CAPÍTULO X

Mientras que en el alcázar de Burgos pasaban los sucesos que han

dado materia al capítulo anterior, la esposa de Hernando de Olea

desempeñaba los deberes de la hospitalidad con la interesante hermana

de Alí, con una dulzura de que solo las mujeres son capaces. Zulema,

que así se llamaba la joven mora, tendría como unos diecisiete años

de edad, reuniendo además en su persona todos los dones que puede

la naturaleza dispensar a una mujer para cautivar los corazones de

cuantos la miren; pero no brillaba su rostro con los vivos colores

tan propios de sus pocos años, ni la alegría de la juventud animaba

dos ojos negros como el ébano; antes, por el contrario, su palidez y

lánguido mirar descubrían que su corazón sufría el peso de alguna grave

desgracia. Todo esto lo vio desde el primer instante doña Leonor, y

como estaba dotada de sobrado ingenio, se prometió que la sencilla

sevillana descubriría sin duda el secreto que su hermano guardaba tan

cuidadosamente. En efecto, pasados los primeros cumplimientos, nuestras

dos damas, jóvenes ambas, y ambas con un semblante tan afable que las

provocaba a una recíproca confianza, parecían sin embargo suspensas,

no atreviéndose ni una ni otra a entrar en materia, hasta que doña

Leonor, como de más edad y experiencia, tomando una mano de Zulema y

estrechándola con la suya, rompió el silencio diciéndola:

—Mal parece en una niña como vos tanta tristeza: consolaos, y creed

que, ya que no esté en nuestra mano devolveros lo que tal vez habéis

dejado en Sevilla, haremos cuanto esté de nuestra parte para solazaros.

—¡Ah, señora! —respondió casi llorando Zulema—, ¡cuán bondadosa eres!

Pero no repares, te suplico, en mi melancolía que no puedo desterrar...

—¿Cómo, a vuestros años, puede haber penas tan profundas?

—¡Ay!, la herida está en el corazón, bellísima cristiana, en un corazón

que jamás había padecido y por eso es más dolorosa; por lo mismo será

eterna.

—¡Pobrecilla criatura! ¡Cuánto diera yo por poder aliviar tus penas!

—¿Aliviarlas? Imposible..., imposible. Más fácil sería que el

Guadalquivir dejase de derramar sus aguas en el mar.

—¡Infeliz!, ¿y ninguna esperanza os queda?

—Ninguna, como tú dices: ninguna.

—Acaso la muerte...

—¡Ojalá! Al menos esperaría ser feliz cuando Azrael cortase el hilo

de mi vida. Mas dejemos, amable señora, de ocuparnos en mis penas,

no venga yo a turbar tu felicidad con mis lamentos tan inútiles como

importunos.

—No lo son por cierto para mí. Consolar al triste es un precepto de la

verdadera religión...

—¡Ah! —exclamó Zulema arrebatada—, ¿por qué ha de haber monstruos que

se complazcan en atormentar a sus semejantes, siendo cristianos?

—Luego a un cristiano debéis vuestras penas.

—A un cristiano, sí; a un cristiano en el nombre; a un pérfido, a un

malvado. Tú le conocerás tal vez: es hermoso, es amable, es seductor;

pero sus entrañas son más duras que las del tigre.

—Sosegaos, amor mío; por Dios, sosegaos, y decidme su nombre: tal vez

podremos hacer...

—Nada, nada. Un corazón traspasado no puede curarse. ¿Pero qué podré

yo negar a quien tanto amor me muestra por la primera vez? Sabrás el

nombre del malvado que me ha hecho desgraciada: sabrás la dolorosa

historia de la infeliz Zulema.

Si al principiar la conversación referida, la curiosidad sola movía a

la bella Leonor a inquirir el secreto de sus huéspedes; ya viendo el

dolor de la triste Zulema, únicamente la compasión la dominaba; y a la

verdad hubiera sido necesario tener un corazón de piedra para resistir

a sus lágrimas.

La narración de su triste historia que vamos a insertar perderá sin

duda gran parte del interés que inspiraban ya el dulce sonido de la voz

de Zulema, ya el fuego o rubor con que refería algunos pasajes de ella;

pero la crónica no conserva más que la especie de extracto que sigue, y

tal como lo hemos encontrado así lo trasladamos.

