En cuanto a la Corte de los Milagros, se componía de gentes activas, en

su peligrosa industria de falsa mendicidad, cojos fingidos, falsos

ciegos, etc., etc. De todo eso hay hoy también. Los castigos eran

crueles y se aplicaban con frecuencia. Maître François Villón solía

predicar la moral entre las turbas de vagabundos endiablados, al mismo

tiempo que escribía sus célebres baladas en el _jargon_ de la poco noble

«camaradería».

De Villón a los héroes de Richepin, el tipo de los _gueux_ parisienses

ha cambiado por completo.

Nuevas ideas, nuevos elementos, han producido distintos resultados.

Obsérvese con Malato cuántos cambios no ha traído, por ejemplo, la

introducción del uso de ciertos estimulantes, de alcoholes nuevos, de

bebidas que desconocieron las generaciones anteriores. Y con los

alcoholes, las negras filosofías. Existe en la alta Italia una

enfermedad que se llama _pellagra_, y que proviene de exclusiva

alimentación compuesta de _polenta_ y castañas. Así, ciertos libros han

causado en el pueblo una como _pellagra_ moral, y el principal síntoma

de la terrible dolencia es una amarga tristeza, que se revela hasta

cuando habla el alma del desheredado de la vida, del paria, por boca de

sus cancioneros.

Arístides Bruant, el aeda de los _gueux_, canta en su _Mirliton_:

T’es dans la rue, va, chez-toi!

La casa del mendigo, del hambriento, es la calle: la misma de los canes

sin dueños. Como ellos, los caídos, están en su casa, van por todas

partes en sus horribles _déshabillés_, se tambalean, se tienden en los

bancos de los jardines públicos. La miseria les arranca hasta el último

jirón de vergüenza. No son ya hombres. Y por la noche, junto a las

avenidas obscuras, cerca de los puentes solitarios, o en innominables

tabernas, quien les habla al oído es el crimen.

Bruant es un conocedor admirable de ese bajo mundo de París en que se

agitan todas las miserias que su filosofía de cancionero sabía pintar y

compadecer en su _Cabaret_.

«Yo no sé, escribe un conocedor del dueño del _Mirliton_, que nadie

comprenda mejor que Bruant, y exprese como él en su verdadero «argot» la

inconsciencia de esos parias de la sociedad, que ¡Dios mío! no son más

malos que el común de los mortales ¡y cuán interesantes!» Yo les

condenaba; pero después que les he visto de cerca y he leído a Bruant,

les excuso, y no experimento por el condenado que oye del fondo de su

celda levantar el cadalso, más que una inmensa piedad. Se quiere hacer

de la mayor parte de los criminales seres irresponsables. Serían sobre

todo inconscientes, como una de las formas de la irresponsabilidad;

pero, en todo caso, es Bruant quien ha puesto primero el dedo en la

llaga. Ciertamente, el cancionero harto disculpa las fechorías y hazañas

del «apache» y de la peligrosa compañera de éste; mas la caridad y la

compasión tienen sus límites, y la sociedad y justicia tienen que ver

como enemigos a esos sombríos desventurados que saben, entre otras

cosas, dar el _coup du père François_, lo mismo que una puñalada, al

pobre transeunte que, en hora propicia al crimen, tiene la desgracia de

pasar cerca de ellos.

En la canción de Bruant _A’ Saint-Ouen_, uno de esos parias sociales

muestra su áspera vida. En el primer _couplet_ dice cómo, en un mal día,

a la orilla del Sena, fué engendrado. Después, desde niño, está

condenado a trabajar como un negro para comer. En esa infancia no hay

una sola sonrisa. En la juventud, el amor es sencillamente canino.

Y el final:

Enfin, je n’ sais pas comment

on peut y vivre honnêt’ment,

c’est un rêve;

mais on est récompensé,

car, comme on est harassé,

quand on crêve...

l’cim’tière est pas ben loin,

á Saint-Ouen.

Es la absoluta sujeción a la fatalidad, el acatamiento a las leyes de la

suerte y la renuncia y olvido de toda esperanza. En _Heureux_, Bruant

presenta al viejo vagabundo, en tiempo de invierno. Cuando le muerde las

carnes la brisa fría y la necesidad de descansar le hace buscar un

refugio, él se va tranquilamente a meterse como un ratón en su cueva,

entre los tubos viejos del acueducto.

