--Comprendo... Ricardo Espada-larga... Y bien, es pobre, sin nombre, un

aventurero en toda la fuerza de la expresión; ¿pero sabes tú si cuando

conozca su origen será para él un objeto de ambición tu amor?

--¡Señor...!

--Su nombre es un misterio semejante al nacimiento de una mujer por

cuya causa estoy aquí.

--¡Cómo!

--Desde que la peste aflige á Londres, paso las noches auxiliando

moribundos; necesito hacer bien para consolarme del daño que me han

hecho los hombres. Pues bien; esta noche volvía de auxiliar á un

desgraciado, cuando al pasar por entre la horca del collado de la Torre

y la iglesia de All-Hallow, llegó á mi oído el acento de una mujer que

cantaba, aquella voz me era muy conocida: á poco la puerta de aquella

casa se abrió, y la joven que había cantado salió. Entonces del sótano

de la horca salió un hombre y siguió á la mujer, yo les seguí también.

Aquel hombre y aquella mujer entraron en tu casa.

--¡Ketti! ¡Ricardo! exclamó Ester.

--Cabalmente, esperé y salieron; seguíles de nuevo, y entraron en una

taberna en Sowttwark.

--¡En una taberna! dijo Ester con una amargura en que se traslucían el

orgullo ofendido y los celos.

--Sí, en una taberna. Pero en aquella taberna murió Enrique II de

Inglaterra, y los jóvenes que entraron en ella eran hijos de Enrique

II...

--¿Con que son...? dijo Ester, no atreviéndose á proseguir.

--Hermanos, contestó el conde.

--¡Ricardo! ¡Ketti! hermanos.

--Sí; él es hijo del rey y de lady Rosmunda; ella debe la vida á Enrique

II y á una bailarina. Más tarde te referiré esas historias.

El estupor no permitía hablar á Ester; su padre prosiguió:

--Yo conservaba una llave que tenía el rey para visitar á la bailarina,

y corrí á buscarla á San Bridge. Volví con ella, y entré sin ser notado.

--¡Oh! sí, recuerdo, dijo Ester, que un día, cuando confesaba con el

padre Williams, éste me pidió una llave que debía existir en el lugar de

vuestro aposento que me indicó: al día siguiente le llevé la llave.

--Sí, dijo el conde; necesitaba derramar lágrimas, necesitaba consuelos,

y en aquel aposento los hallaba; parecíame estar en él junto á Enrique

II, teniendo sobre sus rodillas á su pequeña hija, y cuando arrojaba una

mirada al lecho, mis lágrimas corrían; porque aquel fué el lecho de

muerte del rey.

Salisbury suspiró, calló un momento, y después contó á su hija la

historia de los amores del rey con Ketti, y la escena que aquella noche

tuvo lugar en la taberna.

--¿Y dónde está Ketti? preguntó Ester cuando su padre hubo concluído.

--En esa cámara inmediata.

--¡Oh! ¡que entre! ¡que entre!

--Sí; pero tened cuenta, hija mía, con que esa desgraciada ama á

Ricardo, y si sabe por mí que es su hermano.

Ester abrió la puerta y llamó á Ketti; la niña entró pálida y llorosa y

se arrojó á los pies de Ester.

--¡Oh! ¡perdón señora! ¡perdón! yo no sabía que era mi hermano, exclamó

arrojándose á sus pies y juntando sus manos.

La expresión de dolor, de amargura y de amor del hermoso semblante de

Ketti, era sublime como la del rostro de la Virgen del _Descendimiento_

de Rubens.

Ester levantó apresuradamente á la joven, y contestó á la súplica de

Ketti abrazándola conmovida y sellando un beso en su frente. Ketti

reclinó la cabeza sobre el hombro de Ester y rompió á llorar; Salisbury

caló la capucha de su manto sobre los ojos para ocultar su conmoción.

