¿Cuánto tiempo duró aquel misterioso espectáculo? No lo sabr

CUENTOS

Y CRÓNICAS

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RUBÉN

DARÍO

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CUENTOS Y

CRÓNICAS

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ES PROPIEDAD

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CUENTOS Y

CRÓNICAS

POR

RUBEN DARIO

ILUSTRACIONES

DE

ENRIQUE OCHOA

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VOLUMEN XIV

DE LAS OBRAS COMPLETAS

ADMINISTRACIÓN

EDITORIAL «MUNDO LATINO»

MADRID

[imagen: CUENTOS]

EL CASO DE LA SEÑORITA AMELIA

(CUENTO DE «AÑO NUEVO»)

[imagen: Las tres señoritas Revall hubieran podido hacer

competencia a las tres Gracias.]

I

Que el Doctor Z es ilustre, elocuente, conquistador; que su voz es

profunda y vibrante al mismo tiempo, y su gesto avasallador y

misterioso, sobre todo después de la publicación de su obra sobre _La

plástica de Ensueño_, quizás podríais negármelo o aceptármelo con

restricción; pero que su calva es única, insigne, hermosa, solemne,

lírica si gustáis, ¡oh, eso nunca, estoy seguro! ¿Cómo negaríais la luz

del sol, el aroma de las rosas y las propiedades narcóticas de ciertos

versos? Pues bien; esta noche pasada, poco después que saludamos el

toque de las doce con una salva de doce taponazos del más legítimo

Roederer, en el precioso comedor rococó de ese sibarita de judío que se

llama Lowensteinger, la calva del doctor alzaba, aureolada de orgullo,

su gruñido orbe de marfil, sobre el cual, por un capricho de la luz, se

veían sobre el cristal de un espejo las llamas de dos bujías que

formaban, no sé cómo, algo así como los cuernos luminosos de Moisés. El

doctor enderezaba hacia mí sus grandes gestos y sus sabias palabras. Yo

había soltado de mis labios, casi siempre silenciosos, una frase banal

cualquiera. Por ejemplo, ésta: «¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!» La

mirada que el doctor me dirigió y la clase de sonrisa que decoró su boca

después de oir mi exclamación, confieso que hubiera turbado a

cualquiera.

--Caballero--me dijo saboreando el champaña--; si yo no estuviese

completamente desilusionado de la juventud; si no supiese que todos los

que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma,

sin fe, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois

sino máscaras de vida, nada más... sí, sino supiese eso, si viese en vos

algo más que un hombre joven de fin de siglo, os diría que esa frase que

acabáis de pronunciar: «¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!», tiene en

mí la respuesta más satisfactoria.

--¡Doctor!

--Sí, os repito que vuestro escepticismo me impide hablar, como hubiera

hecho en otra ocasión.

--Creo--contesté con voz firme y serena--en Dios y su Iglesia. Creo en

los milagros. Creo en lo sobrenatural.

--En ese caso, voy a contaros algo que os hará sonreir. Mi narración

espero que os hará pensar.

En el comedor habíamos quedado cuatro convidados, a más de Mina, la hija

del dueño de casa: el periodista Riquet, el abate Pureau, recién enviado

por Hirch, el doctor y yo. A lo lejos oíamos en la alegría de los

salones la palabrería usual de la hora primera del año nuevo: _happy new

year! happy new year!_ ¡Feliz año nuevo!

El doctor continuó:

--¿Quién es el sabio que se atreve a decir esto es así? Nada se sabe.

_Ignoramus et ignorabimus._ ¿Quién conoce a punto fijo la noción del

tiempo? ¿Quién sabe con seguridad lo que es el espacio? Va la ciencia a

tanteo, caminando como una ciega, y juzga a veces que ha vencido cuando

logra advertir un vago reflejo de la luz verdadera. Nadie ha podido

desprender de su círculo uniforme la culebra simbólica. Desde el tres

veces más grande, el Hermes, hasta nuestros días, la mano humana ha

podido apenas alzar una línea del manto que cubre a la eterna Isis.

Nada ha logrado saberse con absoluta seguridad en las tres grandes

expresiones de la Naturaleza: hechos, leyes, principios. Yo que he

intentado profundizar en el inmenso campo del misterio, he perdido casi

todas mis ilusiones.

Yo que he sido llamado sabio en Academias ilustres y libros voluminosos;

yo que he consagrado toda mi vida al estudio de la humanidad, sus

orígenes y sus fines; yo que he penetrado en la cábala, en el ocultismo

y en la teosofía, que he pasado del plan material del _sabio_ al plano

astral del _mágico_ y al plan espiritual del _mago_, que sé cómo obraba

Apolonio el Thianense y Paracelso, y que he ayudado en su laboratorio,

en nuestros días, al inglés Crookes; yo que ahondé en el Karma búdhico y

en el misticismo cristiano, y sé al mismo tiempo la ciencia desconocida

de los fakires y la teología de los sacerdotes romanos, yo os digo que

_no hemos visto los sabios ni un solo rayo de la luz suprema_, y que la

inmensidad y la eternidad del _misterio_ forman la única y pavorosa

verdad.

Y dirigiéndose a mí:

--¿Sabéis cuáles son los principios del hombre? Grupa, jiba, linga,

sharira, kama, rupa, manas, buddhi, atma, es decir: el cuerpo, la

fuerza vital, el cuerpo astral, el alma animal, el alma humana, la

fuerza espiritual y la esencia espiritual...

Viendo a Minna poner una cara un tanto desolada, me atreví a interrumpir

al doctor:

--Me parece que íbais a demostrarnos que el tiempo...

--Y bien, dijo, puesto que no os placen las disertaciones por prólogo,

vamos al cuento que debo contaros, y es el siguiente:

--Hace veintitrés años, conocí en Buenos Aires a la familia Revall, cuyo

fundador, un excelente caballero francés, ejerció un cargo consular en

tiempo de Rosas. Nuestras casas eran vecinas, era yo joven y entusiasta,

y las tres señoritas Revall hubieran podido hacer competencia a las tres

Gracias. Demás está decir que muy pocas chispas fueron necesarias para

encender una hoguera de amor...

