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[La ortografía del original (del año 1888) está conservada.]
OBRAS ESCOGIDAS
DE
M. FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ
LOS HERMANOS
PLANTAGENET
SEGUNDA EDICIÓN
MADRID
EST. TIP. DE RICARDO FÉ
CALLE DE CEDACEROS, NÚM. II
1888
LOS HERMANOS PLANTAGENET
Es propiedad.
[Illustration]
I
LOS HERMANOS DE LA NIEBLA
El día 15 de noviembre de 1194, á la hora en que el sol se ocultaba tras
los remotos confines del condado de Middlesex, tiñendo con reflejos
amarillentos los girones en que se rompía al Occidente el ancho pabellón
de nubes que encapotaba el cielo, una galera de altos mástiles y agudas
velas navegaba lentamente, ayudada por los remos de cien galeotes,
subiendo con dificultad la corriente del Támesis, á dos leguas de
distancia de Londres.
Sobre el alcázar de popa de esta galera, recostado en un mástil en que
apenas ondulaba al débil impulso de una pesada brisa sudeste un pendón
rojo, cuyas plegaduras no permitían conocer los detalles del blasón que
dejaba notarse de una manera confusa sobre él; apoyado en este mástil,
repetimos se veía un hombre de figura atlética, con la mirada fija en la
distante ciudad.
Rodeábanle otros tres hombres, pero á cierta distancia, sin duda por
respeto, que miraban al mismo punto que el primero, con una expresión
marcada de impaciencia.
Y esta impaciencia era muy natural; la galera adelantaba con tanta
lentitud, que á primera vista hubiérasela podido creer anclada, á no ser
por el continuo y monótono ruido que producían azotando el agua los
remos de los galeotes.
Suponiendo que nuestros lectores se impacientarán si llamamos mucho
tiempo su atención sobre el perezoso bastimento, lanzaremos nuestro
relato á _todo vagor_, pasaremos como un meteoro entre las áridas y
solitarias riberas de los condados de Surrey y Middlesex, cuyos límites
naturales entre sí señala el Támesis, y sólo nos detendremos en una
ensenada de la isla de los Perros.
Una vez allí, deberemos tomar tierra y observar. El islote que hoy se
denomina de los Perros, era en la época á que nos referimos, un terreno
largo y extrecho, levantado sobre el río á gran distancia de entrambas
márgenes. Coronábalo un espeso bosque de árboles que la mano del hombre
no había cultivado; y ninguna senda nacía en sus riberas que atestiguase
el paso de la planta humana. Nadie había pensado en ponerle nombre, ó al
menos nosotros lo ignoramos. Sea como quiera, desde él se veía
perfectamente á Londres tendido á su altura, y levantando sobre la
margen izquierda el recinto torreado de la ciudad y la villa, y sobre la
derecha las feas casas de madera del arrabal Sowttwark. Nada de notable
se veía en éste, mientras por el contrario, dominando los muros de la
ciudad y de la villa, se destacaba sobre el doble fondo de los campos y
del celaje la confusa aglomeración de torres de la Torre de Londres,
entre las cuales como un pino entre retamas se alzaba la de White-tower
(Torre blanca) construida por Guillermo el Conquistador: más allá en el
centro de la ciudad, aparecía la gótica torre de la iglesia de San
Pablo, destruida más adelante por un incendio en 1666, y reconstruida en
1675 por el ilustre arquitecto sir Cristóval Wren; últimamente, las
agujas de la abadía de Westminster, las cúpulas de Whitehall y de San
James, y las menos notables de la iglesia de San Miguel en Cornhill, y
las de San Bride y San Duntan, se levantan sobre la extensa silueta de
Londres.
La niebla que acompaña los crepúsculos de invierno en Inglaterra, había
ya cubierto la tarde en que empieza la acción de nuestro drama, las
copas de los álamos más elevados del islote, y descendía lentamente de
un celaje encapotado, presagiando una noche oscurísima, que se acercaba
sensiblemente. Bien pronto al crepúsculo sucedió una claridad dudosa,
débil, que desapareció en fin; la niebla envolvió á Londres, púsose
húmeda y fría sobre la tierra, y unióse al fin más densa y más glacial
sobre la corriente del río. Nada se vió entonces. Parecía que el caos
tornaba á pesar sobre la creación.
Pero en medio de este caos se elevaba un rumor lejano, perdido, confuso;
rumor extraño, difícil de analizar; era el álito de Londres que bebía en
sus tabernas, que bailaba en sus salones, que se agitaba en sus plazas,
que rompía la tierra de sus cementerios; era Londres oprimido por la
rapiña y las horcas de un obispo canciller; Londres monopolizado por sus
lores, Londres diezmado á la par por el hambre y por la peste, y que
sin embargo, se embriagaba, danzaba, murmuraba y enterraba; aquel rumor
era el gemido de un gigante enfermo.
Esto por la parte de Londres; en los campos y en el Támesis el más
profundo silencio, y sin embargo, si algunos momentos después que la
niebla se había enseñoreado de la noche, alguno que, colocado sobre
cualquiera de las márgenes del islote, hubiese poseído un oído
exquisito, hubiera notado un rumor imperceptible en las aguas,
comparable en su origen al sonido ténue de una hoja movida por una brisa
sutilísima, más sensible después, y semejante al que produce un cuerpo
que agita el agua sin azotarla; rumor pausado, uniforme y continuo que
hubiera anunciado á un marino la proximidad de un pequeño buque
impulsado por remos; después hubiera sentido un choque débil, un
estremecimiento pasajero, y después de un salto, las pisadas de un
hombre sobre la maleza.
Y en efecto, así sucedió. Una barca pequeña, según podía juzgarse por el
valor del ruido que producía su proa cortando el agua á impulso de dos
remos hasta llegar al islote, arribó á su orilla, y de ella saltó una
sombra, después de haber amarrado el batel á la maleza que se dejaba
lamer de la corriente, tendiéndose á lo largo de ella cual si fuese una
gigante y extraña cabellera; aquel sér, que merced á la niebla hubiera
podido pasar por sombra, á no ser por el áspero ruido que producía en el
ramaje al atravesarlo, revelando de aquel modo una existencia corpórea;
se alejó hacia el centro del islote, y muy pronto dominó de una manera
absoluta el silencio turbado un momento por su pasajera aparición.
Muy pronto se percibió en el río otro rumor semejante al anterior; otra
lancha chocó de proa en la ribera del islote, á poca distancia de la
primera; como ella fué amarrada á la maleza, y otra sombra saltó en
tierra y adelantó, alejándose en la misma dirección que la anterior.
