Pero monja era ya cuando se dieron á luz sus obras, y no una sino varias

veces. En la tercera edicion del primer tomo se lee: “Corregida y

añadida por su autora.” Si añadió y corrigió, no tuvo á bien por otra

parte, suprimir los versos harto profanos y amorosos que desdecian de su

estado. ¿Les juzgó inocentes, por ventura, en razon de ser hijos de un

sentimiento verdadero? ¿Tuvo repugnancia de arrancar de su corona esas

rosas brotadas en las huellas del amor? ¿Juzgó innecesario ocultar lo

que ya el mundo conocia? Nada podemos contestar. Los editores dedicaron

las obras de Sor Juana Ines “á la Soberana Emperatriz del cielo y

tierra, María, nuestra Señora,” y esto sí se puede explicar: en aquellos

tiempos en que la religiosidad española era nimia, porque era profunda

la fe y suma la sencillez del espìritu, cuando gustaba algun libro, por

impregnado que estuviese de los miasmas de las pasiones terrenales, se

le echaba la dedicatoria á la Virgen ó á un santo, ó cuando ménos se les

invocaba, como para neutralizar el escándalo que debia producir la

lectura. Esa incoherente muestra de devocion servia de tenaza para

agarrar el ascua. ¡Inocentadas de otra edad! Pudo ser tambien esa

costumbre precaucion para amortiguar el celo del Santo Oficio, que

cierto no culparia de malicioso á quien invocaba un bendito nombre para

dar á la estampa los desahogos del corazon ó los desbordes de la

fantasía.

La publicacion del primer tomo de sus versos trajo muchos disgustos á

Sor Juana. En medio de los elogios aparecieron amargas censuras; pero

estas, mas que en los defectos de las obras, se fundaban en el

disparatado concepto de que el estudio de las letras era incompatible

con la condicion del sexo femenino, y mas todavía con el estado monacal.

El númen poético de la jóven religiosa era especialmente objeto de

serias contradicciones. “¿Quién no creerá, dice en la carta citada,

viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en

leche, sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que

no ha sido muy así, porque entre las flores de esas mismas aclamaciones

se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones, cuantos no

podré contar”... “Pues por la en mí dos veces infeliz habilidad de hacer

versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado? ó

¿cuáles no me han dejado de dar?”

De tan necias acusaciones se defiende Sor Juana citando con oportunidad

y gracia varias mujeres célebres por su sabiduría, tanto entre las

gentiles como entre las cristianas, así en la antigüedad como en los

tiempos modernos. Con no menor destreza y fundado raciocinio combate á

los que, aferrados al _Mulieres in Ecclesia taccant_, querian que dejase

y condenase su aficion al estudio. ¡Salvaje pretension de la cual se

vengó la sabia monja dando rienda á su ingenio! Llegó hasta privarse

voluntariamente, cuanto le fué posible, de la sociedad de sus compañeras

de claustro, por consagrarse mas y mejor á la lectura y la meditacion.

Esto prefieren las almas grandes á la comunicacion con las almas

vulgares.

