El suceso de Alí había puesto en fermentación todos los espíritus
en la corte de Castilla. Los dos partidos de Candespina y Lara,
que hasta aquel punto habían conservado al menos las apariencias
de la urbanidad por respeto a la reina, rota una vez la barrera no
querían volver a entrar en sus respectivos límites; y cierto género
de hombres turbulentos por naturaleza e interés, que no faltaban en
ambas facciones como nunca han faltado en semejantes casos, hablaban
de someter al juicio de Dios, esto es, a la suerte de las armas,
la decisión de sus contiendas. En un instante desaparecieron todos
los preparativos hechos para festejar el casamiento de doña Leonor
y Hernando. Cada caballero corría a su casa a armarse y a armar a
sus criados; los ciudadanos se retiraban también a sus hogares, mas
era a encerrarse en ellos para ponerse a cubierto de los horrores
que preveían; y por último, en el mismo alcázar se tomaban las más
vigorosas medidas para prevenir todo accidente. Don Diego López, que
mandaba la guardia de la reina, aseguró a esta señora que nada tenía
que temer por su persona aun cuando el furor general llegase a tal
punto que hubiera quien pensase en atacarla; y como doña Urraca conocía
la lealtad y valor del señor de Nájara, se tranquilizó lo bastante para
pensar en interponer por fin su autoridad en aquel negocio, enviando
dos mensajeros en busca de los condes de Candespina y Lara. Pero lo que
nosotros hemos referido en poquísimas líneas fue obra en León de más
de una hora. Durante este tiempo el joven Alí se conciliaba cada vez
más el afecto de sus protectores. La condición del moro correspondía
en efecto a cuanto de su bien dispuesta persona podía esperarse;
afable con extremo, cortés sin ser lisonjero, y con un talento claro
y bien cultivado: Alí arrastraba tras de sí los ánimos de cuantos le
escuchaban. Ya se supondrá que si la discreción del conde de Candespina
fue bastante para que no hiciera pregunta ninguna a su huésped sobre el
motivo de su odio al conde de Lara, ni Hernando ni su esposa pudieron
contenerse; y a la verdad su curiosidad no carecía de disculpa.
—Confieso —le decía Hernando— que he admirado vuestra serenidad,
viéndoos rodeado de una multitud de furiosos que clamaban por vuestra
muerte.
—La vida de los hombres depende de la voluntad de Dios —contestó el
moro—, y no hay poder bastante en la tierra para atrasar ni adelantar
un momento el instante de su muerte.
—Buena será esa máxima —replicó Leonor—, pero yo sé decir de mí que
estaba muerta de miedo.
—¿Y cuándo la cándida paloma ha alzado tanto el vuelo como el águila?
—contesto el moro.
—¿Y no pensabais —volvió a decir Leonor—, no pensabais en la pena que
vuestra muerte hubiera causado a vuestra dama, si la tenéis...?
—Hermosa cristiana, las dulzuras del amor no me han sido concedidas;
pero tengo en cambio una hermana a quien mi muerte hubiera dejado sin
amparo.
—¿Una hermana? ¿En Granada?
—Mi patria es Sevilla; pero mi hermana está en León.
—¡Válgame el cielo! En León tenéis hermana. Hernando, si vos
quisierais...
—Mi esposa —dijo Olea— desea tener a vuestra hermana en su compañía.
Concededla esta gracia.
—Cristianos, me colmáis de favores.
—Dejad eso y marchad a buscarla.
—¿Qué decís? —interrumpió el conde—; este caballero no puede salir de
aquí sin peligro de su vida; que diga donde está su hermana, y se irá
por ella.
