entera noticia) digo que no habia cumplido los tres años de mi edad,
cuando enviando mi madre á una hermana mia, mayor que yo, á que se le
enseñase á leer en una de las que llaman _Amigas_, me llevó á mí tras
ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban leccion, me encendí
yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, á mi parecer, á
la maestra le dije: _Que mi madre ordenaba me diese leccion_. Ella no lo
creyó, porque no era creible; pero por complacer al donaire me la dió.
Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, porque
la desengañò la esperiencia, y supe leer en tan breve tiempo, que ya
sabia, cuando lo supo mi madre, á quien la maestra lo ocultó por darle
el gusto por entero y recibir el galardon por junta; y yo lo callé
creyendo que me azotarian por haberlo hecho sin órden. Aun vive la que
me enseñó, Dios la guarde, y puede testificarlo. Acuérdome que en estos
tiempos, siendo mi golocina la que es ordinaria en aquella edad, me
abstenia de comer queso, porque oi decir que hacia rudos, y podia
conmigo mas el deseo de saber que el de comer, siendo este tan poderoso
en los niños. Teniendo yo despues como seis años ó siete, y sabiendo ya
leer y escribir, con todas las otras habilidades de labores y costuras
que deprenden las mujeres, oi decir que habia Universidad y escuelas en
que se estudiaban las ciencias, en Méjico; y apénas lo oi cuando empecé
á matar á mi madre con instantes é importunos ruegos sobre que,
mudándome el trage, me enviase á Méjico, en casa de unos deudos que
tenia para estudiar y cursar la Universidad. Ella no lo quiso hacer (é
hizo muy bien); pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios
que tenia mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones á
estorbarlo; de manera que cuando vine á Méjico se admiraban, no tanto
del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenia, en edad que
parecia que apénas habia tenido tiempo para aprender á hablar. Empecé á
deprender gramática, en que creo no llegaron á veinte las lecciones que
tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres (y
más en tan florida juventud) es tan apreciable el adorno natural del
cabello, yo me cortaba de él cuatro y seis dedos, midiendo hasta dónde
llegaba ántes, é imponiéndome ley de que si cuando volviese á crecer
hasta allí no sabia tal ó tal cosa, que me habia propuesto deprender en
tanto que crecia, me lo habia de volver á cortar, en pena de rudeza.
Sucedia así que él crecia y yo no sabia lo propuesto, porque el pelo
crecia á priesa y yo aprendia de espacio, y con efecto le cortaba en
pena de la rudeza; que no me parecia razon que estuviese vestida de
cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era mas
apetecible adorno. Entréme religiosa, porque aunque conocia que tenia el
estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas de las
repugnantes á mi genio, con todo, para la total negacion que tenia al
matrimonio, era lo ménos desproporcionado y lo más decente que podia
elegir, en materia de la seguridad que deseaba de mi salvacion; á cuyo
primer respecto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la
cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir
sola, de no querer tener ocupacion obligatoria que embarazase la
libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado
silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinacion,
hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentacion, la vencí
con el favor Divino, y tomé el estado que tan indignamente tengo. Pensé
yo que huia de mi misma; pero ¡miserable de mí! trájeme á mí conmigo, y
traje mi mayor enemigo en esta inclinacion que no sé determinar si por
prenda ó castigo me dió el Cielo, pues de apagarse ó embarazarse con
tanto ejercicio que la religion tiene, reventaba como pólvora, y se
verificaba en mí el _privatio es causa appetitus_.
