La tranquilidad se había ya restablecido enteramente en León dos días
después de la llegada de Alí; y el moro, como si al cabo de un corto
plazo no le esperara un cruelísimo combate, se ocupaba alegremente
en examinar las curiosidades del pueblo en compañía de alguno de los
parciales de Candespina; pues ni el conde, ocupado en negocios de la
mayor entidad, ni Hernando, que como buen novio no desamparaba el
lado de su esposa, tenían espacio para ello. Las mañanas las dedicaba
Alí a la ciudad; mas por las tardes salía solo y a caballo a recorrer
los alrededores de la capital, en los cuales echaba muy de menos la
fertilidad y hermosura de las márgenes del Guadalquivir.
Una tarde que ya puesto el sol se retiraba, según costumbre, de su
paseo para regresar a León, se vio de improviso atacado por cuatro
hombres montados como él, pero cubiertos de hierro de los pies a la
cabeza; y a pesar de su inferioridad, lejos de pensar en huir echó mano
a su cimitarra y acometió denodadamente a los asesinos, siendo tal la
furia con que descargó los primeros golpes, que sin valerle a uno de
ellos el temple de su casco, cayó redondo a los pies del sevillano. Aún
le quedaban, sin embargo, tres adversarios que no perdían estocada,
pues no llevando Alí escudo ni coraza, no tenía con qué defenderse.
Duró aquella lucha tan desigual algunos minutos, gracias a la extremada
destreza y valor del agareno; pero al fin, acribillado, como suele
decirse, de heridas, cayó sin sentido del caballo. No estaban sus
enemigos muy bien parados; pues uno había muerto y otro se hallaba
herido; pero satisfechos con haber conseguido su malvado designio, se
retiraron llevando el cadáver de su compañero, sin duda para ocultarle
en paraje en donde nunca se supiera de él.
Zulema vivía con Leonor. La hermosa mora había encontrado una verdadera
amiga en la esposa de Hernando; y doña Leonor, por su parte, cada día
amaba y compadecía más a aquella inocente víctima de la maldad de Lara.
Hasta entonces se había visto Zulema precisada no solo a no hablar de
sus penas, sino hasta a ocultarlas; pues aunque su hermano Alí la amaba
tiernamente, sin embargo, recordarle de cualquier modo que fuese la
desgracia y deshonra de su familia era medio seguro de enojarle; y nada
temía más Zulema que apesadumbrar al único protector que en el mundo
tenía; pero Leonor, sensible, discreta y afable, era una confidente de
un valor inestimable. Como mujer tomaba más interés por una persona de
su sexo tan vilmente tratada que ningún hombre hubiera podido tomarlo;
como amante comprendía y participaba de los sentimientos de la pobre
Zulema; y con su talento logró reanimar las fuerzas de aquel espíritu
abatido más de lo que se hubiera creído posible. La hermana de Alí no
estaba alegre, porque esto ya no podía darse en ella; pero la calma
de la resignación empezaba a manifestarse en su frente cuando el hado
impío vino a descargar sobre ella el último, el más cruel de los golpes.
Había ya pasado, y con mucho, la hora en que Alí acostumbraba a
regresar de su paseo, y Zulema procuró en vano disimular su temor,
hasta que conociéndolo la esposa de Olea, le dijo:
—No os inquietéis, pronto estará Alí de vuelta.
—Mi corazón, bella Leonor, no sabe más que temer desdichas —contestó la
mora.
—¡Pobre niña! Yo espero que por esta vez serán infundados tus temores.
—¡Ojalá!, amada amiga, ¡ojalá!
—Vamos, sosegaos; la menor circunstancia, la más insignificante basta
para que Alí se haya detenido...
—No lo creas. Mi hermano no altera fácilmente sus costumbres: es niño
en los años, viejo en las acciones.
—Bueno, pero a veces...
—Mirad, me parece que siento pasos, a ver si es Alí...
—No es Alí —contestó Hernando—, no es Alí, señora mía.
—¡Ah!, ¿vos sois, señor caballero? —le dijo su esposa—, ¿y vos también,
señor conde?, norabuena, me alegro; venid a ver si podéis tranquilizar
a esta pobre niña, ya llena de temor porque aún no ha vuelto su hermano.
—¡Bah, bah, señora! —exclamó Hernando—, ¿queréis que Alí viva como
un ermitaño? ¿Quién sabe si alguna cristiana habrá sabido amansar su
corazón?
—Tranquilizaos, amable Zulema —dijo el conde—, si Alí tarda, saldremos
a buscarle.
