El rey meditó un momento; conoció sí, toda la infamia que se ocultaba

tras el relato del canciller; conoció que no haciendo justicia al

pueblo, el pueblo le maldeciría; pero como al mismo tiempo una mirada al

acaso al través de una ventana le mostrase á sus normandos, en cuyas

picas y corazas, reflejaba la luz del incendio de Sowttwark, se encogió

de hombros, y dijo al canciller:

--Milord, bien hecho está lo hecho. Veté y sigue siendo leal al rey.

El negocio estaba terminado; el rey se vendía.

El canciller salió tras de haber besado la mano al rey, y murmuró para

sí mientras bajaba la escalera:

--Me cuestas un tesoro; pero yo lo recobraré vendiendo tu cabeza.

Al atravesar el portal, un hombre conducido por cuatro archeros entraba.

Aquel hombre iba vestido de colorado.

Era Godofredo el verdugo.

[Illustration]

XIII

AGIAB

El canciller montó á caballo, y partió acompañado de su servidumbre á

Westminster. Al llegar á la gótica portada de la abadía, un hombre salió

de entre sus pardos pilares y se detuvo junto al caballo del canciller.

-Necesito hablaros, monseñor, dijo, y con urgencia.

El Obispo detuvo su caballo, midió de alto á bajo con una mirada

particular al hombre alumbrado por las antorchas de su servidumbre, y

contestó tres solas palabras:

-En buen hora.

Después echó pie á tierra y entró por medio de sus hombres de armas, que

le saludaron chocando sus escudos, y llegó á su cámara, donde quedó

solo con el hombre á quien había concedido aquella intempestiva

entrevista, y que no era otro que el judío Saul ó Agiab.

Estos dos hombres se lanzaron una mirada sombría y amenazadora;

entrambos guardaron silencio, esperando que el uno de ellos le rompiese.

--Y bien, dijo al fin el canciller; ¿qué me queréis?

--Extraño os parecerá, Guillermo, contestó el judío sentándose en un

sillón, con una insolencia que hizo fruncir el entrecejo al Obispo;

extraño os parecerá ver á vuestro mayor enemigo frente á vos, en una

entrevista solicitada por él. Y nada tiene de extraño; he venido á

proponeros unas treguas, en que ambos acometeremos á un enemigo común

que se cruza á nuestro paso. Después, vencido ese enemigo, volveremos á

nuestra lucha. Ese enemigo es fuerte, más fuerte que otros, porque tiene

la fuerza en sí mismo. Es el rey.

El canciller miró de una manera recelosa al judío.

--No os comprendo, dijo.

--Procuraré ponerme al alcance de la inteligencia de monseñor. Ambos,

vos y yo, amamos á una mujer, que no podía ser más que de uno de los

dos, y que ahora no puede ser de ninguno, porque pertenece á otro. Esa

mujer es lady Ester, condesa de Salisbury; ese otro es un aventurero

llamado Ricardo Espada-larga, á quien vos habéis tenido la necedad de

pregonar, y que siendo favorito de Corazón-de-León tiene para vos un

doble derecho de muerte. Hacer desaparecer á Espada-larga no sería

difícil; pero Corazón-de-León se cobraría de seguro en nuestras cabezas.

¿No os parece, monseñor, que haciendo de manera que el rey muriese,

lograríamos el doble objeto de desembarazarnos de Espada-larga y dejar

franco el trono para el príncipe Juan?

--Paréceme que no habéis olvidado vuestros antiguos hábitos, amigo

Agiab, contestó el canciller mirando de una manera maligna al judío, que

palideció al oir el nombre con que le designaba el Obispo.

--No os comprendo.

--Os toca la vez de no comprender, prosiguió el Obispo, y procuraré

ponerme al alcance de vuestra inteligencia. Vos erais hace algo más de

dos años un miserable judío, que moraba en uno de los barrios más

retirados de Jerusalén. Vos creísteis que, venido de la Siria, dejabais

allí oculta vuestra historia en el valle de Josafat. Pero no recuerdo

por qué, me interesó algo conocerla, y supe que no erais vos el rico y

virtuoso hebreo Saul, sino un miserable que se nombraba Agiab y que

debía sus tesoros á un asesinato.

