extremidades llenas de fábricas, cuajadas de usinas de telares, de
chimeneas. Por allí, constantemente, bullen las muchedumbres de obreros
que forman la vitalidad productora: los obreros que saben leer y luchar,
los trabajadores que salen de sus labores y van a las universidades
populares a comunicar con sus hermanos intelectuales, ya en el faubourg
Saint-Antoine, ya en Montreuil-sous-Bois, en Grenelle, o en
Boulogne-Billancourt, de un punto a otro, de Asnières a Charenton, de
Vincennes a Puteaux, a Levallois, a Courbevoie. Pues los brazos de París
manejan alternativamente herramientas y libros, antorchas e ideas. Son
brazos robustos e inteligentes, y también terribles.
El inmenso vientre y el sexo están en el centro, en ese trecho en que
los grandes bulevares juntan todos los apetitos, deseos y vicios
nacionales y extranjeros, desde la Magdalena hasta la Plaza de la
República y los alrededores de la Opera. Allí se come bien y se peca
mejor. La riqueza y el lujo hacen su exhibición, la gula encuentra cien
dorados refugios en que saciar sus más exquisitos caprichos, y el amor
fácil halla el suntuoso y babilónico prostíbulo ambulante que ha dado a
esta capital, digna de superior renombre, el de ser el lugar de cita y
el casino de las naciones.
Y el corazón de París late por todas partes, y riega su sangre por todo
el resto del magnífico cuerpo. Ese corazón anima a las individualidades
silenciosas y discretas que hacen el bien callado a los hospicios y
lugares de asilo, a los conventos en que sin engaño se reza y se
sostiene, como dice Huysmans el de la Oblación, el pararrayo. Cuando ese
corazón quiere hablar se llama _Severine_, como se llamaba Luisa Michel.
El hace ir sin pompa a las viejas caritativas a llevar pan y carbón a
sus pobres; él sostiene a las infinitas muchachas honestas que,
viviendo con el lupanar a la vista, prefieren ir a la fábrica para dar
de comer a la madre inválida o al hermanito enfermo; él se revela, por
fin, en los que se ahogan por salvar suicidas, en el médico que va a ver
el infeliz y le deja con la receta el dinero para pagarla, en las nobles
cooperativas, y hasta en el cochero viejo que se mata porque se le murió
el caballo, que era su antiguo compañero. ¡El buen París! ¿Quién dice
que tan solamente hay aquí muñequitas de carne, y hombres con profesión
de pez? Que venga a ver los talleres llenos, las iglesias, las
universidades populares, y... a los hombres que dan de comer a los
pajaritos.
No hay que reir mucho de Margot si llora por el melodrama, y si viejas
solteronas se enamoran de sus gatos. No hay que buscar el lado cómico de
las Sociedades protectoras de animales. No debe ser ridiculizado ningún
sentimiento de origen noble. Y el cariño hacia la naturaleza--paisajes,
animales, flores o aguas--y las simpatías por las manifestaciones
amables de ella, proclamarán siempre su origen generoso. Sin anonadar
nuestra personalidad humana en la ataraxia de Zenón o la apatía
epicúrea, tengamos la pasión del universo, la tendencia a nuestra
unidad. Así como nada conforta tanto como la presencia de los bosques o
la contemplación del Océano, nada suaviza más las asperezas del espíritu
que la visión de una rosa en su tallo, o un pájaro sin trabas ni jaula,
que salta y vuela por donde quiera, y canta sin inquietudes bajo el
cielo. Quizás la luminosa alegría que nada podrá destruir en el alma de
esta Galia feliz, viene de su simbólica alondra, maestra de libertad,
amante de claridad, ebria de frescor y de canto matutino. Tengamos el
amor de las rosas y de los pájaros, de las mariposas, de las abejas. Es
un medio de comunicación con lo Universal, con la divinidad.
Maeterlinck, en el libro admirable que conocéis, ha oído la iniciada voz
de Virgilio:
_Ese apibus partem divinæ mentis et hansitus._
_Athereos dixere: Deum manque ire per omnes._
_Terrasque tractusque maris, extumque profundum._
Nada más conmovedor que la petición que, hace algún tiempo, dirigieron
al Congreso belga los miembros de un instituto de ciegos.
Sabido es que en ambas partes a los pájaros cantores, para que canten
mejor, les sacan los ojos, sin duda acordándose del divino Melesígenes,
que también supo ser armonioso sin los suyos...