Zulema se aquietó en efecto, al menos en la apariencia, y la
conversación rodó algún tiempo sobre materias indiferentes; pero los
ojos de la mora no se separaban de la puerta, y el mismo Candespina no
estaba muy tranquilo tampoco, porque había llegado a conocer a fondo
al conde de Lara. Tanto tiempo pasó que al cabo la inquietud por Alí
fue general. Zulema lloraba; Leonor procuraba consolarla, pero también
sufría; Hernando votaba; y el conde mandó ensillar algunos caballos
para él, su amigo, y varios criados, que en dos tropas diferentes
salieron en busca del moro por dos distintas puertas de la ciudad.
Hernando rodó en vano largo tiempo por la campiña, pero don Gómez tardó
poco en encontrar el cuerpo de Alí, inmóvil, cubierto de sangre, y
con todas las señales de la muerte. Sería inútil decir la pena que le
causó aquel espectáculo y las sospechas que le hizo concebir, porque
son fáciles de suponer; y por lo mismo solo diremos que, recogiendo al
infeliz moro, marchó con él a su casa, con intención de ocultar por
algún tiempo tan funesto acontecimiento a la pobre Zulema; pero fue en
vano. Apenas sintió la hermana de Alí las pisadas de los caballos en el
zaguán, cuando, soltándose de los brazos de doña Leonor, se precipitó a
la escalera y salió al encuentro de los que conducían a su hermano. Fue
imposible evitar que arrojándose sobre el helado mancebo le abrazase
estrechamente.
—Alí, hermano mío —decía, como si pudiera oírla—, vuelve en ti, escucha
los lamentos de tu Zulema. —Y luego, soltándolo de repente—: pero no;
no me escuches: he dado la muerte a mi padre, soy causa de la tuya. La
maldición de Dios me persigue, soy un monstruo indigno de compasión.
Huid de mí, huid, ¿no veis la sangre de que estoy cubierta? Es la de
mi padre, es la de mi hermano: huid de Zulema... ¡Ah!... ¡Hamet!...
¡Asesinos! —aquí perdió el sentido la desdichada.
Condujéronla sus afligidos huéspedes a su lecho, y también a su
hermano se le depositó en otro, en donde observaron con la mayor
satisfacción que aún se descubrían en él señales de no haberse
extinguido enteramente la vida. Cuantos socorros fueron posibles se
suministraron al malherido moro, y merced a ellos logró recobrar el
sentido; pero los facultativos no se atrevían a responder de su vida.
Alí había abierto los ojos, mas no profería una palabra. Su vista
examinaba el aposento, y al parecer no comprendía cómo era que se
hallaba en tal situación; y ninguno de los circunstantes se atrevió
tampoco a romper el silencio.
Pero Hernando vino a poner fin a aquella escena muda. Cansado de sus
inútiles pesquisas, había regresado a su casa impaciente ya por saber
del moro:
—¿Ha padecido? —preguntó al primer criado que halló al paso.
—Sí, señor —contestó este—, y...
—Pues no lo decía yo, que al cabo..., pero nada, las mujeres parece
que son las mismas entre moros y cristianos.
—Pero, señor, si...
Hernando, sin escuchar más, subió apresuradamente las escaleras y se
fue derecho al cuarto de su esposa, que encontró vacío; otro tanto
le sucedió en el estrado y habitación del conde, a que en seguida
se dirigió; hasta que, por fin, entrando en la de Alí halló en ella
reunida la mayor parte de las gentes de la casa.
—¡Qué diablos! —dijo al entrar—, creí que no había nadie en la casa;
pero... ¡El cielo me valga! ¿Qué ha sucedido? ¿Qué tenéis, Alí?
Decidme, conde, por San Pedro...
—Callad, caballero —le interrumpió uno de los cirujanos—, porque...
—¿Y quién sois vos, pese a mi vida, para mandarme callar?
Y diciendo esto enarboló el puño sobre la cabeza del cirujano, que lo
hubiera pasado muy mal a no haber el conde de Candespina asido del
brazo al impaciente Olea, y explicádole en breves razones lo sucedido.
El enfermo, que desde luego había fijado la vista en la parte de su
aposento en que pasaba la escena referida, prestó la mayor atención
a las palabras del conde, y después de haberlas oído hizo seña con
la mano a los dos caballeros para que se acercasen, lo que en efecto
hicieron.
Viendo el facultativo que Alí trataba de incorporarse y se disponía a
hablar, le dijo que era preciso que se estuviera quieto si no quería
exponerse a graves riesgos; mas el moro le contestó:
—Cristiano, los días del hombre están contados, y tu ciencia no es
bastante a parar el golpe de la espada de Azrael; déjame pues morir en
paz. —Y después, dirigiéndose a don Gómez—: Conde, a ti solo y a tu
amigo tengo que hacer una revelación importante.
