--Señor, dijo con miedo, el príncipe Juan da un festín esta noche á los

nobles en Whitehall, y ha mandado preparar la cena en el gran salón del

Consejo en White-Tower para después del festín.

Concluida esta contestación, Glow y los pajes desaparecieron, quedando

otra vez solos el rey y Nortumberland.

--Ya lo ves, milord, dijo Corazón-de-León mientras devoraba un pernil de

vaca; ya lo ves. El pueblo tiene razón, ¡uñas de Satanás! Insultan su

miseria, haciéndole oir el rumor de los festines, dándole á oler el

aroma de sus comilonas. ¡El pueblo tiene razón! le sangran para engordar

con su sangre; la alegría de esos miserables es la muerte de Inglaterra.

Y bien: ya que hemos encontrado pan, tomémoslo; que esos leales

servidores que acaban de salir de una prisión gocen de esos

preparativos de orgía; que se entreguen al soldado los vasos de oro y

los paños de púrpura. Haz que se lleven esto; he concluído.

La cena de Corazón-de-León había sido, como siempre, muy parca. Los

pajes entraron y recogieron el brillante servicio; dejando sólo los

candelabros de oro.

Sentóse el rey junto á la chimenea.

--Que entre el preso, dijo.

Nortumberland hizo entrar al preso, y salió.

Corazón-de-León y Robín quedaron solos.

[Illustration]

[Illustration]

XI

PRINCIPIOS DE REVELACIÓN

El rey fijó una mirada escudriñadora sobre el semblante de Robín, y sólo

vió en él la expresión de un terror pánico.

--¿Qué tienes que revelarme? preguntó el rey.

--Señor, contestó Robín con voz ininteligible; he visto morir á vuestro

padre.

El semblante de Corazón-de-León se nubló.

--Adelante, dijo con voz entrecortada.

--Es, señor, que ese es mi único delito.

--¡Cómo ¿y el alboroto de esta noche?

--Perdón, señor; yo creía que vuestra gracia había muerto.

--¡Ira de Dios! ¿tú también? exclamó el rey cada vez más sombrío; ¿con

que es necesario que me deje palpar de mi pueblo, que pasee en procesión

por las calles de Londres para que los ingleses crean que estoy vivo?

¡Por San Jorge! yo les probaré muy pronto que aún tengo sangre en las

venas.

--Cortad algunas cabezas, señor, y creerán en vuestra gracia.

--¿Con que eres mi consejero? Y bien: ¿qué cabezas son esas?

--La del Obispo de Eli y la de Juan-sin-tierra.

El miedo hacía temblar á Robín.

--¿Luego conspiran?

--Sí, señor; el Obispo pretende que sea rey Artus de Bretaña, y

Juan-sin-tierra alega que es vuestro legítimo heredero.

--¿Y sabes tú los nombres de los que están empeñados en esta empresa?

--Yo no, señor; pero alguno hay que lo sabe.

--¿Quién?

--Adam Wast.

--¿Ese preso cuya libertad pedía el pueblo?

--Sí, señor.

--¿Y quién es ese hombre?

--Señor, prometedme perdón y todo lo revelaré.

--Adelante, gritó el rey impaciente, dando una furiosa patada en el

pavimento.

--Vuestra gracia me pregunta quién es, y necesito tomar la historia algo

lejos, continuó Robín sudando de angustia; es compatriota mío, nacido en

el condado de Kent; su padre era mercader y vivía junto al mío, que era

herrero. Siempre estábamos juntos; cuando llegamos á ser hombres, Adam

Wast siempre meditabundo y reflexivo, se tornó más pensador que nunca y

empezó á esquivar mi compañía. Yo le busqué y le reconvine por su

abandono.

--«Robín, me dijo; para los juegos de la infancia todos los compañeros

sirven; para ayudar la ambición de un hombre como yo, para elevarse con

él, son necesarias dotes que tú no posees.»

--¿Y cuál era la ambición de ese hombre? preguntó Corazón-de León

arrojando una intensa mirada sobre Robín.

--Oidlo, señor, contestó éste: nosotros nada debemos á la fortuna; me

dijo Adam cuando le hice una pregunta igual á la que vuestra gracia

acaba de hacerme; nada debemos á la fortuna que nos ha arrojado en un

círculo que no nos ofrece otro porvenir que un trabajo asíduo y

degradante; mira tus manos: están negras, ásperas, encallecidas por el

roce de las tenazas; yo paso mi vida midiendo terciopelos en el fondo de

la oscura tienda de mi padre; repara esos caballeros que tienen la

mirada orgullosa, una espada á la cintura, y llevan pajes y bufones tras

sí con su blasón al pecho y la argolla de esclavos al cuello. Esos

hombres son como nosotros. ¿Qué nos falta para igualarnos con ellos?

fortuna: la fortuna es de quien la busca.

