Al ver su vestidura en sangre roja,
Con generosa cólera se enoja
De sospecharlo muerto y estar viva.
Rinde la vida en que el sosiego estriva
De esposo y padre, y con mortal congoja
La concebida sucesion arroja,
Y de la paz con ella á Roma priva.
Si el infeliz concepto que escondia
En sus entrañas Julia, no abortara,
La muerte de Pompeyo escusaria.
¡Oh tirana fortuna! quién pensara
Que con el mismo amor que le tenia,
Con ese mismo amor se la causara!
XIV.
_A Porcia._
¿Qué pasion, Porcia, que dolor tan ciego
Te obliga á ser de tí fiera homicida?
O ¿en qué te ofende tu inocente vida
Que así le das batalla á sangre y fuego?
Si la fortuna airada, al justo ruego
De tu esposo se muestra endurecida,
Bástele el mal de ver su accion perdida,
No acabes con tu muerte su sosiego.
Deja las brasas, Porcia, que mortales
Impaciente tu amor elegir quiere;
No al fuego de tu amor el fuego iguales;
Porque, si bien de tu pasion se infiere,
Mal morirá en las brasas materiales
Quien en las llamas del amor no muere.
XV.
¿Vesme, Alcino, que atada á la cadena
De amor, sufro en sus hierros aherrojada
Mísera esclavitud, desesperada
De libertad, y de consuelo ajena?
¿Ves de dolor y angustia mi alma llena,
De tan fieros tormentos lastimada,
Y entre las vivas llamas abrasada,
Juzgarse por indigna de su pena?
¿Vesme seguir, sin alma, un desatino
Que yo misma condeno por estraño?
¿Vesme derramar sangre en el camino,
Siguiendo los vestigios de un engaño?
¿Muy admirado estás? Pues mira, Alcino,
Mas merece la causa de mi daño.
XVI.
_Despues de una enfermedad de la autora. A la vireina, marquesa de
Mancera._
En mi vida, que siempre tuya fué,
Laura divina, y siempre lo será,
La parca fiera, que en seguirme da,
Quiso asentar por triunfo el duro pié.
Yo de su atrevimiento me admiré,
Que si debajo de tu imperio está,
Tener fuero no puede en ella ya,
Pues del suyo contigo me libré.
Para cortar el hilo, que no hiló,
La tijera mortal abierta ví:
“¡Ay parca fiera! dije entonces yo,
Mira que Laura sola manda aquí.”
Ella corrida al punto se apartó,
Y dejóme morir solo por ti.
XVII.
(CONSONANTES FORZADOS.)
Aunque eres, Teresilla, tan _muchacha_,
Le das qué hacer al pobre de _Camacho_,
Porque dará tu disimulo un _cacho_
A aquel que se pintare mas sin _tacha_.
De los empleos que tu amor _despacha_
Anda el triste cargado como un _macho_,
Y tiene tan crecido su _penacho_,
Que ya no puede entrar, si no se _agacha_.
Estás á hacerle burlas ya tan _ducha_,
Y á salir de ellas bien estás tan _hecha_,
Que de lo que tu vientre _desembucha_.
Sabes darle á entender, cuando _sospecha_,
Que has hecho, por hacer su hacienda _mucha_,
De ajena siembra suya la _cosecha_.
XVIII.
(CONSONANTES FORZADOS.)
Ines, yo con tu amor me _refocilo_,
Y viéndome querer me _regodeo_;
En mirar tu hermosura me _recreo_,
Y cuando estás celosa me _reguilo_.
Si á otros miras, de celos me _aniquilo_,
Y tiemblo de tu gracia y tu _meneo_,
Porque sé, Ines, que tu con un _boleo_
No dejarás humor ni para _quilo_.
Cuando estás enojada, no _resuello_;
Cuando me das picones, me _refino_;
Cuando sales de casa, no _reposo_;
Y espero, Ines, que entre esto y entre _aquello_
Tu amor, acompañado de mi _vino_,
Dé conmigo en la cama ó en el _coso_.
XIX.
_A la esperanza._
Diurna enfermedad de la esperanza,
Que así entretienes mis cansados años,
Y en el fiel de los bienes los daños
Tienes en equilibrio la balanza,
Que siempre suspendida, en la tardanza
De inclinarse, no dejan tus engaños
Que lleguen á exceder en los tamaños
La desesperacion ó la confianza;
¿Quién te ha quitado el nombre de homicida?
