su peligrosa industria de falsa mendicidad, cojos fingidos, falsos
ciegos, etc., etc. De todo eso hay hoy también. Los castigos eran
crueles y se aplicaban con frecuencia. Maître François Villón solía
predicar la moral entre las turbas de vagabundos endiablados, al mismo
tiempo que escribía sus célebres baladas en el _jargon_ de la poco noble
«camaradería».
De Villón a los héroes de Richepin, el tipo de los _gueux_ parisienses
ha cambiado por completo.
Nuevas ideas, nuevos elementos, han producido distintos resultados.
Obsérvese con Malato cuántos cambios no ha traído, por ejemplo, la
introducción del uso de ciertos estimulantes, de alcoholes nuevos, de
bebidas que desconocieron las generaciones anteriores. Y con los
alcoholes, las negras filosofías. Existe en la alta Italia una
enfermedad que se llama _pellagra_, y que proviene de exclusiva
alimentación compuesta de _polenta_ y castañas. Así, ciertos libros han
causado en el pueblo una como _pellagra_ moral, y el principal síntoma
de la terrible dolencia es una amarga tristeza, que se revela hasta
cuando habla el alma del desheredado de la vida, del paria, por boca de
sus cancioneros.
Arístides Bruant, el aeda de los _gueux_, canta en su _Mirliton_:
T’es dans la rue, va, chez-toi!
La casa del mendigo, del hambriento, es la calle: la misma de los canes
sin dueños. Como ellos, los caídos, están en su casa, van por todas
partes en sus horribles _déshabillés_, se tambalean, se tienden en los
bancos de los jardines públicos. La miseria les arranca hasta el último
jirón de vergüenza. No son ya hombres. Y por la noche, junto a las
avenidas obscuras, cerca de los puentes solitarios, o en innominables
tabernas, quien les habla al oído es el crimen.
Bruant es un conocedor admirable de ese bajo mundo de París en que se
agitan todas las miserias que su filosofía de cancionero sabía pintar y
compadecer en su _Cabaret_.
«Yo no sé, escribe un conocedor del dueño del _Mirliton_, que nadie
comprenda mejor que Bruant, y exprese como él en su verdadero «argot» la
inconsciencia de esos parias de la sociedad, que ¡Dios mío! no son más
malos que el común de los mortales ¡y cuán interesantes!» Yo les
condenaba; pero después que les he visto de cerca y he leído a Bruant,
les excuso, y no experimento por el condenado que oye del fondo de su
celda levantar el cadalso, más que una inmensa piedad. Se quiere hacer
de la mayor parte de los criminales seres irresponsables. Serían sobre
todo inconscientes, como una de las formas de la irresponsabilidad;
pero, en todo caso, es Bruant quien ha puesto primero el dedo en la
llaga. Ciertamente, el cancionero harto disculpa las fechorías y hazañas
del «apache» y de la peligrosa compañera de éste; mas la caridad y la
compasión tienen sus límites, y la sociedad y justicia tienen que ver
como enemigos a esos sombríos desventurados que saben, entre otras
cosas, dar el _coup du père François_, lo mismo que una puñalada, al
pobre transeunte que, en hora propicia al crimen, tiene la desgracia de
pasar cerca de ellos.
En la canción de Bruant _A’ Saint-Ouen_, uno de esos parias sociales
muestra su áspera vida. En el primer _couplet_ dice cómo, en un mal día,
a la orilla del Sena, fué engendrado. Después, desde niño, está
condenado a trabajar como un negro para comer. En esa infancia no hay
una sola sonrisa. En la juventud, el amor es sencillamente canino.
Y el final:
Enfin, je n’ sais pas comment
on peut y vivre honnêt’ment,
c’est un rêve;
mais on est récompensé,
car, comme on est harassé,
quand on crêve...
l’cim’tière est pas ben loin,
á Saint-Ouen.
Es la absoluta sujeción a la fatalidad, el acatamiento a las leyes de la
suerte y la renuncia y olvido de toda esperanza. En _Heureux_, Bruant
presenta al viejo vagabundo, en tiempo de invierno. Cuando le muerde las
carnes la brisa fría y la necesidad de descansar le hace buscar un
refugio, él se va tranquilamente a meterse como un ratón en su cueva,
entre los tubos viejos del acueducto.
Et puis, doucett’ment, on s’endort...
