A un lado y otro se extienden los brazos. Es el París que trabaja, las

extremidades llenas de fábricas, cuajadas de usinas de telares, de

chimeneas. Por allí, constantemente, bullen las muchedumbres de obreros

que forman la vitalidad productora: los obreros que saben leer y luchar,

los trabajadores que salen de sus labores y van a las universidades

populares a comunicar con sus hermanos intelectuales, ya en el faubourg

Saint-Antoine, ya en Montreuil-sous-Bois, en Grenelle, o en

Boulogne-Billancourt, de un punto a otro, de Asnières a Charenton, de

Vincennes a Puteaux, a Levallois, a Courbevoie. Pues los brazos de París

manejan alternativamente herramientas y libros, antorchas e ideas. Son

brazos robustos e inteligentes, y también terribles.

El inmenso vientre y el sexo están en el centro, en ese trecho en que

los grandes bulevares juntan todos los apetitos, deseos y vicios

nacionales y extranjeros, desde la Magdalena hasta la Plaza de la

República y los alrededores de la Opera. Allí se come bien y se peca

mejor. La riqueza y el lujo hacen su exhibición, la gula encuentra cien

dorados refugios en que saciar sus más exquisitos caprichos, y el amor

fácil halla el suntuoso y babilónico prostíbulo ambulante que ha dado a

esta capital, digna de superior renombre, el de ser el lugar de cita y

el casino de las naciones.

Y el corazón de París late por todas partes, y riega su sangre por todo

el resto del magnífico cuerpo. Ese corazón anima a las individualidades

silenciosas y discretas que hacen el bien callado a los hospicios y

lugares de asilo, a los conventos en que sin engaño se reza y se

sostiene, como dice Huysmans el de la Oblación, el pararrayo. Cuando ese

corazón quiere hablar se llama _Severine_, como se llamaba Luisa Michel.

El hace ir sin pompa a las viejas caritativas a llevar pan y carbón a

sus pobres; él sostiene a las infinitas muchachas honestas que,

viviendo con el lupanar a la vista, prefieren ir a la fábrica para dar

de comer a la madre inválida o al hermanito enfermo; él se revela, por

fin, en los que se ahogan por salvar suicidas, en el médico que va a ver

el infeliz y le deja con la receta el dinero para pagarla, en las nobles

cooperativas, y hasta en el cochero viejo que se mata porque se le murió

el caballo, que era su antiguo compañero. ¡El buen París! ¿Quién dice

que tan solamente hay aquí muñequitas de carne, y hombres con profesión

de pez? Que venga a ver los talleres llenos, las iglesias, las

universidades populares, y... a los hombres que dan de comer a los

pajaritos.

No hay que reir mucho de Margot si llora por el melodrama, y si viejas

solteronas se enamoran de sus gatos. No hay que buscar el lado cómico de

las Sociedades protectoras de animales. No debe ser ridiculizado ningún

sentimiento de origen noble. Y el cariño hacia la naturaleza--paisajes,

animales, flores o aguas--y las simpatías por las manifestaciones

amables de ella, proclamarán siempre su origen generoso. Sin anonadar

nuestra personalidad humana en la ataraxia de Zenón o la apatía

epicúrea, tengamos la pasión del universo, la tendencia a nuestra

unidad. Así como nada conforta tanto como la presencia de los bosques o

la contemplación del Océano, nada suaviza más las asperezas del espíritu

que la visión de una rosa en su tallo, o un pájaro sin trabas ni jaula,

que salta y vuela por donde quiera, y canta sin inquietudes bajo el

cielo. Quizás la luminosa alegría que nada podrá destruir en el alma de

esta Galia feliz, viene de su simbólica alondra, maestra de libertad,

amante de claridad, ebria de frescor y de canto matutino. Tengamos el

amor de las rosas y de los pájaros, de las mariposas, de las abejas. Es

un medio de comunicación con lo Universal, con la divinidad.

Maeterlinck, en el libro admirable que conocéis, ha oído la iniciada voz

de Virgilio:

_Ese apibus partem divinæ mentis et hansitus._

_Athereos dixere: Deum manque ire per omnes._

_Terrasque tractusque maris, extumque profundum._

Nada más conmovedor que la petición que, hace algún tiempo, dirigieron

al Congreso belga los miembros de un instituto de ciegos.

