CAPÍTULO V

Aprovechando el conde de Candespina las treguas que en aquellos tiempos

daba el invierno a la guerra, fue a León, ciudad en que doña Urraca

tenía entonces su corte, movido tanto por el deseo de verla como por

el de empezar a disponer las cosas para su proyecto favorito; pues,

disuelto ya el matrimonio de la reina, su pretensión era legal. La

manera con que doña Urraca se había separado de él, prodigándole las

señales del más sincero afecto, le hacía creer con fundamento que sus

proposiciones serían favorablemente acogidas, y entregado a las más

lisonjeras esperanzas dio vista a las torres de la ciudad de León; pero

aún distaría una media legua de ella cuando salió a recibirle su fiel

amigo Hernando de Olea. Pasada la alegría del primer momento, trabaron

conversación como era natural sobre lo ocurrido en Galicia, y después

de haber Hernando referido aquellos acontecimientos:

—Cómo ha de ser —dijo el conde—, ya no tiene remedio. Decidme ahora

algo de vuestros asuntos: ¿cuándo os casáis con la bella Leonor?

—No se tardará mucho, don Gómez; por la reina ya estaría hecho, pero

yo...

—¡Es posible! ¿Por vos, Hernando, se ha diferido?

—Sí, conde, por mí: ¿había yo de casarme sin estar vos presente? No por

cierto.

—Conque en efecto la reina continúa interesándose por vos.

—¿Qué sé yo? No es todo oro lo que reluce.

—¿Cómo? No os entiendo.

—Ni es fácil; porque mientras habéis estado ausente son tantas las

mudanzas que ha habido... Pero vos lo veréis por vuestros propios ojos.

—Explicaos, en nombre del cielo.

—No quisiera anticiparos un disgusto.

—Hernando, en nombre de la amistad que nos une, decidme qué es lo que

se ha mudado.

—Todo: doña Leonor no goza ya de la privanza que antes con la reina;

Hernando y don Diego López son respetados en la corte porque es fama

que tienen muy larga la espada; el nombre de Candespina se pronuncia

aún alguna vez en el alcázar, pero a modo de palabra de conjuro, en voz

baja y como si fuera un delito.

—¡Qué me decís!

—¿Os sorprende? Es natural.

—Si me lo dijera otro que vos, no lo creyera.

—Mirad, conde, yo lo estoy viendo y apenas lo creo. Por lo mismo he

ocultado en León vuestra llegada. Nadie en la corte sino don Diego y

yo os espera: nadie está prevenido. Fácil os será, sorprendiéndolos,

convenceros de mi verdad.

—¿Pero a qué atribuir tan extraña mudanza? Cuando la reina salió de

Burgos...

—Cuando la reina salió de Burgos estaba muy reciente el servicio que

acababais de hacerla, y no había tenido tiempo aún el vil don Pedro

González...

—¡Hernando! ¡Hernando! ¿De un noble habláis así?

—Su nacimiento podrá ser noble; pero sus hechos son villanos. Siempre

adulando al que tiene delante: siempre calumniando a los ausentes...

—Pero veamos...

—No hay más que ver sino que parece que ha hechizado a la reina.

Perdóneme Dios; pero imposible es que no haya brujería.

—Dejad por la Virgen Santa eso, y decidme si, en fin, doña Urraca se ha

mudado completamente.

—Pluguiera a Dios que yo me engañase; pero está desconocida. Castellar

y Soria han desaparecido de su imaginación; no hay aragoneses que

puedan contrastarla; y todo en el mundo se cifra en ese malaventurado

don Pedro, que a fuerza de reverencias y palabras blandas la ha

trastornado.

—¿Y es posible que haya caído en redes tan groseras?

—Es mujer, y...

—Teneos; es nuestra reina.

—Vos lo veréis.

—Podrá ser; pero nunca me olvidaré de que soy su vasallo.

—Ni yo, don Gómez; mas me duele ver que un miserable se lleve el fruto

de vuestras fatigas.

—Dejémoslo a la mano de Dios, que él lo dispondrá como más convenga.