--No pensaba mal el perillán, observó el rey; y luego ¿qué aconteció?

--Huimos de casa de nuestros padres, contestó Robín, robándoles el

dinero que pudimos, y nos encaminamos á Oxfford. Allí nos dedicamos al

estudio de las leyes. «De los abogados se hacen cancilleres», decía

Adam, cuya primera ambición era ser canciller; y se dedicó con ardor al

estudio, adelantando de una manera prodigiosa, mientras por el contrario

mis deseos y mis esfuerzos fueron inútiles para ponerme á nivel de los

estudiantes menos aventajados. Tenía razón Adam; yo no servía más que

para forjar hachas y arados.

Adam concluyó sus estudios, y á pesar de que yo nada había adelantado,

no me abandonó; seguí á su lado, pero me hizo trabajar escribiéndole sus

defensas; casi me tiranizaba; yo fuí su primer esclavo.

Su dependencia llegó á ser para mí insoportable, y me separé de él;

antes de separarnos me dijo:

--Robín, ten en cuenta que eres dueño de mis secretos (en el ejercicio

de su profesión había cometido algunas infamias, de que yo era conocedor

y á veces partícipe); que nos habíamos unido para buscar fortuna, y que

tú eres el primero que abandona la senda empezada, porque no eres capaz

de procurarte fuerzas para seguir; vete en buen hora, pero sabe que

dependes de mí; que cuando te necesite te buscaré; que si me vendes me

vengaré.

--Ofrecíle callar, y me puse en camino para Londres; un día que estaba

fatigado, me senté á comer junto á un arroyo, y poco después una mujer

que hacía el mismo camino, se sentó junto á mí.

--Ruego á vuestra gracia me dispense un tanto de paciencia, observó

Robín notando un movimiento del rey, porque siguiendo la marcha de mis

aventuras, me será más fácil expresar lo que á vuestra gracia conviene

saber.

Corazón-de-León mudó de postura, arregló unos tizones, y siguió

escuchando de una manera indiferente.

--Aquella mujer, prosiguió Robín, iba extrañamente vestida; su traje

consistía en un faldellín de seda muy usado, tan corto que apenas cubría

sus rodillas desnudas, dejando descubierto sus hombros y parte de su

seno, que así como su cabeza y su cuello eran de una hermosura

brillante, aunque algo selvática, y un tanto ajada por un trabajo

continuo y violento. Llevaba la banda de seda azul de los trovadores

provenzales, y una pequeña harpa. Era una de esas pobres mujeres que

venden su cuerpo al vicio y su alma al diablo, lanzada á esa profesión

aventurera que no hubiera existido sin la protección de la hermosa y

desgraciada lady Rosmunda.

Al oir este nombre, los músculos de Ricardo se estremecieron de una

manera imperceptible, y sus ojos brillaron con una expresión

particular, que desapareció con la velocidad del relámpago.

--Aquella mujer, continuó Robín, me saludó, y arrojó sobre mi escasa

comida una mirada involuntaria. Me compadecí, y la invité á que

participase de mi frugal alimento, que aceptó; ella era hermosa y de

costumbres libres; yo era joven y enamorado; ella me refirió en tres

palabras su historia. Se llamaba Clary, no tenía padres, y era

trovadora. La conté la mía con la misma brevedad, y cuando hube

concluído fijó en mí una mirada que me hizo estremecer.

--¿Quieres, me dijo apoyando su mano en mi hombro, unir tu fortuna á la

mía?

--Sí, la dije acabando de enamorarme.

--Pues bien; tú no has amado, ni sabes más que batir hierro; yo te daré

mi amor y te enseñaré á bailar y tocar el harpa. Antes de que lleguemos

á Londres, ya sabrás lo bastante para acompañar mi canto y recoger los

tarines que ganemos. Tras estas palabras...

--Menguado, gritó el rey dando un furioso puñetazo sobre uno de los

brazos de su sillón; se breve, ó veremos si en el potro nos dispensas de

lo inútil de tu charla. ¡Adelante!

--Es que, señor, por resultado de esta vida tuve la honra de alojar

muchas noches en mi casa á su gracia el rey Enrique II.

