¡Oh, sí! Hoy están los descendientes de los antiguos daimios

completamente civilizados. Al _jiu-jitsu_ nacional, han agregado los

conocimientos adquiridos en el Creusot y en Essen. Se les obligó a

aprender la ciencia de la guerra en establecimientos occidentales; se

les demostró que pasar la vida feliz, sin derramamientos de sangre, sin

soldados, sin militarismo, sin cañones Krupp, era el colmo de lo

salvaje. Se les enseñaron los caracteres occidentales para que pudieran

leer los diarios nacionalistas de Francia, los discursos de M. Jaurés,

las obras de Kipling; así supieron lo interesante del nacionalismo, lo

útil del socialismo, lo superior del imperialismo. Como son hábiles y

emprendedores, los nipones tuvieron pronto arsenales de ideas nuevas,

tuvieron nacionalistas, socialistas, imperialistas. Se dieron una

constitución. Se vistieron como se visten los hombres de Londres, que es

como se visten los hombres de todo el Occidente. Vieron claramente que

sonreir siempre es malo, ser afable es dañoso, ser piadoso es ridículo.

Se convencieron de que ser de presa es lo mejor sobre la superficie de

la tierra. Se militarizaron; se armaron, fueron excelentes discípulos de

los carniceros de los países cristianos. Destruyeron toda la poesía

posible, convirtieron a Madame Chrisantème en institutriz inglesa y en

enfermera. Se lanzaron al asesinato colectivo con un apetito

sobrehumano. Oku, Kuroko, Togo, entran en la categoría de semidioses.

Se trató de matar al mayor número de rusos posible. Se trató de volar

barcos, de «dinamitar» puentes, de arrasar batallones. Se va a la

conquista, al degüello, al odio. ¿En dónde está ese mundo de vagos

ensueños, ese mundo como lunas extra-terrestres, como astral, que admiré

en las escenas, en la maravillosa actriz Sada Yacco que era una

revelación de belleza exótica y peregrina? ¿En dónde están los antiguos

pintores Kakemonos, los antiguos Outamaros y Hokusais? ¿En dónde las

nobles creencias, los generosos ideales, la dulzura del carácter, las

genuflexiones, las pintorescas amorosas, el alma antes encantadora del

pasado Japón?... En la Mandchuria, la tierra se llenó de cadáveres...

Los mares chinos se enrojecieron de sangre.

Se mira a los Estados Unidos con aire de desafío, con amor a la

guerra...

La civilización ha triunfado...

MI DOMINGO DE RAMOS

[imagen]

Y veo en un país lejano

una vieja ciudad.

Mi pobre alma, con una alegría de convaleciente, se despierta este día,

domingo, sonríe a la luz del sol de Dios, se sacude como un ave húmeda

del rocío de la aurora, y, a pesar de que quiero contenerla: «¡Mira que

estás muy débil! ¡mira que casi no tienes alientos! animula, blandula,

vagula, ¿a dónde vas?» no me hace caso, ríe como una locuela de catorce

años, se va, bajo el esplendor matinal, al jardín de mi fantasía, al

huerto de mi mente, y vuelve con dos verdes y frescos ramos de palma,

alzando los brazos al cielo, en un divino ímpetu, como si quisiera

volar.

--Animula, blandula, vagula, ¿a dónde vas?

--¡Voy a Jerusalén!--me dice mi pobre alma.

Y allá se va, camino de Jerusalén, sin bordón de peregrino, sin alforja

de caminante, sin sandalias de romero. Ella va a la fiesta, arrastrada

por su deseo, sin temor de las asperezas del viaje, sin miedo a los

abismos, a las fieras y a las víboras.

Tal parece que fuese llevada por una ráfaga milagrosa, o sostenida por

el amoroso cuidado de cuatro alas angélicas. Ella no sabe hoy de las

tristezas, de las maldades y de las tinieblas de la vida. Deja la ciudad

de los infames publicanos, de los odiosos fariseos, de las pintadas y

ponzoñosas prostitutas. Ha sentido como el llamamiento de una sagrada

primavera, y se ha abierto fresca y virginal como una blanca rosa. Un

perfume celeste la baña, y ella a su vez exhala su perfume íntimo, su

ungüento de fe y de amor. Un sol de vida le pone en su debilidad,

fortaleza; en sus mejillas pálidas, una llama de niñez; en su frente,

tan combatida por el dolor, una refrescante guirnalda florida. ¿Que

vendrán las espinas después?...