En Bélgica hacen lo mismo, y esos ciegos del instituto han intercedido
por los ojos de los pajaritos.
Yo sé que hay gentes que sonríen de todas esas cosas, que hallan todo
sentimentalismo fuera de moda, y que juzgan nefelibatas a los que no se
levantan todos los días con el único propósito de aumentar sus rentas
por la buena o por la mala. Yo sé que hay muchas gentes que retorcerían
con gusto el pescuezo a todos los cisnes del Caistro, y enviarían una
buena perdigonada a los ruiseñores de las melodiosas florestas. Yo sé
que en filosofía priva mucho actualmente la ferocidad, el egoísmo, la
crueldad. Pero esos son nietzschistas furiosos y danzantes, ante los
cuales iría yo a dar un abrazo al hombre que da de comer a los
pajaritos...
PRIMAVERA APOLINEA
[imagen: Una copiosa cabellera. Unos ojos de ensueño y de
voluntad, juventud, mucha juventud: un poeta.]
I
Una copiosa cabellera. Unos ojos de ensueño y de voluntad. Juventud,
mucha juventud: un poeta. Habla:
--Yo nací del otro lado del Océano, en la tierra de las pampas y del
gran río. Desde mi pubertad me sentí Abel; un Abel resuelto a vivir toda
mi vida y a desarmar a Caín de su quijada de asno. Afligí a mis padres,
puesto que muy temprano vieron en mí el signo de la lira. Se me rodeó de
guarismos en el ambiente de las transaciones, y salté la valla. De todo
el himno de la patria sólo quedó en mi espíritu, cantando, un verso:
¡Libertad! ¡libertad! ¡libertad! Y me sentí desde luego libre por mi
íntima volición.
Y conocí a un hermano mayor, a un compañero, que tendiéndome la diestra
me señaló un vasto campo para las luchas y para los clamores, me inició
en el sentimiento de la solidaridad humana, aquel joven bello y
atrevido de vida trágica y de versos fuertes. Mi bohemia se mezcló a
las agitaciones proletarias, y aun adolescente, me juzgué determinado a
rojas campañas y protestas. Fraseé cosas locamente audaces y rimé
sonoras imposibilidades. Mi alma, anhelante de ejercicios y actividades,
fluctuó en su primavera sobre el suburbio. No sabía yo bien adonde iba,
sino adonde me llamaban lejanos clarines. Me imbuí en el misterio de la
naturaleza, y el destino de las muchedumbres, enigma fué para mí, tema y
obsesión. Ardí de orgullo. Consideréme en la solidaridad humana,
vibrantemente personal. Nada me fué extraño, y mi yo invadía el
universo, sin otro bagaje que el que mi caja craneana portaba de
ensueños y de ideas.
Mi espíritu era un jardín. Mis ambiciones eran libertad humana, alas
divinas. Y, como no encontraba campana mejor que la que levantaba el
alma de los desheredados, de los humildes, de los trabajadores, me fuí a
buscar a Cristos por los mesones de los barrios bajos y por los
pesebres. Creí--aurora irreflexiva--en la fuerza del odio, sin
comprender toda la inutilidad de la violencia. No acaricié el
instrumento de mis cantos, sino que le apreté contra mi corazón con una
como furia desmedida. Comprendía que yo había nacido para ser una vasta
comunidad sedienta de justicia, buscadora de inauditas bienaventuranzas.
Mi derrotero iba siempre hacia el azul. Para todo el comprimido río de
mis ideas juveniles no hallé mejor salida que el cauce de las
sensaciones y las cataratas de las palabras. Mi rebeldía iba coronada de
flores. No tenía más compañeros que los que veía dispuestos a las luchas
nobles y los buenos combates. Yo creí ver pasar «el gran rebaño». Yo lo
soñé una noche cavernosa que evocaba apariciones de muertas humanidades,
mientras pensaba, apartado de los hombres como un condor solitario
adormecido en la grandeza de las peladas cumbres, con la visión
desesperante de una colmena humana miserable que recortábase en la
blanca sábana de nieve como un borrón en una página alba. Al fin, hálito
cristiano me inspiró en aquella hora y la estrofa que otras veces
abofeteara a los oídos, se retorció en un gesto de insultador.
