pruebas, lea las varias poesìas de carácter erótico en la compilacion
que hemos formado de lo mas florido de las producciones de Sor Juana
Ines. Solo falta que digamos, porque nos cumple decirlo, que en aquellas
poesías tan apasionadas, tan fogosas, tan _sájicas_ por el espíritu que
las anima, no obstante que desdicen del estado religioso de su autora,
no hay desenvoltura repugnante, no hay aquel sensualismo pagano que, por
ejemplo, se ha censurado en la monja portuguesa, Violante de Ceo,
coetánea de Sor Juana Ines. Si esta poetisó movida por un sentimiento
puramente humano, nunca consintió que llegasen á su lira los dedos de
la inmunda lascivia. Fué monja contra la naturaleza de su genio, y
escribió para fuera del convento. Su espíritu se escurrió al mundo por
entre las rejas del locutorio; mas el espíritu del mundo no la extravió
ni manchó jamas. Sus virtudes de monja, aunque en todo caso virtudes,
fueron adquiridas por fuerza; sus virtudes seculares, excelentes para la
vida social y activa, fueron espontáneas; en estas tuvo el mérito de la
docilidad para seguirlas y de la sinceridad de mostrarlas sin ofender la
modestia; en aquellas tuvo el mérito del valor y del sacrificio, pues
que tuvo que luchar consigo misma: las poseyó por derecho de conquista.
De esta manera se esplica por qué su musa, mal avenida con la toca,
prescindió con frecuencia de las virtudes ascéticas y respetó las
sociales. Las primeras la obligaban á contradecir, á condenar sus
afectos, y esto era imposible; las segundas podian santificar esos
afectos quitándoles todo veneno corruptor, y á esa causa las dió
preferencia.
No son ménos recomendables las demas poesías líricas de Sor Juana Ines,
pues en todas ellas se ve patente su privilegiado ingenio y las dotes de
su varonil al par que afectuoso corazon. Inclinada al tono cortesano,
la gracia y el donaire le son naturales. La monotonía, la flojedad, el
prosaismo, la vulgaridad que atras condenamos, son mucho ménos
frecuentes en este género que en el dramático, y son asombrosos la
habilidad y el garbo masculino y señoril con que se desembaraza de las
mayores dificultades del arte y del pensamiento. Ha escrito buenos
romances hasta en el frívolo género de la lisonja en los cumpleaños y
otras felicitaciones; en algunos luce el sencillo y fácil lenguaje
epistolar manejado con notable maestría. Su tino y delicadeza al
espresarse en el seno de la amistad son admirables. Citemos como muestra
el soneto en versos agudos que empieza:
“En mi vida, que siempre tuya fué,” y que está dedicado á la marquesa de
Mancera. Los dos sonetos á la muerte del duque de Veráguas, por
desgracia no de los mejores como artìsticos, en el fondo encierran
imágenes bellas y muy delicadas ideas. El cuarteto con que comienza el
primero nos parece muy bueno:
“Ves, caminante: en esta triste pira
La potencia de Jove está postrada;
Aquí Marte rindió su fuerte espada,
Aquí Apolo rompió su dulce lira.”
Los dos versos con que termina el segundo nos atrevemos á calificarlos
de ricas perlas: despues de lamentarse la poetisa derigiéndose á un
caminante (¡siempre ha de ser caminante el que lea un epitafio!), se
consuela al considerar que vivirá la memoria del noble duque, pues
“En las piedras verás el _Aquí yace_,
Mas en los corazones, _Aquí vive_.”
Entre las cualidades que mas llaman la atencion al leer las obras de la
musa mejicana, no debemos olvidar tampoco el gran conocimiento que
muestra del corazon humano, y la tendencia que de aquì le viene á
filosofar, indagando ya la naturaleza de las pasiones, ya sus
consecuencias, ó bien examinando y pesando los sucesos de la vida con
seso y pulso superiores á su sexo y al tiempo y tierra en que vivió.
Como prueba de esta verdad, ahí están sus cuartetas “A los hombres,” en
que con estilo severo y lógica percuciente les echa en cara su indigno
porte con las mujeres, de cuyas faltas y vicios ellos son responsables
ante Dios y la sociedad; ahí están igualmente varios de sus sonetos,
como el que comienza:
“Fabio, en el ser de todos adoradas
Son todas las beldades codiciosas,”
el cual encierra una leccion maestra sobre la ambicion de las mujeres en
lo tocante al amor. El soneto X,
“Miró Celia una rosa que en el prado &, es otro estudio muy acertado del
corazon femenino. No son ménos notables los sonetos históricos “A
Lucrecia,” “La esposa de Pompeyo” y “A Porcia.” El temple de alma de
estas heroinas de la antigua Roma halló correspondencia en el alma de
Sor Juana Ines, que á no haber tenido virtudes cristianas, no le habrían
faltado las nobles prendas de aquellas mujeres.