* * * * *
Alors on sent comme un’caresse,
on s’allong’ comm’dans un bon pieu...
Et l’on rêv’ qu’on est à la messe
où qu’, dans le temps, on priait l’ bon Dieu.
La miseria en París tiene muchísimas fases. Sus tipos varían, desde el
clásico personaje de arrugado sombrero de pelo y levita indescriptible,
hasta la madre mendiga, el «apache» siniestro, el «rigolard», etc.
La caridad no puede matar tantas hambres, por más que se establezcan
lugares donde haya sopas baratas o gratuitas; y por su parte el
anarquismo, con la idea de su _soupe-conférence_, hábilmente fundada y
dirigida por los «compañeros» Rousset y Onin, mientras daba el alimento
que podía a los hambrientos, les predicaba sus doctrinas; y la lógica
les entraba por el estómago.
“El Tramp”.
Si hay un sér que tenga grande semejanza con el _atorrante_ argentino,
aparte de su mayor tendencia criminal, es el que en los Estados Unidos
se llama _tramp_.
Para hacer la comparación, baste con presentar el tipo, apoyados en
Fred. S. Root, quien ha tratado el asunto en una conferencia, hace ya
tiempo.
El _tramp_ ¿es un ladrón, un vagabundo, un asesino, un mendigo? Sí y no.
El _tramp_, como le llaman en los Estados Unidos, y especialmente en el
Canadá, es un producto extraordinario de nuestra moderna civilización.
Puede tener todos los defectos, y ser _tramp_ sin tener ninguno. Como el
_atorrante_.
El _tramp_, en su calidad de mendigo de profesión, es fácil de conocer y
de describir. Se presenta a la puerta de una villa, por ejemplo, y pide
una limosna. Su rostro inflamado denuncia una vida de _débauche_, y sus
vestidos desgarrados y en desorden son una verdadera caricatura de todo
lo que es decente y elegante; sus ojos hundidos tienen miradas
agresivas, y cuando se fijan, parecen decir: «Dame de comer pronto, o
quemo tus establos y la casa, y asesino al dueño».
El _tramp_ vagabundo es perezoso, borracho muy frecuentemente, lleno de
todos los vicios, y de un trato brutal. En una palabra, es el terror de
los lugares poco poblados, y el problema de las grandes ciudades.
Una ciudad de Massachussets solamente ha alojado 852.000 _tramps_, los
cuales, con muy pocas excepciones, debían su estado a la intemperancia.
Existe, sin embargo, otra especie de _tramps_, que no pertenece a la
clase de los _tramps_ mendicantes: es el _tramp_ por fuerza, digámoslo
así.
El _tramp_ puede reunir en sí todo lo que hay de abominable, puede tener
todas las depravaciones y todos los vicios; pero es un hecho innegable
que el _tramp_ obrero ha sido obligado a serlo, a causa de los cambios
industriales de este siglo.
Hace cincuenta años, el _tramp_ no existía en la Nueva Inglaterra. ¿Por
qué existe hoy, y por millares? Al procurarse una civilización más
refinada, ¿los hombres han llegado a ser más indolentes? ¿Es acaso por
decreto de la providencia, que el _tramp_ está llamado a invadir la
América entera? ¿El _tramp_ llega a serlo, por no ser suficientemente
inteligente para luchar con quien lo es más? ¿El cristianismo del siglo
XIX tiene una palabra para el vagabundo? Son estos problemas de no fácil
solución.
¿Por qué en América, donde el suelo es generoso hasta la prodigalidad,
hay hombres hambrientos, miserables y desesperados? ¿No hay campos que
ondulan verdaderos mares de trigo?
Hay sus causas indudablemente. Esos _tramps_ que no lo son sino por
necesidad, han pertenecido al gremio de los trabajadores, y aun querrían
volver al seno de la clase obrera; pero las máquinas han vuelto
inútiles los _útiles_, e inútiles a muchos obreros.
Ejemplo: En los Estados Unidos se puede atravesar a caballo las grandes
llanuras de California y de Dakota, milla por milla, sin encontrar la
más humilde habitación, _allí donde antes de la invención de las
máquinas agrícolas se encontraban miles de hombres_.