Ella no sabe eso. Hoy cree sólo en las flores y las palmas; hoy debe

asistir a la entrada triunfal del Rey Jesús. Armoniza sus más bellas

canciones de gloria, para repetirlas en honor de quien viene. Clamará

con el coro de los sencillos, con la lengua del pueblo que acompaña con

jubilosos hosannas al Príncipe del Triunfo.

Se han borrado de su memoria las penas pasadas, no quiere poner su

pensamiento en los amargores futuros. Como en un inspirado paso, sigue

su ruta, y, tan ligera va, que el aire no la siente pasar. Las montañas

nada son para ella. Va sobre las cambroneras sin que sus pies desnudos

se hieran; los leones de la selva la miran con cariñosos ojos, y se

dicen: «He allí la pobre alma que va a Jerusalén, hoy, Domingo de

Ramos»; las tempestades se ciernen sobre su cabeza, pero ella es

invencible delante de las tempestades; el tórrido fuego de los desiertos

no marchita una sola de las flores de su corona; las palmas que lleva en

sus manos, con un gesto glorioso, están llenas de su primera frescura;

la alondra lírica y cristalina dícele: «Hermana, apresura el paso para

que llegues a tiempo». Y yo la sigo con ojos apasionados: «¡Sí, alma

mía, acude, no tardes, vuela a Jerusalén!».

--«Yo soy tu infancia»--, me dice una voz entre tanto. Dícemelo una voz

encantadora que regocija y deleita mis potencias.

Porque en lo íntimo de mi ser se despliega, como un inmenso e

incomparable lienzo azul, en que surge decorada por virtud maravillosa,

la estación de mi existencia en que los cielos eran propicios y la

tierra amable y buena como una nodriza. A mis narices viene un olor de

yerbas olvidadas, de flores que há tiempo no he vuelto a ver; a mis ojos

florece una aurora de visiones, que me atraen con una magia imperiosa;

a mis oídos llegan notas de lejanas armonías, que han dormido por largo

espacio de años bellas princesas del bosque de mi vida; mi tacto es

halagado por el roce de aires amigos, que acariciaron los bucles rubios

de mi infancia, y reconozco el troquel de que saltó mi primer

pensamiento, limpio y sonoro como una medalla argentina.

Y veo, en un país lejano, una vieja ciudad de gentes sencillas, en donde

Jesucristo habría encontrado ejemplares de sus perfectos pescadores.

Sobre los techos de tejas arábigas de las casas bajas pasa un vuelo

vencedor en la mañana del Domingo de Ramos: la salutación y el

llamamiento que cantan las grandes campanas de la Catedral en que

duermen los huesos de los obispos españoles. El alba ha encontrado la

calle principal decorada de arcos de colores y alfombrada de alfombras

floridas; en esas alfombras, tosco artista ha dibujado aves simbólicas,

grecas, franjas y encajes, plantas y ramos de una caprichosa flora. La

policromía del suelo fórmanla tintes fuertes y vivos: maderas de las

selvas nativas, rosas para el rosal, hojas frescas para los verdes, y,

para el blanco maíz que el fuego reventó la noche anterior, cuando a

los granos trepitantes acompañaron alegres canciones. Las gentes han

madrugado, si no han pasado en vela la noche del sábado; han madrugado y

están vestidas de fiesta, aguardando la hora de la misa. Así, cuando ha

dado la señal el campanario, el desfile comienza: severas autoridades,

familias de pro, licenciados de largas levitas flotantes; la cruel

Mercedes, la dulce Narcisa, la rara Victoria, los elegantes y el pueblo

en su pintoresco atavío nacional. El sol que llega, todo de oro y

púrpura dominicales, tornazola los rebozos de seda de esas mujeres

morenas. Allá va el bachiller que lee a Voltaire y se confiesa una vez

al año, por la cuaresma, o antes si espera haber peligro de muerte: va a

la misa. Sobre aquella ciudad, feliz como una aldea, ciérnese todavía un

soplo del buen tiempo pasado. Es aún la edad de las virtudes primitivas,

de los intactos respetos y de la autoridad incontrastable de los

patriarcas. Para ir al templo preceden los cabellos blancos a los grupos

de fieles. Y la campana grande alegra a todos; todos los corazones

reciben el propio influjo; rige las voluntades un mismo ritmo de

impulsión. La campana grande es la lengua de la ciudad; ella despierta

reminiscencias de sucesos memorables, orgullos populares y orgullos

patricios. Cuando habla, creeríase que un espíritu supremo la inspira y

que anuncia, en su idioma de bronce, la piedad del cielo.