Ahí están, por ùltimo como pruebas de nuestro sentir, unos cuantos
trozos en los versos y en la prosa, que puede ir observando el atento
lector.
En las poesías religiosas es inferior la monja, mas en ningun caso
despreciable. Lo que mas se presta á la censura es el haber empleado en
ellas un lenguaje profano, y á veces hasta chocarrero. Las mejores son
las que produjo cuando, despues de haber vendido su librería y dado
completamente de mano á las cosas del mundo, se entregó fervorosa á las
prácticas devotas. Al principio de esta época debe referirse el bello
romance que comienza con estas dos fàciles y sentidas cuartetas:
“Miéntras la gracia me excita
Por levantarme á la esfera,
Mas me abate á lo profundo
El peso de mis miserias.
“La virtud y la costumbre
En el corazon pelean,
Y el corazon agoniza
En tanto que lidian ellas.”
En este romance se ve ciertamente que el corazon de la sensible
religiosa sirviò de palestra á la lucha de encontrados afectos, y,
triunfe cualquiera de ellos, por demas seguro era que el corazon
quedaría mal parado.
Un villancico ligero y gracioso al sueño de San José, da principio con
un pensamiento semejante al de “La flor de Zurguen” de Meléndez Valdes:
“Quietos, airecillos,
No, no susurreis;
Mirad que descansa
Un rato José.
“No, no os movais,
Oh no, no voleis;
Quedito, pasito,
Que duerme José.”
En el género de poesìa que nos ocupa empleaba algunas veces nuestra
monja el metro llamado _lira_, hoy en desuso, y que en composiciones de
corto aliento no deja de ser agradable, porque entónces la repeticion
cadenciosa de ciertas palabras no fastidia, como tampoco es fastidioso
el compasado martilleo del mismo verso en la letrilla, tan usada por los
poetas modernos.
Sor Juana, versada en el latin, no solo tradujo versos de esta lengua,
sino que los hizo con soltura y donaire.
La poesía juguetona y burlesca ocupó tambien con frecuencia la lira de
la célebre poetisa. Se chancea de las simplezas de un caballero español
que la comparó con el ave Fénix, echa unas cuantas pullas á un poeta
peruano[D] que le dedicó un romance, y burlándose con sorprendente
facilidad de los consonantes forzados en varios sonetos, lanza agudas
saetas ya contra _Teresilla_, ya contra los mismos que la tentaron con
la dificultad que acepta y vence; saetas que, en puridad, habria sido
mejor que no todas saliesen de su aljaba, porque hieren demasiado... En
el “Retrato de una belleza,” imitacion de Jacinto Polo, segun la misma
autora, hay algunos rasgos satíricos bastante felices; pero cansa y
fatiga su demasiada extension.
Los epigramas son breves y agudos. Los mas recomendables son el primero
y el tercero; mas de las ideas que encierran decimos lo que de aquellas
saetas, pues no nos parecen dignas de una monja, ni siquiera propias de
una dama de la delicadeza y pulcritud de corazon de Juana Ines. Tenemos,
por lo mismo, que apreciarlos prescindiendo de la autora, de cuya pluma
no quisiéramos ver destilar ni una sola gota de acíbar.
De las comedias, “Amor es mas laberinto,” que pertenece al género
heróico, es un embrollo inverosímil y pesado, que no tiene otra cosa
recomendable si no es, por lo general, su bella y delicada
versificacion. El segundo acto es obra de don Juan de Guevara, y
colocado entre el primero y tercero de Sor Juana Ines, hace el efecto de
una piedra pómez entre dos trozos de mármol. El lirismo que predomina en
todas las poesías de la monja, se estiende á sus composiciones
dramáticas, y es quizá mas notable en la comedia que nos ocupa.
La segunda intitulada “Los empeños de una casa,” y que pertenece á las
de capa y espada, vale mucho mas, aunque el artificio de la trama la
hace tambien en muchas partes inverosìmil de puro enredado, defecto muy
frecuente, á nuestro ver, hasta en varias de las mejores piezas
dramáticas españolas de aquel siglo y del siguiente. El exceso de
ingenio perjudicaba á sus autores, como perjudica á los árboles la
exuberancia de savia.
