--Separarnos, ¿y por qué? ¿Cuando tras una larga ausencia vuelvo á

encontrarte; cuando te he ofrecido mi amor; cuando te ofrezco mi nombre,

mi fortuna, mi alma, separarnos? No, Dik, no quiero estar sola; no

quiero tener el corazón seco entre esa turba de miserables cortesanos

que me rodea, y me acosa y me fastidia; quiero tener á mi lado un hombre

que me ame, que me defienda. ¡Somos tan débiles las mujeres!

--¡Oh! ¡Ester! exclamó Dik; ¡me estás volviendo loco!

--Mira, Ricardo mío, contestó la joven asiendo una mano de Dik: yo

conozco á un monje de San Bridge que es un santo: era el confesor de mi

padre. Yo soy libre, rica, y te amo. ¿Por qué no unirnos?

Aquella manifestación inesperada sobrecogió á Dik; la desgracia le había

hecho formar un concepto poco favorable de las mujeres. Creía que cuando

éstas llegan á cierta edad no obran más que por cálculo. Ester era

hermosísima, noble, como parienta cercana de la reina Berenguela, rica

como un judío usurero. El, según han podido entrever nuestros lectores,

era un hombre de origen desconocido, pobre, reducido á vivir á costa de

su espada ó de su ballesta. Por más que cuatro años antes Ester le

hubiese amado con la misma pasión que á su vuelta había demostrado,

temió ser un instrumento, una víctima destinada á cubrir algunos amores

vergonzosos ó alguna miserable intriga de corte. Recordó las frases poco

respetuosas que respecto á lady Ester se habían permitido los hermanos

de la niebla, y dudó, pero por sólo un momento; volvieron á pasar por su

mente sus esperanzas y sus locos deseos, y aunque, como antes, se

levantaron tras aquella ilusión óptica las sombras de Saul y del Obispo,

dijo para sí:

--¡Qué diablo! yo he amado á esta mujer con locura, y nunca la he

olvidado de una manera absoluta; la he encontrado más hermosa, más

resplandeciente en encantos, y conozco que ha vuelto mi amor con todo su

frenesí; es verdad que su reputación es ambigua, pero yo soy á propósito

para hacerla marchar por un camino. Con ella tengo un nombre, riquezas,

poder; sin ella... sin ella me veré precisado á ahorcarme un día

cualquiera, ó á exponerme á que me ahorquen. Mis temores no pasan de

ser sospechas; nada sé, y por consiguiente, ya que Dios ó el diablo me

presentan la ocasión, asirémosla por los cabellos. En todo caso, lugar

me queda para ahorcarme.

En tanto que Dik formulaba este filósofo razonamiento, pretendiendo

engañarse á sí mismo, Ester decía para sí:

--Es hermoso, valiente y joven. Me ama; es pobre, y todo me lo deberá;

el Obispo y Saul son unos miserables á quienes nunca podría amar;

cualquiera de esos rancios barones ó lores me pedirían sin vacilar mi

mano, si yo les lanzase una mirada de amor; pero me sepultarían después

en uno de sus horribles castillejos, colocados como un nido en la punta

de una roca. Por otra parte, ninguno de ellos se atrevería á medirse con

el Obispo. Saul... en verdad es hermoso, rico, respetado por su riqueza,

me ama con locura... pero es un hebreo á quien no puedo unirme, y luego,

le aborrezco, es muy bajo, muy miserable. Ricardo, Ricardo; ¡á él sí que

le amo!

Dik y Ester filosofaban casi del mismo modo; cuando hubieron acabado de

reflexionar, se miraron casi al mismo tiempo. Ella esperaba una

respuesta, él formulaba el medio de dar su consentimiento, cubriendo lo

mejor posible las apariencias.

--Ester, dijo él estrechando entre las suyas la hermosa mano que la

joven le tenía abandonada; tu amor me enloquece, me llena de orgullo;

pero soy harto desgraciado para atreverme á aceptarte por esposa.