En aquel momento, en el mismo sitio que se detuvo el heraldo que

pregonaba la cabeza de Ricardo Espada-larga, se detuvo otra cabalgata;

sonaron otra vez trompetas, y la voz del mismo heraldo se elevó

proclamando la vuelta del rey y su estancia en la Torre.

Salisbury se puso de un salto en la ventana; el primer objeto que vió

fué el rostro del conde de Surrey alumbrado por las antorchas.

--¡Milord! ¡conde de Surrey! gritó.

A aquella voz las antorchas se elevaron iluminando la ventana, y Surrey

vió la noble cabeza de Salisbury, que había arrojado atrás la capucha.

Surrey se arrojó del caballo, entró en el zaguán, y siempre con el

pendón real, entró instantáneamente en la cámara donde se hallaba

Salisbury.

Miró un momento con sorpresa al conde y le abrazó.

--¡Por San Jorge! dijo; ¿aun vivís?

--Sí, exclamó Salisbury, y quiero ver al momento al rey.

--¡Pues á la Torre! contestó Surrey.

--¡A la Torre! sí, vamos; y vosotras también, hijas mías.

Diez minutos después, Salisbury cabalgaba llevando sobre su caballo á

Ester, junto á Surrey que conducía de igual manera á Ketti. Había

concluido la proclamación, y los archeros apagaron sus antorchas para

evitar lo extraño que debía parecer un caballero llevando sobre su

cabalgadura una hermosa joven y en la diestra el pendón real.

Deberemos decir que esta precaución era inútil: llegaron á la Torre sin

haber encontrado un alma viviente en el camino.

[Illustration]

[Illustration]

XVII

LA SALA DEL TORMENTO

Era esta, en la Torre de Londres, un ancho recinto abovedado, oscuro y

profundo, bajo la Torre de Roberto el diablo á la cual servía de

cimiento.

Era horrible el aspecto de esta sala; colgaban de las paredes sierras,

gárfios, ruedas, poleas, mazas, tornillos y otros instrumentos

aterradores; en el centro estaba el potro, y junto á él el aparato para

el tormento denominado de los _borceguíes_.

Era éste un lecho de cuero algún tanto inclinado; en su parte inferior,

sobre un barrote, había clavada una especie de caja ancha y larga, lo

bastante para dar cabida á los pies de un hombre hasta más arriba de los

tobillos.

Cuando entró el rey con el príncipe Juan, encontró el tormento

preparado, y los hombres indispensables para él colocados en sus

puestos, á la manera que la servidumbre de una pieza próxima á entrar en

fuego.

Frente al tormento preparado, había una mesa con recado de escribir y

pergaminos en blanco; sentado tras esta mesa había un hombre de

fisonomía severa, vestido con una hopalanda talar, cubierta la cabeza

con un birrete, y ciñendo una estrecha y larga espada pendiente de una

banda roja; era el jefe de la prebostía de la Torre, y su misión allí

era la de anotar la declaración del reo puesto á la prueba del tormento.

Junto á este hombre había otro vestido de negro, de fisonomía

indiferente y glacial; era un médico destinado á marcar el momento en

que el paciente no pudiese tolerar la prueba sin peligro de su vida.

Inmediatamente junto al aparato de los borceguíes había un negro etiope,

vestido de amarillo, de expresión estúpida y estatura atlética y

membruda: el verdugo de la Torre, Godofredo, teniendo á sus pies un saco

de cuero y su hacha al hombro, estaba tras la mesa del preboste. Junto á

un tosco altar en que ardían dos velas, estaba arrodillado el clérigo

destinado á auxiliar á los que morían en la Torre; últimamente, Glow con

algunos hombres de armas estaba junto á la puerta.

Corazón-de-León miró con repugnancia todo éste aparato, en tanto que el

príncipe seguía inalterable sin dejar de dispensar una horrible

chanzoneta á cada uno de aquellos aterradores aparatos, á cada uno de

aquellos rostros sombríos, que se fijaban en el príncipe Juan,

creyéndole destinado á representar la parte del protagonista; pero no

debía suceder así. El rey buscó á Glow con la vista, y al encontrarle

dijo:

--Que bajen los reos.