Razonando así llegaron a León. No dudaba el conde de la sinceridad

de su amigo; pero como a pesar de todo el cariño que le profesaba no

tenía la más alta idea de su penetración, dudó dar crédito a cuanto le

refería, creyendo se hubiese fascinado por un exceso de amistad. Sin

embargo, se engañaba: la privanza del conde de Lara era tan pública

que no se necesitaba más que tener ojos para verla; y por otra parte,

el frecuente trato con su futura esposa Leonor había civilizado, por

decirlo así, a Hernando. De todos modos el conde, lleno de dudas harto

fatales, hizo que su amigo anunciase a la reina su llegada; pidiendo

al mismo tiempo permiso para presentarse a besar sus pies. Fue Hernando

a desempeñar aquella comisión precisamente en un momento en que el

conde de Lara se hallaba en compañía de la reina.

—¡Don Gómez en León! —exclamó algún tanto turbada doña Urraca.

—¿Sin consentimiento de Vuestra Alteza? —añadió imprudentemente Lara.

—¿Por ventura estaba desterrado el conde de Candespina? —le preguntó

Hernando arrojándole una furiosa mirada al mismo tiempo.

—Y bien, decidle que puede desde luego presentársenos.

—Vuestra Alteza será obedecida.

Salió Hernando y quedaron solos la reina y Lara, pensativos además uno

y otro. Por primera vez meditaba doña Urraca en qué había dejado que,

bajo todos aspectos, adquiriese demasiado ascendiente en su espíritu

el rival del conde de Candespina. Las pretensiones de este a su mano

estaban autorizadas, no solo por sus recomendables prendas y servicios

relevantes, sino además por la opinión del pueblo y el voto expreso

de la mayoría de la nobleza; su conciencia decía a la reina que si

algún hombre era acreedor a ser su esposo, sin duda había de ser el

conde de Candespina; pero su inclinación hablaba a favor de Lara. Como

hábil cortesano había de tal modo llegado a comprender don Pedro el

carácter de doña Urraca que ella misma no se entendía tan bien como

él. Debilidades, virtudes, inclinaciones, antipatías, de todo sabía

aprovecharse, todo servía para sus fines. Sin embargo, la repentina

llegada de su rival no dejaba de sobresaltarle. Don Gómez era hombre

que tenía en sí tantos o más recursos que él para emplearlos en la

intriga, si quería hacerlo; y si hasta allí había desdeñado tales

medios, ¿quién aseguraba que en adelante haría lo mismo? Estas y otras

reflexiones análogas ocuparon largo rato a doña Urraca y a don Pedro,

hasta que pareciendo volver este en sí, dirigió en tono abatido la

palabra a la reina de este modo:

—Vuestra Alteza me dará su permiso para que yo me retire.

—¿Y para qué? ¿Dónde vais?

—Señora, mi presencia en este momento, cuando no molesta, es al menos

inútil.

—Si lo fuera, la reina os lo hubiera manifestado.

—No quiera Dios que yo ofenda a Vuestra Alteza; pero Vuestra Alteza va

a recibir...

—¿Al conde de Candespina?

—Sí, señora, a ese mortal privilegiado que dos veces ha tenido la dicha

de salvar a Vuestra Alteza; al que una vez fue propuesto para vuestro

esposo.

—Vuestra presencia no me impedirá el recibirle.

—¡Señora!

—Quedaos.

—Por cuanto hay de sagrado suplico a Vuestra Alteza que me permita

retirarme.

—¿No podré yo saber qué razones son las que producen tan extraña

conducta?

—Permítame Vuestra Alteza que calle.

—No puede ser; explicaos.

—Vuestra Alteza quiere que yo mismo pronuncie mi sentencia de muerte.

—¿Qué estáis diciendo, conde de Lara? ¿Habéis perdido el juicio?

—Sí, señora, loco debo de estar pues he osado...

—¿Qué es lo que habéis osado?

—Voy a decirlo; pero al menos prométame Vuestra Alteza su indulgencia.

—Concedida; hablad.

—Y bien, señora, mi temeridad es inaudita: miserable mortal, me he

atrevido a poner los ojos en el cielo. Amo, adoro, idolatro a Vuestra

Alteza —dijo esto arrojándose a los pies de la reina—. Me habéis

prometido indulgencia. Sabéis mi fatal secreto; queréis aún que

presencie el triunfo del que...