--¡Cómo!

--Sí; acaso no sabes mi historia. Yo no tengo nombre, ni padres, ni

pasado, ni porvenir; un día al amanecer expusieron dos niños gemelos en

el átrio de la abadía de Westminster. El rey era entonces príncipe, y

volvía de una ronda amorosa. Pasó por el átrio y oyó nuestros gemidos,

porque éramos mi hermano y yo los niños expuestos. Ricardo

Corazón-de-León, aunque siempre feroz, guarda instintos generosos tras

el aspecto terrible que le distingue; nos tomó bajo la capa y nos llevó

á White-Tower, residencia real de su padre Enrique II. Mientras vivió,

Enrique el joven, su hijo primogénito, Ricardo y Juan eran unos hijos

respetuosos que amaban á su padre: Ricardo llamó á sus hermanos y les

presentó su hallazgo; los tres príncipes fueron á la cámara real, y el

buen Enrique II adoptó á los pobres huérfanos y les señaló una corta

pensión. Nos trataron como hijos de caballero y nos dieron patentes de

nobleza como hijos adoptivos de rey. Crecimos sin salir de la morada

real; tú, Ester, eras dama de la princesa Berenguela; las galerías de

Whitehall oyeron nuestra primera declaración de amor y nuestro juramento

de pertenecernos exclusivamente. Después Ricardo fué rey y Berenguela su

esposa. Un año adelante acompañaba yo al rey y me cruzaba en Mesina el

mismo día que Ricardo, Felipe Augusto, Godofredo de Bullón y Guido de

Lusiñán. Cuatro años más, y nos vió volver el mismo mar que nos vió ir.

Todos volvíamos con honra; pero todos también, reyes y vasallos

volvíamos pobres. Hasta ahora, Ester, mi suerte no había empeorado; pero

estaba escrito que yo no debía volver á Londres como salí. Una tormenta

nos arrojó sobre las costas de Venecia; nuestra nave quedó rota en los

escollos, y yo me salvé á nado; no sé lo que fué de Ricardo, de

Godofredo ni de Lusiñán. Atravesé mendigando el Estado veneciano, la

Suiza, parte de la Alemania, y volví á Londres hace dos años en una

miserable barca de pescadores. Creí que mi casa era aún la casa de mis

reyes, y pasé las puertas de Whitehall. Juan-sin-tierra me desconoció, y

el Obispo, apoderado del trono, me llamó loco y me mandó dar de palos;

creí que tal vez me habría desfigurado, y busqué uno por uno mis amigos,

que me reconocieron para insultarme...

--¿Y no viniste á mí...?

--¡Oh! ¡no! preferí la duda; quise creer que tú me amabas aún, y no me

atreví á ser tal vez desconocido por tí.

--¡Ricardo!

--Eso hubiera sido para mí la última desgracia, y la evité.

--¿Y has venido esta noche después de cuatro años?

Ricardo se sonrió de una manera sombría.

--¡Ester! la dijo, cuando hace dos años entré en Londres, mi traje era

un miserable traje de montañés, y mis armas un puñal. Ahora tengo una

noble y buena espada y un traje de brocado. Este traje podrá ayudar

mejor tus recuerdos.

--¡Oh! ¡qué injusto eres, Dik!

--Y sin embargo, te he pedido un pedazo de pan para mi hambre.

--Pues bien; yo no quiero que sufras, quiero partir contigo mi amor y mi

porvenir; ¿te atreverás á rehusarlos cuando yo te los ofrezco?

--No; pero medita, Ester, que estos dos años he sido un bandido.

--Te habían insultado.

--Que mi cabeza está puesta en precio á son de clarín.