--¿Quiénes, señor?

--Adam Wast y Robín.

Glow salió con algunos archeros, y volvió con los presos trascurridos

algunos segundos.

Adam Wast entró con paso reposado y continente altivo, y se detuvo entre

los guardias cuando hubo entrado en la sala; Robín, al notar el extraño

aparato del tormento, palideció y hubieron de sostenerle.

--Adelante los reos, dijo el rey.

Adam Wast adelantó hasta llegar al tormento, como si concibiese que de

allí no debía pasar; Robín fué traído á la fuerza hasta cerca del rey.

--¿Cómo te llamas? preguntó Corazón-de-León á Adam Wast.

Este pronunció en voz clara su nombre, añadiendo el de su profesión y el

de su país.

--¿A quién reconoces por tu señor natural?

--A las leyes inglesas.

Ricardo frunció el gesto y adelantó un paso.

--¡Vive Dios, traidor! gritó; en Inglaterra no hay más ley que la

voluntad del rey.

Adam Wast no contestó; pero fijó una mirada terrible en el rey.

--¿Por qué estás aquí? continuó el rey reprimiéndose.

--No lo sé, contestó Adam Wast.

--¿Conoces á este hombre? dijo Ricardo señalando á su hermano Juan.

--No, señor, contestó con la mayor impudencia Adam.

--¿Y vos, príncipe, le conocéis? preguntó el rey á Juan-sin-tierra.

Este, que estaba distraído contemplando con faz burlona la original

catadura del preboste, que sudaba de angustia no pudiendo seguir

cómodamente el interrogatorio sobre el pergamino en que estampaba con

mano temblona enormes caracteres, volvióse al escuchar la pregunta, y

contestó:

--¿Me preguntabas, Dik?

El rey, con una paciencia inusitada en él repitió acentuadamente su

pregunta.

Juan-sin-tierra fijó su vista en Adam Wast, detúvose un momento

contemplando con una insolente expresión su rostro, y dijo extendiendo

hacia él su brazo y señalándole con el dedo:

--¿Quién? ¿ese tuno? ¡vaya si le conozco! Conózcole tanto, como que le

mandé encerrar en la Torre, por no sé qué parentesco que tuvo el villano

atrevimiento de alegar entre nosotros y una mujerzuela. Me acuerdo de

que en aquel momento le predije que vendría á parar en manos del

verdugo.

El acento de Juan sin-tierra era tan burlón, tan seguro, que el rey

hubiera dudado, á no ser por la severa mirada de reconvención que brilló

en los ojos de Adam Wast.

--El príncipe asegura que te conoce, dijo el rey: ¿qué tienes que oponer

á eso?

--El príncipe miente ó se engaña, dijo agriamente Adam Wast.

A una seña del rey, aquél fué sujeto por la cintura y por los brazos con

correas unidas á él; á pesar de su carácter bravío, Adam Wast palideció

y murmuró una plegaria pidiendo fuerzas, no sabemos si á Dios ó al

diablo.

--¿Te obstinas en callar? preguntó Ricardo.

--Nada tengo que decir acerca de eso, más que lo que he dicho.

--¡Una cuña! gritó el rey al atormentador.

Los pies de Adam Wast fueron colocados en el cajón; entre ellos puso el

negro dos tablas, y entre las tablas introdujo una cuña de encina que

hizo entrar á golpes de maza en la juntura.

Una convulsión agitó los miembros de Adam Wast, y su semblante se

contrajo devorando una expresión de dolor.

El rey se volvió á Robín.

--Empieza tu acusación, le dijo.

Un sudor frío, sudor terrible, como debe ser el de la agonía, pasó por

Robín, á quien el miedo enmudeció.

--¡Al potro! dijo el rey.