Es de notar que en la pintura de doña Leonor hecha en la primera jornada
de esta pieza, se descubre el intento de la autora de hacer su propio
retrato.
En ambas comedias observamos que la poetisa gusta de escenas en la noche
y á media luz para facilitar los toques cómicos ó dramáticos, ó el
desenlace de algun punto muy complicado; en ambas asimismo hay doncellas
y graciosos de tipo muy español, que sirven de confidentes y pajes á los
principales protagonistas. En fin, por defectuosas que sean, no se puede
desconocer en ellas la escuela á que pertenecen y la hábil mano que las
ha trazado.
En punto á caracteres, aunque Sor Juana Ines los ha sostenido bien, no
ha pintado ninguno que se distinga por la originalidad; y son, ademas,
escasos de vivacidad y movimiento en las pasiones, y bastante pálidos é
insustanciales.
Con todo, “Los empeños de una casa” se lee con mucho agrado, á beneficio
de la flexibilidad y gracia del estilo, y de la soltura y armonía del
verso.
El argumento, desembarazado de sus numerosos incidentes y reducido á su
plan fundamental, queda así: don Pedro y don Cárlos son á un tiempo
amantes de doña Leonor, quien corresponde al segundo. Doña Ana, hermana
del primero, es amada de don Juan; mas se prenda ciegamente de don
Cárlos. Este ha robado á Leonor y fuga con ella; pero don Pedro lo ha
sabido con anticipacion, y merced á las arterías que emplea, son
sorprendidos en la calle por dos embozados. Se cruzan los aceros, don
Cárlos hiere á uno de ellos; los amantes son presos por la supuesta
justicia, y doña Leonor es entrada y puesta en depósito en casa de don
Pedro, como este lo habia dispuesto. Pero, sin saberlo ella, don Cárlos,
que ha logrado fugar, cae tambien en la misma casa. Ambos hermanos
aprovechan la coyuntura, y don Pedro requiere á doña Leonor, y doña Ana
á don Cárlos, aunque esta con disimulo y maña, procurando al mismo
tiempo, por medio de la astuta Celia, su doncella, romper los amores de
él con Leonor, quien sencillamente le instruyó de ellos. Despues de un
intrincado laberinto de hechos, por obra de las tramas de doña Ana y
Celia, y de los recíprocos celos de todos los amantes, incluso don Juan
que ya sospecha de aquella, fugan por la noche doña Leonor y don Cárlos,
ambos engañados, pues él cree que ella es doña Ana y la otra que él es
don Juan. Como don Cárlos diera este paso por salvar de un lance de
honor á la hermana de don Pedro, juzga prudente llevarla á casa de don
Rodrigo, padre de Leonor, que la supone robada por don Pedro. Entretanto
Ana, que no pudo huir, quiere salvar á don Cárlos, y equivocadamente
pone á don Juan en un escondite, miéntras don Pedro galantea y requiebra
al paje Castaño, que para facilitar su evasion se disfrazó con los
vestido de doña Leonor. Don Rodrigo, viejo prudente, quiere salvar la
honra de su hija casándola con don Pedro, y la honra de doña Ana, á
quien piensa que tiene en su casa, enlazándola con don Cárlos. Vase,
pues, á hacer sus arreglos con don Pedro, que, por supuesto, acepta al
instante la proposicion del anciano para él y para su hermana. Esta, que
todo lo ha estado oyendo, se presenta de sobresalto y gozosa,
sorprendiendo mucho á don Rodrigo, y hace salir del escondite al
supuesto don Cárlos; y don Cárlos, que todo lo ha visto tambien, observa
lleno de confusion que Ana está presente y que luego asoma por ahí su
amada. Lánzase airado en medio de todos para sacarla, y da con su paje
disfrazado. Auméntase el asombro, pues todos van conociéndose; don Pedro
se enfurece contra Castaño, doña Ana se ve corrida, mohino don Juan, y
doña Leonor que aparece á tiempo para que todo se desenrede, confiesa su
pasion por don Cárlos, con quien al fin don Rodrigo consiente en
casarla. Ana se conforma con sus antiguos amores y acepta á don Juan, y
don Pedro se queda con sus galanterías mal empleadas en Castaño, el que
se burla del pobre caballero y termina por echar unos piropos á Celia.