Ester palideció; en aquel momento, como si la casualidad hubiese querido

unirse á esta escena, oyéronse muy cerca pisadas de caballos que cesaron

debajo de la ventana del retrete; sonaron tres veces trompetas y una voz

robusta gritó:

--Habitantes de la muy ilustre y leal ciudad de Londres: el muy alto y

poderoso señor obispo de Eli, canciller del reino, en nombre de su

gracia el rey, os hace saber: que el nombrado Dik, montero contra los

edictos en los cotos reales de Dindem-Wood, acusado de desacato á su

gracia el rey, ha burlado la persecución de los archeros, y se ha

ocultado en Londres. En nombre del muy alto y poderoso señor obispo de

Eli, cincuenta marcos de plata al inglés noble ó pechero que presente su

cabeza. ¡Salud al rey!»

Ester abrió la ventana; no era ya un corto número de curiosos el que

seguía el pregón; era una muchedumbre sombría y silenciosa, que precedía

y seguía, llenando la calle en toda su extensión, á los archeros y al

heraldo.

--¡Ah! ¡Dik, Dik mío! dijo Ester cerrando la ventana; ¡oh! es necesario

hacer pedazos á ese miserable. ¡Es un asesino!

Entonces Dik recordó una circunstancia que tenía casi olvidada, su

hermano le había dicho al entregarle la espada, que aquella arma era un

despojo del patíbulo. Entre sus gabilanes había un blasón; aquel blasón

estaba reproducido en la placa de la cadena que Adam Wast había

entregado al verdugo. Aquella cadena había pertenecido un tiempo á Dik,

y Adam Wast no podía poseerla por otro medio que por Ketti, á quien el

joven la había confiado. Un embrión de ideas surgió en la mente del

joven, y tras ellas presintió una historia terrible que tal vez era la

suya.

--Ester, dijo Dik á impulsos de estos pensamientos, ¿conoces esta

espada?

Ester miró la espada que le presentaba, dió un grito y exclamó

aterrada:

--La espada de combate de Enrique II.

--¡Oh! gritó Dik; ¡era del rey Enrique II esta espada!

--Sí, la entregó á mi padre con un terrible secreto; secreto que jamás

reveló á nadie y cuya existencia sólo sé porque algunas veces me decía:

--Ester, esta espada es la reliquia de un mártir; esta espada guarda un

secreto, y la desnudará sólo quien deba vengar al rey. Ruega á Dios,

Ester, que nos devuelva á alguna persona á quien amamos.

Dik se estremeció, después se levantó con energía y dijo:

--Es necesario que nos separemos, Ester; la Providencia ha puesto esta

espada entre mis manos, y debo saber si son ellas esas manos vengadoras.

--¡Oh! ¡tal vez! ¡tal vez! Ahora recuerdo sí, que mi padre te nombraba

algunas veces... ¡oh! no te detengo, vé... pero vé también al festín de

Whitehall; te espero, quiero que me acompañes.

Dik fué á la puerta por donde había entrado Ketti, y la llamó; la joven

apareció en el umbral pálida y agitada. Lady Ester, que había olvidado

los amores de Ketti y Dik, desde el momento que vió á la joven se

inmutó.

--Esta mujer, dijo Dik á Ester notando su palidez y leyendo en ella un

pensamiento, es un medio que nos puede servir de mucho, y es necesario

que nada sospeche; y luego añadió alto: Vamos, Ketti, he hablado á tu

señora, y me ha ofrecido su protección.

El semblante de Ketti se animó, arrojóse á los pies de lady Ester y besó

la orla de su vestido. Ester tuvo lástima de tanto amor.

--Vamos, dijo Dik á Ketti, es necesario que salgamos de aquí.

Dik y Ketti atravesaron el umbral de la puerta por donde habían entrado,

y al pasar por la sala de armas vieron esperando aún en ella al hebreo

Saul.

VI

UNA TRAICIÓN INVOLUNTARIA

Dik arrastraba tras sí á Ketti, y bien pronto salieron del cuartel de

San James. Atravesaron á Westminster, á Walter-Streed, y deslizándose

junto á los muros de la Torre, pasaron el puente de Londres y se

perdieron á través del arrabal Sowttwark.