Volví (mal dije, pues nunca cesé), proseguí, digo, en la estudiosa tarea
(que para mí era descanso en todos los ratos que sobraban á mi
obligacion) de leer y más leer, de estudiar y más estudiar, sin mas
maestro que los mismos libros. Ya se ve cuan duro es estudiar en
aquellos caracteres sin alma, careciendo de la voz viva y esplicacion
del maestro; pues todo este trabajo sufria yo muy gustosa por amor á las
letras; si hubiese sido por amor de Dios, que era lo acertado, cuánto
hubiera merecido! Bien que yo procuraba elevarlo, cuanto podia, y
dirigirlo á su servicio, porque el fin á que aspiraba era á estudiar
Teología, pareciéndome menguada inhabilidad, siendo catòlica, no saber
todo lo que en esta vida se puede alcanzar, por medios naturales, de los
divinos misterios, y que siendo monja y no seglar debia, por el estado
eclesiástico, profesar letras; y mas siendo hija de un San Jerónimo y de
una Santa Paula, que era degenerar de tan doctos padres ser idiota la
hija. Esto me proponia yo de mi misma, y me parecia razon; si no es que
era (y esto es lo más cierto) lisonjear y aplaudir mi propia
inclinacion, proponiéndola como obligatorio su propio gusto; con esto
proseguí dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio á la
cumbre de la sagrada teología; pareciéndome preciso, para llegar á ella,
subir por los escalones de las ciencias y artes humanas, porque ¿cómo
entenderá el estilo de la reina de las ciencias, quien aun no sabe el
de las ancillas?
¿Cómo sin lógica sabria yo los métodos generales y particulares con que
está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin retórica entenderia sus
figuras, tropos y locuciones? ¿Cómo sin física tantas cuestiones
naturales de las naturalezas de los animales, de los sacrificios, donde
se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras muchas que hay? ¿Cómo
si el sanar Saul al sonido del arpa de David fué virtud y fuerza natural
de la música, ó sobrenatural que Dios quiso poner en David? ¿Cómo sin
aritmética se podrán entender tantos cómputos de años, de dias, de
meses, de horas, de hebdómadas tan misteriosas como las de Daniel, y
otras para cuya inteligencia es necesario saber las naturalezas,
concordancias y propiedades de los números? ¿Cómo sin geometría se podrá
medir el Arca Santa del Testamento y la ciudad de Jerusalen, cuyas
misteriosas mensuras hacen un cubo con todas sus dimensiones, y aquel
repartimiento proporcional de todas sus partes, tan maravilloso? ¿Cómo
sin arquitectura el gran templo de Salomon, donde fué el mismo Dios el
artífice que dió la disposicion y la traza, y el sabio rey solo fué
sobrestante que la ejecutó, donde no habia basa sin misterio, columna
sin símbolo, cornisa sin alusion, arquitrave sin significado; y así de
otras sus partes, sin que el mas mínimo filete estuviese solo por el
servicio y complemento el arte, sino simbolizando cosas mayores? ¿Cómo
sin grande conocimiento de reglas y partes de que consta la historia se
entenderán los libros historiales? ¿Aquellas recapitulaciones en que
muchas veces se pospone en la narracion lo que en el hecho sucedió
primero? ¿Cómo sin grande noticia de ambos derechos podrán entenderse
los libros legales? ¿Cómo sin grande erudicion tantas cosas de historias
profanas de que hace mencion la Sagrada historia? ¿Tantas costumbres de
gentiles? tantos ritos? tantas maneras de hablar? ¿Cómo sin muchas
reglas y lecciones de Santos Padres se podrá entender la oscura locucion
de los profetas? Pues sin ser perito en la música ¿cómo se entenderán
aquellas proporciones musicales y sus primores que hay en tantos
lugares, especialmente en aquellas peticiones que hizo á Dios Abrahan
por las ciudades, de que si perdonaria habiendo cincuenta justos? y de
este número bajó á cuarenta y cinco que es _sesquinona_, y es de _mi_ á
_re_; de aquí á cuarenta, es _sesquioctava_, y es como de _re_ á _mi_;
de aquí á treinta, que es _sesquitercia_, que es la del _diatessaron_;
de aquí á veinte, que es la proporcion _sesquialtera_, que es la del
_diapente_; de aquí á diez que es la _dupla_, que es el diapason; y como
no hay mas proporciones armónicas, no pasó de ahí. Pues ¿cómo se podia
entender esto sin la música? Allá en el libro de Job le dice Dios:
_Nunquid conjungere valebis micantes stellas pleyades, aut gyrum Areturi
poteris dissipare? Nunquid producis Luciferum in tempore suo, &.