--¡Adelante! insistió el rey.

--Llegamos á Londres, prosiguió Robín, y allí conocimos otra bailarina

escocesa, á quien nos unimos para poner una taberna con el fruto de

nuestros mutuos ahorros. Ketti, que así se nombraba, nos impuso por

condiciones que guardásemos secreto y prudencia acerca de un alto

personaje que se había enamorado de ella; y en verdad, señor, Ketti era

muy hermosa.

--¿Y quién era ese personaje? preguntó el rey fijando su mirada de

águila en la de Robín.

--Su gracia Enrique II de Inglaterra, señor, contestó inclinándose

Robín.

--¡Mi padre! exclamó el rey levantándose de repente y adelantando un

paso hacia Robín; ¿y quién te ha dicho, miserable, que el amante de la

bailarina era mi padre y no otro?

--¿Recordáis, señor, contestó Robín temblando de antemano por temor al

resultado que pudiera tener lo que iba á decir, recordáis, señor, el 1.º

de julio de 1189?

El rey palideció, apoyóse trémulo en el cornisamento de la chimenea, y

Robín, que le miraba con ansiedad, vió resbalar una lágrima á lo largo

de su tostada mejilla. Después pasó una mano por su frente, cubierta de

sudor, y empezó á pasear á lo largo de la cámara.

--No fuí yo, murmuró el rey de modo que no pudo oirle Robín; no fuí yo,

señor; fué mi hermano Enrique.

De repente se paró delante de Robín.

--¿Y cómo sabes tú eso? le preguntó.

--Vuestro padre murió en mi taberna de Sowttwark, señor, y yo por una

casualidad estuve presente á su agonía.

--Mientes; mi padre murió en Chinón el 6 de julio de 1189.

--Eso dijeron, señor; al día siguiente del combate de London-Bridge, un

carro cubierto salió de Londres; aquel carro iba escoltado por el conde

de Salisbury, y contenía los restos del rey. En Chinón se publicó la

muerte; se dijo que el rey había muerto allí de pesar, porque esto era

menos escandaloso que decir había muerto herido por un venablo en el

puente de London-Bridge, cuando huía de su hijo el príncipe Enrique el

joven.

Por esta vez el rey se dominó y tornó á sentarse; su voz más ronca, más

profunda que antes, se dejó oir dirigiéndole á Robín la palabra:

--Sigue.

Robín prosiguió:

--De los amores del rey y de la bailarina nació una niña; antes de

espirar, el rey llamó á Ketti y la dijo: si mi Ricardo es rey, dile que

muero perdonándole; que proteja á tu hija, porque esa es la última

voluntad de su padre moribundo.

--¿Y dónde está esa mujer? preguntó el rey, cuya mirada se dilató.

--Ketti, señor; ha muerto, y su hija vive en el collado de la Torre,

frente á la horca, junto á los muros de la iglesia de All-Hallow.

--¡Su hija!

--Su hija, señor, es la esposa de Adam Wast.

--¡Esposa de Adam Wast! exclamó el rey con extrañeza.

--Aun no he concluído, señor, contestó Robín. Después de aquella

catástrofe, Ketti enloqueció, y nosotros la tuvimos algún tiempo, y

criamos la niña. Cuando murió el rey, Ketti, que así se llamaba, sólo

tenía dos años; á los doce era la más hábil costurera de Londres.

--¡Costurera! murmuró el rey con amargura.

--Sí, señor; jamás pudimos recavar de Ketti que se presentase á vuestra

gracia; cuando en un intervalo de razón Clary y yo se lo aconsejábamos,

nos respondía: «no, amigos míos; si el rey no quiere reconocerla, la

expongo á las venganzas de la corte; si la reconoce, la separarán de mí,

porque yo soy una pobre mujer: no, no; que nunca sepa que es hija de un

rey.

--¿Y ella lo ignora? preguntó con interés Ricardo.

--Sí, señor. Avanzó el tiempo, y cuando partió vuestra gracia para

Tierra Santa, el hombre que las protegía, el noble y valiente conde de

Salisbury, desapareció: hay quien dice que fué ejecutado secretamente en

la Torre, por orden del Obispo canciller. Con el conde les faltaron los

recursos, y me ví obligado á hacerme montero, para ayudar con el fruto

de la caza las atenciones de mi familia, que no alcanzaban á cubrir los

productos de mi taberna de Sowttwark. Un día, hace dos años, al volver á

mi casa, Clary me dijo que teníamos un huésped; era Adam Wast, que

venía á buscarme. Su ambición había sido burlada. A los treinta y tres

años se veía reducido á la indigencia. Yo era pobre también, pero le

propuse partir con él mi trabajo si quería hacerse montero. Aceptó, y

otro día al amanecer nos pusimos en marcha para Middlesex-Vood. Por el

camino le referí mi historia, y cometí la imprudencia de revelarle el

secreto del nacimiento de Ketti.

