El capitán obedeció. Los cuatro jinetes, precedidos del capitán,

pasaron el rastrillo, que volvió á caer tras ellos.

A este tiempo los gritos y el alboroto de Tames-Streed llegaban á su

colmo.

--¿Por qué gritan de esa manera, capitán? ¿qué hacen los archeros que no

dispersan á esa insolente multitud?

--No tenemos orden, señor.

--¿Y qué hacen el canciller y el príncipe Juan?

--Conspirar.

--¡Capitán!...

--Conspirar, señor.

--¡Ola! esto es serio, observó el hombre que así interrogaba, lanzando

una mirada desde el collado de la Torre, adonde habían llegado, sobre

Tames-Square; muy serio, milores, y con especialidad para la reina

regente, el príncipe, el canciller y el Justiciero; oid cómo piden sus

cabezas.

En efecto, el pueblo ahullaba embistiendo la Torre. De en medio de este

tumulto salieron otras voces numerosas y atronadoras.

--Viva el rey Juan, abajo los tributos.

--Viva el rey Ricardo, gritó otra voz que dominó las demás como el

trueno domina los mugidos del huracán.

--¡Por San Bridge! exclamó el caballero que observaba sobre la colina;

así Dios me salve, como esa es la voz de mi valiente _Espada-larga_.

Capitán, volved á vuestro puesto. Milores, la guerra civil estalla. ¡A

Tames-Square! ¡Adelante mi pendón!

Surrey picó el caballo, llevando desplegado un pendón rojo; tras él

aguijaron sus caballos los otros tres caballeros, y bien pronto

rompieron á cuchilladas por medio de la turba, entrando en Tames-Square;

por la parte opuesta, un hombre solo á caballo, sin más armas que una

espada, rompía por medio de la multitud hiriéndola y gritando:

--¡Viva el rey Ricardo!

--¡Viva el rey Ricardo! gritaron los tres caballeros que seguían al

hombre atlético, que hería á diestro y siniestro, haciendo silvar en

torno suyo una pesada hacha de armas.

La luz de las hachas de los amotinados reflejaba en las armaduras de los

cuatro hombres; la del de la hacha de armas era dorada, y en torno de su

yelmo se veía una corona real, al mismo tiempo que en su escudo un

blasón con un león rapante en campo de oro.

--¿Quién se atreve á llevar en Londres arnés y pendón real? gritó un

jayán fornido, encarándose al de la armadura dorada.

El preguntado se levantó la visera, y dejó ver á la luz de los hachones

que le rodeaban su severo semblante.

El jayán cayó de rodillas.

--Salud, señor, dijo, y luego levantándose gritó arrojando su gorro al

aire: ¡Viva el rey! ¡el rey ha vuelto! ¡el rey está en Londres!

--Ese no es el rey, gritó una vieja. Ricardo Corazón-de-León no volvería

de noche y tan de tapada; Ricardo ha muerto. ¡Viva el rey Juan!

--Adelante, milores, adelante, gritó el de las armas doradas; yo

enseñaré á esos traidores á que conozcan á su rey.

Pero era poco menos que imposible atravesar la multitud, que se había

agrupado en torno de los cuatro jinetes, y les alumbraban con un

centenar de hachas.

--Es el rey, gritó el jayán deteniendo, á pique de ser atropellado, el

caballo de Ricardo Corazón-de-León (que él era en fin); es el rey. ¿No

hay quien lo reconozca entre tantos?

--Sí, sí, gritaron un millar de voces: ¡Viva el rey!

Corazón-de-León se levantó sobre los estribos y extendió su brazo

armado en un imperioso ademán de silencio; la multitud calló como por

ensalmo, distraída de su objeto anterior por otro nuevo.

--¿Qué hacen los habitantes de la buena y leal ciudad de Londres? gritó

Corazón-de-León en una voz que se dejó oir de todos; ¿por qué incendian

mi corte y asaltan mi castillo?