Vesperum super filios Terce consurgere facis?_ Cuyos términos, sin
noticia de astrología, será imposible entender. Y no solo estas nobles
ciencias, pero no hay arte mecánica que no se mencione. Y en fin, como
el libro que comprende tonos los libros, y la ciencia en que se incluyen
todas las ciencias, para cuya inteligencia todas sirven; y despues de
saberlas todas (que ya se ve que no es fácil, ni aun posible) pide otra
circunstancia mas que todo lo dicho, que es una continua oracion y
pureza de vida, para impetrar de Dios aquella purgacion de ánimo é
ilustracion de mente que es menester para la inteligencia de cosas tan
altas; y si esto falta, de nada sirve lo demas.
Del Angélico Doctor Santo Tomas dice la Iglesia estas palabras: _In
difficultatibus locorum Sacrae Scripturœ ad orationem jejunium
adhibebat. Quin etiam sodali suo Fratri Reginaldo dicere solebat,
quidquid sciret, non tam studio, aut labore suo peperisse, quam
divinitus traditum accepisse._ Pues yo tan distante de la virtud y las
letras ¿cómo habia de tener ánimo para escribir? Y así por tener algunos
principios grangeados, estudiaba continuamente diversas cosas, sin tener
para alguna particular inclinacion, sino para todas en general; por lo
cual el haber estudiado en unas mas que en otras, no ha sido en mi
eleccion, sino que el acaso de haber topado mas á mano libros de
aquellas facultades, les ha dado (sin arbitrio mio) la preferencia; y
como no tenia interes que me moviese, ni límite de tiempo que me
estrechase el continuado estudio de una cosa, por la necesidad de los
grados, casi á un tiempo estudiaba diversas cosas, ó dejaba unas por
otras; bien que en eso observaba órden, porque á unas llamaba estudio y
á otras diversion; y en estas descansaba de las otras; de donde se sigue
que he estudiado muchas cosas y nada sé, porque las unas han embarazado
á las otras. Es verdad que esto digo de la parte práctica en las que la
tienen, porque claro está que miéntras se mueve la pluma, descansa el
compas, y miéntras se toca el arpa sosiega el órgano, _&. sic de
cœteris_: porque como es menester mucho uso corporal para adquirir
hábito, nunca le puede tener perfecto quien se reparte en varios
ejercicios; pero en lo formal y especulativo sucede lo contrario, y
quisiera yo persuadir á todos con mi esperiencia, á que no solo no
estorban, pero se ayudan, dando luz y abriendo camino las unas para las
otras, por variados y ocultos engaces que para esta cadena universal les
puso la sabiduría de su Autor; de manera que parece se corresponden y
están unidas con admirable trabazon y concierto. Es la cadena que
siguieron los antiguos, que salia de la boca de Júpiter, de donde
pendian todas las cosas eslabonadas unas con otras. Así lo demuestra el
R. P. Atanasio Quirquerio en su curioso libro de _Magnete_. Todas las
cosas salen de Dios, que es el centro á un tiempo y la circunferencia de
donde salen y donde paran todas las líneas criadas.