Pero una de estas llegó a ser superiora de la comunidad, é inducida por

alguno de los que se habian propuesto perseguir á Sor Juana Ines, la

prohibió toda lectura y estudio. Entónces era cuando su ardiente

imaginacion buscaba y hallaba hasta en los objetos triviales ocasion de

meditar y aprender. “Si Aristóteles hubiera guisado, decia alegremente

una vez, mucho mas hubiera escrito.” Sinembargo, su espíritu estaba

reducido á una especie de ayuno, y el esfuerzo que hacia para buscarse

alimento sin el auxilio de los libros, vino á quebrantar las fuerzas

físicas, y la jóven cayó gravemente enferma. “Eran tan fuertes y

vehementes mis cogitaciones, refiere ella misma, que consumian mas

espíritus en un cuarto de hora, que el estudio de los libros en cuatro

dias.” Por fortuna los médicos calaron el motivo de la dolencia. Tras el

diagnóstico vino la aplicacion de la medicina, los libros: abriéronle la

biblioteca á Sor Juana despues de tres meses de entredicho y se le

abrieron las puertas de la vida. Suceso enteramente igual al que se

refiere del Petrarca: el Obispo de Cavaillon, su amigo, quiso privarle

de la mucha lectura y le encerró sus libros; el poeta cayó malo, y fué

menester devolverle las llaves de su biblioteca para restituirle la

salud perdida en el ocio forzado á que se le condenó. Mala muestra de

sus alcances dan los que piensan que _solo de pan vive el hombre_. La

falta de pan enflaquece y mata la materia, mas no el espíritu. La falta

de estudio y de saber mata el espíritu y á veces el cuerpo; este recibe

vigor de la influencia de aquel. La naturaleza, aunque no siempre, es

verdad, establece de tal manera las relaciones de los dos, que para que

la máquina corpórea no se desorganice es precisa mucha actividad en las

potencias del alma. “En árbol donde se coje la ciencia, no se coje la

vida: vida y ciencia no son frutos de un mismo tronco,” ha dicho un

eclesiástico al tratar de la temprana muerte de Sor Juana Ines. Esas

palabras encierran una verdad, pero no absoluta: si se han visto

gastarse muchas vidas y disolverse al fuego de la ciencia, como la nieve

á los rayos del sol, no son pocas las que se han sostenido apoyadas por

el trabajo mental de todos los dias, y que se habrian agostado y hecho

polvo al sentir la inaccion del espíritu.

Veintitres años de clausura llevaba nuestra poetisa; veintitres años

empleados en continuar dando pábulo á su pasion por la sabiduría; pero

se habia inclinado acaso mas de lo justo á las ciencias y literatura

profanas, con cuyo motivo la aconsejaba su amiga la trinitaria Filotea

que, sin dejar la lectura de los filósofos y poetas, se consagrase con

preferencia á las letras divinas y á la práctica de la virtud; porque

“ciencia que no alumbra para salvarse, Dios que todo lo sabe la califica

por necedad.” “Lástima es que tan grande entendimiento, añade Sor

Filotea, de tal manera se abata á las rateras noticias de la tierra, que

no desee penetrar lo que pasa en el cielo.”

Algun tiempo despues, unos dos años ántes de su fallecimiento, se

verificó en la vida de Sor Juana Ines un cambio radical y definitivo; se

desprendió de su pasado, si asì podemos decir, rompió todos los lazos

que la sujetaban á las profanidades de la tierra, se sobrepuso con

voluntad heróica á la necesidad y á la costumbre del contacto con los

doctos y grandes del mundo, y se dió completamente á la mística.

Entónces, y no desde el principio de su clausura, como algunos han

escrito, comenzó nuestra religiosa su vida de austeridad y penitencia.

Cuál haya sido la causa de tan súbita y grande mudanza, no es posible

decirlo con absoluta certeza. ¿Fué talvez la pérdida de alguna cara

ilusion que guardaba en el secreto de su celda? ¿fué por entónces

arrebatado de la muerte el amante, ya moralmente perdido para ella en la

sociedad, pero todavía objeto del silencioso culto que un corazon

ardiente no puede á veces dejar de rendir á su ídolo, aunque le vea

caido ó sobre otro altar colocado? ¡Ay! de cuántas maneras, ademas de la

muerte, se pierde lo que se ama, sin que se apague la pasion!... ¿Fué

por ventura el orígen del cambio algun otro desengaño superior al que la

obligó á cubrirse con las tocas monjiles, alguna demostracion inesperada

de una de esas certidumbres crueles que restregan y allagan el delicado

corazon de la mujer hasta matarlo? ¿fué el acìbar que derramaron en sus

entrañas la murmuracion y la calumnia, eternas enemigas de la virtud y

del saber? ¿fué el efecto que produjo al cabo la constante exhortacion

de sus amigos que, como Sor Filotea y aun mas que ella, deseaban se

entregase absolutamente á la contemplacion devota y práctica del rigor

ascético? Cualquiera cosa que haya sido, la verdad es que se la vió

trocada de sabia en santa. Su fervor para el estudio se convirtió en

estremado celo por los ejercicios piadosos. Le parecia que hasta

entónces habia vivido “no solo sin religion, sino peor que pudiera un

pagano.”

Vendió su librería, cuyo precio distribuyó entre los pobres, cambió los

instrumentos de las ciencias y su amada lira con los cilicios y la

disciplina, y llegó su exaltacion en la via del ascetismo hasta firmar

con su sangre la protestacion de fe con que dió principio á su

santificacion. Siempre son así las almas apasionadas: no conocen la

templanza, ó no la juzgan virtud; el fuego en que se encienden las

impulsa á volar, á precipitarse, y ó se disparan al cielo ó se hunden al

abismo, siempre con la presteza del rayo.