--Monseñor...

--Si no os basta mi palabra, puedo presentaros pruebas. Había en el

ejército cristiano un bravo y valiente caballero; uno de esos hombres

cuya virtud sin tacha y su valor sin límites lo ponían á la altura de

los héroes de la fábula. Este hombre era Conrado, marqués de Tiro, que

por razones que no vienen al caso, arrojó sobre sí el odio de un

terrible y misterioso personaje cuyo nombre figura en la historia de las

Cruzadas oculto tras el del _Viejo de la montaña_. Sea como quiera, vos,

que poseíais todo el valor de un asesino, fuisteis encargado de asesinar

á aquel valiente caballero. Sois un hombre de mérito en esa parte, y

Conrado fué muerto mientras dormía; aun más, le robasteis, Agiab, y

huísteis con vuestra presa no tan pronto, sin embargo, que no pudieseis

ser conocido por un hombre, valiente también, que acudió á los gritos

del infortunado Conrado. Aquel hombre era Ricardo Espada-larga, de cuyas

manos escapasteis por la casualidad, feliz para vos, de haber sido

arrojado por su caballo cuando os perseguía. Vos, por vuestra elección,

hubierais permanecido en Jerusalén, pero tuvisteis miedo. Seamos, pues,

francos. El motivo que os impele á querer deshaceros de Espada-larga es

de todo punto independiente del amor; una rivalidad no os hubiera

detenido; tenéis suficiente oro para hacer robar á lady Ester, y...

--Os engañáis, monseñor; soy tan pobre ahora como el más miserable. El

pueblo me ha robado y ha incendiado mi casa.

--Es decir...

--Que vengo á pediros una alianza; vos me daréis oro; yo compraré un

hombre.

--¿Y habéis pensado en él?

--Sí.

--¿Es valiente?

--Es ambicioso.

--¿Cómo se nombra?

--Adam Wast.

--Pero ese hombre está preso, y yo no respondo de su cabeza.

--Compraré al verdugo.

--Es aventurado.

--Dejadme hacer. Cuento con vos.

--Creo que si alguien hay aquí que pueda imponer condiciones, soy yo,

dijo el canciller. Tú, miserable instrumento, no tienes que elegir. O

salvarte conmigo, ó perecer solo. Una sola palabra mía haría caer tu

cabeza.

--Bien, balbuceó Agiab levantándose; ¿y qué he de hacer?

--Invertir bien este oro, dijo el canciller, abriendo un armario y

arrojando una bolsa á los pies del judío, que la alzó; y ahora salir por

aquí.

El canciller tomó la lámpara que alumbraba sobre la mesa, llegó á uno de

los muros y oprimió un resorte. El muro se rasgó como obedeciendo á un

conjuro, dejando descubierta una oculta salida, por donde se perdieron

el hebreo y el canciller.

Media hora después, Agiab llegaba á la horca del collado de la Torre al

mismo tiempo que Godofredo. Saul habló algunas palabras al oído del

verdugo, y éste le hizo entrar en el sótano de la horca, cuya puerta se

cerró tras ellos. Algún tiempo después se abrió; el judío se dirigió á

la puerta de Lions-Gatte, y la hizo abrir á fuerza de oro. Bajó á la

ribera del río, llamó á una cabaña de pescadores, y á precio exorbitante

compró una pequeña lancha. Poco después, protegido por la niebla se

ocultó bajo el arco de la Torre del Traidor.

[Illustration]

[Illustration]

XIV

EL VERDUGO DE LA TORRE

La escena que había tenido lugar entre el rey y el verdugo fué muy

corta.

Godofredo entró y se arrodilló ante el rey, permaneciendo en aquella

postura.