Tal es el argumento, ingenioso sin duda, que la autora ha ido
desenvolviendo y manejando por medio de unos cuantos resortes que le
sugeria su fecunda imaginacion. Hay diálogos animados, y Castaño no
deja de tener sal en algunos pasages.
En los autos se ha sujetado nuestra monja con fidelidad á las reglas del
género, y los ha escrito como Calderon y Lope de Vega; pero en estos
dramas que han caido en total desuso, y en los cuales la fe ayudaba
poderosamante á la imaginacion, se presentan mas de bulto los defectos
en que solía incurrir Sor Juana Ines, y de los cuales hemos tratado ya,
sin que por esto neguemos las bellezas que tan raro ingenio ha esparcido
en dichas producciones. Se cita como el mejor el auto intitulado _El
Divino Narciso_; mas creemos que al lado de este esfuerzo de la
inventiva de Sor Juana, en que la alegoría es á veces un enigma, pudiera
colocarse, quizas con ventaja, el _San Hermenegildo mártir_.
VI
El verso es para el corazon y la prosa para la cabeza; aquel es el
sentimiento, esta la lógica.
No queremos decir que no se puedan espresar los mas vivos afectos
tambien en prosa, ni que el metro anda reñido con la gravedad del
raciocinio; nada de eso, pues no hacemos sino indicar el mejor y mas
natural empleo relativo de cada una de esas formas.
Sor Juana Ines de la Cruz, como hemos visto, empleó el verso cuando
quiso mostrarse poetisa, esto es, cuando quiso hablar con el corazon,
dando salida á los afectos que en él hervian. Pero al proponerse
escribir con los materiales acumulados en su privilegiada cabeza, manejó
la prosa como debia y podia, con desenfado y galanura.
Las frecuentes citas en latin y la pesada forma silogística, así como
tambien algunas sutilezas y rebuscadas frases, son los defectos de
cuenta que Sor Juana Ines no ha podido evitar en esta clase de escritos.
Era bien difícil que hubiera alcanzado á sacudirse del escolasticismo y
gusto de la época, y es mucho verla desempeñarse de la manera que lo
hace, á fuerza de talento y de saber, de profunda penetracion y delicado
sentimiento. La naturaleza se sobrepuso á la escuela, y la lucidez de la
inteligencia á las sombras del estragado gusto á la moda. La lengua,
salvo tal cual defecto proveniente del mismo descarrío ó amaneramiento
de la forma, y del melindre en labrar y redondear las mas sencillas
ideas, muestra en el fondo pureza y casticismo dignos de alabanza. Si
las producciones de la madre Juana pecan tal cual vez por la innecesaria
espresion de muchos conceptos, juzgamos que, por otra parte, no pueden
ser tachados de inútil fraseología, defecto capitalísimo en el dia,
hasta en algunos de los que han alcanzado fama de grandes escritores en
Europa y América.
El escrito en prosa en que nuestra monja quiso hacer mayor alarde de las
premisas y consecuencias peripatéticas, y en el que, por lo mismo, es
bastante cansada, es la “Crísis sobre un sermon;” pero, en cambio, en él
resaltan como en ningun otro la fuerza viril de su inteligencia, su
razon despejada y los profundos conocimientos escriturarios que llegó á
poseer. El predicador, que fué el afamado padre Vieira, portugues, se
empeñó en lucir su pedantesco saber y dió márgen á que la monja le
despedazase bajo los golpes de una censura lógica y bien dirigida. El
tema del sermon fué proponer la opinion de los santos Agustin, Tomas y
Juan Crisóstomo acerca de las finezas de Cristo para con los hombres, y
contradecirla luego probando que _mayor fineza fué ausentarse que
morir_. La simple enunciacion de semejante aserto hace comprender cuales
serian las sutilezas y falsedad de la dialéctica del buen orador.
La sabia religiosa, gastando excesiva urbanidad con él, analiza y
escudriña su obra, defiende á los santos, y con argumentos que los
escritos de estos mismos y las Santas Escrituras la proporcionan,
sostiene la tésis contraria, motejando de paso y con sagaz disimulo la
vanidad del predicador que llegó á decir no hallaba quien pudiese
contradecirle.