Pues lo eres mas severa, si se advierte,
Que suspendes el alma entretenida;
Y entre la infausta ó la felice suerte
No lo haces tú por conservar la vida,
Sino por dar mas dilatada muerte.
XX.
¿Qué es esto, Alcino? ¿Cómo tu cordura
Se deja así vencer de un mal celoso,
Haciendo con estremos de furioso
Demostraciones más que de locura?
¿En qué te ofendió Celia, si se apura?
O al amor ¿por qué culpas de engañoso,
Si no aseguró nunca poderoso
La eterna posesion de su hermosura?
La posesion de cosas temporales,
Temporal es, Alcino, y es abuso
El querer conservarlas siempre iguales.
Conque, tu error ò tu ignorancia acuso;
Pues fortuna y amor de cosas tales
La propiedad no han dado, sino el uso.
XXI.
Silvio, yo te aborrezco, y aun condeno
El que estés de esta suerte en mi sentido,
Que infama el hierro el escorpion herido,
Y mancha, á quien lo huella, inmundo el cieno.
Eres como el mortífero veneno
Que daña á quien lo vierte inadvertido;
Y, en fin, eres tan malo y fementido
Que aun para aborrecido no eres bueno.
Tu aspecto vil á mi memoria ofrezco,
Aunque con susto me lo contradice,
Por darme yo la pena que merezco;
Pues cuando considero lo que hice,
No solo á ti, corrida, te aborrezco,
Pero á mí, por el tiempo que te quise.
XXII.
Dices que yo te olvido, Celio, y mientes
En decir que me acuerdo de olvidarte,
Pues no hay en mi memoria alguna parte
En que, aun como olvidado, te presentes.
Mis pensamientos son tan diferentes
Y en todo tan ajenos de tratarte,
Que ni saben si pueden olvidarte,
Ni si te olvidan saben si lo sientes.
Si tù fueras capaz de ser querido,
Fueras capaz de olvido, y ya era gloria
Al ménos la potencia de haber sido;
Mas tan léjos estás de esa victoria,
Que aqueste no acordarme, no es olvido,
Sino una negacion de la memoria.
XXIII.
_Al rey de España, con ocasión de un acto piadoso para con el Santísimo
Sacramento._
Altísimo señor, monarca hispano,
Que á Dios entre accidentes escondido
Cuando quereis mostraros mas rendido
Es cuando os ostentais mas soberano.
Aquesta accion, señor, que al luterano
Asombró en Cárlos quinto esclarecido,
Y esa por quien el gran Rodulfo vido
Del mundo el cetro en su piadosa mano,
Aunque aplaudida en el hispano suelo
Ha sido con católica alegria,
No causa admiracion á mi desvelo:
Quede admirado aquel que desconfia,
Y de vuestra piedad, virtud y celo
Esa y mas religion no suponía.
XXIV.
Firma Pilato la que juzga agena
Sentencia, y es la suya. ¡Oh caso fuerte!
¿Quién creerá que firmando ajena muerte
El mismo juez en ella se condena?
La ambición de tal modo le enagena,
Que con el vil temor, ciego, no advierte
Que carga sobre sí la infausta suerte
Quien al justo sentencia á injusta pena.
Jueces del inundo, detened la mano,
Aun no firmeis: mirad si son violencias,
Las que os pueden mover, de odio inhumano;
Examinad primero las conciencias,
Mirad no haga el Juez recto y soberano
Que en la ajena firmeis vuestras sentencias.
XXV.
_A la muerte del duque de Veráguas._[G]
Ves, caminante: en esta triste pira
La potencia de Jove está postrada;
Aquí Marte rindió la fuerte espada,
Aquí Apolo rompió la dulce lira;
Aquí Minerva triste se retira,
Y la luz de los astros eclipsada
Toda está en la ceniza venerada
Del excelso Colon, que aquí se mira.
Tanto pudo la fama encarecerlo,
Y tanto las noticias sublimarlo,
Que sin haber llegado á conocerlo,
Llegó con tanto estremo el reino á amarlo,
Que muchos ojos no pudieron verlo,
Mas ningunos pudieron no llorarlo.
XXVI.
