al terciopelo, pesadamente bordada de oro, es un hermoso traje que yo
vestía cuando hice mi prueba de corta-cabezas; le he conservado, lo
mismo que esta espada, porque cada uno de estos objetos me recuerda una
historia. Antes de venderlos me hubiera dejado morir; ¡pero tú tienes
hambre!
--No, no; ni este traje ni esta espada se venderán, contestó con firmeza
Dik; ve si tienes otro recurso. Si no le hay, sufriré el hambre.
--No, no, exclamó Godofredo, es necesario que yo busque un pedazo de
pan; ¡Dios mío! ¡pero ah! estoy loco; de todo me olvido; tengo en esta
bolsa los cien florines que me dió para los bandidos de Sowttwark Adam
Wast. De estos cien florines bien podré tomar uno para tí; ¿no es
verdad, Dik?
--Haz lo que quieras, contestó pensativo.
Godofredo descorrió los cerrojos de la puerta, y la abrió.
--Aguarda, le dijo Dik, ¿dónde habita Adam Wast?
Godofredo llevó á su hermano al respiradero, y le dijo señalándole una
pequeña casa contigua á la horca.
--¿Ves allí una ventana iluminada por el reflejo de una luz?
--Sí.
--Allí vive Adam Wast.
--¿Y quién vela ahora en ella? ¿él?
--No, su mujer.
--¿Sabes como se llama su mujer?
--Sí; Ketti.
--¿Y esa mujer tiene madre? insistió con voz profunda Dik.
--No; la loca Ketti murió hace un año, contestó maquinalmente Godofredo,
y salió.
[Illustration]
IV
DE LO QUE ENCONTRÓ DIK CUANDO MENOS LO ESPERABA
Dik permaneció en el respiradero con la mirada fija en la ventana
vecina, donde brillaba el reflejo de la luz. Mucho debía interesarle,
puesto que inmóvil, atento, reconcentraba en ella toda su atención, cual
si pretendiese penetrar al través de sus paredes lo que acontecía en su
interior.
Un momento después se separó del respiradero. Su mirada recorrió el
estrecho recinto del sótano, y vió en la oscuridad de uno de sus
lóbregos ángulos, un cántaro. Fué á él, lavóse el rostro y las manos de
la sangre que los manchaba, y arrojando su gabán de montero, se vistió
el traje de seda y oro que su hermano había dejado abandonado sobre su
lecho de paja. Cuando estuvo completamente vestido, se ciñó la espada, y
apareció un caballero gentil, si bien atezado, de manos membrudas, cosa
en aquella época muy común entre los caballeros de mayor alcurnia,
cortesanos con poca frecuencia, hombres de armas y caza siempre.
Sirviéronle sus manos de peine, y sobre su larga cabellera se ciñó un
gorro compañero del traje.
Era éste una túnica talar de anchos pliegues y mangas perdidas, sujeta
por un cinturón del mismo género, del que pendía la espada; debajo de
esta especie de sobrevesta se veía un jubón de manga estrecha ciñendo
los brazos, y un pantalón de seda encarnado aparecía en la extremidad de
las piernas, ceñidas en su principio hasta el tobillo por unos botines
de gamuza. El deslumbre del traje que vestía Dik, desdecía de una manera
enérgica del aspecto del sótano de la horca.
El joven se colocó de nuevo en el respiradero, y fijó su mirada en la
ventana de la casa vecina. Un silencio profundo reinaba en la plaza del
Mercado, silencio interrumpido á veces por el chirrido de alguna carreta
que acompañaba algún hombre con paso lento y forzado, ó por los pasos
acompasados de alguna ronda de archeros. Los archeros se apartaban
cuidadosamente de la carreta, porque su carga eran cadáveres apestados.
Después de estos ruidos transitorios, el silencio volvía á invadir la
desierta plaza.
Una voz que cantaba dentro de la casa en que Dik fijaba su mirada, vino
á interrumpir de nuevo el silencio; era una voz dulce, simpática,
melancólica; cantaba una balada de triste y lánguida armonía, cuya
traducción hubiera podido ser:
«¡Londres! ¡Londres! ¡ciudad coronada! tú no eres tan hermosa como las
aldeas de mi país; no eres tan hermosa, orgullosa ciudad de Londres.»
«Las almenas de tus torres están envueltas por la niebla; las cabañas de
mi país se recortan sobre un cielo azul, velado por blancas nubecillas.»
«¡Londres! ¡Londres! tú eres sombrío como un cementerio; mi valle es
alegre como un jardín.»
