Aprovechando el conde de Candespina las treguas que en aquellos tiempos
daba el invierno a la guerra, fue a León, ciudad en que doña Urraca
tenía entonces su corte, movido tanto por el deseo de verla como por
el de empezar a disponer las cosas para su proyecto favorito; pues,
disuelto ya el matrimonio de la reina, su pretensión era legal. La
manera con que doña Urraca se había separado de él, prodigándole las
señales del más sincero afecto, le hacía creer con fundamento que sus
proposiciones serían favorablemente acogidas, y entregado a las más
lisonjeras esperanzas dio vista a las torres de la ciudad de León; pero
aún distaría una media legua de ella cuando salió a recibirle su fiel
amigo Hernando de Olea. Pasada la alegría del primer momento, trabaron
conversación como era natural sobre lo ocurrido en Galicia, y después
de haber Hernando referido aquellos acontecimientos:
—Cómo ha de ser —dijo el conde—, ya no tiene remedio. Decidme ahora
algo de vuestros asuntos: ¿cuándo os casáis con la bella Leonor?
—No se tardará mucho, don Gómez; por la reina ya estaría hecho, pero
yo...
—¡Es posible! ¿Por vos, Hernando, se ha diferido?
—Sí, conde, por mí: ¿había yo de casarme sin estar vos presente? No por
cierto.
—Conque en efecto la reina continúa interesándose por vos.
—¿Qué sé yo? No es todo oro lo que reluce.
—¿Cómo? No os entiendo.
—Ni es fácil; porque mientras habéis estado ausente son tantas las
mudanzas que ha habido... Pero vos lo veréis por vuestros propios ojos.
—Explicaos, en nombre del cielo.
—No quisiera anticiparos un disgusto.
—Hernando, en nombre de la amistad que nos une, decidme qué es lo que
se ha mudado.
—Todo: doña Leonor no goza ya de la privanza que antes con la reina;
Hernando y don Diego López son respetados en la corte porque es fama
que tienen muy larga la espada; el nombre de Candespina se pronuncia
aún alguna vez en el alcázar, pero a modo de palabra de conjuro, en voz
baja y como si fuera un delito.
—¡Qué me decís!
—¿Os sorprende? Es natural.
—Si me lo dijera otro que vos, no lo creyera.
—Mirad, conde, yo lo estoy viendo y apenas lo creo. Por lo mismo he
ocultado en León vuestra llegada. Nadie en la corte sino don Diego y
yo os espera: nadie está prevenido. Fácil os será, sorprendiéndolos,
convenceros de mi verdad.
—¿Pero a qué atribuir tan extraña mudanza? Cuando la reina salió de
Burgos...
—Cuando la reina salió de Burgos estaba muy reciente el servicio que
acababais de hacerla, y no había tenido tiempo aún el vil don Pedro
González...
—¡Hernando! ¡Hernando! ¿De un noble habláis así?
—Su nacimiento podrá ser noble; pero sus hechos son villanos. Siempre
adulando al que tiene delante: siempre calumniando a los ausentes...
—Pero veamos...
—No hay más que ver sino que parece que ha hechizado a la reina.
Perdóneme Dios; pero imposible es que no haya brujería.
—Dejad por la Virgen Santa eso, y decidme si, en fin, doña Urraca se ha
mudado completamente.
—Pluguiera a Dios que yo me engañase; pero está desconocida. Castellar
y Soria han desaparecido de su imaginación; no hay aragoneses que
puedan contrastarla; y todo en el mundo se cifra en ese malaventurado
don Pedro, que a fuerza de reverencias y palabras blandas la ha
trastornado.
—¿Y es posible que haya caído en redes tan groseras?
—Es mujer, y...
—Teneos; es nuestra reina.
—Vos lo veréis.
—Podrá ser; pero nunca me olvidaré de que soy su vasallo.
—Ni yo, don Gómez; mas me duele ver que un miserable se lleve el fruto
de vuestras fatigas.
—Dejémoslo a la mano de Dios, que él lo dispondrá como más convenga.