_Al mismo asunto._
Deten el paso, caminante: advierte
Que aun esta losa guarda enternecida,
Con triunfos de su diestra no vencida,
Al capitan mas valeroso y fuerte;
Al duque de Veráguas, ¡triste suerte!
Que nos dió en su noticia esclarecida,
En relacion los bienes de su vida,
Y en posesion los males de su muerte.
No es muerto el duque, aunque su cuerpo abrace
La losa que apiadada le recibe:
Pues porque á su vivir el curso enlace,
Aunque el mármol su muerte sobrescribe,
En las piedras verás el _aquí yace_,
Mas en los corazones, _aquí vive_.
XXVII.
_En la muerte de la marquesa de Mancera._
Mueran contigo, Laura, pues moriste,
Los afectos que en vano te desean,
Los ojos á quien privas de que vean
La hermosa luz que un tiempo concediste.
Muera mi lira infausta en que influiste
Ecos, que hoy lamentables te vocean;
Y hasta estos rasgos mal formados sean
Lágrimas negras de mi pluma triste.
Muévase á compasión la misma muerte
Que precisa no pudo perdonarte,
Y lamente el amor su amarga suerte;
Pues si ántes ambicioso de gozarte
Deseó tener ojos para verte,
Ya le sirvieran solo de llorarte.
XXVIII.
_Quejas de la autora por los aplausos de que era objeto._
¿Tan grande ¡ay hado! mi delito ha sido,
Que, por castigo de él ó por tormento,
No basta el que adelanta el pensamiento,
Sino el que le previenes al oido?
Tan severo en mi contra has procedido,
Que me persuado de tu duro intento,
A que solo me diste entendimiento
Porque fuese mi daño mas crecido.
Me diste aplausos para mas baldones,
Subir me hiciste para penas tales;
Y aun pienso que me dieron tus traiciones
Glorias á mi desdicha desiguales,
Porque viéndome rica de tus dones
Nadie tuviese lástima á mis males.
XXIX.
_Píramo y Tisbe._
De un funesto moral la negra sombra
De horrores mil y confusiones llena,
En cuyo hueco tronco aun hoy resuena
El eco que doliente á Tisbe nombra,
Cubrió la verde matizada alfombra
En que Píramo amante abrió la vena
Del corazon, y Tisbe de su pena
Dió la señal, que aun hoy al mundo asombra.
Mas viendo del amor tanto despecho
La muerte, entonces de ellos lastimada,
Sus dos pechos juntó con lazo estrecho.
Pero ¡ay de la infeliz y desdichada
Que á su Píramo dar no puede el pecho
Ni aun por los duros filos de una espada!
XXX.
_Desahogos de un celoso._
Yo no dudo, Lizarda, que te quiero,
Aunque sé que me tienes agraviado;
Mas estoy tan amante y tan airado,
Que afectos que distingo no prefiero.
De ver que odio y amor te tengo, infiero
Que ninguno estar puede en sumo grado;
Pues no me puede el odio haber ganado,
Sin haberme perdido amor primero.
Y si piensas que el alma que te quiso
Ha de estar siempre á tu aficion ligada,
De tu satisfaccion vana te aviso;
Pues si el amor al odio ha dado entrada
El que bajó de sumo á ser remiso,
De lo remiso pasará á ser nada.
[Illustration]
CANCIONES.
I.
_Sentimientos de una ausencia._
Amado dueño mio,
Escucha un rato mis cansadas quejas,
Pues del viento las fio
Que breve las conduzca á tus orejas,
Si no se desvanece el triste acento,
Como mis esperanzas, en el viento.
Oyeme con los ojos,
Ya que están tan distantes los oidos,
Y de ausentes enojos
En ecos de mi pluma mis gemidos;
Y ya que á ti no llega mi voz ruda,
Oyeme sordo, pues me quejo muda.
Si del campo te agradas,
Goza de sus frescuras venturosas,
Sin que aquestas cansadas
Lágrimas te detengan enfadosas;
Que en él verás, si atento te detienes,
Ejemplos de mis males y mis bienes.
Si el arroyo parlero
Ves galan de las flores en el prado,
Que amante y lisonjero
A cuantas mira intima su cuidado,
En su corriente mi dolor te avisa
Que á costa de mi llanto tiene risa.
