VIII

#Cena en Fornos.#

Al salir del hotel de Osorio, Pepe Castro y Ramoncito se metieron en la

berlina que esperaba al primero y se trasladaron a Fornos. Les costó

trabajo desembarazarse de Cobo Ramírez, que había olido algo de cena y

deseaba ser de la partida. Ramón dió un codazo a Castro para manifestar

que no le vería con gusto en ella. Este, a quien tampoco placa el

carácter desvergonzado del primogénito de Casa-Ramírez, hizo lo posible

por desprenderse de él engañándole.

El terror de los maridos estaba de muy mal humor. La indiferencia real o

fingida que Clementina le había mostrado toda la noche le roía el

corazón. Siempre habían sido prudentísimos en sociedad, sobre todo en

casa del marido; pero nunca le faltó ocasión, hasta entonces, a la dama,

con una mirada intensa, con alguna palabrilla fugaz, de expresarle su

amor. Y como esto llovía sobre mojado, porque hacía ya bastantes días

que la encontraba despegada, distraída, la picadura era más viva. Castro

no estaba enamorado de la esposa de Osorio. Era incapaz de enamorarse.

Pero tenía una idea extraordinaria de sus dotes de conquistador y, como

consecuencia, un amor propio exagerado. Además, ya sabemos que

Clementina era para él, no sólo la tórtola enamorada, sino el cuervo que

le traía en su pico el sustento. Envuelto en su gabán de pieles y

arrellanado en el rincón del coche, no despegó los labios en todo el

camino. Era la una. La noche fría y despejada, una noche de Madrid, en

que el ambiente produce cosquillas en los ojos y la nariz. Ramoncito,

entregado también a sus melancolías, limpiaba con el pañuelo el cristal

de la ventanilla para sumergir la mirada en las calles solitarias y en

el cielo poblado de estrellas.

Cuando llegaron a Fornos vieron el coche de la Amparo, en espera.

--Llegamos un poco tarde. Nos va a sacar los ojos esa tía--dijo Castro

apresurándose a entrar.

Un mozo les dijo que arriba, en el gabinete de la izquierda, les

esperaban tres señoras y dos caballeros. Antes de subir dió las

disposiciones necesarias para la cena que había encargado. En el

gabinete, dispersos por las sillas, estaban Rafael Alcántara, Manolito

Dávalos, la Nati, la Socorro y la Amparo, que los recibieron con

_fueras_ y silbidos. Todos cinco venían del Real: hacía muy cerca de

media hora que esperaban.

--¡Que poca vergüenza tienes, hijo!--dijo la Amparo con el hermoso

entrecejo fruncido--. Y menos aún los que toman en serio tus convites.

--Chica, me figuré que saldrías más tarde del Real.

--¡Eso! Dí que estabas a gusto en casa de mi hijastra, y entonces puedes

tener cierta disculpa.

Amparo solía llamar en broma su hijastra a Clementina.

--¡Qué hijastra, ni qué madrastra!--exclamó el lechuguino con gesto de

mal humor--. ¡Si pensarás que hay mujer que me retenga a mí cuando no

quiero!

El despecho, incubado toda la noche, rompía ahora con fuerza la cáscara.

--¡Olé mi niño! Así hablan los hombres--exclamó la Nati, una chulilla de

Lavapiés que descubría el paño, no sólo en la conversación, sino también

en el peinado, en los andares, en todo.

--¡Qué simple eres, criatura!--dijo la Amparo volviéndose a ella--. ¿Te

figuras que eso es cierto? Clementina le tiene más sumiso que un

perrillo de lanas. Si se le antoja, le hace lamer la planta de sus pies.

--¡Sí; lo mismo que tú a su papá!--respondió furioso Castro--¿Vosotras,

por lo visto, os habéis llegado a figurar que soy un cadete de

infantería? Pues ya veréis lo que me importa por esa señora....

--¿De veras?--preguntó Alcántara.

--De veras: me voy aburriendo ya.

Castro, previniendo una próxima ruptura con su amante, preparaba una

cama blanda a su reputación de seductor para que no sufriese

desperfecto.

--Os enfadáis conmigo--siguió--porque llego tarde.... ¿Y León? ¿Dónde

está León?

--León, aquí está--profirió una voz sonora detrás.

