama un tiroteo de miradas y sonrisas que llamó
extremadamente la atención de Aurelia.
--¿Pero, qué es esto? ¿Has vuelto a hablar con esa señora?
--No.
--Entonces, ¿qué significa tanta sonrisa? Parecéis amigos íntimos.
--No sé--replicó el joven algo confuso--. Se manifiesta muy afectuosa
conmigo. Quizá suponga que me ha ofendido cuando fué a casa y quiera
desagraviarme.
En el primer entreacto Aurelia recibió un hermoso ramo de camelias que
le trajo una florista.
--De parte de aquella señora que está en el palco número once.
La niña alzó los ojos y vió a Clementina que la miraba risueña. Los dos
hermanos dieron las gracias con fuertes cabezadas. Aurelia se puso muy
colorada.
--¿No te parece--le dijo su hermano--que debo subir a dar las gracias a
esa señora?
Era natural. Raimundo, cuando bajó el telón por segunda vez, la dejó por
unos instantes sola y subió al palco de la dama. Una sonrisa feliz
iluminó el semblante de ésta al ver al joven en la puerta. Le recibió
como a un antiguo amigo; le mandó sentarse a su lado; entabló con él
plática reservada, dejando en completo abandono a su obligada compañera
Pascuala. Por fortuna para ésta no tardó en llegar Bonifacio, que no
tomaba jamás butaca cuando sabía que la familia de Osorio tenía palco en
algún teatro.
--Veo con satisfacción que no me guarda usted rencor--le dijo en voz
baja dirigiéndole una larga mirada insinuante--. Hace usted bien. Eso
prueba que tiene usted corazón y talento. Le confieso con toda
ingenuidad que me equivoqué de medio a medio en la apreciación de su
conducta y su persona. Es tan cierto esto que cuando salí de su casa de
buena gana me hubiera vuelto a pedirle a usted perdón.... Si no de
palabra, con los ojos y el gesto debió usted comprender que se lo he
pedido después muchas veces....
Todavía le dió otros tres o cuatro pases superiores, de verdadero
maestro, con los cuales arregló la cabeza al pobre Raimundo, esto es, le
dejó inmóvil, confuso, fascinado, como ella le quería, en suma. Al mismo
tiempo explicó con habilidad aquellas manifestaciones de simpatía un
poco extrañas cuyo recuerdo la avergonzaba.
Sin dejarle tiempo a reponerse le preguntó con interés por su hermanita,
por su vida, por sus mariposas. Raimundo contestaba a sus preguntas con
sobrado laconismo, no por frialdad, sino por su falta de mundo. Pero
ella no se desconcertaba. Seguía cada vez más cariñosa envolviéndole en
una red de palabritas lisonjeras y de miradas tiernas. Cuando más
embebida y aun puede decirse entusiasmada se hallaba reconquistado a su
juvenil adorador, he aquí que aparece en el pasillo de las butacas Pepe
Castro, correctamente vestido de frac, las puntas del bigote engomadas,
finas como agujas, los bucles del cabello pegados coquetamente a las
sienes, el aire suelto, varonil, displicente. Derramó primero su mirada
fascinadora, olímpica, por las butacas, dejando temblorosas y subyugadas
a todas las niñas casaderas que por allí andaban esparcidas: después,
con arranque sereno como el vuelo de un águila, alzóla al palco número
once. No pudo reprimir un movimiento de sorpresa. ¿Con quién hablaba
Clementina tan íntimamente? No conocía a aquel joven. Le dirigió sus
diminutos gemelos. Nada, no le había visto en su vida. Clementina, que
advirtió la sorpresa de su amante, después de responder al saludo
redobló su amabilidad con Raimundo, volviéndose enteramente hacia él,
acercando el rostro para hablarle, haciendo mil monerías destinadas a
llamar la atención del noble salvaje y a preocuparle. Sentía un goce
maligno en ello. Castro había llegado a serle indiferente. Dirigió éste
por largo rato los gemelos a Raimundo de un modo impertinente y hasta
provocativo. Nuestro joven le pagó con algunas inocentes miradas de
curiosidad, porque no tenía el honor de conocer al terror de los
maridos.
Comprendiendo que su hermana estaría impaciente, aunque desde el palco
no la perdía de vista, se alzó de la silla para despedirse.
--Seremos amigos ¿verdad?--le dijo la hermosa dama reteniéndole por la
mano--. Muchos recuerdos a su hermanita. Necesito darle una satisfacción
de aquella brusca y extraña visita, y se la daré. Dígale usted que uno
de estos días la voy a sorprender en medio de sus faenas caseras.... Me
interesan ustedes muchísimo, dos hermanitos tan jóvenes viviendo
solos.... Adiós, Alcázar: lo dicho.
Cuando bajó del palco un poco aturdido y se sentó de nuevo al lado de
Aurelia, le dijo ésta:
--¡Qué hermosa es esa señora!... Pero yo sigo creyendo que no se parece
a mamá.
Raimundo, que no se acordaba en aquel momento de tal parecido, sintió un
leve estremecimiento y balbució:
--Pues yo le encuentro un cierto aire....
Ahora ya no era más que aire. El joven comenzaba a sentir
remordimientos. La impresión que Clementina le causaba no era la misma
de respetuosa devoción que antes de haber trabado de tan singular manera
conocimiento con ella.
Pepe Castro, así que le vió en las butacas, comenzó a mirarle con fijeza
tratando sin duda de analizarle. Como quiera que aquel muchacho rubio no
pertenecía a la elevada sociedad que él frecuentaba, pasósele por la
imaginación (porque tenía imaginación y todo), que bien pudiera ser el
mismo perseguidor de quien tanto se había quejado en otro tiempo
Clementina. Como es natural, esta sospecha no le excitó a mirarle con
más simpatía. Raimundo estaba tan atento a contemplar el palco de la
señora de Osorio, que no reparó en la provocativa insistencia del
tenorio. Este, cansado al fin, subió a saludar a su querida. Sentóse a
su lado, en la misma posición que un momento antes había estado
Raimundo, quien al verle de esta suerte sintió un extraño malestar,
cierta vaga tristeza que no trató de definir. Sin embargo, observó que
la dama estaba muy risueña y el gallardo caballero muy serio, y que a
ella no le faltaba tiempo para echar frecuentes miradas a las butacas,
lo cual ponía al otro cada vez más enfurruñado y sombrío.
--¿Has reparado cómo te mira esa señora?--preguntó Aurelia a su
hermano--. Parece como si le gustases.
--¡Qué tontería! exclamó él ruborizándose--. ¡Vaya un buen mozo que soy
yo! Si fuese el caballero que ahora tiene al lado....
Aurelia protestó riendo. No; su hermano era más guapo que aquel soldado
de cromo con rosetas en las mejillas como las bailarinas.
Cuando terminó la representación, Raimundo pudo ver, no sin cierto
sentimiento de celos, a Clementina aguardando en el vestíbulo su landó
en compañía del mismo caballero. Saludóle aquélla con tanto afecto, que
Castro, cada vez más inquieto, volvió a dirigirle una larga e intensa
mirada de análisis.
Por espacio de algunos días el joven entomólogo esperó con zozobra que
Clementina se detuviese a la puerta de su casa y subiera a cumplir la
promesa. Sus esperanzas quedaron defraudadas. La dama cruzaba como
siempre con su pasito vivo y menudo, le saludaba cariñosamente primero,
y desde la esquina volvía a hacerle el consabido adiós con la mano. Cada
vez que salvaba la puerta, el corazón de Raimundo se encogía, se ponía
de mal humor. "Vaya, se le ha olvidado, decía para sí: no volveré a
hablar más con ella, como la casualidad no nos vuelva a juntar en algún
sitio". Empezó a ayudar a la casualidad asistiendo con más frecuencia al
teatro de la Comedia, pero no logró verla. Al teatro Real, donde
seguramente estaba, no se atrevía a ir por el temor de que pensase que
aún duraba la persecución. Por qué se le había metido en la cabeza que
había de subir a su casa precisamente a aquella hora y no a otra, no lo
podemos explicar. Lo que sí afirmaremos es que fueron inmensos su
asombro y turbación cuando una mañana Clementina se dejó entrar por la
casa. Preguntó desde luego por la señorita. Aurelia la recibió en la
sala y pasó inmediatamente recado a su hermano. Cuando éste se presentó,
la dama se hallaba instalada en el sofá charlando con el desembarazo de
una amiga que el día anterior les hubiese visitado.
