#Comida y tresillo en casa de Osorio.#
Al día siguiente de haber subido a casa de Raimundo, Clementina estaba
más avergonzada y pesarosa de haberlo hecho que en el momento de bajar
la escalera. Los seres orgullosos sienten remordimientos por una acción
que en su concepto los ha humillado, como los justos cuando han faltado
a la humildad. En su interior confesaba que había dado un paso en falso.
La serenidad y la cortesía de aquel muchacho, a la vez que lo elevaban a
sus ojos, irritaban su amor propio. ¡Qué comentarios no habrían hecho él
y su hermana después de aquella ridícula y extemporánea visita! Al
pensar en ello se le subían los colores a la cara. Por no ver ni ser
vista de Alcázar desde su mirador, dejó de salir a pie. El joven cumplía
su promesa: no halló rastro de él por ninguna parte.
Mas sin saber por qué causa, la imagen de éste flotaba siempre delante
de sus ojos; con frecuencia acudía a su mente. ¿Era por aversión? ¿por
resentimiento? Clementina no podía de buena fe afirmarlo. Su ex
perseguidor no tenía nada en la figura ni en el trato que lo hiciese
aborrecible. ¿Sería, por el contrario, que le hubiese impresionado
demasiado favorablemente su presencia? Tampoco. Veía diariamente en
sociedad muchos jóvenes más gallardos y de más agradable conversación.
Así que, la sorprendía tanto como la irritaba encontrarse pensando en
él. Nunca dejaba de protestar interiormente contra esta involuntaria
inclinación, y de enfadarse consigo misma. Transcurridos algunos días
después de la escena relatada decidióse a salir una tarde a pie. El no
hacerlo le iba pareciendo cobardía, conceder demasiado honor a aquel
chiquillo. Cuando pasó cerca de su casa levantó los ojos y le vió como
siempre al mirador con un libro en la mano. Bajólos instantáneamente y
cruzó de largo seria y erguida. Mas a los pocos pasos sintió vago
malestar como si no quedase satisfecha de sí misma. La verdad es que el
no saludar o no haber siquiera esperado el saludo del joven, no había
estado bien hecho después de sus francas explicaciones y de la
amabilidad que con ella había usado mostrándole la rica colección de sus
mariposas y ofreciéndosele tan finamente.
Al día siguiente salió también a pie y reparó la injusticia del anterior
clavando con fijeza su vista en el alto mirador. Raimundo le envió un
saludo tan respetuoso y una sonrisa tan inocente, que la hermosa dama se
sintió halagada. No pudo ocultarse que aquel joven tenía singular
dulzura en los ojos, que le hacía muy simpático, y que su conversación,
si no repleta de donaires, revelaba firmeza de entendimiento y un
espíritu culto. Estas observaciones debió de hacerlas a su debido
tiempo; pero no las hizo por causas que ignoramos. Desde este día
comenzó a salir como antes. Al cruzar por delante de la casa de Raimundo
nunca dejaba de enviar su cabezadita amistosa al mirador, desde donde le
contestaban con verdadera efusión. Y según iban transcurriendo los días,
el saludo era cada vez más expresivo. Sin hablarse una palabra parece
que se establecía la confianza entre ellos.
Clementina no trató de analizar el sentimiento que le inspiraba el joven
Alcázar. Era poco aficionada a mirarse por dentro. Creía vagamente que
hacía una obra de caridad mostrándose cortés con él. "¡Pobre
muchacho!--se decía--. ¡Cómo adoraba a su madre! Y ella ¡qué feliz debió
de haber sido con un hijo tan bueno y cariñoso!" Una tarde, cuando va
llevaba más de un mes de estos saludos, le preguntó Pepe Castro:
--Oyes: ¿ha dejado de seguirte ya aquel chiquillo rubio de marras?
Clementina sintió un estremecimiento raro: se puso levemente colorada
sin saber ella misma por qué.
--Sí ... hace ya lo menos un mes que no le he visto.
¿Por qué mentía? Castro estaba tan lejos de pensar que entre aquel
perseguidor desconocido y su querida mediase ninguna relación, que no
advirtió el rubor. Pasó en seguida a otra cosa con indiferencia. Mas,
para nuestra dama, aquel singular sacudimiento y aquel calorcillo en las
mejillas fué una especie de revelación vaga de lo que en su espíritu
acaecía. El primer dato concreto de esta revelación fué que al salir de
casa de su amante, en vez de ir pensando en él, reflexionó que Alcázar
cumplía demasiado fielmente su palabra de no seguirla. El segundo fué
que al detenerse en un escaparate de joyería y ver un imperdible de
brillantes en figura de mariposa, se dijo que algunas de las que había
visto en casa de su amiguito rubio eran mucho más hermosas y brillantes.
El tercero lo adquirió al entrar en casa de Fe a comprar unas novelas
francesas. Ocurriósele al ver tanto libro, que su amante Pepe Castro no
había leído ninguno de ellos, ni lo leería probablemente. Antes, le
hacía gracia esta ignorancia: ahora la encontraba ridícula.
Transcurrían los días. La señora de Osorio, hastiada de la vida
elegante, habiendo agotado todas las emociones que ofrece a una dama
ilustre por su hermosura y su riqueza, se iba placiendo extremadamente
en aquel saludo inocente que casi todos los días cambiaba con el joven
del mirador. Una tarde, habiéndose bajado del coche en el Retiro para
dar algunas vueltas a pie, tropezó con Alcázar y su hermana en una de
las calles de árboles. Dirigióles un saludo muy expresivo. Raimundo
respondió con el mismo afectuoso respeto de siempre; pero Clementina
observó que la niña lo hizo con marcada frialdad. Esto la preocupó y la
puso de mal humor para todo el día, por más que nunca quiso confesarse
que la causa de su malestar y melancolía era ésta. Poco a poco, debido a
su temperamento irritable y caprichoso, aquella aventura amorosa que
había muerto al nacer, iba ocupando su espíritu haciendo brotar en él un
deseo. Los deseos en esta dama eran siempre apetitos violentos, sobre
todo si hallaban algún obstáculo: como tales, pasajeros también.
Cierta mañana, después de haber saludado a Raimundo cerrando y abriendo
la mano repetidas veces con la gracia peculiar de las damas españolas, y
después de haber andado poco trecho, por un movimiento casi involuntario
volvió la cabeza y levantó de nuevo los ojos al mirador. Raimundo la
estaba mirando con unos gemelos de teatro. Se puso fuertemente colorada:
apretó el paso embargada por la vergüenza. ¿Por qué habría hecho aquella
tontería? ¿Qué iba a pensar el joven naturalista? Cuando menos, se
figuraría que estaba enamorada de él. Pues a pesar de que estas ideas
bullían alborotadas en su cabeza mientras caminaba de prisa para doblar
la esquina y ocultarse a las miradas de aquél, no estaba tan irritada
contra sí misma como otras veces. Sentía vergüenza, es verdad; pero
luego que pudo caminar despacio, una emoción dulce invadió su espíritu,
sintió un cosquilleo grato allá en el corazón como hacía ya muchísimo
tiempo que no sentía. "¡Si volveré a mis tiempos de _fanciulla_!" se
dijo sonriendo. Y comenzó a recrearse con su propia emoción
considerándose feliz con aquel retorno a las inocentes turbaciones de la
primera edad. Tan embebida marchaba en su pensamiento, que al llegar a
la Cibeles, en vez de tomar la calle de Alcalá para ir a casa de Castro
con quien estaba citada para aquella hora dió la vuelta como si
estuviera paseando por aquel sitio. Cuando lo advirtió se detuvo
vacilante. Al fin se confesó que no tenía grandes deseos de acudir a la
cita. "Voy a ver a mamá--se dijo,--. La pobre hace ya días que no pasa
un rato conmigo." Y emprendió la marcha hacia el paseo de Luchana. Se
puso de un humor excelente. Un piano mecánico tocaba el brindis de
_Lucrecia_ por allí cerca y se paró a escucharlo, ¡ella que se aburría
en el Real oyéndolo a las más famosas contraltos! Pero la música es una
voz del cielo y sólo se comprende bien cuando el cielo ha penetrado ya
un poco en nuestro corazón.
Por la acera de Recoletos bajaba Pinedo, aquel memorable personaje que
vivía con un pie en el mundo aristocrático y otro en la clase
media-covachuelista a la que en realidad pertenecía. Traía a su lado a
una linda joven que debía de ser su hija, aunque Clementina no la
conocía. Pinedo la tenía alejada de la sociedad que frecuentaba, la
ocultaba cuidadosamente lo mismo que Triboulet. La esposa de Osorio
siempre había tratado a este personaje con un poco de altanería, lo cual
no era raro en ella como ya sabemos. Mas ahora el estado placentero de
su espíritu la tornó expansiva y llana por algunos instantes. Como
Pinedo cruzase grave dirigiéndole un sombrerazo ceremonioso según su
costumbre, la dama se detuvo y le abordó con la sonrisa en los labios.
--Amigo mío, usted es hombre práctico; también aprovecha estas horas de
la mañana para respirar el aire puro y tomar un baño de sol.
Contra su costumbre y naturaleza, Pinedo quedó un poco turbado, tal vez
porque no le hiciera gracia presentar su hija a esta vistosa señora.
Repúsose instantáneamente, sin embargo, y respondió inclinándose con
galantería:
--Y a ver si Dios me concede unos tropezones tan desagradables como el
que ahora he tenido.
Clementina sonrió con benevolencia.
--No debe usted echar flores aunque sea de este modo indirecto trayendo
a su lado una joven tan linda. ¿Es su hija?