Razonando así llegaron a León. No dudaba el conde de la sinceridad
de su amigo; pero como a pesar de todo el cariño que le profesaba no
tenía la más alta idea de su penetración, dudó dar crédito a cuanto le
refería, creyendo se hubiese fascinado por un exceso de amistad. Sin
embargo, se engañaba: la privanza del conde de Lara era tan pública
que no se necesitaba más que tener ojos para verla; y por otra parte,
el frecuente trato con su futura esposa Leonor había civilizado, por
decirlo así, a Hernando. De todos modos el conde, lleno de dudas harto
fatales, hizo que su amigo anunciase a la reina su llegada; pidiendo
al mismo tiempo permiso para presentarse a besar sus pies. Fue Hernando
a desempeñar aquella comisión precisamente en un momento en que el
conde de Lara se hallaba en compañía de la reina.
—¡Don Gómez en León! —exclamó algún tanto turbada doña Urraca.
—¿Sin consentimiento de Vuestra Alteza? —añadió imprudentemente Lara.
—¿Por ventura estaba desterrado el conde de Candespina? —le preguntó
Hernando arrojándole una furiosa mirada al mismo tiempo.
—Y bien, decidle que puede desde luego presentársenos.
—Vuestra Alteza será obedecida.
Salió Hernando y quedaron solos la reina y Lara, pensativos además uno
y otro. Por primera vez meditaba doña Urraca en qué había dejado que,
bajo todos aspectos, adquiriese demasiado ascendiente en su espíritu
el rival del conde de Candespina. Las pretensiones de este a su mano
estaban autorizadas, no solo por sus recomendables prendas y servicios
relevantes, sino además por la opinión del pueblo y el voto expreso
de la mayoría de la nobleza; su conciencia decía a la reina que si
algún hombre era acreedor a ser su esposo, sin duda había de ser el
conde de Candespina; pero su inclinación hablaba a favor de Lara. Como
hábil cortesano había de tal modo llegado a comprender don Pedro el
carácter de doña Urraca que ella misma no se entendía tan bien como
él. Debilidades, virtudes, inclinaciones, antipatías, de todo sabía
aprovecharse, todo servía para sus fines. Sin embargo, la repentina
llegada de su rival no dejaba de sobresaltarle. Don Gómez era hombre
que tenía en sí tantos o más recursos que él para emplearlos en la
intriga, si quería hacerlo; y si hasta allí había desdeñado tales
medios, ¿quién aseguraba que en adelante haría lo mismo? Estas y otras
reflexiones análogas ocuparon largo rato a doña Urraca y a don Pedro,
hasta que pareciendo volver este en sí, dirigió en tono abatido la
palabra a la reina de este modo:
—Vuestra Alteza me dará su permiso para que yo me retire.
—¿Y para qué? ¿Dónde vais?
—Señora, mi presencia en este momento, cuando no molesta, es al menos
inútil.
—Si lo fuera, la reina os lo hubiera manifestado.
—No quiera Dios que yo ofenda a Vuestra Alteza; pero Vuestra Alteza va
a recibir...
—¿Al conde de Candespina?
—Sí, señora, a ese mortal privilegiado que dos veces ha tenido la dicha
de salvar a Vuestra Alteza; al que una vez fue propuesto para vuestro
esposo.
—Vuestra presencia no me impedirá el recibirle.
—¡Señora!
—Quedaos.
—Por cuanto hay de sagrado suplico a Vuestra Alteza que me permita
retirarme.
—¿No podré yo saber qué razones son las que producen tan extraña
conducta?
—Permítame Vuestra Alteza que calle.
—No puede ser; explicaos.
—Vuestra Alteza quiere que yo mismo pronuncie mi sentencia de muerte.
—¿Qué estáis diciendo, conde de Lara? ¿Habéis perdido el juicio?
—Sí, señora, loco debo de estar pues he osado...
—¿Qué es lo que habéis osado?
—Voy a decirlo; pero al menos prométame Vuestra Alteza su indulgencia.
—Concedida; hablad.
—Y bien, señora, mi temeridad es inaudita: miserable mortal, me he
atrevido a poner los ojos en el cielo. Amo, adoro, idolatro a Vuestra
Alteza —dijo esto arrojándose a los pies de la reina—. Me habéis
prometido indulgencia. Sabéis mi fatal secreto; queréis aún que
presencie el triunfo del que...