--Conste que esta visita no es para usted--le dijo sonriendo y
tendiéndole su mano enguantada.
--No me atrevería yo a imaginarlo, señora--replicó él apretándosela
tímidamente.
--¡Por si acaso! No le creo a usted fatuo, pero las mujeres debemos
siempre vivir prevenidas.
En la soltura y en el tono jocoso que adoptaba se podía advertir cierta
afectación. Su voz estaba ligeramente alterada. Alrededor de los ojos
había esa palidez que denuncia siempre la emoción que embarga el
espíritu. La visita fué corta, pero en ella tuvo tiempo para lisonjear a
la niña con muchas palabras delicadas, con efusivos ofrecimientos. La
hizo prometer que iría a verla algún día. Si no le gustaba la sociedad,
que fuese por la tarde y charlarían un rato solitas. Le enseñaría su
casa y algunas labores. La orfandad y la juventud de Aurelia la
impresionaban. Ya que ella tenía la dicha de parecerse a su madre un
poco, como afirmaba Raimundo, se creía con cierto derecho a su afecto.
--Nada; cuando usted se aburra aquí sola, se viene usted a mi casa que
está cerquita, y nos aburriremos juntas, que siempre es más llevadero.
La pobre Aurelia, confundida por aquella amabilidad y charla
mundanales, no hacía más que sonreír. Cuando se levantó para
despedirse, dijo:
--Queda usted encargado, Alcázar, de recordar a Aurelia su palabra. En
cuanto a usted puede hacer lo que guste. Con los sabios no me atrevo a
insistir porque se les molesta cuando menos se piensa....
Habiendo recobrado por completo su aplomo les hablaba en un tono amable,
protector, un poco maternal. Todavía en la escalera les entretuvo unos
momentos con su conversación desenvuelta e insinuante a la vez y les
reiteró con gracia todos sus ofrecimientos. No consintió que Raimundo la
acompañase. Se fué sola dejando una estela perfumada que éste aspiró con
más placer que su hermana. Porque Aurelia luego que cerraron la puerta
guardó silencio. A las frases de elogio que Raimundo tributó
calurosamente a la dama, asintió en un tono lacónico que le apagó los
fuegos.
Hay que confesarlo. La impresión primera de adoración filial que
Clementina inspiró al joven entomólogo se había ido desvaneciendo poco a
poco o, por mejor decir, confundiendo con otra inclinación menos santa,
aunque guardando algo de ella. Como en todos los hombres alejados del
trato de mujeres, dedicados exclusivamente al estudio, la visión del
sexo y el reconocimiento de la ley divina del amor fueron vivos e
intensos. Al día siguiente de la visita de Clementina ya quería que
Aurelia se la pagase, manifestando por supuesto tal deseo tímidamente y
con palabras embozadas. Pero su hermana le demostró la conveniencia de
aguardar algún tiempo y él se resignó. Al fin se realizó la visita.
Aurelia pasó una tarde en el _boudoir_ de la señora de Osorio. Raimundo,
después de muchas vacilaciones, no se atrevió a ir con ella.
A los tres o cuatro días se presentó de nuevo Clementina en casa de los
jóvenes a convidarles para ir por la noche al Real. Fué un verdadero
apuro para ellos. Raimundo no tenía frac, Aurelia no poseía tampoco un
guardarropa muy provisto. Sin embargo, fueron. Un pariente prestó al
joven su frac: Aurelia se puso los mejores trapitos del armario. Al día
siguiente Raimundo se encargó un traje de etiqueta en la mejor sastrería
de Madrid. No sólo hizo esto, sino que también, sin dar parte a su
hermana, fué a la contaduría del teatro Real y tomó un abono de butaca
cerca de la platea de Osorio, en el mismo turno.
La intimidad creció pronto entre ellos, gracias a los esfuerzos de
Raimundo. Porque su hermana, aunque elogiaba también la amabilidad de su
nueva amiga, oponía una resistencia sorda y pasiva a frecuentar su
trato. Por más que hacía no lograba borrar de su espíritu la manera
extraña de comenzar aquella amistad, ni se le podía ocultar el fondo de
falsedad que en ella existía. Conociéndolo Raimundo procuraba con afán
desvanecer sus aprensiones, unas veces directa, otras indirectamente.
Era Aurelia una muchacha más bien fea que linda, como ya hemos dicho, de
buen sentido y de honrado corazón. La adoración que sentía por
Raimundo, inculcada por su difunta madre, no le impedía conocer las
partes flacas de su carácter, débil, impresionable con exceso y pueril.
Realmente en este aspecto ella representaba el elemento masculino y él
el femenino dentro de la casa. Lloraba él con extremada facilidad; ella
difícilmente. Sentía él extrañas aprensiones, desfallecimientos, a veces
verdaderas alucinaciones; ella tenía el sistema nervioso perfectamente
equilibrado. Era sana y maciza; él, enfermizo y lacio. En los meses que
siguieron a la muerte de la madre, Raimundo, sacando fuerzas de flaqueza
con la idea de proteger a su hermana, se había mostrado más resuelto y
varonil. Andando el tiempo el temperamento recobró sus derechos, cayó de
nuevo en sus manías pueriles, en su impresionabilidad femenil, al paso
que ella se crecía descubriendo un temperamento firme, equilibrado y
recto.
No le costó mucho trabajo a Clementina someter, fascinar enteramente al
joven naturalista. Unas veces yendo los chicos a su hotel, otras yendo
ella a casa de los chicos o llevándolos consigo al teatro o al paseo, se
veían la mayor parte de los días. Pepe Castro, la primera noche que
encontró a Raimundo en el salón de Osorio comprendió perfectamente lo
que pasaba, y se llenó de despecho.
--A esta grandísima ... le da ahora por los bebés--murmuró rechinando
los dientes--. Todas las perdidas concluyen por estas extravagancias.
Pensó en dirigirse al joven y provocarle. No tardó en persuadirse de que
este paso sería para él desastroso. ¿Qué iba ganando en ello?
Absolutamente nada porque Clementina le detestaría. El escándalo pondría
de manifiesto su derrota, tanto más vergonzosa cuanto que el vencedor
era un chicuelo absolutamente desconocido. Determinóse, pues,
prudentemente a no dar su brazo a torcer ante el mundo y a alejarse de
su querida temporalmente, dejándola que satisficiese su capricho. Quizá
más adelante, cansada de triscar con aquel corderillo, volvería la oveja
al redil.
Raimundo no era tan niño como Castro le suponía, pues contaba veintitrés
años cumplidos: pero tenía una figura infantil y delicada que no le
dejaba aparentar más de diez y ocho. Su salud era vacilante y
quebradiza. Padecía frecuentes ataques, sobre todo desde la muerte de su
madre, en que perdía unas veces la vista, otras el habla, con otra
variedad de fenómenos extraños que por fortuna duraban poco tiempo.
Además se veía acometido de profundas melancolías, crisis violentas que
terminaban por un llanto copioso y prolongado corno en las mujeres
histéricas. La vista de las arañas le producía espasmos; el bisturí de
un médico le estremecía. La aprensión de volverse loco le hacía padecer
horriblemente algunas veces: otras era el temor de suicidarse contra su
propia voluntad. Jamás tenía armas al alcance de la mano, y por el miedo
de arrojarse desde el balcón llegó a cerrar de noche el de su cuarto con
candado, entregando la llave a su hermana, única testigo y confidente de
estos desvaríos. Su temperamento y la educación afeminada que había
tenido eran la causa de ellos. Guardábalos, sin embargo, con cuidado
como todos los que los padecen, que son más de los que se piensa:
procuraba con grandes esfuerzos refrenarse comprendiendo el ridículo que
cae sobre los hombres así constituidos.