-¿Cómo te llamas? le preguntó el rey.

-El verdugo de la Torre, contestó Godofredo sin levantar la vista del

suelo.

-Tu nombre, insistió el rey.

-No tengo nombre.

-¿Cuánto tiempo hace que ejerces tu profesión en la Torre?

-Dos años, señor.

-¿A qué clase pertenecías antes de ser ejecutor?

-Lo he olvidado, señor.

Nublóse el semblante del rey, cuya mirada estaba fija hacía algunos

momentos en el semblante de Godofredo; creyó reconocer en él á un

antiguo amigo; pero estaba tan desfigurado Godofredo, que rechazó esta

idea como un delirio.

--¿Fuiste el ejecutor del conde de Salisbury?

--Para el rey y los hombres sí; para Dios no.

--¡Cómo!

--La Torre donde se preparó la ejecución, tenía salidas secretas que me

eran conocidas, y le dejé escapar.

--¿Y te atreves á decir eso al rey?

--Poderoso señor; desde entonces guardo un secreto para vuestra gracia,

que me fué confiado por el conde de Salisbury.

--Y ese secreto...

--Cuando entré, señor, en el calabozo, el conde hacía su confesión, que

escuché, porque no repararon en mí y me protegía la oscuridad. En la

confesión oí revelaciones en que entraba por mucho el nombre de vuestra

gracia. El conde moría asesinado por la traición. Cuando salió el

sacerdote, yo me adelanté; creía encontrar un hombre débil, y encontré

un valiente; esto acabó de interesarme en su favor. Estaba conmigo Stek

el llavero.

--Lástima es que este hombre muera, me dijo.

--¿Quieres que le salvemos? contesté.

--¿Qué órdenes tienes?

--Arrojar por la compuerta la cabeza y el tronco, contesté, encerrados

en un saco, con una piedra á los pies.

--¡Ah! ¡ya! me contestó; es una ejecución secreta. Luego dijo al conde;

caballero, ¿sabéis nadar?

--Sí, contestó.

--Pues bien; si nos dais vuestra palabra de honor de huir sin revelar á

nadie que os hemos salvado, os salvaremos.

--¿Y le salvasteis? esclamó con ansiedad Corazón-de-León.

--Sí, señor; abrimos la compuerta de hierro, y antes de arrojarse al

Támesis, me dijo: «has hecho un servicio al rey, y el rey te lo

recompensará. Voy á encerrarme en un monasterio mientras el rey está

ausente. Yo no podré fiarme de nadie sino de vosotros; mi espada está en

la conserjería de la Torre: dí que te la dejo, y exige que te la

entreguen; cuando venga el rey preséntate á él con la espada y afírmale

sobre ella, que estoy retirado en el monasterio de San Bridge.»

--¿Y dónde está la espada?

--La he perdido, señor.

--¿Tenía alguna seña particular?

--Sí, señor; entre los gavilanes un blasón con un león rapante en campo

de oro.

--¡El es! ¡El es! gritó con alegría Corazón-de-León. Alza, añadió

dirigiéndose al verdugo, y pídeme una gracia.

--¡Una gracia, señor! Pues bien; deseo ejecutar á los reos que se

sentencien por resultado de la traición de esta noche.

--¡Sólo eso me pides! exclamó el rey asombrado.

--Sólo eso, señor.

--Pues bien, concedido. Ve por tu hacha; porque pronto harás falta en la

Torre.

Cuando Godofredo llegaba á su sótano en busca del instrumento fatal, fué

cuando encontró junto á la puerta á Agiab.

Concluida su corta entrevista con éste, volvió á la Torre y se puso á

las órdenes de Glow.

[Illustration]

[Illustration]

XV

EL PRÍNCIPE JUAN

El rey entre tanto había revistado á sus normandos, que le habían

recibido en medio de las más frenéticas aclamaciones; había recorrido

los puestos, y entraba en la sala del Consejo.