--¡Pan, señor, pan! gritó el pueblo en coro.

--¡Abajo los tributos!

--¡La cabeza del Obispo!

El tumulto volvía; algunas voces sin eco gritaron:

--¡Viva el rey Juan!

--Corazón-de-León perdió la paciencia.

--¡Silencio, digo! gritó amenazando á la multitud con su hacha de armas,

que calló á este ademán volviendose toda oidos. ¡Silencio y plaza al

rey! Que el pueblo elija una diputación, y que esta diputación se nos

presente al momento en la sala del Consejo de White-Tower. ¡Adelante,

Surrey, adelante mi pendón!

El pueblo calla mientras espera. Surrey adelantó por medio de las

turbas, que abrían calle, y la escasa comitiva real llegó al rastrillo

de la fortaleza; en aquel punto _Espada-larga_ plantó su caballo junto

al del rey, que al verle le tendió la mano estrechándosela como se la

hubiera estrechado á un hermano.

A la vista del pendón real, el rastrillo de la Torre se levantó dando

paso al rey, á _Espada-larga_, Surrey, Esex, y Nortumberland.

Cerróse tras ellos, y el rey y su comitiva descabalgaron, pasando entre

multitud de hombres que presentaban asombrados sus armas al ver á

Corazón-de-León. Las cóncavas bóvedas de la Torre gemían al eco de las

aclamaciones de los soldados, que llegado el rey á la sala del Consejo

se agruparon á la puerta.

Corazón-de-León adelantó hasta el trono, subió sus gradas y ocupó la

silla real, siempre apoyado en su hacha de armas. Rodeábanle en lugar

preferente Ricardo _Espada-larga_, Surrey, Esex, y Nortumberland; más

allá los altos funcionarios de la Torre y los capitanes de las tropas.

--¿Quién es? dijo el rey dominando con una mirada severa el concurso;

¿quién es el lord condestable de la Torre?

--Yo, señor; contestó temblando un anciano que se adelantó.

--¡Ah! ¡sois vos, Apsley! exclamó el rey cada vez más severo; ¿porqué

habéis permitido que esa turba apedree mi palacio, mi cárcel y mi

castillo?

--No tenía órdenes, señor.

--¿Y de cuándo acá se necesitan órdenes para contener un tumulto que

rompe los límites de la ley y aterra á los buenos y pacíficos habitantes

de un pueblo?

--Me he expresado mal, señor, contestó cada vez más trémulo Apsley; debí

haber dicho que tenía órdenes de no batir al pueblo si se amotinaba.

--¿Es decir, traidor, contestó el rey levantándose con ira, que me

vendías?

--Señor, vuestra madre, regente del reino por vos, responderá de esa

orden.

--¿Y te ordenaron también que permanecieses impasible aun cuando se

gritase viva el rey Juan? Apsley, entrega la custodia de la Torre á

Esex: Esex, encierra en el calabozo más profundo de la Torre del Traidor

á Apsley.

Algunos murmullos sordos sucedieron á esta orden.

El rey se adelantó al centro de la sala blandiendo su hacha de armas.

--¿Hay alguno que se oponga al rey? gritó.

Un silencio profundo fué la respuesta; Corazón-de-León sólo vió rostros

adictos. Apsley fué conducido á la Torre del Traidor.

--Esex, continuó el rey; id al rastrillo é introducid á la diputación

del pueblo cuando se presente á nuestra presencia.

Esex salió.

El rey continuó:

--Vos, Ricardo, marqués de Tiro, nuestro amado y valiente vasallo; el

rey os hace par de Inglaterra, y os nombra su guarda-sellos.

_Espada-larga_ dobló la rodilla y besó la mano á Corazón-de-León. El rey

le alzó y dijo:

--Vos, lord John Surrey, conde de Surrey, nuestro compañero en el

cautiverio, el rey os entrega su pendón real, que llevaréis junto á él

en la corte y el campo. Alzad. Y vos, milord, añadió dirigiéndose á

Nortumberland, os hacemos gran justiciero de Inglaterra, y os mandamos

procedáis contra lord Huberto.