_Amooor_, pronunciaba el sabio obeso, con el pulgar de la diestra metido

en la bolsa del chaleco, y tamborileando sobre su potente abdomen con

los dedos ágiles y regordetes, y continuó:

--Puedo confesar francamente que no tenía predilección por ninguna, y

que Luz, Josefina y Amelia ocupaban en mi corazón el mismo lugar. El

mismo, tal vez no; pues los dulces al par que ardientes ojos de Amelia,

su alegre y roja risa, su picardía infantil... diré que era ella mi

preferida. Era la menor; tenía doce años apenas, y yo ya había pasado de

los treinta. Por tal motivo, y por ser la chicuela de carácter travieso

y jovial, tratábala yo como niña que era, y entre las otras dos repartía

mis miradas incendiarias, mis suspiros, mis apretones de manos y hasta

mis serias promesas de matrimonio, en una, os lo confieso, atroz y

culpable bigamia de pasión. ¡Pero la chiquilla, Amelia!... Sucedía que,

cuando yo llegaba a la casa, era ella quien primero corría a recibirme,

llena de sonrisas y zalamerías: «¿Y mis bombones?» He aquí la pregunta

sacramental. Yo me sentaba regocijado, después de mis correctos saludos,

y colmaba las manos de la niña de ricos caramelos de rosas y de

deliciosas grajeas de chocolate, los cuales, ella, a plena boca,

saboreaba con una sonora música palatinal, lingual y dental. El por qué

de mi apego a aquella muchachita de vestido a media pierna y de ojos

lindos, no os lo podré explicar; pero es el caso que, cuando por causa

de mis estudios tuve que dejar Buenos Aires, fingí alguna emoción al

despedirme de Luz, que me miraba con anchos ojos doloridos y

sentimentales; dí un falso apretón de manos a Josefina, que tenía entre

los dientes, por no llorar, un pañuelo de batista, y en la frente de

Amelia incrusté un beso, el más puro y el más encendido, el más casto y

el más ardiente ¡qué sé yo! de todos los que he dado en mi vida. Y salí

en un barco para Calcuta, ni más ni menos que como vuestro querido y

admirado general Mansilla cuando se fué a Oriente, lleno de juventud y

de sonoras y flamantes esterlinas de oro. Iba yo, sediento ya de las

ciencias ocultas, a estudiar entre los mahatmas de la India lo que la

pobre ciencia occidental no puede enseñarnos todavía. La amistad

epistolar que mantenía con madama Blavatsky, habíame abierto ancho campo

en el país de los fakires, y más de un gurú, que conocía mi sed de

saber, se encontraba dispuesto a conducirme por buen camino a la fuente

sagrada de la verdad. Fuí ¡ay! en busca de la verdad, y si es cierto que

mis labios creyeron saciarse en sus frescas aguas diamantinas, mi sed no

se pudo aplacar. Busqué, busqué con tesón lo que mis ojos ansiaban

contemplar, el Keherpas de Zoroastro, el Kalep persa, el Kovei-Khan de

la filosofía india, el archoeno de Paracelso, el limbuz de Swedemborg;

oí la palabra de los monjes budhistas en medio de las florestas del

Thibet; estudié los diez sephiroth de la Kabala, desde el que simboliza

el espacio sin límites hasta el que, llamado Malkuth, encierra el

principio de la vida. Estudié el espíritu, el aire, el agua, el fuego,

la altura, la profundidad, el Oriente, el Occidente, el Norte y el

Mediodía; y llegué casi a comprender y aun a conocer íntimamente a

Satán, Lucifer, Ashtarot, Beelzebutt, Asmodeo, Belphegor, Mabema,

Lilith, Adrameleh y Baal. En mis ansias de comprensión; en mi insaciable

deseo de sabiduría; cuando juzgaba haber llegado al logro de mis

ambiciones, encontraba los signos de mi debilidad y las manifestaciones

de mi pobreza, y estas ideas. Dios, el espacio, el tiempo, formaban la

más impenetrable bruma delante de mis pupilas... Viajé por Asia, Africa,

Europa y América. Ayudé al coronel Olcot a fundar la rama teosófica de

Nueva York. Y a todo esto--recalcó de súbito el doctor, mirando

fijamente a la rubia Minna--¿sabéis lo que es la ciencia y la

inmortalidad de todo? ¡Un par de ojos azules... o negros!

II

--¿Y el fin del cuento?--gimió dulcemente la señorita.

El doctor, más serio que nunca, dijo:

--Juro, señores, que lo que estoy refiriendo es de una absoluta verdad.

¿El fin del cuento? Hace apenas una semana he vuelto a la Argentina,

después de veintitrés años de ausencia. He vuelto gordo, bastante gordo,

y calvo como una rodilla; pero en mi corazón he mantenido ardiente el

fuego del amor, la vestal de los solterones. Y, por tanto, lo primero

que hice fué indagar el paradero de la familia Revall. «¡Los Revall--me

dijeron--las del caso de Amelia Revall!», y estas palabras acompañadas

con una especial sonrisa. Llegué a sospechar que la pobre Amelia, la

pobre chiquilla... Y buscando, buscando, di con la casa. Al entrar, fuí

recibido por un criado negro y viejo, que llevó mi tarjeta, y me hizo

pasar a una sala donde todo tenía un vago tinte de tristeza. En las

paredes, los espejos estaban cubiertos con velos de luto, y dos grandes

retratos, en los cuales reconocí a las dos hermanas mayores, se miraban

melancólicos y oscuros sobre el piano. A poco, Luz y Josefina: «¡Oh,

amigo mío, oh, amigo mío!» Nada más. Luego, una conversación llena de

reticencias y de timideces, de palabras entrecortadas y de sonrisas de

inteligencia tristes, muy tristes. Por todo lo que logré entender, vine

a quedar en que ambas no se habían casado. En cuanto a Amelia, no me

atreví a preguntar nada... Quizás mi pregunta llegaría a aquellos pobres

seres, como una amarga ironía, a recordar tal vez una irremediable

desgracia y una deshonra... En esto vi llegar saltando a una niñita,

cuyo cuerpo y rostro eran iguales en todo a los de mi pobre Amelia. Se

dirigió a mí, y con su misma voz exclamó: «¿Y mis bombones?». Yo no

hallé qué decir.

III

Las dos hermanas se miraban pálidas, pálidas, y movían la cabeza

desoladamente...

Mascullando una despedida y haciendo una zurda genuflexión, salí a la

calle, como perseguido por algún soplo extraño. Luego lo he sabido

todo. La niña que yo creía fruto de un amor culpable es Amelia, la misma

que yo dejé hace veintitrés años, la cual se ha quedado en la infancia,

ha contenido su carrera vital. Se ha detenido para ella el reloj del

Tiempo, en una hora señalada ¡quién sabe con qué designio del

desconocido Dios!

El Doctor Z era en este momento todo calvo...

CUENTO DE PASCUA

[imagen]

Tenía un parecido tan exacto con

los retratos de María Antonieta...