Ketti no sabía adonde la llevaban, pero iba contenta porque iba con Dik;

ni una sola vez recordó su casita de la plaza del Mercado.

Al cabo Dik se detuvo en un oscuro callejón al fin del arrabal y llamó á

una puerta; la casa estaba sumida en el mayor silencio; nadie contestó,

pero el joven creyó escuchar pasos leves en el interior.

--Abre, Robín, con una legión de diablos, gritó; soy yo, Dik.

Un momento después se abrió la puerta, y apareció tras ella un jayán

alumbrándose con una tea.

--¡Ah! ¿sois vos, capitán? adelante; dijo el hombre. Por San Huberto,

que es difícil conoceros con ese ropón de señor... adelante... siento no

poderos ofrecer nada... los aldermens se me han bebido mi último vino,

que por supuesto no me han pagado, y un solo pedazo de pan que me

quedaba le he vendido por un florín al hombre colorado.

Dik se estremeció; así era como nombraba el populacho al verdugo. Su

hermano había buscado pan para él, y él se había olvidado de su hermano.

Casi se avergonzó.

--¿Hay alguien?

--Entre nosotros, capitán, el sótano está lleno. Si no fuese porque

están cien escalones bajo tierra los oiríais. Con ellos está el hombre

colorado, que volvió furioso después de haberse llevado mi pan. Más de

una vez os he oído nombrar, y os esperan según creo. Pero por San Dustan

os aconsejo que no bajéis con esta paloma, añadió señalando á Ketti,

pudiera tener un mal encuentro.

Ketti se inmutó, y se cubrió apresuradamente con su velo.

--Silencio, dijo Dik, ¿está abajo Adam Wast?

--Sí.

--Pues bien, llévanos á otro aposento cualquiera.

Robín cerró la puerta y les precedió á través de una escalera, diciendo

para sí:

--Cáspita no es la ocasión más oportuna para burlar maridos, cuando es

necesario sacar trigo de la cabeza del obispo.

Cuando hubieron llegado al piso superior, Robín abrió una puerta

desvencijada, y los jóvenes entraron en un miserable aposento á teja

vana.

A pesar de su estado miserable, aquel aposento tenía algo de extraño.

Robín, que sin duda era algo hablador, se encargó, sin consultar la

oportunidad del momento, de referir á Dik una historia que sin duda

había narrado un millón de veces á sus huéspedes, porque es de advertir,

que aquella casa era una especie de taberna-mesón, donde la gente

perdida, las rameras y los estudiantes solían pasar las noches al abrigo

de las rondas de los aldermens, que daban con ellos en la cárcel del

condado de Surrey, ó en la picota de la plaza de Guy, si por acaso los

encontraban vagando después del cubre-fuego. Robín, pues, hizo notar á

Dik una cama de encina cubierta por un mal gergón y cerrada por unas

cortinas de color dudoso, dos sillones de baqueta y una mesa mugrienta.

--¿Véis todo eso, capitán? añadió tras su indicación; en esos muebles se

ha sentado todo un alto personaje; este miserable aposento ha visto

morir á un rey.

Dik dispuesto á despedir de una manera brusca á Robín, pareció

interesarse en su cuento, y dijo con interés:

--¡Diablo! ¿y qué rey era ese?

--¿Qué rey? Confúndame Dios, capitán Dik, si no me habéis hecho una

pregunta que me embaraza, porque yo no debo engañaros: cuando yo era

montero y vos mi capitán me habéis salvado la vida.

--Pero ese rey, repuso Dik impaciente.

--Ese rey era... cuando otros me han hecho esa pregunta, he contestado

sin vacilar: el rey Offa (este nombre en aquel tiempo, en Inglaterra,

equivalía lo que ahora en España el de Wamba), y he desfigurado una

historia que pasó hace sólo once años.

--Luego ese rey era...

--¡Enrique II de Inglaterra!

Ketti se levantó del sillón en que se había dejado caer, y repitió con

sorpresa:

--¡Cómo! aquí en este miserable desván ha muerto...