Es verdad que las máquinas contribuyen, al fin, a la distribución de la
riqueza, que hacen bajar los precios de los productos y los ponen al
alcance de todas las bolsas; pero es un hecho también que los primeros
efectos de la introducción de las máquinas tienden a privar a los
obreros de su única fortuna: el trabajo.
Es de notar, sí, que la pobreza y el poco éxito del _fermier_ inglés son
debidos a la falta de máquinas propias para dar impulso a la producción
de sus tierras.
Por la sola razón de las máquinas, millares de obreros son despedidos de
las fábricas; las máquinas que reemplazan a los trabajadores pueden ser
manejadas por pocos empleados. Eso mismo establece un enorme aumento de
cesantes en todos los centros industriales, de desempleados que no
encuentran empleo. Los obreros van de ciudad en ciudad, en espera de
encontrarlo. No lo hallan, se desazonan y se deslizan por la pendiente
que les hace caer en la dantesca región del _tramp_.
No todos los _tramps_ pertenecen a esa clase, en verdad; pero un gran
número de ellos, sí. En 1885 se vió el caso de que hubiesen 100.000
hombres sin ocupación, y no por culpa de ellos. Empujado por su mala
situación, sin encontrar en qué emplearse, el hombre comienza a
desesperar de su destino, y cuando llega a la desesperación tiene dos
salidas enfrente: el suicidio, o la vida del _tramp_.
La falta de trabajo es, pues, una de las principales causas de la
existencia de este parásito social. La emigración continua es otra, y
esto completa el problema. Los que sobresalen en alguna especialidad
pueden siempre abrirse algún camino entre las muchedumbres; pero esos
constituyen las excepciones. Las posiciones aceptables para hombres de
ciencia o de letras son cada día más difíciles de obtener. Los sueldos
de los tenedores de libros, dependientes, empleados (hombres y mujeres)
disminuyen constantemente. ¿Por qué los conductores y cocheros de los
tranways están tan mal remunerados? Porque los directores de las
compañías pueden encontrar al mismo precio cuantos cocheros y
conductores quieran.
En los diarios se leen avisos como éste:
«Se necesita un hombre fuerte para cuidar un enfermo de enfermedad
contagiosa.»
Más de cien solicitantes llegan antes de que pasen veinticuatro horas.
Eso dará una idea de la necesidad que hay en la clase de que hemos
hablado.
Otra gran causa de que exista el _tramp_ obrero, son las detenciones de
los trabajos mineros. Las minas se encuentran en manos de unos cuantos
capitalistas, y éstos las manejan a su antojo. Por ejemplo: hace algunos
años, muchos individuos que representaban juntos una suma de cien
millones de dólares, se reunieron para aconsejar la suspensión de los
trabajos mineros, a fin de alzar el precio del carbón. El resultado fué
que miles de mineros se vieron de repente sin trabajo, mientras que
aquellos individuos se ganaban una suma de ocho millones de dólares, a
causa del alza.
Los grandes capitalistas, sobre todo aquellos que se encuentran a la
cabeza de las empresas mineras de carbón o de hierro, pueden, a su
gusto, echar al arroyo miles de obreros, con sólo alzar el precio de
las materias primas, deteniendo la producción.
Con esos detalles es fácil darse cuenta de que el _tramp_, es decir, el
hombre errante de plaza en plaza, fatigado, extenuado, en busca del
trabajo que no obtiene, es el resultado inevitable de un sistema
industrial desorganizado y establecido contra todo principio de
humanidad.
La llegada anual a los Estados Unidos de muchos cientos de miles de
emigrantes, creó una gran población en los centros industriales, y en
consecuencia engrosó el número ya enorme de obreros sin empleo.
Ese problema del _tramp_, del _gueux_, es uno de los más formidables de
nuestra época, por la sola razón de que las causas que lo producen no le
dan ninguna esperanza de alivio.
¿Recuerda el lector que haya estado en los Estados Unidos aquellas
plazas llenas de desocupados de todas cataduras, aquellos negros cuadros
del barrio italiano, o del Bowery?
El «Atorrante»
El _atorrante_ argentino ha llenado antes la población, a medida que ha
ido en aumento la vida europea, por decirlo así.
La inmigración ha ayudado entonces, como en los Estado Unidos, al
desarrollo de esa plaga, que poco a poco fué menguando. Que la miseria
toma creces en Buenos Aires, es cosa innegable.
