Un dia el marques de Mancera entró en tentacion de someter á

OBRAS SELECTAS

DE LA CELEBRE

MONJA DE MEJICO,

SOR

JUANA INES DE LA CRUZ,

PRECEDIDAS DE SU BIOGRAFIA Y JUICIO

CRÍTICO SOBRE TODAS SUS PRODUCCIONES,

POR

JUAN LEON MERA

[Illustration: colofón]

QUITO.

IMPRENTA NACIONAL.

1873

_A la cara memoria de mi amigo

el distinguido jurisconsulto_

Doctor Don Ramon Miño,

_consagro respetuoso

mi corto trabajo en este libro_.

J. LEON MERA.

FE DE ERRATAS.

PÁG. LINEA. DICE. LÉASE.

VI 1 de la Sor de Sor.

XXI 20 sus plumas su pluma.

XXVIII 24 en la misma es la misma

23 12 quereses; quereres;

30 19 no me vistas de no me vistas la

41 3 su vista su vista.

Id. 22 En en En el

46 21 pretendo pretende

106 14-15 venia mia venia mía.

No lo hagais No la hagais

272 27 estais esteis

Las demas erratas que se hallaren serán advertidas y corregidas por el

buen juicio del lector.

[Illustration]

BIOGRAFIA

DE

SOR JUANA INES DE LA CRUZ,

Poetisa mejicana del siglo XVII,

Y JUICIO CRÍTICO DE SUS OBRAS.

[Illustration]

I

El sexo llamado débil y mirado con desden, especialmente al considerarle

por sus facultades intelectuales, ha venido de siglo en siglo, ántes y

despues de la era cristiana, dando pruebas de que ese desden ha sido

injusto, y protestando á la faz del mundo contra él.

El hombre que se ha llevado para sí toda fuerza y todo poder en la

sociedad, relegando á la mujer á una region inferior, no ha podido en

ningun tiempo hacer que se eclipse del todo en el alma femenina el

destello de luz que, junto con la existencia, recibiera de la mano de

Dios.

¿Afirmaremos esta verdad con hechos históricos? No hay necesidad: ¿quién

la niega en nuestros dias? Ya se confiesa francamente que la mujer no es

una _cosa_, que tiene alma, que sabe pensar, elevarse y ennoblecerse,

que posee derechos propios y que su destino en la humanidad está

nivelado con el del hombre, su _compañero_, no su _señor_ y _dueño_.

Prescindamos, pues, de una erudicion intempestiva, y limitémonos á

breves reminiscencias cuando vengan ajustadas al agradable tema en que

vamos á ocuparnos: la vida de una célebre mujer y las obras con que

inmortalizó su nombre y honró á su patria.

II

El siglo que dió á la literatura francesa las Sevigné y las Dacier, dió

también á la española las Záyas de Sotomayor en la península y las Sor

Juana Ines de la Cruz en América.

¿Quién fué esta religiosa?

Sabíamos que hácia los últimos años del siglo XVII habia florecido en la

tierra de Anahuac un notable ingenio poético llamado de aquel nombre.

Pero á esto solo se hallaban circunscritas nuestras noticias:

conocíamos, pues, un nombre; esto es, no conocíamos nada. ¿Quién puede

preciarse de saber el contenido de un libro porque aprendió su título de

memoria?

Con todo, un nombre de mujer, y de mujer americana, fué motivo bastante

poderoso para dispertar nuestras simpatías por ella, y hacernos desear

el conocimiento de sus obras.

Por aquel tiempo leimos la excelente “Historia de la literatura

española” por M. Ticknor, y encontramos mentado el nombre de la monja de

Méjico precedido del epíteto de _célebre_. En una nota, al pié de la

página, se la llama la _Décima Musa_ y se citan sus _poemas_ dados á la

estampa en Zaragoza de 1682 á 1725, en tres tomos en 4º; mas al fin se

han puesto estas líneas tomadas del “Semanario pintoresco” del año 1845:

“Sor Juana Ines de la Cruz, mas notable como mujer que como poeta, nació

en Guipúzcoa[A] en 1651, y murió en Méjico en 1695.”

Ser célebre y merecer el dictado de décima musa, son cosas incompatibles

con el juicio fatal que encierran estas últimas palabras.

Un calificativo honroso en boca de M. Ticknor es tìtulo valioso:

difícilmente el concienzudo literato anglo-americano pudo haber

concedido celebridad á quien no la tenia. En lo de haber levantado á la

monja al coro de las piérides, no teniamos confianza, porque era obra de

sus contemporáneos y, sobre todo, de un tiempo en que la hipérbole fué

condicion precisa del elogio, y este se habia abaratado por estremo en

el mercado de las letras castellanas. Por otra parte, juzgábamos que los

autores del “Semanario pintoresco” no se habrian atrevido á echar á

volar su parecer acerca de una poetisa que les pertenecia, sino con

pleno conocimiento de sus obras, y fiados en muy sano criterio.

Una mujer, una americana habia escrito versos á fines del siglo XVII.

Esta rareza llamó acaso la atencion de M. Ticknor, mas que el mérito

real de esos versos, y le hizo soltar en su “Historia de la literatura

española” una palabra de tanta significacion. El que halló en la misma

autora mayor mérito en la mujer que en el poeta, tuvo, pues, acaso mas

razon. El sexo sirvió en cierta manera à las letras, no estas al sexo;

la hechura, aunque asaz imperfecta, se hizo notable á causa de la

deficiencia del instrumento en ella empleado. Ademas, las notas de la

obra citada, ¿no son puestas por el mismo M. Ticknor?

A tales reflexiones nos condujo nuestra sindéresis. La simpatía

vacilaba, pero era mas ardiente el deseo que abrigábamos de conocer las

poesías de Sor Juana Ines. El velo de la ilusion no se habia rasgado del

todo, aunque presentíamos que iba á desaparecer una estrella del cielo

americano, y esto nos causaba enojo. La ruptura entre nuestro primer

pensamiento sobre la autora y nuestro juicio posterior, entre el afecto

que habia anidado en el corazon y el rayo de luz que aclaraba el

entendimiento, nos parecia inevitable.

