CAPÍTULO XIII

La muerte del joven y malogrado Alí produjo una consternación general

en la casa del conde de Candespina, pues sus pocos años, el valor que

demostraba y su mucha cortesía le habían granjeado en breve tiempo el

afecto de cuantos le habían tratado. ¿Pero qué pluma sería capaz de

describir el dolor de la inconsolable Zulema al perder el último de sus

protectores naturales? No será la nuestra la que lo intente; quien no

tenga un corazón de diamante comprenderá fácilmente la angustia de la

desvalida mora. Mas aquel funesto acontecimiento dio al parecer nuevo

vigor a su espíritu: la palabra venganza salió, por primera vez acaso,

de sus labios; y absolutamente insistió en que se había de presentar a

la reina a pedir justicia. El conde de Candespina no se opuso a que

parte tan interesada como ella diera semejante paso; pero sí a que su

amigo Hernando retase públicamente por traidor al conde de Lara, como

quería hacerlo.

Tuvieron sobre esta materia Hernando y don Gómez un largo altercado,

y lo único que el último consiguió del primero, fue que le prometiera

abstenerse de hacer mención del hecho del asesinato, que no estaba

enteramente probado se hubiese ejecutado por orden de Lara; porque si

bien no era creíble que Alí en los últimos instantes de su vida, y

desmintiendo su acrisolada virtud, hubiera inventado tan negra calumnia

contra su enemigo, sin embargo parecía posible que, debilitado por la

mucha sangre que había perdido, hubiese delirado la conversación que

refirió pocos minutos antes de expirar. Este raciocinio, que logró

calmar algún tanto la cólera del de Olea, no carecía de verosimilitud;

mas por desgracia el infeliz Alí no había delirado.

Ya se ha visto en la última conversación que del conde de Lara con su

confidente hemos referido, que el infame Lope había tomado a su cargo

arrebatar al hermano de Zulema para llevarlo a uno de los castillos

del conde, y evitar así que se opusiera a sus designios; pero Lope

estaba avezado al crimen: todos sus horrores le eran familiares, y

hubiera podido rivalizar con los espíritus infernales en la perversidad

de corazón. La vida de sus semejantes era para aquel monstruo el

objeto más indiferente: desgraciado de aquel cuya existencia le era

bajo cualquier aspecto temible, porque poco tardaba en perderla. El

proyecto de encarcelar a Alí le disgustó desde luego, «porque puede

una casualidad», decía, «presentar al moro una ocasión de romper sus

hierros, y entonces, ¡ay de nosotros! No, señor, no; cuando el conde

vea muerto a su enemigo yo sé que se alegrará; y el perro además no ha

de volver del otro mundo a contar quién lo ha despachado. Por mi cuenta

sea: pocas horas le quedan de vida».

Formado este designio no pensó más que en su ejecución, principiando

por espiar las acciones de Alí. Poco tardó en averiguar la costumbre

que tenía de salir a paseo a caballo por las tardes, retirándose a

su casa ya entrada la noche; y pareciéndole que no podía ofrecerse

circunstancia más oportuna para su objeto, pagó a peso de oro los

servicios de los cuatro malvados que dieron muerte al malhadado hijo de

Hamet. Así que Lope supo que el crimen se había consumado, se apresuró

a buscar a su amo para noticiárselo.

—Señor —dijo al presentarse.

—¿Qué hay, Lope? —contestó el conde—, dos solos días faltan para el de

mi duelo, y Alí...

—No podrá presentarse en la palestra.

—¿Cómo? ¿Ya está preso?

—No, señor, pero..., Alí..., Alí no existe...

—¡Monstruo! ¿Qué has hecho?

—Yo nada: cumplir las órdenes de Vueseñoría.

—¡Miserable!, ¿y te he mandado yo por ventura que...?

—Vueseñoría me mandó que se le prendiese; pero que si se resistía se

obrase según las circunstancias. Cuatro hombres seguros y decididos

fueron a sorprenderle; en vez de rendirse, Alí dejó muerto en el campo

a uno; otro expira tal vez en este instante de las heridas de su

tremenda cimitarra...

—¿Y por qué no fue más gente?

—En efecto, el secreto era para confiarse a muchos.

—¿Conque en verdad murió?

—Sí, señor.

—Y el conde de Lara, gracias a tu perversidad, ha sido a su pesar

cómplice de un asesinato.

—Si se hubiera estado quieto el moro en su tierra...

—Y si yo no me fiara de ti... Marcha, Lope, huye para siempre de mi

presencia. Toma de mis tesoros la parte que te convenga: no te pongo

tasa, pero que mis ojos no vuelvan a verte jamás.

—No, señor: la suerte de Lope está ya unida para siempre a la del conde

de Lara; nos unen lazos indisolubles.