Que también existe como en todas las grandes ciudades la industria del
mendigo, es verdad. Pero junto a la falsa miseria está la verdadera, que
ciertas buenas personas conocen. La primera toca a la policía; la
segunda a la caridad.
_La Nación_, el gran diario de Buenos Aires, publicó hace años una
comunicación en que se leen estas palabras: «Los que voluntariamente nos
hemos impuesto la obligación de visitar a los pobres, nos damos cuenta
exacta de la gran miseria que hay en nuestra rica capital. No se trata
del _atorrantismo_, sino de verdaderos pobres, de familias necesitadas
que no tienen qué comer, y que en las noches crudas de invierno tiritan
de frío. No tienen ni cama, ni colchones, ni frazadas, ni nada con que
poder hacer entrar en calor sus cuerpos; duermen en el suelo como los
animales, siendo ésta la causa principal, si no la única, de las
enfermedades que padecen».
Y hoy pasa lo mismo.
El _atorrante_ duerme a la bartola, se quema la sangre con venenosos
aguardientes, y así pasa las noches heladas. O si no, se deja morir
acariciado por la pereza, o por el desdén de la vida, y amanece comido
de caranchos, o ahogado en el río, o tieso y abandonado entre los
muelles, o en cualquier oscuro rincón.
Desilusionados italianos, franceses, ingleses, españoles, rusos, hombres
de todas partes, componen ese vago ejército. Viven, se alimentan y
mueren cínicamente; es decir, como los perros.
A esta clase de ilotas debe dirigirse la mirada del sociólogo, pues
encierra un amargo problema. Y a los pobres enfermos, a los verdaderos
necesitados, víctimas de la desgracia, la bondad de las manos
generosas.
PARÍS NOCTURNO
[imagen]
Fabuloso París, eternamente renombrado
como el paraíso de las delicias
amorosas.
He aquí el crepúsculo. El cielo toma un tinte rojizo. El abejeo de las
vías humanas se acentúa. Monsieur se viste, Madame inspecciona
singularmente sus cabellos, sus hombros, sus ojos y sus labios. Los
_autos_ vuelven del bosque como una enorme procesión de veloces
luciérnagas. La ciudad enciende sus luces. Se llenan las terrazas de los
bulevares, y se deslizan las fáciles peripatéticas, a paso parisiense,
en busca de la buena suerte.
Los anuncios luminosos, a la yanki, brillan fija o intermitentemente en
los edificios, y los tzíganos rojos comienzan en los cafés y
restaurants, sus valses, sus cake-wals, sus zardas, y su hoy
indispensable tango argentino, por ejemplo: _Quiero papita_.
Un pintoresco río humano va por las aceras, y la _tiranía del rostro_,
que decía Poe, se ve por todas partes. Son todos los tipos y todas las
razas: los yankis importantes e imponentes, glabros y duros; los
levantinos, los turcos y los griegos, parecidos a algunos
sud-americanos; los chinos, los japoneses y los filipinos, con quienes
se confunden por el rostro de Asia; el inglés, que en seguida se define;
el negro de Haití o de la Martinica, afrancesado a su manera, y el de
los Estados Unidos, largo, empingorotado y simiesco, alegre y elástico,
cual si estuviese siempre en un perpetuo paseo de la torta. Y el
italiano, y el indio de la India y el de las Américas, y las damas
respectivas, y el apache de hongo y el apache de gorro, y el empleado
que va a su casa, y la gracia de la parisiense por todas partes, y todo
el torrente de Babel, al grito de los _camelots_, al clamor de las
trompas de automóvil, al estrépito de ruedas y cascos, mientras las
puertas de los establecimientos de diversión o de comercio echan a la
calle sonora sus bocanadas de claridad alegre.