Et puis, doucett’ment, on s’endort...

* * * * *

Alors on sent comme un’caresse,

on s’allong’ comm’dans un bon pieu...

Et l’on rêv’ qu’on est à la messe

où qu’, dans le temps, on priait l’ bon Dieu.

La miseria en París tiene muchísimas fases. Sus tipos varían, desde el

clásico personaje de arrugado sombrero de pelo y levita indescriptible,

hasta la madre mendiga, el «apache» siniestro, el «rigolard», etc.

La caridad no puede matar tantas hambres, por más que se establezcan

lugares donde haya sopas baratas o gratuitas; y por su parte el

anarquismo, con la idea de su _soupe-conférence_, hábilmente fundada y

dirigida por los «compañeros» Rousset y Onin, mientras daba el alimento

que podía a los hambrientos, les predicaba sus doctrinas; y la lógica

les entraba por el estómago.

“El Tramp”.

Si hay un sér que tenga grande semejanza con el _atorrante_ argentino,

aparte de su mayor tendencia criminal, es el que en los Estados Unidos

se llama _tramp_.

Para hacer la comparación, baste con presentar el tipo, apoyados en

Fred. S. Root, quien ha tratado el asunto en una conferencia, hace ya

tiempo.

El _tramp_ ¿es un ladrón, un vagabundo, un asesino, un mendigo? Sí y no.

El _tramp_, como le llaman en los Estados Unidos, y especialmente en el

Canadá, es un producto extraordinario de nuestra moderna civilización.

Puede tener todos los defectos, y ser _tramp_ sin tener ninguno. Como el

_atorrante_.

El _tramp_, en su calidad de mendigo de profesión, es fácil de conocer y

de describir. Se presenta a la puerta de una villa, por ejemplo, y pide

una limosna. Su rostro inflamado denuncia una vida de _débauche_, y sus

vestidos desgarrados y en desorden son una verdadera caricatura de todo

lo que es decente y elegante; sus ojos hundidos tienen miradas

agresivas, y cuando se fijan, parecen decir: «Dame de comer pronto, o

quemo tus establos y la casa, y asesino al dueño».

El _tramp_ vagabundo es perezoso, borracho muy frecuentemente, lleno de

todos los vicios, y de un trato brutal. En una palabra, es el terror de

los lugares poco poblados, y el problema de las grandes ciudades.

Una ciudad de Massachussets solamente ha alojado 852.000 _tramps_, los

cuales, con muy pocas excepciones, debían su estado a la intemperancia.

Existe, sin embargo, otra especie de _tramps_, que no pertenece a la

clase de los _tramps_ mendicantes: es el _tramp_ por fuerza, digámoslo

así.

El _tramp_ puede reunir en sí todo lo que hay de abominable, puede tener

todas las depravaciones y todos los vicios; pero es un hecho innegable

que el _tramp_ obrero ha sido obligado a serlo, a causa de los cambios

industriales de este siglo.

Hace cincuenta años, el _tramp_ no existía en la Nueva Inglaterra. ¿Por

qué existe hoy, y por millares? Al procurarse una civilización más

refinada, ¿los hombres han llegado a ser más indolentes? ¿Es acaso por

decreto de la providencia, que el _tramp_ está llamado a invadir la

América entera? ¿El _tramp_ llega a serlo, por no ser suficientemente

inteligente para luchar con quien lo es más? ¿El cristianismo del siglo

XIX tiene una palabra para el vagabundo? Son estos problemas de no fácil

solución.

¿Por qué en América, donde el suelo es generoso hasta la prodigalidad,

hay hombres hambrientos, miserables y desesperados? ¿No hay campos que

ondulan verdaderos mares de trigo?

Hay sus causas indudablemente. Esos _tramps_ que no lo son sino por

necesidad, han pertenecido al gremio de los trabajadores, y aun querrían

volver al seno de la clase obrera; pero las máquinas han vuelto

inútiles los _útiles_, e inútiles a muchos obreros.

Ejemplo: En los Estados Unidos se puede atravesar a caballo las grandes

llanuras de California y de Dakota, milla por milla, sin encontrar la

más humilde habitación, _allí donde antes de la invención de las

máquinas agrícolas se encontraban miles de hombres_.