—Basta; reportaos, que alguien se acerca —y humedecidos los ojos tendió
la mano a Lara para ayudarle a levantarse.
Un hombre se acercaba en efecto, y era el mismo conde de Candespina.
Jamás hubo personas más turbadas que la reina y los dos condes. El de
Candespina a pesar de venir ya prevenido por Hernando, no quería dar
crédito a sus ojos viendo la reserva de doña Urraca; esta, después de
haberse informado de la salud de don Gómez, hizo rodar la conversación
sobre asuntos políticos, con objeto de serenarse y disimular más bien
su turbación; y Lara, recobrando en un instante su aire apacible y
lisonjero, se mostró con el conde de Candespina como hubiera podido
hacerlo su más sincero amigo.
La posición de los tres actores de aquella escena era tan violenta
que no podía ser de larga duración. Don Gómez, que apenas acertaba
a contener su enojo, fue quien primero pidió a doña Urraca permiso
para retirarse, y ella, temiendo quedarse de nuevo a solas con Lara,
le hizo seña para que saliese al mismo tiempo que el de Candespina.
Salieron pues juntos ambos magnates de la cámara de la reina, absortos
cada uno en reflexiones bien distintas en su especie: Lara, a quien
no se ocultó la profunda emoción que causó en la reina su amorosa
declaración, y que había presenciado la fría acogida que obtuvo su
rival, rebosaba de júbilo y daba libre curso a los ambiciosos proyectos
de su fantasía; Candespina, por el contrario, tocando la triste verdad
de cuanto su amigo le había dicho, veía perdido todo el fruto de sus
incesantes trabajos, sin saber a qué atribuirlo ni qué partido tomar.
Todas las pasiones imaginables combatían a un tiempo su despedazado
corazón, y a dar en hombre menos firme en la senda de la virtud,
hubieran podido producir grandes trastornos en Castilla; pero el conde
de Candespina no se desviaba jamás del camino recto. «Desconoce mi
lealtad —decía entre sí—; paga mis servicios con frases estudiadas y
vacías de sentido; prefiere el dulce veneno de la lisonja a la santa
verdad que me es imposible ocultar. No importa: siempre es mi reina;
mi vida es suya; consagrémosla a su servicio, y tal vez cuando yo no
exista lograré al menos que mi memoria le cueste alguna lágrima».
Pero a pesar de toda su filosofía, aquel golpe fue mortal para don
Gómez. Llegó a su casa tan demudado que los criados se asustaron al
verle, mas él, asegurándoles que nada tenía de particular, se encerró
en su cuarto dando orden que a nadie se dejase entrar, incluso al mismo
Hernando de Olea. Así permaneció luchando entre mil afectos contrarios
hasta el siguiente día por la mañana, que dio la orden de que todo se
hallase dispuesto para salir de León antes de dos horas, y en seguida
salió dirigiéndose al alcázar.
No había pasado aquellas veinticuatro horas doña Urraca muy
agradablemente: la inclinación y el deber la indicaban dos caminos
opuestos uno al otro. Su corazón se había ya decidido; pero la
justicia clamaba contra aquella elección, y la reina no podía acallar
el grito de su conciencia. Por otra parte no tenía a quien acudir
pidiendo consejo; su confidente Leonor, apasionada y prometida esposa
de Hernando de Olea, era demasiado parcial de Candespina para contar
con ella; y las demás señoras que la servían, no habían llegado a
adquirir suficiente confianza para depositar en ellas secreto de tanto
peso. La reina no había querido recibir a nadie en particular, ni menos
presentarse en público; pero cuando la anunciaron que el conde de
Candespina solicitaba una audiencia, no se atrevió a negársela.
—Decidle que a nadie he recibido, pero que a él no sabré rehusarle que
me hable cuando quiera —dijo a la dama que había entrado el recado, y
cuando salió de la cámara añadió a media voz—: ¡cuán caros me cuestan
tus servicios, conde de Candespina!
[Ilustración]