Detuvo en esto el vuelo de su pensamiento, porque Salisbury entró con

Ester y Ketti. La primera saludó con nobleza y gracia al rey,

felicitándole por su vuelta; la segunda se detuvo, encendida de rubor y

trémula de miedo, á pocos pasos de la puerta.

Ricardo la miró de alto á bajo; después dijo á Salisbury en un tono que

sólo pudo ser oído por él:

--¿Estás seguro de que es ella?

--Miradla bien, señor, contestó en el mismo tono el conde; es una

semejanza perfecta de vuestra hermana Matilde.

--Adelante, niña, la dijo el rey; ¿sabes quién soy yo?

--¡Ah, señor! tartamudeó Ketti arrojándose á sus pies, con los ojos

bañados de lágrimas.

--¿Sabéis, Salisbury, dijo el rey levantando á la niña y sellando un

beso en su frente, que es lo más bello de mi familia?

Ketti se sonrojó, y se separó suavemente del rey.

--¿Y dónde está milord Espada-larga? preguntó el rey. ¡Ola,

Nortumberland!

Nortumberland apareció á la puerta.

--Haced que entre mi hermano de armas.

--Aquí estoy, señor, dijo adelantándose Espada-larga.

Nortumberland permaneció á la puerta.

--¿Qué edad tenéis, milord? preguntó Corazón-de-León á Espada-larga.

--Veinticinco años, señor.

--Hincad una rodilla en tierra, milord, y leed.

Espada-larga dobló una rodilla, y empezó á leer en voz alta la cédula de

Enrique II, que le había entregado el rey; cuando llegó á su nombre, su

voz, antes segura, tembló.

--Esto no puede ser, señor; exclamó Espada-larga, fijando en el rey una

mirada profunda.

--Y sin embargo, milord, contestó el rey, yo, Ricardo Plantagenet, hijo

legítimo de su alteza Enrique II de Inglaterra, rey por muerte de

nuestro padre del mismo reino, os reconocemos á vos, Ricardo

Plantagenet, marqués de Tiro, conde de Chifford, como hijo bastardo de

nuestro padre, y de lady Rosmunda, condesa de Chifford, alzad.

Espada-larga se levantó aturdido. El rey le abrazó y le besó en la

mejilla.

--Y porque sabemos, añadió el rey, que es vuestro deseo tomar por mujer

á lady Ester Salisbury, condesa de Salisbury, tenemos á bien concederos

nuestra licencia, y señalar vuestras bodas en un plazo de tercero día.

Ester dió un grito de placer, pero se contuvo. Vió á Ketti trémula,

pálida, apoyarse en la mesa, y vacilar. Espada-larga se contuvo también

por la misma causa.

--Milord, continuó el rey, dirigiéndose á Espada-larga, haréis que se

nos presente nuestro hermano Godofredo Plantagenet.

Espada-larga palideció, acercóse al rey y le dijo en voz baja:

--Godofredo es ejecutor de la torre.

Ricardo Corazón-de-León lanzó un voto horroroso, y golpeó el pavimento

con el pie.

En aquel momento la puerta se abrió, y Godofredo se presentó en ella

mostrando una cabeza cortada; había pasado la hora prefijada por el rey,

y venía á cumplir su deber.

--Señor, dijo, sin pasar de la puerta, é hincado una rodilla en tierra;

esta es la cabeza de Adam Wast, ejecutado por traidor.

Ketti dió un grito, y cayó desmayada; Ester sintió circular por sus

venas el frió del horror, y Corazón-de-León fijó los ojos en Godofredo,

como hubiera podido fijarlos en la esfinge.

--¡Id! ¡id! dijo el rey después de un momento de estupor á Espada-larga;

decidle que es nuestro hermano, que deje ese traje y que se nos presente

hoy.

Espada-larga salió.

--Y tú, Salisbury, hasta luego. Quiero dar sus dos horas á mi sueño.

Salisbury, Ester y Ketti salieron.

El rey se arrojó maldiciendo, y sin despojarse de la armadura, en el

lecho. Cubrióse con la piel de tigre, y un momento después dormía.