Es verdad que las máquinas contribuyen, al fin, a la distribución de la

riqueza, que hacen bajar los precios de los productos y los ponen al

alcance de todas las bolsas; pero es un hecho también que los primeros

efectos de la introducción de las máquinas tienden a privar a los

obreros de su única fortuna: el trabajo.

Es de notar, sí, que la pobreza y el poco éxito del _fermier_ inglés son

debidos a la falta de máquinas propias para dar impulso a la producción

de sus tierras.

Por la sola razón de las máquinas, millares de obreros son despedidos de

las fábricas; las máquinas que reemplazan a los trabajadores pueden ser

manejadas por pocos empleados. Eso mismo establece un enorme aumento de

cesantes en todos los centros industriales, de desempleados que no

encuentran empleo. Los obreros van de ciudad en ciudad, en espera de

encontrarlo. No lo hallan, se desazonan y se deslizan por la pendiente

que les hace caer en la dantesca región del _tramp_.

No todos los _tramps_ pertenecen a esa clase, en verdad; pero un gran

número de ellos, sí. En 1885 se vió el caso de que hubiesen 100.000

hombres sin ocupación, y no por culpa de ellos. Empujado por su mala

situación, sin encontrar en qué emplearse, el hombre comienza a

desesperar de su destino, y cuando llega a la desesperación tiene dos

salidas enfrente: el suicidio, o la vida del _tramp_.

La falta de trabajo es, pues, una de las principales causas de la

existencia de este parásito social. La emigración continua es otra, y

esto completa el problema. Los que sobresalen en alguna especialidad

pueden siempre abrirse algún camino entre las muchedumbres; pero esos

constituyen las excepciones. Las posiciones aceptables para hombres de

ciencia o de letras son cada día más difíciles de obtener. Los sueldos

de los tenedores de libros, dependientes, empleados (hombres y mujeres)

disminuyen constantemente. ¿Por qué los conductores y cocheros de los

tranways están tan mal remunerados? Porque los directores de las

compañías pueden encontrar al mismo precio cuantos cocheros y

conductores quieran.

En los diarios se leen avisos como éste:

«Se necesita un hombre fuerte para cuidar un enfermo de enfermedad

contagiosa.»

Más de cien solicitantes llegan antes de que pasen veinticuatro horas.

Eso dará una idea de la necesidad que hay en la clase de que hemos

hablado.

Otra gran causa de que exista el _tramp_ obrero, son las detenciones de

los trabajos mineros. Las minas se encuentran en manos de unos cuantos

capitalistas, y éstos las manejan a su antojo. Por ejemplo: hace algunos

años, muchos individuos que representaban juntos una suma de cien

millones de dólares, se reunieron para aconsejar la suspensión de los

trabajos mineros, a fin de alzar el precio del carbón. El resultado fué

que miles de mineros se vieron de repente sin trabajo, mientras que

aquellos individuos se ganaban una suma de ocho millones de dólares, a

causa del alza.

Los grandes capitalistas, sobre todo aquellos que se encuentran a la

cabeza de las empresas mineras de carbón o de hierro, pueden, a su

gusto, echar al arroyo miles de obreros, con sólo alzar el precio de

las materias primas, deteniendo la producción.

Con esos detalles es fácil darse cuenta de que el _tramp_, es decir, el

hombre errante de plaza en plaza, fatigado, extenuado, en busca del

trabajo que no obtiene, es el resultado inevitable de un sistema

industrial desorganizado y establecido contra todo principio de

humanidad.

La llegada anual a los Estados Unidos de muchos cientos de miles de

emigrantes, creó una gran población en los centros industriales, y en

consecuencia engrosó el número ya enorme de obreros sin empleo.

Ese problema del _tramp_, del _gueux_, es uno de los más formidables de

nuestra época, por la sola razón de que las causas que lo producen no le

dan ninguna esperanza de alivio.

¿Recuerda el lector que haya estado en los Estados Unidos aquellas

plazas llenas de desocupados de todas cataduras, aquellos negros cuadros

del barrio italiano, o del Bowery?

El «Atorrante»

El _atorrante_ argentino ha llenado antes la población, a medida que ha

ido en aumento la vida europea, por decirlo así.

La inmigración ha ayudado entonces, como en los Estado Unidos, al

desarrollo de esa plaga, que poco a poco fué menguando. Que la miseria

toma creces en Buenos Aires, es cosa innegable.