Y una tras otra atracaron sucesivamente al islote otras cuatro lanchas;
una tras otra se perdieron por el mismo camino otras cuatro sombras.
La ribera sujetaba seis lanchas, seis sombras habían penetrado en el
islote.
Inútil hubiera sido esperar otra aparición; pero si á nuestros lectores
no place tal cantinela en un sitio húmedo por la doble influencia del
río y de la niebla, sigamos, si es que no temen aventurarse, en la misma
dirección de los seis personajes de las lanchas.
A poco que andemos, nos encontraremos en el centro del islote; pero ya
que somos dueños del tiempo y del espacio, precedamos algunos momentos
al primer _espectro_ (si se nos permite llamar así á un sér que la
oscuridad permite apenas entrever de una manera informe), al primer
espectro, repetimos, que en tal noche y á tal hora visitaba el solitario
islote del Támesis.
En el centro de la alameda que le cubría, en medio de un claro, se
notaba una mole informe también, pero que demostraba ser una habitación
de hombres, puesto que por las rendijas de una puerta mal cerrada, se
veía luz en el interior.
Entremos, tomemos posesión de ella, y observemos.
Era una cabaña cuadrada, construída con ramas de árboles, cuyos
intersticios estaban cubiertos con tierra amasada, y protegida por un
techo de ramas y cañas, en cuyo centro había una claraboya circular,
que, atendido un hogar formado con piedras y perpendicularmente situado
bajo ella, servía, según probabilidades atendibles, para dar salida al
humo en algunos casos, y entrada á la lluvia en otros: en torno de este
hogar, sobre un suelo húmedo y resbaladizo; se veían seis piedras,
destinadas sin duda á servir de asiento á seis personas. Esta cabaña no
tenía otras aberturas para dar paso al aire y la luz que la claraboya
que hemos descrito, y una estrecha puerta, al través de cuyas rendijas
hemos hecho notar al lector el reflejo de una luz.
El aspecto de esta cabaña era desconsolador, por su rígida rusticidad,
por su absoluta carencia de todo objeto propio para cubrir las
necesidades más fútiles de la vida, si se exceptúan algunos haces de
ramajes arrojados en un ángulo y algunas astillas de tea.
Por lo demás, prescindiendo de un hombre que, sentado sobre una de las
piedras se veía al resplandor de una tea encendida, clavada en el suelo
y próxima á consumirse, las cenizas esparcidas sobre el hogar y la densa
capa de hollín que cubría las paredes y el techo, mostraban que aquella
incómoda vivienda era habitada.
El hombre que hemos dicho se veía sentado sobre una de las piedras, era
un joven como de veintidós años; su semblante, sin ser hermoso, poseía
esas líneas atrevidas y vigorosas que constituyen la majestad de la
antigua estatua romana; sus miembros robustos, musculosos, participaban
á un tiempo de la fuerza del _gladiator_ y de la agilidad del montañés:
y todo este conjunto, tostado por el aire y por el sol, tenía algo de
selvático, algo que hacía semejarse á este hombre al hombre de la
naturaleza, cuando éste no conocía otro albergue que le protegiese del
rigor de las estaciones, más que el ramaje de los bosques ó las
estalactitas de una caverna.
Descendiendo á los detalles de este sér, la misma robustez, la misma
energía que se notaba en su conjunto, se daba á conocer en cada una de
sus partes: larga, espesa y negrísima cabellera; frente espaciosa; cejas
negras, también anchas y dilatadas; ojos pardos, grandes y de mirada
fija y sombría; nariz recta, de vigoroso perfil y órganos un tanto si se
quiere exagerados; boca dotada en su desdén de cierta expresión de
fuerza, en su sonrisa de una despreciadora insolencia; barba completa,
negra y de medianas dimensiones; cuello corto, grueso y nervioso como el
del toro; por lo demás, estatura de atleta.
El traje de este hombre era lo más estricto que darse puede: consistía
en una especie de gabán que dejaba desnudos los brazos, las piernas y
gran parte del pecho; este gabán era de una tela de lana fuerte y
tupida, listada á cuadros por anchas líneas de colores que un tiempo
debieron ser rojos y negros, pero á quienes había hecho desmerecer en
gran manera la influencia del sol y de la lluvia. Este saco, que era lo
único que le hacía no aparecer enteramente desnudo, estaba sujeto á su
cintura con una tira de cuero, de que pendía un largo y ancho cuchillo
corvo, con empuñadura de asta de ciervo y cubierto con una vaina de piel
sin curtir; un tahalí de mismo cuero sujetaba á su espalda una especie
de aljaba donde se veían algunos venablos, y últimamente, una ballesta
arrojada en el suelo, completaba el armamento de este extraño personaje.
A más de las particularidades que hemos descrito, otras accidentales y
casi del momento, le hubieran hecho notable á los ojos del más
indiferente; su cabellera estaba impregnada de agua, así como su gabán,
haciendo presumir que poco tiempo antes acababa de tomar un baño,
indudablemente forzado, puesto que en sus brazos y en sus piernas se
veían señales sangrientas, tales como las que pueden producir una caída
desgraciada ó el golpe de un látigo.
Por lo tanto, no es de extrañar que nuestro héroe mostrase en su mirada
un disgusto sombrío que le hacía aparecer fija y feroz, ni la frecuencia
con que fruncía su entrecejo y mordía impaciente su labio inferior.
Aquel hombre era sin duda un fugitivo, porque al ruido producido por una
ráfaga de viento sobre la techumbre de la cabaña, ó al mecer el ramaje
de la cercana alameda, miraba con la expresión vaga de inquietud que
marca el terror, á la puerta entreabierta; y perdido el rumor que le
había alarmado, volvía á su inmovilidad y á su sombría expresión de
disgusto.
Pero una de las veces en que su cabeza se elevó, como la de un ciervo
perseguido que escucha á lo lejos los ladridos de los perros, no
permaneció inerte como las veces anteriores; púsose en pie de un salto,
levantó del suelo la ballesta, armó en ella un venablo, y después de
pisar la tea que casi tocaba á su fin, desapareció por la puerta,
dejando la cabaña envuelta en la más densa oscuridad.
Con una exquisita finura de oído, peculiar á los cazadores montañeses,
había escuchado el leve rumor de unas pisadas en dirección á la cabaña,
cuya puerta rechinó un momento después, empujada por alguno que penetró
en el interior.