«¡Londres! ¡Londres! ¡ciudad coronada! tú no eres tan hermosa como las
aldeas de mi país.»
La voz calló, y el oído de Dik devoró hambriento sus últimas
vibraciones. Hacía algún tiempo que había cesado el canto, y aún le
parecía escucharlo.
Un momento después la luz desapareció de la ventana, é inmediatamente la
puerta colocada bajo ella se abrió, y salieron dos mujeres. La una
llevaba un lío en la mano, y era joven; la otra una lámpara de hierro, y
era vieja. La vieja cerró; la joven se deslizó por la solitaria plaza, y
pasó muy cerca del respiradero donde observaba Dik, que escuchó el
crujido de un traje y el són de unas ligeras pisadas.
De un salto se puso Dik fuera del subterráneo, y empezó á seguir á la
mujer.
La oscuridad era densísima, nada se veía á algunos pasos de distancia, y
el leve rumor de los pasos de la mujer era lo único que servía á Dik
para no perder la pista.
La joven atravesó la plaza, se deslizó por el cuartel del Temple y se
dirigió á San James, sin duda reparó en que la seguían, puesto que se
detuvo á la entrada del cuartel, residencia de la alta nobleza. Dik
adelantó, y se detuvo junto á ella.
--¿Quién eres? preguntó la niña con una voz argentina.
--¡Quién soy yo!... ¿qué te importa? contestó trabajosamente Dik,
mientras su sangre circulaba con una rapidez terrible. ¿Dónde vas,
Ketti?
Un grito débil, involuntario, salió de los labios de la joven, y Ricardo
la sintió asida de su cuello, sintió los latidos del seno de aquella
mujer; la oyó decir con acento indescribible:
--¡Dik!...
La joven no dijo más, dobló su cabeza sobre el pecho del joven, y empezó
á llorar entre sollozos.
--Aparta, la dijo Dik separándola dulcemente; no es en mis brazos donde
debo recibirte. Me has hecho traición.
--No, no, me engañaron, contestó la joven llorando; ¡te creí muerto!...
--Es decir...
--Que estoy casada.
--Bien, dijo Dik; es necesario que nos alejemos de aquí. Podría
encontrarnos una ronda. Necesitamos hablar despacio, y es preciso que me
conduzcas á cualquier parte. Yo no conozco á nadie en Londres. ¿A dónde
vas?
--Al palacio de lady Ester...
--¡Lady Ester!... exclamó con extrañeza Dik: ¿qué tienes tú de común
con lady Ester?
--Coso sus trajes, y le llevo uno para el baile que da esta noche
Juan-sin-tierra á los nobles de Whitehall.
--Y bien...
--Ven conmigo, la diré que eres mi Dik; todo lo sabe, porque es buena, y
la he contado mis penas. Ella, que es fuerte y poderosa, nos protegerá,
Dik.
La joven se asió del brazo de Dik, que se dejó conducir. Al doblar la
esquina próxima, un vivo resplandor se dejó ver adelantando hacia ellos.
El primer movimiento de entrambos fué mirarse, sin pensar en inquirir la
causa de aquel resplandor: la joven era hermosísima, y en sus ojos,
grandes y melancólicos, se pintó una expresión de asombro al ver el
magnífico traje de Dik, deslumbrante al resplandor que cada vez se
acercaba más.
--¡Ah! ¡Dik, dijo con tristeza Ketti, eres un gran señor!
--Silencio, dijo Dik.
El resplandor se había detenido; le producían dos hachones conducidos
por archeros que precedían á dos trompeteros y un heraldo á caballo. Dik
y Ketti se ocultaron en el dintel de una casa, y observaron; los
trompeteros hicieron sonar tres veces las trompetas, y el heraldo gritó
con voz sonora:
--Habitantes de la muy ilustre y leal ciudad de Londres: El muy alto y
poderoso señor obispo de Eli, canciller del reino, en nombre de su
gracia el rey, os hace saber: que el nombrado Dik, montero contra los
edictos en los cotos reales de Dinden-Wood, acusado de desacato á su
gracia el rey, ha burlado la persecución de los archeros y se ha
ocultado en Londres. En nombre del muy alto y poderoso señor obispo de
Eli, cincuenta marcos de plata al inglés, noble ó pechero, que presente
su cabeza. ¡Salud al rey!
--Y bien, dijo Dik para sí, la cabeza de un montero está harto pagada:
pero vale más la de un caballero.