Y el propio León avanzó hasta el medio de la estancia y se puso a

parodiar, con entonación y mímica de cómico de la legua, una zarzuela

muy conocida:

Yo soy aquel conde de Agreda llamado,

que en lides sin cuento probó su valor.

--Oye, nene--dijo Socorro tirándole de los faldones del frac--, tengo

que ajustarte una cuenta.

--¡Tú también!--exclamó con afectado espanto--.¡Cielos! ¿Dónde me meteré

que no me presenten cuentas?

Y se dejó llevar, fingiendo susto, a un rincón por su querida, que le

preguntó en voz baja:

--Dí, babieca, ¿por qué no me has dicho que era Amparo de la partida?

¿No sabes que estamos políticas hace ya días?

--¡Bah! ¡bah!--exclamó alzando la voz y apartándose--. En cuanto tengáis

unas copas de Jerez en el cuerpo, se van a oir los besos que os deis,

desde la calle.

-Socorro quedó acortada mordiéndose los labios. Temía que Amparo hubiese

advertido algo. Y en efecto, la querida de Salabert les había echado una

mirada penetrante sospechando lo que hablaban, y arrugó el entrecejo:

"¡Anda, anda! ¡A buena parte iban con recaditos! ¡Como la picasen un

poco era capaz de agarrar por el moño a aquella pánfila y batirla contra

la pared!"

La Socorro era una rubia linfática, de tez nacarada y ojos claros, un

poco romántica y un mucho susceptible. Se decía hija de un comandante y

se agarraba el derecho de despreciar a sus compañeras nacidas del seno

de la plebe. Era más instruída que ellas porque leía todos los

folletines que le venían a las manos: cuidaba de no decir palabras feas:

no solía emplear tampoco locuciones flamencas. Tenía alguna más edad que

la Amparo y la Nati.

--A la mesa, a la mesa--dijo Alcántara--. Estas óperas alemanas me

excitan un hambre de lobo.

Levantáronse todos del asiento y se aproximaron a la mesa, mientras

Castro hacía sonar el timbre para avisar al mozo. El conde de Agreda los

detuvo con un gesto.

--Caballeros, hay aquí dos princesas que han reñido por cuestiones

diplomáticas que no nos incumben. ¿Opinan ustedes que se den un beso

antes que nos sentemos?

--Que se lo den: que se lo den--exclamaron los tres hombres y Nati,

mirando a la Socorro y Amparo.

Esta se encaró furiosa con León.

--¡Ja, ja!... Chica, no empieces ya a soltar gracias porque nos va a

hacer daño la cena.

La Socorro se hizo la indiferente inspeccionando la mesa.

--Que se besen--volvió a decir el coro.

--Oíd, preciosos, ¿nos habéis traído para reiros de nosotras o a darnos

de cenar?--dijo la Amparo cada vez más irritada.

Castro trató de calmarla.

--No hay motivo para enfadarse, Amparito. León, lo mismo que yo y todos

los demás, desearíamos que los que nos sentemos a cenar fuésemos buenos

amigos. Si hay algún resentimiento debe olvidarse, sobre todo si, como

presumimos, no ha sido por cosa grave.

--¡Que se besen!--gritaron con más fuerza los comensales.

No hubo más remedio. Castro y Alcántara se apoderaron de la Amparo,

Ramón y el conde de la Socorro y las fueron aproximando casi a viva

fuerza, no sin que ambas protestasen, sobre todo Amparo, que se defendía

con energía. Al cabo concluyó por reirse.

--¡Pero esto es estúpido! ¿Qué mosca os ha picado?

Y acercándose con decisión a Socorro, le dió un beso sonoro en la

mejilla.

--Besémonos, hija, porque si no temo que a estos chicos simpáticos les

dé un ataque de nervios.

La Socorro le pagó el beso con otro más tímido, manifestándose reservada

y circunspecta.

--Bueno, ahora dejadme calentar un poco, que estoy aterida--dijo

sentándose al lado de la chimenea, tan cerca que, por milagro, no ardía.

Se tostó por delante y por detrás, en tal forma, que, cuando Rafael fué

a coger la silla, quemaba.

--¡Qué atrocidad! Mirad, chicos, cómo ha dejado Amparo la silla.

Todos pusieron las manos sobre ella y se admiraron.

--¡Cómo tendrá esa mujer el cuerpo! Vamos a verlo--dijo Castro avanzando

hacia ella.