--Sí, señora.... La señora de Osorio--añadió volviéndose a la niña.
Esta se puso roja de placer al oirse llamar linda por aquella dama a
quien tanto conocía de vista y de nombre. Era una muchacha alta y
esbelta, de rostro moreno, con facciones menudas y bien trazadas y unos
ojillos dulces y alegres.
--Pues había oído decir que tenía usted una niña muy bonita; pero veo
que la fama se ha quedado corta.
La chica enrojeció aún más y apenas pudo murmurar las gracias.
--Vamos, Clementina, no siga usted que se lo va a creer.... Esta señora,
Pilar--añadió volviéndose a ella--, se complace en decir mentiras
agradables como otros en decir verdades amargas.
--Ya lo veo que es muy amable--repuso la niña.
--No haga usted caso. Que es usted hermosa, está a la vista.
--¡Oh, señora!...
--Y diga usted, padre tirano, ¿por qué no la divierte usted un poco mas?
¿Está bien hecho que a usted se le vea en todos los teatros, bailes y
reuniones y tenga encerrada a esta niña preciosa? ¿O es que se le figura
que tenemos más gusto en verle a usted que a ella?
El pobre Pinedo sintió un estremecimiento de dolor que trató de ocultar.
Clementina había tocado con frivolidad en la parte más sensible de su
corazón. Su sueldo ya sabemos que no le consentía más que vivir
modestamente. Si entraba en una sociedad que no le correspondía era
precisamente para conservar el empleo, que era su único sostén y el de
su hija. Esta nada sabía aún de aquel plan de vida. Pinedo esperaba
casarla con un hombre modesto y trabajador y que no conociese jamás
aquel mundo en que no podía vivir y que él despreciaba en el fondo del
alma, aunque tal vez, por la fuerza de la costumbre, no pudiese ya vivir
a gusto en otro.
--Es muy joven aún.... Tiene tiempo de divertirse--repuso con sonrisa
forzada.
--¡Bah, bah! diga usted que es usted un grandísimo egoísta.... ¿Y cuánto
tiempo hace que no ha estado usted en casa de Valpardo?--añadió la dama
pasando a otra conversación.
--Pues el lunes. La condesa me ha preguntado con mucho interés por usted
y se lamenta de que la haya abandonado.
--¡Pobre Anita: es verdad!
Sobre los dueños de la casa y sobre sus tertulios, Pinedo y Clementina
comenzaron una conversación animada, inagotable. Pilar escuchó con
atención al principio; pero como no conocía a la mayor parte de aquellos
personajes concluyó por distraerse paseando su vista por las
inmediaciones, fijándola en los pocos transeuntes que a aquella hora
acertaban a pasar por allí.
--Papá:--dijo aprovechando un momento de pausa--. Ahí viene aquel joven
amigo tuyo, que mantiene a su madre y a sus hermanas.
Clementina y Pinedo volvieron al mismo tiempo la cabeza y vieron llegar
a Rafael Alcántara, el célebre calavera que hemos conocido en el _Club
de los Salvajes_.
--¡Que mantiene a su madre y a sus hermanas!--exclamó la dama con
asombro.
--Sí, un joven muy bueno, amigo de papá, que se llama Rafael Alcántara.
Al volver la vista, cada vez más sorprendida, a Pinedo, éste le hizo una
seña bastante expresiva. No sabiendo lo que aquello significaba, pero
calculando que su amigo tenía interés en que no se calificase a
Alcántara como merecía, Clementina se calló. El joven salvaje, al
cruzar, les hizo un saludo entre familiar y respetuoso.
Pinedo alargó al instante la mano para despedirse.
--Ya sabe usted que hoy es sábado--dijo la dama--. Vaya usted a comer.
--Con mucho gusto. Recuerdos a Osorio.
--Y lleve usted a esta joven tan monísima.
--Ya veremos; ya veremos--replicó el covachuelista otra vez
desconcertado--. Si hoy no pudiera, otro día será.
--Hoy ha de ser, padre tirano.... Hasta luego, ¿verdad, preciosa?
Y le cogió el rostro a la niña y le dió un beso en cada mejilla,
diciéndole al mismo tiempo:
--He tenido una gran suerte en conocerla. Hacen falta en mi salón niñas
lindas y simpáticas.
Y cada vez más alegre, sin saber por qué, se despidió y siguió adelante
diciéndose: "¿Que diablo de interés tendrá Pinedo en convertir en santo
a ese perdido de Alcántara?" El pie ligero, las mejillas rojas, los ojos
brillantes como en los días de su adolescencia, llegó a la verja del
gran jardín que rodeaba el palacio de su padre. El portero se apresuró a
abrirle y a sonar la campana. Entró en la mansión ducal y, contra su
costumbre, dirigió una leve sonrisa a dos criados de librea, que la
esperaban en lo alto de la escalinata. Pasó en silencio por delante de
ellos y fué derecha a las habitaciones de su madrastra como quien ha
recorrido aquel camino muchos años.
La duquesa estaba, en aquel momento, de conferencia con el médico
director de un asilo de ancianas pobres, que ella había fundado hacía
poco tiempo en unión de otras señoras. Al levantarse la cortina y ver a
su hijastra, sonrió con dulzura.
--¿Eres tú, Clementina? Pasa, hija mía, pasa.
Esta sintió encogérsele el corazón al ver el rostro pálido y marchito de
su madre. Abalanzóse a ella y la besó con efusión.
--¿Te sientes bien, mamá? ¿Cómo has pasado la noche?
--Perfectamente.... Tengo mala cara ¿verdad?
--¡No!--se apresuró a decir la dama.
--Sí, sí. Ya lo he visto al espejo. Me siento bien.... Solamente la
debilidad me atormenta.... Y como he perdido enteramente el apetito, no
puedo vencerla.... Vamos a ver, Iradier--dijo encarándose de nuevo con
el médico que estaba de pie frente a ella--, de manera que usted se
encargará de vigilar a las criadas y enfermeras para que nunca dejen de
guardar las debidas consideraciones a las viejecitas ¿no es cierto?
El médico era un joven simpático, de fisonomía inteligente.
--Señora duquesa--respondió con firmeza--. Yo haré cuanto esté de mi
parte por que las asiladas no tengan motivo de queja. Sin embargo, debo
repetirle que, a pesar de nuestros esfuerzos, es posible que siga usted
recibiendo alguna. No puede usted comprender hasta qué punto son
impertinentes y maliciosas ciertas mujeres. Sin motivo alguno, sólo por
placer de herir lo mismo a mí que a mis compañeros, nos llenan a veces
de insolencias. Cuanto más atentos nos mostramos con ellas, más se
ensoberbecen. Yo pruebo el caldo y el chocolate todos los días y no he
hallado hasta ahora lo que esa mujer le ha dicho. Las horas son siempre
fijas. Jamás he visto retraso alguno en las comidas. Procure usted
enterarse y se convencerá de que quien tiene motivo a quejarse, son las
pobres criadas a quienes las asiladas tratan groseramente....
El médico se había ido exaltando al pronunciar estas palabras con acento
de sinceridad. La duquesa sonrió dulcemente.
--Lo creo, lo creo, Iradier.... Las viejas solemos ser muy
impertinentes....
--¡Oh, señora, eso es según!...
--Por regla general lo somos.... Pero esta impertinencia ya es por sí
una enfermedad y debe excitar compasión en los que no padecen de ella. A
usted no necesito recomendársela, porque tiene un corazón muy
caritativo. A los que no lo tengan tan bondadoso suplíqueles usted, en
mi nombre, la suavidad con las pobrecitas asiladas.
--Se hará, señora, se hará--respondió el médico, sanado por la singular
dulzura de la fundadora--. El jueves la esperamos a usted ¿verdad?
--No sé si esta fatiga lo permitirá.
--Sí, sí, se lo garantizo yo.
Y comprendiendo que estaba ya de más, el joven cortó la conferencia,
estrechando con afecto y respeto que se le traslucía en los ojos, la
mano de la duquesa, y saludando ceremoniosamente a Clementina.
Luego que salió, ésta, que había estado contemplando con emoción
reprimida el semblante descompuesto de su madrastra, conmovida por la
bondad que respiraban todas sus palabras, se levantó del asiento y fué a
arrodillarse delante de ella. Apoderóse de sus manos blancas y
descarnadas y las besó con efusivo transporte de cariño. Esta mujer tan
altanera con todo el mundo, sentía un goce especial, semejante al de los
místicos, en humillarse ante su madrastra. La voz de ésta removía como
un conjuro mágico las débiles chispas de bondad y de ternura que ardían
en su corazón y les prestaba por un instante el aspecto de incendio. D.ª
Carmen le quitó suavemente el sombrero, lo puso en un sillón contiguo y
se inclinó para besarla amorosamente en la frente.
--Hace cuatro días justos que no has venido a verme, pícara.
--Ayer no he podido, mamá. Pasé casi todo el día arreglando mis cuentas,
haciendo números. ¡Oh, qué horribles números!
--¿Y por qué los haces? ¿No está ahí tu marido?
--Pues, precisamente, por miedo a mi marido los hago. ¿Usted no sabe que
se ha vuelto un miserable, un tacaño, lo mismo que su cuñado?
D.ª Carmen sabía que los negocios de Osorio no andaban muy bien, que
recientemente había experimentado fuertes pérdidas en la Bolsa: pero no
se atrevió a decir nada a su hija.
--¡Pobre hija mía! ¡Ocuparte tú en esas cosas cuando sólo has nacido
para brillar como una estrella de los salones!
--Ya no le faltaba más que eso para hacerse del todo antipático,
¡odioso! ¡Si las cosas pudiesen hacerse dos veces!