--¡Pobre hombre! exclamó Ketti conmovida, sin sospechar que asía del
brazo á aquel á quien acababan de pregonar.
El heraldo y su comitiva adelantaron pasando junto á Dik. Los archeros
se apartaron con respeto al ver el rico atavío del joven, y siguieron
adelante acompañados de algunos curiosos.
Bien pronto volvió la oscuridad, interrumpida un momento por aquel
incidente. Nuestros dos jóvenes siguieron su camino.
--Decíamos que era traidor, dijo un hombre que á la sazón pasaba con
otros, y cuya voz era igual en un todo á la de John Asta-de-buey; ¡pobre
muchacho! ¡le acaban de pregonar!
--Nunca pensé que lo fuera, contestó una voz que hizo estremecer á Ketti
de un modo que se hizo notable á Dik.
Era la voz de Adam Wast.
Aquellos hombres se perdieron por una estrecha y larga travesía en
dirección á Whitehall.
Dik y Ketti tomaron otra calle en dirección opuesta.
--¿Cuándo llegamos? preguntó Dik á la joven.
Doblaban entonces el guardacantón de otra calle, y en el centro de ella
se veía el reflejo de las luces de un zaguán; era la única casa en la
calle que se veía iluminada. Ketti la hizo notar á Dik y le dijo:
--Es allí.
Llegaron. El atrio, por decirlo así, estaba alumbrado por una lámpara en
que una estopa anegada en aceite producía una gran llama, á cuyo
resplandor se veían monteros, pajes y palafreneros, con el blasón de su
dueño al pecho, y agrupados alrededor de una gran chimenea, bebiendo,
riendo y murmurando. Un esclavo etíope estaba á guisa de centinela
apoyado en el dintel de la puerta. La joven pasó sin dificultad delante
de aquel cancerbero, que se interpuso al paso de Dik despojándose de la
gorra y preguntándole en mal inglés, aunque con respeto:
--¿A dónde va monseñor?
--Conduce á ese caballero á la sala de armas, contestó Ketti, que se
había detenido previendo aquella dificultad.
El negro tomó la lámpara, y Dik pasó siguiéndole junto á aquella turba
de hombres de armas, monteros y palafreneros, que se levantaron
descubriéndose en señal de respeto, y atravesó el zaguán, mientras Ketti
se perdía por la entrada de una estrecha escalera.
El esclavo hizo pasar al joven un largo patio de altos arcos góticos,
subir una escalera, atravesar un largo y descubierto corredor; y
abriendo una puerta, dijo señalando el interior á Dik:
--He ahí la sala de armas, monseñor.
El negro se inclinó y se alejó. Dik entró y cerró.
Se hallaba en un gran salón, alumbrado por una sola lámpara colocada
sobre una mesa en el centro de él; la dudosa claridad que irradiaba á
pocos pasos de distancia, se quebraba débil y medrosa en caprichosos
reflejos sobre la acicalada superficie de arneses, lorigas, espadas,
hachas de armas y mazas de hierro, que componían las numerosas manoplas
colgadas irregularmente entre los góticos calados de los muros; las
ojivas recargadas de grandes florones, estaban confundidas en la
oscuridad, y sobre el embaldosado de mármol resonaban produciendo un eco
sonoro los pasos de Dik, que pasaba y repasaba junto á aquellos
brillantes trofeos, sin que le debiesen una sola mirada, sin que le
arrancasen á su profunda meditación.
Pero al pasar junto á una pequeña puerta, se detuvo levantando su cabeza
como si despertase de un letargo; había oído pronunciar su nombre á una
voz de mujer, cuyo eco vino á herir en sus recuerdos lejanos: hablaba
con Ketti.
Es necesario creer en las apariciones; oyó que decía aquella voz: Ve por
él, Ketti: veamos si aún no ha desaparecido.
Una sonrisa ruidosa y alegre terminó aquella observación, á la que
siguió un ligero altercado.
--¿No oís que necesito franco el paso? dijo una voz junto á Dik, al
mismo tiempo que una mano tocaba á la puerta.
Volvióse el joven y vió junto á sí un hombre que retrocedió al ver el
semblante de Dik, que hasta entonces había estado de frente á la puerta,
y que retrocedió también.
--¡Ah! ¿sois vos, Agiab? Gracias á Dios que os encuentro, dijo Dik.
El nombrado Agiab tartamudeó algunas frases.
--No, ahora mismo no; añadió Dik dando una intención á estas palabras.
Por lo que veo, sois un gran señor, y los grandes señores es difícil que
se pierdan en Londres.