Sabido es que en ambas partes a los pájaros cantores, para que canten

mejor, les sacan los ojos, sin duda acordándose del divino Melesígenes,

que también supo ser armonioso sin los suyos...

En Bélgica hacen lo mismo, y esos ciegos del instituto han intercedido

por los ojos de los pajaritos.

Yo sé que hay gentes que sonríen de todas esas cosas, que hallan todo

sentimentalismo fuera de moda, y que juzgan nefelibatas a los que no se

levantan todos los días con el único propósito de aumentar sus rentas

por la buena o por la mala. Yo sé que hay muchas gentes que retorcerían

con gusto el pescuezo a todos los cisnes del Caistro, y enviarían una

buena perdigonada a los ruiseñores de las melodiosas florestas. Yo sé

que en filosofía priva mucho actualmente la ferocidad, el egoísmo, la

crueldad. Pero esos son nietzschistas furiosos y danzantes, ante los

cuales iría yo a dar un abrazo al hombre que da de comer a los

pajaritos...

PRIMAVERA APOLINEA

[imagen: Una copiosa cabellera. Unos ojos de ensueño y de

voluntad, juventud, mucha juventud: un poeta.]

I

Una copiosa cabellera. Unos ojos de ensueño y de voluntad. Juventud,

mucha juventud: un poeta. Habla:

--Yo nací del otro lado del Océano, en la tierra de las pampas y del

gran río. Desde mi pubertad me sentí Abel; un Abel resuelto a vivir toda

mi vida y a desarmar a Caín de su quijada de asno. Afligí a mis padres,

puesto que muy temprano vieron en mí el signo de la lira. Se me rodeó de

guarismos en el ambiente de las transaciones, y salté la valla. De todo

el himno de la patria sólo quedó en mi espíritu, cantando, un verso:

¡Libertad! ¡libertad! ¡libertad! Y me sentí desde luego libre por mi

íntima volición.

Y conocí a un hermano mayor, a un compañero, que tendiéndome la diestra

me señaló un vasto campo para las luchas y para los clamores, me inició

en el sentimiento de la solidaridad humana, aquel joven bello y

atrevido de vida trágica y de versos fuertes. Mi bohemia se mezcló a

las agitaciones proletarias, y aun adolescente, me juzgué determinado a

rojas campañas y protestas. Fraseé cosas locamente audaces y rimé

sonoras imposibilidades. Mi alma, anhelante de ejercicios y actividades,

fluctuó en su primavera sobre el suburbio. No sabía yo bien adonde iba,

sino adonde me llamaban lejanos clarines. Me imbuí en el misterio de la

naturaleza, y el destino de las muchedumbres, enigma fué para mí, tema y

obsesión. Ardí de orgullo. Consideréme en la solidaridad humana,

vibrantemente personal. Nada me fué extraño, y mi yo invadía el

universo, sin otro bagaje que el que mi caja craneana portaba de

ensueños y de ideas.

Mi espíritu era un jardín. Mis ambiciones eran libertad humana, alas

divinas. Y, como no encontraba campana mejor que la que levantaba el

alma de los desheredados, de los humildes, de los trabajadores, me fuí a

buscar a Cristos por los mesones de los barrios bajos y por los

pesebres. Creí--aurora irreflexiva--en la fuerza del odio, sin

comprender toda la inutilidad de la violencia. No acaricié el

instrumento de mis cantos, sino que le apreté contra mi corazón con una

como furia desmedida. Comprendía que yo había nacido para ser una vasta

comunidad sedienta de justicia, buscadora de inauditas bienaventuranzas.

Mi derrotero iba siempre hacia el azul. Para todo el comprimido río de

mis ideas juveniles no hallé mejor salida que el cauce de las

sensaciones y las cataratas de las palabras. Mi rebeldía iba coronada de

flores. No tenía más compañeros que los que veía dispuestos a las luchas

nobles y los buenos combates. Yo creí ver pasar «el gran rebaño». Yo lo

soñé una noche cavernosa que evocaba apariciones de muertas humanidades,

mientras pensaba, apartado de los hombres como un condor solitario

adormecido en la grandeza de las peladas cumbres, con la visión

desesperante de una colmena humana miserable que recortábase en la

blanca sábana de nieve como un borrón en una página alba. Al fin, hálito

cristiano me inspiró en aquella hora y la estrofa que otras veces

abofeteara a los oídos, se retorció en un gesto de insultador.