Cualquiera se representará bien lo que pasaría por este muchacho cuando
una mujer tan hermosa, tan coqueta y tan experimentada como Clementina
se resolvió a hacer su conquista. Primero su extremada timidez le
impidió darse cuenta de la conducta de la dama. Pensaba que aquellos
saludos afectuosos, aquellas sonrisas no eran más que la expresión de
una súbita simpatía que su orfandad había excitado en ella. Todavía,
cuando trabó amistad con ellos y se multiplicaron las señales de su
inclinación, y su hermana le dió la voz de alerta, no pudo imaginarse
que pudiera existir entre ambos otra cosa que una amistad más o menos
estrecha protectora y maternal por parte de ella, rendida y fervorosa
por la de él. Sin embargo, el elixir de amor que gota a gota iba dejando
caer Clementina en sus labios, llegó al fin al corazón. Cuando menos lo
pensaba se encontró enamorado, loco. Pero al tiempo que hizo este
descubrimiento le acometió una vergüenza inmensa; pensó que jamás
tendría el valor de declarárselo. Por un lado la conducta de su ídolo
con él, los constantes testimonios de simpatía que le prodigaba, se
prestaban a forjarse ilusiones. Pero le parecía tan extraño e
inverosímil que un hombre tímido, inexperto, desprovisto de atractivos
mundanos pudiese obtener los favores de señora tan rica y tan hermosa,
que al instante las abandonaba o se mecía en ellas dulcemente a
sabiendas de que eran pura quimera. Además, no podía librarse de los
agudos remordimientos que de vez en cuando le asaltaban. Aquella señora
se parecía a su madre, no cabía duda. Por esto sólo se había fijado en
ella, y había sido su perseguidor callejero algún tiempo. ¿No era una
verdadera profanación, una cosa abominable que la imagen de su madre le
inspirase deseos carnales?
Pues a despecho de estos remordimientos, de su invencible timidez y de
los clamores de la razón, Raimundo se sentía cada día más subyugado por
aquella mujer. Verdad que Clementina puso en juego todas las armas de
que disponía, que no eran pocas ni mohosas todavía. A medida que
aumentaba la timidez de su juvenil adorador crecía en ella la osadía y
el aplomo. En el amor esto pasa casi siempre; pero aquí, por las
circunstancias especiales de ambos, adquiría mayor relieve. La timidez
en él llegó a ser una enfermedad, una cosa extraña, de cuya ridiculez se
daba perfecta cuenta sin que por medio alguno pudiese vencerla. Al
contrario, cuantos más esfuerzos hacía para adquirir aplomo y
desembarazo delante de ella, mejor se mostraba la emoción que le
embargaba. Al principio la hablaba con cierta serenidad, se autorizaba
alguna bromita o frase ingeniosa; después esta serenidad se fué
perdiendo, las bromas cesaron. No se podía acercar a ella sin turbarse,
no podía darle la mano sin un leve temblor. Si la dama le miraba
fijamente, sus mejillas se encendían.
Clementina no podía menos de sonreír ante esta inocente alborada de
amor. Gozaba con ella llena de curiosidad, alegre de sentirse aún
bastante hermosa para inspirar a un niño tan rendida pasión. Unas veces
se entretenía malignamente en atortolarle, en ponerle colorado,
mostrándose viva y desenvuelta como una chula: otras se placa en
seguirle el humor apareciendo melancólica, dirigiéndole miradas tímidas
como una colegiala: otras, en fin, le trataba con tierna familiaridad,
enterándose de su vida, de sus actos y sus pensamientos, como una madre
o una hermana cariñosas. Entonces era cuando Raimundo recobraba un poco
de libertad y osaba mirar a la diosa cara a cara. Clementina le
embromaba a menudo por sus aficiones científicas, entraba en su despacho
y dejaba esparcidos por la mesa o por el suelo los cartones de las
mariposas. Esto, que si otra persona lo ejecutase produciría en la casa
una catástrofe, hacía reir al joven naturalista.
Comenzaba a susurrarse entre los íntimos de la dama algo sobre estos sus
nuevos y extravagantes amores, adelantándolos, por supuesto, mucho más
de lo que en realidad estaban. Una noche de comida y tresillo, decía
Pepa Frías a tres o cuatro elegantes salvajes que estaban en torno suyo
discutiendo el asunto:
--Desengáñense ustedes. Clementina concluye enamorándose de un perro de
Terranova o de un periodista.
Cuando entraba Raimundo en el salón con su cabeza de querubín rubia y
melancólica, con su aspecto humilde y embarazado, todas las miradas se
posaban sobre él con curiosidad. Había sonrisas, murmullos, frases
ingeniosas y estúpidas. Se le discutía. En general, entre los hombres
sobre todo, juzgábase ridícula la conducta de la esposa de Osorio: pero
algunas damas miraban con simpatía al mancebo, encontraban muy agradable
su aire candoroso, y comprendían el capricho de Clementina. Hubo entre
ellas quien procuró seducirlo.
Era ya nuestro joven considerado como amante oficial de Clementina,
cuando aún no la había rozado con los labios la punta de los dedos ni
soñaba con ello. Sin embargo, el amor iba haciendo tales progresos en su
pecho que temía caer el día menos pensado de rodillas ante ella como los
galanes de comedia. Sufría horriblemente a la menor señal de desdén, y
gozaba como un ángel cuando la dama le expresaba de cualquier modo su
afecto. Clementina no tenía prisa en hacerle amante afortunado, aunque
estaba decidida a ello. Le gustaba prolongar aquella situación,
observando con secreto placer la marcha de la pasión y los fenómenos que
ofrecía en el joven. Hastiada de los devaneos cortesanos, encontraba
vivo atractivo en ser adorada de aquel modo frenético y mudo, en
desempeñar el papel de diosa. Una mirada suya hacía empalidecer o
enrojecer a aquel niño; una palabra le alegraba o le entristecía hasta
la desesperación.
Raimundo iba al Real todas las noches que le tocaba el turno a
Clementina. Subía al palco a saludarla, y muchas veces, por exigencia de
ella, se quedaba allí uno o dos actos. En estas ocasiones solía la dama
retirarse al antepalco y charlar con él íntimamente a la sombra discreta
de las cortinas. Cuando se cansaba, o en la escena se cantaba una pieza
de empeño, guardaba silencio, volvía la espalda al joven y escuchaba un
rato. Raimundo, guardando en los oídos el eco de su voz y en su corazón
el fuego de sus miradas, quedaba también silencioso, más atento, en
verdad, a la música que sonaba dentro de su alma, que a la que venía del
escenario. Seguro de no ser observado, contemplaba con religiosa
atención la alabastrina espalda de su ídolo, los finísimos y dorados
tolanos de su cuello, acercaba la cabeza con pretexto de mejor escuchar
y aspiraba el perfume que se desprendía de ella, cerrando los ojos y
embriagándose durante unos instantes. Una noche, tanto pegó el rostro a
la cabeza de la dama, que ¡oh prodigio! se arrojó a rozar con los labios
sus cabellos peinados hacia abajo en trenza doblada. Después que lo hizo
se asustó terriblemente y escrutó con anhelo si Clementina lo había
sentido. La dama continuó impasible, extática, escuchando la música. Sin
embargo, por sus claros y hermosos ojos resbalaba una leve sonrisa que
el joven no pudo advertir. Alentado con este éxito, siempre que ella
traía el cabello peinado de tal forma, con mucho disimulo y después de
largos preparativos y vacilaciones osaba posar los labios sobre él.
Aquella sensación era tan viva, tan deliciosa, que la guardaba muchos
días en la boca y le hacía feliz. Pero una noche, o porque la dama
estuviese de mal humor, o porque se gozase en mortificarle un poco, le
trató con bastante despego mientras estuvo en el palco, le dejó
abandonado a Pascuala mientras ella charlaba placenteramente con uno de
sus jóvenes y aristocráticos amigos. El pobre Raimundo se abatió con
este desprecio de un modo horrible. Ni siquiera tuvo fuerzas para
despedirse. Estaba pálido, demudado. Una arruga dolorosa surcaba su
frente. Clementina le echaba de vez en cuando miradas furtivas. Cuando
el joven aristócrata se levantó para irse, también quiso hacer lo mismo.
La dama le retuvo por la mano.
--No: quédese un momento, Alcázar. Tenemos que hablar.
Y se retiró como otras veces al antepalco y comenzó a charlar con la
amabilidad y franqueza de siempre.
El joven cobró aliento. Pero cuando ella le volvió la espalda para
escuchar la ópera, estaba tan alterado aún y confuso que no se atrevió a
besar el cabello, aunque el peinado era bajo y la ocasión más propicia
que nunca.
Al cabo de un rato, Clementina se volvió de pronto y le dijo en voz
baja:
--¿Por qué no besa usted hoy el pelo como otras noches?
La emoción fué inmensa, abrumadora. La sangre se le agolpó toda al
corazón y quedó blanco como un cadáver. Después le subió al rostro y se
puso como una amapola.