Visión de los altares de llamas y pétalos. Son del potente órgano de

Pamplona; voces angelicales de los niños; clamores de los sochantres; un

velo de incienso envuelve y aroma la ancha nave: ese misterioso y

litúrgico perfume que tiene figura corporal, encarnado en su humo

fugitivo, es el ambiente en que pueden dejarse entrever, bajo las

cúpulas eclesiásticas, los seres puros del Paraíso. Y el cuerpo mismo,

al aspirarlo, mientras el alma se eleva con la plegaria, goza en una

como sagrada sensualidad. Visión del sacerdote: la simbólica del gesto;

el poder de las evocaciones divinas: la hostia, nieve sobre la pompa de

los oros y la gracia ascendente de los cirios, ¡Suena, suena, haz

estallar tu alma por tus tubos, órgano de Pamplona que toca el organista

de barba larga.

Y he ahí que un niño meditabundo está arrodillado delante del

sacrificio. Id al Himalaya, y entre las más blancas nieves de la más

alta cumbre, buscad el copo que en sí contenga la blancura misma: esa

es su alma. Id al Sarón bíblico y, entre todos los lirios, escoged el

que escogería para entrar en el Paraíso la más pura de las

bienaventuradas: esa es su fe. Y ese niño, en medio de su oración y de

su contrición, siente un eco nuevo en lo secreto de su ser, eco que

responde a la inmortal anunciación de la Lira.

¡Palmas! La procesión ha aparecido ya; hacia el azul del Señor dirigen

las alas las jaculatorias; las músicas tienden en los aires sus arcos de

harmonías; del campanario, como de un sacro y encantado palomar,

desbandadas de palomas, de palomas de oro, los himnos de las campanas se

ciernen sobre las gentes. Hosannas de los trombones y violines; hosannas

de las plantas; hosannas de los celestes violoncelos. Bajo la seda y el

oro de un palio pomposo como una casulla de gala, va Jesucristo sobre

una asna; el prefecto lleva la asna del fiador. Obra de desconocido e

ingenuo escultor de la escuela quiteña, Nuestro Señor está hermoso y

real sobre su cabalgadura. Sus atavíos son los de un arzobispo; lleva

magna capa sostenida por un paje eclesiástico; sus ojos dulces miran

como si mirasen lo infinito; su cabellera nazarena le cae en rizos sobre

los hombros; su mano derecha, detenida en un gesto hierático, bendice

al mundo. Así va, seguido de gran muchedumbre, sobre las alfombras

policromas y olorosas, bajo las arcadas de banderolas. Pendientes de los

arcos, veis curiosas cosas: frutas doradas, cestos de flores, pelicanos

con el pecho herido, garzas reales, águilas y palomas, monstruosos

caimanes, inauditas tarascas, serpientes y quimeras.

El olor de la tierra húmeda únese a la exhalación perfumada de las

enormes flores de palmera, gruesos chorros de oro impregnado de fino

óleo aromoso, y cuyos granos son, para los naturales, a manera de

primitivos confetti. ¡Palmas! Por todas partes veréis la inclinación

gallarda de los ramos sonoros y frescos, imprimiendo al conjunto

extraño, como un concepto de belleza antigua y peregrina. Palmas llevan

los viejos; mujeres y niños hay coronados de palma. Y la procesión va

por la calle mayor, la calle Real, con una solemnidad llena de gozos y

fragancias. Y he allí que al llegar a un punto dado, bajo el más bello

arco de colores, hay una hermosa granada de plata que deja entrever

granos de oro. Y cuando el palio pasa debajo de ella, y el Señor del

Triunfo se detiene un instante, la bella fruta oriental se abre, como

reventada de sol y de savia, y de su seno vuelan, como un grupo de

mariposas que se pusiesen en libertad, hojas impresas que lleva el aire

sobre la muchedumbre, y que tienen, en honra de Jesucristo triunfante,

versos. ¡Versos! Sí, versos rimados malamente, sentidos buenamente;

logro inapreciable para la muchedumbre que acompaña al Nazareno, que,

con la diestra, en un gesto hierático, bendice al mundo. ¡Oh, potestades

de los cielos! ¡Vosotras podéis ver quién, cual si fuese un infante

real, siente como hecha de un oro divino su corona de palmas del Domingo

de Ramos! Es ese niño que ha llegado de la iglesia, y está cerca de la

anciana abuela de cabellos crespos y recogidos como una marquesa de

Boucher.