--¡Eh, niño, alto! que yo soy de mírame y no me toques.... Bueno, si

queréis tocad la espalda--añadió generosamente.

Y uno tras otro fueron poniendo la palma de la mano en la espalda de

aquel hermoso animal que, efectivamente, casi quemaba.

--Ahora vais a ver cómo me las compongo con los boquerones--dijo

sentándose--. Porque supongo que te habrás acordado de mí--añadió

levantando la vista hacia Pepe Castro.

Este hizo una señal afirmativa y empujó suavemente a Manolito Dávalos

para que se sentase al lado de su ex querida. Era curioso ver la extraña

turbación que se apoderaba del tocado marqués cuando se ponía cerca de

la Amparo. Esta mujer le fascinaba de tal suerte que se mostraba

confuso, ruborizado, sin saber qué decir ni hacer. Los compañeros, que

lo sabían, mirábanle con disimulo y enviaban sonrisas y guiños a la

joven, la cual adoptaba un continente protector, maternal, con él. Se

reía como los demás de aquella extraña y furiosa pasión; pero en el

fondo se sentía halagada por ella.

Rafael Alcántara, que ya había pellizcado en todos los platos de

entremeses, volvió a gritar:

--Señores, que venga por Dios esa cena, porque voy a pillar una

indigestión de aceitunas.

Acomodáronse todos, al fin. Dos mozos comenzaron a servir los platos.

Amparo desdeñó el _consommé_; pero cuando trajeron unos filetes de

_boeuf macédoine_ se colmó de tal modo el plato que los amigos

comenzaron a darse de codo y a reir.

--¡Ah! ¿vosotros pensáis que soy una niña tísica de las que cantan _La

Stella confidente_?... ¡Ya veréis, ya!

Rafael sacó la conversación del duque de Requena, pero la Amparo cortó

las bromas.

--Vamos, dejadle en paz. Ya que paga, que se divierta el pobre como

pueda.

Aunque todo el mundo sabía que tenía esclavizado al archimillonario, no

gustaba que se rieran a su costa. Del duque pasaron a su hija. Rafael

contaba pormenores terribles, repugnantes. Las mujeres se ensañaron con

ella vengándose de su hermosura, su elegancia y su orgullo. Castro, en

vez de acudir a la defensa, contentóse con sonreír discretamente y

exclamar con negligencia:

--¡No sabéis lo que decís!

Aquella sonrisa, aquel tono superior y desdeñoso, querían sin duda

significar que era ridículo hablar de las interioridades de Clementina

en presencia de él. Pusiéronse sobre el mantel las honras de otra

porción de señoras y caballeros. Entre copa y copa de _borgoña_, entre

bocado y bocado de salmón con mayonesa quedaron todas perfectamente

arregladas. Manolito no terciaba en la conversación. Feliz con sentir el

traje de Amparo rozando con sus piernas, echándole de vez en cuando

miradas intensas de apasionado deseo, acudiendo a servirla con solicitud

de esclavo medroso, se apretaba a veces más de la cuenta contra su

ídolo, acometido de rabiosa pasión. Cuando esto sucedía, el ídolo le

arrimaba por debajo de la mesa crueles taconazos y pellizcos que le

volvían a la razón. Fuera de esto se mostraba amable con él, le trataba

como a un niño, le daba bocaditos del plato en que ella comía y le hacía

mimos cogiéndole la barba con la punta de los dedos. Pero el pobre,

antes de terminar la cena, se vió acometido de un golpe de tos; se puso

rojo; quería echar, con grandes esfuerzos de su cuerpo, algo que no

acababa de salir. Este algo era nada menos que una sarta de rails de

ferrocarril que al loco marqués se le antojaba que tenía dentro del

cuerpo. Los demás, que sabían de esta alucinación, sonreían con

expresión de lástima y burla. Rafael Alcántara exclamó cínicamente:

--¡Dale, dale, que es lagarto!

El pobre Manolo se volvió hacia él, sudoroso, encendido, y le dijo con

acento de reproche:

--Si tú te encontrases como yo, no te reirías, Rafael.

--¡Tiene razón, tiene razón!--exclamó la Amparo indignada--.Vaya una

gracia, burlarse de un amigo enfermo.

