Robín y Adam Wast salieron, el uno dando gritos espantosos, el otro

callado y sombrío, entre la mitad de los alabarderos; el aldermen,

cuando hubieron salido, preguntó al hombre del ropón:

--¿Os acompaño, monseñor?

Monseñor indicó al aldermen la puerta de salida; este saludó y

desapareció.

--Mañana en san Bridge, al ponerse el sol, junto al atrio, dijo el

hombre negro á Dik, y desapareció por la puerta escusada.

Dik permaneció un momento pensativo, mirando los cuatro cadáveres.

--¡Bah! debía suceder así; la canalla siempre pierde.

Después tomó la tea, recorrió la casa buscando á Ketti, y no la

encontró. Luego salió de la casa y se dirigió lentamente á la de lady

Ester. Cuando pasaba sus umbrales, la campana de la Torre vibró,

irradiando entre el silencio, los sonidos del toque de cubre-fuego.

VII

UN MOTÍN-UN FLORÍN POR UNA CABEZA

Al otro extremo de la calle, en una de cuyas tabernas acababan de tener

lugar los acontecimientos anteriores, oculto tras un guardacantón estaba

un hombre.

Era Godofredo, que como hemos dicho había desaparecido durante la lucha;

estaba con el oído atento y la vista fija en aquella casa, de donde

había huido no queriendo defender á su hermano en una causa que creía

injusta, ni pudiendo tomar parte contra él en favor de los hermanos de

la niebla.

Al ruido del combate, el populacho había abandonado en tropel los

sótanos de la taberna, creyéndola invadida por archeros del Obispo; pero

vagaban á poca distancia, siempre prontos á huir más lejos.

El ruido que surgía de las ventanas de la taberna era atronador; muebles

que rodaban, chirridos de acero contra acero, juramentos y gemidos; una

ronda que pasaba entró, como hemos dicho, llamada por aquel alarmante

rumor; á su entrada sucedió el más profundo silencio.

Poco después, parte de la ronda salía llevando presos á Adam Wast y á

Robín. El primero andaba siempre silencioso; el segundo, que no esperaba

le aconteciese nada grato en la Torre, se hacía el reacio, dando grandes

gritos y obligando á los alabarderos á comunicarle cierto deseo de andar

con el regatón de las partesanas. Pero como sus gritos se sucedieron sin

intermisión, el populacho supo á ciencia fija que Adam Wast le

acompañaba á un calabozo de la Torre.

Hay momentos en que las turbas están predispuestas al motín de una

manera formidable, y aquél, por desgracia, fué uno de ellos. Corrieron

como frenéticos, si bien evitando ponerse al alcance de las armas de los

alabarderos y dando gritos, de los cuales, los más pacíficos, atentaban

á la cabeza del Obispo y de la reina regente.

En un momento el arrabal Sowttwark se insurreccionó, y el genio de los

motines extendió sus alas sangrientas sobre las turbas; los más

atrevidos penetraron en la taberna abandonada y la recorrieron; al

llegar al aposento donde había tenido lugar la catástrofe, un aullido de

indignación salió de todas las bocas; los que no podían ver bien,

atropellaron á los delanteros; la muchedumbre cargó sobre la

desvencijada escalera de madera, que no pudiendo tolerar aquel peso

inusitado, se desplomó.

No era necesario tanto para que el alboroto llegase á todo su

incremento: los parientes de los que perecieron ó se estropearon en la

caída, pusieron el grito en el cielo y atribuyeron la culpa de las

recientes desgracias á los gobernantes, que habían asesinado á los

cuatro hermanos de la niebla. Los que se hallaban en el aposento tomaron

en hombros los cadáveres ensangrentados, y hallando la comunicación de

la otra escalera salieron á la calle; y para que nada faltase á lo

terrible de esta escena, una tea perdida de las manos de uno de los

derrumbados, prendió en el tablazón del suelo, y muy pronto la luz del

incendio brotó sobre la vieja techumbre de pizarra, invadió las casas

vecinas y se levantó gigante y roja sobre Sowttwark.

Difícil hubiera sido entonces querer contener el motín; las turbas

corrieron llevando en hombros los cadáveres ensangrentados, y se

lanzaron á London-Bridge; los archeros que lo guardaban cerraron la

poterna de las torres que en aquel tiempo defendían el puente, pero en

vano; las piedras y los proyectiles de todo género, lanzados contra ella

por la furiosa multitud, la forzaron, y los archeros corrieron á cerrar

la del otro extremo, que fué forzada también. La turba penetró en el

cuartel de la Torre, y llenó la plaza de Tames-Streed.