El _morne_ Sena se desliza bajo los históricos puentes, y su agua
refleja las luces de oro y de colores de puentes, barcos y chalanas. El
panorama es de poesía. En el fondo de la noche calca su H de piedra
sombría Notre-Dame. De las ventanas de los altos pisos sale el brillo de
las lámparas. En la orilla izquierda del gran río parisiense, por donde
hay aún gentes que sueñan, artistas y estudiantes, el movimiento en la
luminosidad de bulevares y calles se acentúa, y autobuses y tranvías
lanzan sus sones de alerta. Mimí, modernizada, pasa en busca de, sonríe
por, o va del brazo con Rodolfo, el Rodolfo del vigésimo siglo. Ya no se
ve entrar a las cervecerías y cafés el _béret_ de antaño, y junto a las
mesas se oyen, tanto como el francés, las lenguas extranjeras, sobre
todo los varios castellanos de la América nuestra. Un japonés de
sombrero de copa flirtea con una muchacha rubia; un negro fino y platudo
se lleva a la más linda bailadora de Bullier. Aunque Bullier no sea ya
como antes, a él acuden los que gustan de la danza en el país de los
escolares. Así, después que ha pasado la comida en la taberna del
Panteón para unos, para otros en _bouillons_ o _crémeries_, propicios a
la economía o a la escasez, es a Bullier, donde principalmente se
dirigen, como no sea a algún cine o _cabaret_ de cancionistas. Después
los cafés se llenan, los discos de fieltro se multiplican en las
mesitas; hasta que el vecindario que tranquilo duerme se suele despertar
por la madrugada, a los cantos en coro de los noctámbulos.
En la orilla derecha, por la enorme arteria del bulevar, los vehículos
lujosos pasan hacia los teatros elegantes. Luego son las cenas en los
cafés costosos, en donde las mujeres de mundo que se cotizan altamente
se ejercen en su tradicional oficio de desplumar al pichón. El pichón
mejor, cuando no es un _azucarerito_ francés como el que aun se
recuerda, es el que viene de lejanas tierras, y, aunque el rastacuerismo
va en decadencia, no es raro encontrar un ejemplar que mantenga la
tradición.
Cerca de la Magdalena y de la Plaza de la Concordia está el lugar famoso
que tentara la pluma de un comediógrafo. Allí esas _damas_ enarbolan los
más fastuosos penachos, presentan las más osadas túnicas, aparecen
forradas academias o traficantes figurines, para gloria de la _boîte_ y
regocijo de viejos verdes, anglosajones rojos y universales efebos de
todos colores, poseídos del más imperioso de los pecados capitales, bajo
la urgente influencia del extra-dry. Allí, como en tales o cuales
establecimientos de los bulevares, se consagra la _noce_ verdaderamente
parisiense, para el calavera de París, o _d’ailleurs_, que cuenta con
las rentas de un capital, o con los productos de una lejana estancia,
puesta, hacienda, rancho, fundo o plantación.
Por la calle del faubourg Montmartre y de Notre-Dame-de-Lorette,
asciende todas las noches una procesión de fiesteros, tanto cosmopolitas
como parisienses, afectos al Molino-Rojo y a las noches blancas.
Nadie tiene ya recuerdos literarios y artísticos para lo que era antaño
un refugio de artistas y de literatos. Además, se sabe ya la
mercantilización del Arte. Pero existen Montoya y otros que no quieren
que la Musa sea atropellada por el automóvil.
Lo incómodo para la ascensión a la sagrada _butte_ es la afluencia de
apaches de todas las latitudes y de apachas de todos los tonos. Cuando
se llega ya bajo la iluminación del Molino-Rojo, si se tiene la
experiencia de París, acompañada de un poco de razonamiento, entra uno a
un cabaret artístico; si se es el extranjero recién llegado con cheques
u oros en el bolsillo, entra a esos establecimientos llenos de smokings,
relucientes de orfebrería, adornados de espaldas esbeltas y por el rojo
de los tziganos, y en donde la botella de champaña obligatoria se
ostenta en la heladera.
Estas son las casas con nombres de abadía rabelesiana o de roedor
difunto. Allí, los indispensables violinistas hacen bailar a las
hetairas, o heteras, que convierten en champaña los luises de los
gentlemen ciertos o dudosos; danzarines de España, o de Italia, o de
Inglaterra, demuestran las tentaciones de las jotas, garrotines,
tarantelas, o _gigues_; M. Berenger no estaría muy tranquilo desde luego
si presenciase tales ejercicios coreográficos, y sobre todo cuando las
machichas brasileñas y los tangos platenses son interpretados con
floriture montmartresa, exagerando la nota en un ambiente en que la
palabra pudor no tiene significado alguno. Pero como esos centros no son
para las niñas que comen su pan en _tartines_, como aquí se dice, están
en tales fiestas a sus anchas quienes vienen de los cuatro puntos del
mundo en busca del fabuloso París, eternamente renombrado como el
paraíso de las delicias amorosas y de los goces de toda suerte. A pesar
de lo que se diga, es para el amante de la diversión y del jolgorio,
para los derrochadores del dinero y de la salud, un imán irresistible.