[Illustration]

[Illustration]

EPÍLOGO

I

EL ASESINATO

Tres meses y veintiún días después de los últimos sucesos, es decir, el

6 de abril de aquel mismo año, un extenso y pintoresco campamento se

levantaba frente al castillo de Chalus, en el Limosin. Pero como sin

duda saben nuestros lectores que esta es una provincia situada en el

centro de Francia, nos vemos precisados á decirles por qué abandonamos á

Londres y le llevamos á un campamento; para ello nos bastan pocas

palabras: aquel campamento pertenecía al ejército de Ricardo

Corazón-de-León.

Y no se crea por esto, que se había levantado contra Felipe Augusto

aquella inmensa línea de tiendas, entre las cuales se veían á la débil

luz del amanecer los bruñidos petos y las altas picas de los despiertos

centinelas, guardando otra tienda mayor, sobre la cual ondeaba un pendón

rojo; ni que era el monarca francés quien aguardaba en un magnífico

castillo, situado sobre una eminencia á un tiro de ballesta del

campamento.

Cierto es que Felipe Augusto, según había previsto el obispo de Eli,

demandó á Ricardo Corazón-de-León pleito homenaje por los estados de

Guiena, Poitú, Normandía y Aquitania; pero Ricardo contestó poniéndose

al frente de sus normandos, y yendo con la pujanza de la fiera cuyo

nombre llevaba, á embestir en el ejército de Felipe que se hallaba en

Saintonges, y avistándole en Niort, le obligó á declararle único y libre

señor de las provincias, por las cuales le exigía pleito homenaje. Desde

entonces Ricardo y Felipe eran en apariencias los amigos más afectuosos,

aunque no por eso dejaban de detestarse recíprocamente.

Por lo que Ricardo llevaba sus armas sobre la faz de Francia, era un

asunto puramente señorial. Había heredado de su madre la Aquitania,

llevada por ésta en dote á Enrique II, y era por tanto señor natural de

Limosin, y de su capital Limoges, cuyo conde era fama había encontrado

la noche de Navidad de 1193, un tesoro cuyo valor ascendía á diez

millones de florines. Ricardo exigió al de Limoges una parte exorbitante

del tesoro; el de Limoges negó su existencia, pero añadió de la manera

más insolente, que aunque fuera cierto, ni un florín suyo entraría en

las arcas del rey de Inglaterra; y este juró al oir esto, de la manera

más segura, que el cráneo del conde le había de servir para medida de

los diez millones de florines. Pensar y hacer eran en Ricardo dos cosas

iguales; aprestó sus normandos, embarcóse, y entró en Francia por la

Mancha. Un día al amanecer, el conde de Limoges vió una elevada tienda

coronada por un pendón real, y en torno de ella acampado todo un

ejército; aquel día era el 6 de abril de 1194.

Algún tanto preocupado y temeroso el conde, ocupábase en consultar en

consejo á sus capitanes el partido que debería tomar, cuando sobre las

torres del castillo sonó el toque de una corneta, y el alcaide entró

diciendo que dos soldados demandaban hablar particularmente con el

conde. Este mandó que fueran introducidos al momento, y en efecto, dos

hombres cubiertos con tabardos y las viseras caladas sobre los ojos se

presentaron demandando se les señalase un puesto para batirse en defensa

del señor de Limoges contra el rey de Inglaterra.

El uno de ellos llevaba una ballesta y tres venablos: adelantóse, y dijo

mostrando sus armas:

-Juro por los Santos Evangelios dar muerte al rey después de vencerlo;

este, dijo mostrando uno de sus venablos, hará caer uno de sus más

cercanos servidores; este, y mostraba un segundo venablo, herirá su

caballo y le hará rodar por tierra; este otro se clavará en su pecho y

le matará.

El conde de Limoges hizo un ademán desconfiado é incrédulo; pero el

hombre que tal había jurado, llegó á una ventana, tomó una flecha del

talabarte de un arquero, y señalando á la tienda real dijo:

-¿Véis la enseña del león tremolando sobre su guarida? ¿Si hago rodar

esa enseña creeréis que del mismo modo podré herir al rey?

El conde y sus capitanes se acercaron á la ventana, sorprendidos por tan

atrevida prueba. Aquel hombre armó la flecha en su ballesta, apuntó y

disparó; el arma hendió los aires silbando, é instantáneamente el pendón

cuya asta había sido cortada, rodó hasta el suelo, cayendo delante de la

tienda.

-Es una casualidad, dijeron simultáneamente algunas voces.