I

Una noche deliciosa en verdad... El «réveillon» en ese hotel lujoso y

elegante, donde tanta belleza y fealdad cosmopolita se junta, en la

competencia de las libras, los dólares, los rublos, los pesos y los

francos. Y con la alegría del champagne y la visión de blancores

rosados, de brillos, de gemas. La música luego, discreta, a lo lejos...

No recuerdo bien quién fué el que me condujo a aquel grupo de damas,

donde florecían la yanqui, la italiana, la argentina... Y mi asombro

encantado ante aquella otra seductora y extraña mujer, que llevaba al

cuello, por todo adorno, un estrecho galón rojo... Luego, un diplomático

que lleva un nombre ilustre me presentó al joven alemán políglota, fino,

de un admirable don de palabra, que iba, de belleza en belleza, diciendo

las cosas agradables y ligeras que placen a las mundanas.

--M. Wolfhart, me había dicho el ministro. Un hombre amenísimo. Conversé

largo rato con el alemán, que se empeñó que hablásemos castellano y, por

cierto, jamás he encontrado un extranjero de su nacionalidad que lo

hablase tan bien. Me refirió algo de sus viajes por España y la América

del Sur. Me habló de amigos comunes y de sus aficiones ocultistas. En

Buenos Aires había tratado a un gran poeta y a un mi antiguo compañero,

en una oficina pública, el excelente amigo Patricio... En Madrid... Al

poco rato teníamos las más cordiales relaciones. En la atmósfera de

elegancia del hotel llamó mi atención la señora que apareció un poco

tarde, y cuyo aspecto evocaba en mí algo de regio y de elegante a la

vez. Como yo hiciese notar a mi interlocutor mi admiración y mi

entusiasmo, Wolfhart me dijo por lo bajo, sonriendo de cierto modo:

«¡Fíjese usted! ¡Una cabeza histórica! ¡Una cabeza histórica!» Me fijé

bien. Aquella mujer tenía por el perfil, por el peinado, si no con la

exageración de la época, muy semejante a las «coiffures à la Cléopâtre»,

por el aire, por la manera y, sobre todo, después que me intrigara

tanto un galón rojo que llevaba por único adorno en el cuello, tenía,

digo, un parecido tan exacto con los retratos de la reina María

Antonieta, que por largo rato permanecí contemplándola en silencio. ¿En

realidad, era una cabeza histórica? Y tan histórica por la vecindad... A

dos pasos de allí, en la plaza de la Concordia... Sí, aquella cabeza que

se peinara a «la circasiana», «à la Belle Poule», «al casco inglés», «al

gorro de candor», «à la queue en flambeau d’amour», «à la chien

couchant», «à la Diane», a la tantas cosas más, aquella cabeza...

Se sentó la dama a un extremo del hall, y la única persona con quien

hablara fué Wolfhart, y hablaron, según me pareció, en alemán. Los vinos

habían puesto en mi imaginación su movimiento de brumas de oro, y

alrededor de la figura de encanto y de misterio hice brotar un vuelo de

suposiciones exquisitas. La orquesta, con las oportunidades de la

casualidad, tocaba una pavana. Cabelleras empolvadas, «moscas asesinas»,

trianones de realizados ensueños, galantería pomposa y libertinaje

encintado de poesía, tantas imágenes adorables, tanta gracia sutil o

pimentada, de página de memoria, de anécdotas, de correspondencia, de

pánfleto... Me venían al recuerdo versos de los más lindos escritos con

tales temas, versos de Montesquiou Fezensac, de Regnier, los preciosos

poemas italianos de Lucini... Y con la fantasía dispuesta, los cuentos

milagrosos, las materializaciones estudiadas por los sabios de los

libros arcanos, las posibilidades de la ciencia, que no son sino las

concesiones a un enigma cada día más hondo, a pesar de todo... La fácil

excitabilidad de mi cerebro estuvo pronto en acción. Y, cuando después

de salir de mis cogitaciones, pregunté al alemán el nombre de aquella

dama, y él me embrolló la respuesta, repitiendo tan sólo lo de lo

histórico de la cabeza, no quedé ciertamente satisfecho. No creí

correcto insistir; pero, como siguiendo en la charla yo felicitase a mi

flamante amigo por haber en Alemania tan admirables ejemplares de

hermosura, me dijo vagamente: «No es de Alemania, es de Austria». Era

una belleza «austriaca...» Y yo buscaba la distinta semejanza de detalle

con los retratos de Kucharsky, de Riotti, de Boizont, y hasta con las

figuras de cera de los sótanos del museo Grevin...

II

--Es temprano aún me dijo Wolfhart, al dejarle en la puerta del hotel en

que habitaba. Pase usted un momento, charlaremos algo más antes de mi

partida. Mañana me voy de París, y quién sabe cuándo nos volveremos a

encontrar. Entre usted. Tomaremos, a la inglesa, un «whisky-and-soda» y

le mostraré algo interesante. Subimos a su cuarto por el ascensor. Un

«valet» nos hizo llevar el bebedizo británico, y el alemán sacó un

cartapacio lleno de viejos papeles. Había allí un retrato antiguo,

grabado en madera.

--He aquí, me dijo, el retrato de un antecesor mío, Theobald Wolfhart,

profesor de la Universidad de Heidelberg. Este abuelo mío fué

posiblemente un poco brujo, pero de cierto, bastante sabio. Rehizo la

obra de Julius Obsequens sobre los prodigios, impresa por Aldo Manucio,

y publicó un libro famoso, el _Prodigiorum ac ostentorum chronicon_, un

infolio editado en Basilea, en 1557. Mi antepasado no lo publicó con su

nombre, sino bajo el pseudónimo de Conrad Lycosthenes. Theobald

Wolfhart era un filósofo sano de corazón, que, a mi entender, practicaba

la magia blanca. Su tiempo fué terrible, lleno de crímenes y desastres.

Aquel moralista empleó la revelación para combatir las crueldades y

perfidias, y expuso a las gentes, con ejemplos extraordinarios, cómo se

manifiestan las amenazas de lo invisible por medio de signos de espanto

y de incomprensibles fenómenos. Un ejemplo será la aparición del cometa

de 1557, que no duró sino un cuarto de hora, y que anunció sucesos

terribles. Signos en el cielo, desgracias en la tierra. Mi abuelo habla

de ese cometa que él vió en su infancia y que era enorme, de un color

sangriento, que en su extremidad se tornaba del color del azafrán. Vea

usted esta estampa que lo representa, y su explicación por Lycosthenes.