El choque de un acero sobre un pedernal se dejó oir instantáneamente, y
algunas chispas lívidas irradiaron entre la oscuridad en el sitio de la
cabaña donde se hallaba el recién venido; poco después dos teas ardían
esparciendo en torno su opaca claridad y exhalando un humo compacto y
resinoso.
Entonces se vió á su reflejo un hombre como de treinta y cinco años,
vestido severamente de negro, y cubierta la cabeza con un gorro del
mismo color, que sujetaba las guedejas de una cabellera gris, larga y
espesa, que servía, por decirlo así, de marco á una cabeza en que un
frenólogo hubiera hallado las protuberancias que distinguen á un
pensador. Este hombre era de mediana estatura; vestía el traje de los
abogados de aquella época, y, aunque arma impropia de su estado,
ostentaba en su cintura, sujeto con un ceñidor de piel curtida, un puñal
que casi llegaba á las dimensiones de espada. A pesar de lo solitario
del sitio, un antifaz cubría el rostro de este hombre desde el
nacimiento de la frente hasta la parte media de la nariz.
Hemos dicho que en un ángulo de la cabaña había algunos haces de ramaje,
y ahora, á fuer de minuciosos descritores, diremos que parte de ellos
fué trasladada al hogar, y que inmediatamente la luz de una hoguera hizo
inútil, envolviéndola en su resplandor, la de las teas.
En este momento otro hombre entró, arrojó en torno una mirada
inquisidora, y al reparar en el del antifaz, preguntó en voz gutural y
marcada al que entraba, que no adelantó un solo paso:
--¿Qué hora es?
--La del sufrimiento, contestó el preguntado.
--¿Qué hora esperas? repuso el otro.
--La de la justicia.
--¿Quién eres?
--Hermano de mi hermana.
--¿Quién es tu hermana?
--La niebla.
--¿Tienes hermanos?
--Sí, los hermanos de la niebla.
--Bien venido seas, hermano.
Y aquellos dos hombres acortaron la distancia que les separaba, y se
estrecharon las manos. Después el recienvenido fué á sentarse en la
segunda piedra de la derecha del fondo.
Este nuevo personaje llevaba también antifaz; era robusto y joven, á
juzgar por la energía de su mirada, que dejaba verse al través de las
averturas del cuero negro que le enmascaraba; su traje era el de los
cortadores de Londres; coleto y calzones de paño rojo, gorro de baqueta,
medias azules y zapatos ferrados. Llevaba á la cintura, y en la misma
forma que el de lo negro, un cuchillo ancho y afilado, cuyo principal
destino era sin duda, atendida su forma, desollar reses. El más profundo
silencio reinó durante un momento, antes de que se presentase otro nuevo
interlocutor, que, como el del coleto colorado, se detuvo á la puerta.
--¿Qué hora es? le preguntó desde su asiento el hombre del traje negro.
--La del sufrimiento, contestó el interrogado.
--¿Qué hora esperas?
Una contestación igual á la que diera el cortador á esta pregunta salió
de los labios de este tercer hombre, y las sucesivas fueron semejantes á
aquéllas en un todo. Aquel diálogo era sin duda una seña.
Después de haber saludado y estrechado las manos á los dos amigos, este
hombre fué á sentarse en la tercera piedra de la derecha. Su traje era
el de los estudiantes de Londres de entonces: un bonete de bayeta negra,
y una hopalanda á manera de toga de la misma tela; llevaba un antifaz
como los otros, y, á juzgar por su talante, debía ser muy joven.
Otro hombre apareció inmediatamente; fué interrogado del mismo modo que
los anteriores, y después de un saludo igual tomó asiento en la cuarta
piedra.
Este hombre parecía anciano; vestía un traje y una capa de paño pardo;
llevaba antifaz, y cubría sus cabellos un sombrero gris de ala ancha.
Un quinto interlocutor se dejó ver de la misma manera que los
precedentes: fué asimismo interrogado, saludó y fué á sentarse en la
quinta piedra.
Su traje era de ante, á que el tiempo había dado un color oscuro; su
rostro estaba cubierto con un antifaz; su edad podría suponerse entre
treinta y cuarenta años, atendida su mirada y el estado de su cabellera.
La única arma de este hombre era un bastón ferrado, que, aunque de gran
peso, manejaba como si fuera una caña.
Otro hombre, en fin, se dejó ver. Contestó como los anteriores á las
preguntas que se le hicieron; pero su voz era mucho más sombría que la
que antes que ella habían resonado en la cabaña; saludó á cierta
distancia, y sin tender la mano á ninguno de los cinco hombres, fué á
sentarse en la última piedra.
Su traje y su antifaz eran enteramente colorados; llevaba la cabeza
descubierta, una cuerda del grueso de un dedo, lustrosa y usada, daba
muchas vueltas á la cintura, y un largo espadón de á dos manos, de punta
roma y encerrado en una vaina de acero blanco, pesaba sobre su espalda
sujeta por un ancho tahalí con hebilla de hierro.
Las seis piedras estaban ocupadas; la luz de la hoguera reflejaba en
seis hombres de trajes y edades diferentes, alumbrando un conjunto como
no soñó la atrevida imaginación de Teniers en sus cuadros más
originales.
El hombre que había ocupado la primer piedra, el que había interrogado á
los otros cinco, se levantó entonces, y dirigiéndose al último, le
preguntó:
--¿Sabes dónde estás?
--Sí, en el tribunal de justicia de los hermanos de la niebla.
--¿Quién te ha traído?
--Una lancha.
--¿Cómo te llamas?
--Entre vosotros, hermano de la niebla.
--¿Y entre los hombres?
--El verdugo de la prevostía de Londres.
Un estremecimiento involuntario se dejó oir en cada uno de los otros
cinco, y el rumor de algunas frases inarticuladas se percibió
momentáneamente.
--¡Silencio! exclamó el primer hombre; ¿y con qué objeto te has unido á
nosotros?
--Con el de vengarme.
--¿De quién?
--De los hombres.
--Los hombres no pueden insultarte, tu posición te aisla; sobre tu traje
colorado no es posible una mancha.
--No vengo representando mi presente; es una consecuencia de mi pasado;
vengo por mi pasado.
--Déjanos ver tu rostro.
El verdugo se arrancó el antifaz; un semblante lívido, enflaquecido, en
cuyas profundas órbitas brillaban unos ojos de mirada implacable, en que
el sufrimiento ó el remordimiento habían impreso arrugas prematuras, se
ofreció sucesivamente á cada una de las miradas de los cinco; semblante
marcado por una sonrisa glacial que respondía por un corazón desgarrado
por terribles penas.
