CAPÍTULO XI

La noche que Lara contaba haber empleado útilmente en la especie de

audiencia que doña Urraca le había prometido, se pasó la mayor parte en

el salón del alcázar con harto sentimiento suyo, no solo porque se le

escapaba la ocasión más favorable de adelantar sus asuntos, hallándose

la reina enojada contra el conde de Candespina por lo sucedido con Alí;

sino porque veía en la venida de este moro un grande obstáculo a todos

sus proyectos.

Su nombre, según Alí dijo, reveló a su enemigo el misterio de su reto;

pero Lara, viendo que el moro tenía la extravagancia, decía él, de

callar el motivo, se guardó muy bien de revelarlo, pues temía con

razón que una vez enterada de él la reina, caería para siempre de su

gracia; y por otra parte la perspectiva del próximo combate con el

joven sarraceno no le era nada lisonjera. Acosado, pues, de diversos

y desagradables pensamientos, iba ya a entrar en su casa cuando un

criado de palacio le paró llamándole por su nombre, y le intimó que de

orden de Su Alteza fuese con él inmediatamente. Obedeció el conde sin

replicar, y a poco se halló en el alcázar, en donde fue introducido

hasta la cámara de doña Urraca. Adornada esta señora todavía como lo

estuvo durante la audiencia, estaba sentada en un soberbio sillón,

apoyando el brazo en una mesa sobre la cual ardía una lámpara de

plata, y sus ojos fijos en la llama indicaban la profunda preocupación

de su espíritu. Entró Lara, y viéndola como absorta, se paró junto a

la puerta y esperó con aire sumiso a que su soberana le dirigiera la

palabra, en lo que se tardó algún tiempo, durante el cual la reina y el

conde parecían dos estatuas. Por fin doña Urraca hizo un movimiento

como el que vuelve en sí de un profundo letargo: examinó todo el

aposento con la vista, y sus ojos encontraron al inmóvil conde de Lara

que pacientemente esperaba aquel momento.

—¡Ah!, ¿vos aquí, conde de Lara? No os había visto aún, ¿que queréis?

—Vuestra Alteza me ha mandado venir.

—¿Yo?

—Al menos así se me ha dicho.

—Sí, es verdad: creo haber dicho que me alegraría haceros alguna

pregunta; mas no que vinierais precisamente ahora.

—Si mi presencia es importuna, señora, voy a retirarme.

—No, quedaos. Una vez que ya estáis aquí... No os vayáis.

—Nada puede mandarme Vuestra Alteza que me sea más lisonjero que el

permanecer en su presencia.

—Bien, bien. El conde de Lara siempre el mismo y galante caballero.

—¿Galante, señora, quién no lo será cuando su corazón está lleno...?

—Su corazón..., su corazón... Los labios están llenos..., pero...

—Crea Vuestra Alteza que...

—Silencio: pruebas, y no palabras. Vengamos al asunto. Es preciso que

yo sepa el origen de la escena de esta mañana y el desafío de esta

noche.

—Yo mismo lo ignoro.

—¡Oh! Eso es imposible; absolutamente imposible.

—¿Por qué, señora? Vuestra Alteza misma ha oído a ese sarraceno

confesar que jamás me había visto.

—Verdad es; pero su nombre..., ese nombre de Alí, hijo de Hamet,

produciendo el efecto de un talismán, y que ahora mismo os ha hecho

mudar de color; ese nombre, conde de Lara, encierra algún misterio que

la reina de Castilla quiere y debe aclarar.

—¿Qué no haría el conde de Lara por complacer a su reina, al objeto

exclusivo de sus pensamientos? Pero no puede explicar a Vuestra Alteza

las locuras o las maldades de un ser a quien no conoce.

—¿Y su nombre? ¿Y vuestra turbación?

—¡Mi turbación! Si así se llama a la justa ira que los insultos de ese

miserable han producido en mí: verdad es que me he turbado.

—Conde de Lara, explicadme entonces qué puede mover a un hombre a quien

no habéis ofendido, ni conocéis, a venir a retaros en mi corte, y a

medir sus armas con vos.

—Confieso, señora, que semejante suceso me sorprende tanto a lo menos

como a Vuestra Alteza; pero el favor con que la reina de Castilla me ha

honrado en algún tiempo me ha suscitado muchos enemigos...

—¿A un moro qué puede importarle que yo os favorezca?

—Nada, señora; pero un moro puede ser instrumento de ajena venganza.

—¿Qué decís, conde de Lara?

—Señora, que ese agareno pudiera muy bien ser un servidor de los que

han envidiado mi fortuna.

—¿Y en quién sospecháis tal vileza?

—En nadie: preguntádselo, señora, a los protectores de Alí; a los que

por un moro desconocido, al parecer, iban a entregar la corte de

Vuestra Alteza a los horrores de la guerra civil.

—Os entiendo; pero la enemistad os hace presumir cosas de que el conde

de Candespina es incapaz.

—Yo no he nombrado al conde; y repito a Vuestra Alteza que en nadie

sospecho; pero no habiendo yo ofendido a ese hombre, algún motivo

extraño debe haber para que venga a provocarme tan temerariamente.