Vea usted los prodigios que vieron sus ojos. Arriba hay un brazo armado

de una colosal espada amenazante, tres estrellas brillan en la

extremidad, pero la que está en la punta es la mayor y más

resplandeciente. A los lados hay espadas y puñales, todo entre un

círculo de nubes, y entre esas armas hay unas cuantas cabezas de

hombres. Más tarde escribía sobre tales fantásticas maravillas Simon

Goulard, refiriéndose al cometa: «Le regard d’icelle donna telle

frayeur a plusieurs qu’aucuns en moururent; autres tombèrent malades». Y

Petrus Greusserus, discípulo de Lichtenberg--el astrólogo--dice un

autor, que, habiendo sometido el fenómeno terrible a las reglas de su

arte, sacó las consecuencias naturales, y tales fueron los pronósticos,

que los espíritus más juiciosos padecieron perturbación durante más de

medio siglo. Si Lycosthenes señala los desastres de Hungría y de Roma,

Simon Goulard habla de las terribles asolaciones de los turcos en tierra

húngara, el hambre en Suabia, Lombardía y Venecia, la guerra en Suiza,

el sitio de Viena de Austria, sequía en Inglaterra, desborde del Océano

en Holanda y Zelanda y un terremoto que duró ocho días en Portugal.

Lycosthenes sabía muchas cosas maravillosas. Los peregrinos que

retornaban de Oriente contaban visiones celestes. ¿No se vió en 1480 un

cometa en Arabia, de apariencia amenazante y con los atributos del

Tiempo y de la Muerte? A los fatales presagios sucedieron las

devastaciones de Corintia, la guerra en Polonia. Se aliaron Ladislao y

Matías el Huniada. Vea usted este rasgo de un comentador: «Las nubes

tienen sus flotas como el aire sus ejércitos»; pero Lycosthenes, que

vivía en el centro de Alemania, no se asienta sobre tal hecho. Dice que

en el año 114 de nuestra era, simulacros de navíos se vieron entre las

nubes. San Agobardo, obispo de Lyon, está más informado. Él sabe a

maravilla a qué región fantástica se dirigen esas ligeras naves. Van al

país de Magonia, y sólo por reserva el santo prelado no dice su

itinerario. Esos barcos iban dirigidos por los hechiceros llamados

_tempestarii_. Mucho más podría referirle, pero vamos a lo principal. Mi

antecesor llegó a descubrir que el cielo y toda la atmósfera que nos

envuelve están siempre llenos de esas visiones misteriosas, y con ayuda

de un su amigo alquimista llegó a fabricar un elixir que permite

percibir de ordinario lo que únicamente por excepción se presenta a la

mirada de los hombres. Yo he encontrado ese secreto, concluyó Wolfhart,

y aquí, agregó sonriendo, tiene usted el milagro en estas pastillas

comprimidas. ¿Un poquito más de whisky?

No había duda de que el alemán era hombre de buen humor y aficionado, no

solamente al alcohol inglés, sino a todos los paraísos artificiales.

Así, me parecía ver en la caja de pastillas que me mostraba, algún

compuesto de opio o de cáñamo indiano.

--Gracias--le dije--no he probado nunca, ni quiero probar el influjo de

la «droga sagrada». Ni hachis, ni el veneno de Quincey...

--Ni una cosa ni otra. Es algo vigorizante, admirable hasta para los

menos nerviosos.

Ante la insistencia y con el último sorbo de whisky, tomé la pastilla, y

me despedí. Ya en la calle, aunque hacía frío, noté que circulaba por

mis venas un calor agradable. Y olvidando la pastilla, pensé en el

efecto de las repetidas libaciones. Al llegar a la plaza de la

Concordia, por el lado de los Campos Elíseos, noté que no lejos de mí

caminaba una mujer. Me acerqué un tanto a ella y me asombré al verla a

aquellas horas, a pie y soberbiamente trajeada, sobre todo cuando a la

luz de un reverbero vi su gran hermosura y reconocí en ella a la dama

cuyo aspecto me intrigase en el «réveillon»: la que tenía por todo

adorno en el cuello blanquísimo un fino galón rojo, rojo como una

herida. Oí un lejano reloj dar unas horas. Oí la trompa de un automóvil.

Me sentía como poseído de extraña embriaguez. Y, apartando de mí toda

idea de suceso sobrenatural, avancé hacia la dama que había pasado ya el

obelisco y se dirigía del lado de las Tullerías.

--«Madame, le dije, madame...» Había comenzado a caer como una vaga

bruma, llena de humedad y de frío, y el fulgor de las luces de la plaza

aparecía como diluído y fantasmal. La dama me miró al llegar a un punto

de la plaza; de pronto, me apareció como el escenario de un

cinematógrafo. Había como apariencias de muchas gentes en un ambiente

como el de los sueños, y yo no sabría decir la manera con que me sentí

como en una existencia a un propio tiempo real y cerebral... Alcé los

ojos y vi en el fondo opaco del cielo las mismas figuras que en la

estampa del libro de Lycosthenes, el brazo enorme, la espada enorme,

rodeados de cabezas. La dama, que me había mirado, tenía un aspecto

tristemente fatídico, y, cual por la obra de un ensalmo, había cambiado

de vestiduras, y estaba con una especie de fichu cuyas largas puntas le

caían por delante; en su cabeza ya no había el peinado a «la Cléopatre»,

sino una pobre cofia bajo cuyos bordes se veían los cabellos

emblanquecidos. Y luego, cuando iba a acercarme más, percibí a un lado

como una carreta, y unas desdibujadas figuras de hombres con tricornios

y espadas y otras con picas. A otro lado un hombre a caballo, y luego

una especie de tablado... ¡Oh, Dios, naturalmente!: he aquí la

reproducción de lo «ya visto»... ¿En mí hay reflexión aún en este

instante? Sí, pero siento que lo invisible, entonces visible, me rodea.

Sí, es la guillotina. Y, tal en las pesadillas, como si sucediese, veo

desarrollarse--¿he hablado ya de cinematógrafo?--la tragedia... Aunque

por no sé cual motivo no pude darme cuenta de los detalles, vi que la

dama me miró de nuevo, y bajo el fulgor color de azafrán que brotaba de

la visión celeste y profética, brazo, espadas, nubes y cabezas, vi cómo

caía, bajo el hacha mecánica, la cabeza de aquella que poco antes, en el

salón del hotel, me admirara con su encanto galante y real, con su aire

soberbio, con su cuello muy blanco, adornado con un único galón color de

sangre.