Junto al trono, á poca distancia, había una gran mesa cubierta por un

mantel de púrpura, sobre el cual se veían multitud de manjares; en el

centro de ella había un objeto extraño, por lo que permitía descubrir el

paño negro que lo cubría, y dos candeleros de oro con velas de cera

colocados sobre la mesa irradiaban su resplandor, recortándolo en los

cornisamentos de las ocho columnas de madera, forradas de terciopelo que

sostenían la magnífica ensambladura de la Sala del Consejo.

A alguna distancia de la mesa había ocho pajes jóvenes vestidos de

brocado, como si esperasen la llegada de su dueño para servir el

banquete; más atrás estaba el verdugo de pie é inmóvil; algo más allá

Glow el llavero, junto á un hombretón que era el atormentador, y más

atrás, en fin, inmóviles como estatuas de hierro, había una veintena de

archeros apoyados en sus picas.

Al mismo tiempo que el rey observaba en silencio todo este aparato, una

cabalgata de jóvenes señores entraba en Tames-Square. Todos iban

silenciosos, escepto uno que reía, cantaba ó apostrofaba á sus

silenciosos compañeros, que detuvieron sus caballos junto á la primera

entrada de la plaza, desde donde se alcanzaba á ver la Torre.

--¡Hola, valientes! gritó el joven soltando una estrepitosa carcajada;

¿con qué es verdad que os causa miedo mi castillo?

--Y terrible contestó uno de ellos.

--Pánico; repuso otro.

--Glacial; añadió un tercero.

--¿Qué piensas de esto, Huberto? dijo el que había hecho la anterior

pregunta.

--Lo que pienso, príncipe, es que os dejo para esconderme, y vos debéis

hacer lo mismo, porque el diablo anda suelto.

--¿Y tú que dices, Sidney?

--Exactamente lo mismo que el justiciero.

--¿Y tú, Oxfford?

--En cuanto á mí, si estuvieran abiertos los embarcaderos, desde que oí

el primer pregón, hubiera ganado una barca y estaría hace una hora con

rumbo á Francia.

--Será necesario creer que Dik[B] está en Londres.

[B] Diminutivo de Ricardo.

--¡Pues no! contestó el nombrado Huberto; ¿quién sino él hubiera

sofocado el motín de esta noche? ¿á qué habían de ir esos heraldos

pregonando su nombre á son de trompeta por la ciudad?

--¡Bah! ¡Bah! sois muy crédulos, milores; apostaría mi cabeza contra un

penique á que está ahora durmiendo muy tranquilo en su calabozo de

Francfort.

En aquel momento dejóse oir á lo lejos sonido de trompetas, que se

aproximaban con rapidez. La brillante cabalgata se dispersó á la carrera

en distintas direcciones, como obedeciendo á un impulso simultáneo,

dejando solo á aquel á quien habían llamado príncipe, que puso al trote

su caballo atravesando á Tames-Square en dirección al rastrillo de la

Torre. Pero de repente el caballo se detuvo asombrado, sin que bastasen

los repetidos espolazos del jinete para hacerle adelantar, y de tal

modo, que éste se vió precisado á echar pie á tierra para inquirir la

causa del asombro del caballo. Nada vió; la niebla era densísima, y en

vano pretendió hacer avanzar á su caballo asiéndole del diestro; por el

contrario el bruto dió un bote, se desasió y huyó lanzando un relincho

de espanto.

--Tú también me abandonas, dijo el joven; en un bruto, pase; pero

ellos... ¡Oh! son unos cobardes, y no merecen que yo les dé más

festines.

Después se dirigió al rastrillo, pero antes de llegar tropezó en un

bulto y cayó; levantóse lanzando un juramento, y palpó el objeto que le

había hecho caer; su mano se posó sobre el frío rostro de un cadáver, y

se tiño de sangre.

--¡Diablo! murmuró el joven, ya no extraño el asombro del animal; el

lance ha sido caliente.

Y entonando á grito herido una balada escocesa, llegó al borde del foso.