Que también existe como en todas las grandes ciudades la industria del

mendigo, es verdad. Pero junto a la falsa miseria está la verdadera, que

ciertas buenas personas conocen. La primera toca a la policía; la

segunda a la caridad.

_La Nación_, el gran diario de Buenos Aires, publicó hace años una

comunicación en que se leen estas palabras: «Los que voluntariamente nos

hemos impuesto la obligación de visitar a los pobres, nos damos cuenta

exacta de la gran miseria que hay en nuestra rica capital. No se trata

del _atorrantismo_, sino de verdaderos pobres, de familias necesitadas

que no tienen qué comer, y que en las noches crudas de invierno tiritan

de frío. No tienen ni cama, ni colchones, ni frazadas, ni nada con que

poder hacer entrar en calor sus cuerpos; duermen en el suelo como los

animales, siendo ésta la causa principal, si no la única, de las

enfermedades que padecen».

Y hoy pasa lo mismo.

El _atorrante_ duerme a la bartola, se quema la sangre con venenosos

aguardientes, y así pasa las noches heladas. O si no, se deja morir

acariciado por la pereza, o por el desdén de la vida, y amanece comido

de caranchos, o ahogado en el río, o tieso y abandonado entre los

muelles, o en cualquier oscuro rincón.

Desilusionados italianos, franceses, ingleses, españoles, rusos, hombres

de todas partes, componen ese vago ejército. Viven, se alimentan y

mueren cínicamente; es decir, como los perros.

A esta clase de ilotas debe dirigirse la mirada del sociólogo, pues

encierra un amargo problema. Y a los pobres enfermos, a los verdaderos

necesitados, víctimas de la desgracia, la bondad de las manos

generosas.

PARÍS NOCTURNO

[imagen]

Fabuloso París, eternamente renombrado

como el paraíso de las delicias

amorosas.

He aquí el crepúsculo. El cielo toma un tinte rojizo. El abejeo de las

vías humanas se acentúa. Monsieur se viste, Madame inspecciona

singularmente sus cabellos, sus hombros, sus ojos y sus labios. Los

_autos_ vuelven del bosque como una enorme procesión de veloces

luciérnagas. La ciudad enciende sus luces. Se llenan las terrazas de los

bulevares, y se deslizan las fáciles peripatéticas, a paso parisiense,

en busca de la buena suerte.

Los anuncios luminosos, a la yanki, brillan fija o intermitentemente en

los edificios, y los tzíganos rojos comienzan en los cafés y

restaurants, sus valses, sus cake-wals, sus zardas, y su hoy

indispensable tango argentino, por ejemplo: _Quiero papita_.

Un pintoresco río humano va por las aceras, y la _tiranía del rostro_,

que decía Poe, se ve por todas partes. Son todos los tipos y todas las

razas: los yankis importantes e imponentes, glabros y duros; los

levantinos, los turcos y los griegos, parecidos a algunos

sud-americanos; los chinos, los japoneses y los filipinos, con quienes

se confunden por el rostro de Asia; el inglés, que en seguida se define;

el negro de Haití o de la Martinica, afrancesado a su manera, y el de

los Estados Unidos, largo, empingorotado y simiesco, alegre y elástico,

cual si estuviese siempre en un perpetuo paseo de la torta. Y el

italiano, y el indio de la India y el de las Américas, y las damas

respectivas, y el apache de hongo y el apache de gorro, y el empleado

que va a su casa, y la gracia de la parisiense por todas partes, y todo

el torrente de Babel, al grito de los _camelots_, al clamor de las

trompas de automóvil, al estrépito de ruedas y cascos, mientras las

puertas de los establecimientos de diversión o de comercio echan a la

calle sonora sus bocanadas de claridad alegre.