Bruscamente, la expresión de ternura había desaparecido de sus ojos,
reemplazándola otra sombría y feroz. Una arruga profunda surcó su tersa
frente de estatua. Y con voz sorda comenzó a exponer sus quejas, a
descubrir los agravios que su marido le hacía diariamente. A nadie en el
mundo, más que a su madrastra, haría tales confidencias, que en ella no
provocaban lágrima alguna. D.ª Carmen era quien las vertía una a una de
sus ojos cansados.
--¡Hija de mi alma! ¡Yo que hubiera dado mi vida por verte feliz! ¡Qué
ciegos hemos estado, lo mismo tu padre que yo, al entregarte a ese
hombre!
--¡Mi padre! ¡Otro que tal! ¡Un hombre que no ha sabido jamás que tiene
en casa una santa a quien debía adorar de rodillas! La verdad es que
cuando pienso....
--¡Calla, calla: es tu padre!--exclamó la duquesa tapándole la boca con
la mano--. Yo soy feliz. Si tu padre tiene algunos defectos, yo tengo
más aún: de modo, que no hay mérito en perdonárselos, si él me perdona
en cambio los míos.... No hablemos de tu padre, hablemos de ti misma....
No sabes lo que me duelen esos apuros de dinero, a los cuales no estás
acostumbrada. Yo, si pudiera, los remediaría al instante.... Pero bien
sabes que manejo poco dinero. Del que saco de la caja tengo que dar
cuenta a Antonio, y a éste no se le engaña fácilmente. Algún puñadito de
oro, sí, puedo poner aparte para ti; pero mis ahorros no te sacarán de
pilancos. Sin embargo, confío en que tus apuros no durarán mucho
tiempo....
Hizo una pausa la bondadosa señora; quedóse mirando al vacío
tristemente, y luego, abrazando a su hijastra que aún permanecía de
rodillas y acercando los labios a su oído, le dijo en voz baja:
--Mira, hija mía, yo no tardaré en morir y pienso dejarte todo cuanto
tengo. La mitad de la fortuna de tu padre es mía, según me ha dicho el
abogado de la casa.
Clementina sintió una vibración en el alma que a un psicólogo le
costaría mucho trabajo definir. Fué una mezcla de dolor, de asombro, y
acaso también, de un poquito de alegría. El dolor predominó, no
obstante, y abrazó a su madrastra y la besó cariñosamente repetidas
veces.
--¿Qué está usted diciendo ahí?... ¡Morirse! No: yo no quiero que usted
se muera. Usted me hace mucha más falta que su dinero. Sin usted yo
hubiera sido una mujer muy perversa.... Temo que el día en que usted me
falte lo sea. Los únicos momentos en que siento un poco de blandura en
el corazón son los que paso a su lado. Parece, mamá, como si usted me
transmitiera algo de esa virtud tan grande que tiene....
--Basta, basta, aduladora--dijo D.ª Carmen poniéndole otra vez la mano
en la boca--. Tú te tienes por peor de lo que eres. Tu corazón es bueno.
Lo que te hace parecer mala alguna vez es el orgullo ¡el orgullito! ¿no
es verdad?
--Sí, mamá, sí, es cierto.... Usted no sabe lo que es el orgullo y los
tormentos que proporciona a quien lo siente tan vivo como yo. Estar
pensando constantemente en que nos hieren. Ver enemigos en todas partes.
Sentir una mirada como la hoja de un puñal en el corazón. Escuchar una
palabra y darle un millón de vueltas en la cabeza hasta marearse y
ponerse enferma. Vivir con el corazón ulcerado, con el alma
inquieta.... ¡Oh, cuántas veces he envidiado a las personas virtuosas y
humildes como usted! ¡Qué feliz sería yo si no llevase a cuestas este
carácter triste y receloso, esta soberbia que me consume!... ¡Y quién
sabe--añadió después de una pausa--, quién sabe si hubiera sido más
dichosa en otra esfera! Tal vez si fuera una pobre y me hubiera casado
con un joven modesto, trabajador, inteligente, sería mejor mi suerte.
Obligada a ayudar a mi marido, a cuidar de la hacienda, a pensar en los
pormenores de la casa como las demás mujeres que trabajan y luchan, no
hubiera quizá llegado adonde llegué.... Yo necesitaba un marido
afectuoso, dulce, un hombre de talento que supiese dirigirme.... Hoy
mismo, mamá, acostumbrada como estoy al lujo y a la vida de sociedad, me
retiraría con gusto de ella, me iría a vivir a un rinconcito alegre,
allá en el campo, lejos de Madrid. No me haría falta más que un poco de
amor y tenerla a usted a mi lado para inspirarme buenos sentimientos.
El espíritu de Clementina, gratamente impresionado por la niñería de la
calle de Serrano, por aquella inocente aventura de colegiala, se
inclinaba a los sentimientos idílicos. La buena D.ª Carmen la escuchaba
y la animaba con sonrisa cariñosa. Las confidencias de la hermosa dama
se prolongaron largo rato. Recordaba sus tiempos de niña, cuando contaba
a su madrastra las declaraciones de amor que le habían hecho en el baile
de la noche anterior y le leía los billetitos que le remitían sus
adoradores. Aquel retorno a los tiempos pasados la hacía feliz. Tentada
estuvo de hablarle de Pepe Castro y de Raimundo y exponerle las
emociones pueriles que agitaban su alma aquella mañana; pero un
sentimiento de respeto la contuvo. La duquesa era tan excesivamente
condescendiente que tocaba en los límites de la estupidez. Es probable
que si la hubiera hecho confidente de sus adulterios la hubiera
escuchado sin escandalizarse. Almorzaron juntas y solas porque el duque
lo hacía aquel día con un ministro. Por la tarde, después de aligerada y
refrescada el alma con larga e íntima charla, ambas se trasladaron en
coche a San Pascual, rezaron allí una estación al Santísimo, siempre
expuesto en aquella iglesia, y se trasladaron al paseo del Retiro. Antes
de oscurecer, porque el relente de la noche no le convenía a la duquesa
y Clementina necesitaba ir temprano a su casa, dieron orden al cochero
de retirarse.
Era sábado, día de comida y tresillo en el hotel de Osorio. Antes de
subir a vestirse, Clementina dió una vuelta por el comedor: contempló la
mesa con detenimiento y ordenó algunos cambios en los canastillos de
frutos que sobre ella habían colocado. Se hizo traer el paquete de los
_menú_ escrito en un papel imitación de pergamino con las iniciales
doradas del dueño de la casa; llamó al secretario de su marido; le hizo
escribir sobre cada uno el nombre de los invitados y luego fué por sí
misma colocándolos sobre los platos. En el medio ella y su marido, uno
frente a otro; a la derecha e izquierda de Osorio los dos puestos de
honor para dos damas: a la derecha e izquierda de ellas dos puestos para
dos caballeros, y así sucesivamente según la categoría, la edad o la
afección particular que sentía por sus invitados. Habló algunos minutos
con el _maître d'hôtel_. Después de dar las últimas disposiciones se
fué. Al llegar a la puerta se volvió, echó una nueva mirada penetrante a
la mesa, y dijo:
--Quite usted esas flores con perfume que están cerca del puesto de la
señora marquesa de Alcudia y cacámbielasor camelias u otras que no lo
tengan.
La devota marquesa no podía sufrir los aromas a causa de sus frecuentes
neuralgias. Clementina, odiándola en el fondo del alma, le guardaba más
consideraciones que a ninguna de sus amigas. La alta nobleza de su
título, su carácter severo, y hasta su fanatismo la hacían respetada en
los salones, a los cuales prestaba realce su presencia.
Subió a su cuarto seguida de Estefanía, aquella doncellita tan enemiga
del cocinero. Estrenaba un magnífico traje color crema, descotado.
Ordinariamente se ponía para estas comidas de los sábados trajes de
media etiqueta, esto es, con las mangas hasta el codo. Ahora quiso lucir
su celebrado descote en honor de un diplomático extranjero que comía por
vez primera en su casa. Mientras se dejaba arreglar el pelo, su espíritu
vagaba distraído por los sucesos del día. No había acudido a la cita de
Pepe: de seguro vendría furioso. Su labio inferior se alargó con
displicencia y sus ojos brillaron maliciosamente como diciendo: "¿Y a mí
qué?" Después se acordó del saludo a su juvenil ex perseguidor, de
aquella inoportuna vuelta de cabeza. Un sentimiento de vergüenza volvió
a acometerla. Sus mejillas lo atestiguaron adquiriendo un poco más de
color. Tornó a llamarse para su fuero interno, tonta, imprevisora, loca.
Por fortuna, el chico parecía modesto y discreto. Otro cualquiera
formaría castillos en el aire al instante. Pensó bastante en él y pensó
con simpatía. La verdad es que tenía una presencia agradable y un modo
de hablar suave y firme a la vez, que impresionaba. Luego aquel cariño
entrañable a la memoria de su madre, su vida retirada, su extraña manía
de las mariposas, todo le hacía muy interesante. Cuántas veces había
pensado Clementina esto mismo desde hacía dos meses no podremos decirlo;
pero sí que lo había pensado un número bastante considerable. Su
espíritu, embargado por dulce somnolencia, volvió a inclinarse al
idilio. Aquel cuarto tercero, aquel despacho alegre, aquella vida dulce
y oscura. ¡Quién sabe! La felicidad se encuentra donde menos se piensa.