Estacionóse allí, invadiendo la parte superior de Tower-Hill,

tendiéndose á lo largo de Lombar-Streed, Fenchurch-Streed, hasta cerca

de un cementerio situado donde ahora se halla el de All-Hallow-Barkurg.

Los gritos eran cada vez más sediciosos.

--¡Abajo el Obispo! ¡abajo la reina! ¡muera el justiciero Huberto!

clamaban unos.

--¡Pan! ¡pan! ¡fuera tributos! gritaban los más.

--¡Que suelten á Adam Wast! ¡que suelten á Robín! gritaban los

cortadores, los mendigos, los estudiantes y los vendedores que habían

sido pagados, y que llevaban en hombros los cadáveres de los cuatro

hermanos de la niebla, en torno de los cuales ardían multitud de hachas.

--¡Ingleses!--gritó un estudiante de derecho, subiéndose sobre los

andamios de una casa que se estaba construyendo, en los cuales fueron

colocados los restos de John Asta-de-buey, de Tom Flavi, de Jorge Rak y

de Williams Caridemus, y alumbrados por hachones que los hacían visibles

á la multitud;--¡ingleses! la sangre de cuatro buenos habitantes ha sido

vertida por los tiranos. ¡Ingleses! ¡su sangre pide sangre! Vamos por

las cabezas del Obispo, de la reina, de Huberto y de Juan-sin-tierra.

Reinaba el más profundo silencio; silencio de horror, causado por la

exposición de los sangrientos despojos; la voz del estudiante fué oída

en todo el ámbito de la plaza y repetida por millares de voces que ya no

cesaron.

El pueblo nunca profundiza: al ver los cadáveres, persuadióse que habían

sido inmolados por los archeros, y la indignación llegó á su colmo.

Era un espectáculo solemne.

La Torre Blanca (White-Tower), con sus robustos bastiones y sus cuatro

torres angulares, rodeada por los fuertes Biward, Lionsgate, Santo

Tomás, Legmount y Brassmount, con sus almenas coronadas de ballesteros,

reflejaba el resplandor de los hachones de los sublevados, y recortaba

su negro perfil sobre el fondo luminoso, producido por el incendio de

Sowttwark. La plaza completamente invadida, ofrecía la vista de un

revuelto mar cuyas olas eran de rostros, en cada uno de los cuales

aparecía un mohín de amenaza; añádase á estos gritos rabiosos, pedradas

arrojadas contra la Torre, los gemidos de algunos heridos por los

venablos de los archeros que la defendían, y se tendrá una idea inexacta

del cuadro.

Entre tanto la gran campana de White-Tower lanzó al espacio, vibrando

sobre todos los rumores, el lento y grave toque de cubre-fuego, á que

contestó perdiéndose á lo lejos el sonido de la campana de San Pablo.

La multitud bramó con más fuerza. El estudiante subido en el andamio

hizo un ademán de silencio, que fué obedecido á medias, y gritó poniendo

en grave peligro sus pulmones:

--¡Ingleses! Dentro de la Torre hay dos buenos y leales habitantes, que

serán muertos si no los salvamos. Es necesario que nos entreguen á Adam

Wast y á Robín; es...

La voz del estudiante cesó de repente; su cuerpo bamboleó un momento, y

cayó en fin, manchando de sangre á los que se apiñaban á sus pies. La

situación se hacía cada vez más irritante; el asalto de la Torre se

formalizó entre las voces de:

--¡Mueran los infames! ¡Que suelten á Adam Wast y á Robín!

La fatalidad se encargó de ennegrecer la situación de Adam Wast; había

sido preso por una causa independiente de alboroto, é indudablemente, á

no haber éste tenido lugar, su situación hubiera sido desesperada.

Un hombre solo había que no gritaba, envuelto en una larga capa, en

medio de aquel tumulto. Observaba en silencio, y recorría las turbas

buscando la decisión en todos los semblantes, mostrando en el suyo una

marcada expresión de disgusto. Cuando la multitud se lanzó al borde de

los fosos de la Torre, este hombre se dirigió al collado de ella

murmurando á media voz:

--Esos locos rabiosos dejarán los dientes en la coraza de piedra de la

Torre, y á no dudar, mañana hará falta mi presencia en ella. Es

necesario empezar un juego arriesgado.