III

¿Cuánto tiempo duró aquel misterioso espectáculo? No lo sabría decir,

puesto que ello fué bajo el imperio desconocido en que la ciencia anda a

tientas; el tiempo en que el ensueño no existe, y mil años, según

observaciones experimentales, pueden pasar en un segundo. Todo aquello

había desaparecido, y, dándome cuenta del lugar en donde me encontraba,

avancé siempre hacia el lado de las Tullerías. Avancé y me vi entre el

jardín, y no dejé de pensar rapidísimamente cómo era que las puertas

estaban aun abiertas. Siempre bajo la bruma pálida de aquellas nocturnas

horas, seguí adelante. Saldré, me dije, por la primera puerta del lado

de la calle Rivoli, que quizás esté también abierta... ¿Cómo no ha de

estar abierta?... ¿Pero era o no era aquel jardín el de las Tullerías?

Arboles, árboles de obscuros ramajes en medio del invierno... Tropecé al

dar un paso con algo semejante a una piedra, y me llené, en medio de mi

casi inconsciencia, de una sorpresa pavorosa, cuando escuché un ¡ay!

semejante a una queja, parecido a una palabra entrecortada y ahogada;

una voz que salía de aquello que mi pie había herido, y que era, no una

piedra, sino una cabeza. Y alzando hacia el cielo la mirada vi la faz de

la luna en el lugar en que antes la espada formidable, y allí estaban

las cabezas de la estampa de Lycosthenes. Y aquel jardín, que se

extendía vasto cual una selva, me llenó del encanto grave que había en

su recinto de prodigio. Y a través de velos de ahumado oro refulgía

tristemente en lo alto la cabeza de la luna. Después me sentí como en

una certeza de poema y de libro santo, y, como por un motivo

incoherente, resonaban en la caja de mi cerebro las palabras: «¡Ultima

hora! ¡Trípoli! ¡La toma de Pekín!» leídas en los diarios del día,

Conforme con mis anhelos de lo divino, experimentando una inexpresable

angustia, pensé: «¡Oh, Dios! ¡Oh, Señor! ¡Padre nuestro...!»

Volví la vista y vi a un lado, en una claridad dulce y dorada, una forma

de lira, y sobre la lira una cabeza igual a la del Orfeo de Gustave

Moreau, del Luxemburgo. La faz expresaba pesadumbre, y alrededor había

como un movimiento de seres, de los que se llaman animados porque almas

se manifiestan por el movimiento, y de los que se llaman inanimados

porque su movimiento es íntimo y latente. Y oí que decía, según me ayuda

mi recuerdo, aquella cabeza: «¡Vendrá, vendrá el día de la concordia, y

la lira será entonces consagrada en la pacificación!» Y cerca de la

cabeza de Orfeo vi una rosa milagrosa, y una hierba marina, y que iba

avanzando hacia ellas una tortuga de oro.

Pero oí un gran grito al otro lado. Y el grito, como el de un coro, de

muchas voces. Y a la luz que os he dicho, vi que quien gritaba era un

árbol, uno de los árboles coposos, lleno de cabezas por frutos, y pensé

que era el árbol de que habla el libro sagrado de los musulmanes. Oí

palabras en loor de la grandeza y omnipotencia de Alá. Y bajo el árbol

había sangre.

Haciendo un esfuerzo, quise ya no avanzar, sino retroceder a la salida

del jardín, y vi que por todas partes salían murmullos, voces, palabras

de innumerables cabezas que se destacaban en la sombra como aureoladas,

o que surgían entre los troncos de los árboles. Como acontece en los

instantes dolorosos de algunas pesadillas, pensé que todo lo que me

pasaba era un sueño, para disminuir un tanto mi pavor. Y en tanto, pude

_reconocer_ una temerosa y abominable cabeza asida por la mano blanca de

un héroe, asida de su movible e infernal toisón de serpientes: la tantas

veces maldecida cabeza de Medusa. Y de un brazo, como de carne de oro de

mujer, pendía otra cabeza, una cabeza con barba ensortijada y oscura, y

era la cabeza del guerrero Holofernes. Y la cabeza de Juan el Bautista;

y luego, como viva, de una vida singular, la cabeza del Apostol que en

Roma hiciera brotar el agua de la tierra; y otra cabeza que Rodrigo Díaz

de Vivar arrojó, en la cena de la venganza, sobre la mesa de su padre.

Y otras que eran la del rey Carlos de Inglaterra y la de la reina María

Estuardo... Y las cabezas aumentaban, en grupos, en amontonamientos

macabros, y por el espacio pasaban relentes de sangre y de sepulcro; y

eran las cabezas hirsutas de los dos mil halconeros de Bayaceto; y las

de las odaliscas degolladas en los palacios de los reyes y potentados

asiáticos; y las de los innumerables decapitados por su fe, por el odio,

por la ley de los hombres; las de los decapitados de las hordas

bárbaras, de las prisiones y de las torres reales, las de los

Gengiskanes, Abdulhamides y Behanzines...

Dije para mí: ¡Oh, mal triunfante! ¿Siempre seguirás sobre la faz de la

tierra? ¿Y tú, París, cabeza del mundo, serás también cortada con hacha,

arrancada de tu cuerpo inmenso?

Cual si hubiesen sido escuchadas mis interiores palabras, de un grupo en

que se veía la cabeza de Luis XVI, la cabeza de la princesa de Lamballe,

cabezas de nobles y cabezas de revolucionarios, cabezas de santos y

cabezas de asesinos, avanzó una figura episcopal que llevaba en sus

manos su cabeza, y la cabeza del mártir Dionisio, el de las Galias,

exclamó:--¡En verdad os digo, que Cristo ha de resucitar!

Y al lado del apostólico decapitado vi a la dama del hall del hotel, a

la dama austriaca con el cuello desnudo; pero en el cual se veía como un

galón rojo, una herida purpúrea, y María Antonieta, dijo:--¡Cristo ha de

resucitar! Y la cabeza de Orfeo, la cabeza de Medusa, la cabeza de

Holofernes, la cabeza de Juan y la de Pablo, el árbol de cabezas, el

bosque de cabezas, la muchedumbre fabulosa de cabezas, en el hondo

grito, clamó:

--«¡Cristo ha de resucitar! ¡Cristo ha de resucitar!...»

--Nunca es bueno dormir inmediatamente después de comer--concluyó mi

buen amigo el doctor.

LA EXTRAÑA MUERTE DE FRAY PEDRO

[imagen]

Ilustrísimo señor, a Fray Pedro

lo henos encontrado muerto.

I

Visitando el convento de una ciudad española, no ha mucho tiempo, el

amable religioso que nos servía de cicerone, al pasar por el cementerio,

me señaló una lápida, en que leí únicamente: _Hic iacet frater Petrus_.

--Este--me dijo--fué uno de los vencidos por el diablo.