Si ves que triste llora
Su esperanza marchita en ramo verde
Tórtola gemidora,
En él y en ella mi dolor te acuerde
Que imitan con verdor y con lamento
El mi esperanza y ella mi tormento.
Si la flor delicada,
Si la peña que altiva no consiente
Del tiempo ser hollada,
Ambas me imitan, aunque variamente,
Ya con fragilidad, ya con dureza,
Mi dicha aquella y esta mi firmeza.
Si ves el ciervo herido
Que por el monte baja acelerado,
Buscando dolorido
Alivio al mal en un arroyo helado,
Y sediento al cristal se precipita,
No en el alivio, en el dolor me imita.
Si la liebre encogida
Huye medrosa de los galgos fieros,
Y por salvar la vida
No deja estampa de los pies ligeros,
Tal mi esperanza en dudas y recelos
Se ve acosada de villanos celos.
Si ves el cielo claro,
Tal es la sencillez del alma mia;
Y si, de azul avaro,
De tinieblas se emboza el claro dia,
Es con su oscuridad y su inclemencia
Imágen de mi vida en esta ausencia.
Así que, Fabio amado,
Saber puedes mis males sin costarte
La noticia cuidado,
Pues puedes de los campos informarte;
Y, pues yo á todo mi dolor ajusto,
Sabe mi pena sin dejar tu gusto.
Mas ¿cuándo ¡ay gloria mia!
Mereceré gozar tu luz serena?
¿Cuándo llegará el dia
Que pongas dulce fin á tanta pena?
¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto,
Y de los mios secarás el llanto?
¿Cuándo tu voz sonora
Herirá mis oidos delicada,
Y el alma que te adora,
De inundacion de gozos anegada,
A recibirte con amante prisa
Saldrá á los ojos desatada en risa?
¿Cuándo tu luz hermosa
Revestirá de gloria mis sentidos?
Y ¿cuándo yo dichosa
Mis suspiros daré por bien perdidos,
Teniendo en poco el precio de mi llanto?
¡Que tanto ha de penar quien goza tanto!
¿Cuándo de tu apacible
Rostro alegre veré el semblante afable,
Y aquel bien indecible
A toda humana pluma inesplicable?
Que mal se ceñirá á lo definido
Lo que no cabe en todo lo sentido.
Ven, pues, mi prenda amada,
Que ya fallece mi cansada vida
De esta ausencia pesada;
Ven, pues, que mientras tarda tu venida
Aunque me cueste tu verdor enojos
Regaré mi esperanza con mis ojos.
II.
_Satisfaccion á unos celos._
Pues estoy, condenada,
Fabio, á la muerte por decreto tuyo,
Y la sentencia airada
Ni la apelo, resisto, ni la huyo,
Oyeme, que no hay reo tan culpado
A quien el confesar le sea negado.
Porque te han informado,
Dices, de que mi pecho te ha ofendido,
Me has fiero condenado;
Y ¿pueden en tu pecho endurecido
Mas la noticia incierta, que no es ciencia,
Que de tantas verdades la esperiencia?
Si á otros crédito has dado,
Fabio, ¿por qué á tus ojos se lo niegas,
Y el sentido trocado
De la ley, al cordel mi cuello entregas?
Pues liberal me amplías los rigores,
Y avaro me restringes los favores.
Si otros ojos he visto,
Mátenme, Fabio, tus airados ojos;
Si á otro cariño asisto,
Asístanme implacables tus enojos;
Y si otro amor del tuyo me divierte,
Tu que me has dado vida me des muerte.
Si á otro alegre he mirado,
Nunca alegre me mires ni me vea;
Si le hablé con agrado,
Eterno desagrado en tí posea;
Y si otro amor inquieta mi sentido,
Sáquesme el alma tú que mi alma has sido.
Mas supuesto que muero
Sin resistir á mi infelice suerte,
Que me des solo quiero
Licencia de que escoja yo mi muerte:
Deja la muerte á mi eleccion medida,
Pues en la tuya pongo yo mi vida.
No muera de rigores,
Fabio, cuando morir de amores puedo;
Pues con morir de amores,
Tú acreditado y yo bien puesta quedo;
Que morir por amor, no de culpada,
No es menos muerte, pero es mas honrada.