--¡Yo!... ¡El pelo!--balbució miserablemente.
Y tuvo que agarrarse con fuerza a la silla para no caer.
--¡No se asuste usted, hombre!--exclamó ella posando cariñosamente su
mano sobre la de él--. Cuando yo lo he consentido es prueba de que no me
desagradaba.
Pero viendo que la miraba con ojos extraviados, como si no comprendiese,
añadió con desenfado y riendo:
--¿Acaso se figura que yo no sé que me quiere un poquito?
--¡Oh!--dijo el joven con un grito comprimido.
--Sí; lo sé hace tiempo--continuó bajando más la voz y acercando la boca
a su oído--. Pero usted puede que no sepa una cosa, y es que yo también
le quiero a usted....
Y echando una rápida mirada hacia fuera para cerciorarse de que no los
observaban, se apoderó de sus manos, y le dijo caldeándole con su
aliento las mejillas:
--Sí; te quiero, te quiero más de lo que te puedes imaginar. Ven mañana
a las tres a casa.
Clementina no contaba con la femenil impresionabilidad de su adorador.
La violenta emoción que acababa de experimentar unida a la dicha que
estas palabras evocaron en su pecho le trastornaron de tal modo, que se
echó a llorar como un niño. Entonces ella le empujó hacia un rincón y se
alzó vivamente, tapando con su gallarda figura el espacio que la cortina
dejaba descubierto. Su rostro hechicero resplandecía de felicidad. Si un
pintor tuviese la fortuna de sorprender aquel momento y el don de
fijarlo en el lienzo, podría representar, como nadie hasta hoy, a Dánae
recibiendo en su prisión la conocida lluvia de oro.
Fueron unos amores tiernos y poéticos, cándidos y voluptuosos a la par
los de la hermosa dama y el joven naturalista. Para ella fué una
resurrección de las impresiones dulces de la adolescencia maduradas de
pronto, transformadas en felices realidades. Hasta entonces los devaneos
que había tenido se parecían unos a otros tanto, que ya desde el
comienzo llevaban dentro un germen de aburrimiento. Siempre le quedaba
en el fondo del corazón un sentimiento de despecho contra aquellas
relaciones que no le traían ninguna viva emoción, ni siquiera nuevos
placeres. La de ahora ofrecía una originalidad que la encantaba. Su
amante era un niño a quien casi doblaba la edad. Había comenzado a
adorarla por el parecido que la hallaba con su madre. Aquel respeto y
amor filiales se transformaron con un soplo en pasión y deseo. Todo esto
era gracioso, original; tenía un fondo estético que en ninguno de sus
amores anteriores había encontrado. Además, no pertenecía a la raza de
los lechuguinos y petimetres con quienes tropezaba a todas horas en los
sitios que frecuentaba, seres cortados por un patrón, sin espontaneidad
alguna, con los mismos vicios, las mismas vanidades y hasta los mismos
chistes. Raimundo se apartaba de ellos, no sólo por su posición modesta
y retirada, no sólo por su ilustración y talento, sino también,
particularmente, por su carácter. ¡Qué alma tan adorable la de aquel
chico! ¡Qué inocencia, qué sensibilidad, qué delicadeza y qué fuerza
para amar al mismo tiempo! Acostumbrada a la monotonía de los Pepes
Castro, cada nueva fase psicológica, cada sacudimiento de entusiasmo,
cada desmayo o alegría o pena que sucesivamente advertía en su enamorado
doncel le producían una grata sorpresa. Escrutaba su espíritu, se metía
dentro de él con afanosa curiosidad y a la vez con apasionado cariño. Le
confesaba, le hacía narrar y describir cien veces sus sentimientos, sus
recuerdos, sus propósitos y sus esperanzas. A veces le acometían dudas
sobre aquel extraño amor.
--¿Pero de veras estás enamorado? ¿No consideras que soy una vieja?...
¿que puedo ser tu madre?
Raimundo respondía siempre con alguna caricia apasionada, con una húmeda
mirada donde se leía el infinito de su pasión.
Desde el primer día, Clementina le había tuteado a solas, acostumbrada a
aquellas transiciones y conciertos secretos de mujer galante, que ahora
favorecía la diferencia de edad. Raimundo no podía acostumbrarse a darla
el tú. Hacía esfuerzos por conseguirlo; pero a lo mejor volvía al usted
y seguía la plática tratándola de este modo, hasta que la dama se
irritaba y le reprendía ásperamente. "No; por más que lo negase, él la
consideraba como una vieja. En todo se estaba echando de ver. Si
continuaba de este modo perdería con él la confianza". Sin embargo,
Clementina estaba equivocada en este punto. No tenía bastante
penetración y delicadeza para comprender que el amor en Raimundo era,
como en todos los seres verdaderamente sensibles, adoración extática más
que deseo, esclavitud voluntaria, un enajenamiento de su propia vida
para mejor vivir en la soberana de su corazón. Hay que hacerse cargo,
además, de que hasta entonces no había experimentado jamás tal
sentimiento. Alejado de la sociedad de las mujeres y sin echarlas de
menos, quizá porque dentro de su casa tenía lo más grande y exquisito
que ellas pueden dar, el cariño tierno, vigilante, la dulzura en la
palabra, la abnegación en todos los momentos: dedicado en absoluto al
estudio y a su magnífica colección de mariposas, el encuentro con
Clementina fué para él la revelación de ese mundo encantado, poético,
que a casi todos se aparece más temprano. Aquel primer suspiro de Venus
al salir de la espuma del mar que repitió el Universo entero, sonó
entonces en su alma y la estremeció dulcemente. Su alma, que estaba muda
y triste como la Naturaleza antes que la diosa de la hermosura
suspirase. Muy pocos hombres alcanzan una dicha parecida: poseer la
primera mujer que se ama, llegar a tiempo para recoger el fruto sazonado
del amor. Para Raimundo, esa inclinación tímida y anhelante del
adolescente llena de zozobras y melancolías, se fundió con el amor de la
edad viril, apetitoso y sensual. ¿Qué extraño, pues, que absorbiera toda
la energía de su ser, toda su inteligencia y todos sus sentidos?
Desde aquella noche memorable no volvió a pensar más que en Clementina.
Para él, el Universo se redujo de pronto al tamaño y a la forma de una
mujer. No sólo se creyó obligado a vivir y respirar para ella, sino
también a pensar en todos los instantes del día y hasta a soñar con ella
por la noche. En un principio la dama le recibía en su casa. Esto le
pareció en seguida peligroso y feo, y alquilaron un cuarto en la calle
del Caballero de Gracia, un entresuelo pequeñito que amueblaron con
elegancia. La vida de Raimundo experimentó un cambio radical. De aquel
retiro absoluto en que vivía, pasó súbito al bullicio del mundo
aristocrático; teatros, bailes, comidas, carreras de caballos y partidas
de caza. Clementina le arrastraba sujeto a su carro, le exhibía en todos
los salones sin desdeñarse de él. Porque nuestro joven, de figura
delicada y elegante, de carácter apacible y clara inteligencia, se hacía
simpático dondequiera que entraba. A nadie le importaba gran cosa si era
rico o pobre, noble o plebeyo.
Aurelia le acompañaba algunas veces, pero siempre contra su gusto.
Aunque no usaba contrariar la marcha adoptada por su hermano, era fácil
de adivinar que la condenaba en el fuero interno, que se hallaba fuera
de su centro en el hotel de Osorio. Se había hecho reflexiva y
taciturna. Su mirada, cuando la posaba en Raimundo, era profunda y
melancólica, como si temiese una catástrofe. Clementina la agasajaba
cuanto podía; pero no lograba entrar en su corazón. Al través de las
sonrisas de la niña, de su modestia y rubor, creía observar un
sentimiento de hostilidad que a menudo la desconcertaba.