--Por el viejo diablo que ya chochea--le dije.

--No--me contestó--; por el demonio moderno que se escuda con la

Ciencia.--Y me narró el sucedido.

Fray Pedro de la Pasión era un espíritu perturbado por el maligno

espíritu que infunde el ansia de saber. Flaco, anguloso nervioso,

pálido, dividía sus horas conventuales entre la oración, las disciplinas

y el laboratorio, que le era permitido por los bienes que atraía a la

comunidad. Había estudiado, desde muy joven, las ciencias ocultas.

Nombraba, con cierto énfasis, en las horas de conversación, a

Paracelsus, a Alberto el Grande; y admiraba profundamente a ese otro

fraile Schawartz, que nos hizo el diabólico favor de mezclar el salitre

con el azufre.

Por la ciencia había llegado hasta penetrar en ciertas iniciaciones

astrológicas y quiromáticas; ella le desviaba de la contemplación y del

espíritu de la Escritura. En su alma se había anidado el mal de la

curiosidad, que perdían a nuestros primeros padres. La oración misma era

olvidada con frecuencia, cuando algún experimento le mantenía cauteloso

y febril. Como toda lectura le era concedida y tenía a su disposición la

rica biblioteca del convento, sus autores no fueron siempre los menos

equívocos. Así llegó hasta pretender probar sus facultades de zahorí, y

a poner a prueba los efectos de la magia blanca. No había duda de que

estaba en gran peligro su alma, a causa de su sed de saber y de su

olvido de que la ciencia constituye, en el principio, el alma de la

Serpiente que ha de ser la esencial potencia del Antecristo, y que para

el verdadero varón de fe, _initium sapientiæ est timor Domini_.

II

¡Oh, ignorancia feliz, santa ignorancia! ¡Fray Pedro de la Pasión no

comprendía tu celeste virtud, que ha hecho ciertos a los Celestinos!

Huysmans se ha extendido sobre todo ello. Virtud que pone un celestial

nimbo a algunos mínimos, de Dios queridos, entre los esplendores

místicos y milagrosos de las hagiografías.

Los doctores explican y comentan altamente, cómo ante los ojos del

Espíritu Santo las almas de amor son de mayor manera glorificadas que

las almas de entendimiento. Ernest Hello ha pintado, en los sublimes

_traux_ de sus Fisonomías de Santos, a esos beneméritos de la caridad, a

esos favorecidos de la humildad, a esos seres columbinos, simples y

blancos como los lirios, limpios de corazón, pobres de espíritu,

bienaventurados hermanos de los pajaritos del Señor, mirados con ojos

cariñosos y sororales por la puras estrellas del firmamento. Joris Karl,

el merecido beato, quizá más tarde consagrado, a pesar de la literatura,

en el maravilloso libro en que Durtal se convierte, viste de

resplandores paradiasíacos al lego guardapuercos que hace bajar a la

pocilga la admiración de los coros arcangélicos, y al aplauso de las

potestades de los cielos. Y Fray Pedro de la Pasión no comprendía eso...

El, desde luego creía, creía con la fe de un indiscutible creyente. Mas

el ansia de saber le azuzaba el espíritu, le lanzaba a la averiguación

de secretos de la naturaleza y de la vida, a tal punto, que no se daba

cuenta de cómo esa sed de saber, ese deseo indominable de penetrar en lo

vedado y en lo arcano de universo era obra del pecado, y añagaza del

Bajísimo, para impedirle de esa manera su consagración absoluta a la

adoración del Eterno Padre. Y la última tentación sería fatal.

III

Acaeció el caso no hace muchos años. Llegó a manos de Fray Pedro un

periódico en que se hablaba detalladamente de todos los progresos

realizados en radiografía, gracias al descubrimiento del alemán

Röentgen, quien llegara a encontrar el modo de fotografiar a través de

los cuerpos opacos. Supo lo que se comprendía en el tubo Crookes, de la

luz catódica, del rayo X. Vió el facsimil de una mano cuya anatomía se

transparentaba claramente, y la patente figura de objetos retratados

entre cajas y bultos bien cerrados.

No pudo desde ese instante estar tranquilo, pues algo que era un ansia

de su querer de creyente, aunque no viese lo sacrílego que en ello se

contenía, punzaba sus anhelos...

¿Cómo podría él encontrar un aparato como los aparatos de aquellos

sabios, y que le permitiera llevar a cabo un oculto pensamiento, en que

se mezclaban su teología y sus ciencias físicas...? ¿Cómo podría

realizar en su convento las mil cosas que se amontonaban en su enferma

imaginación?

En las horas litúrgicas de los rezos y de los cánticos, notábanlo todos

los otros miembros de la comunidad, ya meditabundo, ya agitado como por

súbitos sobresaltos, ya con la faz encendida por repentina llama de

sangre, ya con la mirada como estática, fija en lo alto, o clavada en

la tierra. Y era la obra de la culpa que se afianzaba en el fondo de

aquel combatido pecho, el pecado bíblico de la curiosidad, el pecado

omnitranscendente de Adán, junto al árbol de la ciencia del Bien y del

Mal. Y era mucho más que una tempestad bajo un cráneo... Múltiples y

raras ideas se agolpaban en la mente del religioso, que no encontraba la

manera de adquirir los preciosos aparatos. ¡Cuánto de su vida no daría

él por ver los peregrinos instrumentos de los sabios nuevos en su pobre

laboratorio de fraile aficionado, y poder sacar _las anheladas pruebas_,

hacer los mágicos ensayos que abrirían una nueva era en la sabiduría y

en la convicción humanas... Él ofrecería más de lo que se ofreció a

Santo Tomás... Si se fotografiaba ya lo interior de nuestro cuerpo, bien

podría pronto el hombre llegar a descubrir visiblemente la naturaleza y

origen del alma; y, aplicando la ciencia a las cosas divinas, como

podría permitirlo el Espíritu Santo, ¿por qué no aprisionar en las

visiones de los éxtasis y en las manifestaciones de los espíritus

celestiales, sus formas exactas y verdaderas?

¡Si en Lourdes hubiese habido un Kodak, durante el tiempo de las

visiones de Bernardetta! ¡Si en el momento en que Jesús, o su Santa

Madre, favorecen con su presencia corporal a señalados fieles, se

aplicase convenientemente la cámara obscura...!

¡Oh, cómo se convencerían los impíos, cómo triunfaría la religión! Así

cavilaba, así se estrujaba el cerebro el pobre fraile, tentado por uno

de los más encarnizados príncipes de las tinieblas.