Perdon, en fin, te pido
De las muchas ofensas que te he hecho
En haberte querido;
Ofensas son, pues son á tu despecho,
Y con razon te ofendes de mi trato,
Pues que yo con quererte te hago ingrato.
III.
_Sentimientos de una esposa en la muerte de su esposo._
A estos peñascos rudos,
Mudos testigos del dolor que siento,
Que solo siendo mudos
Pudiera yo fiarles mi tormento,
Si acaso de mis penas lo terrible
No infunde voz y lengua en lo insensible,
Quiero contar mis males,
Si es que yo sé los males de que muero;
Pues son mis penas tales
Que si contarlas por alivio quiero,
Les son, una con otra atropellada,
Dogal á la garganta, al pecho espada.
Ni envidio dicha ajena,
Que el mal eterno que en mi pecho lidia
Hace incapaz mi pena
De que pueda tener tan alta envidia;
Es tan mísero estado el en que peno,
Que como dicha envidio el mal ajeno.
No pienso yo que hay gloria,
Porque estoy de pensarlo tan distante,
Que aun la dulce memoria
De mi pasado bien, tan ignorante
La mira de mi mal el desengaño,
Que ignoro si fue bien, y sé que es daño.
Esténse allá en su esfera
Los dichosos, que es cosa en mi sentido
Tan remota, tan fuera
De mi imaginacion, que solo mido,
Entre lo que padecen los mortales,
Lo que distan sus males de mis males.
¡Quién tan dichosa fuera
Que de un agravio indigno se quejara!
¡Quién un desden llorara!
¡Quién un alto imposible pretendiera!
¡Quién llegara, de ausencia ó de mudanza,
Casi á perder de vista la esperanza!
¡Quién en ajenos brazos
Viera á su dueño, y con dolor rabioso
Se arrancara á pedazos
Del pecho ardiente el corazon celoso!
Pues fuera menos mal que mis desvelos
El infierno terrible de los celos.
¡Pues todos estos males
Tienen consuelo ó tienen esperanza,
Y los mas sus iguales
Solicitan ó animan la venganza;
Y solo de mi fiero mal se aleja
Esperanza y venganza, alivio y queja!
Porque ¿á quién si no al cielo
Que me robó mi dulce prenda amada,
Podrá mi desconsuelo
Dar sacrílega queja destemplada?
¡Y él con sordas rectísimas orejas
A cuenta de blasfemias pondrá quejas!
Ni Fabio fué grosero,
Ni ingrato ni traidor; ántes amante,
Con pecho verdadero,
Nadie fué mas leal ni mas constante;
Nadie mas fino supo en sus acciones
Finezas añadir á obligaciones.
Solo el cielo envidioso
Mi esposo me quitó; la parca dura
Con ceño temeroso
Fué solo autor de tanta desventura.
¡Oh cielo rigoroso! oh triste suerte,
Que tantas muertes das con una muerte!
¡Ay dulce esposo amado!
¿Para qué te ví yo? ¿por qué te quise?
Y ¿por qué tu cuidado
Me hizo con las venturas infelice?
¡Oh dicha fementida y lisonjera,
Quién tus amargos fines conociera!
¿Qué vida es esta mia
Que rebelde resiste á dolor tanto?
¿Por qué, necia, porfía,
Y en las amargas fuentes de mi llanto
Anegada no acaba de extinguirse,
Si no puede en mi fuego consumirse?
IV.
_Al mismo objeto que la anterior._
Agora que conmigo
Sola en este retrete,
Por pena ó por alivio,
Permite amor que quede;
Agora, pues, que hurtada
Estoy un rato breve
De la atencion de tantos
Ojos impertinentes,
Salgan del pecho, salgan
En lágrimas ardientes
Las represadas penas
Y las ansias crueles.
¡A fuera ceremonias
De atenciones corteses,
Alivios afectados,
Consuelos aparentes!
Salga el dolor de madre
Y rompa vuestras puentes
Del raudal de mi llanto
El rápido torrente.
En exhalados ayes
Salgan confusamente
Suspiros que me abrasen,
Lágrimas que me aneguen.
Corran de sangre pura
Que mi corazon vierte,
De mis dolientes ojos
Las perenales fuentes.
Publique con los gritos
Que ya sufrir no puede
Del tormento inhumano
Las cuerdas inclementes.
Ceda al amor el juicio,
Y él con estremos muestre
Que es solo de mi pecho
El duro presidente.