Pongamos como muestra del estilo y manera de raciocinar de la monja el
siguiente trozo:
“Pero porque me propuse probar que no es la ausencia mayor dolor que la
muerte, y, por consiguiente, ni mayor fineza, sino al contrario, será
preciso responder á la prueba de la Magdalena, y así digo: Que de llorar
la Magdalena en el sepulcro y no llorar al pié de la cruz, no se infiere
sea mayor dolor el de la ausencia que el de la muerte; ántes lo
contrario. Pruébolo:
“Cuando se recibe algun grande pesar, acuden todos los espíritus vitales
á socorrer la agonía del corazon que desfallece. Y esta retraccion de
espíritus ocasiona general embargo y suspension de todas las acciones y
movimientos, hasta que moderándose el dolor, cobra el corazon alientos
para su desahogo, y exhala por el llanto aquellos mismos espíritus que
le bruman por confortarle, en señal de que ya no necesita de tanto
fomento como al principio. De donde se prueba por razon natural: Que es
menos el dolor cuando da lugar al llanto, que cuando no permite que se
exhalen los espíritus, porque los necesita para su aliento y
confortacion. Pruébase con que este mismo efecto suele ocasionar un
gozo: luego no son indicio de muy grave dolor las lágrimas, pues son un
signo tan comun, que indiferentemente sirve al pesar y al gusto.”
Esta crítica fué ocasion de que Sor Filotea de la Cruz, religiosa de
cuenta por su alcurnia, virtudes é inteligencia, dirigiese á la autora
la carta que ántes hemos citado, no despreciable por la manera con que
está escrita.[E] En ella elogia la obra de Sor Juana, que mandó imprimir
con el título “Carta atenagórica,” y despues de apreciar y aplaudir la
aficion de las mujeres á las letras, y especialmente en Sor Juana Ines
el cultivo de la poesía, la aconseja que sinembargo modere su amor á las
ciencias profanas y emplee en las divinas la mayor parte del tiempo.
A Sor Filotea respondió extensamente la poetisa. La naturaleza de este
escrito no permitió el movimiento y tono escolásticos. Tiene algunos
rasgos calcados sobre el gusto dominante, como tal cual meloso concepto,
unas pocas sutilezas y muchas citas en latin, que si bien prueban
clásica erudicion, no por eso dejan de ser fastidiosas. En cambio el
español está manejado con pulcritud y gallardía, el estilo, si bien no
siempre epistolar, es natural y fluido, la erudicion es oportuna y la
riqueza y flexibilidad de imaginacion siempre de encumbrada poetisa. La
lectura de esta carta es, pues, muy agradable; sus buenas cualidades
hacen olvidar sus cortos defectos. Principia agradeciendo á Sor Filotea
en palabras casi humildes el haber hecho publicar la “Crísis sobre un
sermon;” pasa á darle algunas noticias sobre su propia vida y estudios,
y termina defendiéndose de las acusaciones que se le habian hecho á
causa de su amor y consagracion á ellos.
El “Neptuno alegórico,” descripcion en verso y prosa de un arco de
triunfo erigido en Méjico en honra del conde de Parédes, virey de Nueva
España, es lo que ménos vale de lo escrito por Sor Juana Ines. Pero su
prosa mística tiene grande mérito, porque ademas de las buenas partes
que hemos notado en las piezas que acabamos de examinar, sus oraciones y
meditaciones están adornadas de tal sencillez y blandura de afectos, de
tal uncion devota y espíritu de profunda verdad, que ojalá estuviesen
escritos por ese tenor los centenares de libros de esta clase que andan
hoy en manos de la gente piadosa hasta en nuestras mas cortas y pobres
aldeas. Los “Ejercicios devotos” para la novena de la Encarnacion son lo
mejor que en este género de escritos ha dejado Sor Juana Ines.
[Illustration]
ADVERTENCIAS.
1ª. Al verificar la seleccion de las obras de Sor Juana Ines de la Cruz,
he creido conveniente cambiar ó simplificar los títulos ampulosos y
enfáticos de muchas poesías, pues no habia para qué conservar un defecto
que era propio del tiempo de la autora, y cuya correccion en nada altera
lo sustancial de sus producciones.
2ª. He corregido la ortografía, cuyos vicios maleaban el sentido de mas
de un pasage.
3ª. He hecho unas pocas y breves alteraciones en los lugares en que no
cabe duda que las faltas ó errores provienen de la imprenta; libertad
que me he tomado con tanta mas razon, cuanto las ediciones de los tres
tomos que he consultado, son viciadas por demas, y ninguno tiene fe de
erratas.
4ª. De varias piezas no he tomado sino fragmentos; pero lo he verificado
de manera que, en lo posible, tengan ilacion y sentido cabal; esto es,
que para ser entendidos no les haga falta la parte suprimida.