Por dicha nuestra, ántes que las obras de la religiosa mejicana, nos

vino á las manos otro libro precioso por muchos respectos: “La mujer,”

por don Severo Catalina. En una de sus páginas salpicadas de diamantes

extraidos de las minas del corazon y de la inteligencia, encontramos

unos versos. ¡Versos de la Sor Juana Ines de la Cruz, llenos de poesía

y de verdad, inspirados por un profundo sentimiento de indignacion

contra la injusticia del hombre, y de justicia en pro de la mujer!

Entre esos versos hay esta cuarteta:

“Pues ¿para qué os espantais

De la culpa que teneis?

Queredlas cual las haceis,

O hacedlas cual las buscais.”

“Estos versos, esclama el señor Catalina, pueden constituir un tratado

importantísimo de filosofía y de moral.”

Cierto; y ellos constituyen, ademas, un valiente reto dirigido á

quienes, concupiscentes, matan la virtud de las mujeres, y necios, se

lamentan de no hallarlas con las prendas que han destruido con sus

propias manos.

La belleza poética y la belleza moral de esos versos nos entusiasmaron,

y Sor Juana Ines fué restituida al honroso pedestal de que la habiamos

bajado á causa de la cavilacion en que nos pusieron las palabras del

“Semanario pintoresco.”--Esa poesía, nos dijimos, no la produce sino un

poeta; esa verdad no es hija de una alma vulgar: Sor Juana fué, sin

duda, mujer de gran talento, y sus obras deben ser dignas de ella.

Este juicio, ya por demas favorable, vino á robustecerse con la honrosa

memoria que de la _Monja de Méjico_ hace el insigne historiador moderno,

César Cantú, y con las biografías de la misma que consultamos

posteriormente. Mas el criterio fundado en el dicho de otros autores,

por muy acreditados que sean, es con frecuencia inseguro; ó por lo ménos

es indudable que vale mas la luz obtenida por medio de las observaciones

propias, aunque sea corta, que la que se recibe por la reflexion de

agenas inteligencias. ¡Las obras! veamos las obras de la Monja! Y tanto

mayor era el deseo de verlas, cuanto los escritores citados la atildan

de gongorista, y queriamos que nos constase este pecado de una poetisa

por quien ya ardiamos de entusiasmo.

¡Las obras! las obras de la _Décima Musa_! ¿Dónde dar con ellas en

nuestra tierra en que es tan difícil hallar libros antiguos y en que

casi no existen bibliotecas públicas? Sin embargo, las buscaremos;

nuestras diligencias no serán infructuosas; leeremos esas obras con el

interes que cumple à un americano, y sin duda hallaremos en ellas mucho

bueno. Sí, es imposible que Sor Juana Ines no haya producido mucho

bueno. El gran ingenio que se estraviò imitando á Góngora en lo malo, ha

debido imitarle tambien en lo excelente, ó no es un gran ingenio, y no

es la poetisa celebrada por Ticknor y Cantú.

Las perlas sacadas del fondo del mar no son para que yazgan

perpetuamente sepultadas en el fondo de un cofre, y, sinembargo, tal es

la suerte que á muchas cabe. Así sucede tambien con algunas producciones

del talento, y quizás tan mal destino ha cubierto con sus sombras las de

la monja mejicana. Celebradas con calor cuando aparecieron, brillaron en

la corona de la Nueva España por cortos años. Cambiáronse los tiempos;

al exceso de mal gusto del siglo culterano se siguió el rigor de la

reaccion literaria, y la sociedad, avara é injusta, encerró esas joyas

en el cofre del olvido, confundiéndolas sin discernimiento con las

zarandajas y pepitorias ridículas que en verdad abundaron en España y

América con lastimosa profusion. Busquémos, pues, los cantos de la

arrebatada musa de Nueva España, busquémoslos como otros buscan el oro

que la avaricia cubrió de tierra por sustraerle de las miradas de la

necesidad.

III

Grande amor hemos profesado siempre á nuestra América, tan rica y tan

hermosa, y á esta pasion ha correspondido nuestro entusiasmo por sus

glorias. Cuando tratamos de ellas, Méjico, Colombia, Venezuela, Ecuador,

Perú, Bolivia, Chile, todas las naciones del mismo orígen y que viven de

la misma vida intelectual y moral en el Nuevo Continente, constituyen

para nosotros una sola patria. Los lazos de la lengua y literatura son

poderosos por naturaleza; pero en América han adquirido mayor grado de

robustez, especialmente desde su emancipacion política, porque desde

entónces los americanos han formado un grupo aparte, diremos así, de

ideas íntimas é intereses vitales muy diversos de los de la madre

patria.

De este amor americano nacia principalmente nuestro anhelo de conocer

las obras de Sor Juana Ines de la Cruz. Ya presentíamos, alumbrados por

la muestra que habíamos visto, como acabamos de insinuarlo, que serian

dignas de todo elogio, y honrosas para Méjico y toda la América

española. Las producciones que brotan en este adorado suelo son frutos

de una misma huerta, sazonados por un mismo sol y destinados al

alimento y deleite de una sola familia.

Un dia tuvimos un verdadero gozo: dimos con el tesoro que buscábamos.

Nuestro querido amigo el doctor don Ramon Miño, cuya muerte lamentamos

todavía, nos lo proporcionó con su generosidad acostumbrada,

franqueándonos su selecta y abundante librería.

Para quien no hubiese tenido tantas ganas de hacer la lectura de dichas

obras, habria sido repugnante hasta el aspecto de tres tomos forrados en

pergamino, maltratados, de malísima impresion en su mayor parte y de

ortografía viciada por demas, como lo general en los libros españoles de

aquel tiempo;[B] mas nosotros emprendimos gustosos esa tarea, leyendo

hoja por hoja, párrafo por párrafo, deteniéndonos en cada estrofa y cada

línea, á fin de suplir los defectos tipográficos, errores de ortografía

y á veces hasta cambios de palabras, independientes, no cabe duda, de la

voluntad de la autora, y penetrando de esta suerte los pensamientos y

bellezas poéticas, que no son escasas.