Yo de mí puedo asegurar que lo que no entiendo en un autor de una
facultad, lo suelo entender en otro de otra que parece muy distante; y
esos propios, al esplicarse, abren ejemplos metafóricos de otras artes;
como cuando dicen los lógicos que el medio se ha con los términos, como
se ha una medida con dos cuerpos distantes, para conferir si son iguales
ó no; y que la oracion del lógico anda como la línea recta por el camino
mas breve, y la del retórico se mueve como la curva por el mas largo,
pero van á un mismo punto los dos. Y cuando dicen que los expositores
son como la mano abierta y los escolásticos como el puño cerrado; y así
no es disculpa, ni por tal la doy, el haber estudiado diversas cosas,
pues estas ántes se ayudan; sino que el no haber aprovechado ha sido
ineptitud mia y debilidad de mi entendimiento, no culpa de la variedad;
lo que si pudiera ser descargo mio, es el sumo trabajo, no en carecer de
maestros, sino de condiscípulos con quienes conferir y ejercitar lo
estudiado, teniendo solo por maestro un libro mudo, por condiscípulo un
tintero insensible; y en vez de explicacion y ejercicio, muchos
estorbos, no solo los de mis religiosas obligaciones (que estas ya se
sabe cuan útil y provechosamente gastan el tiempo) sino de aquellas
cosas accesorias de una comunidad, como estar yo leyendo, y antojárseles
en la celda vecina tocar y cantar; estar yo estudiando, y pelear dos
criadas y venirme á constituir juez de su pendencia; estar yo
escribiendo, y venir una amiga á visitarme, haciéndome muy mala obra
con muy buena voluntad; de donde es preciso no solo admitir el embarazo,
pero quedar agradecida del perjuicio; y esto es continuamente, porque
como los ratos que destino á mi estudio son los que sobran de lo regular
de la comunidad, esos mismos les sobran á las otras para venirme á
estorbar; y solo saben cuanta verdad es esta los que tienen esperiencia
de la vida comun, donde solo la fuerza de la vocacion puede hacer que mi
natural esté gustoso, y el mucho amor que hay entre mí y mis amadas
hermanas, que como el amor es union, no hay para él estremos distantes.
En esto sí confieso que ha sido inesplicable mi trabajo, y así no puedo
decir lo que con envidia oigo á otros, que no les ha costado afan el
saber: ¡dichosos ellos! A mí no el saber (que aun no sé) solo el desear
saber, me le ha costado tan grande que pudiera decir con mi padre San
Gerónimo (aunque no con su aprovechamiento:) _Quid ibi laboris
insumserim: quid sustinuerim difficultatis: quoties desperaverim:
quotiesque cessaverim, &. contentione dicendi rursus incœperim; testis
est conscientia tan mea, qui passus sum, quam corum, qui mecum duxerunt
vitam._ Ménos los compañeros y testigos (que aun de ese alivio he
carecido), lo demas bien puedo asegurar con verdad. Y ¡qué haya sido tal
esta mi negra inclinacion, que todo lo haya vencido!
Solia sucederme que como, entre otros beneficios, debo á Dios un
natural tan blando y tan afable, y las religiosas me aman mucho por él
(sin reparar, como buenas, en mis faltas) y con esto gustan mucho de mi
compañía; conociendo esto y movida del grande amor que las tengo, con
mayor motivo que ellas á mi, gusto mas de la suya; así me solia ir, los
ratos que á unas y á otras nos sobraban á consolarlas y recrearme con su
conversacion. Reparé que este tiempo hacia falta á mi estudio, y hacia
voto de no entrar en celda alguna, si no me obligase á ello la
obediencia ó la caridad; porque sin este freno tan duro, al de solo
propósito le rompiera el amor; y este voto (conociendo mi fragilidad) le
hacia por un mes ó por quince dias; y dando, cuando se cumplia, un dia ó
dos de treguas, lo volvia á renovar, sirviendo este dia no tanto á mi
descanso (pues nunca lo ha sido para mí el no estudiar) cuanto á que no
me tuviesen por áspera, retirada é ingrata al no merecido cariño de mis
carísimas hermanas.
Bien se deja en esto conocer cual es la fuerza de mi inclinacion.
