Mientras que en el alcázar de Burgos pasaban los sucesos que han
dado materia al capítulo anterior, la esposa de Hernando de Olea
desempeñaba los deberes de la hospitalidad con la interesante hermana
de Alí, con una dulzura de que solo las mujeres son capaces. Zulema,
que así se llamaba la joven mora, tendría como unos diecisiete años
de edad, reuniendo además en su persona todos los dones que puede
la naturaleza dispensar a una mujer para cautivar los corazones de
cuantos la miren; pero no brillaba su rostro con los vivos colores
tan propios de sus pocos años, ni la alegría de la juventud animaba
dos ojos negros como el ébano; antes, por el contrario, su palidez y
lánguido mirar descubrían que su corazón sufría el peso de alguna grave
desgracia. Todo esto lo vio desde el primer instante doña Leonor, y
como estaba dotada de sobrado ingenio, se prometió que la sencilla
sevillana descubriría sin duda el secreto que su hermano guardaba tan
cuidadosamente. En efecto, pasados los primeros cumplimientos, nuestras
dos damas, jóvenes ambas, y ambas con un semblante tan afable que las
provocaba a una recíproca confianza, parecían sin embargo suspensas,
no atreviéndose ni una ni otra a entrar en materia, hasta que doña
Leonor, como de más edad y experiencia, tomando una mano de Zulema y
estrechándola con la suya, rompió el silencio diciéndola:
—Mal parece en una niña como vos tanta tristeza: consolaos, y creed
que, ya que no esté en nuestra mano devolveros lo que tal vez habéis
dejado en Sevilla, haremos cuanto esté de nuestra parte para solazaros.
—¡Ah, señora! —respondió casi llorando Zulema—, ¡cuán bondadosa eres!
Pero no repares, te suplico, en mi melancolía que no puedo desterrar...
—¿Cómo, a vuestros años, puede haber penas tan profundas?
—¡Ay!, la herida está en el corazón, bellísima cristiana, en un corazón
que jamás había padecido y por eso es más dolorosa; por lo mismo será
eterna.
—¡Pobrecilla criatura! ¡Cuánto diera yo por poder aliviar tus penas!
—¿Aliviarlas? Imposible..., imposible. Más fácil sería que el
Guadalquivir dejase de derramar sus aguas en el mar.
—¡Infeliz!, ¿y ninguna esperanza os queda?
—Ninguna, como tú dices: ninguna.
—Acaso la muerte...
—¡Ojalá! Al menos esperaría ser feliz cuando Azrael cortase el hilo
de mi vida. Mas dejemos, amable señora, de ocuparnos en mis penas,
no venga yo a turbar tu felicidad con mis lamentos tan inútiles como
importunos.
—No lo son por cierto para mí. Consolar al triste es un precepto de la
verdadera religión...
—¡Ah! —exclamó Zulema arrebatada—, ¿por qué ha de haber monstruos que
se complazcan en atormentar a sus semejantes, siendo cristianos?
—Luego a un cristiano debéis vuestras penas.
—A un cristiano, sí; a un cristiano en el nombre; a un pérfido, a un
malvado. Tú le conocerás tal vez: es hermoso, es amable, es seductor;
pero sus entrañas son más duras que las del tigre.
—Sosegaos, amor mío; por Dios, sosegaos, y decidme su nombre: tal vez
podremos hacer...
—Nada, nada. Un corazón traspasado no puede curarse. ¿Pero qué podré
yo negar a quien tanto amor me muestra por la primera vez? Sabrás el
nombre del malvado que me ha hecho desgraciada: sabrás la dolorosa
historia de la infeliz Zulema.
Si al principiar la conversación referida, la curiosidad sola movía a
la bella Leonor a inquirir el secreto de sus huéspedes; ya viendo el
dolor de la triste Zulema, únicamente la compasión la dominaba; y a la
verdad hubiera sido necesario tener un corazón de piedra para resistir
a sus lágrimas.
La narración de su triste historia que vamos a insertar perderá sin
duda gran parte del interés que inspiraban ya el dulce sonido de la voz
de Zulema, ya el fuego o rubor con que refería algunos pasajes de ella;
pero la crónica no conserva más que la especie de extracto que sigue, y
tal como lo hemos encontrado así lo trasladamos.