Alí señaló la posada en que había dejado a su hermana guardada por
algunos esclavos; y varios criados del conde guiados por el negro
escudero fueron en su busca. Entre tanto no perdonaba medio ninguno
la astuta doña Leonor para saber del moro el origen de su odio al
conde de Lara: pero este, eludiendo unas preguntas y haciéndose el
sordo a otras, dejó burlados todos sus ardides, sin que la respuesta
más directa que dio pasase de decir que el hombre de honor no debía
publicar sus afrentas hasta que estuviesen vengadas. Desembarazado
por fin de aquella especie de examen fiscal, se ocupó con el conde de
Candespina del asunto que parecía absorber toda su existencia. El conde
le ofreció toda su protección, y cuando vino el mensajero de parte de
la reina a buscarle, tomó a su cargo la comisión de suplicarle que le
concediese una audiencia. Bien hubiera querido Hernando acompañar a su
amigo al alcázar; mas como la orden de la reina nombraba únicamente al
conde de Candespina, quiso este ir absolutamente solo. Ya estaba Lara
al lado de doña Urraca cuando don Gómez se presentó, y desde luego la
reina se quejó agriamente a ambos condes de la escandalosa escena de
aquella mañana. Fácil le fue disculparse al de Lara con solo hacer
presente que no habiéndose hallado en ella, ninguna responsabilidad
podía exigírsele: mas no así el de Candespina que había tomado en ella
una parte sumamente activa. Pero el noble castellano era incapaz de
arrepentirse de su generosa acción.
—Sí, señora —dijo a la reina—, he sacado el acero, me he puesto al lado
de un hombre a quien una multitud furiosa trataba de sacrificar, si
este es un delito, yo me confieso reo; pero no puedo arrepentirme...
—Y por un infiel —dijo la reina—, por un infiel ibais a derramar la
sangre de vuestros hermanos.
—Un infiel, señora, es un hombre; y asesinos no pueden nunca ser mis
hermanos.
—Conde don Gómez —exclamó Lara—, ¿asesinos llamáis a los caballeros de
la casa de Lara?
—Aunque sola Su Alteza tiene derecho a examinar mi conducta y palabras
—contestó don Gómez—, quiero que me digáis, conde de Lara, qué nombre
daremos a los que siendo ciento atacan a uno.
—Baste, caballeros —interrumpió la reina—, consiento en olvidar lo
pasado; pero es preciso que la paz se restablezca inmediatamente.
—Por mi parte —dijo Lara—, no tengo más voluntad que la de Vuestra
Alteza.
—Y yo —añadió don Gómez—, yo respondo a Vuestra Alteza de mis parientes
y amigos.
—Está bien, señores; retiraos pues, y cumplid vuestras promesas.
Lara se disponía a obedecer a la reina, pero Candespina le detuvo
para que oyese la súplica que en nombre de Alí iba a hacer a Su Alteza
para que le admitiese a su presencia. Este nuevo incidente desconcertó
a don Pedro, que se creía desembarazado para siempre de la presencia
del moro; pero no se atrevió a proferir una sola palabra que diese a
entender su descontento. La reina, por su parte, manifestó visiblemente
su desagrado de que el conde de Candespina tomase cartas en aquel
asunto; mas él con su acostumbrada inflexibilidad insistió tanto, y
con tales razones demostró que era de rigurosa justicia conceder a
Alí la audiencia que pedía, que al cabo la obtuvo para aquella misma
noche. Llegó esta en efecto, y doña Urraca, sentada en un magnífico
trono situado en una de las extremidades del más suntuoso salón del
alcázar, rodeada de sus damas y de la mayor parte de la nobleza de
Castilla, esperó, con un semblante en el cual a su pesar se leía no
poco descontento, el instante de recibir al moro, origen inocente de
las turbulencias de aquel día, quien no tardó mucho en presentarse
acompañado del conde de Candespina, Hernando de Olea y todos sus
parciales. Alí venía completamente armado, pero sin lanza ni escudo, y
Hernando también iba dispuesto a entrar en lid; los demás caballeros
llevaban vestidos de corte. Desde luego las armas de Hernando llamaron
la atención general, pero pronto se dedicó toda al moro, que después de
sus acostumbrados saludos y de haber recibido de la reina la orden de
exponer brevemente su súplica, lo hizo en esta forma:
—Reina de Castilla, mi súplica ya la sabes: soy noble, estoy agraviado;
solo vengo a pedir un palenque en el que, con la ayuda de Alá, espero
recobrar mi honra.
—¿Quién te ha ofendido?
—El conde de Lara.