--¿Quién va? gritó una voz desde la almena.

--Inglaterra, gritó el joven con acento alegre; yo, el príncipe Juan;

abajo el rastrillo.

Las pesadas cadenas rechinaron y el puente cayó con estruendo sobre el

foso. Juan-sin-tierra le atravesó saltando, entonando siempre su balada.

Tras él se cerró el rastrillo, y atravesando patios, pasadizos y

escaleras, llegó á la Sala del Consejo y se arrojó en uno de los

sillones.

--¡Ola! Smiht, Slow, Sunderi, Kewin, mis buenos capitanes, dijo, venid á

hacerme compañía. ¿Qué es esto? añadió notando que nadie le contestaba;

¿y qué hacéis vosotros, canallas, que no me servís? insistió

dirigiéndose á los pajes.

Ninguno se movió; pero Glow adelantó hasta la mesa, y tirando del paño

negro, quedó descubierta una reluciente hacha en el centro de ella.

--¿Qué significa esto? gritó poniéndose de pie y empuñando la espada.

--Esto significa, gritó Ricardo Corazón-de-León saliendo de detrás de

una columna y asiéndole de un brazo; esto significa, gobernador de

Normandía, que el rey ha añadido una pieza más á vuestro banquete. Pero

comed, si tenéis hambre; bebed, si tenéis sed. El rey espera.

Juan-sin-tierra lanzó una larga y alegre carcajada al reconocer al rey,

y exclamó:

--¡Ah! ¿eres tú, Dik? ¿y yo no lo había querido creer? Me alegro, me

acompañarás; ¡me han abandonado mis cobardes amigos!

Y sin inmutarse, sin contraerse, de la manera más natural, se sirvió un

enorme pedazo de lomo de jabalí.

Corazón-de-León enmudeció de asombro; los circunstantes miraron con

respeto y aun con miedo aquel loco, que así se chanceaba con la muerte.

Juan-sin-tierra era el hombre inalterable, que más tarde debía decir á

sus cortesanos, que le anunciaban la ocupación por Felipe Augusto de los

Estados de Guinea, Poitú y Normandía; _dejadle hacer, yo le tomaré en

una hora doble tierra que la que él me ha robado en tres meses_.

El rey despidió á la servidumbre y á los soldados con un ademán

imperioso, y quedaron solos los dos hermanos.

--¿Sabes, Juan, dijo el rey, que me siento inclinado á hacer contigo un

escarmiento?

--Y bien, no pasará de ahí, contestó tranquilamente Juan engullendo un

tasajo: soy tu hermano menor, y no te expondrías á que Dios te diga como

á Caín: «Ricardo, ¿qué has hecho de tu hermano Juan?»

Corazón-de-León dudó si debía mandar sepultar en un calabozo ó abandonar

como á un loco aquel joven gallardo y frívolo que de una manera tan

original desafiaba su cólera.

--Sin embargo de eso, observó después de un momento de silencio el rey,

nosotros hemos provocado alguna vez la justicia de Dios; ¿crees que el

que se rebeló contra su padre y en unión con sus hermanos le destronó y

causó su muerte, no se atreverá á poner tu cuerpo en el tormento, tu

cabeza en manos del verdugo?

--Y bien; prefiero eso, contestó el príncipe llenando tranquilamente una

copa, á verme reducido á la nada, encerrado en una torre, sin mujeres,

sin cortesanos, sin vino: lo prefiero mil veces.

--Pues bien; eso será, gritó el rey, eso será si no me revelas tus

cómplices.

--¿Cómplices? yo no tengo cómplices, ó si los tengo no los conozco; no

sé si se trata de mí más que cuando oigo gritar: viva el rey Juan, ó

abajo Juan-sin-tierra. ¡Abajo, vive Dios! es una originalidad; ¿qué más

abajo quieren á Juan, que sin tierra?

--Paréceme, Juan, que eres un traidor consumado.

