Amaneció el día siguiente al de los sucesos que acabamos de referir,
y el sol no madrugó más que la mayor parte de los actores de nuestra
historia, pues cada uno de ellos se hallaba demasiado agitado para
poder entregarse largo tiempo al reposo. En efecto, doña Urraca acababa
de comprometerse, por decirlo así, con los dos condes, y buscaba
inútilmente algún medio para quedar airosa con ambos. Candespina
se veía a punto de recobrar su ascendiente y, a su entender, de
conseguir todos sus deseos. Lara, aunque en realidad había perdido
momentáneamente como privado, conocía que como amante estaban sus
negocios en el mejor estado; y por último, doña Leonor y Hernando,
que en aquel día debían unirse con lazo indisoluble, es de presumir
que tampoco estarían muy tranquilos. La magnífica catedral de León se
había adornado con el mayor aparato para la ceremonia religiosa que
se preparaba: los habitantes de la capital circulaban por las calles
vecinas al alcázar esperando con ansia el momento en que la desposada
saliese de él acompañada de la reina; los cortesanos, vestidos con un
fasto excesivo, llenaban ya los regios salones, y la nueva privanza
del conde de Candespina era el objeto en que todos se ocupaban. Solo
el conde de Lara no se presentó en el alcázar, y esta falta produjo
una sensación visible: sus parientes y amigos parecía que asistían
forzados a aquella ceremonia, y demostraban en el arrugado ceño y
ademanes desdeñosos el descontento que padecían: los demás, conformando
su conducta a las circunstancias, volvían a elogiar a don Gómez, y
a soltar de cuando en cuando tal cual epigrama contra Lara: en una
palabra, un día bastó para que todo mudase de aspecto. Las diez de
la mañana serían cuando salió del alcázar la real comitiva para la
catedral. La novia, con un suntuoso vestido regalo de su soberana,
marchaba al lado de esta, tan ruborosa, tan bella, que acaso no hubo
un hombre, entre la multitud que la rodeaba, que no envidiase la dicha
del venturoso Hernando, quien a la puerta del templo la esperaba en
compañía del conde su amigo, y un sinnúmero de parientes y parciales,
con un ansia fácil de concebir. No se dijeron una palabra los dos
futuros esposos; pero una mirada fue para cada uno de ellos más
expresiva que lo hubiera sido un discurso por elocuente que fuese. La
comitiva entró en la iglesia: sus bóvedas resonaron con los himnos
sagrados, y a poco ya Leonor y Hernando habían jurado al Supremo
Hacedor amor y constancia eterna. Celebrose en seguida el santo
misterio de nuestra redención, y los esposos salieron de la catedral
con la misma comitiva que a ella habían llevado. La ceremonia religiosa
que acababa de terminarse parecía haber dado a todos los ánimos cierta
serenidad que anunciaban los placenteros rostros de damas y caballeros,
únicamente ocupados en los festejos que, para más solemnizar la
boda de su camarera y amigo, habían dispuesto la reina y el conde
de Candespina; pero cuando ya la comitiva entera, acabando de salir
del templo, se ordenaba para regresar al alcázar, llamó la atención
general el confuso rumor del pueblo que abría paso a una persona que
apresuradamente venía al encuentro de la reina. Era este un moro,
vestido según la costumbre de su país, con extraordinaria magnificencia
y montado en un caballo andaluz admirable por su belleza y gallardía.
Coronaba el turbante del infiel una pieza de finísimo y brillante
acero, terminada en figura cónica: cubría su pecho una coraza no menos
lucida, en la cual llevaba engastadas razonable número de piedras
preciosas; y el puño de la cimitarra, pendiente del costado derecho,
así como el de la gumía o daga que llevaba en la cintura, correspondían
a la riqueza del resto de su equipo. Seguíale a pie un esclavo negro
como el ébano, cargado con la lanza y adarga de su señor. La persona
del moro era la de un hombre de mediana estatura bien configurado pero
cuyos miembros no habían aún adquirido toda la robustez de que eran
capaces: su rostro moreno claro, sus ojos vivísimos, la delicadeza
de sus facciones, y sobre todo el bozo apenas naciente que en él se
reparaba, descubrían que su edad no podía pasar de dieciocho a veinte
años. Como Castilla se hallaba en paz con los mahometanos españoles,
la venida de uno de estos a León nada tenía de particular, pues aunque
moros y cristianos eran enemigos por religión y política, acostumbraban
sin embargo a visitarse recíprocamente por curiosidad u otras causas
cuando las circunstancias se lo permitían. En el reinado del padre
de doña Urraca especialmente se hicieron más comunes las relaciones
entre ambos países, tanto porque don Alfonso debió protección y
amparo a los musulmanes, en la persecución que sufrió de parte de
su hermano don Sancho, como porque posteriormente casó con Zaida,
princesa mora sevillana. Por esto, pues, aunque la presencia del moro
que hemos tratado de describir excitó como es natural la curiosidad
de los leoneses, no les pareció de ningún modo alarmante su repentina
aparición.
La reina misma se volvió hacia el lado de donde venía el rumor, y se
paró a admirar la elegancia de la figura y riqueza del vestido del
infiel, que habiendo preguntado quién era la reina y habiéndolo sabido
por uno de los circunstantes, saltó con la mayor ligereza de su caballo
a tierra, y con sereno y modesto continente se encaminó derecho a ella.