Al mismo tiempo que íbamos buscando y entresacando de esos tres tornos

que encierran las obras completas de la monja, todo cuanto nos parecia

digno de recomendacion para formar un conjunto de sus poesías selectas,

íbamos tambien tomando datos acerca de su vida, bien de sus propios

versos y prosa, bien de lo que de ella han dicho sus panegiristas, para

añadirlos á las noticias que ya poseíamos y cumplir nuestro propósito de

escribir su biografía junto con el juicio crítico de sus partos

literarios.

El P. Diego Calleja, de la Compañía de Jesus, en la _aprobacion_ del

último tomo de los escritos de Sor Juana Ines, trae bastantes y curiosos

rasgos de su vida; pero son mas interesantes los que la religiosa da de

sí misma en una larga y recomendable carta que dirigió á Sor Filotea de

la Cruz, monja trinitaria y, al parecer, mejicana tambien. Ademas, la

dan á conocer perfectamente el propio carácter y especial movimiento y

colorido de sus producciones. Esto lo penetró muy bien uno de los

prologuistas de sus obras cuando dijo, hablando en general de los

escritores, que “se trasuntan insensiblemente al papel las facciones del

alma.” El pensamiento de Buffon, “el estilo es el hombre,” no fué, pues,

tan original que digamos.

Condicion precisa de todo letrado ingenio es trasmitir poca ó mucha

parte de su ser interior á sus obras: ellas son el espejo de las

pasiones y vida de sus autores. Esto es muy natural, porque es rarísimo

el talento de escribir lo que no se siente, sacando del tintero y no del

alma cuanto se va espresando con la pluma. Si esto sucede generalmente,

los poetas en especial no pueden contradecirse á sí mismos; y si lo

hacen, á fe que no dan á sus producciones aquel sentido, aquella

vitalidad ó espíritu que se comprende y no se esplica, y que forma la

esencia de la poesía. La estética de los hijos del Parnaso es innata;

por eso cada uno de sus versos, cada uno de sus pensamientos es hijo

legìtimo de su númen, pedazo de su propia naturaleza arrancado por la

fuerza de la inspiracion.

¿Percibis en el jardin, á la hora en que la noche comienza á descolgar

su velo sobre el mundo, un olor suavísimo y delicioso? Es la fragancia

del jazmin sacudido por el céfiro. Así es la poesía del alma sacudida

por el estro. La fragancia os da á conocer la flor: la poesía os da á

conocer al poeta.

Hemos visto algunas biografías de la ilustre monja; mas, no obstante,

juzgamos que en la actualidad no se la conoce ni de nombre cual merece

serlo. Sus obras están olvidadas; ¿se piensa que apénas son buenas para

consultadas por los eruditos? ¡Ah, qué error! tamaño error que ha hecho

que los _Parnasos_ y _Colecciones_ carezcan de ellas. Hasta el célebre

Quintana ha desterrado de la suya las poesías de Sor Ines. ¿Es posible

que no haya hallado entre estas joyas ni una sola digna de seleccion? No

puede ser: entre las que forman su _Tesoro del Parnaso_ hay algunas

inferiores á varias de las de la musa mejicana, y debemos atribuir la

omision mas bien á falta de conocimiento de estas que á falta de buen

gusto ó á injusticia.

Nosotros queremos, pues, sacudir el polvo que cubre las producciones de

que venimos hablando, escojer las mas bellas y darlas nuevamente á luz

para deleite de los amantes de la verdadera poesía. No alcanzamos la

razon que algunos tengan para aprovechar de las obras que ostentan

mérito actual, por corto que á veces sea, y ver con desprecio las que

fueron escritas en otros tiempos y cuyas bellezas, por muy acompañadas

que estén de errores y faltas, no dejan de ser bellezas de primer órden,

agradables y dignas de encomio. ¿No seria necedad olvidar el oro de

Góngora á causa de su escoria? Y eso que nadie ignora cuánto mal hizo á

la literatura castellana el autor de las _Soledades_.

IV

A pocas leguas de la ciudad de Méjico, en un pintoresco lugar dominado

por dos montes, hallábase la alquería de _San Miguel de Nepanthla_,

propiedad de don Pedro Manuel de Asbaje y doña Isabel Ramírez de

Cantillana. Hija legítima de estos honrados colonos y en aquel retiro

naciò Juana Ines el 12 de noviembre de 1651. Uno de sus biógrafos hace

notar la circunstancia de haberse verificado el nacimiento en una

habitacion llamada _celda_, para que en una celda tambien viviese y

muriese cuarenta y tres años y medio mas tarde el célebre personaje que

nos ocupa.

Tres años de edad contaba la niña cuando, gracias á su precoz

inteligencia, comenzó el aprendizaje de las primeras letras. Apénas

cumplido un lustro, sabia leer, escribir, contar y otras menudencias que

suelen aprender las niñas en mas adelantados años. A esta sazon despuntó

asimismo su amor á la poesía, pues gustaba de aprender y recitar versos

españoles, y con tan asombrosa facilidad la practicaba, que su nombre

adquiria creciente fama, y ya no era difícil prever cuan tamaña seria en

lo futuro.

La naturaleza señala al parecer el camino que ha de llevar cada criatura

en el mundo. A veces esta determinacion irrevocable permanece oculta

largos años, y asoma al declinar las primeras fuerzas de la vida:

testigos, entre otros, Richardson y Rousseau. Otras veces como que viene

cierto poder misterioso á romper el egoismo de la naturaleza, y á

manifestar el genio que yacia escondido: testigos Corregio y Ana Cowley.

“Yo tambien soy pintor,” esclamó entusiasmado el primero, y fué, en

efecto, gran pintor. “Yo tambien soy autora,” dijo con igual inspiracion

y fuego la segunda, y fué, como se sabe, célebre dramaturga. Otras

veces, en fin, madura el ingenio con demasiada prontitud, y los niños

piensan y obran como los viejos que han visto agostarse sus dias entre

el polvo de las bibliotecas y las pesadas horas de una constante

vigilia. Pero en este caso acontece por lo general que se pierde el

equilibrio entre las fuerzas del cuerpo y las del espíritu; este triunfa

desde luego, mas el otro se desbarata y cae en la tumba. Cuanto mas

grande y viva es la llama, tanto mas presto se consume la cera del

hacha.

