CAPÍTULO IX

El suceso de Alí había puesto en fermentación todos los espíritus

en la corte de Castilla. Los dos partidos de Candespina y Lara,

que hasta aquel punto habían conservado al menos las apariencias

de la urbanidad por respeto a la reina, rota una vez la barrera no

querían volver a entrar en sus respectivos límites; y cierto género

de hombres turbulentos por naturaleza e interés, que no faltaban en

ambas facciones como nunca han faltado en semejantes casos, hablaban

de someter al juicio de Dios, esto es, a la suerte de las armas,

la decisión de sus contiendas. En un instante desaparecieron todos

los preparativos hechos para festejar el casamiento de doña Leonor

y Hernando. Cada caballero corría a su casa a armarse y a armar a

sus criados; los ciudadanos se retiraban también a sus hogares, mas

era a encerrarse en ellos para ponerse a cubierto de los horrores

que preveían; y por último, en el mismo alcázar se tomaban las más

vigorosas medidas para prevenir todo accidente. Don Diego López, que

mandaba la guardia de la reina, aseguró a esta señora que nada tenía

que temer por su persona aun cuando el furor general llegase a tal

punto que hubiera quien pensase en atacarla; y como doña Urraca conocía

la lealtad y valor del señor de Nájara, se tranquilizó lo bastante para

pensar en interponer por fin su autoridad en aquel negocio, enviando

dos mensajeros en busca de los condes de Candespina y Lara. Pero lo que

nosotros hemos referido en poquísimas líneas fue obra en León de más

de una hora. Durante este tiempo el joven Alí se conciliaba cada vez

más el afecto de sus protectores. La condición del moro correspondía

en efecto a cuanto de su bien dispuesta persona podía esperarse;

afable con extremo, cortés sin ser lisonjero, y con un talento claro

y bien cultivado: Alí arrastraba tras de sí los ánimos de cuantos le

escuchaban. Ya se supondrá que si la discreción del conde de Candespina

fue bastante para que no hiciera pregunta ninguna a su huésped sobre el

motivo de su odio al conde de Lara, ni Hernando ni su esposa pudieron

contenerse; y a la verdad su curiosidad no carecía de disculpa.

—Confieso —le decía Hernando— que he admirado vuestra serenidad,

viéndoos rodeado de una multitud de furiosos que clamaban por vuestra

muerte.

—La vida de los hombres depende de la voluntad de Dios —contestó el

moro—, y no hay poder bastante en la tierra para atrasar ni adelantar

un momento el instante de su muerte.

—Buena será esa máxima —replicó Leonor—, pero yo sé decir de mí que

estaba muerta de miedo.

—¿Y cuándo la cándida paloma ha alzado tanto el vuelo como el águila?

—contesto el moro.

—¿Y no pensabais —volvió a decir Leonor—, no pensabais en la pena que

vuestra muerte hubiera causado a vuestra dama, si la tenéis...?

—Hermosa cristiana, las dulzuras del amor no me han sido concedidas;

pero tengo en cambio una hermana a quien mi muerte hubiera dejado sin

amparo.

—¿Una hermana? ¿En Granada?

—Mi patria es Sevilla; pero mi hermana está en León.

—¡Válgame el cielo! En León tenéis hermana. Hernando, si vos

quisierais...

—Mi esposa —dijo Olea— desea tener a vuestra hermana en su compañía.

Concededla esta gracia.

—Cristianos, me colmáis de favores.

—Dejad eso y marchad a buscarla.

—¿Qué decís? —interrumpió el conde—; este caballero no puede salir de

aquí sin peligro de su vida; que diga donde está su hermana, y se irá

por ella.