La esposa de Osorio continuaba desplegando el mismo boato, esparciendo
profusamente el dinero a despecho de la ruina inminente de su esposo,
que tanto había alarmado a Pepa Frías. Esta ruina no había estallado
como se pensaba. El banquero logró conjurarla hábilmente, haciendo
entender a los que tenían valores en sus manos, que de nada les serviría
arrojarse repentinamente sobre él, pues no salvarían ni un veinticinco
por ciento del capital. En cambio, si aguardaban lo recuperarían entero
y con su rédito. Su mujer iba a heredar una fortuna inmensa en breve
plazo. Los acreedores entraron en razón; guardaron secreto acerca del
estado de sus negocios: sólo exigieron que Clementina firmase, en unión
con su marido, los pagarés renovados. Poco después, la suerte favoreció
un poco en la Bolsa a Osorio y pudo aletear como antes, aunque bajo la
mirada recelosa de los hombres de dinero, que le pronosticaban
unánimemente la quiebra más tarde o más temprano. Su esposa, viéndose en
salvo, no volvió a pensar en estos enojosos asuntos. Tan sólo cuando iba
a casa de su padre y veía el rostro pálido y demudado de D.ª Carmen,
sentía su corazón agitado por una extraña emoción que ella misma huía de
definir, apresurándose a ahogarla con el ruido de los besos y las
palabritas cariñosas.
El amor de Raimundo le hizo gozar extremadamente. Veíase envuelta, como
nunca lo había estado, en una ola de pasión devota y exaltada que la
cariciaba dulcemente. El papel de diosa la seducía. Gustaba de mostrarse
unas veces amable y tierna, otras terrible, haciendo pasar a su adorador
por todas las pruebas posibles a fin de cerciorarse bien, decía ella, de
que era suyo, enteramente suyo. La costumbre de tratar con hombres muy
distintos, no obstante, la hizo incurrir en fatales equivocaciones que
atormentaron mucho al joven. Un día, después de haberse hecho servir el
almuerzo en su cuarto del Caballero de Gracia, le dijo sonriendo:
--Voy a hacerte un regalo, Mundo (así le llamaba por más cariño).
Se levantó a buscar su manguito y sacó de él una cartera muy linda.
--¡Oh! Es muy bonita--dijo él tomándola y llevándola a los labios--. La
traeré siempre conmigo.
Pero al abrirla quedó consternado. Dentro había un montón de billetes de
Banco.
--Te has olvidado aquí el dinero--dijo alargándole otra vez la cartera.
--No me he olvidado. Es para tí también.
--¿Para mí?--exclamó él poniéndose pálido.
--¿No lo quieres?--preguntó ella con timidez poniéndose encarnada.
--No; no lo quiero--replicó él con firmeza.
Clementina no se atrevió a insistir. Tomó de nuevo la cartera, sacó de
ella los billetes y la volvió a entregar al joven. Hubo unos instantes
de silencio embarazoso. Raimundo apoyó el codo sobre la mesa, puso la
mejilla sobre la mano y quedó pensativo y serio. Ella le observaba con
el rabillo del ojo entre colérica y curiosa. Al fin una sonrisa iluminó
su rostro, levantóse de la silla, y cogiendo el del joven entre sus dos
manos, le dijo en tono alegre:
--Bien; este acto te enaltece; pero de mí podías tomar ese dinero sin
desdoro. ¿No soy tu mamá?
Raimundo se contentó con besar las manos que le aprisionaban. No se
volvió a hablar de dinero entre ellos.
Aquél conservaba en los modales y en las palabras, a pesar de sus
veintitrés años, un sello infantil que a Clementina le placa sobremodo.
La educación afeminada y solitaria que había tenido era la causa
principal. Engañábasele con suma facilidad y divertíasele lo mismo. No
tenía esos aburrimientos negros de los hombres gastados: no se le
ocurría jamás una frase irónica, incisiva, de las que aun entre
enamorados suelen usarse. Sus alegrías eran bulliciosas y pueriles hasta
rayar en ridículas. Divertíase en correr por las habitaciones del
pequeño entresuelo detrás de Clementina, o en esconderse de ella y
asustarla. Otras veces la entretenía con juegos de prestidigitación, en
que era un poco inteligente. O bien jugaban ambos a los naipes con
extraordinaria atención o empeño, como si disputasen algo de provecho. O
bien bailaban al son de algún piano mecánico que se paraba en las
cercanías de la casa. Poníanse a comer confites y hacían apuestas a
quien engullía más. En una ocasión quiso hacer sorbete de piña: se decía
muy perito en la fabricación de helados. Le trajeron todos los enseres
de un café vecino. Después de bregar con afán bastante tiempo, salió al
fin una quisicosa fea y desabrida, lo cual le entristeció tanto, que
Clementina, para alegrarle, tomó sin deseo alguno una gran copa del
brebaje. Le gustaba imitar los gestos y las palabras de las personas que
veía en casa de ella, y lo ejecutaba tan a la perfección que la dama
reía con verdadera gana. A veces le suplicaba por favor que cesase, pues
le hacía daño tanta risa. Raimundo poseía este don de observar los más
insignificantes modales de las personas y reproducirlos después
admirablemente. Se creía estar oyendo a la persona que imitaba. Pero
sólo en el seno de la confianza le gustaba mostrar esta habilidad.
Algunas veces, cuando estaba de humor, inventaba una recepción
palaciega. Hacía sentar a Clementina en un trono que armaba rápidamente
en medio de la sala. Los ministros, los altos personajes de la política
desfilaban por delante de la reina y pronunciaba cada cual su discurso.
Clementina, que a todos los conocía, gozaba en adivinarlos a las pocas
palabras. Raimundo, que había asistido con frecuencia a las tribunas del
Congreso, les había cogido bastante bien, a casi todos, el acento, la
acción y los gestos. Particularmente imitando a Jiménez Arbós, a quien
trataba por verle en casa de Osorio, estaba graciosísimo. Por supuesto,
después de cada discurso se inclinaba reverentemente y besaba la mano de
la soberana, volviendo a ponerse el tricornio de papel que se había
hecho para el caso. Estas niñerías alegraban a la dama, dilataban su
corazón, casi siempre encogido por la soberbia o el hastío. De aquellas
largas entrevistas salía rejuvenecida, los ojos brillantes, el pie
ligero, saludando con afecto a personas a quienes en otra ocasión
hubiera dirigido una fría y desdeñosa cabezada.
Luego Raimundo la llenaba de asombro, a lo mejor, con algún acto
inconcebible de candor infantil. En una ocasión, habiendo entrado sin
hacer ruido en el cuarto de la calle del Caballero de Gracia (los dos
tenían llave), le sorprendió barriendo afanoso la sala. El muchacho
quedó confuso al verla delante; se puso colorado hasta las orejas.
Clementina, entre alegres carcajadas, le abrazó y le cubrió el rostro de
besos, exclamando:
--¡Chiquillo, eres delicioso!
X
#Un poco de derecho civil.#
Era mañana de gran trajín en las oficinas de Salabert. Se hacían unos
pagos de consideración. El duque había ido en persona a la caja a
presenciarlos y ayudaba al cajero en la tarea de contar los billetes. A
pesar de los años que llevaba manejando dinero, nunca le tocaba pagar
una cantidad crecida que no le temblasen un poco las manos. Ahora estaba
nervioso, atento, mordiendo crispadamente el cigarro y sin escupir.
Tenía las fauces resecas. En varias ocasiones llamó la atención al
empleado creyendo que pasaba dos billetes en vez de uno; pero se
equivocó en todas. El cajero era diestrísimo en su oficio. Cuando
terminaron, el duque se retiró a su despacho, donde le estaba esperando
M. Fayolle, el famoso importador de caballos extranjeros, proveedor de
toda la aristocracia madrileña.
--_Bonjour, monsieur_--, dijo rudamente el duque dándole una palmada en
la espalda--. ¿Viene usted a encajarme algún otro penco?
--Oh, señor duque; los caballos que yo le he vendido no son pencos, no.
Los mecores animales que nunca he tenido se los ha llevado usted--,
respondió con acento extranjero, sonriendo de un modo servil M. Fayolle.
--Los desechos de París es lo que usted me trae. Pero no crea usted que
me engaña. Lo sé hace tiempo, _monsieur_; lo sé hace tiempo. Sólo que yo
no puedo ver esa cara tan frescota y tan risueña sin rendirme.
M. Fayolle sonrió abriendo la boca hasta las orejas, dejando ver unos
dientes grandes y amarillos.
--La cara es el especo del alma, señor duque. Puede tener confiansa en
mi, que no le daré nada que no sea superior. ¿Es que _Polión_ ha salido
malo?
--Medianejo.
--¡Vamos, tiene gana de bromear! El otro día le he visto por la calle
de Alcalá enganchado al faetón. Bien de mundo se paraba a mirarlo.