Diciendo esto llegó á la horca, abrió el postigo que ya conocemos, entró

y encendió una tea: era Godofredo que había seguido á la multitud desde

Sowttwark: una vez allí, tomó un hacha y un saco, apagó la luz, salió y

se dirigió á All-Hallow-Barkurg, deslizóse junto á los muros de la

iglesia, y entró en el cementerio al mismo tiempo que un carro de

apestados.

--Ola, maese Tomi, dijo Godofredo á un hombre que, apoyado en el dintel

de la puerta, observaba con cierta curiosidad el tumulto de

Tames-Streed; ¿cuanto queréis por dejarme elegir una cabeza entre esos

cadáveres?

El interrogado se tornó á Godofredo y le miró con extrañeza.

--¡Qué cuánto quiero, habéis dicho, por una cabeza apestada! ¡Por san

Dustan! ¿y para que necesitáis eso?

Godofredo no contestó; metió la mano en el bolsillo y sacó uno de los

florines que no había podido repartir, interrumpido por el incidente de

la taberna de Sowttwark.

El sepulturero, que tal era el personaje requerido, gustaba poco de

palabras inútiles, pues contestó á la entrega del florín que guardó:

--¡Enhorabuena! entrad; ¿necesitáis que os ayude?

--Sí, traed una luz.

El guardián de los muertos volvió á poco con una tea, y sin decir

palabra, empezó á andar, indicando á Godofredo que le siguiese por la

entrada de un oscuro pasadizo. Descendieron por una rampa de corta

extensión, y se encontraron en un subterráneo espacioso, de bóvedas

bajas sostenidas por anchos pilares.

La atmósfera estaba impregnada de miasmas insoportables; alrededor de

los pilares había multitud de cadáveres desnudos y hacinados.

--¿Dónde están los de hoy? preguntó Godofredo.

El hombre de los sepulcros, ó mejor dicho, de las sepulturas, pasó algo

adelante sin responder, y se detuvo delante de un pilar en que el número

de cadáveres era excesivamente mayor que en los restantes.

--Mucho aflige Dios á Londres, dijo para si Godofredo, y luego añadió

alto dirigiéndose al sepulturero:--Alumbrad.

El sepulturero alumbró impasible uno tras otro el semblante lívido de

más de veinticinco cadáveres.

--Basta, dijo Godofredo, que había examinado con escrupulosa atención

cada uno de ellos; éste me conviene, y señaló un hombre de mediana

estatura, cuyo semblante, desfigurado por la agonía, marcaba la edad de

treinta y cinco años.

Lo que sucedió después fué obra de un momento; desembozóse, mostrando á

los atónitos ojos del sepulturero su traje colorado; asió el cadáver por

los cabellos, le tendió sobre el suelo, y de un solo golpe le cortó la

cabeza, que guardó en el saco. Después se envolvió de nuevo en la capa,

y desapareció. El sepulturero rompió por esta vez el silencio.

--¡Cáspita! dijo; ¿qué bruja será la querida del verdugo?

Cavó un hoyo, enterró el tronco mutilado, y tornó al dintel del

cementerio y á su pasiva observación.

El tumulto de Tames-Streed seguía en toda su fuerza.

VIII

UN INSTRUMENTO ROTO

Retrocedamos.

Dos horas antes de los acontecimientos que acabamos de describir,

dejamos al judío Saul ó Agiab esperando aún en la sala de armas de la

casa de lady Ester, á tiempo que Ricardo Espada-larga salía con Ketti en

dirección á Sowttwark.

Tiempo es ya de que nos ocupemos de este personaje, que paseaba

impaciente por delante de la puerta que de una manera tan descortés le

había sido cerrada por la insolente doméstica, que había introducido un

hombre á quien él, según veremos, tenía poderosos motivos para

aborrecer, en el retrete de una mujer que adoraba.

Quien haya conocido el amor en toda su extensión, podrá formar una idea

exacta del furor del israelita; añádase á esto que al que nos ocupa le

había cabido en suerte, al nacer, una de esas irresistibles propensiones

de dominio y de orgullo, con un carácter á propósito para adoptar

cualquier medio, por deshonroso ó criminal que fuese, una vez herido en

sus pasiones.

Nada más cruel, nada más implacable que un hombre que ama y se cree

amado, cuando la fatalidad le muestra que el amor sólo está de su parte;

que ha sido, en fin, el juguete de una mujer. En este estado se

encontraba Saul cuando pasó delante de él el orgulloso y afortunado

_Espada-larga_.