IV

Y avino que, en uno de esos momentos, en uno de los instantes en que su

deseo era más vivo, en hora en que debía estar entregado a la disciplina

y a la oración, en su celda se presentó a su vista uno de los hermanos

de la comunidad, llevándole un envoltorio bajo el hábito.

--Hermano, le dijo, os he oído decir que deseábais una de esas máquinas,

como esas con que los sabios están maravillando al mundo. Os la he

podido conseguir. Aquí la tenéis.

Y depositando el envoltorio en manos del asombrado Fray Pedro,

desapareció, sin que éste tuviese tiempo de advertir que, debajo del

hábito, se habían mostrado, en el momento de la desaparición, dos patas

de chivo.

Fray Pedro, desde el día del misterioso regalo, consagróse a sus

experimentos. Faltaba a maitines, no asistía a la Misa excusándose como

enfermo. El padre provincial solía amonestarle, y todos le veían pasar

extraño y misterioso y temían por la salud de su cuerpo y por la de su

alma.

Y perseguía su idea dominante. Probó la máquina en sí mismo, en frutos,

llaves, dentro de libros y demás cosas usuales. Hasta que un día...

O más bien una noche, el desventurado se atrevió, _por fin_, a realizar

su pensamiento. Dirigióse al templo, receloso, a pasos callados. Penetró

en la nave principal y se dirigió al altar en que, en el tabernáculo, se

hallaba expuesto el Santísimo Sacramento. Sacó el copón. Tomó una

sagrada forma. Salió veloz para su celda.

V

Al día siguiente, en la celda de Fray Pedro, se hallaba el Sr. Arzobispo

delante del padre provincial.

--Ilustrísimo señor, decía éste; a Fray Pedro le hemos encontrando

muerto. No andaba muy bien de la cabeza. Esos sus estudios creo que le

causaron daño.

--¿Ha visto su reverencia esto?--dijo su señoría ilustrísima,

mostrándole una revelada placa fotográfica que recogió del suelo, y en

la cual se hallaba, con los brazos desclavados y una dulce mirada en sus

divinos ojos, la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.

[imagen: CRÓNICAS]

BAJO LAS LUCES DEL SOL NACIENTE

[imagen]

Los cerezos florecían, y entre sus ramas

alegres se divisaba un monte azul.

Era el país de oro y seda, y en el aire fino como de cristal volaban las

cigüeñas, y se esponjaban los crisantemos del biombo. Los cerezos

florecían, y entre sus ramas alegres se divisaba un monte azul. Una rana

de madera labrada era igual a las ranas del pantano. Sobre la laca negra

corría un arroyo dorado. Muñecas de carne, con la cabellera atravesada

por alfileres áureos, hacían reverencias sonrientes, y gestos menudos.

En las casas de papel, en la ignorancia feliz del pudor, se bañaban las

niñas. Cortesanas ingenuas servían el té en tacitas de Liliput. En los

«kimonos» historiados se envolvían cuerpos casi impúberes e

inocentemente venales. Se hablaba de un viejo llamado Hokusai, que se

llamaba a sí mismo «el loco del dibujo». Floreros raros se llenaban de

flores extrañas ante los budhas risueños. Nobles daimios hacían lucir al

sol curvos sables de largo puño. Los «netskes» y las máscaras

reproducían faces joviales o aterrorizadas, caras de brujas o

regordetas caras infantiles. Al amor de una naturaleza como de fantasía,

se vivía una vida casi de sueño.

Artistas y artesanos realizaban labores extraordinarias, que llegaban a

las naciones lejanas como de imperios de cuento. Se educaba la sonrisa y

se inculcaba la afabilidad. Se conservaban con respeto las antiguas y

sagradas tradiciones en el dulce ambiente de una existencia sencilla. Se

desconocía el egoísmo y se practicaba la más perfecta y blanda cortesía.

Los preceptos del viejo Confucio ordenaban la severidad y la

imparcialidad a jueces ceremoniosos. Había un profundo concepto de la

justicia y de la virtud, un aspecto innato de la superioridad

jerárquica, y el superior era bondadoso, y sumiso y sagaz el inferior.

Bonzos sabios enseñaban la fuerza de las plegarias y la fe en las

potencias ocultas. La paciencia y la tenacidad eran virtudes comunes;

eran desconocidas, o raras, la doblez, la inquina, la traición. La

poesía se mezclaba a la vida cotidiana. El amable «saké» hacía cantar

más tiernamente a las «samisén». Se tenían para el huésped los más

amables «sayonaras». Se pasaban horas de miel y caricias, con sutiles

amorosas que tenían nombres de piedras ricas, de pájaros lindos, de

flores exquisitas. Gloriosos «samurayes» se vestían como grandes y

metálicos insectos. Viejos peregrinos sabían fábulas e historias

inauditas. Pintores únicos tomaban detalles de la naturaleza y de la

vida, de manera que detenían en un papel de seda el aletazo de una

carpa, el salto de un tigre o el vuelo de una garza. Campesinos

pacientes sembraban el arroz al abrigo de sus agudos sombreros de floja

paja. Se tenía el culto preciso de los antepasados y se sabía por seguro

que hay buenos dioses y perversos demonios. Shintoistas o budhistas, los

hombres cumplían con los preceptos de sus religiones, aceptaban los

consejos de sus sacerdotes, y al lado de las divinidades veneraban a los

héroes de la acción o del pensamiento. Se predicaba y se sostenía firme

el amor al país y la adhesión inmensa al Mikado. Había una idea tan

grande del honor, que el suicidio en casos especiales formaba parte de

las costumbres. Se tenía el temor de lo divino y desconocido, y se

saludaba la memoria de los abuelos. Se amaba como en ninguna parte a los

niños; como en ninguna parte se obedecía a la autoridad paternal, y ante

las vasijas de calada madera había siempre, en tibores de prodigiosa

porcelana, ramos floridos. El conjunto de principios que los letrados

infundían al pueblo, se reducía a pocas palabras. Decían: «Hay un Dios

superior. Tiene como atributos la inteligencia, el valor, el amor. Por

la unidad de su espíritu y de su energía vital fueron creados el dios

Takanu Musubi y la diosa Kanmi Musuti, que forman, con su padre, una

augusta Trinidad. De la unión de estos dos nacieron otros dioses, y, por

último, los divinos antecesores de la familia imperial y de la raza

humana: Yzanagi e Yzanami. El alma del hombre es, por tanto, origen

divino e inmortal. Su cuerpo fué creado también por la energía divina;

pero no contiene de ésta lo bastante para ser inmortal. El deber del

hombre es cultivar, primero, las tres virtudes divinas, después las

siete virtudes que de ellas se derivan: la lealtad al emperador, la

piedad filial, la castidad, la obediencia a los superiores, la

sinceridad en la amistad, la bondad y la misericordia. El camino de la

virtud es el de la felicidad. La ley de la causa y del efecto reina en

el mundo presente y en el mundo futuro. El mayor criminal puede merecer

el perdón, y aun el favor de Dios, si se arrepiente con sinceridad. A

cada uno se le tomarán en cuenta sus acciones, y por ellas será

recompensado o castigado en el mundo futuro». Los japoneses, pues,

estaban en completo estado de barbarie.