--¿Traidor? No por cierto. Tú estabas ausente; tu trono vacío,

enteramente vacío, y dije para mí: «El pueblo cree muerto al rey, y me

elige por su sucesor. Aceptemos, gocemos un momento su corona, y cuando

vuelva mi hermano devolvámosela.» Yo hubiera deseado tu vuelta á los dos

meses de mi coronación, porque todo me cansa pronto; pero tú te has

encargado de que no tenga tiempo para fastidiarme; pues bien, ahí tienes

tu corona: en cuanto á mí, dame lo suficiente para poder tener de vez en

cuando un festín, y no quiero más.

Este razonamiento, pronunciado con la mayor sangre fría, puso el colmo

al furor de Ricardo.

--Príncipe Juan, nos os quitamos, dijo, el gobierno de Normandía, os

declaramos reo de alta traición, y sólo os dispensaremos nuestra

clemencia cuando pongáis en nuestra noticia el nombre de vuestros

cómplices.

--¿Y qué más? dijo el príncipe con una sonrisa picaresca.

--¡Juan! gritó el rey exasperado.

--¡Dik! contestó Juan-sin-tierra remedando al rey.

--Está borracho; ¡voto á...! el rey se detuvo y meditó.

--¡Hola! añadió dirigiéndose á la puerta; ¿está ahí el atormentador?

--Sí, señor, contestó Glow apareciendo en el umbral.

--¿Y el ejecutor?

--También.

--Seguidme, príncipe, dijo el rey.

Juan-sin-tierra se levantó casi ebrio, y asió un brazo del rey,

siguiéndole así hasta el recinto de los calabozos donde estaba la sala

del tormento, en la cual entraron.

[Illustration]

XVI

EL CONDE DE SALISBURY

Creemos que el lector no habrá olvidado al extraño personaje que se

había presentado en el aposento de la condesa de Salisbury, bien á

tiempo por cierto para cortar la desagradable escena que tenía lugar

entre ésta y Agiab, ni la profunda impresión que la vista del

desconocido produjo en Ester, haciéndola arrojarse á sus pies.

Nosotros no queremos ser misteriosos por más tiempo, y nos apresuramos á

decir que aquel hombre de hermosa y noble fisonomía era el conde de

Salisbury.

Era el valiente y leal caballero amigo de Enrique II; el que había

presenciado su agonía; el poseedor de sus secretos y el que, muerto el

padre, había servido al hijo con la misma adhesión, con la misma

lealtad.

Es cierto que Ricardo había observado una conducta criminal con su

padre, rebelándose contra él y siendo en cierto modo cómplice de su

muerte; pero había sido engañado; Salisbury, que no hubiera podido

tolerar la vista de Enrique el joven, halló en el dolor y en el

arrepentimiento de Ricardo motivo bastante para perdonarle como hombre,

lo que Enrique II le había perdonado como padre.

Ricardo, por su parte, indomable y feroz para todos, se dejaba dirigir

por el conde; le consultaba sus actos de gobierno, los proyectos que le

sugería su genio guerreador y aventurero, y se doblegaba á sus consejos:

en una ocasión, empero, fueron inútiles los esfuerzos y las súplicas de

su viejo amigo. Ricardo resolvió partir á Tierra Santa, y partió dejando

su reino abandonado en manos extrañas, avezadas de viejo á la traición,

y que tal vez pretendían arrancarle traidoramente la corona de sobre su

yelmo de combate. Una doble causa impulsaba á Ricardo: estaba entonces á

la orden del día (digámoslo así) que los reyes cristianos fuesen á

derramar sangre sobre el sepulcro del Salvador, y por otra parte, el

joven Felipe Augusto de Francia, ya con gloria por el feliz éxito de

algunas empresas arriesgadas, y enemigo, por tanto, aunque simulado, de

Ricardo, acababa de partir con gran pompa, y seguido de una falanje de

caballeros, á arrancar de manos de los infieles la Santa ciudad,

conquistada por Saladino al débil Guido de Lusiñán. Ricardo aprestó,

como sabemos, lo mejor de sus caballeros, y partió dejando la

condestablía de la Torre á Salisbury con quinientos normandos para su

defensa, en cuya adhesión tenía gran seguridad. Poseer la Torre era

poseer á Londres; poseer á Londres era ser rey de Inglaterra.