Juana Ines fué uno de estos seres excepcionales, niños en edad y viejos

en inteligencia. No habia rayado todavía en su octavo año, cuando

llevada por la noble codicia de un libro ofrecido en premio, escribió

una loa al Santísimo Sacramento, que llamó la atencion de los

entendidos. Se cuenta que doña Gertrúdis Gómez de Avellaneda, gran honra

de las letras americanas, escribió tambien en la misma edad de la

poetisa mejicana un cuento intitulado “El gigante de cien cabezas.”

¡Cómo ha solido fecundar siempre el sol del Nuevo Mundo las

inteligencias femeninas!

Juana Ines, en su vehemente anhelo de saber, temia que algunos manjares

influyesen en aminorar su talento y memoria, y se abstenia de ellos.

Otras veces se cortaba el cabello en cierta medida, imponiéndose la

obligacion de aprender tal ó cual materia durante su crecimiento, y de

cortarle nuevamente en via de castigo si salia fallido su propósito;

porque “no me parecia razon, dice ella misma, que estuviese vestida de

cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era mas

apetecible adorno.” En mas de una ocasion rogó con instancia á sus

padres que la enviasen, disfrazada en traje de varon, á cursar las

ciencias en la Universidad de Méjico; pero como no consiguiese este

imposible, se desquitaba leyendo “muchos y varios libros” que poseía su

abuelo, “sin que bastasen castigos ni reprehensiones á estorbarlo.”

Al fin, conducida á Méjico á los ocho años, pudo hallar mas vastos

elementos de instruccion en nuevos libros, y proteccion y estímulo

poderoso; si bien parece que en el seno de su familia halló

contradicciones que vencer. Acabamos de ver que ella misma habla de

“castigos y reprehensiones,” y en otros pasajes de sus obras pudieran

hallarse nuevos testimonios sobre este punto; mas nos contentaremos con

citar las siguientes cuartetas de un romance en que habla de la

facilidad que tenia para versificar:

“Y mas cuando en esto corre

El discurso tan á priesa,

Que no se tarda la pluma

Mas que pudiera la lengua.

Si es malo, yo no lo sé:

Sé que nací tan poeta,

Que, azotada como Ovidio,

Suenan en metro mis quejas;”

y tambien este trozo de un escrito en prosa: “Lo que sí es verdad que no

negaré (lo uno porque es notorio á todos, y lo otro porque, aunque sea

contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor á la

verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razon, fué tan

vehemente y poderosa la inclinacion á las letras, que ni agenas

reprehensiones, que he tenido muchas, ni propias reflexas, que he hecho

no pocas, han bastado á que deje este natural impulso que Dios puso en

mí.”

Por la misma época en que compuso su primera loa, empezó á estudiar

latinidad bajo la direccion de un respetable sacerdote, su tio. Unas

pocas lecciones fueron suficientes para ponerla en camino; pues,

careciendo luego de maestro, su talento y aplicacion suplieron la falta,

y con admirable prontitud la lengua del Lacio le vino á ser familiar.

Careció asimismo de preceptores para las demas artes y ciencias que

llegó á poseer; pues algunas veces, cuando ha nacido el alma con cierta

superior disposicion para cosas grandes, sus facultades se desenvuelven

en la soledad y el silencio, padres de la meditacion, y las páginas de

un libro son mas provechosas que las palabras de un pedagogo. Y no

faltan, por otra parte, ejemplares de haberse maleado la generosa

naturaleza con una enseñanza errada. Raros son los maestros que conocen

la índole intelectual de sus discípulos y la guian sin extraviarla.

Los marqueses de Mancera, vireyes de Méjico á la sazon, añadieron al

timbre de su ilustre cuna y alta suposicion el no ménos distinguido de

constituirse Mesénas de Juana Ines. La proteccion que la prestaron fué

abierta y sin límites; lleváronla á vivir consigo en palacio, y la

vireina cobró tal cariño á la niña, que no podia pasarse sin verla. La

regalada vida no fué, sinembargo, como suele suceder especialmente en la

infancia, un estorbo para los estudios y la concentracion de aquel

númen, cuya condicion le arrebataba irresistible á las regiones de la

inteligencia y del espiritualismo. Por el contrario, dado á sus anchas á

su ocupacion favorita, aumentaba todos los dias su caudal de saber, y

derramaba poesía con profusion en torno suyo.

Habia cumplido los diez y siete años de edad, con la satisfaccion de no

haber perdido nunca su tiempo en frivolidades, ni de haberse pagado de

su propia belleza y gracias exteriores con menoscabo de las prendas del

alma. El tiempo es dinero, dice una moderna máxima inventada por la

codicia; pero las almas nobles parece que siempre han dicho: el tiempo

es sabiduría.

Hermosa y atractiva de cuerpo y semblante, de corazon mansísimo,

discreta en conceptos y acciones, y amable en el trato con toda clase de

personas, cautivaba fácilmente las voluntades; pero su raro saber la

atraía tambien el respeto y admiracion de cuantos la comprendian. Solo

ella, al parecer, no se conocia bastante, lo cual es dote del buen

talento, que lleva en sí joyas preciosas escondidas á sus propios ojos y

visibles á los agenos.

En aquella edad, esto es, á los diez y siete años, cuando la vida es

para hombres y mujeres un alegre mosaico de ilusiones y el corazon un

armonioso instrumento que suena al toque de cualquier afecto, el alma de

Juana Ines se hallaba nutrida de variados y sòlidos conocimientos. Era

una planta cargada de frutos precoces, mas no por esto ménos bien

sazonados que los que produce un árbol crecido y desarrollado en muchos

años. Filosofía, escritura santa, teología, historia profana, geografía,

matemáticas, lógica, retórica, física, derecho civil y canónico,

arquitectura, música, y otros ramos de ciencias y artes fueron abarcados

por su vasta y poderosa capacidad. A par de claro juicio gozaba de feliz

memoria y de facilidad de espresion. Tertuliano y San Gerónimo, San

Agustin y Santo Tomas, así como otros muchos padres de la Iglesia eran,

fuera del Antiguo y Nuevo Testamento, sus fuentes de erudicion piadosa.

En lo profano su caudal de conocimientos fué adquirido en la lectura de

los clásicos latinos, poetas y prosistas, y en los autores españoles,

reflejos de aquellos en su mayor parte. Los sucesos históricos de Grecia

y Roma, cronológicamente estudiados, y la ingeniosa mitología de esas

dos naciones, troncos robustos de la civilizacion antigua, se hallaban

prestos en sus labios para amenizar la conversacion, ó brotaban de su

pluma con tino y gracia seductores.