Durante el reinado del padre de doña Urraca, la comunicación entre

moros y cristianos, como se ha dicho anteriormente, fue más común que

en ningún otro; y esto dio lugar a que visitando Hamet, moro sevillano,

tan opulento como sabio, la corte de Castilla, trabase amistad con don

Gonzalo, conde de Lara, cuyo hijo era don Pedro, de quien tanto hemos

hablado en nuestra narración.

Entre los diversos y profundos conocimientos que Hamet poseía, no era

de los menos importantes el de la medicina; ciencia que en aquellos

tiempos puede decirse que era patrimonio exclusivo de los árabes y

judíos, que la ejercían aun entre los mismos cristianos; ofreciéndonos

la historia ejemplo de algún monarca que pasó a reino infiel con objeto

de curarse de dolencias a que no hallaba remedio en su propio país. La

amistad, pues, del viejo conde de Lara con Hamet, la ciencia de este,

y la pertinacia de cierta enfermedad que su hijo padeció siendo ya

adulto le movieron a que le enviase a Sevilla a ver si su amigo podía

restituirle la salud.

Don Pedro de Lara se presentó en casa de Hamet, como un año antes de

los acontecimientos principales de nuestra historia, rico con los

dones de la naturaleza, y con cierto aire de interesante languidez que

inspiraba una compasión fácil de convertirse en amor en el alma de una

joven, aunque hubiera sido más experimentada que la inocente Zulema.

El moro recibió al noble castellano con la cortesía y magnificencia

con que todos los orientales ejercen la hospitalidad, y la dulzura y

flexible carácter de su huésped le cautivaron de tal modo que no tardó

en tratarle como a un hijo. A poco de estar Lara en Sevilla murió su

padre; y este acontecimiento, obligándole a no presentarse en público,

aun las pocas veces que sus males físicos lo permitían antes de él,

hizo que se constituyese a vivir enteramente en familia con Hamet y

Zulema; pues Alí, hermano de esta, se hallaba a la sazón en África

con unos parientes. Zulema era quien preparaba las salutíferas yerbas

que su docto padre recetaba a Lara; Zulema se las administraba por su

mano, y Zulema era quien continuamente procuraba distraerle de sus

penas. Al paso que la ciencia del padre le restituía la salud, la

belleza naciente, el candor, y la amabilidad de la hija inflamaban

la sangre del noble castellano, y la fiebre del amor se apoderaba de

todos sus sentidos. Zulema debía a la naturaleza el funesto don de

la sensibilidad más exquisita; palpitaba violentamente su corazón

oyendo referir cualquier desgracia, y sus ojos se llenaban de lágrimas

con la mayor facilidad. ¿Qué extraño será pues que un joven bizarro,

atacado a un tiempo por una enfermedad, y la pérdida del autor de sus

días, inspirara a la tierna Zulema una pasión que ya era invencible

cuando ella apenas presumía sentirla? Nada más natural; pero nada

tampoco más funesto para ella. Como quiera que sea, se pasaron muchos

meses sin que ambos jóvenes se hablasen de amor. Zulema se informaba

de las costumbres de los cristianos y de su religión: Lara respondía

minuciosamente a todas sus preguntas, y pintaba con tales colores

la dulzura, la luz de la verdadera fe, que la joven mora empezó a

dudar de sus falsos ritos, y a desear instruirse más a fondo en los

sagrados misterios de nuestra redención. Aunque don Pedro fue siempre

naturalmente vicioso, sin embargo, en la época de que hablamos, no

habiéndose aún desenvuelto en él el germen de la ambición, conservaba

gran parte de las sanas máximas que en su esmerada educación se había

procurado inculcarle, y la idea de convertir a Zulema a la religión

santa de la fe le arrebató. Pero las conferencias sobre este punto

no podían tenerse ni delante de Hamet, ni en paraje en que entrando

cualquiera de los comensales de la casa, pudiera sorprenderles en

una conversación que, una vez descubierta, podía costarle a Lara la

cabeza; y por lo mismo escogieron los dos jóvenes el jardín de la

casa, delicioso como todos los de la ribera del Betis. Allí, a la

sombra de los laureles y naranjos, y respirando un aire embalsamado

con el delicioso aroma de la purpúrea rosa y el nevado jazmín, oía

Zulema atentamente las lecciones de Lara: se enternecía escuchando

la barbarie de los judíos con el Redentor del mundo, y grababa en

su corazón las máximas de dulzura, de tolerancia y de caridad, que

son la base de nuestra creencia. Lara, favorecido por la belleza y

santidad del asunto, parecía más elocuente, más seductor que nunca; y

al paso que los ojos de la mora se abrían a la luz de la revelación,

su misionero se apoderaba enteramente de su alma. Mientras que el

castellano, dudando de convertir a Zulema, se ocupó exclusivamente en

asuntos religiosos, su celo fue loable; sus intenciones puras, su fin

santo; pero desde que ya enteramente convencida la hija de Hamet no le

fue necesario tanto estudio, la pérdida de la joven pudo tenerse por

inevitable.