Bendito sea Dios, que quiso fuese hácia las letras, y no hácia otro
vicio, que fuera en mí casi insuperable; y bien se infiere tambien cuan
contra la corriente han navegado (ó por mejor decir, han naufragado) mis
pobres estudios. Pues aun falta por referir lo mas arduo de las
dificultades, que las de hasta aquí solo han sido estorbos obligatorios
y casuales, que indirectamente lo son; y faltan los positivos que
directamente han tirado á estorbar y prohibir el ejercicio. ¿Quién no
creerá, viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y
mar en leche, sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios
sabe que no ha sido muy así; porque entre las flores de esas mismas
aclamaciones se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones
y persecuciones, cuantas no podré contar; y los que mas nocivos y
sensibles me han sido, no son aquellos que con declarado odio y
malevolencia me han perseguido, sino los que amándome y deseando mi bien
(y por ventura mereciendo mucho con Dios por la buena intencion) me han
mortificado y atormentado más que los otros con aquel: _No conviene á la
santa ignorancia, que deben, este estudio; se ha de perder, se ha de
desvanecer en tanta altura con su mesma perspicacia y agudeza._ ¿Qué me
habrá costado resistir esto? ¡Rara especie de martirio, donde yo era el
mártir y me era el verdugo! Pues por la (en mi dos veces infeliz)
habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no
me han dado? O ¿cuáles no me han dejado de dar? Cierto, señora mia, que
algunas veces me pongo á considerar, que el que se señala, ó le señala
Dios, que es quien solo lo puede hacer, es recibido como enemigo comun,
porque parece á algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen ó que
hace estanque de las admiraciones á que aspiraban, y así le persiguen.
Aquella ley políticamente bárbara de Aténas, por la cual salia
desterrado de su república el que se señalaba en prendas y virtudes,
porque no tiranizase con ellas la libertad pública, todavía dura,
todavía se observa en nuestros tiempos, aunque no hay ya aquel motivo de
los atenienses; pero hay otro no ménos eficaz, aunque no tan bien
fundado, pues parece máxima del impío Maquiavelo, que es, aborrecer al
que se señala, porque desluce á otros. Así sucede, y así sucedió
siempre.
Y si no ¿cuál fué la causa de aquel rabioso odio de los Fariseos contra
Cristo, habiendo tantas razones para lo contrario? Porque si miramos su
presencia, ¿cuál prenda mas amable que aquella divina hermosura? ¿cuál
mas poderosa para arrebatar los corazones? Si cualquiera belleza humana
tiene jurisdiccion sobre los albedríos, y con blanda y apetecida
violencia los sabe sugetar, ¿qué haria aquella con tantas prerogativas y
dotes soberanos? ¿Qué haria? ¿qué moveria? Y ¿qué no moveria aquello
incomprensible beldad, por cuyo hermoso rostro, como por un terso
cristal, se estaban trasparentando los rayos de la Divinidad? ¿Qué no
moveria aquel semblante, que sobre incomparables perfecciones en lo
humano, señalaba iluminaciones de divino? Si el de Moises, de solo la
conversacion con Dios, era intolerable á la flaqueza de la vista humana,
¿qué seria el del mismo Dios humanado? Pues si vamos á las demas
prendas, ¿cuál mas amable que aquella celestial modestia, que aquella
suavidad y blandura derramando misericordias en todos sus movimientos?
¿Aquella profunda humildad y mansedumbre? ¿Aquellas palabras de vida
eterna y eterna sabiduría? Pues ¿cómo es posible que esto no les
arrebatara las almas, que no fuesen enamorados y elevados tras él? Dice
la Santa Madre, y madre mia Teresa, que despues que vió la hermosura de
Cristo, quedó libre de poderse inclinar á criatura alguna, porque
ninguna cosa veia que no fuese fealdad, comparada con aquella hermosura.
Pues ¿Cómo en los hombres hizo tan contrario efecto? Y ya que como
toscos y viles no tuvieran conocimiento ni estimacion de sus
perfecciones, siquiera como interesables ¿no les moviera sus propias
conveniencias y utilidades en tantos beneficios como les hacia, sanando
los enfermos, resucitando los muertos, curando los endemoniados? Pues
¿cómo no le amaban? ¡Ay Dios, que por eso mismo le aborrecian! Así lo
testificaron ellos mismos.
Júntanse en su concilio y dicen: _Quid facimus, quia hic homo multa
signa facit?_ (_Juan. cap. 11. v. 47.)_ ¿Hay tal causa? Si dijeran: Este
es un malhechor, un transgresor de la ley, un alborotador, que con
engaños alborota al pueblo, mintieran, como mintieron cuando lo decian;
pero eran causales mas congruentes á lo que solicitaban, que era
quitarle la vida; mas dar por causal que hace cosas señaladas, no parece
de hombres doctos, cuales eran los Fariseos. Pues así es que cuando se
apasionan los hombres doctos prorumpen en semejantes inconsecuencias. En
verdad, que solo por eso salió determinado que Cristo muriese. Hombres
si es que así se os puede llamar, siendo tan brutos, ¿porqué es esa tan
cruel determinacion? No responden más, sino que _multa signa facit_.