Alí señaló la posada en que había dejado a su hermana guardada por

algunos esclavos; y varios criados del conde guiados por el negro

escudero fueron en su busca. Entre tanto no perdonaba medio ninguno

la astuta doña Leonor para saber del moro el origen de su odio al

conde de Lara: pero este, eludiendo unas preguntas y haciéndose el

sordo a otras, dejó burlados todos sus ardides, sin que la respuesta

más directa que dio pasase de decir que el hombre de honor no debía

publicar sus afrentas hasta que estuviesen vengadas. Desembarazado

por fin de aquella especie de examen fiscal, se ocupó con el conde de

Candespina del asunto que parecía absorber toda su existencia. El conde

le ofreció toda su protección, y cuando vino el mensajero de parte de

la reina a buscarle, tomó a su cargo la comisión de suplicarle que le

concediese una audiencia. Bien hubiera querido Hernando acompañar a su

amigo al alcázar; mas como la orden de la reina nombraba únicamente al

conde de Candespina, quiso este ir absolutamente solo. Ya estaba Lara

al lado de doña Urraca cuando don Gómez se presentó, y desde luego la

reina se quejó agriamente a ambos condes de la escandalosa escena de

aquella mañana. Fácil le fue disculparse al de Lara con solo hacer

presente que no habiéndose hallado en ella, ninguna responsabilidad

podía exigírsele: mas no así el de Candespina que había tomado en ella

una parte sumamente activa. Pero el noble castellano era incapaz de

arrepentirse de su generosa acción.

—Sí, señora —dijo a la reina—, he sacado el acero, me he puesto al lado

de un hombre a quien una multitud furiosa trataba de sacrificar, si

este es un delito, yo me confieso reo; pero no puedo arrepentirme...

—Y por un infiel —dijo la reina—, por un infiel ibais a derramar la

sangre de vuestros hermanos.

—Un infiel, señora, es un hombre; y asesinos no pueden nunca ser mis

hermanos.

—Conde don Gómez —exclamó Lara—, ¿asesinos llamáis a los caballeros de

la casa de Lara?

—Aunque sola Su Alteza tiene derecho a examinar mi conducta y palabras

—contestó don Gómez—, quiero que me digáis, conde de Lara, qué nombre

daremos a los que siendo ciento atacan a uno.

—Baste, caballeros —interrumpió la reina—, consiento en olvidar lo

pasado; pero es preciso que la paz se restablezca inmediatamente.

—Por mi parte —dijo Lara—, no tengo más voluntad que la de Vuestra

Alteza.

—Y yo —añadió don Gómez—, yo respondo a Vuestra Alteza de mis parientes

y amigos.

—Está bien, señores; retiraos pues, y cumplid vuestras promesas.

Lara se disponía a obedecer a la reina, pero Candespina le detuvo

para que oyese la súplica que en nombre de Alí iba a hacer a Su Alteza

para que le admitiese a su presencia. Este nuevo incidente desconcertó

a don Pedro, que se creía desembarazado para siempre de la presencia

del moro; pero no se atrevió a proferir una sola palabra que diese a

entender su descontento. La reina, por su parte, manifestó visiblemente

su desagrado de que el conde de Candespina tomase cartas en aquel

asunto; mas él con su acostumbrada inflexibilidad insistió tanto, y

con tales razones demostró que era de rigurosa justicia conceder a

Alí la audiencia que pedía, que al cabo la obtuvo para aquella misma

noche. Llegó esta en efecto, y doña Urraca, sentada en un magnífico

trono situado en una de las extremidades del más suntuoso salón del

alcázar, rodeada de sus damas y de la mayor parte de la nobleza de

Castilla, esperó, con un semblante en el cual a su pesar se leía no

poco descontento, el instante de recibir al moro, origen inocente de

las turbulencias de aquel día, quien no tardó mucho en presentarse

acompañado del conde de Candespina, Hernando de Olea y todos sus

parciales. Alí venía completamente armado, pero sin lanza ni escudo, y

Hernando también iba dispuesto a entrar en lid; los demás caballeros

llevaban vestidos de corte. Desde luego las armas de Hernando llamaron

la atención general, pero pronto se dedicó toda al moro, que después de

sus acostumbrados saludos y de haber recibido de la reina la orden de

exponer brevemente su súplica, lo hizo en esta forma:

—Reina de Castilla, mi súplica ya la sabes: soy noble, estoy agraviado;

solo vengo a pedir un palenque en el que, con la ayuda de Alá, espero

recobrar mi honra.

—¿Quién te ha ofendido?

—El conde de Lara.

—¿Cómo puedo yo haberte ofendido, infiel —exclamó Lara—, si en mi vida

te he visto?