--¿Y esa mujer es hermana del rey? me preguntó con interés.

--Sí, le contesté.

--Calló un momento, y cuando hubimos andado un tiro de ballesta, me dijo

sentándose:

--Estoy enfermo, y creo que no podré llegar; sigue tú.

Yo le creí, y le dejé.

Cuando antes del toque de cubre-fuego volví á mi casa, encontré á Ketti

llorosa; su madre estaba en un acceso de locura, y Clary apostrofaba

fuertemente á Adam.

El miserable, aprovechando la libertad que la dejaban un momento de

ausencia de Clary y la demencia de su madre, había violado á Ketti.

Corazón-de-León dió salida á un juramento y á un rugido.

--Adam, prosiguió Robín, procuraba sincerarse con Clary, y ofrecía á

Ketti reparar su falta uniéndose á ella. Yo me indigné, porque ví claro

el doble objeto de la infamia de Adam. Pero este me llevó á otro

aposento y me dijo:

--Hemos luchado mucho tiempo buscando la fortuna; ¿por qué hemos de

dejarla pasar cuando se nos presenta? Si yo me caso con esa mujer, haré

de modo que el rey la reconozca, y seré rico; entonces tú dejarás de ser

un mendigo.

--Pero esa mujer ama á mi capitán, le contesté.

--En efecto, Ricardo, nuestro capitán, observó Robín abandonando por un

momento su relación, había dicho cuatro galanterías á Ketti, y ésta las

había creído hasta el punto de enamorarse locamente de él.

--Si yo consigo casarme con ella, prosiguió Adam Wast, me importa poco

tu capitán. Si me ayudas, seremos ricos.

--Señor, el demonio de la codicia se apoderó de mí, y la casualidad nos

protegió. Ketti conoció que era madre; Ricardo, perseguido por los

archeros del canciller, pasó por muerto, y al fin la hija de Enrique II

fué la esposa de Adam Wast.

-¿Y su hijo?

-Murió, apenas dado á luz. Adam Wast, luego que se efectuó su

matrimonio, se presentó al príncipe Juan-sin-tierra y le reveló el

secreto del nacimiento de Ketti, exigiendo que fuese reconocida. El

príncipe se negó y le arrestó en la Torre. Por aquel tiempo estuvo

también arrestado un judío que venía de Tierra Santa, y que no tenía

otro delito más que ser riquísimo y haber declarado su amor á la joven

condesa de Salisbury, de quien estaba perdidamente enamorado el obispo

canciller. Allí se conocieron Adam Wast y Saul. Los dos eran ambiciosos,

y no tardaron en unirse, vendiéronse á la facción del príncipe Juan,

contra la facción de Artus de Bretaña que alentaba el canciller; y

engañando á éste y comprándolo á fuerza de oro, fueron puestos en

libertad. Desde entonces, señor, Saul es el alma de Juan-sin-tierra, y

Adam el alma de Saul. Saul derramaba su oro; Adam se mentía amigo del

pueblo y se hacía su jefe, el alboroto de esta noche, sólo era con

pretexto para proclamar al príncipe Juan.

Robín calló, porque había llegado al cabo de su revelación.

--De la verdad de lo que me has dicho me responderá tu cabeza, dijo el

rey. ¿Pero quien me podrá probar que esa Ketti es mi hermana?

--Señor; el único que podía era el conde de Salisbury y ha muerto.

Corazón-de-León recordó entonces lo que el llavero Stek había dicho era

causa de su prisión. Aquellas palabras: _El obispo de Eli se empeñó en

creer que no se había derramado sangre en el calabozo donde murió el

conde de Salisbury... yo había lavado la compuerta después de la

ejecución_, hicieron nacer una vaga sospecha en el pensamiento del rey.

--¿Y vive aún el verdugo que ejecutó al conde de Salisbury? preguntó á

Robín.

--Sí, señor; aun es ejecutor de Estado de la Torre.

--¡Ola! ¡Nortumberland! exclamó el rey.

Nortumberland, que por el momento desempeñaba las funciones de

gentil-hombre, entró.