Un dia el marques de Mancera entró en tentacion de someter á dura prueba

la sabiduría de la jóven, y reunió en palacio mas de cuarenta personas

de lo mas ilustrado de Méjico para que la examinasen. Juana Ines, que

siempre hizo gala de su obediencia y sumision á quienes la protegian, se

rindió á los deseos y mandato del virey, y se presentó al acto

singular. Llovian sobre ella de todas partes las proposiciones y

argumentos sobre variadas y difíciles materias; mas no era vulgar

colegiala quien respondia, sino una maestra que, sobre bien fundados y

extensos conocimientos, poseía un admirable talento para comprender y

juzgar, y grande viveza de imaginacion para dar vigor y diversos

movimientos á su discurso y raciocinio. Su dialéctica era invencible

porque no era aprendida, sino obra espontánea de la razon ilustrada.

Así, pues, el triunfo que obtuvo en la controversia fué completo.

Merecen copiarse las palabras que trae su biógrafo, el P. Calleja,

refiriéndose al marques de Mancera: “A la manera, dice, que un galeon

real se defendiera de unas pocas chalupas que la envistiesen, así se

desembarazaba Juana Ines de las preguntas, argumentos y réplicas que

tantos, y cada uno en su clase la propusieron”.

Tan buen éxito, sinembargo, no dejó en el ánimo de la jóven ninguna

impresion. ¿Fué modestia? ¿fué orgullo? Acaso no quedó satisfecha de sí

misma; talvez no juzgó gran cosa el haberse sobrepuesto á quienes sabian

ménos que ella; si bien, como ya dijimos, parece que fué la única que

nunca conoció su propio valer. En todo caso, si obró la modestia, digna

fué de alabanza, y si el orgullo, harto justificado quedó.

Pudiera creerse con razon que mucha parte de la fama de Juana Ines fué

debida al tiempo en que vivió; pero si se examinan sus escritos aunque

sea á sobre peine, no es difícil descubrir en ellos, á pesar de sus

innegables defectos, hijos ellos sí del tiempo, que aquella jóven poseía

prendas naturales y conocimientos de tan genuino mérito, que hoy en dia

tanto como entónces nadie podria menospreciar, á no ser algun bárbaro.

Prueba es tambien de su mérito no vulgar el deseo de conocerla

personalmente que tuvieron los sujetos mas distinguidos de Nueva España

y de toda la América latina, y el eco que hizo su nombre en la

Península, no obstante que la condicion de americana debió influir acaso

en suscitar algunos celos. Parece que en todo tiempo se ha tenido á la

América por mas fecunda en oro y plata que en riqueza de inteligencia;

y, sinembargo, la historia prueba que si las arcas reales de España se

colmaban con los metales preciosos de las colonias, las letras no

dejaron de percibir su tributo, si relativamente corto en verdad, en

ningun caso despreciable, ya se atienda á su mérito real, ya al mismo

atraso en que por aquellos siglos se bailaba la educacion literaria de

nuestro continente.

Juana Ines nació en mala época, no cabe duda, y habria sido milagro que

no se contaminase de los vicios literarios dominantes, como lo fuera que

un cisne conservara blancas las plumas en una charca de tinta. Pero la

fuerza del talento la salvó de la completa perdicion en que tantos de

sus contemporáneos se sumieron: ha dejado versos que la recomiendan hoy

y que la harán pasar á la posteridad mas remota, y trozos de prosa en

que se paladea el puro lenguaje de Santa Teresa. Casi no hay obra suya,

aun entre las mas culteranas, que no tenga cierto sello que patentiza

una alma no comun, un corazon de oro y una fecundísima imaginacion. Así

como entre las nubes tempestuosas se ven intersticios luminosos que dan

á conocer que el sol está tras ellas, así tambien en las mas defectuosas

de las piezas de nuestra poetisa hay rasgos que revelan su genio. La

necedad y la ignorancia nunca tienen lúcidos intérvalos ni pueden

producir jamas cosa ni medianamente buena. El verdadero talento nunca se

eclipsa del todo, porque tiene algo divino, y por tanto superior á las

miserias de la tierra. Ademas de todo esto, y aunque la mayor parte de

las obras de Juana Ines estuvieran por estremo enfermas del mal gusto de

Góngora, las que se libertaron de este achaque, así en verso como en

prosa, bastarian para justificar el buen nombre de la autora.

Y ¿no sucede otro tanto con el mismo Góngora? Todo el mundo condena sus

funestos delirios que echaron por tierra la literatura española; mas

¿quién no admira sus aciertos? El famoso demoledor del buen gusto de las

musas castellanas es mas responsable por este daño causado con su

ejemplo, que por haber extraviado su propio talento; pero ¿quién se

atreverá á negarle sus insignes dotes de poeta? Atinado anduvo á fe

quien le llamó _Angel de tinieblas_. Sì, se envolvió de tinieblas, mas

no dejò de ser àngel; cayó arrastrando consigo multitud de secuaces, mas

no se confundió con ninguno de ellos.

V.

Costumbre ó necesidad española fué que los mayores ingenios, tanto en la

Península como en América, se encerraran en las claustros ò se

arrimaran, en pos de mejor suerte, á las inmunidades del altar.

Recórrase la estensa lista de los escritores españoles, prosistas ó

poetas, hasta muy avanzada la segunda mitad del último siglo, y se

hallará que la mayor parte fueron eclesiásticos, debiendo notarse que

muchos tomaron este estado ya entrados en edad y despues que habian

adquirido fama literaria en el mundo.

La vida retirada y de contemplacion debe ser muy favorable á las letras,

porque en ella se robustece el espíritu y aguza la inteligencia. En

efecto, nuestra literatura religiosa debida á Santa Teresa, frai Luis de

Leon y otros muchos varones que brillaron en la Iglesia hispánica,

muestra cuánto alcanza el talento concentrado en sí mismo y léjos de las

distracciones del mundo.