El chino en su China, el persa en su Persia, el más remoto rey bárbaro y
negro que haya pasado por el paraíso parisiense, recordará siempre sus
encantos y pensará en el retorno.
Es que, si en cualquier gran ciudad moderna puede encontrarse confort,
lujo, elegancia, atracciones, teatros, galanterías, en ninguna parte se
goza de todo eso como en París, porque algo especial circula en el aire
luteciano, y porque la parisiense pone en la capital del goce su
inconfundible, su singular, su poderosísimo hechizo, de manera que los
reyes de otras partes, reyes de pueblos, de minas, de algodones, de
aceites, o de dólares, a su presencia se convierten en esclavos,
esclavos de sus caprichos, de sus locuras, de sus miradas, de sus
sonrisas, de su manera de andar, de su manera de hablar, de su manera de
recogerse la falda, de comer una fruta, de oler una flor, de tomar una
copa de champaña, de oficiar, en fin, como la más exquisita sacerdotisa
de la diosa _hija de la onda amarga_, patrona de la ciudad de las
ciudades, y cuyos devotos y peregrinos habitan todos los países de la
tierra.
* * * * *
París nocturno es luz y único, deleite y armonía; y, _hélas!_ delito y
crimen... No lejos de los amores magníficos y de los festines
espléndidos, va el amor triste, el vicio sórdido, la miseria semidorada,
o casi mendicante, la solicitud armada, la caricia que concluye en robo,
la cita que puede acabar en un momento trágico, en el barrio peligroso,
o en la callejuela sospechosa.
Mas los felices no se percatan de estas cosas. Los que van al bar
elegante en un 40 H. P. no piensan en el proletariado del placer. Ni el
extranjero pudiente viene a fijarse en tales comparaciones. El ha venido
con la visión, con el ensueño de un París nocturno, único y maravilloso.
Halla todo lo que necesita para sus inclinaciones y sus gustos. Sabe que
con el oro todo se consigue, en las horas doradas de la villa de oro, en
donde el Amor transforma ese rincón de alegría, en donde hace algunos
años todavía se soñaban sueños de arte y se amaba con menos desinterés.
Aun los tiempos del _Chat noir_ se recuerdan con vagas nostalgias. ¡Se
dice que los artistas de hoy, los mismos artistas! no piensan más que en
la ganancia, y que el asno Boronali, del _Lapin Agile_, es el único
artista verdaderamente independiente. Así, los hombres cabelludos y con
anchos pantalones y con pipas, que se ven por Montmartre, no son
artistas siquiera. El talento mismo, en ellos no es ciego; no lleva
venda, cuando más un monóculo, que por lo general es un luis de Francia,
una libra esterlina, o un águila americana. Y ese amor que no ciega, en
París se ve mejor de noche que de día.
POEMAS DE ARTE
[imagen]
¿Qué pálida princesa difunta es conducida
á la isla de la muerte?...
BOEKLIN
I
La isla de los muertos.
En qué país de ensueño, en qué fúnebre país de ensueño está la isla
sombría? Es en un lejano lugar en donde reina el silencio. El agua no
tiene una sola voz en su cristal, ni el viento en sus leves soplos, ni
los negros árboles mortuorios en sus hojas: los negros cipreses
mortuorios, que semejan, agrupados y silenciosos, monjes-fantasmas.
Cavadas en las volcánicas rocas mordidas y rajadas por el tiempo, se
ven, a modo de nichos obscuros, las bocas de las criptas, en donde, bajo
el misterioso, taciturno cielo, duermen los muertos. La lámina especular
de abajo refleja los muros de ese solitario palacio de lo desconocido.
Se acerca, en su barca de duelo, un mudo enterrador, como en el poema de
Tennyson. ¿Qué pálida princesa difunta es conducida a la isla de la
Muerte?... ¿Qué Elena, qué adorable Yolanda? ¡Canto suave, en tono
menor, canto de vaga melodía y de desolación profunda! Acaso el silencio
fuese interrumpido por un errante sollozo, por un suspiro; acaso una
visión envuelta en un velo como de nieve...