—Zulema —le decía una noche sentados ambos al pie de un copudo y

antiguo laurel—: Zulema, si alcanzas la salud eterna con el bautismo,

¿qué cristiano podrá creerse más feliz en la tierra que el que sea tu

esposo?

—¿Y quién, Lara, querría unir su suerte con la mía? —contestó llena de

rubor la mora.

—¿Quién, Zulema? Todos. La rosa de abril no te iguala en belleza,

la azucena no es más cándida que tú y ningún sabio te aventaja en

discreción. ¿Qué te falta pues para ser amada?

—Amigo mío, tú me adulas.

—No, Zulema, no te adulo; pero dime: ¿tu corazón no ha palpitado aún

por ningún hombre?

—¡Ah!

—¿Suspiras, Zulema? Tú amas; ¿a quién?

—Lara, amigo mío, yo amar...

—Sí, tú amas; y tu misma turbación me lo demuestra. Tú amas, Zulema; un

mortal venturoso ha sabido cautivar tu corazón, y yo... ¡infeliz...!

—¿Tú infeliz, Lara? ¿Por qué?...

—Cruel, ¿qué preguntas? Tú eres la causa de mi tormento.

—¿Cómo es posible que yo te atormente, Lara; yo que por no verte

padecer un instante daría toda mi existencia?

—Pero tú amas a otro, y yo te adoro —dijo enajenado y atrayéndola a sus

brazos.

—¿Me adoras? —contestó Zulema casi sin sentido—. ¿Me adoras? Y bien, yo

te idolatro.

Zulema era esposa de Lara un instante después. El castellano la

prodigaba las más tiernas caricias, haciéndola mil juramentos, tal vez

sinceros entonces, de constancia y fidelidad; pero la víctima infeliz

perdió desde aquel día el reposo, y no volvió a recobrarlo jamás. Había

faltado a su deber, y el remordimiento la atormentaba, persiguiéndola

al mismo tiempo los más fatales presentimientos que demasiado pronto se

verificaron.

Lara, recobrado enteramente de su dolencia y satisfecho ya su amor

propio con haber triunfado de la virtud de Zulema, aprovechó la

ocasión que le ofrecían los disturbios de su patria para regresar a

ella, dejando a su esposa inconsolable a pesar de las protestas que

le hizo de volver antes de mucho a pedírsela por mujer a su padre,

protestando para no hacerlo entonces lo revuelto de los negocios de

Castilla.

La infeliz Zulema quedó en Sevilla tan desconsolada como Ariadna en

el desierto: los días volaban, los meses también, y Lara no parecía

ni daba noticia de su persona. Su continuo padecer atacó su salud, y

por otra parte sus relaciones con Lara habían sido demasiado íntimas

para que dejaran de manifestarse. El anciano Hamet vio el estado de

su hija: adivinó parte de lo sucedido, supo el resto de su boca; y el

dolor de la pérdida de su amada hija, y de la honra de su familia, le

condujeron en pocos días al sepulcro. Alí, a quien los lectores ya

conocen, regresó al seno de su familia precisamente a tiempo de saber

la desgracia de su hermana, y de ver exhalar a su padre el último

suspiro. Hamet, que conocía la violencia del carácter de su hijo, y su

extremado pundonor, le hizo jurar que no maltrataría a la desgraciada

joven, cuya falta era bien excusable en sus pocos años. Juró Alí, y

cumplió su juramento; pero había prometido respetar a su hermana, mas

no dejar impune a su malvado seductor; y así, apenas cumplió con los

deberes de la piedad filial, tributando a los restos de su padre los

últimos honores, partió con Zulema para la corte de Castilla con objeto

de hacer en ella lo que ya hemos visto.

[Ilustración]

El conde de Candespina (2 de 2) · 第 12 / 20 题