Era imposible que tamaña alteracion no amenguase la salud de la

religiosa. Ya sabemos el efecto que la hizo la privacion temporal de sus

libros; pues la misma causa y en mayor grado, debió traer funestas

consecuencias. Tarde comprendió el confesor el daño que el exceso de

penitencia traia á la madre Juana, y trató en vano de moderarla. Nunca

fué demasiado robusta, y fácilmente vino á dar en achacosa.

Por el año de 1695 se introdujo en el monasterio de San Gerónimo una

fiebre que diezmó terriblemente la comunidad. Buena ocasion se le

ofreció á Sor Juana Ines para ejercer la caridad, y la aprovechó; pero

su estenuacion y el contacto frecuente con las enfermas no tardaron en

hacer que tambien se contagiase. Esta noticia alarmó y afligió á todo

Méjico, y miéntras los mejores médicos agotaban su ciencia por salvar la

vida de la insigne monja, las iglesias estaban llenas de gente que oraba

por ella, se hacian rogativas públicas y las campanas tocaban plegarias.

Todo fué inútil: Dios habia dispuesto apagar ese brillante lucero en la

tierra para encenderlo en el cielo; el 17 de abril del mismo año no

quedaban de la Décima Musa sino el cuerpo inanimado, próximo á

convertirse en polvo, y el nombre venerado por sus compatriotas y

expuesto, no obstante, á ser presa de la ingratitud y del olvido.

Las exequias que se le hicieron fueron suntuosas, y es grande el número

de poesías que en América y España se escribieron en su elogio.

VI

Sor Juana Ines de la Cruz, segun su gran talento, vasta instruccion y

rara facilidad de producirse, escribió relativamente poco. Sinembargo,

dejó muy considerable número de poesías líricas, unas cuántas loas,

género á la moda en su tiempo, varios autos y dos comedias. Entre las

primeras están incluidos muchos villancicos, graciosos juguetes

destinados al canto y que bien pudieran llamarse populares.

Sus obras en prosa son cortas en número y extension: un juicio crítico,

ó sea crísis sobre un sermon, una carta á Sor Filotea, la descripcion de

un arco triunfal, y varias oraciones y ejercicios piadosos.

El todo forma tres tomos en cuarto menor, debiendo advertirse que el

ùltimo, que lleva el título de “Fama y obras póstumas del Fénix de

Méjico &,” contiene como una tercera parte de prosa y versos de otros

autores en alabanza de la poetisa.

Hemos apuntado en otra página que Juana Ines vino por desgracia al mundo

en los dias nefastos para la literatura española, como una flor que

debió nacer en la primavera y nació en el invierno cuyo cierzo le

arrebató buena parte de su fragancia.

El mal gusto que apareció en la Penìnsula y se desenvolvió á la sombra

de la fama de Góngora y con el poderoso esfuerzo de su mal empleado

ingenio, fué una plaga universal: Italia, Francia é Inglaterra no

pudieron librarse de ella; si bien no fué de tanta magnitud ni tan

prolongado el feo achaque en estas naciones como en la desgraciada

España, donde, por consiguiente, causó mayores estragos. Fué acaso

porque Marini, Ronsard y John Lilly se quedaron muy atras del innovador

cordovés en punto á grandeza y vigor de talento.

El trato asiduo de los clásicos latinos era comun á españoles é

italianos, ingleses y franceses. Creyeron todos ellos que no era dable

hallar ninguna otra fuente de bellezas literarias, y la falta de cordura

en los estudios á que se aplicaron les produjo, si se puede hablar así,

una indigestion de latinismo. De aquí nacieron, no solamente el prurito

de dar al lenguaje un giro y saborete ajenos de su propia índole, sino

los ridículos relumbrones del estilo, aquel extraño tejido de extrañas

frases, aquel hacinamiento de oscuras imágenes y torcidos conceptos,

aquella afectacion y pedantería insoportables en todo y por todas

maneras.

Los maestros del clasicismo fueron y son excelentes, y ántes como

despues de la invasion del mal gusto que bosquejamos, tuvieron

discìpulos que, siguiéndolos paso tras paso, llegaron á alcanzar alta

nombradía. Comprendieron muy bien que la literatura clásica es

esencialmente imitadora, y nunca se atrevieron á partir por otros

caminos que por los trazados y conocidos. Pero asomaron ciertos ingenios

que dieron en la singular locura de querer mostrarse originales sin

dejar de ser copistas. Como tal pretension era imposible de realizar,

los esfuerzos de todos ellos produjeron lo que debieron producir:

adefesios y tonterías que les dieron, tras un momentáneo aplauso,

descrédito perpetuo.