Amé la grandilocuencia, pues sabía que los profetas hablaban en tropos a
los pueblos y los poetas y las pitonisas en enigmas a las edades.
Buscaba en veces la oscuridad. Me preocupaba a todas horas la
interrogación de lo fatal. Oía hablar al hierro. Mi primer amor no fué
de rosas soñadas, sino de carne viva. Me amacicé desde muy temprano a
los golpes de la existencia. Fuí a acariciar el pecho de la miseria. Y
surgió el amor. ¿Romántico? Hasta donde dorara la pasión la más sublime
de las realidades, representada en una adolescente rosa femenina. Todo,
es verdad, estaba dorado por la felicidad, hasta la tristeza y la
penuria de los que fuesen favoritos de mi lástima. Mis ideales de
venturanza humana no se aminoraron, sin embargo; mas se dulcificaron a
pesar de mis impulsos y proclamas de brega, por la virtud de una alma y
de una boca de mujer. Vida, sangre y alma busco y encuentro en la mujer
de mis dilecciones. Mas no por eso olvidé el sufrimiento de los que
consideraba mis hermanos de abajo, cuyas primeras angustias fuí a buscar
hasta las pretéritas y cíclicas tradiciones de la India. Mi carácter se
encabritaba en veces,
¡bravo potro salvaje
que no ha sentido espuelas de jinete!
No pude nunca comprender el rebajamiento de las voluntades, las
villanías y miserias que manchan en ocasiones las más finas perlas. En
ocasiones huía de la ciudad y hallaba en la inmensidad pampeana vuelos
de poemas que se confundían con ansias íntimas. El ritmo universal se
confundía con mi propio ritmo, con el correr de mi sangre y el hacer de
mis versos. De retorno a la urbe, hablaba a las muchedumbres. Vivía cara
a cara con la pobreza, pero en un ambiente de libertad, de libertad y de
amor. Con el vigor de la primera edad, con mi tesoro de ilusiones y de
ensueños, no pude evitar momentos de delirio, de desaliento, de
vacilaciones. Consagréme caballero de la rebeldía, pero sintiendo
siempre las dificultades de todo tiempo. Llegué a comprender las
fatalidades, de la injusticia, y mi simpatía fué a los grandes caídos,
Satán, Caín, Judas. Encontré por fin estrecha mi tierra con ser tan
ancha y larga, y vi más allá del mar el porvenir. Solicité los éxodos y
ambicioné la vida heroica. El Océano fué una nueva revelación para mis
alas mentales. El amor mismo fué animador de mis designios de conquista.
En el viejo continente proseguí en mis anhelos libertarios. Tomé parte
en luchas populares, vi el incendio, la profanación; oí los alaridos de
la Bestia policéfala y creí en el mejoramiento de la humanidad por el
sacrificio y por el escarmiento. Revivían en mi mente las antiguas
leyendas de mi tierra americana y las autóctonas divinidades de los
pasados tiempos reaparecían en mis prosas combativas y en mis estrofas
amplias y sonantes. «La historia del viejo ombú despertó el alma de las
tres razas que dormían en mí». Y el viento de Europa, el soplo árido, al
mover mis largos cabellos, me infundió un nuevo y desconocido aliento.
Y luego fué como un despertar, como una nueva visión de vida. Comprendí
la inutilidad de la violencia y el rebajamiento de la democracia.
Comprendí que hay una ley fatal que rige nuestras vidas, instantáneas en
la eternidad. Supe, más que nunca, que nuestra redención del sufrir
humano está solamente en el amor. Que el pozo del existir debe ser
nuestra virtud del paraíso. Que el poema de nuestra simiente o de
nuestro cerebro es un producto sagrado. Que el misterio está en todos,
y, sobre todo, en nosotros mismos y que puede ser de sombra y de
claridad. Y que el sol, la fruta y la rosa, el diamante y el ruiseñor se
tienen con amar.
II
Así habló el bizarro poeta de larga cabellera, en una hora armoniosa en
que la tarde diluía sus complacencias dulces en un aire de oro. El
cuarto era modesto; el antiguo libertario revelaba sus aristocracias de
artista, con el orgullo de su talento, con su amada, condesa auténtica,
y con una Juventud llena de futuro más auténtica aún.
Y salimos al hervor de París.
VISIONES PASADAS
[imagen: Una vaga tristeza flota en la costa extensa y
solitaria...]