Y para indemnizarle de aquel agravio le ayudó a sentarse en un diván, le

limpió el sudor con su pañuelo y le dió unos cuantos besos. Luego vino a

sentarse de nuevo y siguió devorando lo que le ponían delante. Llegó el

turno a los boquerones preparados expresamente para ella. Era uno de los

gustos plebeyos que conservaba. Tantos engulló, que excitó la admiración

y la risa de los comensales. Socorro dijo, sin embargo, por lo bajo a su

querido, "que daba asco verla comer". Creía de buen tono padecer de

dispepsia y comer poco. Amparo remojaba los bocados con tantos y tan

formidables sorbos de _borgoña_, que dejaba siempre la copa temblando.

Comía y bebía como un labrador en día de boda, y hacía gala de ello.

Ramoncito no se hallaba en disposición de experimentar los goces de la

nutrición animal. Dijo que había tomado chocolate en casa de Osorio;

pero no era cierto. Lo que había tomado era veneno, con los obsequios

que su amigo, el conde de Agreda, tributó por más de una hora a

Esperanza.

--Oye, feo, ¿por qué no comes?--le dijo Amparo volviéndose de repente

hacia él--. ¿Es verdad que la chiquilla de Calderón no te hace caso? Te

doy la enhorabuena, hijo, porque debe de tener mucho humor herpético.

Maldonado, que estaba ya desabrido con ella desde la frase de la tarde,

se puso encendido. Conteniéndose a duras penas le dijo con voz ronca:

--Lo que te prevengo seriamente es que no vuelvas a ocuparte delante de

mí de esa niña....

Amparo le miró fijamente con aire de desafío.

--¿Y por qué, rico mío?

--Porque las mujeres como tú no pueden hablar de ciertas cosas sin

profanarlas--dijo temblando de cólera el concejal.

--¡Ja, ja! Abrid los balcones, chicos, porque este chavó tiene

calor--dijo con risa sarcástica; y enfureciéndose de pronto:--¡Mira,

niño, no me vengas con infundios! Tú eres un mamarrachillo y ella un

saco de pus. ¿Lo oyes bien?

La noble faz de Ramoncito se descompuso al escuchar estas pesadas

palabras. Todo su cuerpo se estremeció de furor. No se sabe qué acto

bárbaro e insano hubiera realizado a no sujetarle Castro por la manga

del frac, diciéndole:

--Déjala, hombre. ¿No ves que tiene ya mucho alcohol en la cabeza?

Castro tenía del otro lado a la Nati. Sin saber por qué razón, pues

nunca le había sido muy simpática, le dió toda la noche por servirla y

requebrarla en voz baja. Cuando se puso un poco alegre, le dijo a

Alcántara que estaba del otro lado:

--Con tu permiso, Rafael, voy a dar un beso a Nati.

Y se lo dió sin aguardar respuesta.

Rafael no hizo maldito el caso. Poco después volvió a decir:

--¿Permites, Rafael?

Y ¡zas! le encajó otro beso. La bromita le pareció tan bien, que no se

pasaban cinco minutos sin que la repitiese. Nati la encontraba

deliciosa; se reía, presentando la mejilla a los labios del hermoso

salvaje. Rafael, al principio, también la encontró graciosa y respondía

gravemente a la pregunta de su amigo:

--Lo tienes. Pene, lo tienes.

Pero al cabo fué pareciéndole pesada, y entre bromas y veras concluyó

por decirle:

--Basta, Pepe; no abuses del físico.

A los postres, el mozo les dijo que un señorito que cenaba en un

gabinete próximo con una señora, bebía una copa de _champagne_ a su

salud.

--¿Quién es ese señorito? ¿Le conoces?

El mozo sonrió discretamente.

--Me ha prohibido decir su nombre.

--¿Es un amigo?

--Sí, señor conde: es un amigo.

--Pues allá voy--dijo León.

Y salió de la estancia. A los pocos instantes volvió a entrar con

Alvaro Luna y su querida la Conchilla. Les hicieron una ovación. Rafael

se adelantó con la copa en la mano y cantó:

--Murió Alvarito,

Dios le tenga en gloria;

Bebamas una copa a su memoria.

Hizo gracia la ocurrencia porque Alvaro se había batido por la tarde.

Pepe Castro le abrazó.

--Ya sabíamos que habías salido bien. ¿Has pinchado al coronel?

--Sí, en un brazo.

--¿Cómo fué eso?