Bien examinada la historia de la literatura española, la escuela

culterana tuvo sus principios algun tiempo ántes de la aparicion de

Góngora, y siendo este muy jóven todavía, el justamente afamado Herrera

presentó, como observa M. Ticknor, algunos gérmenes del dañado gusto que

mas tarde habia de ser tan extenso y poderoso. Góngora alcanzó la

funesta honra, si honra puede llamarse aunque funesta, de hacer que esos

gérmenes se desarrollasen y convirtiesen en el àrbol de hondas raices y

tendidas ramas que tomó el nombre de _gongorismo_.

Llegó á tal preponderancia el mal, que hubo tiempo en que su cerrazon no

dejó traslucir luz ninguna en las regiones de la poesía española. Sor

Juana Ines de la Cruz floreció noventa años despues de Góngora, y

habria sido maravilla no verla contaminada de los vicios dominantes que

la rodearon desde el instante en que pisó los campos literarios.

Sinembargo, no fué del todo culterana, sino que participó de la secta

conceptista y sutilmente artificiosa anterior á Góngora. El carácter de

las locuras de este innovador se ve fielmente trasladado al _Sueño_ que,

imitándole, escribió nuestra monja. Cosa no extraña, por cierto, la

autora daba preferencia al incomprensible _Sueño_, largo y asaz enojoso,

sobre sus demas producciones, y el mismo aprecio mereció de los

_entendidos_ de su tiempo. Uno de estos dice elogiándole:

“Lo enfático á vuestro _Sueño_

Cedió Góngora, y corrido

Se ocultó en las _Soledades_,

De los que quieren seguirlo.”

En verdad, la discípula venció al maestro: nos parecen ménos oscuras las

_Soledades_ que el _Sueño_. Otro elogiador desea que tamaña maravilla

tenga un hábil intérprete que la desenmarañe, y un tercer apasionado

ensalza, por fin, las perífrasis, fantasías y sutilezas “con que hubo

por fuerza de salir profundo (el _Sueño_,) y por consecuencia difícil de

entender para los que pasan las honduras por oscuridad.”

Al saberse que Sor Juana Ines participò de los defectos y vicios de los

cultos y conceptistas, fácil es juzgar cuál sea el carácter censurable

de sus poesías; pero, ademas, se nota en muchas de ellas una fastidiosa

erudicion histórica y mitológica, la aplicacion inoportuna de términos

científicos y artísticos, falta de nobleza en varios asuntos, que no

tienen otro objeto que dar años á los vireyes y grandes, derramando á

manos llenas la adulacion; cansada monotonía en largos trozos; hasta

prosaismo, flojedad, carencia de armonía en no pocos versos, y bastantes

descuidos en el lenguaje, con ser, por lo general, puro y castizo en la

fácil pluma de Sor Juana. No debemos pasar por alto en esta breve

censura el mal gusto de introducir trozos burlescos en las piezas mas

serias, y hasta puerilidades ridículas. En un villancico á San Pedro

Apóstol hay unas coplas que comienzan con esta:

“Válgame el _Sancta Sanctorum_,

Porque mi temor corrija:

Válgame todo el Nebrija,

Con el _Thesaurus verborum_.

Este sí es _gallo gallorum_

Que ahora cantar oì,

Qui qui riquí.”

En otros villancicos dedicados á San Pedro Nolasco, se halla un diálogo

que empieza:

“_Hodie Nolascus divinus_

_In cœlis est collocatus._

Yo no tengo asco del vino,

Que ántes muero por tragarlo.”

Otras veces imita el dialecto de los negros esclavos, ó bien mezcla la

lengua española con la mejicana, y en fin, profana á un tiempo su propio

talento y el asunto mas digno de veneracion con despropósitos y miserias

de la laya, increibles en una escritora como Sor Juana Ines, tan llena

de prendas intelectuales y de claro juicio.

Quizás tantos y tan graves defectos hayan dado ocasion á juzgar que ha

sido inmerecida la fama de nuestra monja; pero, con venia del lector,

comenzaremos la defensa de ella aplicando al caso un verso del célebre

Quintana, sin mas que el cambio de un nombre: todos esos mortales

pecados literarios,

“Crímen fueron del tiempo, no de _Juana_.”