Hablaron un rato de los caballos que el duque le había comprado. Este
ponía tachas a todos. Fayolle los defendía con entusiasmo de aficionado
y de comerciante. En un momento de pausa dijo sacando el reloj:
--No quiero molestarle más.... Venía a cobrar la cuentesita última.
La faz del duque se oscureció. Luego dijo entre risueño y enfadado:
--¡Pero, hombre; que no estén ustedes jamás contentos sino sacándole a
uno el dinero!
Y al mismo tiempo echó mano al bolsillo y sacó la cartera. M. Fayolle
sonreía siempre, diciendo que lo sentía, porque el señor duque era un
pobrecito y no le gustaba echar a nadie a pedir limosna, etc., etc. Una
porción de bromitas que el banquero no parecía escuchar, atento a contar
los billetes. Contó siete de quinientas pesetas y se los entregó,
oprimiendo al mismo tiempo el timbre para que un dependiente extendiese
el recibo. Fayolle también los contó y dijo:
--Se ha equivocado, señor duque. El presio del caballo era cuatro mil
pesetas. Aquí no hay más que tres mil quinientas.
El duque no dió señales de oir. Con los párpados caídos, bufando y
paseando el cigarro de un ángulo a otro de la boca, se mantuvo
silencioso y guardó de nuevo la cartera después de haberla apretado con
una goma.
--Faltan quinientas pesetas, señor duque--, repitió Fayolle.
--¿Cómo? ¿Faltan quinientas pesetas? No puede ser.... A ver; cuente
usted otra vez.
El comerciante contó.
--Hay aquí tres mil quinientas....
--¡Ya lo ve usted! No me había equivocado.
--Es que el caballo cuesta cuatro mil: así lo hemos acustado.
La cara del duque expresó admirablemente el asombro.
--¿Cómo cuatro mil? No, hombre, no; el caballo cuesta tres mil
quinientas. En esa inteligencia lo he comprado.
--Señor duque, está usted equivocado--dijo Fayolle poniéndose serio--.
Recuerde usted que habíamos quedado en las cuatro mil.
--Recuerdo perfectamente. El que tiene mala memoria es usted.... A ver
(dirigiéndose al dependiente que vino a extender el recibo), uno de
vosotros que baje a la cochera y pregunte a Benigno en cuánto se ha
ajustado el _Polión_.
Al mismo tiempo, aprovechando el momento en que Fayolle miraba al
empleado, le hizo un guiño expresivo.
El cochero respondió por boca del dependiente que el caballo se había
ajustado en tres mil quinientas pesetas.
Entonces el comerciante se irritó. Estaba segurísimo de que habían
quedado en las cuatro mil. En ese supuesto lo había entregado. De otro
modo nunca hubiera dejado salir el caballo de la cuadra. El duque le
dejó hablar cuanto quiso, lanzando sólo algún gruñido de duda, pero sin
alterarse poco ni mucho. Sólo cuando Fayolle habló de quedarse otra vez
con el caballo, le dijo con sorna:
--Por lo visto, ha encontrado usted quien dé las cuatro mil y quiere
deshacer el trato, ¿verdad?
--Señor duque, juro a usted por lo más sagrado que no hay nada de
eso.... Solamente que estoy seguro de que es como digo.
Al banquero le acometió entonces oportunamente un recio golpe de tos. Se
le pusieron los ojos encendidos, las mejillas carmesíes. Luego se limpió
sosegadamente con el pañuelo la boca y las narices, y dijo con acento
campechano:
--Hombre, no sea usted tacaño. No se altere usted por esas miserables
pesetas.
Pero él no las soltó. El comerciante quiso llevarse el caballo. Tampoco
pudo lograrlo. Hubo un momento de silencio. Fayolle estuvo a punto de
echarlo todo a rodar y desvergonzarse; pero se reprimió considerando que
nada adelantaría: menos con llevar el asunto a los tribunales. ¿Quién
iba a pleitear por quinientas pesetas y más con un personaje como el
duque de Requena? Resignado, pues, con las mejillas encendidas aún, se
despidió no sin que el duque le llevase hasta la puerta muy cortésmente,
dándole afectuosas palmaditas en la espalda.
Cuando el prócer volvió a ocupar su sillón frente a la mesa, por debajo
de sus párpados fatigados brillaba una sonrisa burlona de triunfo. Al
cabo de unos minutos apretó el botón del timbre otra vez:
--Vaya usted a ver si la señora duquesa está sola en su habitación o
tiene visita--dijo al criado que se presentó al punto.
Mientras desempeñaban la comisión permaneció inactivo, con el cuerpo
echado hacia atrás y las manos cruzadas, en actitud reflexiva.
--La señora duquesa está de visita con el padre Ortega--entró a decir el
criado.
Salabert hizo un gesto de impaciencia y volvió a quedar sumido en sus
reflexiones. Estaba decidido a celebrar una conferencia con su esposa
acerca de intereses. Esta jamás le había hablado nada de dinero. El no
se creyó jamás en el caso de darle cuenta de sus especulaciones y
negocios. D.ª Carmen tampoco entendería nada si se la diese. Creíase
dueño absoluto de su fortuna sin que se le pasase por la imaginación los
derechos que sobre ella tenía su mujer. Pero últimamente un amigo le
abrió los ojos. Hablando de la enfermedad que aquejaba a la duquesa, le
preguntó con naturalidad si tenía otorgado testamento. Este amigo, que
era abogado, daba por resuelto que la mitad de la hacienda pertenecía a
D.ª Carmen. Salabert quedó hondamente preocupado. Viendo a su esposa
descaecer le entró miedo. A su muerte los parientes le exigirían la
mitad de lo que él había adquirido, meterían la nariz en sus asuntos,
hasta en los más íntimos.... ¡Un horror! Consultó con su abogado. El
medio más sencillo de desvanecer aquellos temores y dejar en la
impotencia a los parientes de su esposa, era que ésta hiciese testamento
a su favor. El duque lo encontró naturalísimo. En la conferencia que iba
a tener con ella, se lo propondría del modo más diplomático que le fuera
posible, a fin de no alarmarla respecto a su enfermedad.
Aguardó, pues, entretenido en revisar papeles hasta que creyó llegado el
momento de enviar nuevamente el criado a saber si el padre Ortega había
despejado. Mas cuando iba a hacerlo entraron a avisarle que estaban allí
unos cuantos señores, entre ellos Calderón, que deseaban verle. El
banquero frunció el entrecejo.
--¿Habéis dicho que estaba en casa?
--Como el señor duque no se niega nunca por la mañana....
--¡F....! ¡malditos seáis!--murmuró con horrible expresión de disgusto.
Pero alzando la voz en seguida y adoptando las maneras campechanotas y
bruscas que le eran peculiares, gritó:
--Que pasen, que pasen esos señores.
Se presentaron Calderón, Urreta y otros dos banqueros no menos
importantes y conocidos en Madrid. La expresión de todos ellos era seria
y hasta hosca. Salabert, sin reparar en ello, empezó a repartir abrazos
y palmaditas en la espalda, haciendo un ruido formidable con sus voces y
risotadas.
--¡Buen negocio! Buen negocio secuestrar ahora a los cuatro y exigir un
millón de pesos por cada uno.... ¡Oh! ¡oh! Se me han colado en el
despacho los cuatro peces más gordos que tiene Madrid ... ¡cuatro
tiburones!... ¿Cómo va de ese reuma, Urreta? Me parece que usted también
necesita una buena carena como yo.... Y tú, Manuel, ¿cuándo piensas
reventar?... Ya ves que a tu sobrino le corre mucha prisa.
Los banqueros se mostraron corteses y reservados, procurando cortar con
su actitud grave aquel flujo de chanzonetas. El caso no era para menos.
Hacía cosa de un año que Salabert les había vendido la propiedad del
ferrocarril de B*** a S***, ya en explotación y con todo su material.
Aunque no se determinó en la escritura, convínose entre ellos que cuando
saliese a subasta el ferrocarril desde S*** a V***, como quiera que
estaba enlazado con el otro, material y económicamente, Salabert no
presentaría pliego de licitación, dejándoles el negocio a ellos. Pues
bien; acababan de saber que el duque, faltando a su palabra, se lo
trataba de birlar decaradamente: había presentado el correspondiente
pliego en la subasta. El primero que habló fué Calderón.
--Antonio, venimos a reñir contigo seriamente....
--No puede ser. ¿Reñir con un hombre tan inofensivo como yo?...