El _morne_ Sena se desliza bajo los históricos puentes, y su agua

refleja las luces de oro y de colores de puentes, barcos y chalanas. El

panorama es de poesía. En el fondo de la noche calca su H de piedra

sombría Notre-Dame. De las ventanas de los altos pisos sale el brillo de

las lámparas. En la orilla izquierda del gran río parisiense, por donde

hay aún gentes que sueñan, artistas y estudiantes, el movimiento en la

luminosidad de bulevares y calles se acentúa, y autobuses y tranvías

lanzan sus sones de alerta. Mimí, modernizada, pasa en busca de, sonríe

por, o va del brazo con Rodolfo, el Rodolfo del vigésimo siglo. Ya no se

ve entrar a las cervecerías y cafés el _béret_ de antaño, y junto a las

mesas se oyen, tanto como el francés, las lenguas extranjeras, sobre

todo los varios castellanos de la América nuestra. Un japonés de

sombrero de copa flirtea con una muchacha rubia; un negro fino y platudo

se lleva a la más linda bailadora de Bullier. Aunque Bullier no sea ya

como antes, a él acuden los que gustan de la danza en el país de los

escolares. Así, después que ha pasado la comida en la taberna del

Panteón para unos, para otros en _bouillons_ o _crémeries_, propicios a

la economía o a la escasez, es a Bullier, donde principalmente se

dirigen, como no sea a algún cine o _cabaret_ de cancionistas. Después

los cafés se llenan, los discos de fieltro se multiplican en las

mesitas; hasta que el vecindario que tranquilo duerme se suele despertar

por la madrugada, a los cantos en coro de los noctámbulos.

En la orilla derecha, por la enorme arteria del bulevar, los vehículos

lujosos pasan hacia los teatros elegantes. Luego son las cenas en los

cafés costosos, en donde las mujeres de mundo que se cotizan altamente

se ejercen en su tradicional oficio de desplumar al pichón. El pichón

mejor, cuando no es un _azucarerito_ francés como el que aun se

recuerda, es el que viene de lejanas tierras, y, aunque el rastacuerismo

va en decadencia, no es raro encontrar un ejemplar que mantenga la

tradición.

Cerca de la Magdalena y de la Plaza de la Concordia está el lugar famoso

que tentara la pluma de un comediógrafo. Allí esas _damas_ enarbolan los

más fastuosos penachos, presentan las más osadas túnicas, aparecen

forradas academias o traficantes figurines, para gloria de la _boîte_ y

regocijo de viejos verdes, anglosajones rojos y universales efebos de

todos colores, poseídos del más imperioso de los pecados capitales, bajo

la urgente influencia del extra-dry. Allí, como en tales o cuales

establecimientos de los bulevares, se consagra la _noce_ verdaderamente

parisiense, para el calavera de París, o _d’ailleurs_, que cuenta con

las rentas de un capital, o con los productos de una lejana estancia,

puesta, hacienda, rancho, fundo o plantación.

Por la calle del faubourg Montmartre y de Notre-Dame-de-Lorette,

asciende todas las noches una procesión de fiesteros, tanto cosmopolitas

como parisienses, afectos al Molino-Rojo y a las noches blancas.

Nadie tiene ya recuerdos literarios y artísticos para lo que era antaño

un refugio de artistas y de literatos. Además, se sabe ya la

mercantilización del Arte. Pero existen Montoya y otros que no quieren

que la Musa sea atropellada por el automóvil.

Lo incómodo para la ascensión a la sagrada _butte_ es la afluencia de

apaches de todas las latitudes y de apachas de todos los tonos. Cuando

se llega ya bajo la iluminación del Molino-Rojo, si se tiene la

experiencia de París, acompañada de un poco de razonamiento, entra uno a

un cabaret artístico; si se es el extranjero recién llegado con cheques

u oros en el bolsillo, entra a esos establecimientos llenos de smokings,

relucientes de orfebrería, adornados de espaldas esbeltas y por el rojo

de los tziganos, y en donde la botella de champaña obligatoria se

ostenta en la heladera.

Estas son las casas con nombres de abadía rabelesiana o de roedor

difunto. Allí, los indispensables violinistas hacen bailar a las

hetairas, o heteras, que convierten en champaña los luises de los

gentlemen ciertos o dudosos; danzarines de España, o de Italia, o de

Inglaterra, demuestran las tentaciones de las jotas, garrotines,

tarantelas, o _gigues_; M. Berenger no estaría muy tranquilo desde luego

si presenciase tales ejercicios coreográficos, y sobre todo cuando las

machichas brasileñas y los tangos platenses son interpretados con

floriture montmartresa, exagerando la nota en un ambiente en que la

palabra pudor no tiene significado alguno. Pero como esos centros no son

para las niñas que comen su pan en _tartines_, como aquí se dice, están

en tales fiestas a sus anchas quienes vienen de los cuatro puntos del

mundo en busca del fabuloso París, eternamente renombrado como el

paraíso de las delicias amorosas y de los goces de toda suerte. A pesar

de lo que se diga, es para el amante de la diversión y del jolgorio,

para los derrochadores del dinero y de la salud, un imán irresistible.