—Despejad; y a nadie se permita la entrada hasta nueva orden —dijo a
sus criados Candespina, y en un momento quedó el cuarto vacío.
Alí se incorporó en la cama: sus ojos, algunos minutos antes lánguidos
y abatidos, recobraron al parecer el antiguo fuego, y aun el rostro
algún tanto de los colores; el conde y su amigo le contemplaban
atentamente. En la fisonomía de don Gómez se dejaba ver una expresión
melancólica y profunda: miraba al moro con ternura y compasión, y con
una especie de desconsuelo indefinible; pero Hernando brotaba centellas
por los ojos: su arrugado ceño, el arrebatado color del rostro y la
mano izquierda apoyada en el pomo de la espada, al paso que con la
derecha enjugaba el sudor continuo de su frente, eran indicios de lo
violentamente que padecía.
El hijo de Hamet habló por fin de esta manera:
—El tiempo es precioso para mí, caballeros: antes de muchas horas habré
comparecido en presencia del Padre de los verdaderos creyentes; así,
no seré largo. Me habéis visto retar a Lara: ignoráis por qué; y no
debo bajar al sepulcro sin confiaros mi afrenta, tanto en muestra de mi
agradecimiento, como para dejar asegurada la suerte de la triste Zulema.
—Deponed en ese punto todo temor, noble Alí —le respondió el conde—,
si la desgracia hace, (que no lo creo), que perdáis la vida, vuestra
hermana será la mía. Para contar con mi amparo no hay necesidad de que
reveléis vuestro secreto.
—Conde de Candespina, Alí podrá morir, pero su gratitud a vos le
seguirá aun más allá del sepulcro; pero escuchadme en silencio, porque
siento faltarme las fuerzas. El conde de Lara ha seducido a mi hermana,
violando las leyes de la hospitalidad y abusando de su inocencia.
—¡Malvado! Yo le juro... —exclamó Hernando; pero el conde le
interrumpió.
—Dejadlo por ahora; escuchemos a este joven.
—Yo he venido —continuó Alí— a vengar mi afrenta; el cobarde,
desconfiando de vencerme, me ha hecho asesinar.
—¡Santo cielo! —dijo ocultándose el rostro entre ambas manos
Candespina.
—Por el alma de mi padre, que si eso es así, no ha de escaparse de las
manos de Hernando.
—Sí —volvió a decir Alí, visiblemente complacido del interés que las
exclamaciones del conde y Hernando manifestaban—, sí, me ha hecho
asesinar y no puedo dudarlo.
—¿Cómo pues lo sabéis? —preguntó don Gómez.
—De la boca de los ministros de su crimen.
—¿Y han osado...?
—Creían que Alí ya no existía; pero aún alentaba y conservaba sus
sentidos, cuando, viéndome caer del caballo, uno de aquellos perversos
les dijo a los otros dos: «Esto se ha concluido». «Sí», le contestaron,
«sí se ha concluido; pero hemos perdido un compañero». «A ese se le
enterrará, y su parte en la recompensa prometida por Lope en nombre
del conde de Lara...», le replicó el primero, y no pude oír más porque
perdí el conocimiento. Conde de Candespina, guardaos del de Lara, o
podréis tener mi suerte.
—No hará muchas más felonías, amigo Alí, yo os lo prometo a fe de
caballero.
—Noble Hernando, vuestra amistad endulza mis últimos momentos; pero
renuncio a vengarme; ¡no permita Alá que por causa mía haya de derramar
una sola lágrima la bella Leonor!
—Imitad, Hernando, la cordura y generosidad de este valeroso caballero.
Atacar vos al conde de Lara no sería glorioso ni conveniente en las
circunstancias presentes de la patria; pero dejando esto aparte, Alí,
yo os prometo a fe de caballero servir de padre a vuestra hermana si
vos morís; y Hernando...
—Yo también lo juro sobre la cruz de mi espada; Zulema será mi hermana.
—¡Azrael, Azrael! Ven cuando quieras, el decreto del destino puede
ejecutarse ya sin causarme temor.
Las manos del moro estaban cada una en las de los dos cristianos;
Alí recostó la cabeza sobre la almohada; pronunció en voz baja
algunas palabras en árabe, que se presumió ser de oración a su falso
profeta, y como si la naturaleza no hubiera aguardado más que a que
hubiese revelado su secreto para poner término a su vida, exhaló el
último suspiro en brazos de los dos nobles castellanos, cuya tristeza
concebirá el lector.
[Ilustración]