Durante el reinado del padre de doña Urraca, la comunicación entre
moros y cristianos, como se ha dicho anteriormente, fue más común que
en ningún otro; y esto dio lugar a que visitando Hamet, moro sevillano,
tan opulento como sabio, la corte de Castilla, trabase amistad con don
Gonzalo, conde de Lara, cuyo hijo era don Pedro, de quien tanto hemos
hablado en nuestra narración.
Entre los diversos y profundos conocimientos que Hamet poseía, no era
de los menos importantes el de la medicina; ciencia que en aquellos
tiempos puede decirse que era patrimonio exclusivo de los árabes y
judíos, que la ejercían aun entre los mismos cristianos; ofreciéndonos
la historia ejemplo de algún monarca que pasó a reino infiel con objeto
de curarse de dolencias a que no hallaba remedio en su propio país. La
amistad, pues, del viejo conde de Lara con Hamet, la ciencia de este,
y la pertinacia de cierta enfermedad que su hijo padeció siendo ya
adulto le movieron a que le enviase a Sevilla a ver si su amigo podía
restituirle la salud.
Don Pedro de Lara se presentó en casa de Hamet, como un año antes de
los acontecimientos principales de nuestra historia, rico con los
dones de la naturaleza, y con cierto aire de interesante languidez que
inspiraba una compasión fácil de convertirse en amor en el alma de una
joven, aunque hubiera sido más experimentada que la inocente Zulema.
El moro recibió al noble castellano con la cortesía y magnificencia
con que todos los orientales ejercen la hospitalidad, y la dulzura y
flexible carácter de su huésped le cautivaron de tal modo que no tardó
en tratarle como a un hijo. A poco de estar Lara en Sevilla murió su
padre; y este acontecimiento, obligándole a no presentarse en público,
aun las pocas veces que sus males físicos lo permitían antes de él,
hizo que se constituyese a vivir enteramente en familia con Hamet y
Zulema; pues Alí, hermano de esta, se hallaba a la sazón en África
con unos parientes. Zulema era quien preparaba las salutíferas yerbas
que su docto padre recetaba a Lara; Zulema se las administraba por su
mano, y Zulema era quien continuamente procuraba distraerle de sus
penas. Al paso que la ciencia del padre le restituía la salud, la
belleza naciente, el candor, y la amabilidad de la hija inflamaban
la sangre del noble castellano, y la fiebre del amor se apoderaba de
todos sus sentidos. Zulema debía a la naturaleza el funesto don de
la sensibilidad más exquisita; palpitaba violentamente su corazón
oyendo referir cualquier desgracia, y sus ojos se llenaban de lágrimas
con la mayor facilidad. ¿Qué extraño será pues que un joven bizarro,
atacado a un tiempo por una enfermedad, y la pérdida del autor de sus
días, inspirara a la tierna Zulema una pasión que ya era invencible
cuando ella apenas presumía sentirla? Nada más natural; pero nada
tampoco más funesto para ella. Como quiera que sea, se pasaron muchos
meses sin que ambos jóvenes se hablasen de amor. Zulema se informaba
de las costumbres de los cristianos y de su religión: Lara respondía
minuciosamente a todas sus preguntas, y pintaba con tales colores
la dulzura, la luz de la verdadera fe, que la joven mora empezó a
dudar de sus falsos ritos, y a desear instruirse más a fondo en los
sagrados misterios de nuestra redención. Aunque don Pedro fue siempre
naturalmente vicioso, sin embargo, en la época de que hablamos, no
habiéndose aún desenvuelto en él el germen de la ambición, conservaba
gran parte de las sanas máximas que en su esmerada educación se había
procurado inculcarle, y la idea de convertir a Zulema a la religión
santa de la fe le arrebató. Pero las conferencias sobre este punto
no podían tenerse ni delante de Hamet, ni en paraje en que entrando
cualquiera de los comensales de la casa, pudiera sorprenderles en
una conversación que, una vez descubierta, podía costarle a Lara la
cabeza; y por lo mismo escogieron los dos jóvenes el jardín de la
casa, delicioso como todos los de la ribera del Betis. Allí, a la
sombra de los laureles y naranjos, y respirando un aire embalsamado
con el delicioso aroma de la purpúrea rosa y el nevado jazmín, oía
Zulema atentamente las lecciones de Lara: se enternecía escuchando
la barbarie de los judíos con el Redentor del mundo, y grababa en
su corazón las máximas de dulzura, de tolerancia y de caridad, que
son la base de nuestra creencia. Lara, favorecido por la belleza y
santidad del asunto, parecía más elocuente, más seductor que nunca; y
al paso que los ojos de la mora se abrían a la luz de la revelación,
su misionero se apoderaba enteramente de su alma. Mientras que el
castellano, dudando de convertir a Zulema, se ocupó exclusivamente en
asuntos religiosos, su celo fue loable; sus intenciones puras, su fin
santo; pero desde que ya enteramente convencida la hija de Hamet no le
fue necesario tanto estudio, la pérdida de la joven pudo tenerse por
inevitable.