Un puñado de trapos, otro de joyas, algunos platos más sobre la mesa no
pueden darla a nadie. Pero un pensamiento lúgubre, que hacía algún
tiempo amargaba todos sus sueños, le cruzó por la mente. Ella era ya una
vieja; sí, una vieja; no había que forjarse ilusiones. A Estefanía le
costaba cada vez más trabajo ocultar las hebras plateadas que en sus
rubios cabellos aparecían. Aunque se resistía tenazmente a echar sobre
su hermosa cabeza ningún producto químico, presentía que no iba a haber
otro remedio. El amor candoroso, vivo, feliz con que la aventura del
joven Alcázar le había hecho soñar, estaba vedado para ella. No le
quedaba ya, y eso por poco tiempo, más que los devaneos vulgares,
insulsos, de los tenorios aristócratas, iguales unos a otros en sus
gustos, en sus palabras y en su inaguantable vanidad. ¿Qué relación
podía ya existir entre aquel niño y ella, como no fuese la de madre a
hijo? Algunas veces dudaba si el sentimiento de Raimundo por ella fuese
enteramente el que él había manifestado en su entrevista: mas ahora veía
con perfecta claridad que hablaba ingenuamente, que entre un chico de
veinte años y una mujer de treinta y siete (porque tenía treinta y siete
por más que se quitase dos) el amor era imposible, al menos el amor que
ella apetecía en aquel momento. Estas reflexiones labraron una arruguita
en su frente, la arruga de los instantes fatales. Hizo un esfuerzo sobre
sí misma para pensar en otra cosa.
Mirando a su doncella en el espejo observó que estaba densamente pálida.
Volvióse para mejor cerciorarse, y le dijo:
--¿Te sientes mal, chica? Estás muy pálida.
--Sí, señora--manifestó la doncellita algo confusa.
--¿Las náuseas de otras veces?
--Creo que sí.
--Pues, anda, vete y que suba Concha. ¡Es raro! Mañana avisaremos al
médico a ver si te da algún remedio.
--No, señora, no--se apresuró a contestar Estefanía--. Esto no es nada.
Ya pasará.
Algunos minutos después bajaba la dama al salón, deslumbrante de
belleza. Estaba ya en él Osorio paseando con su amigo y comensal, casi
cotidiano, Bonifacio. Era un señor grave y rígido, de unos sesenta años
de edad, calvo, de rostro amarillo y dientes negros. Había sido
gobernador en varias provincias y últimamente desempeñaba el cargo de
jefe de sección en un ministerio. Hablaba poco, nunca llevaba la
contraria, primera e indispensable virtud de todo el que quiere comer
bien sin gastar dinero, y ostentaba eternamente en el frac una cruz roja
de Calatrava, de cuya orden era caballero. Por cierto que lo primero que
se veía en la sala de su casa era un gran retrato del propio Bonifacio
en traje de ceremonia, con una pluma muy alta en la gorra y un manto
blanco de extraordinaria longitud sobre los hombros. Este caballero de
Calatrava, personaje misterioso del cual decía Fuentes (otro personaje
más alegre del cual hablaremos) que era un hombre "con vistas al patio",
tenía una manía bastante original, la de coleccionar fotografías
obscenas. Guardaba en su casa dos o tres baúles llenos hasta arriba.
Pero esta afición no la conocía nadie más que los libreros y fotógrafos,
que tenían buen cuidado de pasarle recado así que llegaba de París,
Londres o Viena alguna remesa. En un rincón estaban sentadas Pascuala,
una viuda sin recursos que servía a Clementina mitad de amiga, mitad de
dama de compañía, y Pepa Frías que acababa de llegar. Al pasar por
delante de los dos hombres para ir a saludar a Pepa, las miradas de los
esposos se cruzaron rápidamente como relámpagos tristes y siniestros. El
rostro de Osorio, ordinariamente sombrío, bilioso, estaba ahora
imponente de ferocidad. No fué más que un instante. En cuanto las damas
cambiaron algunas palabras, el banquero se acercó a ellas con Bonifacio
y empezó a embromar con acento cariñoso a su esposa sobre el traje.
--¡Vaya un talle que me gasta mi mujer!... Chica, aunque no quieras
oirlo te diré que te vas ajamonando a pasos de gigante.
--No diga usted eso, Osorio, si precisamente Clementina es una de las
mujeres que tienen el cutis más terso en Madrid--dijo Pascuala.
--¡Toma! Buen dinero me ha costado el estucado que se ha puesto en París
esta primavera.
Clementina seguía también la broma; pero le costaba más trabajo fingir.
Al través de las sonrisas nerviosas que iluminaban su rostro por
momentos y de las cortadas frases enigmáticas, se percibía el malestar,
la inquietud y hasta un dejo de odio.
Sonó la campana de la verja repetidas veces. El salón se pobló en pocos
minutos con las quince o veinte personas que estaban invitadas. Llegó la
marquesa de Alcudia sin ninguna de sus hijas. Rara vez las traía a casa
de Osorio. Vino también la marquesa de Ujo, una mujer que había sido
hermosa: ahora estaba demasiado marchita; lánguida como una americana,
aunque era de Pamplona, algo romántica, presumiendo de incomprensible y
con aficiones literarias. La acompañaba una hija bastante agraciada, más
alta que ella y que debía tener lo menos quince años, a pesar de lo cual
su madre la traía con faldas a media pierna porque no la hiciese vieja.
La pobre niña sufría esta vergüenza con resignación, poniéndose colorada
cuando alguno dirigía la vista a sus pantorrillas.
Llegó el general Patiño, conde de Morillejo: no faltaba ningún sábado.
Vinieron también el barón y la baronesa de Rag por primera vez.
Clementina les dió la preferencia colmándoles de delicadas atenciones.
El barón era plenipotenciario de una nación importante. El ministro de
Fomento Jiménez Arbós, Pinedo, Pepe Castro y los condes de Cotorraso
entraron casi a la vez. A última hora, cuando faltaban pocos minutos
para las siete, llegó Lola Madariaga y su marido. Esta señora, mucho más
joven que Clementina, era no obstante su íntima amiga, el confidente de
sus secretos. Comía tres o cuatro veces a la semana con ella, y raro era
el día que no salían juntas a paseo. No podía llamársela hermosa; pero
su fisonomía tenía tal animación, sus ojos brillaban con tanta gracia y
su boca se plegaba con tal malicia al sonreír dejando ver unos dientes
de ratón blancos y menudos, que siempre había tenido muchos adoradores.
De soltera fué una coquetuela redomada: trajo al retortero los hombres,
gozando en acapararlos todos, prodigando las mismas sonrisas
insinuantes, idénticas miradas abrasadoras al hijo de un duque que a un
empleadillo de ocho mil reales, al viejo de venerable calva y nariz
arremolachada que al mancebo de veinte años gallardo y apuesto, al rico
como al pobre, al noble como al plebeyo. Su coquetería, parecida en esto
al amor de Jesucristo a la humanidad, igualaba todas las castas, todos
los estados, unía a los hombres en santa fraternidad para participar del
fuego admirable de sus ojos negros, de unos hoyitos muy lindos que
formaban sus mejillas al reir y de otra multitud de dones y frutos con
que la providencia de Dios la había dotado. Después de casada, seguía
mostrando la misma entrañable benevolencia hacia el género humano, si
bien de un modo más sucesivo, esto es, un hombre después de otro o, a lo
sumo, de dos en dos. Su marido era un mejicano rico con rasgos de indio
en la fisonomía.
Poco después que éstos entró en el salón Fuentes, un hombrecillo
vivaracho, feo, raquítico, bastante marcado por las viruelas. Nadie
sabía de qué vivía: suponíansele algunas rentas. Frecuentaba todos los
salones de algún viso de la corte y se sentaba a las mesas mejor
provistas. Sus títulos para ello eran los de pasar por hombre de animada
y chispeante conversación, ingenioso y agradable. Más de veinte años
hacía que Fuentes venía alegrando las comidas y los saraos de la
capital, desempeñando en ellos el papel de primer actor cómico. Algunos
de sus chistes habían llegado a ser proverbiales; repetíanse no sólo en
los salones sino en las mesas de los cafés, y hasta llegaban a las
provincias. Contra lo que suele suceder en esta clase de hombres no era
maldiciente. Sus chistes no tendían a herir a las personas, sino a
alegrar el concurso y obligarle a admirar lo fácil, lo vivo y lo sutil
de su ingenio. Todo lo más que se autorizaba era apoderarse de las
ridiculeces de algún amigo ausente y formar sobre ellas una frase
graciosa; pero nunca o casi nunca a costa de la honra. Estas cualidades
le habían hecho el ídolo de las tertulias. Ninguna se consideraba
completa si Fuentes no daba al menos una vueltecita por ella.
--¡Oh, Fuentes! ¡Oh, Fuentes!--gritaron todos viéndole aparecer.
Y una porción de manos se extendieron para saludarle. Apretando las
primeras que llegaron a chocar con la suya se dirigió desde luego a la
señora de la casa, con voz cascada que ayudaba mucho al efecto cómico,
diciendo:
--Perdone usted, Clementina, si llego con un poco de retraso. Viniendo
acá me cogió por su cuenta Perales, ya sabe usted ¡Perales!, no tengo
más que decir. Luego, cuando pude desprenderme de sus manos, ahí en la
esquina del ministerio de la Guerra, caí en las manos del conde de
Sotolargo, y ése ya sabe usted que es pesado con un cincuenta por ciento
de recargo.
--¿Por qué?--se apresuró a preguntar Lola Madariaga.
--Porque es tartamudo, señora.
Los convidados rieron, algunos a carcajadas; otros más discretamente. La
frase venía preparada: se conocía a la legua; pero así y todo produjo el
efecto apetecido, parte porque en efecto había hecho gracia, parte
también porque todo el mundo se creía en el deber de ponerse risueño en
cuanto Fuentes abría la boca.