En ninguno de los cuatro casos se hallará ni el mas ligero cambio ú
omision que pueda desfigurar, en el fondo ó en la forma, las
producciones de la insigne religiosa que hoy vuelven á salir á luz; al
contrario, ademas de fielmente copiadas van exentas de la mala compañía
de otras que las oscurecian, y puestas en el órden conveniente.
_J. Leon Mera._
[Illustration]
OBRAS SELECTAS
DE
LA MONJA DE MEJICO.
ROMANCES.
I.
_A los condes de Paredes, vireyes de Méjico, con motivo de haber
concurrido á una fiesta en el monasterio de San Gerónimo._[F]
Hoy que las luces divinas
De uno y otro luminar
Se avecinan á la tierra
Sin ocultarse en el mar:
Hoy que se muestran benignos,
Depuesto el tono real,
Jove sin vibrar el rayo,
Juno sin la majestad:
Hoy que Vénus de sus cisnes
Desunce el carro triunfal,
Y por América olvida
De Chipre la amenidad:
Hoy que gloriosa Belona
Tremola señas de paz,
Y por el ramo de oliva
Depone el asta fatal:
Hoy que Apolo ardiente deja
El monte de fatigar,
Y dejadas las saetas
Usa la lira no mas:
Hoy que pacífico Marte
Deja el estruendo marcial,
Y en tranquila paz conmuta
El estrépito campal:
Hoy que Alcídes apacible
En dulce tranquilidad
Y con mejor Yole cambia
Lo fuerte por lo galan:
Hoy, en fin, que en esta casa
Humanada la deidad,
Cuanto está mas disfrazada,
Tanto está mas celestial,
Su dueño, que en reverentes
Obsequios quiere mostrar
Que solo paga en deseos
Lo que no puede pagar,
No intenta pedir perdones,
Aunque ve su cortedad,
Pues sabe que en los favores
El primero es perdonar;
Y pedir lo que se ha dado
Fuera querer estrechar
De una peticion al voto
Tanta liberalidad;
Pues sabe que las deidades
No tienen necesidad,
Como obran independientes,
De méritos para obrar;
Porque ántes en el indigno
Hace la grandeza mas:
Que es la estrechez del mendigo
Lisonja del liberal;
Que á no haber necesitados
No hallara objeto capaz,
Y era frustránea potencia
A faltar necesidad.
El bien es comunicable,
Y si llegara á faltar
Con quien, siempre fuera bien,
Mas no fuera utilidad.
Y así gustoso en su esfera,
Otra no quiere envidiar,
Pues merece que tres soles
Le lleguen á iluminar;
Y remitiendo al silencio
Lo que no puede esplicar,
A sí mismo de sus dichas
Los parabienes se da.
II
_Dando el parabien á un doctorado._
Gallardo jóven ilustre,
Que en bien logrados abriles
De sazon temprana ofreces
Frutos que el Otoño envidie.
Tú que en gloriosa palestra
De las literarias lides,
Al alto honor de las ciencias
Nuevo añades sacro timbre;
Cuyo nombre será siempre,
En inscripciones plausibles,
Fatiga honrosa á los bronces,
Dulce afan á los buriles;
Hoy que doctoral insignia
Tu dichosa frente ciñe,
Y que de la amarga siembra
Gustosos frutos percibes,
Goza el laurel, goza el premio
Que tu fama te apercibe,
Puro blason que te adorne,
Cándido honor que te anime;
Gózale honroso, aun que corto
Desigualmente compite
El que tus sienes halaga
Al que tus méritos piden;
Gózale, excepcion del tiempo,
Y porque el mundo te admire,
Vive tanto como sabes,
Goza tanto como vives.
III
_A un caballero español que dirigió á la autora un romance, diciéndola
haber hallado en ella el fénix._
Válgate Apolo por hombre
[No acabo de santiguarme
Mas que vieja cuando Jove
Dispara sus triquitraques]
De tan paradoja idea,
De tan remoto dictámen;
Sin duda que este el autor
Es de los estravagantes.
Buscando dice que viene
Aquel pájaro que nadie,
Por mas que lo alaben todos,
Ha sabido á lo que sabe;
Para quien las cetrerias
Se inventaron tan en balde,
Que es un gallina el alcon
Y una mandria el gerifalte,
El azor un avechuelo,
Una marimanta el sacre,
Un cobarde el tagarote
Y un menguado el gavilane;
A quien no se le da un bledo
De que se prevenga el guante,
Pihuelas y capirote,
Con todos los demas trastes,