—Calla, miserable, calla, o...

—¿O qué, señor conde? ¿O qué? Nada temo. Vueseñoría no puede descubrir

mis fechorías sin que las suyas salgan a luz. Estoy tranquilo en esta

parte.

—Bien, déjame ahora; ya hablaremos en otro momento en que esté más

sosegado. Vete... Pero no: antes dime si estás seguro del silencio de

esos...

—Sí, señor: dos de ellos, merced al sevillano, cerraron ya su boca para

no volverla abrir. En cuanto a los otros dos, no querrán arriesgar sus

cabezas...

—Y si se les ofreciera la vida y por ella nos vendiesen...

—No es creíble; pero en todo caso...

—¡No más sangre! ¡No más sangre!

—Unas yerbas bien preparadas...

—No, Lope, no. Recompénsalos liberalmente; y sea después lo que el

destino ordene. Adiós.

Lara estaba realmente abrumado con el peso del crimen. Por una parte,

nunca había tenido intención de privar de la vida a Alí; y por otra,

veía que si el autor de aquel delito llegaba a descubrirse, no habría

quien, al saber que era Lope, dejase de creer que se había cometido por

orden suya. A todas estas reflexiones debe agregarse que la insolencia

con que su criado acababa de tratarle, le hizo conocer, aunque tarde,

que aquel malvado era capaz de venderle, siempre que sus intereses se

lo dictaran, y por lo mismo se decidió a deshacerse de él sin tardanza.

La media noche sería, cuando seguido de varios de sus hombres de armas

se dirigió al cuarto de Lope, que se hallaba durmiendo; despertáronle

al entrar el conde y sus soldados; incorporose en el lecho, no sin

algún sobresalto, y después de haber considerado atentamente a los que

le rodeaban, se encaró con su amo preguntándole qué se le ofrecía.

—Levántate, sígueme y lo sabrás —respondió desabridamente Lara.

—Obedezco —dijo Lope, y en efecto se vistió a toda prisa.

Luego que hubo concluido tomó su puñal antes que el conde pudiera

impedirlo; pero viéndole ya con él en la mano exclamó:

—Entrega tus armas, Lope; en el paraje adonde vas te serán inútiles.

—Es costumbre mía —replicó el criado.

—No importa: obedece y entrégalas.

—¡Señor! ¿Pues de qué se trata?

—De que mis criados aprendan a respetar al conde de Lara.

—No entiendo.

—Ya entenderás. Las armas.

—No. El puñal nunca: antes de entregarlo...

—¡Miserable! ¿Osas resistir?

—Comprendo vuestro designio: queréis que desaparezca todo vestigio...

—Silencio, o te cuesta la vida.

—Ingrato, antes morirás tú —gritó furioso.

Y hubiera ejecutado su designio si los soldados, arrojándose sobre

él, no le hubiesen detenido; mas viéndose próximo a caer indefenso en

poder del conde, dirigió contra su propio corazón el puñal homicida,

y terminó de un solo golpe una vida que toda había sido un tejido de

maldades.

Pero separemos la vista de este cuadro de horrores, y trasladémonos por

un instante al alcázar.

La reina se ocupaba aún en su tocado, la mañana siguiente a la muerte

de Alí, cuando se le anunció que el conde de Candespina pedía audiencia

para él y una enlutada dama que le acompañaba. Sorprendió no poco a

doña Urraca que el conde viniese con tal acompañamiento, pues debe

advertirse que Zulema había vivido con tal sigilo en compañía de Leonor

que nadie en la corte sabía que hubiese venido con su hermano.

—¿Conocéis a esa dama? —preguntó la reina a quien le entró el recado.

—No, señora; su rostro me es enteramente desconocido.

—Cosa rara. ¿Es joven?

—Una niña, si pueden creerse las apariencias.

—¿Hermosa?

—Sí, señora; pero su semblante indica alguna pena extraordinaria.

—El bueno del conde es el paño de lágrimas universal; mas no importa:

que entre.

Obedeciose la orden de la reina, y a pocos instantes se presentó ante

sus ojos la afligida mora, que para evitar las miradas de la curiosa

plebe vistió un traje negro de su amiga Leonor, y no parecía sino

que jamás había llevado otro. Como quiera que sea, la reina saludó

graciosamente al conde con la mano y una inclinación de cabeza, y

en seguida con una mirada, rápida y penetrante, examinó a la que le

acompañaba. Zulema era hermosa, la reina mujer, y acostumbrada a ser

el objeto exclusivo de las adoraciones: así, no es de extrañar que

ver venir a uno de sus amantes con una joven de tan singular belleza

causase en ella cierta sensación desagradable, que como a pesar suyo

transpiraba en la manera con que se dirigió a don Gómez:

—¿Qué nuevo misterio es este, conde de Candespina?