--Haz que lleven este hombre á una torre que le pongan un lecho, y le

traten bien. Ve, continuó el rey dirigiéndose á Robín; sí pruebas que

es cierto lo que dices, el rey te recompensará.

Nortumberland llamó á Glow, y le trasmitió la orden del rey. Glow

condujo á su destino á Robín.

--Milord, añadió el rey, haz que se me presente el ejecutor de Estado de

la Torre; asimismo que un atormentador prepare los _borceguíes_.

Nortumberland salió; el rey quedó paseándose agitado por la cámara.

La relación de Robín había despertado sus más crueles recuerdos; había

escuchado terribles revelaciones, y tras ellas el remordimiento

levantaba su faz inplacable y amenazadora. Corazón-de-León, el hombre

sin miedo y sin piedad, sintió pavor de sus mismos pasos, se estremeció

al ver su sombra interpuesta á la luz en los muros, creyéndola un

fantasma vengador.

Reinaba el más profundo silencio. El rey se asomó á una de las ventanas

de la cámara, desde donde se veía el Támesis y Sowttwark; nada quedaba

del alboroto más que la roja llama del incendio del arrabal, tiñendo con

reflejos rojos la ancha y serena corriente del río.

Un ruido acompasado y monótono vino á interrumpir el silencio; eran los

pasos de los archeros normandos que entraban formados, con sus antiguos

capitanes á la cabeza, en el terraplén á que correspondían las ventanas

de la cámara. Formaron en tres filas, según la costumbre de aquel

tiempo, y esperaron en silencio.

Poco después se oyeron nuevos pasos; cien archeros, á cuya cabeza

cabalgaba Espada-larga, llevando á su lado otro hombre también á

caballo, se detuvieron á la entrada del portal que conducía á la

escalera de la Torre; Espada-larga descabalgó, y á poco después se

presentó en la puerta de la cámara real.

--Y bien, dijo Corazón-de León ¿has preso á esos traidores?

--Al obispo canciller, contestó Espada-larga, sí; el príncipe Juan no

estaba ya en Whitehall; había terminado el festín, y se dirigía sin duda

por distinto camino á la Torre, donde he sabido tenía preparado un

banquete.

--Que suba el obispo de Eli. ¡Nortumberland!

El duque entró, volviendo á salir tras algunas palabras que

Corazón-de-León murmuró á su oído.

Un momento después estaban solos el rey y el canciller obispo de Eli.

[Illustration]

[Illustration]

XII

EL REY SE VENDE

Era este magnate un hombre como de cuarenta y cinco años; se llamaba

Guillermo de Longchamps, y su apostura más era de soldado que de obispo,

perteneciendo su traje á ambos estados. Llevaba un ropón morado y un

sombrero verde, mientras en su mano se ostentaba el anillo episcopal;

pero esta mano se apoyaba en una desmesurada espada, y su pecho estaba

protegido por una fuerte coraza, sobre la que pendía una cadena de oro

con el gran sello de Inglaterra, símbolo de su categoría de canciller;

unos borceguíes de punta aguda y retorcida, armados de dos resonantes

espuelas, completaban el aspecto militar del obispo.

Su semblante era uno de esos semblantes sin expresión fija, en que una

expresión desaparecía reemplazada por otra, según convenía al lugar ó á

las circunstancias. Este hombre, que según las crónicas de aquel tiempo

era soberbio, iracundo y duro en sus palabras, cuando nada había en

torno superior á él, delante del rey ostentaba un semblante sereno,

noble, con una mirada en que no se leía miedo ni turbación; aun más, era

el semblante alegre de un buen vasallo delante de un rey á quien es

enteramente adicto, ó más bien el de un amigo que vuelve á ver á otro

amigo querido tras una larga ausencia.

--¡Cuánto habéis tardado, señor! exclamó hincando una rodilla ante el

rey y apoderándose de una de sus manos, que besó, á pesar de estar

armada de un fuerte guantelete.

--O por mejor decir, contestó el rey levantándole y fijando en él una

profunda mirada; ¡qué pronto habéis venido!

--Y sin embargo, os esperaba, señor.

Una nube sombría de amenaza pasó por la mirada del rey.

--¡Me esperabas, canciller! gritó el rey; ¡y me esperabas armado como

para dar batalla! ¡Me esperabas arrojando, para recibirme, un motín

entre las puertas de la ciudad y de la Torre! ¡Me esperabas como un

traidor, Obispo!