En aquel momento Esex apareció en la puerta de la sala, seguido de

algunos hombres del pueblo.

X

MEDIDAS PREVENTIVAS

Aquellos hombres que habían gritado en la plaza; que habían arrojado

piedras á la temible Torre, dentro de ella, y delante de un rey que

tenía por cetro un hacha de armas y la corona ceñida sobre un yelmo de

guerra, temblaron, no atreviéndose á dar un paso; fué necesario que el

rey desarrugase su entrecejo y les mandase acercarse; pero una vez ante

el trono, permanecieron mudos.

--¿Qué queréis, pues? les preguntó el rey.

--Justicia, señor, contestó uno de ellos, para vuestra buena y leal

ciudad de Londres.

--¿Quién se ha negado á hacer justicia á nuestra buena ciudad?

--La reina, señor, y el Obispo de Eli.

Frunció el gesto Corazón-de-León.

--Tenemos hambre, señor.

--Y bien, ¿qué he de hacer yo á eso si no me indicáis los medios de

satisfaceros?

--Señor: los nobles y los eclesiásticos han comprado todo el trigo para

ponernos la ley y venderlo al precio que quieren. Eso no es justo.

--Pues bien; buscad vuestro pan en los castillos de los nobles y en las

abadías de los clérigos.

--Pero nos ahorcarán, señor, porque tienen las armas en la mano. Vuestra

gracia es nuestro rey y puede ahorcarlos á ellos.

--Muy atrevidos sois. Pero vuestro rey no sabe si tendrá que batirse

antes de ser obedecido. Vuestro rey ha vuelto de un largo cautiverio,

pobre y desnudo como el hijo pródigo; de manera que os ha costado

trabajo reconocerle; vuestro rey no posee más que su hacha y su caballo.

¿Sabéis si el rey tendrá pan esta noche?

--¡Viva el rey! gritó la diputación popular, aplaudiendo de aquella

manera su último período.

--Pues bien, señor, contestó el que hablaba en nombre del pueblo; si el

rey tiene hambre esta noche, nosotros buscaremos un pedazo de pan para

el rey; si el rey encuentra traidores, nosotros nos agruparemos en torno

del rey; si el rey es pobre, nosotros le haremos rico dándole parte del

fruto de nuestro trabajo.

A pesar de su ferocidad, Corazón-de-León se conmovió; levantóse del

trono, arrojó el hacha de armas, y despojándose de su cadena de

caballero, le dijo entregándosela:

--Toma, y preséntala al pueblo como una prenda de la palabra real, que

empeña en su favor Corazón-de-León; dile que su hambre cesará; que sus

tributos se moderarán; que el rey, además, le hace libre de ellos por un

año. Guardad vuestro pan y vuestro dinero para vuestros hijos; al rey le

basta por traje su armadura de guerra, por alimento el pan del soldado,

por lecho una piel de tigre. Id, y que se retiren las turbas; Sowttwark

está incendiado, y hacen más falta allí que apedreando inútilmente la

Torre.

Los delegados del pueblo no se movieron.

--¿Queréis más? añadió el rey frunciendo el entrecejo.

--Señor, se ha vertido sangre inocente...

--Denunciad al causante.

--Es el Obispo canciller, señor.

--Se le reducirá á prisión y se pondrá en juicio.

--Adam Wast y Robín han sido presos esta noche porque reclamaban los

fueros del pueblo.

--Se pondrán en libertad.

--Pues bien, señor; si lo hacéis así, Dios os salve.

La diputación salió, dejando solo al rey con sus caballeros.

Corazón-de-León abandonó el trono, y empezó á pasear pensativo á lo

largo de la sala del Consejo. Todos los circunstantes callaban; sólo se

oía el ruido de las espuelas y de la armadura del rey.

--¿Cuántos hombres de armas defienden la Torre? preguntó Corazón-de-León

á uno de los capitanes.