--Sí, hermosa niña, el padre del rey. Pero tened presente, capitán Dik,

que yo á nadie he contado esto, y que vos sois y vuestra compañera los

primeros que entráis en este cuarto, que no sean un monje y yo.

--¿Y á qué viene aquí ese monje? preguntó con interés Dik.

--A rogar á Dios por el alma del rey muerto, y por la salvación del rey

vivo.

--¿Luego conocía á Enrique II?

--Era su confesor.

--¿Y cómo se llama ese monje, á qué monasterio pertenece?

--¡Llámase!... lo ignoro; ¿su rostro?... jamás le he visto. Un día le

seguí y le ví entrar en la ciudad en el monasterio de San Bridge.

Dik escuchaba con la mayor atención; cada palabra de Robín despertaba en

él un nuevo interés. Robín conoció que era escuchado, tal vez con más

atención que nunca, y sentándose sobre la cama calló un momento como

preparándose para un largo relato; Dik creyó oportuno sentarse, y se

colocó en uno de los sillones. Ketti, que sólo pensaba en su amor,

maldijo en su interior al importuno hablador y se sentó también.

--Vosotros, hijos míos, seríais niños aún, dijo Robín dándose toda la

importancia satisfecha del hombre que es escuchado con atención por

primera vez; sí, muy niños, cuando acontecieron los terribles trastornos

del año ochenta y tres; yo era más joven, y pasaba mejor la vida...

Karl... mi buena Karl...

Dik se agitó en su sillón con impaciencia.

--Es necesario que os refiera esto, continuó Robín notando el movimiento

de Dik; es el principio de la historia. Karl, pues, era una buena

muchacha de las montañas de Escocia, que bailaba como una hada y cantaba

como un bardo. Yo tocaba el laud y ella bailaba; los tarines llovían en

mi gorra, y estábamos perfectamente; pero llegó un tiempo en que el pan

estuvo escaso y en que los tributos crecieron. No gobernaba entonces el

Obispo, pero lord Macclair, favorito del rey, era un soberbio

sanguijuela. El populacho ya no nos arrojaba más que algunos miserables

pedazos de pan; los tarines cesaron, y al fin nuestro canto y nuestro

baile eran inútiles; entonces nos dijimos: pongamos una taberna y

unámonos á alguno, porque no somos bastante ricos para traficar solos...

--Pero el rey...

--Paciencia, capitán, paciencia. Conocíamos á otra bailarina escocesa, y

le propusimos que se uniera á nosotros.

«Acepto, nos dijo; necesito una casa donde vivir sin ser notada, y

estaremos juntos si vosotros aceptáis mis condiciones. Soy amante de un

gran señor, y habréis de tolerar que frecuente la casa.» Ya véis,

capitán, que eran algo duras las condiciones; pero ella deshizo de tal

modo nuestros reparos, que aceptamos y tomamos esta casa. Ya hace de

esto dieciséis años. Todas las noches, después del toque de cubre-fuego,

un hombre embozado en una larga capa, por el postigo que da á otra

calle, entraba en esta habitación por esa puerta; y Robín señaló una

puerta pequeña inmediata al lecho, subiendo una escalera escusada. Algún

tiempo después nuestra amiga tuvo una niña. Pasaron algunos años, y al

fin llegó el ochenta y tres. Fué un año terrible; el pueblo, agobiado

por el hambre y los tributos, se rebelaba cada día contra el rey, y

Londres era un eterno campo de batalla; Enrique el joven, Ricardo y

Juan-sin-tierra, hijos de Enrique II, alentaban el fuego, y al fin se

declararon en abierta rebelión contra su padre, insurreccionaron el

Poitú y la Normandía, y se presentaron á las puertas de la ciudad al

frente de un ejército. El rey se encerró en White-Tower; pero los

normandos asaltaron la torre indefensa, porque no había un solo inglés

al lado del rey, más que lord Macclair y el conde de Salisbury.