Pero el ascetismo no es para todos; ni siquiera los que á el se

consagran pueden, con bien raras escepciones, olvidarse que son

compuestos de carne y sangre. La naturaleza visible y palpable que los

rodea, el gérmen de las pasiones humanas que nunca se aniquila del todo

con los ayunos y las maceraciones, los sacan de tarde en tarde de las

mìsticas regiones para que den un respiro en las de la materia y la vida

real. El mismo frai Luis de Leon hizo mas de una vez sonar profanamente

su lira, y estudió, imitó y tradujo los clásicos latinos; y unos cuantos

otros frailes y clérigos ilustres, ó mezclaron las inspiraciones divinas

con las reminiscencias de la tierra, ó contentos con honrosos títulos y

una conducta arreglada aunque no mística, se dieron á visitar con

frecuencia los templos de Apolo y de Minerva: querian á un tiempo

asegurar su entrada en la bienaventuranza y figurar con afamado nombre

en la sociedad. Si este proceder era evangélico, ó por lo contrario

digno de censura, no nos toca examinar; nos basta confesar que creemos

hay organizaciones naturalmente inclinadas á la vida monacal, y que los

llamados á ella por un secreto y poderoso atractivo hacen muy bien de

seguirla. Debe ser cosa agradable y consoladora para quien no tiene

apego á los objetos mundanos, volverles las espaldas con noble desden,

reducirse á una sociedad de pocos individuos, acortar las necesidades

del cuerpo, satisfacer ampliamente las del alma y aspirar en el silencio

de las pasiones y el olvido de sí mismo á un bien inmenso que solo se

encuentra allá arriba.

Ceguedad de la costumbre ó impulso de la necesidad ó acaso arranque de

despecho fué lo que llevò tambien á Juana Ines de Asbaje á un

monasterio. Hallamos tal contradiccion entre su carácter revelado

claramente en sus poesías, y las austeridades del claustro, que hemos

meditado mucho por descubrir el verdadero motivo que la indujo á huir de

la sociedad mundana y cubrirse con las tocas monjiles. Dícese que la

mujer es infiel guardiana del secreto. Créase en hora buena en tal

acusacion; mas su propio corazon es un arcano que aunque nos lo quisiera

esplicar ella misma, no lo podriamos comprender. Lo único que se nos

alcanza es que miéntras mas lucido sea el talento de una mujer, mas

fogosas son sus pasiones, y por consiguiente con mayor facilidad se

sacrifica en las aras del ídolo, cualquiera que sea, que ha podido

seducirla. En la antigüedad las Safos daban el salto de Léucades; en los

siglos modernos las Eloisas se sepultan vivas en los claustros. La

naturaleza moral de las mujeres es la misma; solo las creencias y las

costumbres han cambiado; mas el resultado de sus afectos llevados al

ùltimo grado de tirantez, es el mismo tambien: es buscar con ansia

febril léjos de mundo, léjos de la vida, léjos del ruido el antídoto

contra los celos ó el dolor intenso, la calma de la tempestad que agita

el corazon; alguna cosa, en fin, que apague esa especie de electricidad

de que está poseido todo su ser y que estalla en forma de llanto, de

quejas, de ayes agudos, hasta de gritos frenéticos. La vocacion, á

nuestro ver, no se forma: es innata, y Dios la imprime en la naturaleza

humana. No es, pues, el hombre quien la adquiere; lo que el hombre hace

con frecuencia, es contradecir la voluntad de Dios y labrarse su

desgracia. Dudamos que Juana Ines haya tenido inclinacion natural á la

vida monástica, y nos atrevemos á creer que, consagrándose á ella, se

impuso un sacrificio violento por causas que no es dable penetrar, pero

que se traslucen bastante bien. Si fué desgraciada ó venturosa en el

convento, tampoco lo podemos asegurar; mas fué virtuosa y es probable

que seria feliz cuanto es posible serlo en medio de las contradicciones

de una existencia amarrada por fuerza á un yugo estraño y pesado.

Ademas, amaba con pasion la lectura y el estudio, que son tambien

elementos de consuelo y bienestar.

El _Diccionario histórico_, y, siguiendo el dicho de este, varios otros

escritores, aseguran que la resolucion de nuestra heroina fué ocasionada

por la muerte del jóven con quien iba á casarse. Nuestra opinion

concuerda bastante con esta. No sabemos cuáles sean las fuentes de donde

tal noticia se ha tomado; pero que hubo muerte, ausencia ó pérdida del

amante de cualquier modo que sea, es un hecho mas que probable.

Sinembargo, aceptando por una parte como evidentes la reparticion que la

jóven hizo de sus bienes à los pobres, y el haber esperado que muriesen

sus padres para darse definitivamente á la vida monástica, como lo

aseveran dichos autores, queremos en todo lo demas atenernos á los

contemporáneos de la religiosa y á sus propias obras; aquí, en estas

bases mucho mas seguras apoyaremos nuestro criterio. Los últimos son

contradictorios de los primeros: Sor Ines misma dice y presenta cosas

capaces de hacer vacilar al observador que no tenga el pulso necesario

para sujetarlas en la tenaza de la lógica; y no obstante, allí está la

verdad; sí, allí está; la estamos viendo: la túnica con que se la ha

cubierto es de gasa de Cos.

El P. Calleja, ántes mentado, asegura que Juana Ines nunca pensó en

casarse, y para justificar su resolucion de tomar el velo, habla con

gracia de lo caduco y fútil de la belleza exterior y de los peligros

que la rodean, “porque el verdor de los pocos años tiene su misma

ternura por amenaza de su duracion; y no hay abril que pase de un mes ni

mañana que llegue á un dia;” y porque “la buena cara de la mujer pobre

es una pared blanca donde no hay necio que no quiera echar su borron.”