Es ese niño meditabundo, triste en su alegría, como si estuviese

sintiendo ya la llegada de su Viernes Santo. ¡Es ese niño que ha rimado

los versos infantiles de la granada oriental, símbolo de su corazón, que

se abrirá para regar por ley infalible, sobre la tierra sus íntimas

armonías, los perfumes misteriosos de su sangre vital, la esencia de su

pobre alma, enferma desde entonces, de la recóndita y adorada enfermedad

del ensueño!

Y aquella palma mística es para él un símbolo. Sus ojos pueriles miran

de pronto, como en un vago éxtasis, una figura, que cerca del Cristo

lleva una palma en la mano. Es una figura de maravilloso aspecto,

semejante a un arcángel, vestida de fortaleza y de luz; su frente

aureolada se destaca sobre el profundo y sacro azur; su diestra alza en

la mano una imperial palma de oro; su voz suena con harmonía intensa y

dominante, como la voz de un dios: «¡Yo soy, oh, niño, exclama, quien te

viene a hechizar y arrastrar para siempre en el triunfo del Domingo de

Ramos! He aquí la palabra simbólica: ¡Yo soy la Gloria! Yo vengo a

mostrarte el miraje de las soñadas Babilonias de plata, los sublimes

Eldorados, las Jerusalenes que han de atraer tu pensamiento y tu sér

todo, pues has nacido predestinado para desconocidos padecimientos, por

amor de las Visiones y la pasión de las Palmas!»

Y el niño escucha aquellas palabras, sintiendo en su débil persona como

la insuflación de una vida nueva; y su pequeño corazón palpita en un

desconocido propósito de obrar y realizar cosas grandes.

Más tarde, las palmas del domingo guárdanse en las casas de los

creyentes, como poderosos e invencibles talismanes. Queda junto a los

retablos antiguos, junto a los santo-cristos que guardaban los lechos

familiares, los ramos que el tiempo seca, y que las canículas doran y

tornan más sonoros y livianos. Cuando suenan los truenos y caen los

aguaceros diluviales bajo el cielo negro cebrado de relámpagos, fórmanse

de las palmas benditas del Domingo de Ramos coronas salvadoras.

Coronados de palmas, los habitantes de la ciudad feliz no temen las

amenazas de la tormenta. Y he aquí que el niño triste, precoz enamorado

de la Lira, sembró en el huerto de su corazón y en el jardín de su

suerte un ramo de aquellas frescas hojas, y el ramo, a pesar de crueles

inviernos, de ásperos huracanes, de voraces langostas, de hoces

afiladas, ha crecido y producido otros ramos nuevos.

De allí ha cortado, en este día esplendoroso, sus dos palmas gallardas,

la pobre alma que hace su peregrinación a Jerusalén, como sostenida por

cuatro alas angélicas que enviara un bondadoso decreto del Padre de la

Esperanza.

--«¡Vengo de Jerusalén»!, dice mi pobre psique. Y he aquí que miro en

sus ojos más luz, y en sus mejillas una pura y juvenil llama de sangre.

Vuelve reconfortada, para arrostrar las tinieblas y elementos que la

combaten en el habitáculo del debil y vibrante cuerpo. Pues es ella la

víctima ofrecida, por la ley suprema, a las fuerzas desconocidas que

ponen cerco a su frágil domicilio. En la bóveda del cráneo, son los

pensamientos y los sueños que nacen entre las marañas del cerebro; los

nervios que, como una cruel túnica, se extienden; las pasiones que se

desatan por las puertas de los sentidos; y el omnipotente y tentacular

pulpo del sexo cuya cueva obscura es el sepulcro. Después, las luchas

del Mundo y del Demonio encarnados en la Maldad ingénita y en la

Estupidez humana; los truenos de la vida, las rachas, los ventiscos de

las rudas horas amargas, de odiosa espuma; los relámpagos de la

concupiscencia; los rayos de la soberbia; las lívidas nubes de la

envidia; los aborrecimientos desconocidos; los granizos inmotivados; la

Mujer--_¡Misterium!_--con su arcana misión de pecado y de llanto; el

crimen; y, sobre todo, en el fondo de esa implacable tempestad,

guardianes de la vasta Puerta del Universo: obscuro, obscuro, el dolor;

pálida, pálida, la Muerte...