—Silencio —dijo la reina—, nadie sea osado a hablar sin mi permiso. Y

tú, contesta: ¿es cierto que nunca has visto al conde de Lara hasta hoy?

—Nunca.

—¿Cómo pues te ha ofendido?

—¿Cómo? Él lo sabe: mi nombre le descubrirá el arcano. Conde de Lara,

yo soy Alí, hijo de Hamet.

Todos los ojos se fijaron en Lara, a quien este apóstrofe hizo mudar

de color; pero sea que no se atreviese a faltar a las órdenes de la

reina, contestando sin que esta se lo mandase, o bien que no quisiera

o tuviese qué responder, lo cierto es que guardó el más profundo

silencio. Doña Urraca, después de haber considerado atentamente a los

dos adversarios, se volvió a Alí y le dijo:

—Singular es que seas su enemigo sin conocerle; pero al menos nos dirás

cuál es la ofensa que te ha hecho.

—Cuando Lara no exista la sabrás, reina.

—Moro, recuerda que hablas con la reina de Castilla, y obedece sus

mandatos.

—Alá me preserve de faltarte al respeto; pero en tanto que mi ofensor

viva, mis labios no pronunciarán nunca el agravio que me ha hecho.

—Para que yo consienta el combate debo saber la causa.

—Yo reto por traidor y desleal al conde de Lara en vuestra presencia,

damas y caballeros. ¿No basta esto en Castilla para que un noble salga

a la palestra?

—Y sobra —contestó Candespina—: Vuestra Alteza no puede ya oponerse al

combate sin menoscabo de la honra del conde de Lara mismo.

—Callad —exclamó colérica la reina—; callad, y sea esta la última vez

que se falte a mis órdenes. En fin, moro, resuelves no comunicarnos de

qué acusas al conde de Lara.

—Él lo sabe, repito, y si no es un cobarde, recogerá esa prenda —y al

mismo tiempo le arrojó un guante, que cayo a los pies de su enemigo.

Este permaneció inmóvil; pero la reina se dirigió a él, diciéndole:

—Veamos si vos, conde de Lara, nos aclaráis este misterio.

—Yo, señora, nada sé; no conozco a ese infiel, y su nombre hiere hoy mi

oído por primera vez.

—Caballeros, ya oís la respuesta del conde.

—Y yo sostengo —exclamó Alí— que ha mentido.

—Miserable —contestó furioso Lara cogiendo el guante—, tu vida me dará

satisfacción.

El conde de Lara no había manifestado hasta entonces la menor

inclinación a combatir con el moro; pero ya fuese que no pudo

resistir a las injurias que Alí le hacía, ya que conociera que su

pusilanimidad iba a perderle para siempre aun en la opinión de sus

mismos partidarios, lo cierto es que al coger el guante parecía

animado por el noble resentimiento de un hombre de honor cruelmente

ofendido. Tanto los caballeros como las damas presentes manifestaron

con una especie de aplauso la satisfacción que les causaba el proceder

del conde, y volvieron la vista hacia Alí para ver si conservaba o

no la entereza que hasta aquel punto había manifestado; pero lejos

de verse la más mínima señal de turbación en el rostro del joven

musulmán, brillaba en sus ojos todo el fuego de la venganza, pronta a

satisfacerse. Doña Urraca misma permaneció algún tiempo silenciosa y

pensativa, contemplando ora a Alí, ora a Lara, que ambos enfrente de

ella esperaban con visible impaciencia su resolución; hasta que por fin

anunció que pues el conde de Lara había recogido la prenda del combate,

por no desairarle consentía en que se verificase, y señalaba para que

tuviese lugar el octavo día, a contar desde aquel. Alí dio las más

expresivas gracias por la merced que se le hacía, y se retiró después

de haber dicho que el caballero Hernando de Olea le honraba siendo su

padrino en aquel combate. El conde de Lara nombró para que lo fuese

suyo a Gutierre de Cetina, su deudo, que ejercía las funciones de

mayordomo de la reina; y en seguida se dispersó la reunión.

[Ilustración]

El conde de Candespina (2 de 2) · 第 11 / 20 题