¡En fin, muriò mi esposo!
Pues ¿cómo indiferente
Yo la suya pronuncio
Sin pronunciar mi muerte?
El sin vida, ¿y yo animo
Este compuesto débil?
Yo con voz ¿y él difunto?
¿No muero cuando el muere?
¡No es posible! Sin duda
Que, con mi amor aleves,
O la pena me engaña,
O la vida me miente.
Si él era mi alma y vida,
¿Cómo podrá creerse
Que sin alma me anime,
Que sin vida me aliente?
¿Quién conserva mi vida?
O ¿de dónde le viene
Aire con que respire,
Calor que la fomente?
Sin duda que es mi amor
El que en mi pecho enciende
Estas señas que en mí
Parecen de viviente.
Y como en un madero
Que abrasa el fuego ardiente
Nos parece que luce
Lo mismo que padece;
Y cuando el vegetable
Humor en él perece
Parécenos que vive,
Y no es sino que muere:
Así yo en las mortales
Ansias que el alma siente
Me animo con las mismas
Congojas de la muerte.
¡Oh! de una vez acabe,
Y no cobardemente
Por resistirme á una
Perezca tantas veces!
¡Oh! caiga sobre mí
La esfera trasparente,
Desplomados del polo
Los diamantinos ejes!
¡Oh! el centro en sus cabernas
Me preste oscuro albergue,
Cubriendo mis desdichas
La máquina terrestre!
¡Oh! el mar en sus entrañas
Sepultada me entregue
Por mísero alimento
A sus voraces peces!
¡Niegue el sol á mis ojos
Sus rayos refulgentes,
Y el aire á mis suspiros
El necesario ambiente!
¡Cúbrame eterna noche
Y el siempre oscuro Lete
Borre mi nombre infausto
Del pecho de las gentes!
Mas ¡ay de mí! que todas
Las criaturas crueles
Solicitan que viva,
Porque gustan que pene!
Pues ¿qué espero? mis propias
Penas de mí me venguen,
Y á mi garganta sirvan
De funestos cordeles,
Diciendo con mi ejemplo
A quien mis penas viere:
_Aquí acabó una vida
Porque un amor viviese!_
V.
Divino dueño mio,
Si al tiempo de apartarme
Tiene mi amante pecho
Alientos de quejarse,
Oye mis penas, mira mis males.
Aliéntese el dolor,
Si puede lamentarse,
Y á punto de perderte
Mi corazon exhale
Llanto á la tierra, quejas al aire.
Apénas de tus ojos
Quise al sol elevarme,
Cuando mi precipicio
Da en sentidas señales
Venganza al fuego, nombre á los mares.[H]
Apénas tus favores
Quisieron coronarme,
Dichosa mas que todos,
Felice como nadie,
Cuando los gustos fueron pesares.
Sin duda el ser dichosa
Es la culpa mas grave,
Pues mi fortuna adversa
Dispone que la pague
Con que á mis ojos tus luces falten.
¡Ay, dura ley de ausencia!
Quién podrá derogarte,
Si á donde yo no quiero
Me llevas, sin llevarme,
Con alma, muerta, vivo cadáver.
Será de tus favores
Solo el corazon cárcel,
Por ser aun el silencio,
Si quiero que los guarde,
Custodio indigno, sigilo frágil.
Y puesto que me ausento,
Por el último vale
Te prometo rendida
Mi amor y fe constante,
Siempre quererte, nunca olvidarte.
VI.
Prolija memoria,
Permíteme quiera
Que por un instante
Sosieguen mis penas.
Afloja el cordel,
Que, segun aprietas,
Temo me revientes
Si das otra vuelta.
Mira que si acabas
Con mi vida, cesa
De tus tiranías
La triste materia.
No piedad te pido
En aquestas treguas
Sino que otra especie
De tormento sea.
Ni de mí presumas
Que soy tan grosera,
Que la vida solo
Para vivir quiera.
Bien sabes tú, como
Quien está tan cerca,
Que solo la estimo
Por sentir con ella,
Y porque perdida,
Perder era fuerza
Un amor que pide
Duracion eterna.
Por esto te pido
Que tengas clemencia:
No porque yo viva,
Sí porque él no muera.