—Basta; reportaos, que alguien se acerca —y humedecidos los ojos tendió

la mano a Lara para ayudarle a levantarse.

Un hombre se acercaba en efecto, y era el mismo conde de Candespina.

Jamás hubo personas más turbadas que la reina y los dos condes. El de

Candespina a pesar de venir ya prevenido por Hernando, no quería dar

crédito a sus ojos viendo la reserva de doña Urraca; esta, después de

haberse informado de la salud de don Gómez, hizo rodar la conversación

sobre asuntos políticos, con objeto de serenarse y disimular más bien

su turbación; y Lara, recobrando en un instante su aire apacible y

lisonjero, se mostró con el conde de Candespina como hubiera podido

hacerlo su más sincero amigo.

La posición de los tres actores de aquella escena era tan violenta

que no podía ser de larga duración. Don Gómez, que apenas acertaba

a contener su enojo, fue quien primero pidió a doña Urraca permiso

para retirarse, y ella, temiendo quedarse de nuevo a solas con Lara,

le hizo seña para que saliese al mismo tiempo que el de Candespina.

Salieron pues juntos ambos magnates de la cámara de la reina, absortos

cada uno en reflexiones bien distintas en su especie: Lara, a quien

no se ocultó la profunda emoción que causó en la reina su amorosa

declaración, y que había presenciado la fría acogida que obtuvo su

rival, rebosaba de júbilo y daba libre curso a los ambiciosos proyectos

de su fantasía; Candespina, por el contrario, tocando la triste verdad

de cuanto su amigo le había dicho, veía perdido todo el fruto de sus

incesantes trabajos, sin saber a qué atribuirlo ni qué partido tomar.

Todas las pasiones imaginables combatían a un tiempo su despedazado

corazón, y a dar en hombre menos firme en la senda de la virtud,

hubieran podido producir grandes trastornos en Castilla; pero el conde

de Candespina no se desviaba jamás del camino recto. «Desconoce mi

lealtad —decía entre sí—; paga mis servicios con frases estudiadas y

vacías de sentido; prefiere el dulce veneno de la lisonja a la santa

verdad que me es imposible ocultar. No importa: siempre es mi reina;

mi vida es suya; consagrémosla a su servicio, y tal vez cuando yo no

exista lograré al menos que mi memoria le cueste alguna lágrima».

Pero a pesar de toda su filosofía, aquel golpe fue mortal para don

Gómez. Llegó a su casa tan demudado que los criados se asustaron al

verle, mas él, asegurándoles que nada tenía de particular, se encerró

en su cuarto dando orden que a nadie se dejase entrar, incluso al mismo

Hernando de Olea. Así permaneció luchando entre mil afectos contrarios

hasta el siguiente día por la mañana, que dio la orden de que todo se

hallase dispuesto para salir de León antes de dos horas, y en seguida

salió dirigiéndose al alcázar.

No había pasado aquellas veinticuatro horas doña Urraca muy

agradablemente: la inclinación y el deber la indicaban dos caminos

opuestos uno al otro. Su corazón se había ya decidido; pero la

justicia clamaba contra aquella elección, y la reina no podía acallar

el grito de su conciencia. Por otra parte no tenía a quien acudir

pidiendo consejo; su confidente Leonor, apasionada y prometida esposa

de Hernando de Olea, era demasiado parcial de Candespina para contar

con ella; y las demás señoras que la servían, no habían llegado a

adquirir suficiente confianza para depositar en ellas secreto de tanto

peso. La reina no había querido recibir a nadie en particular, ni menos

presentarse en público; pero cuando la anunciaron que el conde de

Candespina solicitaba una audiencia, no se atrevió a negársela.

—Decidle que a nadie he recibido, pero que a él no sabré rehusarle que

me hable cuando quiera —dijo a la dama que había entrado el recado, y

cuando salió de la cámara añadió a media voz—: ¡cuán caros me cuestan

tus servicios, conde de Candespina!

[Ilustración]

El conde de Candespina (2 de 2) · 第 7 / 20 题