--¡Ah! ¡no, señor! gritó llorando Robín y arrojándose á los pies del

rey; ¡yo lo diré todo, señor!

El atormentador, que se lanzaba ya sobre Robín como un tigre hambriento

sobre su presa, se detuvo á su despecho á un ademán del rey; Robín,

trémulo, sin levantarse del suelo, acusó á Adam de violencia contra

Ketti, de traición al rey; dió á conocer los detalles de la conspiración

hasta que fué llevada á cabo; nombró los cómplices que conocía, hombres

todos oscuros, y calló.

--¿Qué tienes que oponer á eso? dijo el rey á Adam Wast.

--Que es falso; dijo el paciente.

--¡Otra cuña! gritó el rey.

El atormentador introdujo una segunda cuña, y Adam no pudo reprimir un

ligero grito de dolor; sus pies se habían amoratado al principio, y al

entrar la cuña en su lugar, brotó de ellos sangre.

Adam Wast era valiente; otros lo hubieran revelado todo á la segunda

prueba; él, sin embargo, no contestó á una nueva pregunta del rey.

--¡Dos cuñas más! gritó furioso Corazón-de-León.

Al primer golpe del mazo, los huesos crujieron y la sangre manchó el

suelo; Adam, no pudiendo sufrir más, lanzó un grito que estremeció de

espanto al sacerdote, al preboste, á Glow y á los archeros; el rey y el

verdugo se mostraban impasibles; Juan-sin-tierra gozaba, el etiope

descargaba frenético con inmensa y cruel satisfacción furibundos golpes

sobre la tercera cuña, que rechinaba al par que los huesos crujían; el

tigre devoraba su presa.

--¡Perdón! ¡perdón! gritó con horrible acento de dolor Adam; ¡yo lo

revelaré todo, toto!

El rey mandó sacar la tercera cuña. Adam, doblegado, vencido por el

tormento, lo confesó todo, y nombró por cómplices al príncipe Juan, al

gran justiciero Huberto, al judío Saul y á los condes de Sidney y

Oxfford.

Cuando hubo concluido, pidió gracia al rey.

--Concedida, contestó Ricardo; en vez de morir ahorcado como un villano,

serás degollado como un noble.

--¡Perdón; señor!

--¡Miserable! si sólo hubieses atentado á nuestra corona, si sólo á nos

hubieses herido, podría el rey perdonarte; pero tú has violado una

mujer, la has adoptado como un medio á tu ambición, la has hecho

desgraciada, á pesar de que sabías el secreto de su nacimiento; después

has conspirado, y el incendió de Sowttwark y la sangre de algunos

inocentes pesan sobre tu cabeza. ¡Ola, sacerdote! preparad á este hombre

para que muera en el término de una hora; Glow, haz que se prepare su

ejecución en la Torre del Traidor; ejecutor de la Torre, dentro de una

hora me presentarás su cabeza.

El atormentador desató las ligaduras del reo; sentáronle en un sillón, y

conducido por dos archeros, siguió al verdugo, que caminaba delante

llevando un saco de cuero y el hacha al hombro con el filo vuelto hacia

él.

El rey y el príncipe quedaron solos.

--En cuanto á tí, Juan, esta misma noche partirás en la galera que me ha

traído á Francia, donde el rey te señalará una renta digna de un

príncipe real.

--¡Oh! ¡muchas gracias, querido Dik! me acabas de dar un brillante

espectáculo, y concluído me envías á París. ¡ Muchas gracias! Bien

mirado, ya estoy hastiado de Londres.

Llegaban á la puerta, cuando un hombre armado se precipitó en la sala;

era Surrey.

--Señor, dijo; el conde de Salisbury está en la cámara de vuestra

alteza.

--Bien, bien; os doy las gracias por vuestra eficacia, querido Surrey;

pero aguardad.

El rey fué á la mesa, y escribió tres pergaminos que selló con su

anillo.

Después los entregó á Surrey, y dijo á Juan-sin-tierra.