Entretanto los normandos robaban á Londres, los hijos traidores partían

el trono de su padre, y el infeliz viejo, perseguido por su primogénito

Enrique el joven, pasaba á la carrera acompañado de sus dos últimos

servidores, el puente de London Bridge, y entraba en Sowttwark. A pesar

del odio que profesaba el pueblo al rey, los habitantes del condado de

Surrey no se atrevieron á secundar la infamia á que habían ayudado los

del condado de Middlesex; se apiñaron á la salida del puente, dejaron

pasar al rey y rechazaron á Enrique el joven. Fué un horrible combate;

los de Sowttwark cortaron la madera del puente, y Enrique y algunos

normandos cayeron al río. La cólera de Dios cayó sobre el hijo maldito;

las aguas se cerraron sobre él, y sólo se abrieron para arrojar su

cadáver en la isla de los Perros.

Robín calló un momento como para observar el efecto que había producido

en sus oyentes lo pomposo de su último período.

--Parte de lo que has dicho lo saben todos, dijo con impaciencia Dik; lo

que no es tan claro es lo que pasó por el rey antes de que su cadáver

fuese depositado en Westminster.

--Cabalmente ese es el secreto, contestó Robín con cierto misterio. Al

ver á los más pacíficos vecinos armados con partesanas, palos y picas,

corriendo hacia London-Bridge, cerré mi puerta, y corrí á encerrarme con

Karl, en lo más profundo del sótano. Nuestra compañera estuvo en este

aposento, asomada tenazmente á la ventana, á pesar de haberla nosotros

invitado á ponerse en lugar más seguro. Desde el fondo del sótano oíamos

los gritos de los combatientes de London Bridge, que duraron hasta la

noche. Luego sucedió un profundo silencio. Me aventuré á subir, y nada

oí: subí aún más, siempre el mismo silencio. Atrevíme á llegar á esa

puerta para llamar á nuestra amiga, y miré por las rendijas. ¿Sabéis lo

que ví? añadió Robín deteniéndose como para dar un tinte solemne á su

pregunta.

Dik se encogió de hombros.

--Pues bien, ¡ví al rey!

--¡Al rey! exclamaron á un tiempo Dik y Ketti.

--Sí, á Enrique II herido en esa cama, atravesado el pecho de un

flechazo, y espirante; junto á él estaban lord Salisbury sosteniéndole,

y la bailarina arrodillada en ese reclinatorio. Yo también escuchaba

conteniendo mi respiración; pero nada oí, hasta el momento que el rey

gritó incorporándose de repente:

--¡Perdonarlos! ¡perdonarlos cuando ellos me han asesinado! ¡no! ¡no!

¡Maldito sea mi hijo Enrique! ¡Maldito sea mi hijo Ricardo! ¡maldito sea

mi hijo Juan!

--No los maldigáis, señor, contestó el conde; tal vez alguno de ellos

está ahora en presencia de Dios.

--¡Dios mío! exclamó el rey, ¿ha muerto Ricardo?

--Señor, no, observó lord Salisbury; es de presumir que no.

--Me engañáis, milord; me engañáis.

--Pues bien, dijo el conde, perdonadlos, señor, perdonad al menos á

vuestro hijo Enrique, que ha sido muerto por los habitantes de

Sowttwark.

El rey dió un grito y cayó desmayado. Pocos momentos después volvió en

sí, y dijo con voz débil á lord Salisbury:

--Tomad mi espada, milord, y guardadla; ya sabéis mi voluntad acerca de

ella, y mis proyectos hacia ellos; tú, pobre mujer, á quien yo recogí de

las calles de Londres, que has sido mi último amor, acércate y no

llores; toma, y la dió un objeto que no pude distinguir; si mi Ricardo

es rey, dile que muero perdonándole con sus hermanos; que proteja á tu

hija, porque esa es la última voluntad de su padre moribundo. Después

cayó sobre el lecho, y un momento después murió.