--Vea vuestra gracia lo que dice. Estoy armado... Preguntad al capitán

Ricardo Espada-larga cómo me ha encontrado en Westminster. Os dirá que

mis hombres de armas estaban también armados hasta los dientes, que la

abadía estaba defendida como un castillo, y que sin embargo, á vuestro

nombre, sus puertas se abrieron y el canciller, traidor como vos decís,

se dejó prender, porque así era la voluntad de su rey, á pesar de que

hubiera podido defenderse con ventaja tras los muros de la abadía.

--¿Y por qué, teniendo fuerzas, no corriste á sofocar una sedición en

que se proclamaba por rey á Juan-sin-tierra?

--Tened presente, señor, que el condestable de la Torre es lord Apsley,

que está vendido al príncipe Juan, y que necesitabais un puesto de

guerra que yo debía conservaros.

El rey dulcificó un tanto su acento, y dijo:

--Guillermo; tengo que hacerte grandes cargos.

--Empezad, señor.

--En primer lugar, ¿sabes qué ha sido del valiente conde de Salisbury?

Ricardo, al hacer esta pregunta, fijó una mirada intensa sobre el

semblante del canciller, del cual ni un solo músculo se contrajo.

--Ignoro qué ha sido de él, contestó; preguntadlo á Apsley, porque de

seguro, cuando un noble desaparece, los calabozos secretos de la Torre

deben conocer su suerte, y sólo por orden de Apsley pueden cerrarse

sobre un hombre.

--Mis capitanes normandos te acusan de haberles depuesto y preso, por

haberse negado á reconocer por mi sucesor en el reino á mi sobrino Artus

de Bretaña.

--Cierto es que los invité á que reconocieran al príncipe Artus por

sucesor; pero también es cierto que sin duda fueron presos porque su

adhesión á vuestra gracia importunaba al príncipe Juan y á su hechura

Apsley.

El rey movió incrédulamente la cabeza.

--¿Y pretender la declaración de derecho á sucederme en favor de Artus,

viviendo yo, gritó el rey, no es una traición?

--Vuestra gracia estaba preso en Alemania, señor, y era de temer una

alevosía por parte del cobarde y cruel emperador Enrique VI. La

declaración de derecho en favor de Artus de Bretaña, era una medida

previsora. Yo hubiera volado al frente de un ejército á rescataros; pero

contando con lo feroz del carácter del emperador; era exponerse á causar

vuestra muerte.

--Acabaremos por creer que tras todo lo sucedido, gritó el rey, debemos

agradecerte lo que has hecho, canciller.

Guillermo de Longchamps inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

--Esto es ya demasiado, milord, contestó el rey, cuyo furor estalló; ¿y

ese alboroto en que el pueblo pedía tu cabeza, en que te maldecía, en

que te echaba en cara el hambre de sus hijos, á quién se debe? ¿Crees tú

que un rey puede permitir que desuellen á su pueblo, para que otro se

abrigue con su piel?

--Os digo, señor, que en esto, como en todo, me condenan las

apariencias: si he gravado al pueblo con tributos, ha sido por vos

señor.

--¡Por mí! murmuró el rey con extrañeza.

--Por vos, señor. ¿De dónde hubiéramos sacado los doscientos cincuenta

mil marcos de plata que se han entregado por vuestro rescate al

emperador, que se había desentendido de los ruegos de vuestra madre la

reina Eleonora, de las excomuniones de nuestro Santo Padre Celestino, y

de los amagos de guerra que yo le mostré en nombre del reino? ¿De dónde

sacar los dos millones de florines que ha costado el fallo favorable de

la Dieta germánica, en la acusación que os señalaba reo del asesinato de

Conrado, marqués de Tiro?

-Pero yo me he justificado de esa infame acusación.

-Desengañáos, señor; sin los dos millones hubierais sido condenado.

-Mi madre ha vendido sus joyas...

-Las joyas de la reina no valían mil tarines. En fin, señor, yo he

creído, que si para que se salvase un rey debe perecer un pueblo, _el

rey es lo primero_[A]. Además, estoy pronto á entregar á vuestra gracia

diez mil marcos de oro, que os servirán de mucho para hacer la guerra á

Felipe Augusto de Francia, que os exigirá, á no dudar, pleito homenaje

por los Estados del Poitú y la Normandía.

[A] Téngase presente la época, la situación y el carácter de los

personajes, y no se hallará monstruoso este pensamiento.

El canciller, viéndose en un apuro, abandonaba su rapiña, y compraba al

rey su cabeza á peso de diamante.

Los hermanos Plantagenet · 第 6 / 9 段