Amé la grandilocuencia, pues sabía que los profetas hablaban en tropos a

los pueblos y los poetas y las pitonisas en enigmas a las edades.

Buscaba en veces la oscuridad. Me preocupaba a todas horas la

interrogación de lo fatal. Oía hablar al hierro. Mi primer amor no fué

de rosas soñadas, sino de carne viva. Me amacicé desde muy temprano a

los golpes de la existencia. Fuí a acariciar el pecho de la miseria. Y

surgió el amor. ¿Romántico? Hasta donde dorara la pasión la más sublime

de las realidades, representada en una adolescente rosa femenina. Todo,

es verdad, estaba dorado por la felicidad, hasta la tristeza y la

penuria de los que fuesen favoritos de mi lástima. Mis ideales de

venturanza humana no se aminoraron, sin embargo; mas se dulcificaron a

pesar de mis impulsos y proclamas de brega, por la virtud de una alma y

de una boca de mujer. Vida, sangre y alma busco y encuentro en la mujer

de mis dilecciones. Mas no por eso olvidé el sufrimiento de los que

consideraba mis hermanos de abajo, cuyas primeras angustias fuí a buscar

hasta las pretéritas y cíclicas tradiciones de la India. Mi carácter se

encabritaba en veces,

¡bravo potro salvaje

que no ha sentido espuelas de jinete!

No pude nunca comprender el rebajamiento de las voluntades, las

villanías y miserias que manchan en ocasiones las más finas perlas. En

ocasiones huía de la ciudad y hallaba en la inmensidad pampeana vuelos

de poemas que se confundían con ansias íntimas. El ritmo universal se

confundía con mi propio ritmo, con el correr de mi sangre y el hacer de

mis versos. De retorno a la urbe, hablaba a las muchedumbres. Vivía cara

a cara con la pobreza, pero en un ambiente de libertad, de libertad y de

amor. Con el vigor de la primera edad, con mi tesoro de ilusiones y de

ensueños, no pude evitar momentos de delirio, de desaliento, de

vacilaciones. Consagréme caballero de la rebeldía, pero sintiendo

siempre las dificultades de todo tiempo. Llegué a comprender las

fatalidades, de la injusticia, y mi simpatía fué a los grandes caídos,

Satán, Caín, Judas. Encontré por fin estrecha mi tierra con ser tan

ancha y larga, y vi más allá del mar el porvenir. Solicité los éxodos y

ambicioné la vida heroica. El Océano fué una nueva revelación para mis

alas mentales. El amor mismo fué animador de mis designios de conquista.

En el viejo continente proseguí en mis anhelos libertarios. Tomé parte

en luchas populares, vi el incendio, la profanación; oí los alaridos de

la Bestia policéfala y creí en el mejoramiento de la humanidad por el

sacrificio y por el escarmiento. Revivían en mi mente las antiguas

leyendas de mi tierra americana y las autóctonas divinidades de los

pasados tiempos reaparecían en mis prosas combativas y en mis estrofas

amplias y sonantes. «La historia del viejo ombú despertó el alma de las

tres razas que dormían en mí». Y el viento de Europa, el soplo árido, al

mover mis largos cabellos, me infundió un nuevo y desconocido aliento.

Y luego fué como un despertar, como una nueva visión de vida. Comprendí

la inutilidad de la violencia y el rebajamiento de la democracia.

Comprendí que hay una ley fatal que rige nuestras vidas, instantáneas en

la eternidad. Supe, más que nunca, que nuestra redención del sufrir

humano está solamente en el amor. Que el pozo del existir debe ser

nuestra virtud del paraíso. Que el poema de nuestra simiente o de

nuestro cerebro es un producto sagrado. Que el misterio está en todos,

y, sobre todo, en nosotros mismos y que puede ser de sombra y de

claridad. Y que el sol, la fruta y la rosa, el diamante y el ruiseñor se

tienen con amar.

II

Así habló el bizarro poeta de larga cabellera, en una hora armoniosa en

que la tarde diluía sus complacencias dulces en un aire de oro. El

cuarto era modesto; el antiguo libertario revelaba sus aristocracias de

artista, con el orgullo de su talento, con su amada, condesa auténtica,

y con una Juventud llena de futuro más auténtica aún.

Y salimos al hervor de París.

VISIONES PASADAS

[imagen: Una vaga tristeza flota en la costa extensa y

solitaria...]