En todos los escritos de esta, hasta en algunos de los mas defectuosos,

se trasluce un talento nada comun. Su corazon de mujer espiritual y de

mundo al mismo tiempo, fué ardiente y apasionado, y desde su fondo

brotaban centenares de versos llenos de aquel no se qué inexplicable que

se comunica á otros corazones, y no pertenece ni á las calidades del ser

material ni al vulgo de los poetas: es la poesía hija de una naturaleza

superior, y que se manifiesta sin esfuerzo ninguno dominando al arte, no

la poesía que necesita del arte para levantarse y dominar. Su

pensamiento es profundo, y cuando se muestra desembarazado de los

defectos de la forma, agrada generalmente y deja impresion duradera en

el ánimo. Su imaginacion rica, flexible é inquieta, bien pudiera

compararse con el céfiro, con el colibrí, con la abeja: vuela entre las

flores, besándolas, halagándolas, esparciendo á veces sus pétalos por el

suelo, y siempre hurtándoles el aroma y la miel. Sinembargo, se

distingue con frecuencia cierta gravedad en el fondo de sus poesías,

gravedad que proviene de su tendencia congénita á pasar de la

superficie al centro de las cosas: del color de las rosas á la esencia;

de la armonía á la causa que la produce; de las bellezas del cuerpo á

las del espíritu; de las condiciones de la vida material á la filosofía

moral. Sor Juana Ines comprendió muy bien que la poesía no era para el

deleite pasajero de un sentido externo, sino para seducir y avasallar el

alma á fuerza de estimular sus afectos, de hacerlos arder, de hacerlos

hervir al sagrado fuego de las musas. Quien no consigue producir tales

efectos, no es poeta; quien permanece frio al influjo del poeta, es un

desdichado de alma de trapo.

La asombrosa facilidad de versificar llevó á Sor Juana á emplear gran

número de metros, cual si á posta hubiese querido jugar con todas sus

dificultades; mas de aquí, de esta confianza absoluta en su facultad

métrica, vino el que muchas veces obrase con descuido ó negligencia.

El mérito mas bien fundado de la poetisa se halla en sus producciones

líricas; y entre estas las mas lucidas son aquellas en que ha espresado

afectos amorosos y tiernos, de donde ha nacido que la juzgásemos tocada

del fuego de Eloisa, porque nos parece de todo punto imposible que, sin

sentirla, se pinte bien una pasion. El amor no se finge, y si se finge

nunca se le puede pintar como verdadero: al traves de todos los

lineamentos y de todos los colores se descubre el esqueleto del engaño

que no puede alucinar si no es á quien quiere alucinarse. Quizás algunas

veces se poetise obligado por ajena voluntad, como asegura Sor Juana;

pero si en la obra no entra el albedrio del escritor, sí entran por

cierto su afecto y pensamiento, porque son los materiales de que por

fuerza ha de valerse, so pena de producir una obra chavacana que le

desconceptúe.

En todas, ó casi en todas las poesías del género de las que nos ocupan,

ha esparcido Sor Juana Ines cierto tinte de dulce melancolía que sirve

tambien de confirmacion á nuestras sospechas y juicios y de verdadera

disculpa á su encierro en el claustro, en tan temprana edad y con

manifiesta violencia de su carácter. Podríamos citar muchos versos en

testimonio de nuestro aserto. Véase á lo ménos el soneto que comienza

con este cuarteto:

“Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,

Como en tu rostro y tus acciones via

Que con palabras no te convencia,

Que el corazon me vieses deseaba.”

En todo él está pintada la pasion con pinceladas vivas y conmovedoras.

Véase tambien el soneto tercero de la coleccion que va en seguida, en el

que despues de una dulce y tierna queja, parece que la poetisa alcanza

un instante de consuelo y prorrumpe estos bellos versos:

“No sé conqué destino prodigioso

Volví en mi acuerdo y dije: ¿Qué me admiro?

¿Quién en amor ha sido mas dichoso?”

Pero sobre todo, el alma de la jóven está retratada con toda la fuerza

del amor concentrado que la abrumaba, en el bellìsimo soneto cuarto, que

comienza:

“¡Detente sombra de mi bien esquivo!”

¿Puede espresarse de la manera que lo hace Sor Juana en estos versos

quien no se siente penetrado de una vivísima pasion? ¡Oh, no! Si así

fuera, tendríamos que convenir con un absurdo, con que el arte que sabe

concertar las palabras y producir la armonía, tiene tambien la virtud de

arrancar del corazon afectos que no conoce. ¡Oh, no! repetimos; quien

pretenda convencernos enséñenos los granos de oro extraidos de una mina

de hulla.