--Recordarás muy bien que al realizar la compra de tu ferrocarril se ha
convenido, o por mejor decir, nos has prometido solemnemente no
presentarte en la subasta de la línea de S*** a V***.
--Ya lo creo que me acuerdo ... ¡admirablemente!
--Pues hoy hemos visto con sorpresa que hay un pliego tuyo....
--¡Cómo! ¿Un pliego?--exclamó lleno de asombro, abriendo
desmesuradamente sus grandes ojos saltones--. ¿Quién les ha contado
semejante patraña?
--No es patraña: yo mismo he visto su firma de usted--dijo uno de ellos,
el marqués de Arbiol.
--¿Mi firma? No puede ser.
--Amigo Salabert, le digo a usted que yo mismo he visto la firma:
"Antonio Salabert, duque de Requena"--replicó Arbiol con firmeza y muy
serio.
--¡No puede ser! ¡no puede ser!--repitió el duque poniéndose a dar
vueltas por el despacho, presa al parecer de violenta agitación--. Me
habrán suplantado la firma.
El marqués de Arbiol sonrió desdeñosamente.
--Traía el sello de su casa.
--¿Traía el sello?--replicó parándose de pronto--. Entonces me la han
suplantado dentro de mi misma casa. ¡Sí, sí!... Aquí me la han
suplantado.... No sabéis entre qué canalla estoy metido. Necesito tener
cien ojos....
Y cada vez más enfurecido fué a apretar el botón del timbre.
--¡Ahora verán! Ahora verán ustedes si me la han robado o no.... A ver
(dirigiéndose al dependiente que entró), que se presenten inmediatamente
Llera y todos los empleados de la oficina.... ¡Al instante!
Arbiol dirigió una mirada a sus compañeros y alzó los hombros con
desprecio. Pero el duque, que vió perfectamente el ademán, no quiso
hacerse cargo de él: siguió gruñendo, resoplando, dejando escapar
interjecciones violentas y paseando furiosamente por la estancia. Hasta
que se presentó Llera y con él un grupo de sujetos encogidos, mal
trajeados, de fisonomía vulgar. Salabert se plantó delante de ellos
cruzando los brazos con energía:
--Vamos a ver, Llera: es necesario averiguar quién ha sido el tuno que
ha presentado un pliego en mi nombre, suplantando mi firma, para la
licitación del ferrocarril de S*** a V***. ¿Tú sabes algo de este
asunto?
Llera, después de haberle mirado fijamente a la cara, bajó la cabeza sin
contestar.
--¿Y vosotros sabéis algo? ¿eh? ¿sabéis algo?
Los empleados le miraron también con fijeza. Luego miraron a Llera y
también bajaron la cabera al fin sin despegar los labios.
Salabert paseó varias veces sus ojos saltones por ellos con expresión
teatral de cólera, y exclamó al fin dirigiéndose a los banqueros:
--¿Lo ven ustedes claro? Nadie contesta. Entre éstos se esconde el
culpable ¡o los culpables! porque sospecho que ha de ser más de uno.
Pierdan ustedes cuidado, que yo daré con ellos y haré un escarmiento....
¡Sí, un terrible escarmiento! No he de parar hasta que los mande a
presidio.... Retiraos vosotros (dirigiéndose a los empleados), y ya
podéis temblar los delincuentes. Muy pronto caerá sobre vosotros el peso
de la justicia.
Los criminales debían de ser bien empedernidos a juzgar por la absoluta
indiferencia con que recibieron aquellas siniestras palabras
pronunciadas con acento patético. Cada cual se retiró sosegadamente a su
departamento y reanudó su tarea, como si la terrible espada de Némesis
no estuviese aparejada a segarles el cuello.
Los banqueros se miraron entre risueños y coléricos. Al fin uno de
ellos, mordiéndose los labios para no soltar la carcajada, le tendió la
mano con ademán desdeñoso:
--Adiós, Salabert; hasta la vista.
Los demás hicieron lo mismo sin decir otra palabra del asunto. El duque
no se desconcertó. Fué a despedirlos solícito hasta la escalera,
dirigiendo todavía al pasar miradas iracundas a sus empleados que las
recibieron con la misma punible indiferencia. Al volver a su despacho ya
no les hizo caso alguno. Pasó por entre ellos como un actor que
atraviesa los bastidores después de haber estado un rato en escena.
Unos minutos después tornó a salir bajando a las habitaciones de su
esposa. Hallóla sola, entretenida en leer un libro devoto. D.ª Carmen,
que siempre había sido muy piadosa, en los últimos tiempos se había
entregado por completo a las prácticas religiosas. La enfermedad la
separaba cada vez más de las ideas mundanas, la entregaba triste y
sumisa a los curas. Salabert nunca había puesto obstáculo a esta
devoción: la miraba con indiferencia compasiva, como una manía inocente.
Pero en los últimos tiempos, algunas limosnas harto crecidas de la
duquesa le alarmaron un poco y le obligaron a reprenderla paternalmente.
Acostumbrado a hallar a su mujer sometida, apartada de toda ambición,
ajena enteramente al éxito de sus especulaciones, la trataba como a una
niña, si no como a un perro fiel a quien de vez en cuando se pasa la
mano por la cabeza. Nunca le había estorbado aquella infeliz señora, ni
en sus trabajos ni en sus vicios. Aunque sus queridas, sus
extravagancias en el orden erótico eran conocidas de todo el mundo, D.ª
Carmen o las ignoraba o fingía ignorarlas. Sin embargo, la última
infidelidad del duque, la relación con la Amparo habíale acarreado
disgustos. Aquella mujer dominante y soez se gozaba en vejarla de mil
modos, cosa que no había hecho ninguna de sus antecesoras. En el paseo,
cuando iba con su marido en coche, el de la Amparo se colocaba a su
lado: con cínico descaro la ex florista cambiaba con el duque sonrisas
de inteligencia. Cuando la buena señora se quejó suavemente de este
proceder, Salabert negó en redondo, no sólo sus miradas y sonrisas, sino
toda relación con aquella mujer. No la conocía más que de vista. Jamás
había hablado con ella. En el teatro Real lo mismo. Amparo se obstinaba
en mirar toda la noche al palco del duque. Luego en los toros, en las
carreras de caballos, ostentaba un lujo escandaloso que llamaba
fuertemente la atención pública. Algunas amigas bien intencionadas, que
nunca faltan, compadeciéndola muchísimo enteraban a D.ª Carmen de las
cuantiosas sumas que aquella mujer costaba al duque, de todas sus
extravagancias y caprichos.
Esta serie de alfilerazos padecidos en secreto, sin confiarlos a nadie
más que a su confesor, habían labrado la salud de la señora,
reduciéndola a un estado de flaqueza tal que por milagro se sostenía.
Salabert tenía más que hacer que reparar en tales sufrimientos. Pensaba
que con el título de duquesa, y tantísima riqueza acumulada en aquel
palacio, D.ª Carmen debía de ser la mujer más feliz de la tierra.
--¿Qué hace la viejecita? ¿qué hace?--entró preguntando en tono medio
brutal medio cariñoso, que revelaba bien la profunda indiferencia que su
mujer le inspiraba.
D.ª Carmen levantó los ojos sonriendo.
--Hola ¿eres tú? Milagro, por aquí a esta hora.
--Antes hubiera venido a saber de ti, si no me hubieran dicho que estaba
el padre Ortega. ¿Cómo has pasado la noche? Bien ¿eh? Ya lo creo.... Tú
no estás tan mala como te figuras. ¿A qué viene eso de rodearte de curas
como si fueses a morirte?
--¿Los curas no hacen falta más que cuando uno se muere?
--Sí, los curas son indispensables para dar respetabilidad a las
casas--dijo repantigándose en una butaca y extendiendo groseramente las
piernas--. Sin un poco de paño negro, los palacios recién pintados como
éste chillan demasiado.... Sólo que a la larga se hacen muy molestos: no
se cansan de pedir. Tienen tantas tragaderas como las ballenas.... Yo
los compraría de buena gana figurados, de cera o de cartón, y harían el
mismo efecto....
--Calla, calla, Antonio; no empieces a soltar disparates. Cualquiera que
te oyese te juzgaría un hereje, y gracias a Dios no lo eres.
--¡Vaya una ganga el ser hereje! ¿Qué utilidad trae el ser hereje?...--Y
cambiando bruscamente de tema preguntóle:--¿Cómo va ese aquelarre que
habéis hecho en los Cuatro Caminos?