-Quinientos, señor, contestó el capitán.

-¿Y cuántos capitanean á esos hombres?

-Cinco, señor.

-Es decir: vos, Smitt, que sois el primero; Slow, á quien veo ocultarse

desde que entré, tras Kewin, que aún no ha levantado los ojos del suelo,

y más allá Sunders y Remi. ¿Sabéis mis valientes capitanes, añadió

después de una pausa el rey con acento profundo, que trascendéis

fuertemente á traidores?

--¡Señor! balbuceó Smitt.

--Si no me engañan mis recuerdos, dijo el rey dirigiéndose á los

soldados, veo entre vosotros semblantes conocidos. Paréceme que estos

valientes son los mismos buenos normandos á quienes dejé en guarda de la

Torre; pero recuerdo también que eran otros sus capitanes. ¡Eh! tú,

Glow, mi buen archero, ¿que se ha hecho de los caballeros que dejé á

vuestra cabeza?

El archero adelantó un paso.

--Están presos, señor, contestó.

--¡Ola! dijo el rey dirigiéndose á Espada-larga; milord guarda-sellos,

mandad buscar al llavero de la Torre.

--Aquí estoy, señor, contestó un hombretón adelantándose.

--Ve por las llaves de los calabozos donde haya presos de Estado.

--Las tengo aquí, señor, contestó el hombre haciendo sonar un pesado

manojo que pendía de su cintura.

--Pues guía, dijo el rey; capitanes, acompañadme; y vos, Ricardo, añadió

dirigiéndose á Espada-Larga, tomad cien archeros, é id á aseguraros de

las personas del Obispo de Eli y del príncipe Juan; para evitar

resistencia, tomad esta cédula firmada por nos y sellada con nuestras

armas.

Diciendo esto, escribía en un pergamino y le sellaba con su anillo.

Espada-larga tomó la cédula.

--Pero aquí, señor, se manda prender al gran justiciero y al lord

guarda-sellos.

--Hacedlo pues.

--¿Y se comprende al príncipe Juan en esta cláusula: muertos ó vivos?

Meditó un momento el rey.

--Juan-sin-tierra no; si resiste, cercad el lugar donde se halle; si

apela á la fuerza, sujetadle ¡vive Dios! y encerradle. Cien hombres bien

pueden aherrojar á un león. En cuanto á los demás, sin piedad.

Espada-Larga tomó cien archeros, y se dirigió á Whitehall.

--Y vos, Surrey, continuó el rey, buscad los heraldos reales, que deben

estar en la Torre, y con suficiente escolta id con mi pendón á

Cheapside, y proclamad á son de trompeta la vuelta de Ricardo I, rey de

Inglaterra.

Surrey tomó el pendón, y salió.

--Ahora, Nortumberland, seguidme a los calabozos.

El llavero rompió la marcha, llevando una antorcha, seguía el rey,

siempre con su hacha de armas, junto a él a alguna distancia a la

izquierda, el duque de Nortumberland; cerraban el acompañamiento los

cinco capitanes cabizbajos y aterrados, y algunos soldados con hachas.

Cuando hubieron llegado al revuelto laberinto de pasadizos abovedados

donde están los calabozos, el llavero se detuvo a la puerta de uno de

ellos, y abrió; el rey penetró solo.

Del fondo del calabozo practicado en el espesor del muro, se levantó un

hombre, pálido, casi desnudo, con largos cabellos y barba crecida.

--¿Ha llegado la hora? dijo; estoy pronto.

--¿Cómo os llamáis? preguntó el rey.

El interrogado no contestó: estremecióse, púsose una mano delante de los

ojos para evitar el resplandor de las antorchas que le deslumbraban, y

fijó su vista en el rey; un momento después cayó de rodillas.

--¿Es vuestra gracia, señor, dijo, quien baja a mi sepultura, ó es

vuestra sombra que viene a contemplar el estado a que me han reducido

los traidores?