--Príncipe, quedáos con el conde de Surrey.

Tras esto salió precipitadamente de la sala del tormento.

--El rey me manda conduciros á París, dijo el conde, bajo la protección

de Felipe Augusto.

--¿Y si yo no quisiera ir?

--Seríais un loco, príncipe, añadió señalando un segundo pergamino;

porque el rey os ama; manda al obispo de Eli os entregue cincuenta mil

florines para vuestros gastos en este año.

--¡Ah! en ese caso, contestó el príncipe soltando una alegre carcajada,

es un partido aceptable.

Y apoderándose del brazo de Surrey, salió.

El tercer pergamino que el conde había guardado decretaba el arresto de

los condes de Sidney y Oxfford.

[Illustration]

[Illustration]

XVIII

EN QUE EL REY ENCUENTRA OTROS DOS HERMANOS

El rey se precipitó en su cámara, y se arrojó á los brazos de un hombre,

que con la misma efusión le salió al encuentro; era al anciano conde de

Salisbury.

--¡Oh! ¡por San Jorge! gritó el rey; he de perpetuar la memoria de este

día en un monumento; ha sido muy feliz para mí.

--Y aun puede serlo más, señor, porque podéis cumplir la última voluntad

de vuestro padre.

--¡Oh! sí, la cumpliré, dijo el rey; pero estoy impaciente por conocer

tu historia, milord: te escucho.

Salisbury refirió al rey lo que ya había referido á su hija;

Corazón-de-León escuchaba absorto la relación de los infortunios que su

lealtad había arrojado sobre el buen caballero.

--Y bien, Salisbury; los degollaré, los ahorcaré, los quemaré, los

exterminaré. ¡Mi madre! ¡oh! ¡mi madre me ha vendido también! la

encerraré en un convento; mandaré descuartizar á Artus de Bretaña, y si

mi hermano Juan abusa de su posición, ¡por San Huberto! no le ha de

valer dos veces ser mi hermano.

--Al contrario, señor, sed clemente; la sangre que un rey vierte en los

patíbulos, es un germen de enemigos, es un lago funesto, de cuyo fondo

se levantan sombras vengadoras; la sangre vertida fructifica, robustece

al partido perseguido.

--¡Oh! que fructifique en buen hora. En todo caso, doblaremos,

triplicaremos, centuplicaremos el número de los patíbulos.

--Tened en cuenta, señor, que todo vuestro poder no os librará de un

golpe traidor.

--Y bien, moriremos como debe morir un rey, sin cejar ni volver la

espalda. Pero pensemos en tí. ¿De qué modo te puede mostrar tu

agradecimiento el rey? Ayuda á mi deseo, pídeme, exígeme... ¡Por San

Jorge! te daría la mitad de mi corona.

--¡ Oh! señor, guardadla; pero no por eso dejaré de pediros una gracia.

--Concedida, sea cual fuere.

--Meditad, señor, que puedo tal vez pediros vuestro asentimiento para un

enlace en que vuestra sangre se uniría á la mía.

--¡Oh! conde; ¿has pensado unirte á mi hermana Matilde? Sea. Seremos

hermanos. Afortunadamente mi compromiso con el príncipe Malek-Adel está

roto, y ella es libre. Se lo rogaré; se lo mandaré. Será tu esposa.

--¡Ah, señor! contestó Salisbury sonriendo á la interpretación del rey;

¿ha olvidado vuestra gracia que tengo sobre mis canas setenta años?

--Entonces, añadió el rey vacilando, querrás unir tu hermosa hija con un

hombre á quien haría pedazos antes de consentir que la hiciese infeliz.

¡Rayos de Dios! valiera más entregarla á Satanás en persona, milord.

El conde miró fijamente al rey.

--¿Sabéis de quién hablo? le preguntó.

--Si ha de unirse tu sangre á la mía, ¿cómo puede ser sino enlazando á

lady Ester con el príncipe Juan?