—Un misterio horrible, señora; pero la desdichada que Vuestra Alteza ve

a sus pies es quien debe hablar, no yo.

—¿Y quién es esta dama?

—Yo soy —dijo sollozando Zulema—, yo soy la infeliz hermana de Alí.

—¿Del moro que ha venido a retar al conde de Lara?

—Sí, señora —contestó el conde—, su hermana es.

—¿Y viene, por ventura —volvió a decir doña Urraca—, a desafiar por su

parte a alguna dama de mi corte, o es tal vez a mí?...

—Señora —interrumpió con notable severidad Candespina—, dígnese Vuestra

Alteza oírla hasta el fin, y después me parece que verá que esta

desdichada merece al menos toda su compasión.

—Sois un celoso protector de la belleza, conde. Alzad vos, niña mía;

alzad, y explicaos sin melindres ni rodeos.

Zulema no sabía qué era lo que pasaba por ella. El tono de la reina,

sus miradas alternativamente irónicas y severas, y la aspereza con que

sin causa la trataba, turbaron enteramente a aquella alma cándida e

inexperta; pero el conde, cuyo carácter no era de temple que pudiese

tolerar en su presencia tan notoria injusticia, tomó por ella la

palabra, explicándose en los términos siguientes:

—Vuestra Alteza me permitirá que sea yo quien la explique la causa del

dolor demasiado justo, demasiado verdadero de esta joven; de cuya

veracidad parece que mi reina duda, aunque sin causa. La desdichada que

ve Vuestra Alteza llora la muerte de su hermano...

—¿Qué decís? ¿Ha muerto Alí?

—Sí, señora, ha muerto.

—¿Y qué remedio puedo yo dar a ese mal?

—Remedio ninguno —interrumpió Zulema, cobrando aliento—; ninguno porque

no hay poder humano capaz de darlo.

—Tú misma lo dices, mora. Te compadezco; mas nada puedo hacer por ti.

—Vengarme, señora, o por mejor decir, hacerme justicia.

—¿De qué?

—De sus asesinos.

—¿De los asesinos de quién?

—De los de mi hermano.

—Mujer, ¿qué dices? El dolor te ha trastornado el juicio.

—No, señora —dijo don Gómez—, no ha perdido el juicio. ¡Ojalá se

engañase!, pero Alí ha muerto asesinado.

—¿Vos también, conde?

—Años ha, señora, que Vuestra Alteza me conoce, y debe saber que el

conde de Candespina no ha faltado jamás a la verdad.

—¡El cielo me valga! ¿Conque asesinado, decís?

—¡Asesinado, asesinado! —exclamó dolorosamente Zulema: yo he visto las

profundas heridas de su pecho: su sangre me cubre aún. ¡Justicia, reina

de Castilla, justicia!

—Sosiégate, infeliz, sosiégate —respondió doña Urraca visiblemente

enternecida—, y habla: ¿quién le ha muerto?

—Lo ignoro.

—¿Cómo pues se sabe que fue asesinado? Conde, explicádmelo.

El conde refirió a la reina el suceso de la muerte de Alí, omitiendo

sin embargo la revelación hecha por el moribundo con respecto a Lara,

en virtud de las razones que se han dicho. Doña Urraca le escuchó

atentamente, y después, volviéndose a Zulema, le preguntó:

—¿Tenía tu difunto hermano algún enemigo en León?

—Sí, señora —contestó la mora—, uno y muy poderoso.

—¿Quién es?

—El conde de Lara.

—¡Virgen Santísima! ¿Cómo puede ser el conde su enemigo si no le

conocía siquiera?

—Jamás había Lara visto a Alí hasta que vino a vuestra corte; pero la

desgraciada Zulema, señora, no le es desconocida.

—No eran pues infundadas mis sospechas; tú has sido la causa...

—Sí lo he sido, aunque inocente.

—¡Traidor!... Al momento refiéreme cuanto haya pasado entre los dos.

Zulema se vio en la precisión de referir de nuevo la historia de sus

tristes amores a doña Urraca, a quien solo la presencia del conde de

Candespina era capaz de contener para que no prorrumpiera en amargas

quejas contra el de Lara por haberla engañado. Mas a pesar de todo, la

inclinación que tenía a don Pedro le hablaba aún a su favor: dudaba de

la verdad de Zulema; y resolvió salir finalmente de su inquietud. Así

que la hermana de Alí terminó su breve y dolorosa narración, dijo:

—Yo he de apurar la verdad de este asunto. Pasad, conde, con esta niña

a la cámara inmediata, y esperad allí mis órdenes.

El conde obedeció y Zulema con él; y doña Urraca dio sus disposiciones

para salir en efecto de dudas.

[Ilustración]

El conde de Candespina (2 de 2) · 第 15 / 20 题