--¿Cómo os nombráis? insistió el rey.

--Guido de Richemont, contestó el preso.

--¿Cuánto tiempo hace que estáis aquí?

--No lo sé, señor; la oscuridad y la desesperación no tienen horas,

días, ni años. Sólo recuerdo que fuí preso dos meses después de la

partida de vuestra gracia a la Tierra Santa.

--¿Quién os mandó prender?

--El Obispo de Eli, señor.

--¿Os juzgaron?

--No, señor; presumo que la causa de mi arresto ha sido negarme a

reconocer por vuestro sucesor al príncipe Artus de Bretaña.

--¿Y a quién entregásteis vuestros hombres de armas?

--Al capitán Smitt, señor.

--¿Smitt? exclamó el rey volviéndose a la puerta.

Smitt adelantó pálido como un cadáver.

Entrad y entregad vuestra espada al valiente y leal capitán Guido de

Richemont.

Smitt obedeció.

--Capitán Guido, añadió el rey; nos os declaramos libre y os hacemos

nuestro primer escudero. Alzad. Vos, Smitt, estaréis aquí hasta que os

juzgue mi Consejo.

--Señor, perdón; gritó Smitt arrastrándose á los pies del rey.

--Cerrad, dijo Ricardo al llavero.

La puerta se cerró; el rey adelantó cual si no oyese los gritos

desesperados de Smitt.

Tras este calabozo, penetró el rey en otros cuatro: en cada uno de ellos

tuvo lugar una escena semejante á la anterior. Slow, Kewin, Sunders y

Remi, entregaron sus espadas á otros tantos capitanes adictos al rey,

que habían sido presos por la misma causa que Guido, y quedaron

encerrados en su lugar.

El llavero siguió adelante, y abrió la puerta de una inmensa mazmorra.

--¿Quién está aquí? preguntó el rey.

--Monederos falsos, señor, contestó el llavero; sacrílegos é

incendiarios.

--Cierra, y adelante.

El llavero obedeció, deteniéndose á la puerta de un nuevo calabozo.

--Y estos presos, ¿quiénes son? dijo el rey viendo dos sombras en un

ángulo.

--Un abogado llamado Adam Wast, señor, y un tabernero de Sowttwark

llamado Robín.

--¡Ola! los causadores del alboroto. ¿No tenéis nada que pedir? les dijo

el rey.

Adam Wast no contestó; Robín se arrojó á los pies de Corazón-de-León, y

exclamó:

--¡Perdón, señor! y revelaré á vuestra gracia secretos que tal vez le

aseguren en el trono.

--¿Y qué me revelarán esos secretos?

--Traiciones, señor.

--Salid.

Robín salió, y á una seña del rey fué cercado por los archeros; el

calabozo volvió á cerrarse, y Adam Wast lanzó un rujido el ángulo en que

se había replegado.

--¿Quedan muchos presos?

--Este solo, señor, contestó el llavero abriendo otro calabozo.

El rey entró: un hombre anciano dormía tranquilamente sobre un montón de

paja; al ruido que hizo el rey golpeando con el extremo de su hacha en

el pavimento, despertó y se incorporó.

--¿Qué es esto? dijo; ¿han entrado los rebeldes en la Torre?

--¿Cómo os nombráis? preguntó el rey.

El preso se puso en pie.

--Stek, contestó.

--¿Por qué estáis preso?

--Porque el Obispo de Eli se empeñó en creer que no se había derramado

sangre en el calabozo donde murió el conde de Salisbury. Así Dios me

salve, monseñor se engañaba; yo había lavado la compuerta después de la

ejecución.

--¿Luego sois verdugo?

--No, señor; era llavero de la Torre del Traidor.

--Salid; el rey os declara libre.

--¿Qué rey? preguntó Stek sin moverse.

--¡Imbécil! gritó Nortumberland; ¿qué rey puede ser más que su alteza

Ricardo I de Inglaterra?