--¿Cómo te han ofendido los hombres?
--Está en el corazón, contestó el verdugo; mi historia es un secreto que
no me pertenece; mi historia os diría mi nombre; yo no tengo ya nombre,
debo olvidarlo.
El verdugo sentóse de nuevo y guardó silencio.
--¿Y tú, quién eres? preguntó el que había interrogado al verdugo al
quinto hombre.
--Hermano de la niebla; me llamo Tom Flavi, y soy uno de los llaveros de
la torre de Londres.
Diciendo esto, se arrancó el antifaz y dejó ver un rostro franco y
valiente, en que brillaba cierta expresión de entusiasmo.
El verdugo y el llavero se miraron como personas conocidas, pero de un
modo particular.
--Y tú, ¿cómo te llamas? dijo el interrogante al cuarto personaje.
Púsose de pie y contestó:
--Aquí, hermano de la niebla; en la plaza del mercado, Jorge Rak,
mercader de paños y lienzos.
Arrancóse el antifaz, y el verdugo vió en el semblante de este hombre,
venerable ya por su ancianidad, otro antiguo conocido.
Sentóse Jorge Rak, y el presidente de aquella extraña asamblea se
dirigió al tercer hombre.
--¿Quién eres, y cómo te llamas?
--Hermano de la niebla aquí, estudiante de teología en la Universidad;
mi nombre es Williams Caridemus.
Descubrióse y dejó ver un semblante alegre á pesar de la gravedad de que
quería revestirlo; un semblante picaresco y atrevido, con la bulliciosa
sonrisa del estudiante vivaracho, que sólo cuenta dieciocho años.
Sentóse y llegó el turno de ser interrogado en la misma forma al segundo
hombre, que respondió:
--Soy hermano de la niebla, cortador de la muy noble carnicería de la
buena y leal ciudad de Londres (el carnicero recalcó estas últimas
palabras), y me llamo John Asta-de-buey; tras esto sentóse; despojóse
del antifaz, y dejó ver un rostro orlado de larga cabellera, barba negra
y revuelta, cejas descomunales, ojos atrevidos, nariz ancha y roma, y
boca de estremada magnitud.
Sólo nos falta conocer la fisonomía, el nombre y la condición del
presidente, que á su vez despojóse del antifaz, y dejó descubierto un
semblante noble, majestuoso y dulce á la par, de color blanco mate, en
que se marcaba un temperamento nervioso, de ojos grandes y lánguidos, de
mirada fija y escudriñadora.
--Yo soy como vosotros, hermano de la niebla, abogado, y mi nombre Adam
Wast.
Sentóse, y después de un momento de silencio, dijo:
--Todos nos conocemos, y nuestro conocimiento data de la misma fecha.
Hace dos años nos reuníamos todos los días...
--En la Torre de Londres, en el patio de los calabozos, observó el
estudiante interrumpiendo á Adam Wast.
--Cabalmente, en el patio de los calabozos, eso, es. Aquella era una
época terrible. La Inglaterra tenía un trono sin rey, y un canciller
regente sin corazón; las vidas, las honras y las haciendas eran
patrimonio del obispo de Eli, y estaban á merced de los miserables
sicarios que le rodeaban y aún le rodean; mi casa fué allanada, y mi
persona reducida á prisión, porque invoqué ley en favor de un hombre
ultrajado por el obispo.
--Y yo, por haber roto la cabeza á un arquero del canciller obispo, que
pretendía vivir á mi costa robándome carne, observó John Asta-de-buey.
--Y yo, por haber defendido teológicamente, que el obispo de Eli era un
diablo con sotana, añadió el estudiante de teología.
--Y yo, por haberme negado á satisfacer un doble derecho sobre mis
géneros á los comisionados de los Aldermen, balbuceó el anciano Jorge
Rak.
--Se nos había detenido injustamente, éramos inocentes, y nos unimos por
simpatías; la Torre de Londres era para nosotros un libro en que
leíamos, de una manera clara, infamias y desafueros que generalmente
quedan consignados como un misterio en las páginas de piedra de aquel
gigante maldito, y que no pueden concebir los que no han pasado sus
poternas, que pocas veces se abren para dar salida á vivos; desde lo
sombrío de nuestros calabozos meditamos sobre el destino de Inglaterra,
y le vimos oscuro, tenebroso, sin que una lejana esperanza pudiese
consolarnos. Vimos un trono abandonado por un rey guerreador, que no
sabiendo engrandecer su país, hacerle libre y fuerte, y por consecuencia
feliz, llevaba su espada á una empresa fanática, al lado de los
fanáticos cruzados, perturbadores de un país para el cual eran un azote
de Dios, vimos un hermano traidor, revolucionando la Normandía para
arrancar una corona á su hermano; vimos un obispo convertido en ladrón y
verdugo del pueblo, ídolo degradado, temido por una nobleza degradada, y
vimos en fin un pueblo abandonado, insultado, azotado, robado y
asesinado por el rey, por la nobleza, por el obispo, por los aldermens y
por los soldados. Vimos un pueblo cobarde, murmurando en secreto,
doblegándose y arrojándose á los pies de sus señores á la luz del sol.
--El pueblo no es cobarde, gritó el estudiante levantándose con
energía, lo que falta al pueblo es conocer sus derechos; hágansele
saber, y tendrá fuerza, una vez con fuerza, hará al rey cumplir con su
deber, arrollará á su paso los que le insultan, y hará pedazos á los que
le roben.
--Y bien, prosiguió Adam Wast, la verdad de esos principios te la he
concedido yo cuando éramos compañeros de prisión; ¿pero dónde están los
hombres capaces de ponerse al frente de ese pueblo dividido en bandos
encarnizados; de ese pueblo sin abnegación y sin virtudes; de ese pueblo
envilecido y viciado por el ejemplo de los que le venden? Y si los hay,
¿dónde están esos hombres capaces de jugar la cabeza por ese mónstruo
ingrato que llama deber á los sacrificios, y que los olvida cuando no le
sirven? ¿Dónde están esos hombres capaces de hacer lo que dicen, si es
que son capaces de decir lo que sienten?
--Aquí, contestó el estudiante: ¡Yo! Que se me dé dinero, y respondo,
para el toque de cubre-fuego de esta noche, de dos mil estudiantes.