—Esa reflexión no tiene réplica; pero repasad bien vuestra conciencia:

¿no habrá acaso alguna belleza de por medio?

—Sí, señora, la hay: la mayor de todas; una belleza incomparable.

—¿Su nombre?

—Doña Urraca.

—¿Habéis perdido el juicio?

—No, señora; pero estoy persuadido de que la belleza de Vuestra Alteza

es el origen de todo este lance.

—¿Cómo es posible?

—La envidia se engaña fácilmente: los que han visto las bondades de

Vuestra Alteza para conmigo las habrán interpretado de la manera más

favorable para mí..., y..., y lo demás fácil es de inferir.

—Hay en efecto algo de incomprensible en todo este negocio... Hernando,

padrino del moro... El conde protegiéndole... Infelices de ellos si

vuestras sospechas son fundadas.

—Permítame Vuestra Alteza, señora, una súplica.

—Decid.

—No se ocupe Vuestra Alteza en este asunto: la suerte de las armas debe

decidirlo, y no será mucha presunción de mi parte esperar que triunfe

conmigo la justicia.

—No dudo yo de vuestro valor; pero tampoco quiero exponer un vasallo

leal al dudoso éxito de un combate, para el cual, si vuestras sospechas

son fundadas, se habrán tomado precauciones.

—No importa, señora, concédame Vuestra Alteza la gracia de no mezclarse

más en este negocio; mis enemigos tomarían armas contra mí de la

intervención de Vuestra Alteza, y...

—Bien, bien. Dios decidirá, pues así lo deseáis, sin que yo intervenga

para nada.

—Vuestra Alteza podría hacerme invencible.

—¿Cómo?

—Si al entrar en la lid pudiera el conde de Lara lisonjearse de que el

corazón de doña Urraca...

—Mis damas os oyen, y la noche está muy adelantada: retiraos.

—¡Sin una esperanza!

—Nos volveremos a ver.

—¿Cuándo?

—Yo os avisaré, conde.

—Señora, recuerde Vuestra Alteza que tal vez dentro de ocho días...

—Basta; antes será.

—Al menos permítame Vuestra Alteza...

—Sea. Adiós.

El conde después de besar la mano a la reina se retiró.

A pesar de que Lara se lisonjeaba de haber preparado el ánimo de la

reina contra su rival, y alejado al mismo tiempo toda sospecha del

verdadero motivo por el que el hijo de Hamet le retaba, conocía que

esto sin embargo no era bastante. El plazo de ocho días señalado para

el combate había de expirar, y todas sus intrigas eran inútiles si

un bote de lanza de Alí ponía término a su vida, o le obligaba para

salvarla a unirse con su hermana; y esta consideración, unida al poco

amor que a los combates tenía, le atormentaba sin cesar. Pero Lara no

era hombre que se atuviera a lamentar su suerte. Resuelto a llegar

al mando supremo, los medios le eran indiferentes. Escrúpulos de

conciencia no los conocía; y las virtudes eran en su entender nombres

vacíos de sentido. Para más alentarle en la carrera del crimen le

había deparado la suerte en Lope un hombre capaz de todo lo malo, y

que solo en la perversidad se complacía. Nacido de padres tan pobres

como de humilde linaje, la sed del oro le devoraba; aborrecía a cuantos

veía halagados por la fortuna, y su propio amo, en cuyos intereses al

parecer tomaba gran parte, no estaba exento de su odio; mas como las

continuas intrigas del conde le proporcionaban medios de enriquecerse,

y los peligrosos secretos que de él poseía le daban un conocido

ascendiente sobre su persona, Lope le servía en efecto con celo.

Figúrese el lector a estos dos malignos personajes en el gabinete del

conde pocos instantes después de la conferencia de este con la reina,

paseándose apresuradamente el amo, y el criado quieto contemplándole

entre humilde y con desprecio, y con una sonrisa sardónica que indicaba

que ya comprendía que iba a empleársele en alguna de las acostumbradas

comisiones.

—Y bien, Lope, ya sabrás lo ocurrido esta mañana —dijo el conde.

—Nadie lo ignora en León, señor conde.

—Sí, la cosa ha tenido afortunadamente por testigo a todo el pueblo.

—Y los partidarios del conde de Candespina no se han descuidado tampoco

en publicarla.

—Eso por supuesto. Pero lo que tú no sabrás tal vez, será la escena de

esta noche.

—¿Cuál de las dos?

—¿Cómo? ¿Qué es eso de cuál de las dos?

—Quiero decir si de la audiencia pública o de la secreta.

—Silencio, señor entrometido: de la pública hablo.

—De esa, sí, señor.

—¡Hola! Pronto te han informado.

—Como tengo muchos amigos en el alcázar...

—Sabes lo que se quiere que sepas, y algo más, ¿no es verdad? Pero te

aconsejo que trates de olvidar lo último.

—Será como Vueseñoría mande.

—Bueno: así debe ser. ¿Y qué piensas de todo esto?

—Señor, nada: yo no pienso más que cuando mi amo me lo manda.