--Verás tú....

Y le contó los pormenores del lance. Todas se acercaron para escuchar.

El coronel se había levantado los pantalones al llegar al jardín y se

había remangado la camisa como un carnicero. Atacó furiosamente; pero se

fatigaba en seguida, como hombre obeso que era y algo tocado del

corazón. Descansaron seis veces. Al fin, harto ya de tanto bregar, le

había tirado con decisión una estocada al pecho amagándole antes un tajo

a la cabeza. No tuvo tiempo más que a poner delante el brazo izquierdo,

que quedó atravesado.

--Creí que le había matado, porque cayó redondo al suelo.

--Así, así. No hay cosa más ridícula que andar dibujando tajos en el

aire y haciendo ruido con los sables como en el teatro. Un buen golpe

recto, partiendo de la inmovilidad, ¡esa es la manera de concluir

pronto!

--Murió Alvarito,

Dios le tenga en gloria;

Bebamos una copa a su memoria.

volvió a cantar Rafael con voz engolada levantando la copa de

_champagne_.

--Vamos, a este chavó ya se le ha subido San Telmo a la gavia--dijo la

Amparo.

Pepe y Alvaro sonrieron y continuaron comentando el lance. Los demás,

menos Conchilla, les fueron dejando; se pusieron a charlar con

animación, trincando a la vez de lo lindo. Rafael estaba empeñado en que

Ramoncito les contara sus amores. ¿Se había declarado ya a la hija de

Calderón? ¿Le había dado esperanzas? La verdad es que la niña no

encontraría, por mucho que buscase, partido tan ventajoso como el de

Ramoncito, un muchacho formal, en buena posición, con un porvenir en la

política....

Aunque Alcántara parecía que hablaba en serio y expresaba las mismas

ideas que al propio Ramoncito le bullían constantemente en la cabeza,

éste recelaba, y con razón, de su buena fe. Además, la presencia de

aquellas mujeres, y más especialmente la de León, le molestaba mucho.

Rechazó, pues, con mal humor todas las instancias que le hicieron para

que abriese su pecho, y les rogó, muy fruncido y encrespado, "que

hiciesen el favor de no romperle más la cabeza". Con esto desistieron de

reirse a su costa y la emprendieron con Manolita Dávalos. El joven

marqués, desde un diván donde yacía solitario, contemplaba sin pestañear

en extática adoración a su ex querida.

--Ven acá, Manolito; acércate un poco, hombre--le dijo León.

--¿Para qué?--preguntó el marqués aproximándose con semblante

avergonzado.

--Para que charlemos un poco.... Y para que estés cerca de lo que más

quieres.... Haces bien en estar enamorado de esta barbiana. Todo se lo

merece. No hay en Madrid una mujer que le ponga el pie delante en

hermosura, en garbo, en salero.... ¡Qué ojos! ¡qué cejas! ¡qué boquita

de rosa!... ¡Hasta las orejas! ¡Mira qué primor de oreja!... Me las

comería cada una de un bocado.... ¡Uy! ¡uy! ¡uy!

Nati le había echado un feroz pellizco en el brazo.

--Para que no vuelvas a echar piropos a nadie delante de tu mujer--dijo

medio en serio, medio burlando.

--Chico, si me hubieses dicho todo eso por la mañana me hubiera durado

todo el día--le dijo Amparo riendo--. Pero ahora ... ya ves, nos

dormiremos en seguida....

--Pero vamos a ver. Amparo--manifestó Rafael afectando seriedad--. ¿Por

qué has dejado a Manolo, un chico joven, simpático, de las primeras

familias de España, por un tío asqueroso, viejo, baboso como Salabert?

El chiflado marqués hizo un gesto de contrariedad.

--Déjanos en paz, Rafael.

Amparo, poniéndose seria también, le contestó:

--Yo no le he dejado. Nos hemos dejado mutuamente, por conveniencia de

ambos. No dirá él que yo le he despedido....

Manolo asintió con la cabeza por no contrariar a su ídolo, aunque otra

cosa le constase.

--Pues es una lástima, porque él sigue más chalao por ti que nunca.... Y

tú, aunque aparentes lo contrario, creo que algo te queda allá en el

fondo.

León se mordió los labios para no soltar el trapo.