¡Válgame Dios! que el hacer cosas señaladas ¿es causa para que uno
muera? Haciendo reclamo, á este: _multa signa facit_; á aquel: _O radix
lesse, qui stas in signum populorum_; y al otro: _In signum cui
contradicetur._ (_Isai. Cap. 11. v. 10._ _Luc. Cap. 2. v. 43._) ¿Por
signo? Pues muera. ¿Señalado? Pues padezca, que ese es el premio de
quien se señala. Suelen en la eminencia de los templos colocarse por
adorno unas figuras de los vientos y de la fama, y por defenderlas de
las aves, las llenan todas de puas; defensa parece, y no es sino
propiedad forzada: no puede estar sin puas que la puncen quien está en
alto: allí está la ojeriza del ave, allí el rigor de los elementos, allí
despican la cólera los rayos, allí es el blanco de las piedras y
flechas: ¡Oh infeliz altura, espuesta á tantos riesgos! ¡Oh signo que te
ponen por blanco de la envidia y por objeto de la contradicion!
Cualquiera eminencia, ya sea de dignidad, ya de nobleza, ya de riqueza,
ya de hermosura, ya de ciencia, padece esta pension; pero la que con mas
rigor experimenta es la del entendimiento, lo primero porque es el mas
indefenso, pues la riqúeza y el poder castigan á quien se les atreve, y
el entendimiento no, pues miéntras mayor es, es mas modesto y sufrido, y
se defiende menos. Lo segundo es porque, como lo dijo doctamente
Gracian, las ventajas del entendimiento, lo son en el ser. No por otra
razon es el ángel mas que el hombre, que porque entiende mas; no es otro
el exceso que el hombre hace al bruto, sino solo entender; y así como
ninguno quiere ser menos que otro, así ninguno confiesa que otro
entiende mas, porque es consecuencia del ser mas. Sufrirá uno y
confesará que otro es mas noble que él, que es mas rico, que es mas
hermoso, y aun que es mas docto; pero que es mas entendido, apénas habrá
quien lo confiese: _Rarus est, qui velit cedere ingenio._ Por eso es tan
eficaz la batería contra esta prenda.
Cuando los soldados hicieron burla, entretenimiento y diversion de
nuestro Señor Jecristo, trajeron una púrpura vieja y una caña hueca y
una corona de espinas para coronarle por rey de burlas. Pues ahora, la
caña y la pùrpura eran afrentosas, pero no dolorosas; pues ¿por qué solo
la corona es dolorosa? ¿No basta que, como las demas insignias, fuese de
escarnio é ignomia, pues ese era el fin? No, porque la sagrada cabeza de
Cristo, y aquel divino cerebro, eran depósito de sabiduría; y cerebro
sabio en el mundo, no basta que esté escarnecido, ha de estar tambien
lastimado y maltratado; cabeza que es erario de sabiduría, no espere
otra corona que de espinas. ¿Cuál guirnalda espera la sabiduría humana,
si ve la que obtuvo la divina? Coronaba la soberbia Roma las diversas
hazañas de sus capitanes tambien con diversas coronas: ya con la cívica
al que defendia al ciudadano, ya con la castrense al que entraba en los
reales enemigos, ya con la mural al que escalaba el muro, ya con la
obsidional al que libraba la ciudad cercada ó el ejército sitiado, ó el
campo en los reales, ya con la naval, ya con la oval, ya con la triunfal
otras hazañas, segun refieren Plinio y Aulo Gelio; mas viendo yo tantas
diferencias de coronas, dudaba de cual especie seria la de Cristo; y me
parece que fué la obsidional, que (como sabeis, señora), era la más
honrosa, y se llamaba obsidional, de _obsidio_, que quiere decir cerco;
la cual no se hacia de oro ni plata sino de la misma grama ó yerba que
cria el campo en que se hacia la empresa; y como la hazaña de Cristo fué
hacer levantar el cerco al príncipe de las tinieblas, el cual tenia
sitiada toda la tierra, como lo dice en el libro de Job: _Circuivi
terram, & ambulavi per eam_ (_Job. cap. 1. v. 7._) Y de él dice San
Pedro: _Circuit quœrens, quem devoret_; (_Ep. Petri, Cap. 5. v. 8_), y
vino nuestro caudillo y le hizo levantar el cerco: _Nunc Princeps huius
mundi ejicietur foras_: así los soldados le coronaron, no con oro ni
plata, sino con el fruto natural que producia el mundo, que fué el campo
de la lid; el cual despues de la maldicion, _spinas, & tribulos
germinavit tibi_, (_Joan Cap. 12, v. 30._ _Gen. Cap. 3, v. 18._) no
producia otra cosa que espinas; y así fué propísima corona de ellas, en
el valeroso y sabio vencedor, con que le coronó su madre la Sinagoga.