—¿Cómo puedo yo haberte ofendido, infiel —exclamó Lara—, si en mi vida
te he visto?
—Silencio —dijo la reina—, nadie sea osado a hablar sin mi permiso. Y
tú, contesta: ¿es cierto que nunca has visto al conde de Lara hasta hoy?
—Nunca.
—¿Cómo pues te ha ofendido?
—¿Cómo? Él lo sabe: mi nombre le descubrirá el arcano. Conde de Lara,
yo soy Alí, hijo de Hamet.
Todos los ojos se fijaron en Lara, a quien este apóstrofe hizo mudar
de color; pero sea que no se atreviese a faltar a las órdenes de la
reina, contestando sin que esta se lo mandase, o bien que no quisiera
o tuviese qué responder, lo cierto es que guardó el más profundo
silencio. Doña Urraca, después de haber considerado atentamente a los
dos adversarios, se volvió a Alí y le dijo:
—Singular es que seas su enemigo sin conocerle; pero al menos nos dirás
cuál es la ofensa que te ha hecho.
—Cuando Lara no exista la sabrás, reina.
—Moro, recuerda que hablas con la reina de Castilla, y obedece sus
mandatos.
—Alá me preserve de faltarte al respeto; pero en tanto que mi ofensor
viva, mis labios no pronunciarán nunca el agravio que me ha hecho.
—Para que yo consienta el combate debo saber la causa.
—Yo reto por traidor y desleal al conde de Lara en vuestra presencia,
damas y caballeros. ¿No basta esto en Castilla para que un noble salga
a la palestra?
—Y sobra —contestó Candespina—: Vuestra Alteza no puede ya oponerse al
combate sin menoscabo de la honra del conde de Lara mismo.
—Callad —exclamó colérica la reina—; callad, y sea esta la última vez
que se falte a mis órdenes. En fin, moro, resuelves no comunicarnos de
qué acusas al conde de Lara.
—Él lo sabe, repito, y si no es un cobarde, recogerá esa prenda —y al
mismo tiempo le arrojó un guante, que cayo a los pies de su enemigo.
Este permaneció inmóvil; pero la reina se dirigió a él, diciéndole:
—Veamos si vos, conde de Lara, nos aclaráis este misterio.
—Yo, señora, nada sé; no conozco a ese infiel, y su nombre hiere hoy mi
oído por primera vez.
—Caballeros, ya oís la respuesta del conde.
—Y yo sostengo —exclamó Alí— que ha mentido.
—Miserable —contestó furioso Lara cogiendo el guante—, tu vida me dará
satisfacción.
El conde de Lara no había manifestado hasta entonces la menor
inclinación a combatir con el moro; pero ya fuese que no pudo
resistir a las injurias que Alí le hacía, ya que conociera que su
pusilanimidad iba a perderle para siempre aun en la opinión de sus
mismos partidarios, lo cierto es que al coger el guante parecía
animado por el noble resentimiento de un hombre de honor cruelmente
ofendido. Tanto los caballeros como las damas presentes manifestaron
con una especie de aplauso la satisfacción que les causaba el proceder
del conde, y volvieron la vista hacia Alí para ver si conservaba o
no la entereza que hasta aquel punto había manifestado; pero lejos
de verse la más mínima señal de turbación en el rostro del joven
musulmán, brillaba en sus ojos todo el fuego de la venganza, pronta a
satisfacerse. Doña Urraca misma permaneció algún tiempo silenciosa y
pensativa, contemplando ora a Alí, ora a Lara, que ambos enfrente de
ella esperaban con visible impaciencia su resolución; hasta que por fin
anunció que pues el conde de Lara había recogido la prenda del combate,
por no desairarle consentía en que se verificase, y señalaba para que
tuviese lugar el octavo día, a contar desde aquel. Alí dio las más
expresivas gracias por la merced que se le hacía, y se retiró después
de haber dicho que el caballero Hernando de Olea le honraba siendo su
padrino en aquel combate. El conde de Lara nombró para que lo fuese
suyo a Gutierre de Cetina, su deudo, que ejercía las funciones de
mayordomo de la reina; y en seguida se dispersó la reunión.
[Ilustración]