--Mira, tú, niño--expresó la Amparo con tono y ademanes persuasivos--;

vosotros nos juzgáis peores de lo que somos. Yo no diré que algunas

veces no obremos por capricho, y que no seamos ligeras e interesadas....

Pero hay ocasiones en que las circunstancias nos arrastran. Una mujer se

pone en tren de vestir con elegancia, de tener palco en los teatros, de

gastar coche, y llega a acostumbrarse a estas cosas como vosotros a

fumar y tomar café. Llega un día en que si quiere dar gusto a su

corazón, va a verse privada de todo esto, y a caer en la miseria. Tú

comprenderás que se necesita mucha virtud y más amor que el de Romeo y

Julieta para echarlo todo a rodar y sacrificarse a vestir de percal otra

vez y a vivir en una buhardilla. Chico, por lo mismo que nosotras hemos

conocido bien la pobreza, sabemos mejor que vosotros lo agradable que

es. Yo me he comprometido con Salabert porque tiene mucho dinero y puede

satisfacer todos mis caprichos. No necesitaba decírtelo.... Por lo

demás, si fuera a dar gusto a mi corazón demasiado sabéis, y demasiado

lo sabe él, que yo nunca he querido a nadie de verdad más que a Manolo.

Escuchando estas palabras, al loco marqués se le arrasaron los ojos de

lágrimas. Tomó la mano de su ex querida y la besó con la misma devoción

y ternura que una reliquia. León se levantó de prisa porque no podía

tener la risa en el cuerpo. Las mujeres, siempre compasivas con los

extravíos de la pasión por ridículos que sean, le contemplaron con

curiosidad y lástima. Sólo Rafael permaneció grave.

--Francamente, no puedo presenciar ciertas escenas sin conmoverme--dijo

levantándose de la silla afectando una tristeza que hizo sonreír a la

misma Amparo.

Justamente en aquel momento, Alvaro Luna se despojaba del frac para

mostrar a Castro y a su querida una pequeña herida que el sable del

coronel le había hecho. Rafael, León, Nati, Ramoncito y Manolo Dávalos

se acercaron. El noble salvaje se remangó la camisa y dejó ver el

antebrazo, donde había una señal roja bastante larga.

--Diablo; ha sido un golpecito regular--dijo Castro.

--Un planazo--manifestó Alvaro.

--No; más bien parece que ha sido con el corte. Lo que hay es que

pegando enteramente a plomo y no tirando un poco del sable al mismo

tiempo, el corte suele embotarse. Por eso no ha rajado la piel, y en vez

de herida resultó contusión.

Conchilla, que miraba el brazo de su amante con tristeza y sobresalto,

se precipitó al fin sobre él y le besó la cicatriz con transporte, sin

importarle las risas y las cuchufletas que esto produjo.

Amparo y Socorro se habían quedado sentadas al lado de la mesa, una

frente a otra. Si se ha de decir la verdad, Amparo, naturaleza violenta,

irascible, sin pizca de imaginación y de inteligencia limitadísima,

habíase olvidado enteramente del desabrimiento que con la Socorro había

tenido; le dirigía la palabra con la misma confianza y desenfado que

antes. Mas ésta, porque su carácter fuese más receloso y susceptible, o

porque el vino la privase del juicio, o por ambas cosas a la vez seguía

mostrándose taciturna y hostil hacia su amiga. Respondía con marcada

frialdad a sus observaciones y hasta algunas veces se advertía en sus

labios cierto gesto de desdén. La Amparo, que no tenía un temperamento

observador, concluyó sin embargo por observarlo.

--Oyes, chica, ¿qué es lo que tienes? ¿Te dura todavía el enfado?

--¿A mí? ¡Ca! Yo no puedo enfadarme contigo.

Estas palabras parecían un testimonio de cariño y confianza. Sin

embargo, las pronunció en un tono tan extraño, que la Amparo se la quedó

mirando fijamente antes de replicar.

--Pues hija--dijo al cabo--, yo te confieso que puedo enfadarme con

todo el mundo y contigo también si me llegases a hacer alguna ofensa.

--Pues yo, contigo, no--replicó con una sonrisa particular la Socorro.

Amparo volvió a mirarla fijamente y con sorpresa.

--¿Qué quieres decir con eso, que me desprecias?

--Lo que tú quieras--profirió con el mismo gesto de desdén.

Una arruga profunda apareció en el entrecejo de Amparo; señal de

tormenta.