¿No bastan cuán vivas
Se me representan
De mi ausente cielo
Las divinas prendas?
¿No basta acordarme
Sus caricias tiernas,
Sus dulces palabras,
Sus nobles finezas?
Y ¿no basta que
Industriosa crezcas
Con pasadas glorias
Mis presentes penas,
Sino que (¡ay de mí!
Mi bien, quién pudiera
No hacerte este agravio
De temer mi ofensa!)
Sino que villana
Persuadirme intentas
Que mi agravio es
Posible que sea?
Y para formarlo
Con necia agudeza,
Con cuerdas palabras
Acciones contestas.
Sus proposiciones
Me las interpretas,
Y lo que en paz digo
Me sirve de guerra.
¿Para qué examinas
Si habrá quien merezca
De sus bellos ojos
Atenciones tiernas?
¿Si de otra hermosura
Acaso le llevan
Méritos mas altos,
Mas dulces ternezas?
¿Si de obligaciones
La carga molesta
Le obliga en mi agravio
A pagar la deuda?
¿Para qué ventilas
La cuestion superflua
De si es la mudanza
Hija de la ausencia?
Ya yo sé que es frágil
La naturaleza,
Y que su constancia
Solo es no tenerla;
Sé que la mudanza
Por puntos en ella
Es, de su ser propio,
Caduca dolencia.
Pero tambien sé
Que ha habido firmeza,
Que ha habido escepciones
De la comun regla.
Pues ¿por qué la suya,
Quieres tú que sea,
Siendo ambas posibles,
De aquella y no de esta?
Mas ¡ay! que ya escucho,
Que das por respuesta,
Que son mas seguras
Las cosas adversas.
Con estos temores
En confusa guerra,
Entre muerte y vida
Me tienes suspensa.
Ven á algún partido
De una vez, y acepta
Permitir que viva
O dejar que muera.
VII.
(FRAGMENTOS.)
Sabrás, querido Fabio,
Si ignoras que te quiero,
Que ignorar lo dichoso
Es muy de lo discreto;
Que apénas fuiste blanco
En que el rapaz archero
Del tiro indefectible
Logró el mejor acierto,
Cuando en mi pecho amante
Brotaron al incendio
De recíprocas llamas
Conformes ardimientos.
¿No has visto, Fabio mio,
Cuando el señor de Délos
Hiere con armas de oro
La luna de un espejo,
Que haciendo en el cristal
Reflejo el rayo bello,
Hiere repercusivo
El mas cercano objeto?
Pues así del amor
Las flechas, que en mi pecho
Tu resistente nieve
Les diò mayor esfuerzo,
Vueltas á mí las puntas,
Dispuso amor soberbio,
Solo con un impulso
Dos alcanzar trofeos.
Díganlo las ruinas
De mi valor deshecho,
***
Las cercenadas voces
Que en balbucientes ecos,
Si el amor las impele,
Las retiene el respeto;
Las niñas de mis ojos
Que con mirar travieso
Sinceramente parlan
Del alma los secretos;
El turbado semblante
Y el impedido aliento,
En cuya muda calma
Da voces el afecto;
Aquel decirte mas
Cuando me esplico ménos,
Queriendo en negaciones
Espresar los conceptos;
Y en fin, dígaslo tú
Que de mis pensamientos,
Lince sutíl, penetras
Los mas ocultos senos.
***
VIII.
(FRAGMENTOS.)
Si acaso, Fabio mio,
Despues de penas tantas
Quedan para las quejas
Alientos en el alma;
Si acaso en las cenizas
De mi muerta esperanza
Se libró por pequeña
Alguna débil rama,
En donde entretenerse
Con fuerza limitada,
El rato que me escuchas,
Pueda la vital aura,
Oye en tristes endechas
Las tiernas consonancias
Qué al moribundo cisne
Sirven de exequias blandas.
***
Dame el postrer abrazo
Cuyas tiernas lazadas,
Siendo union de los cuerpos,
Ydentifican almas.
Oiga tus dulces ecos,
Y en cadencias turbadas
No permita el ahogo
Enteras las palabras.
De tu rostro en el mio
Haz amorosa estampa
Y mis mejillas frías
De ardiente llanto baña.
***
Recibe de mis labios
El que en mortales ansias
El exánime pecho
Ultimo aliento exhala;
Y el espíritu ardiente
***