—Zulema —le decía una noche sentados ambos al pie de un copudo y
antiguo laurel—: Zulema, si alcanzas la salud eterna con el bautismo,
¿qué cristiano podrá creerse más feliz en la tierra que el que sea tu
esposo?
—¿Y quién, Lara, querría unir su suerte con la mía? —contestó llena de
rubor la mora.
—¿Quién, Zulema? Todos. La rosa de abril no te iguala en belleza,
la azucena no es más cándida que tú y ningún sabio te aventaja en
discreción. ¿Qué te falta pues para ser amada?
—Amigo mío, tú me adulas.
—No, Zulema, no te adulo; pero dime: ¿tu corazón no ha palpitado aún
por ningún hombre?
—¡Ah!
—¿Suspiras, Zulema? Tú amas; ¿a quién?
—Lara, amigo mío, yo amar...
—Sí, tú amas; y tu misma turbación me lo demuestra. Tú amas, Zulema; un
mortal venturoso ha sabido cautivar tu corazón, y yo... ¡infeliz...!
—¿Tú infeliz, Lara? ¿Por qué?...
—Cruel, ¿qué preguntas? Tú eres la causa de mi tormento.
—¿Cómo es posible que yo te atormente, Lara; yo que por no verte
padecer un instante daría toda mi existencia?
—Pero tú amas a otro, y yo te adoro —dijo enajenado y atrayéndola a sus
brazos.
—¿Me adoras? —contestó Zulema casi sin sentido—. ¿Me adoras? Y bien, yo
te idolatro.
Zulema era esposa de Lara un instante después. El castellano la
prodigaba las más tiernas caricias, haciéndola mil juramentos, tal vez
sinceros entonces, de constancia y fidelidad; pero la víctima infeliz
perdió desde aquel día el reposo, y no volvió a recobrarlo jamás. Había
faltado a su deber, y el remordimiento la atormentaba, persiguiéndola
al mismo tiempo los más fatales presentimientos que demasiado pronto se
verificaron.
Lara, recobrado enteramente de su dolencia y satisfecho ya su amor
propio con haber triunfado de la virtud de Zulema, aprovechó la
ocasión que le ofrecían los disturbios de su patria para regresar a
ella, dejando a su esposa inconsolable a pesar de las protestas que
le hizo de volver antes de mucho a pedírsela por mujer a su padre,
protestando para no hacerlo entonces lo revuelto de los negocios de
Castilla.
La infeliz Zulema quedó en Sevilla tan desconsolada como Ariadna en
el desierto: los días volaban, los meses también, y Lara no parecía
ni daba noticia de su persona. Su continuo padecer atacó su salud, y
por otra parte sus relaciones con Lara habían sido demasiado íntimas
para que dejaran de manifestarse. El anciano Hamet vio el estado de
su hija: adivinó parte de lo sucedido, supo el resto de su boca; y el
dolor de la pérdida de su amada hija, y de la honra de su familia, le
condujeron en pocos días al sepulcro. Alí, a quien los lectores ya
conocen, regresó al seno de su familia precisamente a tiempo de saber
la desgracia de su hermana, y de ver exhalar a su padre el último
suspiro. Hamet, que conocía la violencia del carácter de su hijo, y su
extremado pundonor, le hizo jurar que no maltrataría a la desgraciada
joven, cuya falta era bien excusable en sus pocos años. Juró Alí, y
cumplió su juramento; pero había prometido respetar a su hermana, mas
no dejar impune a su malvado seductor; y así, apenas cumplió con los
deberes de la piedad filial, tributando a los restos de su padre los
últimos honores, partió con Zulema para la corte de Castilla con objeto
de hacer en ella lo que ya hemos visto.
[Ilustración]