--Mira, chica, tengamos la fiesta en paz. Te vas haciendo muy picante y

ya sabes que tengo muy poca paciencia--dijo con voz sorda.

--De lo que menos caso hago yo es de tu paciencia, hija mía. Te he

venido a decir bien claramente que no quiero trato contigo. Al parecer,

no quieres acabar de entenderlo. Tú y yo no hemos mamado la misma leche

ni hemos tenido los mismos principios. Por eso no nos entendemos. Si

algún resentimiento tienes conmigo, como yo jamás te he tenido miedo

ninguno, podemos resolverlo cuando quieras. Mira, aquí traigo este

juguete para castigar a los desvergonzados.

Al mismo tiempo sacó del bolsillo una llave inglesa y la puso sobre la

mesa.

Verla Amparo, apoderarse de ella con ímpetu feroz, y dar un terrible

golpe en la cara a su dueña, fué instantáneo. La Socorro cayó de la

silla soltando cuatro chorros de sangre por los cuatro agujeros que los

pinchos del instrumento la hicieron. El susto, para los que allí estaban

fué grande, pues no habían advertido la disputa. Todos corrieron

presurosos a levantar a la herida. Hubo unos instantes de confusión en

que nadie se daba cuenta de lo que en realidad había pasado. La Amparo

se había puesto terriblemente pálida y aún murmuraba sordamente

denuestos. En cuanto León Guzmán averiguó, viendo en sus manos la llave,

lo que había pasado quiso arrojarse sobre ella, y lo hubiera hecho

faltando a lo que se debe un caballero, si Pepe Castro y Rafael no le

hubieran sujetado. No pudiendo realizar sus propósitos comenzó a

increparla.

--¡Esto es una infamia! ¡Una vileza! ¡Es la acción de un asesino! Desde

aquí debes ir a la cárcel, porque has cometido un delito.

Los mozos, que habían acudido a los gritos, viendo tanta sangre y oyendo

las palabras del conde, se dispersaron. Alguno de ellos bajó al café a

dar parte a un inspector de policía que allí estaba el cual se presentó

inmediatamente: otros corrieron a avisar a un médico. Subieron dos. La

herida era de importancia y de consecuencias, porque quedarían señales

en el rostro. Ordenaron que llevasen acto continuo a la enferma a la

casa de socorro. Allí no disponían de medios para la cura. El inspector

manifestó que se veía en la necesidad de conducir la agresora a la

prevención y tomar el nombre de los presentes. Entonces todos

intervinieron con ruegos para que dejase a la Amparo libre,

respondiendo ellos de las consecuencias. El inspector se negó

resueltamente. Lo único que podía hacer era conducirla al Gobierno civil

en vez de la prevención y detener el parte al juzgado algún tiempo.

Aunque casi todos pertenecientes a familias muy distinguidas, ninguno de

los presentes era un personaje político (con paz sea dicho de Ramoncito)

que pudiese desviar ni contener el curso de la justicia. Pero el duque

de Requena sí lo era. Por eso Rafael le dijo en voz baja a la Amparo:

--Mira, chica, lo mejor que puedes hacer es pasar un aviso a Salabert.

Si no, estás perdida.

--Ya se habrá acostado. ¿Te encargas tú de llevárselo?

El perdulario vaciló un instante, pero al fin se decidió a prestarle

aquel servicio, contando sacar de él buen partido.

La herida fué conducida a la casa de socorro en el coche de Pepe Castro,

acompañada por León y un guardia. Amparo fué al Gobierno civil en su

propio carruaje, con el inspector y Manolito Dávalos, que se lo pidió a

éste por favor con lágrimas en los ojos. Alvaro Luna, la Conchilla,

Nati, Pepe Castro y Ramón les prometieron seguirlos inmediatamente y

acompañar a la hermosa agresora en su odisea. Pero ya a la puerta de

Fornos hubo deserciones. Alvaro declaró que le dolía un poco el brazo y

que iba a curárselo. Conchilla, como es natural, le acompañó. La Nati,

con Castro y Ramón, siguieron a pie hasta el Gobierno. Una vez allí,

antes de entrar celebraron consejillo. Ramoncito presentaba algunas

dificultades. El era concejal y no podía "meterse en ruidos", máximo

cuando las relaciones del Gobernador con el Ayuntamiento venían siendo

un poco tirantes. Por su parte. Castro declaró lacónicamente que todo

aquello era ridículo. Naturalmente, siendo ridículo ¿qué iba a hacer un

hombre como él allí? Además, anunció que tenía sueño y éste era ya un

argumento sobradamente poderoso sin necesidad del primero. La Nati tal

vez hubiera desistido también de subir; pero se creía en la obligación

de aguardar a Rafael.