El que tanta destreza había mostrado, tomo otra flecha, y apuntó á uno

de los centinelas del campamento enemigo; un instante después el

normando cayó como si le hubiera herido un rayo.

Este doble incidente produjo un movimiento hostil en el ejército de

Corazón-de-León. Las tiendas se plegaron desapareciendo en un momento, y

sólo se vió en su lugar una extensa línea de yelmos y picas, sobre las

cuales reflejaban los primeros rayos del sol; línea que avanzaba

rápidamente con las picas al hombro, arrojando nubes de flechas sobre el

castillo, al son de las trompetas y de los timbales, desfilando como una

serpiente, y circunvalando los fosos. Bien pronto el castillo de Chalus

estuvo sitiado, y la catapulta empezó á batir sus muros.

Las almenas estaban cubiertas de archeros que arrojaban sobre el

ejército sitiador una granizada de venablos, hiriendo á la descubierta á

los normandos, que caían con una frecuencia que hacía rugir de rabia á

Corazón-de-León.

Cabalgaba éste en un soberbio corcel con gualdrapas de batalla,

ennoblecidas con el blasón de los Plantagenet: llevaba la misma armadura

dorada con que entró en Londres, y bajo ella ceñía una fuerte loriga.

Junto á él, armado de todas piezas, cabalgaba Ricardo Espada-larga á su

derecha, y á su izquierda el conde de Surrey llevaba el pendón real.

-¡Adelante, tigres míos, gritaba el rey blandiendo su hacha de armas, y

recorriendo al galope su línea que seguía avanzando; ¡adelante la

normandía! es necesario que ahorquemos á esos perros franceses.

Los normandos adoraban al rey, si bien no le llamaban más que su duque;

pero su duque era invencible cuando se ponía á su cabeza, cuando les

aguijaba como un cazador aguija su jauría.

El ardor de los normandos era terrible; entraban sin detenerse un punto

al paso de carga, sufriendo los disparos del castillo, y dejando tras

sí un rastro de sangre y de cadáveres.

No se oía más que un solo grito:

--¡Salud al duque de Normandía! ¡A Chalus! ¡A Chalus!

Y entraban cada vez con más ardor, estrechando el círculo, á la carrera,

con los escudos al pecho y las picas al hombro.

De repente la corneta del rey tocó alto, y aquella valiente muchedumbre

se detuvo á un mismo tiempo sin adelantar un solo paso.

Se había abierto la puerta del castillo, dando salida á una pequeña

cabalgata, entre la cual ondeaba un pendón blanco, y que adelantó á la

carrera llegando junto al rey, el cual se había adelantado algún tanto á

los suyos, acompañado de Espada-larga y del conde de Surrey.

Los que venían del castillo, echaron pie á tierra, y doblaron la rodilla

ante Corazón-de-León, á quien uno de ellos se dirigió.

--Señor, dijo mostrándole un ramo de oliva; mi señor natural, el noble

conde de Chalus, me envía á hacer proposiciones de arreglo á vuestra

alteza.

El rey lanzó una mirada iracunda al mensajero, y señalando los

cadáveres de los normandos, gritó enfurecido:

--Es ya tarde: decid á vuestro noble señor, que Corazón-de-León no se

allana á admitir proposiciones de un vasallo rebelde, y que si al

momento no me abre Chalus sus puertas, no dejaré piedra enhiesta en sus

muros, ni cabeza en los hombros de sus defensores.

--Cuando el conde, mi señor, contestó el enviado, negó á vuestra alteza

la pertenencia del tesoro encontrado en sus Estados, no disputó más que

un derecho; nunca pensó defenderlo con la fuerza, y sólo tomó las armas

cuando entró vuestro ejército á sangre y fuego, talando sus tierras.

Nada han respetado vuestros soldados, y un terrible azote á caído sobre

el Limosin; el conde, mi señor, por la vida de sus vasallos, que también

lo son vuestros, me ha enviado á vuestra alteza con un ramo de pacífica

oliva; pero ha arrojado la vaina de la espada para defender á todo

trance su blasón coronado de conde.

--¿Eso es decir, gritó furioso el rey, que vuestro amo me da á escoger

la paz ó la guerra?

--¡Señor!

--¡Basta! Cuando un vasallo rebelde como vuestro conde se atreve á

empuñar las armas contra su señor natural, en vez de admitir su guante,

se envían cuatro archeros acompañados de un verdugo, para que quiebre su

espada y rompa su blasón; se le hace subir á una horca, y se le cuelga

en ella para aviso de los traidores. ¡Idos!