LA MAREA

Una vaga tristeza flota en la costa extensa y solitaria, cuando baja la

marea. El agua de la bahía panameña se retira a largo trecho. Los

muelles aparecen alzados sobre sus cien flacas piernas de madera. La

playa está cubierta de un lodo betuminoso y salino, donde resaltan

piedras deslavadas y aglomeradas conchas de ostras.

Las embarcaciones, quietas, echadas sobre un costado, o con las quillas

hundidas en el fango, parece que aguardan la creciente que ha de

sacarlas de la parálisis. A lo lejos, un cayuco negro semeja un largo y

raro carapacho; sobre una gran canoa está, recogida y apretada entre

cuerdas, la gavia. Agrupados como una quieta banda de cetáceos rojos y

oscuros, dormitan los grandes lanchones. Un marinero ronca en su

chalupa. Las balandras ágiles aguardan la hora del viento.

Los boteros «chumecas» arreglan sus botes y sus pangaschatas. A la

orilla del mar, los pantalones arremangados sobre la rodilla, apoyado

en un remo, un chileno robusto canta entre dientes una zamacueca.

Empieza a oirse el apagado y suave rumor del agua que viene. Suena el

aire a la sordina.

La primera barca que ha recibido la caricia de la ola, cabecea, se

despierta, vuelve a agitarse, curada de la nostalgia del movimiento. De

allá, de donde vienen los chinos pescadores, sale, al viento la vela

radiada, un junco ligero. Cual si se viniese desenrollando una enorme

tela gris, avanza la marea, trayendo a la playa su ruido de espumas y

sus convulsivas agitaciones.

El vagido del mar aumenta, y se oye semejante al paso de un río en la

floresta. Es un vagido continuado, en un tono opaco, tan solamente

cambiado por el desgarramiento sedoso y cristalino de la ola que se

deshace.

¡Canta en voz baja, pon tu órgano a la sordina, oh, buen viento de la

tarde! Canta para el marino que partirá para un largo viaje, cuando

alegre el agua azul la armoniosa visión de un blanco vuelo de goletas.

Canta para el pescador que tenderá la red; canta para el remero negro,

risueño y de grandes gestos elásticos; canta para el chino que va a

pescar, todavía con la divina modorra de su poderoso y sutil opio. Y

canta, mientras la marea sube, para los viajeros, para los errantes,

para los pensativos, para los que van sin rumbo fijo, tendidas las

velas, por el mar de la vida, tan áspero, tan profundo, tan amargo como

el inmenso y misterioso océano.

A UNA BOGOTANA (Pasillo en prosa.)

El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals. Vea

usted cómo aquellos dos enamorados pueden llevar el compás, en medio de

la más ardiente conversación. El dice que los lindos ojos de una mujer

valen por todos los astros, y los lindos labios por todas las rosas.

Como ella quiere demostrar lo contrario, le mira con los bellísimos ojos

suyos, le sonríe con sus inefables labios, que son en un todo iguales a

aquellos con que la señorita de Abril dió el primer beso al caballero de

Mayo. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.

¡Oh, sí, sí! La fuerza de una pasión es mayor, infinitas veces, que el

empuje de ese enorme y poderoso Tequendama. ¿Usted conoce la catarata?

Dicen que sus aguas saltan de un clima a otro. Que allá abajo hay palmas

y flores; que arriba, en la roca que conoció la espada de Bolívar, hace

frío. ¡Qué delicia estar allá abajo, señora, dos que se quieren! La

soberana armonía de la naturaleza pondría un palio augusto y soberbio al

idilio. Al ruido del salto no se oirían los besos. ¡Idilio solitario y

magnífico! ¿Sabe usted, señora, que tengo deseos de que se casen dos

amables solteros al comenzar a florecer los naranjos? Efraim Isaacs con

Edda Pombo. ¡Qué envidiable pareja! ¿Está usted agitada? El pasillo,

señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.

* * * * *

En cuanto las heridas alas de mi Pegaso me lo permitan, heridas, ¡ay,

por dolores hondos y flechas implacables!--iré, señora, a la Vía Láctea,

a cortar un lirio de los jardines que cuidan las vírgenes del paraíso.

Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa, en Sirio un clavel,

y en la

[imagen: Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa...]

enfermiza y pálida Selene una adelfa. El ramo se lo daré a una suave y

pura mujer que todavía no haya amado. La rosa y el clavel la ofrecerán

su perfume despertador de ansias secretas. El lirio será comparable a su

alma cándida y casta. En la adelfa pondré el diamante de una lágrima,

para que sea ella ofrenda de mi desesperanza. Bien se conversa al compás

de esta blanda música. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un

lento y rosado vals.

* * * * *

Conque ¿se va? ¡Feliz, muy feliz viaje! Así sucede en la vida. El alba,

que abre los ojos de una diana de liras, dura un momento; dichoso el

monje que oyó, por largos siglos, cantar al ruiseñor de la leyenda,

¡Adiós, golondrina, adiós paloma! Pero ¿quiere hacerme un dulce favor?

Cuando llegue usted a su gigantesco Tequendama, deshoje, a mi memoria,

la flor que lleva en su corpiño, y arrójela en las locas espumas que

allá abajo, sobre las rosas, junto a las palmas, hacen temblar sus

iris... El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado

vals.

LA VIRGEN NEGRA (Havre).

En Normandía de Francia, yendo del Havre a Orcher, se encuentra un

pueblecito coronado por una bella estatua de la Virgen. Llaman a este

divino icono «La Virgen Negra». ¡Quién rimase latín de himnos y

secuencias para hallar una cuenta de oro que agregar al rosario precioso

de la Letanía! La Virgen está en bronce, en un lugar alto; domina el mar

y el campo.

El zócalo de su estatua está vestido de verdura por una fresca invasión

de enredaderas. La Virgen Negra es patrona de los marineros. Desde su

trono de piedra muestra su niño Jesús al mar; y por ella, muchos hijos

de pescadores ven llegar a la casa pobre, después de las tempestades,

blancas barcas chorreando agua salada.

_¡María Stella!_ La estrella del mar tiene al Dios hijo en los brazos.

¡Orgullosa con su delfín, franceses! Esa reina de la Francia celeste, en

su maternidad, es la que libra de los vientos y de las rocas vuestras

barcas, y la que hace madurar vuestras uvas, que dan la

[imagen: En Normandía de Francia, yendo del Havre a Orcher, se

encuentra un pueblecito coronado por una bella estatua de la Virgen.]

sangre y las danzas. Vosotros, campesinos de Orcher, marineros del

Havre, sabéis hacer su fiesta con el canto de los campanarios, los

cirios nuevos y las ofrendas florales.

Ella, que es estrella de la mañana, es también el faro, la estrella de

la noche. Cuando el sol se va queda su sol sublime. _¡Stella

Vespertina!_ Encarnada en el más duro de los metales, ha puesto en él su

enternecimiento y su gracia. Así esa gran Virgen, formidable en su

bronce, tiene el propio encanto, la misma humildad materna de las

vírgenes delicadas de los lienzos y de las místicas esculturas

policromas que están en los templos. De todas las manos que a ella se

tienden bajo la tormenta, ¿cuál es la que no halla apoyo? Tú, que te

hundes, no tienes en tus labios sino palabras de blasfemia y de

desesperanza...

El milagro existe. El milagro lo cuentan pescadores canosos, domadores

de vientos. El que no cree en el milagro, no ha rogado nunca en una

inmensa desgracia, no ha tenido jamás el momento de pedir llorando, con

el alma, un algo de su piedad y de su dulzura a la madre María. Ella

tiene siempre la sonrisa en sus místicos labios. Ella tiene a cada

instante el gesto de salvación, la mirada de aliento, lo que apacigua a

Behemot, y lo que detiene a Leviathan.

Su hermosa cabeza imperial y maternal se mueve entoldada por un zodiaco

de virtudes. La ola enorme del mar que ella tiene a sus pies, no hace su

obra brutal si ella la mira. Cada bruma le reza, cada espuma le canta.

El vago y fugitivo iris tiene siempre, para que ella pase, listo su

puente. Las gaviotas vuelan alrededor de la media luna que ella pisa.

«Madre María--dice la golondrina--, ya volví de la tierra de Africa.»

«Madre María--dice la anciana abuela--, ¿nada malo ha pasado al

grumete?»

«Madre María--dice una mariposa blanca--, la niña rubia que aguarda al

novio, te está tejiendo una guirnalda de rosas rojas.»

Y en el campo cercano, más allá de las «villas», donde los árboles se

ven recortados como los encajes, está el hombre rural, que ama su fuerte

buey y su caballo normando.