En una habitación bastante sucia del Gobierno esperaban la Amparo y

Manolito Dávalos cuando Nati se les juntó. El maníaco marqués estaba tan

tembloroso, tan desencajado y lívido como si sobre él pesase una

terrible desgracia. Su confusión y dolor se aumentaron cuando Amparo le

ordenó marcharse. No convenía que le viese Salabert allí. Rogó con los

mayores extremos que le permitiese aguardar el fin de la aventura; pero

fué en vano. No pudiendo conseguirlo salió al cabo de la estancia, pero

fué para rondar por los alrededores del edificio como un perro fiel.

Pocos momentos después, la Amparo fué llevada al despacho de uno de los

oficiales, que la recibió sin miramiento alguno, sin levantarse del

sillón y hablándola en un tono autoritario que la produjo gran

irritación. La bilis se le revolvió en el estómago. En poco estuvo que

no se desvergonzase con aquel mequetrefe; pero el temor de la cárcel la

contuvo. Sin embargo, a pesar de su paciencia, no estuvo en mucho que

fuese. Si no llegan a la sazón el duque de Requena y Rafael hubiera sido

más que probable.

Salabert entró resoplando como de costumbre. A este resuello debía,

quizá, parte del respeto que en todas partes inspiraba. Sólo un hombre

con cien millones de pesetas de capital se podía autorizar tanto

resoplido y escupitajo. El oficial se turbó un poco a su vista. El

banquero, con la perspicacia que le caracterizaba, supo aprovechar este

predominio.

--¿De qué se trata, eh? Disputas de chicas.... Algunos golpes.... Nada

entre dos platos.... Esto se arregla en dos segundos.... Tú, chiquita, a

la cama.... Mañana le darás un beso; la regalarás un brazalete.... Todo

arreglado, todo arreglado--comenzó a gruñir con el desenfado del que

está en su casa.

El oficial apenas tuvo valor para murmurar:

--Señor duque, tendría mucho gusto en complacerle ... pero mi

obligación....

--A ver, ¿dónde está Perico? ¿Anda por ahí Perico?--preguntó con el

mismo despotismo.

--El señor Gobernador se ha retirado ya--manifestó el oficial.

--Pues el secretario.... ¿Dónde está el secretario?... A ver, el

secretario.

Condujéronle a su despacho y se encerró con él. Al cabo de unos minutos

salió con las mejillas un poco más amoratadas. El secretario le despidió

a la puerta con una fina sonrisa burlona. La Amparo se acercó y le

preguntó:

--¿Está arreglando el asunto?

--Por ahora, sí--respondió mordiendo el sempiterno cigarro.

--Pues quiero irme en tu coche--dijo, bajando la voz.

La fisonomía del banquero se oscureció.

--Demasiado sabes que no puede ser.

--¿Que no puede ser?... Ahora verás.... Dame el brazo.... En marcha.

Y cogiéndose con fuerza de su brazo le empujó hacia la escalera seguido

de Nati y Rafael entre las miradas atónitas del oficial, del inspector y

de los tres o cuatro empleados que allí había a tales horas.

Una vez en la calle, la hermosa tirana ofreció su coche a Nati y Rafael,

y se metió sin vacilar en el del duque, que la siguió taciturno pero

sumiso. Los nervios de la antigua florista se desataron así que se vió a

solas con su querido. Las palabras más soeces del repertorio de los

cocheros de punto brotaron a sus labios temblorosos. Pateó, juró,

rechinó los dientes, profirió mil estúpidas amenazas. Por último,

cogiendo al banquero por la solapa de su gabán de pieles, le dijo

atropellándose por la ira:

--Por supuesto; esos dos puercos, el empleado y el inspector, quedarán a

escape cesantes.

--Veremos, veremos--respondió el duque, inquieto y confuso.

--Ya está visto. Hasta que me traigas su cesantía no te presentes en mi

casa, porque no te recibo.

La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7. · 第 13 / 23 题