--¡Dinero! ¡Dinero! Necesitáis comprar al pueblo, pagarle soldada para
que sostenga sus fueros; necesitáis pagarle á peso de oro su cabeza
para que la defienda; bien lo sabía, y no lo he olvidado. ¡He ahí oro!
Y Adam Wast arrojó al suelo un pesado bolsón de cuero.
--Si hay oro, yo respondo de los cortadores de Londres, dijo John
Asta-de-buey.
--Y yo de los mendigos y los vendedores de la plaza del Mercado, añadió
Jorge Rak.
--¿Y tú no ofreces nada?, preguntó Adam Wast á Tom Flavi.
--Respondo de todo. Daré suelta á los presos de la Torre, y os entregaré
las armas depositadas en ella.
--Ya ves que todos contribuyen, dijo Adam Wast dirigiéndose al verdugo;
sepamos lo que tú harás.
--Cortar la cabeza al obispo de Eli, contestó con acento feroz el
verdugo.
--Para eso basto yo, hermano, exclamó haciendo un mohín de desprecio
John Asta-de-buey.
--¿Y no podrás hacerte una falanje respetable de los bandidos y los
ladrones con quienes te reunes después del cubre-fuego, contra los
edictos del obispo, en cierta taberna de Sowttwark?
Un vivo carmín tiñó las mejillas del verdugo.
--Sí, dijo al fin dominándose; ¿para cuándo?
--Para esta noche, después del toque de cubre-fuego.
--Y bien, observó el viejo Jorge Rak, ¿qué podemos esperar como
resultado de la reunión de esa gente?
--Una asonada.
--¿Y cuál será el resultado de esa asonada? apoyó tímidamente Tom Flavi.
--Tienes miedo, ¡voto á...! ¡El resultado! ¿Quién puede decir con
seguridad: mañana la peste habrá dejado de afligirnos, el obispo y los
aldermens estarán ahorcados, y azotados los archeros con sus propios
talabartes? ¡Cuerpo de Cristo! ¿quién podrá decir si mañana alguno de
nosotros será ahorcado?
Un estremecimiento involuntario é imperceptible, agitó los miembros de
Jorge Rak.
--En ese caso, dijo el estudiante, tenemos la ventaja de ser amigos del
verdugo.
--Y en fin, hermanos, añadió levantándose Adam Wast, la muerte nos amaga
de una manera indudable. El hambre es la muerte; la peste es la muerte,
la tiranía y las infamias del obispo son la muerte. ¿Qué esperanza nos
halaga que no haya de sostenerse por nosotros? ¿A quién demandar ayuda,
que sea fuerte y quiera dispensárnosla? Cuando el pueblo siente los
triples azotes de la tiranía, el hambre y la peste, debe repeler los dos
primeros con la fuerza, y hacerse digno, defendiendo sus fueros
naturales, de que Dios le alivie del tercero. Adelante pues, nos ha
desafiado y debemos recoger el guante.
Luego, tomando del suelo la bolsa y sacando de ella un puñado de
florines.
--Toma, dijo al mercader, creo que con esto tendrás bastante para los
vendedores del mercado.
Jorge Rak tomó el dinero y lo guardó en su escarcela.
--Y tú, añadió dirigiéndose al estudiante, vé si alcanza esto para las
exigencias de los tuyos.
Williams Caridemus había puesto al alcance de la mano de Adam Wast su
bonete de bayeta para recibir el oro; pero la retiró diciendo:
--Sepamos antes de donde proviene ese dinero, y hasta qué punto nos
compromete su adquisición.
--Es muy justo. La adquisición de este oro á nada nos compromete.
--¡A nada! prorrumpieron con extrañeza los cinco hombres.
--A nada á que no nos hayamos comprometido voluntariamente. Este dinero
nos lo ha dado un hombre que se dice amigo del pueblo, pero que no es
más que enemigo del enemigo del pueblo. Este hombre ha llegado á mí y me
ha dicho: «Adam, el pueblo ruje descontento porque sufre; el pueblo no
puede hacer más que rugir, porque le falta fuerza; el dinero es la
fuerza: toma;» y me dió esa bolsa: si se necesita aún más, mis arcas
están llenas.
--¿Y quién es ese hombre que tiene sus arcas llenas, cuando el pueblo no
tiene pan? interpeló ásperamente John Asta-de-buey.
--Saul, el hebreo, contestó Adam Wast.
--¡La sombra de lady Ester! murmuró el estudiante.
--¡El hombre que insulta la miseria pública, ostentando una servidumbre
y un aparato casi regio para rivalizar dignamente con el obispo! añadió
con acento feroz el cortador.
--¡Un hebreo que se atreve á salir en público en caballos de Arabía,
rodeado de esclavos etiopes cubiertos de oro!, observó el mercader; ¡un
judío que se presenta en público asido del brazo de Juan-sin-tierra!
--¿Es decir, que la salud común, exclamó exasperado el estudiante en un
rapto de entusiasmo que, á tener lugar en nuestros días se hubiera
llamado patriótico; es decir, que la salud común brota de la misma
sentina que la opresión y el insulto? ¿Es decir que debemos dar gracias
á Dios porque ha concedido á lady Ester una hermosura capaz de
enloquecer á un sacerdote cristiano y á un sibarita hebreo? Una empresa
justa no ha menester ser ayudada por un recurso maldito; no debíais
haber aceptado ese oro, Adam Wast.
--Piensas como un niño, Williams, contestó el apostrofado; cuando se
juega el destino de los pueblos, no debe repararse en si el arma que les
ha de hacer fuertes viene de manos de un enemigo. Todos los medios son
buenos si dan por resultado un triunfo.
Esta opinión, aunque basada en principios poco rígidos, convenció al
estudiante, que presentó de nuevo su bonete y recibió en él el _oro
maldito_.
Después que Adam Wast hubo repartido en partes iguales á los cinco todo
el dinero de su bolsa, después de haberles hecho repetir el número de
hombres conque contaba cada uno de ellos, añadió levantándose:
--Nada tenemos que hacer aquí; tú, John, ve á reunir tus cortadores en
Curhilt; tú, Jorge, busca tus vendedores del mercado; busca á tus
estudiantes, Williams; prepara las llaves y las armas de la torre, Tom
Flavi; y tú ejecutor de la ley, preséntate entre los bandidos de
Sowttwark; al sonar la primera campanada del cubre-fuego, en la pradera
de Whitehall.
Los seis hombres abandonaron sus puestos y se dirigieron á la puerta;
antes de que llegasen á ella, se abrió y dió paso á un séptimo
personaje.