El mismo Padre habla en seguida sobre lo incompatible de los estudios á

que se habia aplicado la jóven, con las obligaciones de religiosa,

obstáculo que, no sabemos cómo, allanó el jesuita Antonio Núñez,

sacerdote bien reputado y confesor de los vireyes de Méjico. A este

propósito dice la misma Juana Ines estas notables palabras: “Y sabe (su

Divina Magestad) que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento,

dejando solo la que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra

(segun algunos) en la mujer, y aun hay quien diga que daña. Sabe tambien

su Magestad que, no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi

nombre mi entendimiento, y sacrificársele solo á quien me le dió, y que

no otro motivo me entró en la religion, no obstante que al desembarazo y

quietud que pedia mi estudiosa intencion, eran repugnantes los

ejercicios y compañía de una comunidad; y despues en ella, sabe el

Señor y lo sabe en el mundo quien solo debió saber, lo que intenté en

órden á esconder mi nombre, y que no me lo permitió diciendo que era

tentacion; y así seria.” “Éntreme religiosa, dice en otro lugar, porque

aunque conocia que tenia el estado cosas (de las accesorias hablo, no de

las formales) muchas repugnantes á mi genio, con todo, para la total

negacion que tenia al matrimonio, era lo ménos desproporcionado y lo mas

decente que podia elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi

salvacion; á cuyo primer respecto, como al mas importante, cedieron y

sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de

querer vivir sola, de no querer tener ocupacion obligatoria que

embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que

impidiese el sosegado silencio de mis libros.”

Lo que dejamos trascrito pudiera ser buen testimonio de que Juana Ines

buscó en los claustros solo la perfeccion de la virtud ascética: queria

que se apagase su inteligencia y que su nombre no luciese en el mundo;

queria consagrarse toda á Dios; se humillaba, se abatia, se anonadaba.

Mas ¿cómo armonizar este procedimiento con su delirante pasion á los

estudios profanos? ¿cómo convenir en que haya llegado aquella austera

virtud á ser la reina absoluta de un corazon cuyo fuego, que nada tiene

de místico, está todavía y estará vivo y abrasador como el de la musa de

Lésbos,[C] en mas de un centenar de versos? “A la verdad, yo nunca he

escrito, dice nuestra heroína, sino violentada y forzada, y solo por dar

gusto á otros, no solo sin complacencia, sino con positiva

repugnancia”... “El escribir nunca ha sido dictámen propio, sino fuerza

ajena, que les pudiera decir con verdad: _Vos me coegistes_” ¡Qué

conflictos los nuestros! Todo esto es verdad sin duda; pero lo es

tambien lo que pensamos, y nuestra lógica está fundada en pruebas que

nos proporciona la misma poetisa...

Pero no, no es así; corrijamos nuestros conceptos que van errados. La

aficion de Juana Ines á los estudios debia producir frutos; pero estos,

si provenian de asunto sagrado, eran peligrosos, y “yo no quiero,

confiesa ella, ruido con el Santo Oficio, y tiemblo de decir alguna

proposicion mal sonante, ó torcer la genuina inteligencia de algun

lugar.”... “El cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos,

pues una heregía contra el arte no castiga el Santo Oficio, sino los

discretos con risa y los críticos con censura.”

¿Satisface esta razon? Sí que satisface, contestamos. El espíritu

religioso de aquellos tiempos que se mezclaba tanto en las menudencias

del hogar como en los mas trascendentales enredos de la vida pública,

hacia difícil el tratar ciertas materias; y entre lo sagrado que podia

abrir al escritor las puertas de una mazmorra para encerrarle por largos

años, y esto saliendo bien librado, y lo profano que deleitaba sin

peligro, no cabia vacilacion: se elegia lo segundo, por mas que hubiese

necesidad de rozarse, y á veces hasta ensuciarse (¡oh fea

contradiccion!) con el sensualismo de los paganos, tan opuesto á las

puras doctrinas del Evangelio. Juana Ines, que tenia necesidad de dar

salida á un gran caudal de pensamientos que bullian represos en su

mente, obró muy bien en levantar la compuerta de plata del lado de la

tierra, y mirar con respetuoso temor la de oro del lado del cielo. Sí,

muy bien obrò, y tanto mas cuanto, á nuestro juicio, lo profano que

aceptó por necesidad, no dañó nunca el sentimiento piadoso arraigado en

su alma.

Pero Juana Ines asegura que nunca se inclinó al matrimonio, y esos

versos de fuego, esos versos que centellean como desprendidos del hierro

candente golpeado sobre el yunque, fueron arrancados por la fuerza, casi

con violencia; ¿cómo entendemos esto? ¡Ah! ¿os acordáis de Eloisa?

Tambien se opuso al matrimonio. ¡Noble espíritu de la décima musa,

perdonadnos! vos habeis dejado impreso vuestro ser en unas cuantas

estrofas, y sois la causa de que así os juzguemos... La fuerza, la

violencia, el poder de una mano que la jóven besaba y bendecia con

gratitud, el dulce imperio de una voz para ella mágica é irresistible,

la hicieron pulsar el laud y cantar: Juana nunca pudo resistir á los

deseos é insinuaciones de su protectora la marquesa de Mancera, y de

otras personas que, por el afecto y consideracion que la merecian,

habian llegado á adquirir una suerte de imperio sobre ella. Cantó, pues,

y aunque lo hizo de la manera que lo dice, no pudo ocultar sus propios

afectos, y los trasladó á sus versos. Sea espontáneamente, ó bien por la

herida que hace el acero en la corteza, el enebro produce incienso, y no

ninguna otra resina. Para ocultar esos afectos era preciso guardar

silencio; al cantar, su aparicion era infalible. De lo contrario habria

mentido la poetisa: sus cantares fueran falsos, descoloridos,

insustanciales, frios como témpanos. Cierto, Juana Ines queria esconder

lo que sentia, y le causaba _positiva repugnancia_ aquello que debia

hacer traicion á su secreto.

Quedan, pues, en su punto nuestras sospechas. ¡Qué! sospechas, decimos,

y decimos mal: á nuestro juicio hay evidencia: Juana abrigaba una pasion

de esas vehementes, violentas, consumidoras pasiones que prenden solo en

el pecho de las poetisas formadas por el amor y para el amor. La

sensibilidad con que nacen constituye su tormento y su gloria. Aman con

delirio, padecen sin tregua, se sacrifican con heroismo; la espresion de

su cariño, sus quejas, suspiros, gritos de angustia... todos son

cantares, todos son melodías; y enbebecidas en los afectos ó en los

dolores que las dominan, no advierten que el mundo las escucha; y

absortas en su historia íntima actual, no tienden las miradas á lo

porvenir donde brilla ya la seductora estrella de su fama. El poeta es

un templo vivo consagrado á los afectos y á las ilusiones, y su propio

corazon es la víctima del cotidiano sacrificio; mas la poetisa añade

tanta ternura, tanto atractivo y misterio á ese culto sublime, que casi

siempre se hace superior, por este respecto, á su hermano de sentimiento

y de armonía.