--Perdón, señor, exclamó Stek arrojándose á los pies del rey; la

desesperación y el sufrimiento me han herido. Soy ciego.

--Alzad, dijo el rey. Y tú, que has guardado á mis buenos servidores,

añadió dirigiéndose al llavero, será bien que á tu vez seas guardado.

Entrega las llaves á Glow. Glow, te nombro llavero de los calabozos de

Estado.

El archero á quien se dirigía Corazón-de-León asió las llaves, é

inauguró su nuevo destino encerrando, á pesar de sus gritos, al

destituído llavero.

Tras esto, el rey siguió en paso rápido adelante al través de aquellos

sombríos subterráneos, y subiendo una estrecha escalera de ojo, se

detuvo delante de una compuerta de hierro: Glow buscó entre las llaves

la de aquélla, y abrió: el rey subió algunos escalones más, entró en un

pequeño recinto de bóveda ojiva y muros de extremado espesor, hizo abrir

otra puerta, y penetró en un salón octógono, con techo de ensambladura

recargado de blasones y grotescos adornos dorados; los muros, las

puertas, las ventanas pertenecían al gusto de la arquitectura normanda;

una gran chimenea en que cabía una encina entera, mostraba aún ceniza y

restos de troncos consumidos. En el centro de la cámara, había una

pesada mesa de nogal, cubierta de polvo y pergaminos, y tras ella un

enorme sillón recargado de entalladuras, teniendo por respaldo un

gigante escudo heráldico con la divisa de los Plantagenet: un león

rampante en campo de oro. Armas y arreos de guerra de todo género se

presentaban por doquier á la vista, y llamaba asimismo la atención un

colosal armario lleno de infolios manuscritos, que contenían la

legislación inglesa, la normanda su madre, las crónicas de Inglaterra, y

artes de caza y de guerra. Frente á la puerta por donde penetró el rey,

había otra mayor que comunicaba á una antecámara; en ella desembocaba

una escalera que nacía en un portal situado en un terraplén, al cual

correspondían las dos únicas ventanas de la cámara; en ésta, frente á

las ventanas, había un retrete abierto en el muro, y dentro de él un

lecho cubierto por una piel de tigre. Esta cámara, cuyos accesorios

hemos descrito, con un calabozo debajo y un terraplén encima, formaba el

conjunto de la torre de Roberto el Diablo.

Sea que su denominación agradase á la imaginación romancesca de

Corazón-de-León, sea su gusto por todo lo que era normando, hallamos por

resultado que le servía de morada el poco tiempo que la guerra le

permitía estar en Londres.

Corazón-de-León arrojó una rápida mirada en torno de su estancia

favorita. La encontró exactamente como la había dejado cuatro años antes

para ir á la Tierra Santa; sobre la mesa estaba seco y en mal estado, su

viejo tintero de hierro, en que el cincelador no había olvidado su real

blasón; pergaminos en blanco y borroneados; infolios de cetrería

abiertos y arrojados en desorden; el lecho revuelto como si acabase de

abandonarle; todo en el mismo estado, pudiendo añadirse sendas

colgaduras fabricadas por las arañas.

Todos se habían detenido á la puerta de la estancia real, escepto

Nortumberland que alumbraba con una hacha arrancada de las manos de

Glow.

El rey se dejó caer sobre el sillón, y puso sus dos manos sobre la

empolvada mesa, como tomando posesión de su cámara; Nortumberland

permaneció de pie.

--Y bien; he aquí que hemos llegado, dijo el rey, y creo que con la

ayuda de Dios, como ahora somos dueños de la Torre, dentro de una hora

lo seremos de Londres y mañana de Inglaterra. ¡Ira de Dios! bien

aprovechan el tiempo. Dos reyes para un trono ocupado; uno sostenido por

el obispo canciller, otro por la reina regente. Mi sobrino y mi hermano

se disputan ya mi corona. ¡Por San Dustan, amigos míos! sed menos

impacientes, para que el rey pueda tener paciencia.