Un instante después un criado de librea abrió de par en par las puertas
del salón, diciendo en alta voz:
--La señora está servida.
Osorio se apresuró a ofrecer el brazo a la baronesa de Rag y rompió la
marcha hacia el comedor seguido de todos los convidados. Cerrando la
comitiva iba el barón conduciendo a Clementina.
Los criados esperaban puestos en fila con la servilleta al brazo,
capitaneados por el _maître_. Osorio fué designando a cada invitado su
puesto. No tardaron en acomodarse todos. La mesa ofrecía un aspecto
elegante, armonioso. La luz, que caía de dos grandes lámparas con
reflectores, hacía resaltar los vivos colores de las flores y las
frutas, la blancura del mantel, el brillo del cristal y la porcelana.
Sin embargo, esta luz, demasiado cruda, hace daño a la belleza de las
damas, las desfigura como un aparato fotográfico. Para templarla y
producir una iluminación suave y normal, Clementina hacía colocar dos
candelabros con numerosas bujías a los extremos de la mesa. Todas las
señoras estaban más o menos descotadas: alguna, como Pepa Frías,
escandalosamente. Los caballeros, de frac y corbata blanca.
La conversación fué en los primeros momentos particular: cada cual
hablaba con su vecino. La baronesa de Rag, una belga de pelo castaño y
ojos claros, bastante gruesa, preguntaba a Osorio los nombres de los
objetos que había sobre la mesa. Hacía poco tiempo que estaba en España
y apetecía con ansiedad conocer el castellano. Clementina y el barón
hablaban en francés. Pepa Frías, que estaba entre Pepe Castro y Jiménez
Arbós, le dijo al primero por lo bajo:
--¿Qué le parece a usted de la _jeta_ del marido de Lola? ¿verdad que
para gaucho no es del todo mala?
Castro sonrió con la superioridad que le caracterizaba.
--Sí, debió de haber _lazado_ muchas vacas en la pampa.
--Hasta que al fin una vaca le _lazó_ a él.
--Pero no fué en la pampa.
--Ya sé: en los jardinillos: no me diga usted nada.
El general Patiño, fiel a su naturaleza y a su tradición militar, se
desplegó en guerrilla para atacar a la marquesa de Ujo, que tenía al
lado.
--Marquesa, las perlas le sientan admirablemente. Un cutis suave y
levemente bronceado como el de usted, donde se transparenta toda la
savia y todo el fuego del mediodía, exige el adorno oriental por
excelencia.
--Usted tan lisonjero como siempre, general. Me pongo las perlas porque
es lo mejor que tengo. Su tuviese unas esmeraldas tan hermosas como
Clementina, dejaría las perlas en sus estuches--respondió la dama,
mostrando al sonreír unos dientes bastante desvencijados donde brillaba
en algunos puntos el oro del dentista.
--Haría usted mal. Las mujeres hermosas están en la obligación de
ponerse lo que les va mejor. Dios quiere que sus obras maestras se
manifiesten en todo su esplendor. Las esmeraldas sientan bien a las
linfáticas; pero usted es como la uva de Jerez, doradita por fuera y
guardando en el corazón un licor que marea y embriaga.
--¡Si dijera usted como una pasa!
--¡Oh, no, marquesa! ¡oh, no!...
Y el general rechazó con fuego la especie y empleó toda su elocuencia en
desbaratarla como si tuviese delante un ejército enemigo.
Mientras tanto los criados comenzaban a dar vuelta a la mesa presentando
los platos. Otros, con la botella en la mano, murmuraban al oído de los
invitados: _Sauterne, Jerez, Margaux_, en un tono cavernoso semejante al
que emplean los cartujos para recordarse mutuamente la muerte.
--Yo no bebo más que _champagne frappé_ hasta el fin--dijo Pepa Frías al
que tenía detrás.
--¡Cuánto calor, Pepa, cuánto calor!--exclamó Castro.
--No lo sabe usted bien--repuso la viuda con entonación maliciosa.
--Por desgracia.
--O por fortuna. ¿Está usted ya cansado de Clementina?
Fuentes no se encontraba bien con aquel cuchicheo. Le dolía desperdiciar
su ingenio en conversación particular, para una sola persona. Asió la
primera ocasión por los cabellos para levantar la voz y atraerse la
atención de los comensales.
--Ayer le he visto a usted por la mañana en la carrera de San Jerónimo,
Fuentes--le dijo la condesa de Cotorraso que estaba tres o cuatro
puestos más allá.
--Según a lo que usted llame mañana, condesa.
--Serían las once, poco más o menos.
--Entonces, permítame usted que lo dude, porque hasta las dos estoy
siempre en la cama.
--¡Oh, hasta las dos!--exclamaron varios.
--Eso ya es una exageración, Fuentes--dijo la marquesa de Alcudia.
--Pero es una exageración aristocrática, marquesa. ¿Quién se levanta
primero en Madrid? Los barrenderos, los mozos de cuerda, los pinches de
cocina. Un poco más tarde encontrará usted a los horteras abriendo las
tiendas, alguna vieja que va a oir misa, lacayos que salen a pasear los
caballos, etc. Luego empiezan a salir los empleaditos de las casas de
comercio y los escribientes de las oficinas del Estado que llevan todo
el peso de ellas, las modistillas, etc., etc. A las once ya hallará
usted gente más distinguida, oficiales del ejército, estudiantes,
empleados de tres mil pesetas, corredores de comercio, etc. A las doce
comienzan a salir los peces gordos, los jefes de negociado, los
banqueros, algunos propietarios; pero sólo después de las dos de la
tarde podrá usted ver en la calle a los ministros, a los directores
generales, a los títulos de Castilla, a los grandes literatos....
Los comensales escuchaban embelesados aquella ingeniosa defensa de la
pereza y se creían en el caso de reir y decirse unos a otros por lo
bajo:
--¡Este Fuentes! ¡oh! ¡este Fuentes tiene la gracia de Dios!
Y alguno, por el placer de oirle nada más, le llevaba la contraria.
--Pero hombre, ¿habrá nada más agradable que levantarse por la mañana a
respirar el aire puro y bañarse con la luz del sol?
--Prefiero bañarme en agua tibia con una botellita de Kananga.
--¿Me negará usted que el sol es hermoso?
--Es hermoso, pero un poco cursilón. Yo no digo que allá al principio
del mundo no fuese una cosa asombrosa, digna de verse; pero ustedes
comprenderán que ahora está anticuado. ¿Hay nada más ridículo en una
época tan positivista como la presente que llamarse Febo y gastar
cabellera de oro? Además, el sol no tiene mérito alguno intrínseco. Está
ahí ardiendo porque Dios lo ha puesto. Pero la luz del gas, la luz
eléctrica representan el esfuerzo de un hombre de genio, es el triunfo
de la inteligencia, hace recordar nuestro poder sobre la materia, la
soberanía del espíritu en todo el Universo.... Luego--añadió bajando un
poco la voz--, al sol se le puede ver sin que cueste dinero, y yo
siempre he aborrecido los espectáculos gratis.
Los comensales no cesaban de reir. Fuentes, animado por aquellas risas,
se desbordaba en paradojas, en frases ingeniosas y sutiles, cayendo a
ojos vistas en el amaneramiento. Le pasaba lo que a los grandes actores
demasiado aplaudidos. No sabía contenerse a tiempo y entraba al fin en
el terreno de la extravagancia. De aquí a lo insulso no hay más que un
paso, y Fuentes lo daba con frecuencia.
El conde de Cotorraso persistía en defender al astro del día para
excitar el ingenio de su detractor. El sol era quien animaba la
Naturaleza, quien calentaba nuestro cuerpo aterido, etc.
--Eso de que el sol produzca animación, lo niego--replicaba Fuentes--;
Madrid está mucho más animado por la noche que por el día, y para
calentarme prefiero el cok, que no ocasiona tabardillos.... Vamos a ver,
conde, fíjese bien: ¿qué mérito puede tener una cosa que a la fuerza ha
de ver siempre su lacayo primero que usted?
Como alguien dijera riendo que Fuentes tenía "buena sombra", éste
replicó vivamente:
--¿Lo ve usted, conde? Hasta para decir que un hombre tiene gracia se
dice que tiene buena sombra. A nadie se le ocurre decir que tiene buen
sol.
Y con motivo de las sombras se habló de la del manzanillo. La marquesa
de Ujo preguntó al mejicano, marido de Lola, si en su país había
manzanillos. Ballesteros, que así se llamaba, replicó que no, pero que
había visto muchos en el Brasil. La marquesa se informó con viva
curiosidad de las particularidades del árbol; pero quedó sumamente
disgustada cuando el mejicano le dijo que la sombra no mataba y que sólo
su fruto desprendía un agua corrosiva.
--¿De modo que durmiendo debajo de él no se muere?
--Señora, yo no he dormido ¿sabe?; pero he almorsado con varios amigo
debaho de uno y no nos ha pasao ná.
--Entonces, ¿cómo se suicida Sélika en _La Africana_ acostándose a la
sombra de ese árbol?
--Eso es una patraña, una invensión de los poeta ¿sabe? Será una cosa
bonita, pero no tiene nada de verdá.
La marquesa, desencantada por aquel dato realista, no quiso salir de su
poética creencia; arguyó que tal vez los manzanillos de la India fuesen
distintos de los del Brasil.
Hablóse de las producciones de Méjico.
--¿Es verdad que usted posee ochocientas mil vacas,
Ballesteros?--preguntó Clementina.
--¡Oh, señora; eso es una exagerasión! A lo sumo que llegará mi rebaño
es a tresientas mil.