El ruega también a la Virgen Negra de Harfleur por la cosecha, por la

felicidad de la campiña, por la flor y el fruto. Ella, la madre, escucha

asimismo la plegaria del cultor.

Quizá tuviere alguna pequeñita predilección por las gentes de mar,

porque... ¡pasan por tantos peligros! ¡van tan lejos! ¡son tan bravos y

serenos, y cantan tan alegres canciones! Mas no, ella es la misma para

todos.

Bajo su manto de oscuro metal se agrupan todas las oraciones. ¿Son

muchas? El manto crece, se agranda, se agiganta. ¿Son más? Crecen tanto

como si fuese el mismo cielo azul, constelado de gemas siderales. Allí

cabe todo lo creado. Allí encuentra abrigo la plegaria de la humanidad,

y el Angelus que reza cada crepúsculo de la tarde, el alma del mundo.

LOS MISERABLES

[imagen]

Viejos de largas barbas canas; hombres

fuertes; hombres jóvenes.

LOS MISERABLES

_Los «gueux» franceses, los

«tramps» yankis, los «atorrantes»

argentinos._

El «Gueux».

Quien haya visto en ciertos paseos, en la _banlieue_, o bajo arboledas

_hantées_, como dice el pequeño poema de Baudelaire, la figura

grotescamente miserable de ciertos desheredados de la suerte, de ciertos

malditos de la vida, de ciertos parias del arroyo, ¿no ha sentido al

mismo tiempo la repugnancia y la lástima?

Harapientos, con fragmentos de zapatos, sombreros de todas las formas

imaginables, sucios y abollados; con las caras abotagadas y las narices

rojas de alcohol; viejos, de largas barbas canas; hombres fuertes:

hombres jóvenes, bajo el viento, bajo el sol, bajo la noche, pueblan sus

lugares preferidos.

¿Dónde viven? No tienen lugar fijo, o se amontonan en ocultas covachas,

o vagan noctámbulos, para dormir a pleno sol en un paseo público, junto

a una estación de ferrocarril o en las gradas de un edificio.

La miseria es tan antigua como el hombre. En el cielo fabuloso de la

Grecia se conocía ya la mendicidad. Aro o Areo fué un pordiosero del

país de Itaca. El zaparrastroso pretendió nada menos que casarse con

Penélope, y Ulises, su noble rival, se deshizo de él de un puñetazo.

Las manifestaciones de la miseria son las que han cambiado con los

tiempos y las costumbres.

El _gueux_ de la Francia de hoy no es el mismo de la época de Villón.

Especiales causas políticas y sociales engendraron aquellos _vendangeurs

de costé_, aquellos temibles mendigos y rateros que adoptaron por

patrono, cosa curiosa en verdad, al rey David: «David, le roy, seige

prophète».

Víctor Hugo ha reconstruído, en su admirable _Notre Dame_, la célebre

Corte de los Milagros. Villón, en sus _Testamentos_, ha dejado una

pintura vivísima de la canalla de su tiempo. El frecuentó los más

ocultos rincones de la miseria, y, como dice J. de Marthold: «Il sait le

nom de tous les malandrins, orphelins, et claque-patins, celui de toutes

les filles et de tous les mauvais lieux; _item_ connaît-il celui de

tous les représentants de l’autorité et de la loi, mouchards, soldats du

guet, geôliers, geôlières même, greffiers, auditeurs, procureurs,

lieurenant criminel, bourreau, celui de tous les corps de garde, de tous

les cachots et tous les gibets.»

Tan les conocía, que estuvo a punto de ser entregado al Monsieur de

París, de entonces, como el mismo Gringoire.

La diferencia que se puede notar entre los miserables de antaño y los de

nuestra época es que sobre aquéllos parece que hubiera flotado un aire

de alegría, y hoy reina en el mundo, en todas las clases, la tristeza,

el pesimismo. Aun en medio de sus oscuros conciliábulos, de sus hambres

y pillerías, tenían los de antes una canción en los labios, una

carcajada. El raro rey Luis Onceno mira reir a su pueblo, y le deja

reir, porque sabe que «rire est déjà se venger». La fiesta de los Tontos

distrae a los _gueux_, que son amigos de las farsas y de las locuras.

Luego, lo que llamaremos la policía, de entonces, los angelz, están

listos para evitar los golpes de los malhechores, y recorren los lugares

sospechosos.

Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV · 第 3 / 5 段