[Illustration]
[Illustration]
II
EL HERMANO DEL VERDUGO
El hombre que de una manera tan intempestiva se presentaba á los
hermanos de la niebla, adelantó un paso; extendió hacia ellos el brazo
derecho armado con un venablo, en el mismo ademán imperioso que debe
preceder á veces á las órdenes de un rey; y su voz firme y sonora
pronunció en un tono que en nada amenguaba lo exigente de su ademán, la
palabra:
--¡Aguardad!
Aquel hombre era el mismo que antes de la llegada de los seis hermanos,
como debe recordarse, había abandonado la cabaña de una manera brusca.
La intimación de la orden que detenía á aquella asamblea, cuya misión en
aquel punto había terminado, produjo durante un momento en ella una
sensación de asombro; después, pasado éste, Adam Wast, conteniendo á sus
compañeros que se adelantaban hacia el desconocido, le dijo:
--¿Y quién eres tú, y con qué derecho te presentas mandándonos detener?
--¿Quién soy yo? contestó ferozmente el interrogado. ¿Quién soy yo? Un
hombre que como vosotros está ofendido; un hombre que como vosotros
quiere vengarse.
--Y bien, nada tenemos que ver en eso, contestó John Asta-de-buey; lo
que nos importa, sí, es sellar tu boca para que no revele lo que tus
oídos han escuchado; elige entre todos nosotros, esceptuando al que por
su edad no debes aceptar como contrario, y señaló á Jorge Rak, uno con
quien batirte en un empeño á muerte.
El cortador pidió con una mirada á sus compañeros su opinión acerca del
reto que acababa de lanzar en nombre de todos al intruso, y los cuatro
cuya edad les permitía empeñar un lance de tal especie, mostraron harto
claro, con una significativa inclinación de cabeza, la aprobación de la
propuesta, que el del venablo rechazó, contestando:
--Os he elegido como cómplices, y no os acepto como enemigos.
--¡Como cómplices! exclamó el estudiante adelantando un paso, al par que
los demás, excepto Jorge Rak ¡como cómplices!
--Sí, porque lo que estáis meditando, bien considerado, es el proyecto
de un crimen. No malgastemos el tiempo en disputas inútiles ¿me aceptáis
como un igual entre vosotros? ¡Si ó no!
--Antes, respondió Adam Wast conteniendo de nuevo con una mirada á los
suyos, la prudencia aconsejaba reducirte al menos á un estado que no te
permitiese revelar el secreto que has sorprendido por acaso tal vez, tal
vez llenando un servicio pagado; pero has añadido un motivo más para que
cada uno de nosotros procure matarte: nos has ofendido.
--Si te he ofendido, repuso con sarcasmo el desconocido, porque te he
dicho, Adam Wast, que proyectabas un crimen. ¿Queréis saber cuáles son
mis razones? pues bien, escuchad: tú Adam, oscuro abogado, ambicioso y
egoísta; tú, poseído del demonio del orgullo; tú, que has leído en la
biblioteca de San Servan antiguos pergaminos; tú, que has estudiado la
historia de las revoluciones de los pueblos, quieres hacerte de la
miseria pública un escalón para elevarte de tu nada; has soñado, después
de haber envidiado la fortuna de los tribunos romanos, que lograron por
un medio semejante ser cónsules ó césares, has soñado, te digo, hacerte
tribuno del pueblo inglés; has saludado con placer los tres azotes de
ese pueblo, el obispo, el hambre y la peste, como poderosos aliados de
la lucha de tu miseria; has procurado presentarte doquier como un santo,
tú, que eres un demonio; como un mártir, tú que eres un verdugo.
¡Silencio digo!, añadió haciéndose atrás y armando su ballesta, con un
gesto terrible de amenaza; he querido que aguardéis, y aguardaréis; he
querido que me escuchéis, y me escucharéis.
Aquel hombre dispuesto á todo, aquel hombre mandando á otros seis
hombres, acabó por dominarlos merced á su valor, á su audacia y á su
fuerza de voluntad.
--Y tú, niño aun, añadió dirigiéndose al estudiante; tú que aun obedeces
al influjo de los recuerdos de tu infancia, ¿quieres saber por qué te
hallas comprometido en una empresa en que juegas tu cabeza llena de
locos deseos, de ambiciones informes sin objeto fijo, de pensamientos
necios como tu imprudencia? pues bien; es porque el demonio del orgullo
se ha apoderado de tí; porque deseas crecer en estatura para que los
necios te admiren; porque eres demasiado imbécil para creer en tu
inutilidad; pobre instrumento que romperá el viento de la revolución
como el huracán quiebra una caña. Sí: tú puedes servir de emisario, de
espía, de alborotador; puedes servir de una manera admirable, porque
cogido en el lazo, morirás sin nombrar tus cómplices; porque has soñado
en esa gloria miserable que consiste en que el pueblo diga cuando
marches á la horca: «ese es un mártir, ha muerto defendiendo nuestros
fueros.» Créeme, Williams, busca tu gloria en los libros; podrás llegar
á ser un teólogo insufrible; pero en el terreno que pisas, sólo puedes
aspirar á ser un remedo de mártir.
El estudiante miró fijamente al que acababa de darle tan amistoso
consejo, y contestó:
--Si yo me sublevo contra el poder que nos oprime, es porque ansío la
paz y el orden que debe preceder á la propagación de la ciencia; no
puede haber paz donde hay hambre, _ergo_...
--Y bien, ya véis que os conozco, prosiguió el montero desatendiendo el
razonamiento del estudiante; os conozco como vosotros conocéis que
cuanto os he dicho es exacto. Ahora bien; cualquiera que sea el motivo
que me impulsa á presentarme á vosotros como un aliado, ¿admitís mi
alianza?
--Sepamos el valor de tu ofensa, contestó reprimiéndose Adam Wast, para
juzgar hasta qué punto puede interesarte el éxito de nuestra empresa.