--Si fuesen mías--dijo Fuentes--, construiría un estanque mayor que el
del Retiro, lo llenaría de leche y navegaría por él.
--Nosotro no utilisamo la leche, señor, ni la manteca tampoco. La carne
alguna vese la convertimo en tasaho ¿sabe? y la esportamo. Mas por lo
regulá sólo sacamo partido de las piele ¿sabe? Los cuerno también los
vendemo para la fabricación de los objeto de asta.
--¡Que te quemas! ¡que te quemas!--exclamó Pepe Castro por lo bajo.
Pero no tanto que no lo oyese Jiménez Arbós, que estaba del otro lado de
Pepa Frías, y no le acometiese un acceso de risa que procuró con todas
sus fuerzas sofocar.
--Anda, barbiana, alárgame ese frasquito de mostaza--dijo Pepa Frías
dirigiéndose a Clementina para disimular también la risa que le había
acometido.
--Bajbiana, bajbiana.... ¿Qué es que bajbiana?--preguntó, la baronesa de
Rag a Osorio en su afán de aprender pronto el español.
Este se apresuró a explicárselo como pudo.
Pepa hablaba de vez en cuando por lo bajo con Jiménez Arbós. Solían ser
algunas frases rápidas que probaban la inteligencia en que estaban y al
mismo tiempo el deseo de mostrarse prudentes. La conversación con Pepe
Castro, que tenía a su izquierda, era más animada.
--¿Por qué no aconseja usted a Arbós que coma más carne?--le preguntaba
el lechuguino al oído.
--¿Para qué?
--Para lo que se come carne generalmente; para nutrirse y adquirir
fuerzas con que soportar las fatigas que nuestros deberes nos imponen.
--¡Ya!--exclamó la viuda con entonación irónica--. Mire usted por sí y
deje a los demás arreglar sus cuentas como Dios les dé a entender.
--Ya ve usted que procuro nutrirme.
--Sí, pero que vaya un poco también al cerebro, porque el día menos
pensado se cae usted en la calle de tonto.
--¿Se ha ofendido usted?--preguntó riendo el elegante como si hubiese
dicho la cosa más descabellada del mundo.
--No, hombre, no: es que lo creo así. No entiendo cómo Clementina puede
sufrir semejante narciso.
--¡Chis, chis! ¡Prudencia, Pepa, prudencia!--exclamó Castro con susto,
levantando los ojos hacia su querida.
--¿Sabe usted que disimula muy bien? No la he visto dirigirle a usted
una sola mirada hasta ahora.
Castro, que hacía días estaba un poco despechado por la frialdad de su
dueño, sonrió forzadamente frunciendo en seguida el entrecejo. A Pepa no
le pasó inadvertido este gesto.
--Mire usted qué cara tan nublada tiene en este momento Osorio. ¡Inspira
horror! Y toda la culpa la tiene usted, pícaro.
--¡Yo! Nada de eso. Deben de ser cuestiones de guita las que le ponen
tan amarillo. Me han dicho que está arruinado o muy próximo a
arruinarse.
Pepa se estremeció visiblemente.
--¿Qué dice usted? ¿Por dónde ha sabido usted eso?
--Pues me lo han dicho ya varios.
La viuda se volvió bruscamente hacia Jiménez Arbós sin ocultar su
agitación y le preguntó en voz baja y alterada:
--¿Has oído algo de que Osorio esté arruinado?
--Sí, lo he oído. Osorio viene jugando a la baja hace tiempo y los
fondos se empeñan en subir--respondió el estadista levantando la cabeza
con gesto petulante de pavo real.
En el tono con que pronunció estas palabras se advertía satisfacción.
Para un ministro, jugar a la baja es siempre un crimen digno de castigo.
--Yo no sé lo que tendrá comprometido en esta liquidación; pero si es
mucho está perdido, porque el consolidado ha subido un entero. Y si se
empeña en no liquidar inmediatamente, a fin de mes puede tener muy bien
dos enteros de alza.
Todo el buen humor de Pepa había desaparecido de repente. Bajó la cabeza
y dejó caer el tenedor sin ánimo para concluir el trozo de jamón de York
que se había puesto. El ministro, observando su silencio y su tristeza,
le preguntó:
--¿Tienes por casualidad fondos en su poder?
--Por casualidad, no ... ¡por estupidez mía! Tiene en su mano casi toda
mi fortuna.
--¡Oh diablo, diablo!
--Se me está haciendo rejalgar en el cuerpo lo que he comido. Creo que
me voy a poner mala--dijo la viuda poniéndose realmente pálida.
Arbós hizo esfuerzos por tranquilizarla. Tal vez no fuese cierto todo.
En las ruinas como en las fortunas improvisadas se exagera siempre
mucho. Además, si algún compromiso había sagrado para Osorio, debía ser
el de ella, una dama que le confía su dinero por pura amistad.
Aunque hablaban en falsete, sus fisonomías graves y sus ademanes
decididos llamaron la atención del general Patiño, el cual, con
admirable penetración, dijo a la marquesa de Ujo:
--Mire usted a Pepa y a Arbós. Hay nube de verano entre ellos. ¡Qué
hermoso es el amor hasta en sus fugaces tormentas!
Mientras tanto, los condes de Cotorraso, Lola Madariaga, Clementina y
los barones de Rag hablaban del arsénico como medicamento para engordar
y poner terso y brillante el cutis. Lola Madariaga era la primera vez
que lo oía y se mostraba llena de júbilo, y anunciaba que iba
inmediatamente a ensayar la virtud milagrosa del veneno.
--¡Dios mío, Lolita!--exclamó Fuentes--. Si usted, como es ahora, causa
tales estragos en los corazones masculinos, ¡qué va a suceder cuando
lleve cuatro o cinco meses con un régimen de arsénico! Señor
Ballesteros, no consienta usted que lo tome: es tratarnos con demasiada
crueldad.
--Vamos, amigo Fuentes--repuso la graciosa morena dirigiendo una mirada
insinuante a Castro, porqué se le había metido en la cabeza arrancársele
a Clementina--¿me quiere usted tomar el pelo?
--¡Tomaj el pelo!... ¿Qué es que tomaj el pelo?--preguntó la baronesa de
Rag a Osorio.
A esta baronesa la estaba desvistiendo con la imaginación Bonifacio,
contemplándola desde lejos sin pestañear. Hacía días que había comprado
entre otras fotografías obscenas la de una mujer desnuda meciéndose en
una hamaca. Se le antojaba que la baronesa se parecía mucho a aquella
mujer, y trataba de averiguar, por medio de un prolijo examen exterior,
si interiormente guardaría la misma semejanza.
Terminó al fin la comida no sin dedicar, por supuesto, un buen rato de
conversación al teatro Real, a Gayarre y a la Tosti. No la hubieran
digerido bien si les faltase. El café, como era costumbre en casa de
Osorio, se sirvió en el mismo comedor. Luego, las señoras con algunos
hombres se fueron al salón. Otros se quedaron fumando, pero no tardaron
en ir a reunirse con los demás. Hacía allí un calor insufrible.
Pepe Castro aprovechó la confusión de la salida para preguntar a
Clementina:
--¿Cómo no has ido esta mañana?
Clementina detuvo el paso, le miró con sonrisa protectora.
--¿Esta mañana?... No sé.
--¿Cómo no sabes?--dijo frunciendo su augusta frente el real mozo.
--No sé; no sé--y dió un paso para alejarse sin dejar de sonreír con
leve matiz de burla.
--¿Y mañana irás?
--Veremos--respondió alejándose.
Castro sintió aquella sonrisa como un golpe en medio del pecho. Se
mordió el labio inferior y murmuró:--¿Coqueteamos, eh? ¡Ya me la
pagarás, hermosa!
En el salón había ya algunas personas, entre ellas Ramón Maldonado y la
hija de Pepa Frías con su marido. En otro saloncito contiguo estaban
preparadas hasta seis mesas de tresillo. Algunos se sentaron desde luego
a jugar. Otros esperaron a que llegasen los compañeros de costumbre. No
tardaron, en efecto, en poblarse entrambos salones. Llegó D. Julián
Calderón con Mariana y Esperancita, Cobo Ramírez con León Guzmán y otros
tres o cuatro pollastres, el general Pallarés, los marqueses de Veneros
y otras varias personas, entre las cuales predominaban los banqueros y
hombres de negocios.
Uno de los últimos en llegar fué el duque de Requena, a quien se hizo la
misma acogida ruidosa y lisonjera que en todas partes. Entró jadeando,
fumando, escupiendo, con la seguridad insolente que su inmensa fortuna
le había hecho adquirir. Hablaba poco, reía menos; emitía sus opiniones
con rudeza y se dejaba adorar del corro de señoras que le rodeaba. Tenía
las mejillas más amoratadas que nunca, los ojos sanguinolentos, los
labios negros. Estaba tan feo, que Fuentes dijo a Pinedo y a Jiménez
Arbós señalándole:
--Ahí tienen ustedes al diablo recibiendo a sus brujas en el aquelarre
de los sábados.
Se le invitó a jugar al tresillo como siempre; pero rehusó. Había visto
a dos banqueros a quienes quería pescar para su negocio de la mina de
Riosa. Además le convenía hacer la corte a Jiménez Arbós algunos
momentos. Ya había conseguido que la mina saliese a subasta con todos
sus accesorios de montes y pertenencias. En la _Gaceta_ se había
insertado el anuncio. La compañía para comprarla estaba ya formada. Pero
entre los socios había desavenencia. Unos pretendían comprarla al
contado (entre ellos estaba Salabert) y otros querían aprovechar los
diez plazos que el Gobierno concedía. La diferencia en la tasación de
una a otra forma, era enorme.