-¡Señor!

-¡Idos! ¡por San Jorge! gritó el rey lanzando sobre él su caballo, y

levantando el hacha de armas.

Los mensajeros del de Limoges, tuvieron por conveniente cobrar sus

bridones y escapar; el rey dió la señal de arremeter; los que huían,

entraron en el castillo acompañados de un vendaval de flechas.

Casi al mismo tiempo, aparecieron sobre la solitaria plataforma del

torreón más avanzado dos hombres; el uno de ellos, permaneció inmóvil,

el otro armó una ballesta, y apuntó; el venablo se clavó rechinando en

el escudo de Espada-larga.

-¡Ira de Dios! Surrey, exclamó el joven; que Dios no me salve si

aquellos dos hombres no son los que continuamente nos persiguen.

En efecto, un mes después de la llegada del rey á Londres, dos hombres

le habían acometido para asesinarle; pero frustrada la tentativa,

lograron huir; lo mismo había acontecido respecto á Espada-larga y á

Surrey, que donde quiera que estaban, tenían ocasión de ver á aquellos

dos miserables asesinos, pagados sin duda, y á quienes el diablo debía

proteger, puesto no había sido posible haberlos á las manos.

Una descarga de flechas fué á estrellarse sobre las almenas del torreón

donde aquellos dos hombres estaban, pero sin herirlos; el que había

disparado el primer venablo, armó otro, y el caballo del rey cayó

rodando por la arena; el rey se levantó empolvado, frenético, rechinando

los dientes y lanzando llamas de cólera por los ojos.

Las flechas pasaban espesas como el granizo junto á los dos temerarios

del castillo, y siempre sin tocarlos. En fin, el que tan buen tirador

era, armó el tercer venablo; Corazón-de-León dió un grito, y cayó entre

sus caballeros: el venablo le había herido en el hombro izquierdo

atravesando el escudo, la coraza y la loriga; en el asta del venablo

estaba atado un pergamino; el rey le arrancó y le leyó.

--«Corazón-de-León, decía; yo soy el marido de tu hermana; yo el que

mandaste poner en el tormento; yo soy el sentenciado por tí y salvado

por Satanás para esterminarte; soy Adam Wast, y mueres á mis manos,

porque el venablo está emponzoñado.»

Los caballeros lanzaron un grito de venganza; el rey quiso montar á

caballo, pero no pudo, y fué necesario conducirle á su tienda.

El castillo fué asaltado, por los furiosos normandos que pasaron á

cuchillo á sus defensores. En vano Ricardo Espada-Larga buscó al asesino

de su hermano; no le halló ni entre los prisioneros ni entre los

cadáveres.

Cuando volvió á la tienda real, Corazón-de-León había muerto.

El rey gigante en valor, el rey aventurero, el rey indomable, había

perecido, como su padre, á manos de la traición.

Agiab había cumplido su juramento á Guillermo de Longchamps, Obispo de

Eli y canciller de Inglaterra.

Corazón-de-León fué enterrado en la abadía de Jontevraud.

FIN

ÍNDICE

Págs.

I. Los hermanos de la niebla, 5

II. El hermano del verdugo, 35

III. Principios de aventura, 47

IV. De lo que encontró Dik, cuando menos lo esperaba, 55

V. Lady Ester, 67

VI. Una traición involuntaria, 89

VII. Un motín.-Un florín por una cabeza, 105

VIII. Un instrumento roto, 115

IX. Una sorpresa, 127

X. Medidas preventivas, 137

XI. Principios de revelación, 157

XII. El rey se vende, 175

XIII. Agiab, 183

XIV. El verdugo de la Torre, 191

XV. El príncipe Juan, 195

XVI. El conde de Salisbury, 205

XVII. La sala del tormento, 217

XVIII. En que el rey encuentra otros dos hermanos, 227

EPÍLOGO.--El asesinato, 241

* * * * *

OBRAS DEL AUTOR

SALOMÉ, un vol. =1 peseta.=

AMPARO (Memorias de un loco), =2 pesetas.=

PRÓXIMA Á PUBLICARSE

LA HISTORIA DE UN HOMBRE CONTADA POR SU ESQUELETO.

Los hermanos Plantagenet · 第 9 / 9 段