LA MAREA
Una vaga tristeza flota en la costa extensa y solitaria, cuando baja la
marea. El agua de la bahía panameña se retira a largo trecho. Los
muelles aparecen alzados sobre sus cien flacas piernas de madera. La
playa está cubierta de un lodo betuminoso y salino, donde resaltan
piedras deslavadas y aglomeradas conchas de ostras.
Las embarcaciones, quietas, echadas sobre un costado, o con las quillas
hundidas en el fango, parece que aguardan la creciente que ha de
sacarlas de la parálisis. A lo lejos, un cayuco negro semeja un largo y
raro carapacho; sobre una gran canoa está, recogida y apretada entre
cuerdas, la gavia. Agrupados como una quieta banda de cetáceos rojos y
oscuros, dormitan los grandes lanchones. Un marinero ronca en su
chalupa. Las balandras ágiles aguardan la hora del viento.
Los boteros «chumecas» arreglan sus botes y sus pangaschatas. A la
orilla del mar, los pantalones arremangados sobre la rodilla, apoyado
en un remo, un chileno robusto canta entre dientes una zamacueca.
Empieza a oirse el apagado y suave rumor del agua que viene. Suena el
aire a la sordina.
La primera barca que ha recibido la caricia de la ola, cabecea, se
despierta, vuelve a agitarse, curada de la nostalgia del movimiento. De
allá, de donde vienen los chinos pescadores, sale, al viento la vela
radiada, un junco ligero. Cual si se viniese desenrollando una enorme
tela gris, avanza la marea, trayendo a la playa su ruido de espumas y
sus convulsivas agitaciones.
El vagido del mar aumenta, y se oye semejante al paso de un río en la
floresta. Es un vagido continuado, en un tono opaco, tan solamente
cambiado por el desgarramiento sedoso y cristalino de la ola que se
deshace.
¡Canta en voz baja, pon tu órgano a la sordina, oh, buen viento de la
tarde! Canta para el marino que partirá para un largo viaje, cuando
alegre el agua azul la armoniosa visión de un blanco vuelo de goletas.
Canta para el pescador que tenderá la red; canta para el remero negro,
risueño y de grandes gestos elásticos; canta para el chino que va a
pescar, todavía con la divina modorra de su poderoso y sutil opio. Y
canta, mientras la marea sube, para los viajeros, para los errantes,
para los pensativos, para los que van sin rumbo fijo, tendidas las
velas, por el mar de la vida, tan áspero, tan profundo, tan amargo como
el inmenso y misterioso océano.
A UNA BOGOTANA (Pasillo en prosa.)
El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals. Vea
usted cómo aquellos dos enamorados pueden llevar el compás, en medio de
la más ardiente conversación. El dice que los lindos ojos de una mujer
valen por todos los astros, y los lindos labios por todas las rosas.
Como ella quiere demostrar lo contrario, le mira con los bellísimos ojos
suyos, le sonríe con sus inefables labios, que son en un todo iguales a
aquellos con que la señorita de Abril dió el primer beso al caballero de
Mayo. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.
¡Oh, sí, sí! La fuerza de una pasión es mayor, infinitas veces, que el
empuje de ese enorme y poderoso Tequendama. ¿Usted conoce la catarata?
Dicen que sus aguas saltan de un clima a otro. Que allá abajo hay palmas
y flores; que arriba, en la roca que conoció la espada de Bolívar, hace
frío. ¡Qué delicia estar allá abajo, señora, dos que se quieren! La
soberana armonía de la naturaleza pondría un palio augusto y soberbio al
idilio. Al ruido del salto no se oirían los besos. ¡Idilio solitario y
magnífico! ¿Sabe usted, señora, que tengo deseos de que se casen dos
amables solteros al comenzar a florecer los naranjos? Efraim Isaacs con
Edda Pombo. ¡Qué envidiable pareja! ¿Está usted agitada? El pasillo,
señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.
* * * * *
En cuanto las heridas alas de mi Pegaso me lo permitan, heridas, ¡ay,
por dolores hondos y flechas implacables!--iré, señora, a la Vía Láctea,
a cortar un lirio de los jardines que cuidan las vírgenes del paraíso.
Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa, en Sirio un clavel,
y en la
[imagen: Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa...]
enfermiza y pálida Selene una adelfa. El ramo se lo daré a una suave y
pura mujer que todavía no haya amado. La rosa y el clavel la ofrecerán
su perfume despertador de ansias secretas. El lirio será comparable a su
alma cándida y casta. En la adelfa pondré el diamante de una lágrima,
para que sea ella ofrenda de mi desesperanza. Bien se conversa al compás
de esta blanda música. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un
lento y rosado vals.
* * * * *
Conque ¿se va? ¡Feliz, muy feliz viaje! Así sucede en la vida. El alba,
que abre los ojos de una diana de liras, dura un momento; dichoso el
monje que oyó, por largos siglos, cantar al ruiseñor de la leyenda,
¡Adiós, golondrina, adiós paloma! Pero ¿quiere hacerme un dulce favor?
Cuando llegue usted a su gigantesco Tequendama, deshoje, a mi memoria,
la flor que lleva en su corpiño, y arrójela en las locas espumas que
allá abajo, sobre las rosas, junto a las palmas, hacen temblar sus
iris... El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado
vals.
LA VIRGEN NEGRA (Havre).
En Normandía de Francia, yendo del Havre a Orcher, se encuentra un
pueblecito coronado por una bella estatua de la Virgen. Llaman a este
divino icono «La Virgen Negra». ¡Quién rimase latín de himnos y
secuencias para hallar una cuenta de oro que agregar al rosario precioso
de la Letanía! La Virgen está en bronce, en un lugar alto; domina el mar
y el campo.
El zócalo de su estatua está vestido de verdura por una fresca invasión
de enredaderas. La Virgen Negra es patrona de los marineros. Desde su
trono de piedra muestra su niño Jesús al mar; y por ella, muchos hijos
de pescadores ven llegar a la casa pobre, después de las tempestades,
blancas barcas chorreando agua salada.
_¡María Stella!_ La estrella del mar tiene al Dios hijo en los brazos.
¡Orgullosa con su delfín, franceses! Esa reina de la Francia celeste, en
su maternidad, es la que libra de los vientos y de las rocas vuestras
barcas, y la que hace madurar vuestras uvas, que dan la
[imagen: En Normandía de Francia, yendo del Havre a Orcher, se
encuentra un pueblecito coronado por una bella estatua de la Virgen.]
sangre y las danzas. Vosotros, campesinos de Orcher, marineros del
Havre, sabéis hacer su fiesta con el canto de los campanarios, los
cirios nuevos y las ofrendas florales.
Ella, que es estrella de la mañana, es también el faro, la estrella de
la noche. Cuando el sol se va queda su sol sublime. _¡Stella
Vespertina!_ Encarnada en el más duro de los metales, ha puesto en él su
enternecimiento y su gracia. Así esa gran Virgen, formidable en su
bronce, tiene el propio encanto, la misma humildad materna de las
vírgenes delicadas de los lienzos y de las místicas esculturas
policromas que están en los templos. De todas las manos que a ella se
tienden bajo la tormenta, ¿cuál es la que no halla apoyo? Tú, que te
hundes, no tienes en tus labios sino palabras de blasfemia y de
desesperanza...
El milagro existe. El milagro lo cuentan pescadores canosos, domadores
de vientos. El que no cree en el milagro, no ha rogado nunca en una
inmensa desgracia, no ha tenido jamás el momento de pedir llorando, con
el alma, un algo de su piedad y de su dulzura a la madre María. Ella
tiene siempre la sonrisa en sus místicos labios. Ella tiene a cada
instante el gesto de salvación, la mirada de aliento, lo que apacigua a
Behemot, y lo que detiene a Leviathan.
Su hermosa cabeza imperial y maternal se mueve entoldada por un zodiaco
de virtudes. La ola enorme del mar que ella tiene a sus pies, no hace su
obra brutal si ella la mira. Cada bruma le reza, cada espuma le canta.
El vago y fugitivo iris tiene siempre, para que ella pase, listo su
puente. Las gaviotas vuelan alrededor de la media luna que ella pisa.
«Madre María--dice la golondrina--, ya volví de la tierra de Africa.»
«Madre María--dice la anciana abuela--, ¿nada malo ha pasado al
grumete?»
«Madre María--dice una mariposa blanca--, la niña rubia que aguarda al
novio, te está tejiendo una guirnalda de rosas rojas.»
Y en el campo cercano, más allá de las «villas», donde los árboles se
ven recortados como los encajes, está el hombre rural, que ama su fuerte
buey y su caballo normando.