¡Dame, alma de mi infancia, una hoja de tu palma bendita para coronar mi

frente!

HOMBRES Y PAJAROS

[imagen: Al amor de la mañana, o cuando comienza la tarde, he aquí

lo que suele verse en los jardines de París...]

Al amor de la mañana, o cuando comienza la tarde, he aquí lo que suele

verse en los jardines de París, especialmente en las Tullerías y en el

Luxemburgo. Mientras al amparo de las alamedas saltan los niños o juegan

con sus aros y las nodrizas cuidan de sus bebés, y en los bancos hay

lectores de diarios, y más allá jugadores de «foot-ball», y paseantes

que flirtean, o estudiantes que estudian, o pintores que cazan paisajes,

y en las anchas filas de las fuentes, al ruido del chorro de agua,

minúsculos marinos echan sus barquitos de velas blancas y rojas, unas

cuantas personas cumplen con una obligación sentimental y graciosa que

se han impuesto: dar de comer a los pajaritos. Generalmente, los únicos

que aprovechan son los gorriones, los ágiles y libres gorriones de

París. Hay también las palomas, pero las palomas no son las que más

gozan de la prebenda. Parecen estar fuera de su centro, de lugares en

donde reinan solas, sin competencia ni reparto: la plaza de San Marcos

de Venecia, o las cercanías del palacio Pitti, en Florencia. Aquí, pues,

son los gorriones, pequeños e interesantes vagabundos, opuestos a la

vida normal de las abejas, por ejemplo, y que esperan por estudioso

biógrafo un Maeterlinck alegre.

No lejos del Arco del Carrousel, en que la guerra y la Ley están

representadas, un grupo de gente de diversas condiciones y edades, forma

valla, mira en silencio. Un hombre de aspecto tranquilo y serio, cerca

del césped, sobre el que salta y vuela una inmensa bandada de gorriones,

saca de su bolsillo un pan y lo desmenuza. Luego, comienza a llamar:

¡Juliette!... Y una fina gorrioncita se desprende de la bandada

chilladora y saltante, y se va a colocar en la cabeza, en los hombros,

en la mano del hombre. «Louise, Jean, Friederic, Mimi, Toto, Mussette».

Los pájaros libres del jardín, que entienden por sus nombres

respectivos, van todos a la voz que les llama. Y es un revoloteo

incesante alrededor del amigo que regala, y una fiesta a que, por otra

parte, están completamente acostumbrados. Unos cazan la miga al vuelo,

otros la toman en la mano, otros la recogen del suelo.

El hombre les habla, les acaricia, les regaña. _Prends garde,

gourmand._ «Ten cuidado, glotón». «No seas atrevido, Robert». «Señorita,

así no se come»... «Insolentes, ahora vais a ver». Les trata con

naturalidad, con amistad, con confianza, con familiaridad. Todos ellos

le conocen, y él conoce a todos ellos, a pesar de tener todos igual

uniforme, y de no haber nada más semejante a un gorrión, como una gota

de agua a otra gota de agua. Y se ve que ese personaje, cuyo nombre

todos ignoran, tiene verdadero amor por sus pajaritos, y que no falta un

solo día, desde hace muchos años, a cumplir con su amable tarea, de

manera que, si faltase una sola vez, habría verdadera alarma entre el

mundo alado que puebla los ramajes de las Tullerías, y que si llegase a

faltar para siempre, los pobres animales estarían de duelo, a menos que

su alma en libertad fuese visible para ellos en la transparencia de los

aires.

Mas, en verdad, una vez se ausentó, enfermo de la vista, y hubo duelo

entre los pájaros y gozo a su retorno.