Saliendo á ver el doloroso triunfo, como al del otro Salomon festivas,
á este llorosas las hijas de Sion, porque es triunfo de sabio obtenido
con dolor y celebrado con llanto, que es el modo de triunfar la
sabiduría; siendo Cristo, como rey de ella, quien estrenó la corona,
porque santificada en sus sienes se quite el horror á los otros sabios y
entiendan que no han de aspirar á otro honor.
Quiso la misma vida ir á dar la vida á Lázaro difunto; ignoraban los
discípulos el intento y le replicaron: _Rabbi, nune quærebant te Judæi
lapidare: & iterum vadis illuc?_ (_Joan, Cap. 1, v. 8._) Satisfizo el
Redentor el temor: _Nonne duodecim sunt horæ diei?_ Hasta aquí parece
que temian, porque tenian el antecedente de quererle apedrear, porque
les habia reprendido, llamándoles ladrones y no pastores de las ovejas.
Y así temian que si iba á lo mesmo [como las reprensiones, aunque sean
justas, suelen ser mal reconocidas] corriese peligro su vida; pero ya
desengañados, y enterados de que va á dar vida á Lázaro, ¿cuál es la
razon que pudo mover á Tomas para que tomando aquí los alientos, que en
el Huerto Pedro: (_Eamus & nos ut moriamur cum eo?_) ¿Qué dices, Apóstol
santo? á morir no va el Señor ¿de qué es el recelo? Porque á lo que
Cristo va, no es á reprender, sino á hacer una obra de piedad, y por
esto no le pueden hacer mal. Los mismos judios os podian haber
asegurado, pues cuando los reconvino, queriéndole apedrear: _Multa bona
opera ostendi robis ese Patre meo, propter quod eorum opus me
lapidastis? le respondieron: De bono opere non lapidamus te, sed de
blasphemia_ (_Joan c. 10, v. 32. 33._) Pues si ellos dicen que no le
quieren apedrear por las buenas obras, y ahora va á hacer una tan buena,
como dar vida á Lázaro, ¿de qué es el recelo? ó por qué? ¿No fuera mejor
decir: Vamos á gozar el fruto del agradecimiento de la buena obra que va
á hacer nuestro Maestro? ¿á verle aplaudir y rendir gracias al
beneficio? ¿á ver las admiraciones que hacen del milagro? Y no decir, al
parecer, una cosa tan fuera del caso, como es: _Eamus cum eo._ Mas ¡ay!
que el Santo temió como discreto y habló como apóstol. ¿No va Cristo á
hacer un milagro? Pues ¿qué mayor peligro? Ménos intolerable es para la
soberbia oir las reprensiones, que para la envidia ver los milagros. En
todo lo dicho, venerable señora, no quiero (ni tal desatino cupiera en
mí) decir que me han perseguido por saber, sino solo porque he tenido
amor á la sabiduría y á las letras, no porque haya conseguido ni uno ni
otro.