La puerta que comunicaba con el retrete de la hermosa condesa de

Salisbury había quedado abierta; Saul la empujó, y antes de levantar el

tapiz, observó, oculto tras sus plegaduras, á Ester.

La joven permanecía abandonada en el sillón, pensativa y replegada en sí

misma, gozando con el recuerdo de Ricardo. Le amaba, y en su semblante

estaba pintado todo su amor; amor confiado, inmenso, sublimado por

cuatro años de ausencia y de esperanza; amor impaciente, que se pintaba

de una manera enérgica en sus ojos; que se revelaba en la agitación de

su hermoso seno.

El israelita no pudo sufrir más, y se presentó de repente, adelantando

mudo y mesurado hacia Ester, que no reparó en él; Ester soñaba

despierta.

Un momento permaneció Saul inmóvil, con la vista fija devorando á la

joven; al fin dijo en un acento que el furor hacía trémulo:

--Milady: ¡Dios os bendiga!

Ester volvió en sí al sonido de aquella voz, y frunció el soberbio

entrecejo al ver á Saul; pero aquella expresión de un marcado disgusto

fué reemplazada instantáneamente por una glacial y reservada

indiferencia.

--Que Dios os proteja, Saul, contestó volviendo á su silencio.

Jamás había sido recibido el judío de un modo tan extraño; siempre había

encontrado una sonrisa en la hermosa boca de la joven lady; siempre una

mirada afectuosa de ella había contestado á su mirada de amor. Saul

conoció que se hallaba colocado en una posición ambigua.

--He venido, señora, á ofrecerme á vos como acompañante para el festín

de esta noche, dijo haciendo un esfuerzo sobre sí.

Ester no contestó; seguía abismada en su meditación. Saul se mordió con

furor el labio inferior devorando un rugido. Después, olvidando la

prudencia, se desbordó.

--Paréceme, señora, dijo, que mi posición respecto á vos es hoy

enteramente distinta de lo que era ayer.

--¿Quién habla así delante de mí? exclamó lady Ester levantándose en un

ademán tan soberbio, que hizo retroceder á Saul; ¿quién se atreve á

entrar en el retrete de la condesa de Salisbury sin su consentimiento?

--¡Yo! contestó con impudencia Saul; yo, que me creo con tanto derecho,

si no con más, que quien acaba de salir de él.

--¡Miserable judío! gritó lady Ester sin cuidarse de ser escuchada;

¡perro infiel, á quien yo he admitido á mi presencia como se admite un

bufón ó una bailarina!... ¿habíais llegado á creer, miserable, que la

hija de mi padre había fijado su atención en tí, mas que como en un

objeto de diversión? ¿que te había igualado á un buen caballero, á

Espada-larga, hermano de armas de Corazón-de-León?

--¿Es decir, á un soldado de fortuna, á un hombre encontrado en su

infancia en las gradas de Westminster? ¿Y por qué no? ¿Porque soy

judío, porque pertenezco á una gran nación, que no tiene otra mancha que

haber sido vencida? ¡Bah! lady Ester, si vos sois entre los vuestros una

noble descendiente de los Salisbury, yo soy rey entre los míos. El

nombre de Saul está escrito con letras de oro en la historia de mi

pueblo. Y luego, no debiérais desdeñarme, porque si yo soy judío, judía

sois vos, porque era judía vuestra madre.

--¡Mientes! miserable, como miente un judío. ¿Quieres saber por qué yo

he doblegado mi orgullo hasta cruzar mi palabra con la tuya? ¿Sabes por

qué yo he consentido que alientes una esperanza hacia mí?

--Vuestro padre había desaparecido, había muerto tal vez, y queríais

vengarle; yo os vi hermosa como las vírgenes de mi pueblo y noble y

grande como las heroínas de nuestra historia. Fuisteis para mí un tesoro

de recuerdos perdidos, una ambición gigante, un sueño eterno y apenador.

Para llegar á vos, para hacerme reparar de vos, necesitaba elevarme. Era

rico, y arrojé el oro con largueza. ¡Por el padre Abraham, señora! Esos

orgullosos lores y barones me admitieron entre sí, porque mi oro

entraba á manos llenas en sus arcas. La reina regente, Eleonora de

Guiene, necesitaba mucho oro para alentar el bando que debía destronar á

Ricardo y colocar en su trono á Juan-sin-tierra. Era necesario comprar á

un precio exorbitante la traición de esos rancios nobles cristianísimos,

y el judío infiel derramó profusamente su dinero á trueque de ser

admitido á sus festines y á sus cabalgatas, donde solía veros alguna

vez. El conoceros, señora, me ha costado un tesoro; el llegar hasta vos

lo debo á la casualidad.