--¡Ah! ¡señor! ¡nunca! murmuró con desdén Salisbury.

--Pues no comprendo...

--Existe un hombre que ama á Ester, y que es amado de ella. Ese hombre

es el noble y valiente Ricardo Espada-larga.

--¿Y se une mi linaje al tuyo con el enlace de tu hija y de mi hermano

de armas? preguntó el rey con extrañeza.

--Entended, señor, que Espada-larga tiene derecho á que le nombren, como

á vos, Ricardo Plantagenet.

--¿Y qué abona ese derecho?

--Esta cédula, contestó Salisbury sacando de entre sus ropas un

pergamino escrito de mano y letra de Enrique II, y autorizado por Santo

Tomás, arzobispo de Cantorbery, canciller del reino en la época de su

fecha, y muerto después por orden de Enrique en la Torre del Traidor,

que desde entonces tomó el nombre, que aun conserva, de Santo Tomás.

El rey pasó rápidamente la vista sobre el pergamino, del que pendía el

gran sello de Inglaterra.

En él, Enrique II reconocía por hijos naturales, autorizándolos para

llevar su blasón en la corte y en el campo, debiendo poner en él barras

de bastardía á Ricardo y Godofredo, habidos en 1169 de lady Rosmunda

Chifford, hija de lord Walter Chifford. Dejábales por herencia el

palacio y el parque real de Wootstock-Bower, previniendo no fuesen

puestos en posesión de sus Estados, ni se les hiciese sabedores de su

origen hasta que cumpliesen los veinticinco años. El depositario de este

secreto era lord Salisbury, conde de Salisbury, y se suplicaba al rey

cumpliese la voluntad real y paternal de Enrique II.

El documento era autógrafo; la firma del arzobispo y el gran sello de

Inglaterra, auténticos. No había lugar á la duda; pero el asombro estaba

pintado en la mirada de Corazón-de-León, que releía el pergamino.

--Tan cumplidamente has llenado tu encargo, Salisbury, que esto es

enteramente nuevo para mí. Pero sin embargo, me colma de placer.

¡Pluguiera á Dios no fuesen bastardos! Muerto yo, un Ricardo Plantagenet

sucedería á otro Ricardo Plantagenet. Creo que su nacimiento está unido

á una historia terrible.

--Muy terrible, señor; pero me abstendré de referirla á vuestra gracia,

porque en ella me sería forzoso pintar á vuestra madre de una manera

odiosa, junto á lady Rosmunda, que era un ángel.

--¿Qué me podrás decir que yo no sepa? ¿Ignoro acaso que las locuras, y

aun pudiera decir liviandades de mi madre, obligaron á repudiarla á Luis

VII de Francia? ¿Que mi padre fué bastante débil para unirse á ella por

razones de Estado, y que ha sido una cosa extraña que haya nacido de

ella una criatura tan pura como mi hermana Matilde, cuando Enrique, Juan

y yo somos tres retoños malditos? ¡Oh! todo lo sé, mi buen Salisbury;

pero la historia de esa Rosmunda es para mí poco clara. Necesito saber

lo que concierne á mis hermanos antes de reconocerlos.

--Si así lo queréis, señor, oiréis una historia muy triste.

--¡Oh! no importa; te escucho.

--Vuestro padre, señor, sólo contaba veinte años cuando fué coronado en

1154; era un bizarro caballero, y partió, como vos, á Palestina. Dos

años después, á despecho de su Consejo y de sus amigos, se unió á

vuestra madre Eleonora de Guiena. Era un enlace desigual; Enrique II,

niño aún, no podía amar, ni amaba á Eleonora, que nunca fué hermosa, y

que sólo tenía en su abono un tacto exquisito y lo alegre y chistoso de

su carácter. Eleonora aventajaba trece años en edad al rey, y éste,

enamorado é impresionable, la hizo sufrir en infidelidades lo que ella

había hecho sufrir á Luis VII. Celosa hasta el frenesí, amando hasta la

locura á vuestro padre, de carácter iracundo y altivo, se hizo para él

insoportable. Doce años transcurrieron después de su matrimonio en

continuas desavenencias, cada una de las cuales motivaba una ausencia

del rey con pretexto de caza ó guerra. En 1168 tuvo lugar una de estas

expediciones; yo acompañaba al rey; el punto de partida era Wootstock.