En el jardín del Luxemburgo, cerca del palacio, al lado de las galerías

del Odeón, muchas veces he encontrado a diferentes personas que dan de

comer a los pajaritos; pero, sobre todo, no dejo nunca de ver a un

viejecito, de aspecto venerable, de ropas modestas, que lleva en su

solapa la cinta de la Legión de Honor. ¿Qué sabio, qué poeta será? ¿O

qué filósofo anciano que venga con un espíritu semejante al de su

antepasado Descartes a admirar la mano de Dios, y a «conocer y

glorificar al obrero por la inspección de sus obras?» Otras veces, es un

caballero enorme, que se sienta en los bancos para llenar su obligación,

varón de gordura extraordinaria, que tiene una cabeza de niño

gigantesco. Los pájaros se le posan sobre el extensísimo pecho, sobre

los hombros de elefante, le revuelan por el magnífico vientre, y en

ramilletes temblorosos se le prenden de las manos regordetas, llenas de

bizcochos. No puedo de dejar de pensar: bueno, como todos los gordos.

Cerca de él una viejecita de luto, con un niño, reparte también su

ración. A veces conversa con los pájaros, a veces con el niño, a ambos

les habla con el mismo tono. Los animales conocen a todos, pero con el

anciano de la Legión de Honor hay mayores relaciones. Le siguen, cuando

les deja, a saltitos; se diría que le hablan en su idioma; se le sientan

en el veterano sombrero de copa; le llaman de lejos. El se vuelve; los

sonríe; parece que se despide hasta el día siguiente.

Y nada es más suavemente impresionante, en la frescura de la mañana o en

la melancolía de la tarde. Acaba uno de leer los diarios, de ver la obra

del mal, del odio, la lucha de las pasiones, el hervor de los vicios.

Larga lista de crímenes, de escándalos, de injusticias. Los asesinatos,

las infamias, las intrigas, todo el endemoniado producto de una inmensa

ciudad de tres millones de habitantes. Va uno por los bulevares, y ve

pintada en la mayor parte de los rostros con que se encuentra, la

codicia, la ferocidad, la vanidad y la lujuria; habla uno con prójimos,

con conocidos, llenos de hieles, de ponzoñas, de vitriolos; encuentra

uno más allá, astucias, intrigas, rebajamientos, prostituciones, la caza

al _sou_, la caza al franco, la caza al luis, al billete, al cheque, los

aires de neurosis que soplan sobre las terrazas; los asesinos elegantes;

los espadachines cobardes; los ambiciosos; los _ratés_; la vergüenza de

abajo; los crímenes de arriba; Sodoma por una parte y Lesbos por otra;

lo artificial entronizado; las podredumbres cotidianas; la farsa

continua, la negación de Dios. Y hay aquí estas gentes que vienen a dar

de comer a los pajaritos...

Sí, porque París tiene un vasto cuerpo; es un vasto cuerpo como el

cielo de Swedenborg, o el universo de Campanella. Tiene un organismo

propio, semejante a los astros de Bruno, _animali intellettuali_: tiene

una cabeza, unos brazos, un corazón, un vientre y un sexo; tiene sus

grandes pensamientos, sus grandes sentimientos, y sus buenas y malas

acciones, y sus bellos gestos y la banda gris del Sena que refleja los

diamantes celestes.

Por el barrio en que habité está el cerebro, está la cabeza. Por algo,

en el _argot_ parisiense, _sorbonne_ quiere decir cabeza. Allí está el

órgano pensante, la juventud de las escuelas, las grises piedras que

vieron pasar a Abelardo, el hogar de la enseñanza. Unos cuantos

meditativos viejos, en sus encierros silenciosos, compulsan los

conocimientos del pasado, trabajan en la ciencia del presente, piensan

en el porvenir; un ejército de jóvenes se prepara a la obra de los

maestros. Es el Colegio de Francia, es el Instituto, la Escuela de

Medicina, todas las escuelas y laboratorios y en donde se forman y se

desarrollan los sabios, y aprenden a concretar sus sueños los artistas.

Es el Panteón, son los museos.

Las cátedras de ese centro están en actividad. Profesores y alumnos

siguen por el camino comenzado desde hace siglos. Aquí se escucha el

ruido de la humanidad, se busca cómo penetrar el misterio de las cosas,

cómo mejorar la existencia; la filosofía investiga, induce, deduce; la

ciencia experimenta, analiza; se labora por el mejoramiento social, por

el perfeccionamiento individual. De las cátedras se extiende un continuo

río de ideas, de que benefician la industria, el comercio, la salud. Y

los ojos de París están también allí, en el Observatorio, escudriñando

la altura, fijos en los astros.

Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV · 第 2 / 5 段