La joven callaba con visibles señales de disgusto.

--Mi amor no os fué desconocido mucho tiempo, y le alentasteis, señora,

porque os convenía. Sospechabais que vuestro padre había sido muerto por

el rebelde Obispo de Eli, á quien en vez de mostrar odio mostrasteis

amor. El Obispo es un imbécil, y creyó que le amabais. Vos le

esplorásteis, vuestras dudas acerca del misterioso paradero de vuestro

padre se tornaron en certidumbre. Entonces dijisteis: «Es necesario que

este hombre muera; buscaré un enemigo poderoso é implacable...» Dios me

arrojó entonces junto á vos; leísteis en mí un amor loco, sin más

ambición que vos, intenso lo bastante para doblegarme á servir vuestra

venganza sin condiciones. Si vos me hubierais dicho: «Necesito la vida

del Obispo,» yo os hubiera traído su cabeza; pero os guardasteis bien de

hacerlo: demandar un sacrificio es obligarse á otro sacrificio, y vos,

pensadora más de lo que vuestra edad promete, elegisteis un camino más

largo pero más seguro. Alentásteis mi amor, lo elevásteis hasta la

locura, y cuando le vísteis bastante empeñado para ser indomable, lo

herísteis, señora, desdeñándome por el Obispo. Los celos surgieron del

fondo de mi alma, y ansié matar al Obispo. Vos sabíais demasiado que

esto debía suceder. Pues bien, escuchad: ¿oís ese rumor lejano que se

pierde en dirección del cuartel de la Torre?

Ester, hasta entonces indiferente y glacial, escuchó un momento de una

manera casi involuntaria.

En efecto, perdidas en el silencio, llegaban hasta allí las voces del

motín de Tames-Streed; el judío abrió la ventana y dijo:

--Mirad, milady; ¿veis aquel resplandor rojizo que se levanta sobre

Sowttwark? Es un incendio. ¿Y sabéis qué pide ese pueblo que incendia y

grita? La cabeza del canciller, de Eleonora y de Juan-sin-tierra.

Ester dió un grito de alegría y se arrojó á la ventana, junto á la cual

estaba Saul. El incendio había crecido de una manera horrorosa; el

arrabal de Sowttwark era una inmensa hoguera; sus habitantes, arrojados

de él por las llamas, exasperados por las pérdidas que les ocasionaba el

incendio, habían corrido frenéticos á engrosar el tumulto, y sus gritos

se elevaban, subiendo como un alarido infernal á la misma altura que las

más elevadas aristas del incendio; las tinieblas habían cedido á su

resplandor, y un rojizo reflejo inundaba á Londres, al Támesis y á los

campos, iluminando al par la ventana sobre cuya balaustrada adelantaba

Ester su cabeza con la misma expresión de cruel alegría que debió

pintarse en el rostro de Nerón al ver á sus pies á Roma convertida en

una hoguera.

Ester leía harto claro su venganza en aquel terrible motín, y gozándola

de antemano, estaba más hermosa que nunca, con toda la terrible grandeza

de su belleza, valiente, audaz, devorando en una ojeada aquel aterrador

panorama. Saul se sintió desfallecer; su amor llegó al frenesí, y su

brazo atrevido rodeó la esbelta cintura de la joven.

Su primer movimiento al sentirse asida fué una explosión de orgullo

indomable, inmenso, que aterró á Saul, haciéndole caer de rodillas á sus

plantas.

--¡Salid, miserable! gritó la joven; salid, ú os mando apalear por mis

esclavos.

--¡Ester, perdón! gritó desesperado Saul; ¡perdón! Yo te adoro, y

prefiero morir á provocar tu enojo; desdéñame, insúltame, pero no me

arrojes de tu lado.

--Salid, repitió Ester cada vez más implacable, mientras Saul se

arrastraba á sus pies.

--Ama á Ricardo, dijo el judío con voz desfallecida; ámale, pero déjame

que te vea; yo seré tu esclavo, el suyo...

--¡Salid! gritó con doble furor Ester.

--Pues bien, no saldré, dijo el judío levantándose con energía; llamad á

vuestros esclavos, llamadlos si os atrevéis.

Ester se dejó caer fatigada sobre el sillón.