En la última jornada nos sorprendió la noche junto al castillo de

Oxfford, habitado entonces por sir Walter Chifford, que salió al

encuentro del rey y le rogó le honrase hospedándose en su castillo.

Aquella noche conoció el rey á la desgraciada Rosmunda: era una joven de

dieciocho años, cuyo semblante noble y maravillosamente hermoso aún no

he podido olvidar. Figuráos, señor, una frente pálida, tersa,

majestuosa, coronada por sedosos rizos de largos cabellos rubios; unos

ojos azules de mirada diáfana, poderosa, en que se retrataba la paz de

un alma purísima y tranquila; añadid á esto un cuerpo esbelto, de

soberbias formas, de continente de reina y aéreo y vagoroso como el de

un ángel; una imaginación entusiasta y un tesoro de amor en el corazón,

y tendréis una pequeña idea de Rosmunda. El rey era como vos á los

treinta y cuatro años; prendóse de Rosmunda y Rosmunda de él; lord

Walter Chifford cerró los ojos á su honor y los abrió á su ambición.

Algunos días después, Rosmunda era la dama de Enrique II, que construyó

para ella el palacio y el célebre laberinto de Wootstock. Allí nacieron

un año después Ricardo y Godofredo. Enrique II quiso tenerlos á su lado

en la corte, y me los entregó; yo los expuse en Westminster y me oculté

tras uno de los pilares de la portada para no permitir que nadie los

recogiese más que el rey, que con algunos caballeros debía pasar como al

acaso; pero os anticipásteis vos; volvíais de San James de una cita

amorosa, y oísteis el débil baguido de los niños; llegasteis á ellos, y

los contemplásteis un momento conmovido, yo os conocí á la luz del alba

y os dejé hacer; tomásteis los pobres gemelos bajo la capa, y

partísteis; yo os seguí: fuísteis con ellos á Withe-Tower, residencia

entonces del rey, y le entregásteis los niños cuando se preparaba á ir á

buscarlos: el misterio envolvió de una manera impenetrable su origen.

Fueron adoptados por vuestro padre, declarados caballeros y educados

como tales. Enrique II los amaba con todo el amor que sentía por su

madre; y cuando Eleonora logró introducirse en Wootstock-Bower y asesinó

celosa á Rosmunda, su dolor y su furor no conocieron límites; si vuestro

padre viviera, aun estaría encarcelada vuestra madre. Ahora, señor, que

conocéis la historia de Ricardo, que sabéis que debe llevar vuestro

nombre, ¿consentís en su unión con lady Ester Salisbury, condesa de

Salisbury?

--Te hubiera dado mi hermana Matilde, ¿cómo, pues, negarme al enlace de

Espada-larga con tu hija?

--¡Oh, señor! exclamó el anciano arrojándose á los pies del rey.

--Levanta, leal vasallo. Mañana quiero ver á tu hija; y ya que conoces

los secretos de mi padre, busca á otra hermana mía que se nombra Ketti.

--Han venido conmigo, señor.

--Que entren, dijo el rey; ve por ellas.

Salisbury salió.

--¡Por San Dustan! exclamó el rey; si mi padre hubiera vivido diez años

más... ¡Oh! ¿quién sabe dónde hubiéramos llegado? El buen anciano no

quiso privarme del consuelo de la fraternidad. ¡Rabo del diablo! una

hermana beata, un hermano loco y tres bastardos por añadidura. En cambio

yo no tengo hijos; y ha hecho bien Dios: me basta con los de mi padre.

Los hermanos Plantagenet · 第 8 / 9 段