“Deja que nuestras dos almas,

Pues un mismo amor las rige,

Teniendo la union en poco,

Amantes se identifiquen.

Un espíritu amoroso

Nuestras dos vidas anime,

Y Láchises al formarlas

De un solo copo las hile;

Nuestros dos conformes pechos

Con solo un aura respiren,

Un destino nos gobierne

Y una inclinacion nos guie”.

¿Escuchais? Es Juana Ines quien deja escapar esas veces del corazon, esa

melodía del amor.

Y estos no son los únicos ni los mas lucidos versos en que muestra su

pasion: ¡oh, no! los hemos tomado á la ventura, reservándonos examinar

mas adelante las mejores de sus poesías amorosas. Con todo, vienen muy á

cuento las siguientes cuartetas para la materia que tratamos:

“Yo me ocuerdo (¡oh nunca fuera!)

Que he querido en otro tiempo,

Lo que pasó de locura

Y lo que excedió de extremo.”

“Tan precisa es la apetencia

Que á ser amados tenemos,

Que aun sabiendo que es inútil,

Nunca dejarla sabemos.”

“Si es delito, ya lo digo;

Si es culpa, ya la confieso;

Mas no puedo arrepentirme,

Por mas que hacerlo pretendo.”

“Pero valor, corazon,

Porque tan dulce tormento,

En medio de cualquier suerte,

No dejar de amar protesto.”

He ahí una confesion que ha debido excusarnos de escribir la mitad de

cuanto en este capítulo llevamos dicho: ¡Juana Ines amaba! No importa

que no sepamos quien fué el dichoso mortal en quien fijó sus ojos esta

eminente mujer; contentámonos de saber que fué apasionada en el amor, de

entrever que no fué dichosa en él, de recelar que algun desengaño,

alguna pérdida, alguna de esas hondas penas propias de las almas

elevadas y vehementes, contribuyeron á llevarla al monasterio, asilo

frecuente, aun en dias de vivos, de las desgracias que no tienen

remedio en el mundo. Juana halló, queremos suponer, el consuelo que

buscaba, y llegó talvez á disfrutar alguna felicidad: fué virtuosa,

amaba el estudio; ya lo hemos dicho.

Poco tiempo despues de haberse colmado de gloria sosteniendo el certámen

á que fué obligada, y ántes de haber llegado á los diez y ocho años de

edad, tomó el velo en el monasterio de San Gerónimo de Méjico. Mas no

por esto rompió del todo con el mundo: era una lámpara que Dios habia

encendido para que puesta en alto alumbrara á todos los de la casa, y no

para que fuese escondida debajo del celemin. La fama de su sabiduría la

obligaba á vivir en comunicacion con las personas doctas y de encumbrada

gerarquía; era un oráculo consultado por los vireyes, los prelados, los

literatos y hombres científicos, nacionales y estranjeros, y por este

medio participaba, mal su grado, de la vida social y profana que se

agitaba allende los muros de su convento. Su sed de mayor sabiduría iba

á par del brillo de su nombre y de la admiracion general de que era

objeto, y doblaba el estudio y la meditacion. Sinembargo, no dejaba de

cumplir con puntualidad sus deberes de monja, y como “la caridad era su

virtud reina,” buscaba y aprovechaba las ocasiones de ejercerla, ya por

medio de oportunos consejos y advertencias, ya con ocultas limosnas, ya

sirviendo hasta de enfermera en el monasterio. Lo que rehusó siempre,

porque le gustaba ménos que estas santas ocupaciones, ó por juzgarlo

como ocasion de malgastar el tiempo, fué tener mando en la comunidad:

dos veces fué electa abadesa, y ambas renunció decididamente. Fué quizás

tambien obra de humildad; mas sino lo fué, bien se comprende la razon

que tendria para rechazar el dominio sobre una reducida grey de mujeres,

quien habia llegado á dominar por la fuerza del ingenio sobre toda una

sociedad lucida y numerosa.

El tino en la distribucion del tiempo lo dobla y hasta triplica, y como

Sor Juana Ines era en todo cuerda y activa, despues de las horas

gastadas en sus piadosas atenciones y en entender en los asuntos

profanos que como á sabia y literata la encomendaban, las tenia, pues,

largas para consagrarse á sus favoritas labores intelectuales y departir

á solas con sus _cuatro mil amigos_ que habia logrado reunir en su

biblioteca. Metida aquí, con leer y mas leer, estudiar y mas estudiar,

como ella misma dice; teniendo por únicos maestros los libros y por

condiscípulo el tintero, alcanzó mayor grado de perfeccion en las

ciencias y artes que ya sabia, aprendió otras y escribió unas cuantas

obras en prosa y verso.

Parece que su organismo hubiera sido hecho exprofeso para la observacion

y la meditacion: cuando no tenia el libro en las manos, hallaba motivos

de estudio en las personas que veía, en los objetos que la rodeaban, en

el suelo que pisaba, en los ángulos de un aposento, en la luz, en el

aire, en todo. “Paseábame, dice en una carta, en el testero de un

dormitorio nuestro, que es una pieza muy capaz, y estaba observando que

siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo á nivel, la

vista fingia que las líneas se inclinaban una á otra, y que el techo

estaba mas bajo en lo distante que en lo próximo; de donde inferia que

las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van á

formar una figura piramidal. Y discurria si seria esta la razon que

obligó á los antiguos á dudar si el mundo era esférico ó no; porque

aunque lo parece, podia ser engaño de la vista, &.”

A nuestro juicio, aunque en el convento escribió muchas cosas profanas,

las poesías eróticas deben referirse al tiempo anterior; pues si, como

pensamos y tenemos por indudable, quiso ahogar en el claustro alguna

desgraciada pasion, mal pudo haber atizado su dolencia en vez de

remediarla. A lo ménos no era mujer que no pudiese hacer el sacrificio

de cubrir en lo posible un sentimiento mundano con una piedad necesaria

é imprescindible.

Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz · 第 1 / 17 段