En efecto, hace ya tiempo, el mundo intelectual conoció toda la barbarie

que revelaron los Goncourt a la curiosidad y al arte occidentales. Se

supo que maravillosos pinceles estaban dotados de desconocidos

prestigios. Una civilización contemporánea de Nabucodonosor se había

conservado a través de siglos e invasiones. Sabios y poetas, que

estudian los clásicos chinos, meditaban y enseñaban. Brotaban de los

hornos las ricas obras de los alfareros de Satzuna. Un misterio

legendario flotaba sobre la región nipona, tan extraña como las naciones

orientales en que se mueven las magias de Sheherazada. El pueblo que,

según la frase de Voltaire «jamás ha sido vencido», guardaba con

admiración religiosa el nombre y el recuerdo de sus héroes, de los

violentos caballeros y marinos que rechazaron a los enemigos mongoles y

libraron la integridad del territorio.

Un sano y vigoroso feudalismo mantenía en lo alto la seguridad del

gobierno, y abajo la felicidad del pueblo. Los poetas escriben poemas

en que se cantan la fidelidad y el amor en flor eternamente. Las

danzarinas saben bailes de argumento, que regocijan discretamente a los

espectadores. Los fieles no faltan a las ceremonias de los templos, y

hay pompa hermosa y nobleza ritual. Lafcadio Hearn nos explica lo que es

el Shinthoismo. Shinto significa carácter en su sentido más elevado:

valor, cortesía, honor, y, sobre todo, lealtad. Shinto significa piedad

filial, amor al deber, voluntad siempre lista al abandono de la vida por

un principio, y sin preguntar el por qué. Está en la docilidad del niño,

en la dulzura de la mujer. Es también conservador, saludable freno a las

tendencias del espíritu nacional, fácilmente inclinado a dejar lo mejor

del pasado para precipitarse con ardor en las modernidades extranjeras.

Es una religión transmitida en una impulsión hereditaria hacia el bien,

en un puro instinto moral. Es, en una palabra, toda la vida emocional de

la raza: El alma del Japón. Así, el renunciamiento a la propia

satisfacción, hasta a la vida, por la común felicidad, el deber

cumplido, el sacrificio voluntario y cordial, eran características de

esos singulares salvajes. Y en su sacro libro del Kodjiki aprendían

ejemplos de tiempos remotos, como el siguiente: «El príncipe Mayoana,

de edad de siete años solamente, después de haber matado al asesino de

su padre, se había refugiado en casa del Gran Tsubura, y las

multiplicadas flechas semejaban un campo de cañas. El Gran Tsubura se

adelantó, y quitando sus armas de su cinto se prosternó ocho veces, y

dijo: «La princesa Kará, mi hija, que tú te has dignado llamar hace

poco, está a tus órdenes, y te ofrezco, además, cinco graneros de arroz.

Si humilde esclavo de tu grandeza, me presto a luchar hasta el fin, no

conservo la esperanza de vencer; al menos, puedo morir antes de

abandonar a un príncipe que ha puesto en mí su confianza al penetrar en

mi casa». Habiendo así hablado, volvió a tomar sus armas, y se lanzó de

nuevo en el combate. Mas las fuerzas le abandonaron, y había agotado ya

todas sus flechas. El Gran Tsubura dijo: «Ya no tenemos flechas, y

nuestras manos están heridas; no podemos ya combatir. ¿Qué nos resta que

hacer?» «No nos queda nada que hacer», respondió el príncipe. «Ahora,

quítame la vida.» Y el Gran Tsubura tomó su sable y quitó la vida al

príncipe. Luego, haciendo girar el arma contra sí mismo, hizo caer a sus

pies su propia cabeza.»

Esas eran las lecturas de antaño, las que los ministros del culto

comentaban y las generaciones comprendían, infundiendo así cada día en

los corazones nuevos las antiguas virtudes. «La conciencia, dice Hearn,

llega a ser el solo guía, por la doctrina de la intuición, que no tiene

necesidad de decálogo o de código fijo que señale las obligaciones

morales. «Teólogo y filósofo, dice Motoonori, que todas las ideas

morales necesarias al hombre le son sugeridas por los dioses y son de la

misma naturaleza instintiva que las que le obligan a comer cuando tiene

hambre, y a beber cuando tiene sed. El, el sapiente Hirata: «Toda acción

humana es la obra de un dios.» Y de nuevo Motoonori: «Haber comprendido

que no hay ni camino que conocer, ni ruta que seguir, es seguramente

haber comprendido el camino de los dioses.» Y otra vez Hirata: «Si

tenéis deseos de practicar la verdadera virtud, aprended a tener temor

de lo invisible, cultivad vuestra conciencia, y no os apartéis nunca del

camino recto.» Y luego: «La devoción a la memoria de los antepasados es

el resorte de todas las virtudes. El que no olvida nunca sus deberes

para con ellos, no puede ser irrespetuoso con los dioses ni con sus

padres. Un hombre semejante está siempre fiel a su príncipe y a sus

amigos, bueno y dulce con su mujer y con sus hijos.» Así pensaba el

Japón viejo. Semejante atraso estaba oculto tras la puerta que, los

hombres colorados, fueron a abrir a cañonazos.

Y a cañonazos se despertó a la vida y a la civilización de Occidente el

Japón viejo, y se convirtió en el Japón nuevo.

«Hoy, dice sonriendo afiladamente el japonés Hayashi a un periodista

parisiense, hoy tenemos acorazados, tenemos torpedos, tenemos cañones.

¡Los mares de la China se enrojecieron con la sangre de nuestros

muertos, y con la sangre de los que nosotros matamos! Nuestros torpedos

revientan; nuestros shrapnells crepitan, nuestros cañones arrojan

obuses; morimos y hacemos morir; y vosotros, los europeos, decís que

hemos conquistado nuestro rango, ¡que nos hemos civilizado! Hemos tenido

artistas, pintores, escultores, pensadores. En el siglo XVI editábamos

en japonés las fábulas de Esopo. ¡Éramos entonces bárbaros!»

Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV · 第 1 / 5 段