Otras veces la poetisa, en aquel estado del alma enamorada en que la

sacuden al mismo tiempo el deseo y el temor, la desconfianza y la

indecision, pinta los afectos de la pasion con desenfado y melancólica

gracia, como en las cuartetas que comienzan:

“Este amoroso tormento

Que en mi corazon se ve,

Sé que lo siento, y no sé

La causa por qué lo siento.

“Siento una grave agonìa

Por lograr un devaneo,

Que empieza como deseo

Y acaba en melancolía.”

En las endechas se siente el mismo calor, se percibe el mismo aroma, se

oye la misma voz apasionada. En una de ellas dice:

“De tu rostro en el mio

Haz amorosa estampa,

Y mis mejillas frías

De ardiente llanto baña.”

***

Recibe de mis labios

El que en mortales ansias

El exánime pecho

Ultimo aliento exhala!”

En los “Sentimientos de una ausencia” y la “Satisfaccion á unos celos,”

se miran, prescindiendo de algunos de los defectos de que ya hemos

hablado, abundantes oleadas de amor y sentimiento que conmueven y

arrebatan. Rasgos como los siguientes hay varios en la primera de esas

poesías:

“Si ves el cielo claro,

Tal es la sencillez del alma mia;

Y si, de azul avaro,

De tinieblas se emboza el claro dia,

Es con su oscuridad y su inclemencia

Imágen de mi vida en esta ausencia.

Mas ¿cuándo ¡ay gloria mia!

Mereceré gozar tu luz serena?

¿Cuándo llegará el dia

Que pongas dulce fin á tanta pena?

¿Cuando veré tus ojos, dulce encanto,

Y de los mios secarás el llanto?

Esta composicion nos trae á la memoria la celebrada cancion de Mira de

Améscua, que presenta tantos objetos de la naturaleza como símiles de

las diversas faces de su triste suerte.

De igual mérito es la segunda de las piezas citadas. ¡Qué pasion, qué

ternura tan inocente, qué vigor de espresion la de este par de

estrofas!

“Si otros ojos he visto,

Mátenme, Fabio, tus airados ojos;

Si á otro cariño asisto,

Asìstanme implacables tus enojos;

Y si otro amor del tuyo me divierte,

Tú que me has dado vida, me des muerte.

Si á otro alegre he mirado,

Nunca alegre me mires ni me vea;

Si le hablé con agrado,

Eterno desagrado en tí posea;

Y si otro amor inquieta mi sentido,

Sáquesme el alma tú que mi alma has sido.”

Lector, pon la mano sobre el corazon, y si no le sientes agitado despues

de la lectura de esos versos, confiesa que le tienes de mármol.

En otras composiciones finge la poetisa el dolor de una mujer que ha

perdido á su esposo, y da paso franco á un torrente de llanto y llamas

que no puede contener en el propio corazon. Comienza con estos muy

significativos y valientes versos.

“A estos peñascos rudos,

Mudos testigos del dolor que siento,

Que solo siendo mudos

Pudiera yo fiarles mi tormento,

***

Quiero contar mis males, &.”

Espresa luego en medio de un dolor delirante que, para mitigarle con la

memoria de algun mal, habria querido que el esposo hubiese sido ménos

amable y ménos fiel. Exajeracion hay sin duda en el pensamiento, pero

mucha verdad en el modo de espresarlo:

“¡Quién tan dichosa fuera

Que de un agravio indigno se quejara!”

¡Quién un desden llorara!

¡Quién un alto imposible pretendiera!

¡Quién llegara de ausencia ó de mudanza

Casi á perder de vista la esperanza!

¡Quién en ajenos brazos

Viera á su dueño, y con dolor rabioso

Se arrancara á pedazos

Del pecho ardiente el corazon celoso!”

¡Qué versos todos! pero especialmente ¡qué versos los cuatro últimos!

son brasas desprendidas de la hoguera del corazon. Espronceda nos habia

sorprendido con su esclamacion en el “Canto á Teresa:”

“Huid, si no quereis que llegue un dia,

En que enredado en retorcidos lazos

El corazon, con bárbara porfía

Lucheis por arrancároslo en pedazos.”

***

“Yo escondo con vergüenza mi quebranto,

Mi propia pena con mi risa insulto,

Y me divierto en arrancar del pecho

Mi mismo corazon pedazos hecho;”

pero los quilates de estos versos han rebajado bastante, á nuestro

juicio, desde el punto en que hemos dado con los de la vehemente

religiosa.

Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz · 第 2 / 17 段