El duque se acercó a Biggs, el representante de una casa inglesa que
entraba con parte muy considerable en la compañía y que capitaneaba el
partido de la compra a plazos. Le echó familiarmente el brazo sobre el
hombro y le llevó al hueco de un balcón, diciéndole con rudeza:
--¿Conque ustedes empeñados en que nos arruinemos?
Y comenzó a tratar el asunto con una franqueza que desconcertó al
inglés. Este respondía a las salidas brutales del duque con
razonamientos corteses y suaves, sonriendo siempre benévolamente. El
duque acentuaba su rudeza, que en el fondo era muy diplomática.
--Yo no tengo gana de tirar mi dinero. Me ha costado mucho trabajo
adquirirlo, ¿sabe usted? Probablemente, al fin y al cabo, me veré
obligado a cortar por lo sano, separándome del negocio.
--Señor duque, yo no tengo culpa--respondía Biggs con marcado acento
inglés--. He recibido instrucciones.
--Las instrucciones son dadas según los consejos de un zorro viejo que
hay en Madrid.
--¡Oh, duque!--exclamó Biggs riendo,--no hay _sorro vieco_, no.
Y la discusión continuó sin que el banquero español pudiese obtener nada
del inglés, pero dejándole bastante preocupado.
Pepa Frías, vivamente agitada, hablaba aparte con Jiménez Arbós, después
de haberse enterado, preguntando a algunos banqueros, de que los
negocios de Osorio no marchaban bien. No obstante, todos le suponían con
medios de hacer frente a sus compromisos. Su capital era grande, y,
aunque en las últimas liquidaciones de Bolsa había experimentado
pérdidas fuertes, no creían que eran lo bastante para producir una
quiebra. Hay que advertir que ninguno de aquellos señores operaba sobre
diferencias como Osorio. Este se había enviciado. A pesar de las
advertencias de sus amigos y compañeros, no podía vencer aquella pasión
del juego, que tarde o temprano había de conducirle a la ruina. Pepa le
observaba disimuladamente, y con la penetración maravillosa de las
mujeres adivinaba debajo de su exterior frío, tranquilo, mucha mar de
fondo. Mientras Arbós procuraba tranquilizarla con frase correcta,
atildada (ni aun hablando a su querida prescindía de las formas
oratorias), la viuda meditaba un plan salvador. Este plan consistía en
dar la voz de alarma a Clementina y arrancarla la promesa de librar sus
fondos de la quema, si es que la había, anclando a su propio dote.
Fiando mucho en su diplomacia y en el temperamento desprendido de su
amiga, serenóse un poco. Arbós tuvo ocasión una vez más, viendo acudir
la calma a su rostro, de penetrarse de las excepcionales dotes
persuasivas con que la providencia de Dios le había favorecido.
Pepa tuvo ánimos para sentarse a jugar al tresillo con Clementina,
Pinedo y Arbós. Al cruzar el salón grande vió sentados en un rincón a su
hija y a su yerno en la actitud de dos tórtolas enamoradas. Acercóse a
ellos. Como no había logrado barrer de su espíritu la preocupación,
hablóles con cierta aspereza.
--¡Ayer os mandábais cartitas y hoy hay que traer agua caliente para
despegaros! Por lo visto, hijos, tomáis el matrimonio a turno impar....
Vamos, vamos, separaos que no está bien aparecer tan sobones delante de
gente.
Emilio se sintió herido por aquel tono autoritario, y con las mejillas
encendidas iba a responder una descantada a su suegra; pero ésta pasó de
largo, entrando en la sala de tresillo. Así y todo quedó murmurando
pestes, diciendo que él no había aguantado jamás ancas de nadie y que
menos las aguantaría ahora de su suegra, con otra porción de frases
igualmente enérgicas que derramaron la tristeza por el rostro de
Irenita. Y hubieran concluído por hacerla llorar, si él, volviendo en su
acuerdo, no le hubiera regalado un pellizquito en el brazo muy sentido y
amoroso, rogándole al propio tiempo que le diese la mitad de la pastilla
de menta que su linda mujercita tenía en la boca. Con esto volvieron a
arrullarse como si estuvieran en una selva virgen y no en el hotel de
Osorio.
Un grupo de cinco o seis niñas, entre las cuales estaba Esperancita,
hablaba animadamente con algunos pollastres. Cobo Ramírez y nuestro
inteligente amigo Ramoncito Maldonado, eran dos de ellos. Difícil es
exponer las ideas que entre aquella florida juventud se cambiaban. Todas
debían de ser muy finas, muy alegres, muy intencionadas, a juzgar por la
algazara que producían. Sin embargo, aplicando el oído, se observaba
pronto que los gestos de las niñas, aquel levantar de ojos, aquel agitar
la cabeza, aquel mirar picaresco, aquel romper en sonoras carcajadas, no
correspondían exactamente a las palabras que se pronunciaban. Decía un
pollo verbigracia:
--Manolita; ayer la he visto a usted en San José confesando con el padre
Ortega.
La interesada reía con gozo extremado.
--¡No es verdad, Paco; no me ha visto usted!
Decía otro:
--Pilar, ¿dónde compra usted esos abanicos tan monísimos?
Pilar prorrumpía en carcajadas.
--¡Qué guasón! Y ¿dónde ha comprado usted aquel perro tan feo que
llevaba usted hoy en el paseo?
--Feo, sí; pero gracioso. Confiéselo usted.
Tales frases hacían desbordar la alegría de aquellos pechos juveniles.
Se hablaba recio, se reía más aún, se gesticulaba. Las niñas, sobre
todo, parecía que tenían azogue, mostrando sin cesar las dos filas de
sus dientes cuando los tenían bonitos o tapándoselos con el abanico
cuando no eran presentables. Pero, sobre todo, lo que alborotó el grupo
y levantó más tempestad de carcajadas, fué una contestación de León
Guzmán. Manolita, una chatilla de ojos negros y boca grande con dientes
preciosos, preguntó a León qué hora era. Este, sacando el reloj,
respondió que las diez y cuarto. El reloj del conde estaba parado: eran
ya cerca de las doce. Esta equivocación hizo gozar vivamente a las
niñas. Manolita, sobre todo, quería desvestirse de risa. Cuanto más
hacía para reprimir el influjo de sus carcajadas, con más ímpetu salían
a su boca fresca y húmeda.
Indudablemente, en las frases, en la apariencia vulgares y hasta
estúpidas de los pollos, debe de existir un fondo de humorismo tan
profundo como vivo, que sólo las jóvenes de quince a veinte años son
capaces de recoger y gustar.
Pero León Guzmán, una vez sosegada la risa, pudo con maña retirarse un
poco y entablar conversación aparte con Esperancita. Esto llenó de
dolor y sobresanó a Ramón. Hacia días que venía observando que el conde
de Agreda miraba con buenos ojos a su dueño adorado. Considerábale más
temible que a Cobo, por ser hombre de brillante posición. Cobo, según lo
que veía, no adelantaba un paso, lo cual le tranquilizaba. Pero el
asunto cambiaba ahora de aspecto. Por eso ya no tomaba parte en la
alegría del grupo y dirigía a la pareja unos ojos de carnero que
despertaban lástima. Sin embargo, la niña, a su gran satisfacción, no se
mostraba demasiado amable con el conde. Parecía preocupada, triste, y
dirigía frecuentes y rápidas miradas hacia el sitio donde el propio
Ramón estaba. Verdad que detrás de él, en un diván, se hallaban sentados
Pepe Castro y Lola Madariaga, charlando con gran animación. Pero el
concejal no se hizo cargo de esto.
Cuando León se levantó, Ramoncito le llevó aparte a un rincón y le dió
con frase sentida sus quejas. Debía de saber que él, Maldonado, hacía
tiempo que obsequiaba a Esperanza, que estaba enamorado de ella
perdidamente. Sentía en el alma que un amigo tan íntimo le viniese a
hacer daño. Recordóle con enternecimiento la infancia, sus juegos, el
colegio. Concluyó por suplicarle con voz entrecortada por la emoción que
si no tenía un gran interés por Esperancita dejase de darle celos. León
le escuchó entre impaciente y confuso. Por librarse de él prometió
cuanto quiso. Luego, cuando se vió entre los amigos, contó la ridícula
conferencia y se rió en grande a costa del desdichado concejal.
El duque de Requena, después que dijo a Biggs lo que se proponía, se
sentó a jugar al tresillo con la condesa de Cotorraso, el mejicano,
marido de Lola, y el general Pallarés. Poco después bufaba lleno de
furia porque le venían malas cartas. A pesar de su opulencia jugaba
siempre con el mismo afán que si le importase mucho la perdida o la
ganancia de unos cuantos duros. Si la suerte le era adversa se ponía de
un humor endiablado, murmuraba y hasta llegaba a decir frases
inconvenientes a los compañeros. Su hija se veía muchas veces obligada a
templarle y a quitarle las cartas de la mano para ponerse ella en su
lugar.
Ahora Clementina estaba de buen talante jugando en la mesa próxima: se
reía de Pepa Frías porque se mostraba silenciosa y preocupada.
--Oiga usted, Pinedo, no me acordaba ya--dijo arreglando el abanico de
cartas que tema en la mano--, ¿por que tenía usted interés esta mañana
en hacer pasar por un santo delante de su hija al perdido de Alcántara?
--Es un secreto--respondió el gran vividor.
--¡Que se diga, que se diga!--exclamaron a un tiempo Pepa y Clementina.