Dicho esto, se apartó adelantando á lo largo de la sala; el otro hombre
le miró profundamente y llamó con la mano á la puerta, que se abrió como
obedeciendo á un resorte. Una joven apareció tras ella con una lámpara
en la mano: el que llamó pretendió entrar.
--Es imposible, señor Saul, dijo la joven interponiéndose; la señora se
está ataviando para el festín de Whitehall, y es imposible verla. Luego
añadió, arrojando una mirada á la sala y viendo á Dik que observaba esta
escena.
--¡Eh! caballero, el que habéis venido con Ketti la costurera: mi señora
lady Ester desea que paséis á su cámara.
La maliciosa muchacha miró á Saul ó Agiab con un mohín picaresco, y
después de haber dejado pasar á Dik, que se adelantó, cerró la puerta
dejando plantado al otro, y corrió los dobles cerrojos dando salida á
una insolente carcajada.
Dik alzó un tapiz separado de la puerta por el grueso del muro, y se
halló en un pequeño retrete alhajado con todo el gusto de aquella
época.
V
LADY ESTER
Antes de adelantar, Dik abarcó en una mirada el cuadro que procuraremos
presentar á nuestros lectores. Era un saloncito octógono, de techumbre
baja y ensamblada, de paredes cubiertas de cuero pintado y dorado, en
que reflejaba la luz de dos lámparas de plata; la una estaba suspendida
de la asambladura; la otra, colocada sobre una mesa de roble, recargada
de grotescas y pesadas molduras; una caja de hierro abierta ostentando
ricas joyas, brillaba sobre la mesa; algunos sillones, también de roble,
de alto respaldo coronado por un blasón entre follajes dorados, circuían
el retrete, y multitud de pieles de oso hacían el oficio de alfombra.
Aquella estancia sólo tenía dos puertas; una era aquella por donde
penetró Dik, otra pequeña también estaba colocada frente á ésta, y entre
las dos figuraba una alta ventana ojival, perfectamente cerrada por
tableros de roble, también blasonados.
Sentada en uno de los dos sillones junto á la mesa había una mujer
joven, como de veinticinco años; una esclava negra, sentada sobre las
rodillas frente á ella, estaba casi oculta por una placa de acero
bruñido en el que se reflejaba como en un espejo la joven del sillón;
dos jóvenes casi niñas, alegres y risueñas, estaban apoderadas de su
profusa cabellera negra; otra, la misma que introdujo á Dik, sentada
sobre la alfombra se ocupaba en calzarla una especie de coturno, y
últimamente Ketti, de pie, pálida y sombría, estaba tras el sillón con
un traje terciado en el brazo.
Dik había sido introducido en lo que ahora llamaríamos el tocador de una
dama; en el sagrado recinto donde sólo penetraban en aquella época los
amantes favorecidos y los bufones.
Dik pasó alternativamente su mirada de Ketti á lady Ester, hermosuras
brillantes que fijaban á un tiempo sobre él su mirada de una manera
particular. En la de Ketti había amor y celos, en la de lady Ester una
viva expresión de admiración, semejante á la que causa la vista de una
persona conocida tras una larga ausencia.
Dik miraba del mismo modo á lady Ester, pero con una expresión de
alegría que lastimaba de una manera profunda á Ketti.
--¿Con que sois vos, amigo mío? dijo al fin lady Ester dirigiéndose al
joven, que no había adelantado un paso; acerca un sillón Ketti; ponlo
aquí, más cerca aún; sentaos, Ricardo, sentaos; me alegro de haberos
hallado, olvidadizo caballero; tengo mucho que deciros, mucho de qué
quejarme. Dejadnos solos, añadió dirigiéndose á su servidumbre.
La esclava y las doncellas salieron, arrojando á hurtadillas una
maliciosa mirada á Dik. Ketti, muda y silenciosa, parecía clavada junto
al sillón que el joven había ocupado. Fué necesario para que saliese,
que lady Ester repitiese su orden.
Ketti salió; los dos jóvenes quedaron solos.
Ester miraba á Dik de una manera avara; Dik devoraba la vigorosa
hermosura de la joven, abandonada en el sillón con su largo cabello
formando un marco negrísimo alrededor de su semblante encantador, y
perdiéndose destrenzado sobre un cuello admirable y unos hombros de la
más mórbida redondez; una sonrisa fascinadora entreabría su boca
voluptuosa, que callaba, dejando hablar á dos ojos negros, lánguidos,
enloquecedores.