Llegado a sus inmediaciones, hizo tres reverencias seguidas cruzando
los brazos sobre el pecho e inclinando el cuerpo hasta tocar casi en
el suelo con la cabeza, y en seguida, postrándose a los pies de doña
Urraca, esperó humildemente a que esta le dirigiese la palabra, en lo
que se tardó algún tanto, pues tan inesperada acción sorprendió a la
reina de Castilla. En fin, después que se hubo recobrado, le dijo,
haciéndose un tanto atrás:
—Álzate, moro, y di qué quieres.
—Reina de Castilla, sultana de la belleza, flor de los nazarenos
—contestó el infiel levantándose—: el libro de la verdad dice que la
luz del sol brilla para todos.
—Verdad es; pero sed breve o dejad vuestra súplica para momento más
oportuno.
—Alí, hijo de Hamet, solo viene a pedir a tu justicia un campo en qué
lidiar.
—Moro, si de alguno de mis vasallos tienes queja, yo te haré justicia.
—La afrenta que el noble recibe, solo con la sangre del que se la hizo
puede lavarse: y está escrito que Hamet derramará la del traidor que le
ultrajó, con la ayuda de Alá y del santo Profeta.
—Bien: nómbrame al menos tu ofensor.
—Que la maldición del Profeta caiga sobre su detestable cabeza. Sultana
de Castilla, en tu presencia y a la faz de tu pueblo acuso de traidor y
desleal, indigno del nombre de caballero, al malvado que los hijos del
Nazareno llamáis conde de Lara.
—¿Qué dices, infiel? —exclamó la reina, mas no pudo continuar, pues
las últimas palabras de Alí, pronunciadas en voz elevada, hiriendo los
oídos del pueblo, produjeron en la multitud un efecto extraordinario.
Lo mismo que la cristalina superficie del océano, si de repente sopla
un recio huracán, se rompe y divide en enormes montañas de agua que
chocándose entre sí causan un pavoroso estruendo, del mismo modo las
injurias del moro contra el conde de Lara produjeron en el pueblo
leonés, o al menos en gran parte de él, la mayor agitación. Desde luego
las personas prudentes y tímidas se retiraron de la concurrencia; pero
la muchedumbre, siempre curiosa, siempre amiga de novedades y pronta a
irritarse cuando cree ser la más fuerte, prorrumpió en descompasadas
voces contra el infiel, que osaba, decían, venir a insultar a los
cristianos en sus propios hogares. Alí volvió el rostro sosegadamente
al pueblo; contempló su agitación con la misma serenidad que si no se
tratara de su persona, y pareció dispuesto a esperar la resolución
de doña Urraca, que llena de espanto no acertaba a proferir una
palabra. Los caballeros que rodeaban a la reina, y en particular el
conde de Candespina, se disponían a hablar a la plebe para tratar de
calmarla; mas hubieron de renunciar a su proyecto viendo que los amigos
y parciales del conde de Lara, movidos de un espíritu frenético de
venganza, empezaron a gritar:
—Muera el perro infiel que se atreve a insultar a los ricos hombres de
Castilla.
Y al punto brillaron desnudas más de veinte espadas contra el
inalterable Alí, que sin perder nada de su serenidad, desnudó la
cimitarra, tomó en un instante el escudo de manos del negro, y se puso
en ademán de hacer frente a sus contrarios.
—¡Asesinos, cobardes! —gritó Hernando de Olea desnudando su acero y
poniéndose al lado del moro—; conmigo las habrá el que se atreva a
tocarle.
El conde de Candespina también tiró su espada en defensa del agareno,
y como es de presumir todos los de su bando hicieron otro tanto.
Quien únicamente conservó su sangre fría fue don Diego López, que
formando un escuadrón cerrado con la guardia de la reina sacó a esta
señora y a sus damas del tumulto, y las condujo a palacio. Entre tanto
se aumentaba el número de los contrarios y defensores de Alí: ambos
partidos se llenaban de injurias, y hubieran llegado a las manos sin la
circunstancia de estar el de Lara sin jefe y ser el conde de Candespina
quien capitaneaba el contrario. Alí no encontraba expresiones con que
agradecer a los parciales del conde el interés que tomaban por él; y
les suplicaba que le abandonaran a su suerte, antes que derramar por
él la sangre de sus hermanos. Pero Hernando juraba que haría pedazos
al primero que osase acercarse, y los demás caballeros deseaban
aprovechar aquella ocasión de saciar sus antiguos rencores. A pesar de
la prudencia y esfuerzos de don Gómez, tal vez hubiera sido imposible
evitar un combate sangriento si la casualidad de haber pasado esta
escena en las inmediaciones de la catedral no hubiera hecho que los
canónigos, testigos de aquel desorden, se apresuraran a revestirse
y salir de la iglesia, llevando en procesión una imagen de nuestro
Redentor, muy venerada en la ciudad. Esto y las persuasiones de los
canónigos disiparon por entonces al pueblo y partidarios de Lara; y
Alí pudo, escoltado por sus defensores, ir a la posada del conde de
Candespina, adonde le llevaron para mayor seguridad. Hernando encontró
allí a su bella esposa entregada a la más cruel inquietud; pero con el
gozo de verle sano y salvo no se acordó siquiera de reprenderle por
lo que ella llamaba su temeridad. Advertimos a nuestros lectores que
el conde había suplicado a Hernando que ocupase con su esposa una
habitación de su propia casa; y dejaremos para el capítulo siguiente
referirles lo que en ella pasó con el valeroso Alí, hijo de Hamet.
[Ilustración]