El chino en su China, el persa en su Persia, el más remoto rey bárbaro y

negro que haya pasado por el paraíso parisiense, recordará siempre sus

encantos y pensará en el retorno.

Es que, si en cualquier gran ciudad moderna puede encontrarse confort,

lujo, elegancia, atracciones, teatros, galanterías, en ninguna parte se

goza de todo eso como en París, porque algo especial circula en el aire

luteciano, y porque la parisiense pone en la capital del goce su

inconfundible, su singular, su poderosísimo hechizo, de manera que los

reyes de otras partes, reyes de pueblos, de minas, de algodones, de

aceites, o de dólares, a su presencia se convierten en esclavos,

esclavos de sus caprichos, de sus locuras, de sus miradas, de sus

sonrisas, de su manera de andar, de su manera de hablar, de su manera de

recogerse la falda, de comer una fruta, de oler una flor, de tomar una

copa de champaña, de oficiar, en fin, como la más exquisita sacerdotisa

de la diosa _hija de la onda amarga_, patrona de la ciudad de las

ciudades, y cuyos devotos y peregrinos habitan todos los países de la

tierra.

* * * * *

París nocturno es luz y único, deleite y armonía; y, _hélas!_ delito y

crimen... No lejos de los amores magníficos y de los festines

espléndidos, va el amor triste, el vicio sórdido, la miseria semidorada,

o casi mendicante, la solicitud armada, la caricia que concluye en robo,

la cita que puede acabar en un momento trágico, en el barrio peligroso,

o en la callejuela sospechosa.

Mas los felices no se percatan de estas cosas. Los que van al bar

elegante en un 40 H. P. no piensan en el proletariado del placer. Ni el

extranjero pudiente viene a fijarse en tales comparaciones. El ha venido

con la visión, con el ensueño de un París nocturno, único y maravilloso.

Halla todo lo que necesita para sus inclinaciones y sus gustos. Sabe que

con el oro todo se consigue, en las horas doradas de la villa de oro, en

donde el Amor transforma ese rincón de alegría, en donde hace algunos

años todavía se soñaban sueños de arte y se amaba con menos desinterés.

Aun los tiempos del _Chat noir_ se recuerdan con vagas nostalgias. ¡Se

dice que los artistas de hoy, los mismos artistas! no piensan más que en

la ganancia, y que el asno Boronali, del _Lapin Agile_, es el único

artista verdaderamente independiente. Así, los hombres cabelludos y con

anchos pantalones y con pipas, que se ven por Montmartre, no son

artistas siquiera. El talento mismo, en ellos no es ciego; no lleva

venda, cuando más un monóculo, que por lo general es un luis de Francia,

una libra esterlina, o un águila americana. Y ese amor que no ciega, en

París se ve mejor de noche que de día.

POEMAS DE ARTE

[imagen]

¿Qué pálida princesa difunta es conducida

á la isla de la muerte?...

BOEKLIN

I

La isla de los muertos.

En qué país de ensueño, en qué fúnebre país de ensueño está la isla

sombría? Es en un lejano lugar en donde reina el silencio. El agua no

tiene una sola voz en su cristal, ni el viento en sus leves soplos, ni

los negros árboles mortuorios en sus hojas: los negros cipreses

mortuorios, que semejan, agrupados y silenciosos, monjes-fantasmas.

Cavadas en las volcánicas rocas mordidas y rajadas por el tiempo, se

ven, a modo de nichos obscuros, las bocas de las criptas, en donde, bajo

el misterioso, taciturno cielo, duermen los muertos. La lámina especular

de abajo refleja los muros de ese solitario palacio de lo desconocido.

Se acerca, en su barca de duelo, un mudo enterrador, como en el poema de

Tennyson. ¿Qué pálida princesa difunta es conducida a la isla de la

Muerte?... ¿Qué Elena, qué adorable Yolanda? ¡Canto suave, en tono

menor, canto de vaga melodía y de desolación profunda! Acaso el silencio

fuese interrumpido por un errante sollozo, por un suspiro; acaso una

visión envuelta en un velo como de nieve...

Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV · 第 4 / 5 段