Lady Ester era entonces la personificación del espíritu tentador.
--Y bien, caballero: ¿dónde habéis estado cuatro años? ¿Sabéis que tengo
mucho que quejarme de vos? Casi casi os había creído muerto.
--Y bien, Ester, has recurrido á los vivos y has hecho bien, ¡por la
cruz roja! Un Obispo que da festines y un judío que se arruina, son más
raros, más preciosos que un matamoros que se ennegrece al sol y al aire
de la Siria.
--Y añadid á eso, que vuelve y se enamora... porque creo que tenéis
amores con una de mis criadas.
--Es verdad; necesitaba curarme del amor de una mujer hermosa, y recurrí
á otra mujer hermosa.
--¡Curarte, Ricardo! ¿y por qué?
--Veamos, Ester, contestó Dik colocándose, ó mejor dicho, abandonándose
en la posición más cómoda; recordemos nuestro pasado; pero ante todo,
haz que me traigan algo; no he comido en tres días.
Lady Ester saltó de su sillón al oir esta demanda, que demostraba
existía la más lata confianza entre ella y Dik. Cruzó sobre su pecho un
ancho ropón forrado de armiño, y corrió á la puerta por donde había
desaparecido su servidumbre.
--¡Ola! dijo.
La negra que hemos visto sosteniendo el espejo se presentó; lady Ester
la dijo algunas palabras en voz baja, y fué á sentarse junto á Dik.
--¡Tres días! murmuró fijando en él una extraña mirada. ¿De dónde venís,
caballero? Contadme eso, me tenéis impaciente.
--Sepamos antes en la posición respectiva en que nos hallamos colocados,
contestó Dik; hace cuatro años, cuando yo partí para la Tierra Santa era
un joven caballero de tez blanca, cuerpo gallardo y cabellos blondos; me
hallaba sobre el puente de una galera real, al lado de un rey que
departía conmigo como con un hijo, á la vista del pueblo de Londres, que
cubría ambas riberas del Támesis; me había despedido de una mujer joven
y hermosa que me amaba, y aquella mujer, asomada á las almenas de
White-Tower, se despedía de mí la postrera vez agitando un lenzuelo al
lado de una reina que saludaba también al rey, y tal vez á mí; era yo
entonces lo que se llama un favorito halagado por la fortuna, un hermoso
joven, un bizarro caballero, que podía escoger para su amor la más
noble, la más hermosa de las mujeres de los Tres Reinos, sin temor de
ser desdeñado, á pesar de que su origen era dudoso, y la nobleza de su
raza empezaba en él mismo.
En este momento las dos jóvenes que hemos visto peinando á lady Ester
entraron precedidas de la esclava, conduciendo una pequeña mesa en que
traían un pedazo de jabalí, un jarro de oro lleno de vino y una copa
riquísima. Las jóvenes salieron; la esclava permaneció, y escanció el
vino. Dik comió.
--Si queréis que prosiga, dijo un momento después Dik, haced que
quedemos solos.
--Es sorda y muda, contestó lady Ester refiriéndose á la esclava.
--En ese caso, prosigo. La galera partió, la torre desapareció;
desapareció, en fin, Inglaterra. El joven caballero fué cruzado; se
batió como un león, porque amaba como un loco. Era pobre y sin nombre, y
llegó á ser marqués de Tiro.
--¡Cómo! exclamó lady Ester; ¿pues qué se ha hecho de Conrado?
--Murió en Jerusalén, asesinado por el _Viejo de la montaña_. Es una
historia de guerra que nada nos interesa.
--¿Y Ricardo?
--¡Pues! Ricardo me hizo donación del marquesado; un marquesado que no
era más que un nombre; pero un nombre era mucho para lord Salisbury.
Lady Ester nubló el rostro al oir este nombre.
--Me olvidaba, Ester; ese nombre debe entristecerte. Ignoraba que tu
padre había...
Dik se detuvo.
--¿Muerto?... exclamó lady Ester, fijando en Dik una mirada indagadora.
--O desaparecido, contestó Dik sin vacilar, de la manera más natural.
Lady Ester siguió escuchando pensativa.
--Decía que el joven tenía un título sin estados, y quiso tenerlos.