El ruega también a la Virgen Negra de Harfleur por la cosecha, por la
felicidad de la campiña, por la flor y el fruto. Ella, la madre, escucha
asimismo la plegaria del cultor.
Quizá tuviere alguna pequeñita predilección por las gentes de mar,
porque... ¡pasan por tantos peligros! ¡van tan lejos! ¡son tan bravos y
serenos, y cantan tan alegres canciones! Mas no, ella es la misma para
todos.
Bajo su manto de oscuro metal se agrupan todas las oraciones. ¿Son
muchas? El manto crece, se agranda, se agiganta. ¿Son más? Crecen tanto
como si fuese el mismo cielo azul, constelado de gemas siderales. Allí
cabe todo lo creado. Allí encuentra abrigo la plegaria de la humanidad,
y el Angelus que reza cada crepúsculo de la tarde, el alma del mundo.
LOS MISERABLES
[imagen]
Viejos de largas barbas canas; hombres
fuertes; hombres jóvenes.
LOS MISERABLES
_Los «gueux» franceses, los
«tramps» yankis, los «atorrantes»
argentinos._
El «Gueux».
Quien haya visto en ciertos paseos, en la _banlieue_, o bajo arboledas
_hantées_, como dice el pequeño poema de Baudelaire, la figura
grotescamente miserable de ciertos desheredados de la suerte, de ciertos
malditos de la vida, de ciertos parias del arroyo, ¿no ha sentido al
mismo tiempo la repugnancia y la lástima?
Harapientos, con fragmentos de zapatos, sombreros de todas las formas
imaginables, sucios y abollados; con las caras abotagadas y las narices
rojas de alcohol; viejos, de largas barbas canas; hombres fuertes:
hombres jóvenes, bajo el viento, bajo el sol, bajo la noche, pueblan sus
lugares preferidos.
¿Dónde viven? No tienen lugar fijo, o se amontonan en ocultas covachas,
o vagan noctámbulos, para dormir a pleno sol en un paseo público, junto
a una estación de ferrocarril o en las gradas de un edificio.
La miseria es tan antigua como el hombre. En el cielo fabuloso de la
Grecia se conocía ya la mendicidad. Aro o Areo fué un pordiosero del
país de Itaca. El zaparrastroso pretendió nada menos que casarse con
Penélope, y Ulises, su noble rival, se deshizo de él de un puñetazo.
Las manifestaciones de la miseria son las que han cambiado con los
tiempos y las costumbres.
El _gueux_ de la Francia de hoy no es el mismo de la época de Villón.
Especiales causas políticas y sociales engendraron aquellos _vendangeurs
de costé_, aquellos temibles mendigos y rateros que adoptaron por
patrono, cosa curiosa en verdad, al rey David: «David, le roy, seige
prophète».
Víctor Hugo ha reconstruído, en su admirable _Notre Dame_, la célebre
Corte de los Milagros. Villón, en sus _Testamentos_, ha dejado una
pintura vivísima de la canalla de su tiempo. El frecuentó los más
ocultos rincones de la miseria, y, como dice J. de Marthold: «Il sait le
nom de tous les malandrins, orphelins, et claque-patins, celui de toutes
les filles et de tous les mauvais lieux; _item_ connaît-il celui de
tous les représentants de l’autorité et de la loi, mouchards, soldats du
guet, geôliers, geôlières même, greffiers, auditeurs, procureurs,
lieurenant criminel, bourreau, celui de tous les corps de garde, de tous
les cachots et tous les gibets.»
Tan les conocía, que estuvo a punto de ser entregado al Monsieur de
París, de entonces, como el mismo Gringoire.
La diferencia que se puede notar entre los miserables de antaño y los de
nuestra época es que sobre aquéllos parece que hubiera flotado un aire
de alegría, y hoy reina en el mundo, en todas las clases, la tristeza,
el pesimismo. Aun en medio de sus oscuros conciliábulos, de sus hambres
y pillerías, tenían los de antes una canción en los labios, una
carcajada. El raro rey Luis Onceno mira reir a su pueblo, y le deja
reir, porque sabe que «rire est déjà se venger». La fiesta de los Tontos
distrae a los _gueux_, que son amigos de las farsas y de las locuras.
Luego, lo que llamaremos la policía, de entonces, los angelz, están
listos para evitar los golpes de los malhechores, y recorren los lugares
sospechosos.