Luego añadió tras una corta pausa:

--Que entren esos buenos servidores.

--Ola, capitanes, gritó Nortumberland, su gracia os llama.

Los cinco normandos entraron y se arrodillaron ante el rey.

--Levantáos, mis valientes camaradas, dijo el rey dulcificando su ceño

natural.

--¡Señor! murmuró Guido.

--Sí, camaradas de infortunio. Mientras vosotros estábais privados del

aire y de la luz en poder del canciller, yo estaba en lo más profundo de

un calabozo aherrojado por el cobarde y cruel emperador de Alemania. Y

bien, ¿que gracia pedís al rey?

--Serviros y defenderos, señor, dijeron á una voz los cinco.

--¿Y no tenéis nada que pedir contra vuestros enemigos?

--Nada, señor, dijo Guido; nuestros enemigos son los de vuestra gracia.

El rey hizo un ademán con la mano, que podía interpretarse por la frase:

Ya nos veremos.

--Pero observo continuó el rey, que estáis económicamente vestidos;

tembláis de frío, mis buenos amigos. ¡Ola! Glow, ve á ver si encuentras

por los rincones de la Torre alguno de los antiguos galopos de mi baja

servidumbre. Que inquieran si han quedado algunos trajes en mi

guarda-ropas; si hay para el rey en Londres pan, luz, fuego y vino.

Glow partió como un venablo.

--Ahora bien, Guido, prosiguió Corazón-de-León, ¿recuerdas cómo se hacía

mi servicio y el de la Torre?

--Sí, señor.

--¿Y te atreverás á jurar que de esos quinientos hombres de armas

normandos nos son adictos diez?

--¡Señor! exclamó un soldado que al parecer oyó estas palabras, asomando

la cabeza á la puerta donde se habían detenido; ¡señor! los normandos no

reconocen mientras vuestra gracia viva otro señor natural, ni rendirán

pleito homenaje más que á Corazón-de-León, duque de Normandía.

--¡Ola! gritó el rey; ¡eres tú, Ralf! Guido, no os olvidéis de mandar,

se apliquen á ese tuno veinticinco azotes.

Ralf retiró precipitadamente la cabeza, sin murmurar ni pensar en

quejarse del castigo que el rey imponía á su atrevimiento.

--Ya lo oís, señor, dijo Guido; siempre son vuestros normandos.

--Pues bien; id á mi guarda-ropas, y que os den vestidos; después

traedme esos buenos muchachos á ese terraplén; quiero verlos juntos;

después recorreremos los puestos.

Los capitanes besaron sucesivamente la mano al rey, y precedidos de un

normando que les alumbraba, salieron por la puerta opuesta á la que

habían entrado.

--¡Vive Dios! milord, dijo el rey, que hay momentos en que no trocaría

el placer que siento, por la posesión de Jerusalén. ¡Ira de Dios! primo,

debes estar cansado de sostener tanto tiempo esa antorcha. ¡Extraña

posición para un rey! ¡tener que arreglar su casa como un miserable!

A punto apareció Glow con una lámpara de hierro encendida; Nortumberland

arrojó la antorcha al hogar que cayó á propósito para prender un haz de

leña que arrojaba en él un pajecillo de la servidumbre real; otros tres

pajes traían sobre bandejas de oro una opípara cena; un quinto extendió

sobre la mesa un paño de púrpura, y colocó sobre él, dos candelabros de

oro con bujías de cera.

--¡Diablo! exclamó Corazón-de-León sorprendido; ¿á que hada debemos

tanta grandeza?

Glow se adelantó tímidamente dando vueltas á su gorra, sin atreverse á

hablar. Con la velocidad del fluído eléctrico había circulado á alguna

distancia la noticia de los veinticinco azotes decretados por el rey en

favor de Ralf, y Glow temía exponer, siendo indiscreto, sus espaldas.

Un movimiento de impaciencia de Ricardo le hizo hablar.

Los hermanos Plantagenet · 第 5 / 9 段