Se hizo de rogar un poco. Al fin, obligándoles a prometer antes que lo
guardarían fielmente, se lo dijo. Había observado en las niñas tendencia
señalada a enamorarse de los calaveras, de los vagos, de los malvados, y
a rechazar a los hombres laboriosos y formales. Para que su hija no
cayera en poder de alguno de aquellos invertía las referencias que le
hacia de cada cual. Cuando pasaba a su lado un chico honrado y
trabajador, le ponía de loco y de perdido que no había por dónde
cogerlo; si, por el contrario, pasaba uno que mereciese en realidad
tales dictados, como Alcántara, se hacía lenguas de él.
Pepa, Clementina y Arbós suspendieron el juego para escuchar sonrientes
aquel singular relato.
--¿Y produce efecto el procedimiento?--preguntó el ministro.
--Hasta ahora admirable. Jamás se le ocurre a mi hija mentar en la
conversación a los que yo le doy por buenos muchachos. En cambio,
¡cuántas veces me dice muy risueña!: "¿Sabes, papá, que hoy he visto a
aquel amigo tuyo tan _perdis_? No se puede negar que tiene gracia en la
cara y que parece un chico fino. ¡Es lástima que no formalice!"
En aquel momento, Cobo Ramírez, que andaba por allí resoplando como un
buey cansado, se acercó a la mesa y quiso saber de qué se reían. No le
fué posible arrancarles el secreto. Pinedo les hizo una seña prohibitiva
porque tenía mucho miedo a su lengua. También Pepe Castro, harto de dar
celos a Clementina con su amiga Lola, sin que aquélla pareciese siquiera
advertirlo, se levantó y se fué aproximando silenciosamente afectando
melancolía. Se puso detrás de Pepa Frías y apoyó los brazos en el
respaldo de la silla. La viuda estaba tan escandalosamente descotada que
en aquella actitud se podía ver más de lo que la decencia permite.
--¡No vale mirar, Pepe!--exclamó Cobo con maligna sonrisa.
--Miro las cartas--respondió aquél.
--¡Vamos, no sea usted desvergonzado, Cobo!--dijo Pepa dándole con ellas
en las narices y volviéndose a Castro.
--Quítese de ahí, Pepe. No quiero que se me contemple a vista de pájaro.
Fuentes se acercó para despedirse.
--¿No toma chocolate?--le preguntó Clementina dándole la mano.
--¿Cómo quiere usted que tome chocolate un hombre a quien le acaban de
descerrajar un soneto a quema ropa?
--¿Mariscal?
--El mismo. En el comedor y a traición.
Mariscal era un joven poeta, empleado en el Ministerio de Ultramar, que
hacía sonetos a la Virgen y odas a las duquesas.
--Pero ya me he vengado como un marroquí--siguió.--Le he presentado al
conde de Cotorraso que le está dando una conferencia sobre los aceites.
Miren ustedes qué cara de sufrimiento tiene el pobre.
Los tresillistas volvieron la cabeza. Allá en un rincón estaban, en
efecto, los dos. El conde hablaba con calor y le tenía cogido por la
solapa según su costumbre. El desgraciado poeta, con el rostro
contraído, echando miradas de socorro a todas partes, se dejaba sacudir
como un hombre a quien conducen a la cárcel.
--Arbós, ¿no cree usted que he llevado mi venganza demasiado lejos?
Para no destruir el efecto de la frase se marchó bruscamente. Todas las
noches recorría dos o tres tertulias, donde se celebraban su gracia y
sus ingeniosidades.
Los criados entraban con bandejas de chocolates y de helados. Cobo
Ramírez cogió una mesilla japonesa, la llevó a un rincón, sentóse frente
a ella y se apercibió a engullir.
Pepa Frías echó una mirada en torno, y viendo al general Patiño
acercarse, le dijo:
--General, tome usted estas cartas: estoy cansada de jugar. Dáselas tú a
Pepe, Clementina; vamos un poco al salón.
El general y Castro ocuparon el sitio de las damas. Estas se fueron al
salón grande: mas antes de llegar a él, dijo Pepa:
--Mira, tengo que hablarte de un asunto importante. Vamos a otro sitio.
Clementina la miró con sorpresa.
--¿Quieres que vayamos al comedor?
--No; mejor es que subamos a tu cuarto.
Volvió a mirarla con más sorpresa aún, y, alzando los hombros, dijo:
--Como quieras. ¡Cosa grave debe de ser!
Mientras subían la escalera, Clementina imaginaba que su amiga iba a
hablarle de Pepe Castro, de sus amores. Y como en realidad el asunto no
le interesaba como antes, marchaba con cierta indiferencia no exenta de
aburrimiento. Cuando se encontraron frente a frente en el _boudoir_, le
dijo Pepa cogiéndola por las muñecas y mirándola fijamente:
--Vamos a ver, Clementina, ¿tú sabes cómo andan los negocios de tu
marido?
Fué un golpe en medio del pecho. Clementina, aunque sin precisión, tenía
noticias de las pérdidas de Osorio, de su creciente y febril afán de
jugar. El mismo, en una explicación que con ella tuvo, la había
amedrentado para arrancarle la firma. Además le veía cada día más
delgado y más sombrío. Pero aunque se preocupaba un instante de estas
cosas, el tren complicado de su vida de mujer elegante, ayudado por el
deseo de no pensar en asuntos enfadosos, se las apartaban pronto de la
memoria. Nunca se le pasó por la imaginación que tales pérdidas pudiesen
afectar seriamente a sus comodidades, a su ostentación, ni aun a sus
caprichos. La conducta de Osorio, que nada le había dicho de restringir
los gastos, daba pretexto a perseverar en esta creencia. Pero el gusano
permanecía vivo allá en el fondo. No había más que hostigarle como hizo
Pepa, para que royese lindamente.
--¿Los negocios de mi marido?--dijo balbuciendo, como si no
entendiese--. Yo nunca me entero ... ni le pregunto.
--Pues me han dicho que ha tenido grandes pérdidas en estos últimos
tiempos....
--Allá él--exclamó la dama reponiéndose y alzando los hombros con
supremo desdén.
--Es que a ti también te puede chamuscar el pelo, hija mía. ¿Tienes
asegurada tu dote?
--No sé lo que es eso.... ¿No te he dicho que no entiendo de negocios?
--Pues en este asunto debieras procurar enterarte.
--Pues yo te digo que no me preocupa nada y te ruego que hablemos de
otra cosa.
Clementina se mostraba más altanera y desdeñosa cuanta más insistencia
veía en Pepa. Su orgullo, siempre alerta, le hacía suponer que ésta
había preparado aquella conferencia para mortificarla.
--Es que ... querida mía, debo advertirte que tu marido no especula
solamente con su capital--dijo la viuda picada ya.
--¡Ah! ¡Ya pareció aquello! Vamos, tú tienes algunos ochavos en poder de
Osorio y temes perderlos, ¿verdad?--dijo Clementina con sonrisa
sarcástica, reprimiendo su cólera con trabajo.
Pepa se puso pálida. Una ola de ira le subió también del corazón a los
labios. Estuvo a punto de echarlo todo a rodar y ponerse a reñir como
una verdulera, para lo cual tenía dotes especialísimas; pero un
pensamiento interesado, un pensamiento de conservación la contuvo. Si
rompía con su amiga, si la irritaba, las probabilidades de salvar su
capital disminuían. Comprendió que el mejor partido era no excitar su
naturaleza indómita, esperar que la amistad o su mismo orgullo la
impulsasen a la generosidad. Hizo un esfuerzo para reprimir sus ímpetus
ante la mirada altiva y provocativa de su amiga y dijo con abatimiento:
--Pues sí, Clementina, te lo confieso. Tu marido tiene en su poder lo
poco que poseo. Si lo pierdo me quedo sin una peseta. No sé qué será de
mí.... Antes que depender de mi yerno, prefiero pedir limosna.
--Pedir limosna, no. Te traeré a casa para acompañarme en lugar de
Pascuala--dijo con desdén la dama, en quien la soberbia aún no se había
apaciguado.
Pepa sintió más este flechazo que el anterior, pero logró contenerse
también.
--Vamos, chica--dijo volviendo a cogerla por las muñecas
cariñosamente--, no me eches a la cara los millones. Si he venido a
aburrirte con estas cosas, es porque te tengo por mi mejor amiga. Ya sé
yo que se exagera mucho, y que la envidia anda suelta por el mundo. La
mayor parte de lo que cuentan de las pérdidas de Osorio, probablemente
no será verdad....
--Y si lo fuese, la cosa tiene poca importancia para mí. Figúrate que
hoy mismo me ha dicho mi madrastra que me deja por heredera de toda su
fortuna.
Pepa abrió los ojos con sorpresa.
--¿La duquesa? ¡Oh, pues no son más que cincuenta millones de pesetas!
Creo que la pobre está muy enferma....
--Bastante.
La soberbia se sobreponía en aquel instante a todo sentimiento
afectuoso en el corazón de Clementina. Pronunció aquel bastante en un
tono que daba frío.
Las dos amigas, al cabo de unos minutos, se entendían perfectamente.
Pepa, afectando siempre desenfado, adulaba de todos los modos posibles a
su amiga, como hermosa, como rica, como elegante. Clementina se dejaba
adular, respiraba con delicia aquel tufillo de incienso. En cambio
prometía que ni un céntimo perdería Pepa de su capital.
Bajaron la escalera cogidas por la cintura, charlando como cotorras. Al
llegar a la puerta del salón, antes de soltarse se dieron un apretado y
cariñoso beso. Ninguna de las dos pensó que lo que las tenía enlazadas
no eran sus propios brazos, sino los de un cadáver: el cadáver de una
santa y generosa señora.