--¡Mi ofensa! contestó el montero, cuyo rostro se cubrió de una sombría
expresión de odio; ¡mi ofensa! Yo, después de ser lo que he sido, me
transformé en montero, los hombres habían quemado mi corazón, le habían
desgarrado; en cada uno veía un enemigo, y no quise sufrir su vista;
entonces pensé en las selvas, en su inmensa soledad, con su sombroso
pabellón de verdura, con sus libres arroyos, sus profundas grutas y sus
cuadrúpedos y montaraces habitantes; pensé en el aislamiento; hice
retroceder mi imaginación hasta el hombre de la naturaleza, sentenciado,
es verdad, á sostener su vida á costa de un trabajo asíduo y terrible;
pero libre como el aire que respira, como los arroyuelos que se
precipitan á su antojo, como los pájaros que anidan entre el follaje de
los árboles. Salí de Londres sin volver la cabeza para mirar á la ciudad
maldita, y anduve todo el día vestido como véis y armado con esta misma
ballesta; al declinar la tarde me hallé en el centro enmarañado y
solitario de Middlesex Wood; hacía mucho tiempo que había dejado atrás
los senderos de los gamos, y había llegado allí pisando yerba que tal
vez era hollada por primera vez; me hice una choza de ramas al lado de
un manantial, y me dije cuando la ví bastante capaz á darme abrigo: «hé
aquí mi alcázar; seré el rey de la selva; si alguna vez los hombres
penetran en mis dominios, pasarán de largo con sus brillantes cabalgatas
de caza ó sus humildes harapos de mendigo; si alguna vez el bandido me
pide un sitio en mi hogar, un lecho de pieles y un pedazo de carne, se
lo daré ¡por San Huberto! El bandido es en cierto modo un montero de
fieras humanas. La caza es libre, y el gamo y el jabalí darán su carne á
mi hambre; la fatiga me hará robusto; el tiempo amenguará mis dolores, y
viviré tranquilo.» Ya véis, dijo el montero después de una pequeña
pausa, que yo había renunciado _el amor de mis hermanos, sus leyes y su
protección_. Y viví algún tiempo tranquilo, si no feliz; resignado, si
no satisfecho. Algunos hombres que sin duda pensaban como yo, se me
unieron y al cabo llegué á ser un rey con vasallos, que dominaba á cien
corazones valientes, á cien brazos capaces de cortar con un venablo la
carrera al gamo más corredor. Pero mis _hermanos de los pueblos_
repararon en sus hermanos de los bosques, y no quisieron permitir
continuásemos ejerciendo una profesión tan penosa; nos enviaron algunos
archeros para hacernos entender que Middlesex Wood había sido declarado
coto real por el obispo canciller; que si queríamos continuar
persiguiendo al gamo de las selvas, libre como el aire, y como el aire
propiedad de todos, era necesario que pagásemos un crecido tributo, ó
someternos por el contrario á ser cazados á la vez y colgados de una
encina por los prebostes de los archeros. Nos negamos á satisfacer el
tributo, y fuimos declarados _caza real_. Entonces nos dijimos: «¿á qué
luchar? Dindem-Wood es libre; vámonos á Dindem-Wood.» Pero apenas
penetramos en su espesura, nuevos archeros se encargaron de hacernos
saber que las selvas y las praderas de Inglaterra que no pertenecían á
señores de vasallos, pertenecían al rey; en Inglaterra no existía un
palmo de tierra que no perteneciese á un coto real ó señorial. Entonces
nos dijimos: «la lucha es precisa; luchemos: consideremos á los archeros
del obispo y á los monteros de los señores como caza libre; ballesta
contra ballesta, y horca por horca.»
--Comprendo, observó Adam Wast; habéis perdido en la lucha.
--¿Y cómo sostenerla? contestó el montero. Cuando apareció el peligro,
los cobardes retrocedieron y dejaron reducido el número de mis monteros
á una mitad; la otra mitad ha sido dispersada, ahorcada en parte, y en
parte desarmada y azotada. ¡Ira de Dios, ingleses! ¡mi rostro está
ensangrentado! ¡el talabarte de un mercenario ha macerado el rostro de
un inglés!
--¿Y quién te ha traído aquí?
--La casualidad: perseguido por los archeros, rodeado por todas partes,
me ví entre mis verdugos y el Támesis: no debí dudar en la elección, y
me arrojé al agua; algunas flechas pasaron junto á mí sin tocarme; la
niebla me protegió, y tomé tierra en este islote, bien á punto por
cierto para escucharos y saber que, como yo, había ingleses ofendidos,
ingleses que querían vengarse.
Había tal fuerza de persuasión en el acento del montero, que Adam Wast
desarrugó el entrecejo y le tendió la mano.
--Y bien, dijo, te creo y por mi parte acepto tu alianza. ¿Qué decís
hermanos?
--Que sí.
--Bien.
--Le aceptamos, contestaron á un tiempo los preguntados, el cortador y
el verdugo.
--¿Cómo te llamas? dijo Adam Wast.
--Dik, contestó el montero.
--No le conocemos, observó el cortador; puede ser un espía.
--¿Que no me conocéis? repuso con extrañeza Dik: ¿necesitáis que un hijo
de mi madre os responda de mí? añadió dirigiéndose al verdugo y
asiéndole una mano; pues bien, hermano mío, asegura á estos hombres que
no tenemos sangre de traidores.
--¡Su hermano! exclamaron con el acento de la admiración algunas voces.
--Sí; mi hermano es el verdugo de la Torre de Londres.
El verdugo se arrojó en los brazos de Dik, y ocultó el rostro sobre su
pecho; algunos sollozos sofocados fueron el único ruido que turbó el
silencio general.
--Y bien, amigos míos, dijo Dik, íd á vuestros puestos, que yo
acompañaré á mi hermano y me veréis junto á él al toque de cubre-fuego.
Y con el mismo ademán imperioso conque al aparecer entre los cinco
hombres les mandó aguardar, dijo señalando á la puerta:
--Partid.
Los cinco hombres salieron; cuando el montero y el verdugo quedaron
solos, el último levantó su semblante bañado en lágrimas de conmoción, y
dijo:
--¡Oh! ¡gracias! ¡gracias! ¡no has renegado de mí, hermano mío!
--¡Renegar de tí! ¡porque eres verdugo! ¡Oh! has hecho bien; has elegido
mejor caza que yo, y te envidio. Vamos.
El verdugo y el montero salieron de la cabaña asidos de las manos.
[Illustration]
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III
PRINCIPIOS DE AVENTURA
Poco después los dos hermanos saltaban en tierra en la orilla opuesta;
entregaron la barca á sus dueños, subieron á lo largo de la ribera,
pasaron el puente London-Bridge, y atravesando las estrechas y sombrías
callejuelas del Cuartel de la Torre, se detuvieron, subieron al collado
que lleva el nombre de ésta, é hicieron alto cabalmente junto á una
horca de hierro, fija sobre un terraplén de mampostería, á cuya
esplanada se ascendía por una pendiente escalera.