Pero no tardaron en mostrarse los resultados que Salisbury había temido

á la partida del rey. Guillermo de Longchamps, canciller del reino, se

atrevió á decir en el seno del Consejo que era necesario declarar el

derecho de sucesión al trono para el caso probable de que Ricardo

muriese en Palestina; halló apoyo, y Artus de Bretaña, sobrino del rey,

fué declarado su heredero: de aquí resultó que Juan-sin-tierra, apoyado

por su madre Eleonora de Guiena, regente del reino, interpusiese su

mejor derecho, y la nobleza se dividió en tres bandos; los unos en pro

de Artus, bajo la bandera de Juan los más, quedando muy pocos en el

partido del rey, á pesar de los esfuerzos de Salisbury.

Ester era enemigo respetable; la Torre estaba en su poder, y su posición

pesaba de una manera notable en la balanza política. Tratóse, pues, de

comprarle por entrambas partes, y Salisbury desechó con indignación la

primera propuesta. Sabemos el resultado de su negativa: desapareció un

día que había sido llamado por el Obispo canciller, y como no se

volviese á saber de él, Apsley fué nombrado condestable de la Torre. A

esto siguió el encarcelamiento de los adictos á Ricardo, y los sucesos

de que ya tienen conocimiento los lectores.

Cuando Salisbury fué arrojado al Támesis por la compuerta de la Torre

del Traidor, ganó silenciosamente la orilla, tomó tierra y se dirigió al

monasterio de San Bridge, cuyos monjes eran adictos al rey, habiendo

sido uno de ellos confesor de Enrique II, al par que lo era aún del

conde de Salisbury, y los muros del monasterio ocultaron también al

fugitivo: fué éste tan prudente, que su muerte se dió por cierta, y su

hija fué puesta en posesión de su herencia.

Sin embargo, el conde, una vez en el monasterio, observaba las prácticas

religiosas de una manera rígida, y se había hecho un modelo de

austeridad para con los monjes más severos. Jamás salía del convento, ni

hablaba con otro que con el padre Williams, su confesor, y que lo era á

la sazón de su hija.

Ester era religiosa y practicaba; una vez arrodillada ante el

confesonario, desplegaba su alma y la mostraba hasta en lo más

recóndito.

Los monjes no se veían en el confesonario; llegaban á él por el interior

del monasterio, y sólo comunicaban con el penitente al través de una

pequeña reja abierta en un nicho profundo y oscuro que correspondía á la

iglesia.

Una vez allí, el misterio y la oscuridad presidían al solemne acto; y la

voz del monje, partiendo desde lo profundo, parecía en cierto modo la

voz de Dios desde la eternidad.

Siempre que Ester confesaba, su padre asistía al confesonario junto al

padre Williams, esto podía ser sacrílego y malo; pero así sucedía.

Por este medio Salisbury conocía la sed de venganza de Ester, sus

padecimientos, sus alegrías, su amor á Espada-larga, la conciencia de su

hija estaba abierta ante él como un libro, y por lo tanto, cuando pasada

la primera sorpresa contó á su hija el modo milagroso con que había

salvado su vida; cuando llegó el caso de que Ester quisiese referirle su

historia, la interrumpió pronunciando estas solas palabras:

--Todo lo sé, y me alegro de saberlo tal como es; porque de otra manera,

lo que ahora encuentro noble y grande, me hubiera parecido criminal y

vergonzoso.

--¡Ah, señor! murmuró Ester.

--Y bien, ¿nada tenéis que pedirme?

--Nada, si todo lo sabéis, señor, contestó Ester, fijando sus hermosos

ojos en su padre.

Los hermanos Plantagenet · 第 7 / 9 段