--Lo veo; he sido un instrumento para vos, que rompéis cuando no os

sirve: en buen hora; pero tened cuenta con mi venganza.

--Sois un miserable, Saul, y me obligaréis á dar un escándalo en mi

casa.

--Escándalo por escándalo; no saldré de aquí sin haberos deshonrado,

dijo el hebreo yendo á cerrar las puertas del retrete. Pero en aquel

momento, y antes de que Ester tuviese tiempo de llamar á su servidumbre,

un hombre entró en el retrete, envuelto en un ancho manto cuya capucha

echó atrás, dejando ver un semblante anciano y venerable.

--Parece que he llegado á tiempo, hija mía, dijo el nuevo interlocutor.

--¡Ah! ¡padre mío! ¡bien venido sois siempre! ¡Dios os envía!

Saul quedó inmóvil como una estatua junto á la puerta que había ido á

cerrar.

--En cuanto á vos, señor Agiab, haréis bien de poneros en salvo y ver si

podéis salvar algo de vuestro oro antes de que el pueblo llegue á

vuestra casa.

Sea que el judío temiese verdaderamente por sí, sea que aprovechase

aquella oportunidad para salir de una posición difícil, desapareció por

la puerta más cercana, arrojando una mirada desesperada á Ester.

--Tengo que hablarte, hija mía, dijo el anciano cuando quedaron solos.

--Os escucho, padre mío, contestó Ester.

--No, aquí no; pudieran oirnos.

Lady Ester tomó la lámpara que ardía sobre la mesa, y salió del retrete

acompañada del anciano.

IX

UNA SORPRESA

Me podréis decir, Surrey, ¿qué resplandor es ese que se levanta sobre

Sowttwark? ¿Han enloquecido los ingleses, ó adivinado nuestra llegada

alumbrándola con el incendio?

Quien hacía esta pregunta á lord John Surrey, conde de Surrey, era el

mismo personaje que al principiar nuestro relato vimos apoyado en un

mástil sobre la popa de una galera, que abandonamos en razón á lo lento

de su marcha.

Cuatro horas habían trascurrido desde entonces, y al fin la galera

llegaba al muelle de London-Bridge.

En la cámara de la galera había cuatro personas. La que había

interrogado á Surrey, era un hombre de cuarenta y dos años, de aspecto

severo y feroz, de alta estatura, y vestido con un camisote de mallas.

Lord Surrey era un joven de semblante franco, estatura mediana aunque

membruda, tez atezada y mirada atrevida. Junto á él había otro

personaje, pálido, austero, de faz orgullosa y mirada indomable: era el

conde de Exes; y últimamente, un segundón de la casa Nortumberland,

joven y de aventajada estatura, estaba apoyado en su espada en un ángulo

de la cámara.

Todos estos personajes llevaban sobrevestas de ante, y cruces rojas en

el pecho.

--¡ Por San Jorge! milores, dijo el hombre que había interrogado á

Surrey, hemos llegado, y haríamos bien en ponernos los arneses. Paréceme

que habremos de llamar con las hachas en las puertas de nuestra casa.

Los tres lores descolgaron una pesada armadura de un costado de la

cámara, y la ciñeron al que había hecho aquella prudente observación.

Después se armaron prontamente, y cuando estuvieron cubiertos de hierro

hasta los ojos, el primero tomó un pendón rojo, se dirigió á la puerta y

dijo:

--Ola, maese Sult; haced que la galera aferre á la orilla, que se eche

un puente, y que desembarquen nuestros caballos.

Esta orden fué obedecida al momento, y poco tiempo después los cuatro

jinetes llegaron junto al rastrillo de un postigo de la muralla

flanqueado por dos torreones.

--Un ¿quién va? lanzado desde las almenas, fué contestado por la robusta

voz de uno de los cuatro.

--¡Inglaterra! gritó.

Hundióse el ballestero tras las almenas, y poco después cayó rechinando

el rastrillo sobre el foso. Un capitán seguido de cuatro ballesteros se

adelantó á reconocer á los que llegaban.

--¿Quiénes sois? les preguntó.

--Adelantad solo con una antorcha, dijo Surrey.

El capitán adelantó y el hombre atlético volviendo la grupa de su

caballo á los archeros, se levantó la visera y dejó ver su rostro al

capitán. Este se descubrió apresuradamente.

--Poneos la gorra y marchad en silencio delante de nosotros, añadió

aquel hombre calando de nuevo su visera.

Los hermanos Plantagenet · 第 4 / 9 段