Se refería al asilo de ancianas, del cual era D.ª Carmen la principal
protectora.
--Va muy bien. Sólo que la marquesa de Alcudia no quiere continuar
siendo tesorera. No sabemos a quién se ha de nombrar.
--Por supuesto, los sábados se despoblará aquello.
--¿Pues?--preguntó inocentemente la señora.
--Porque se marcharán a Sevilla todas sobre escobas.
--¡Bah, bah! No hagas burla de las pobres ancianas--replicó riendo--.
También tú y yo somos dos viejos....
--Verdad, verdad--dijo el banquero poniéndose afectadamente grave y
triste--. Somos un par de trampas que el día menos pensado nos
escurrimos para el otro barrio, sin sentirlo.
Había visto una entrada oportuna para la conversación que apetecía: se
apresuraba a aprovecharla.
--No; tú estás fuerte y robusto. Aún puedes dar mucha guerra en el
mundo.... Pero yo, querido, ya tengo un pie en el estribo.
--Los dos lo tenemos, los dos. En pasando de los sesenta no hay día
seguro....
--Si esos pensamientos te sirviesen para acordarte más de Dios y
trabajar en su santo servicio, me alegraría de que los tuvieses.
--¿Te parece que no trabajo bastante por él, y me lleva todos los años
más de cinco mil duros en misas y novenas?
--¡Vamos, Antonio, no hables así!
--Hija mía; bueno es pensar en lo de allá, pero es también prudente
pensar en lo de acá.... Mira, precisamente estos días estaba yo
imaginando que si se muriese uno de nosotros, al que sobreviviese le
quedarían bastantes enredos....
--¿Por qué?
--Porque el marido y la mujer no son herederos forzosos el uno del otro,
y, como es natural, si nos muriésemos sin testamento, nuestros parientes
vendrían a molestar al que quedase.
--Eso tiene fácil remedio. Con hacerlo se arregla.
--Precisamente es lo que yo pensaba--dijo el duque resollando mucho para
mostrar indiferencia y aplomo, que no sentía--. Había imaginado que en
vez de testar cada uno por su parte, hiciésemos un testamento mutuo.
--¿Qué es eso?
--Un testamento en el cual nos instituímos mutuamente por herederos.
D.ª Carmen bajó la vista al libro que traía en la mano y guardó silencio
un rato. El duque, inquieto, la observaba con atención por debajo de sus
párpados medio caídos, mordiendo con impaciencia el cigarro.
--No puede ser--dijo al cabo gravemente la señora.
--¿Que no puede ser? ¿Y por qué?--replicó con viveza incorporándose un
poco en la butaca.
--Porque yo pienso en dejar por heredera de lo que tenga, poco o mucho,
a tu hija. Así se lo he prometido ya.
No creía Salabert tropezar con aquel obstáculo. Juzgaba cosa hecha lo
del testamento mutuo. Quedó tan sorprendido como turbado. Pero
recobrándose instantáneamente, adoptó un continente grave y digno para
decir:
--Está bien, Carmen. Yo no trato de imponer mi voluntad a la tuya. Eres
dueña de dejar tus bienes a quien te parezca, por más que estos bienes
hayan sido ganados por mí a costa de muchos trabajos. En los años que
llevamos unidos, las cuestiones de intereses jamás han producido ninguna
reyerta entre nosotros. Deseo que continuemos siempre lo mismo. El
dinero, comparado con los afectos del corazón, no tiene ningún valor. Lo
único que siento es que otra persona, por más que sea una hija
queridísima, me haya perjudicado hasta tal punto en tu cariño, me haya
desterrado de tu corazón....
Al pronunciar estas últimas palabras su voz se alteró un poco.
--No, Antonio, no--se apresuró a decir D.ª Carmen--; ni tu hija ni nadie
puede arrancarte el cariño que te pertenece.... Pero considera que tú
eres bastante rico sin necesidad de mi fortuna, y que ella la necesita.
--No; no trates de desfigurarlo.... El golpe está dado: lo siento en el
fondo del corazón--replicó Salabert en tono patético llevándose la mano
al lado izquierdo--. Treinta y cinco años de vida matrimonial, treinta y
cinco años compartiendo pesares y alegrías, temores y esperanzas, no han
bastado a conquistarme la primer plaza en tu cariño. Todo lo que se diga
es inútil ya. Pensaba que nuestro matrimonio, la vida de felicidad y de
amor que hemos llevado tantos años, debía cerrarse por medio de un acto
que la resumiese, instituyéndonos herederos de lo que juntos hemos
ganado.... El cariño de los esposos nunca se demuestra mejor que en la
última voluntad....
El discurso de Salabert adquiría un tono de elevación moral que pareció
preocupar por un instante a su esposa. Sin embargo, replicó al fin con
dulzura y firmeza a la vez:
--Aunque no la he llevado en mis entrañas, yo quiero a Clementina como
si fuese mi hija; la he mirado siempre como tal. Me parece una
injusticia privar a una hija de su parte de herencia.
--¡Pero mujer!--exclamó con viveza el duque:--yo ¿para quién quiero lo
que tengo sino para mi hija? Déjame por heredero, que yo te prometo
transmitírselo íntegro y aun con aumento....
D.ª Carmen guardó silencio limitándose a hacer un signo negativo con la
cabeza. El duque se levantó como si fuese presa de una violenta emoción.
--Sí, sí; bien lo comprendo. Tú no me perdonas algunos leves extravíos
hijos del capricho y la tontería. Aprovechas la ocasión que se te
presenta para vengarte. Está bien: satisface tu venganza; pero sabe que
yo no he querido de veras a ninguna mujer más que a ti. En el corazón no
se manda, Carmen, y si yo te quisiera arrancar del corazón, mi corazón
diría: "No, no puedes arrancarla sin que yo me rompa...." Es triste, muy
triste llevar al fin de la vida este terrible desengaño.... Si mañana te
murieses tú, lo que Dios no consienta, ¡cuántos disgustos, cuántas penas
me esperan además de la pérdida de una esposa adorada! Acaso este pobre
anciano se viera precisado a salir de la casa donde ha vivido, que ha
fabricado con ilusión para morir en ella en brazos de su esposa.
La voz del duque se alteraba por momentos; sus ojos se arrasaban de
lágrimas. Todavía siguió en este tono patético un rato. Al fin cayó como
desfallecido en la butaca, llevándose el pañuelo a los ojos.
Pero D.ª Carmen, aunque caritativa y sensible, no dió señales de
hallarse conmovida. Antes, con firmeza, dijo:
--Bien sabes tú que nada de eso es cierto. Ni soy capaz de vengarme, ni
sería fuerte venganza dejar cuanto tengo a una hija tuya, que sólo es
mía por el cariño que la tengo.
El duque cambió de táctica. Miró un rato a su esposa con ojos
compasivos. Al cabo dijo sonriendo con amargura:
--Tú quieres mucho a Clementina, ¿verdad?... Pues mira; lo mejor que
puedes hacer para darle un alegrón es reventar cuanto más antes. El
pobre Osorio está con el agua al cuello. Ahora me explico por qué sus
acreedores no acaban de tragárselo. Sin duda tú le has hablado a su
mujer algo de testamento, y como estás un poquillo delicada aguardan tu
muerte como agua de Mayo. Conque no te descuides.
D.ª Carmen se puso mucho más pálida de lo que estaba al oir estas
sangrientas palabras. Necesitó agarrarse a los brazos del sillón para no
desfallecer. Lo que decía su marido era horrible, pero muy verosímil.
El, que advirtió su emoción, se apresuró a ofrecerle todos los datos
necesarios para confirmar la sospecha. Le expuso en un cuadro completo
la situación económica de Osorio, insistiendo en lo raro de que sus
acreedores aguardaran si no contasen con alguna esperanza positiva, que
no podía ser más que la muerte de ella.
Entonces aquella infeliz mujer tuvo una frase sublime.
--Pues aunque Clementina desee mi muerte, yo la quiero lo mismo, con
todo mi corazón. Para ella será cuanto tengo.
El duque salió de la estancia furioso, bufando como un toro con
banderillas de fuego, o como un actor a quien acaban de propinar una
silba.
D.ª Carmen permaneció inmóvil largo rato, en la misma postura que la
había dejado, con los ojos clavados en el vacío. Dos lágrimas temblaron
al fin en sus ojos y rodaron silenciosamente por sus mejillas marchitas.