Estaba empeñado en una guerra de conquista, y no creyó imposible
encontrar un tesoro en Siria para comprar un condado en Inglaterra. Pero
la suerte le fué fatal. Firmáronse las treguas de Tolemaida, y después
de fiestas y torneos inútiles, se embarcó el cruzado con el rey en San
Juan de Acre, casi lo mismo que había desembarcado los años antes; es
decir, pobre y enamorado, con un título de marqués de Tiro, un nombre de
guerra, un arnés de combate y algunos florines en la escarcela. Es
decir, el nuevo marqués era un aventurero, sin más bienes que su espada
y el favor de un rey tan pobre como él.
Dik había dejado de comer; lady Ester hizo una seña á la esclava, y los
dos jóvenes quedaron solos.
--Ahora bien; el rey y el favorito pasaban horas enteras, el uno
hablando de su Berenguela y de su Inglaterra, el otro de su Ester. Ambos
temían haber sido olvidados y vendidos, y ambos tenían razón. La
Inglaterra ha renegado de Ricardo Plantagenet; Ester no llama ya su
amante, su hermano, á Ricardo Espada-larga.
--¡Ricardo!
--Antes me llamabas Dik; me decías: yo te amo. Ahora me dices Ricardo;
me tratas como un extraño...
--Y te recibo en mi retrete, Dik...
--Es que al entrar en ese retrete, pude ver á alguno que pretendía
entrar también, contestó Dik con voz profunda.
--¡Saul! ¡Bah! ¿y cómo quieres que pase las horas de fastidio que me
acosan hace cuatro años? ¿No puede una mujer tener un juguete sin que se
lo arrojen á la cara? Eres injusto, Dik.
--Y no bastándote un judío por juguete, eliges otro en un Obispo; es
cosa extraña.
--¿Y si no fuese un juguete? observó con acento sombrío lady Ester.
--¿Luego no me han engañado?
--¿Crees que puede decirse á una mujer: «tu padre ha desaparecido, no se
sabe si vive ó si ha muerto,» cuando esta mujer es la hija del conde de
Salisbury, primer justiciero de Inglaterra, vasallo leal que sostenía
los derechos del rey contra el Obispo y Juan-sin-tierra, sin que esta
mujer piense en vengarse, sin que acoja llena de placer el amor del que
cree asesino de su padre?
--¡Ester!
--¿Sin que, oyéndose llamar hermosa, traiga sobre la cabeza del asesino
una venganza cualquiera; aunque sea por medio de un loco celoso?
--Es decir...
--Que te amo, Dik; que no te he olvidado un solo día; que he rogado á
Dios por tu vida, si vivías; por tu descanso, si habías muerto; que no
amo á nadie más que á tí, ni pertenezco á otro que á tí, por más que las
apariencias me condenen.
Y Ester fijó en el joven la mirada de sus hermosos ojos negros, intensa,
fija, en que estaban pintadas la esperanza y la duda; mirada suplicante,
apasionada, fascinadora, que hizo estremecerse de amor á Dik. El hombre
desesperado empezaba de nuevo á amar la vida; con su amor renació su
ambición; vió pasar delante de su mente cien fantasmas tentadores; la
riqueza con sus alcázares opulentos, la nobleza con su orgullo, la
voluptuosidad velada por nubes de perfumes; pasaron junto á él
brillantes cabalgatas, pendones blasonados por cuarteles de oro, hombres
de armas, esclavos servidores; junto á él estaba la mujer que le
enloquecía, hermosa como la Venus púdica, incitadora como la Venus del
Ticiano; estaba allí, con la cabellera destrenzada, sus ojos mirando á
sus ojos, la hermosa boca entreabierta y los hombros desnudos; pero á
veces, detrás de aquella mujer pasaban dos sombras de aspecto sombrío,
dos sombras que fijaban en ella una mirada de amor, que despertaba los
celos y la cólera en el alma de Dik.
--Y bien, dijo dominado por sus sospechas; ¿si me amas, á qué alentar el
amor de esos hombres?
--Oye, Dik, le dijo Ester acercando aún más su sillón, y abandonándose
en una posición descuidada sobre uno de los brazos del de Dik; yo había
escuchado á esos hombres, porque los necesitaba; yo había creído deber
hacerlo, porque era mujer, y mis armas eran sólo el amor; pero ahora que
te tengo á tí, tan valiente, tan generoso; tú, á quien amo y á quien he
elegido para hacerte dueño de todo el amor de mi alma, tú me vengarás,
¿no es verdad?
Dik fijó una mirada recelosa en la mirada de Ester; sólo vió en ella
amor, súplica, esperanza.
Dik acabó de enloquecer.
--Sí, te vengaré, la dijo; pero es necesario que nos separemos; yo
sufriré mucho junto á tí.