—¡Hipócrita! ¿Hasta conmigo quieres conservar tu máscara? Déjate de

gazmoñerías, y di tu parecer.

—Una vez que Vueseñoría lo manda...

—Al grano, al grano.

—Pienso que ese moro no es desconocido al conde de Lara.

—Muy bien pensado: veamos ahora el fundamento de tus acertadas

conjeturas.

—Si no me engaño, Vueseñoría ha vivido en Sevilla no hace siglos, y

según he llegado yo a entender, hubo en aquella ciudad una cierta mora

llamada Zulema, hija de Hamet, que dice el recién venido es también su

padre, que...

—Maldito seas, ¿de dónde sabes tú todo eso?

—Yo estaba al servicio del difunto conde, y veía con frecuencia las

cartas de Vueseñoría fechadas en Sevilla...

—Y poco te bastó para ponerte al corriente. Pues bien, es cierto:

Zulema era bella; yo joven; ella crédula...

—Vueseñoría astuto.

—Lope, cuidado con la lengua. Zulema sucumbió; Alí viene a vengarla; si

se sabe esta historia soy perdido.

—En efecto, doña Urraca no es mujer que sufra rivalidades.

—No; y además el virtuoso don Gómez sacaría gran partido de una

aventura que en sí no es nada.

—¿Qué ha de ser? Seducir a una mora y después abandonarla, ¿qué

significa?

—No te hagas el escrupuloso.

—Lejos de eso, soy de la misma opinión de Vueseñoría: la cosa nada vale.

—Valga o no valga, es preciso que no se sepa.

—Sería muy conveniente.

—Indispensable.

—Indispensable.

—¿Pero cómo se logra?

—Venciendo y matando Vueseñoría a Alí en el combate.

—Eso pronto está dicho: ¿y si yo sucumbiera?

—¡Imposible! El conde de Lara no puede menos de vencer a un infiel.

—Aun cuando eso fuera así, que ni tú ni yo lo pensamos, ¿en los ocho

días que faltan no puede ocurrírsele descubrir lo que hasta aquí ha

callado, o confiárselo al salvaje de Olea que se ha declarado su amigo?

—Y que apenas lo supiera lo referiría en voz clara e inteligible.

—Ya lo sé; ya lo sé; y eso precisamente es lo que quiero evitar.

—Adelante Vueseñoría el combate.

—La reina ha señalado ella misma el día, es imposible mudarlo; y

además..., además...

—No le parece cuerdo al señor conde arriesgar su persona y proyectos a

un juego tan incierto como el de las armas, ¿no es verdad?

—Quizás; a ver si tu fecundo ingenio...

—Vueseñoría me favorece.

—Vamos, ya sabes que sé pagar liberalmente tus servicios: tú mismo

señalarás la recompensa por este.

—¿Quién sabe el secreto?

—Alí.

—¿Nadie más?

—Es de presumir que no.

—¿Y Vueseñoría quiere que se sepulte para siempre este secreto?

—Sí, hombre, sí.

—Yo no conozco más que un medio.

—¿Cuál?

—Es muy violento.

—¿Pero es único?

—Sí, señor, y seguro.

—Pues dilo.

—Que muera Alí.

—¡Qué horror!

—Humilde criado de Vueseñoría.

—Espera..., ¿y no hay otro medio? Escucha, Lope, no te vayas.

—Veo a Vueseñoría hecho un ermitaño, y me retiro a rogar a Dios que dé

más fuerza a su brazo de la que tiene su espíritu...

—¡Malvado! ¿No conoces más medio que un asesinato?

—Hombre muerto no habla.

—Ni el que está en un calabozo puede hablar, al menos de modo que se le

oiga.

—Pero puede salir de él, y entonces...

—Entonces prefiero correr ese riesgo a cargar mi conciencia con un

crimen horrible.

—¡La conciencia del señor conde!

—Lope, basta lo dicho: Alí debe desaparecer de León; y yo no quiero que

muera.

—Vueseñoría dispondrá lo que haya de hacerse.

—Arrebatarlo y conducirlo a uno de mis castillos.

—¿Y si se resiste?

—Si se resiste..., entonces... se obra según las circunstancias.

—Ya entiendo: lo que el señor conde quiere es que toda la odiosidad

pese sobre mí. No importa; yo sabré servir a mi amo.

—Marcha. Y lo que haya de hacerse, cuanto antes.

—Será.

Con tan saludables designios se separaron aquellos monstruos; pero Lara

no podía ahogar enteramente el grito de su conciencia. En vano procuró

calmar su agitación con el sueño; el poco tiempo que durmió creía ver

a sus nobles abuelos alzar del sepulcro las frentes venerables, y que

ardiendo en ira le reprendían por el nefando crimen que intentaba.

«¡Asesino, asesino!», era el grito que resonaba en sus oídos; y así

pasó una de las noches más crueles de su vida. Sin embargo, el nuevo

día reanimó sus fuerzas, y como ya la propensión al mal era en él

invencible, no desistió de su infame proyecto, dejando a Lope continuar

en sus infernales maquinaciones.

[Ilustración]

El conde de Candespina (2 de 2) · 第 13 / 20 题