El verdugo se acercó al terraplén, abrió una puerta colocada en uno de
sus costados, y que la oscuridad no dejaba percibir; entraron los dos
hombres, y el verdugo volvió á cerrar.
Habían penetrado en un pequeño espacio húmedo y negro por el continuo
contacto del humo, á que sin duda daba mala salida un estrecho
respiradero practicado en uno de los costados.
Los muebles que se veían en esta extraña vivienda, eran dos banquillos
de madera, un lecho de paja cubierto por una vieja capa colorada, un
hacha y algunos dogales: todo este conjunto miserable estaba alumbrado
por una lámpara de barro, encendida delante de un tosquísimo grabado
representando una Virgen, pegado en el muro en un ángulo de aquella
especie de caverna, sobre el miserable lecho.
Dik miró con extrañeza los objetos que le rodeaban; sentóse en un
banquillo, y apoyando su rostro ensangrentado en la mano derecha, y el
brazo de ésta sobre su rodilla, fijó en el pavimento empolvado su mirada
sombría y pensativa.
El verdugo permanecía de pie frente á él, mirándole de una manera tenaz;
la expresión de indiferencia feroz de su rostro había desaparecido, y su
boca estaba fruncida por una sonrisa de amor y de amargura. Una madre
hubiera mirado del mismo modo á un hijo desgraciado, vuelto á su vista
después de una larga ausencia.
--¡Qué mudado estás, Ricardo! dijo al fin el verdugo; yo no hubiera
podido reconocerte.
--Muy mudado, Godofredo, ¿es verdad? añadió el montero levantándose;
¿crees tú que no me conocerán en Londres?
--¡Oh! no; no eres tú ya el Ricardo de otro tiempo, alegre y confiado,
de tez blanca, cabellos blondos, y talle esbelto encerrado en un
justillo de seda; tampoco á mí me conocen; una prisión en la Torre
cuando el corazón está desgarrado por desgracias tan sombrías como las
nuestras, sería capaz de desfigurar al hombre más fuerte.
--¡Con qué has estado preso, pobre Godofredo!
--Preso no; retirado á una prisión voluntaria, mi profesión de verdugo
empezó por su situación más elevada. Cuando murió James Church, ejecutor
del rey, corta cabezas de altos traidores, los heraldos de la prebostía
llamaron á son de clarín á los que quisiesen sucederle, yo me presenté
enmascarado; creí tener contendientes, pero nadie se presentó á disputar
la plaza que en mi desesperación había elegido; los hombres somos unos
miserables locos, que no tocamos más que extremos. Yo había querido ser
un ángel salvador de la humanidad; había sacrificado generosamente mis
afecciones en favor de los hombres, y sólo encontré ingratos y malvados;
había soñado en el amor de la mujer, y no encontré más que infamias y
traiciones. Un sueño desvanecido influye de una manera terrible en
organizaciones como la mía; yo, que antes de conocerle amaba al hombre
conocido le aborrecí; yo que amándole había querido ser para él un ángel
salvador, aborreciéndole quise ser su azote, su demonio, y me hice
verdugo.
--¡Oh! hiciste bien, muy bien,--murmuró sordamente Dik, devorando á
largos pasos la estrecha vivienda del verdugo como un tigre encerrado en
una jaula.
--Cuando me presenté en la conserjería de la Torre, prosiguió el
verdugo, me dieron esta espada, y me hicieron bajar á los calabozos, en
uno de ellos había un tajo, junto al tajo el cadáver de un preso, muerto
tal vez de desesperación. Cortar la cabeza á aquel cadáver era mi
prueba; ¡oh! aquel momento fué terrible, mi espada dividió el tronco de
un solo golpe, y se clavó rechinando en el tajo. Nada me dijeron; ni me
preguntaron mi nombre, ni mi procedencia; me dieron este vestido
colorado, una bolsa llena de monedas de cobre, y un aposento en la
Torre; dos años estuve sin salir de ella; en dos años el calabozo donde
hice mi prueba, me ha visto cortar muchas cabezas nobles; durante ese
tiempo, la vista de la sangre desencajó mi mirada; mis mejillas
enflaquecieron y se tornaron lívidas como las de un cadáver; el horror
erizó mis cabellos, y cuando un día arrojé una mirada sobre mi faz,
reproducida en lo acicalado del escudo de un archero, no me reconocí;
Godofredo había desaparecido, sólo quedaba el verdugo.
Un silencio sombrío sucedió á esta exposición; Godofredo se dejó caer
desplomado sobre un banquillo, y Dik siguió su paseo circular con paso
más fuerte y apresurado. De repente se detuvo y fijó su terrible mirada
en su hermano.
--Tengo hambre, le dijo.
El verdugo se estremeció como la madre indigente á quien su hijo pide un
pedazo de pan.
--¡No he comido en tres días!
Godofredo se conmovió, una lágrima ardiente y sola asomó á sus áridos
párpados.
--¡Tres días! murmuró, hace también tres días que consumí mis últimas
patatas. ¡Oh! ¡tiene hambre, y su hermano no le puede dar un pedazo de
pan!
Dik volvió á su silencioso paseo; el verdugo se dió un golpe en la
frente lanzando una exclamación, como quien encuentra un recurso en una
situación desesperada.
--¡Oh! me había olvidado, dijo; hubo un tiempo en que teníamos trajes de
seda bordados de oro, y yo debo conservar uno de esos trajes.
Levantóse y retiró el lecho, debajo del cual había un saco de cuero.
Godofredo al verlo dió un grito de alegría como quien encuentra un
objeto que busca á la ventura. Abrió el saco, y lo primero que brilló á
la luz de la lámpara, fué una espada.
--¡Arma de caballero! murmuró con indiferencia Dik tomando la espada.
Buen temple, añadió blandiéndola con una soltura que probaba no era la
primera vez que su mano empuñaba un arma de tal género. Después, con la
curiosidad de un inteligente, arrojó una mirada sobre la hoja y la
empuñadura.
Sus ojos se animaron, su boca se entreabrió en un movimiento de
sorpresa; devoraba más bien que miraba un escudo cincelado en una chapa
de oro entre los gavilanes. El escudo estaba coronado por una diadema
real, y en él, sobre una faja azul, se veía un león rapante.
--¿Quién te ha dado esta espada? preguntó con ansiedad á Godofredo.
--Es un despojo del patíbulo, contestó fríamente Godofredo.
Dik se estremeció, soltó la espada como hubiera podido soltar un hierro
candente, y siguió en su solitario paseo circular.