Robín había callado; Dik callaba, mirando, sobrecogido de terror, el

lecho.

--Esa es la historia, dijo Robín; una historia muy triste en verdad,

que á nadie he contado hasta ahora.

--Pero aquella mujer... observó Dik.

--¿Qué mujer?

--La bailarina.

--Se volvió loca, huyó y no la he vuelto á ver.

--¿Y cómo se llamaba?

Iba Robín á contestar, cuando se abrió la puerta que comunicaba con la

escalera escusada que hemos indicado, y apareció una sombra en su

dintel.

--Silencio, dijo una voz profunda, tras la capucha de un manto negro,

demasiado habéis dicho; y me place saber que un secreto de Estado está

en vuestro poder, maese Robín. Será necesario poneros á recaudo, según

creo. Caballero, cualquiera que seáis, en nombre del rey, íd á avisar á

los guardias de la Torre.

Dik, á quien este extraño personaje se había dirigido, no se movió; pero

Robín, creyéndose perdido, quiso huir. El hombre negro le detuvo por un

brazo con la fuerza de unas tenazas.

--¡Socorro! ¡socorro! gritó Robín con todas sus fuerzas.

Una mano del hombre que le sujetaba tapó su boca, pero ya era tarde;

oyéronse precipitados pasos de algunos hombres por la escalera, la

puerta se abrió, y entró Adam Wast; tras él venían los otros cinco

hermanos de la niebla.

La fatalidad hizo que Ketti fuese el primer objeto que se presentó á la

vista de Adam Wast. Verla y arrojarse á ella puñal en mano, fué obra de

un momento. Dik se interpuso, y arrojó al furioso marido en tierra de

una puñada.

En menos tiempo del que empleamos en describirlo, la estancia se tornó

en un campo de batalla; el hombre del manto abrió rápidamente la puerta

de escape, y dió salida á Ketti, que cayó desmayada en el primer tramo

de la escalera; Adam Wast se levantó furioso y embistió á aquella

puerta; la espada de Enrique II lució fuera de la vaina junto al lecho

de muerte del mismo Enrique II, empuñada por Dik; el hombre del manto

continuaba asiendo á Robín, que gritaba como un desesperado, mientras

los hermanos de la niebla, escepto el verdugo, acometían en círculo á

Dik.

Justo era su renombre de _Espada-larga_; de una estocada tendió á John

Asta-de-buey, mientras Williams Caridemus caía por otro lado, abierta la

cabeza de una cuchillada; sólo quedaban tres contendientes: Adam Wast,

Jorge Rak y Tom Flavi. Dik se había retirado á un ángulo, y desde allí

mantenía en un ancho círculo á sus adversarios. Tom Flavi esgrimía de

una manera terrible su bastón; Jorge Rak, inesperto y viejo, se arrojó

en un momento en que creyó poder herir á Dik, y se atravesó en su

espada; Adam Wast luchaba como un león.

Oyéronse entonces precipitados pasos por la escalera principal, y Dik,

creyendo era acometido por nuevos enemigos, se tendió en una estocada, y

Tom Flavi cayó para no volverse á levantar más. La puerta se abrió, y

llenóse el aposento de alabarderos del rey, ó mejor dicho, del obispo

canciller; Adam Wast fué cogido por la espalda, y sujeto. Dik bajó la

espada, no viendo enemigos á quienes herir.

--¿Qué es esto? preguntó á Dik el aldermen que mandaba la tropa.

--¿Qué puede ser sino una tentativa de asesinato, cuando véis á un

caballero defendiéndose de cinco jayanes?

Adam Wast arrojó una profunda mirada sobre Dik.

El aldermen miró en derredor y vió cuatro cadáveres. Dik buscó á su

hermano inútilmente; había desaparecido.

El interrogado habló algunas palabras en voz baja al aldermen; éste se

despojó respetuosamente de la gorra, y dijo á los alabarderos.

--Esos hombres á la Torre.

Los hermanos Plantagenet · 第 3 / 9 段