En tanto que pasaba en Burgos lo que acabamos de referir, llegó el
conde de Ansúrez a Valladolid, y sabiendo que el pontífice había
nombrado juez a don Diego Gelmírez en el pleito del divorcio de los
reyes, no dudó un momento en abandonar el partido aragonés, y en efecto
proclamó que reconocía la autoridad de doña Urraca y que sometía a
ella cuantas ciudades, villas y aldeas de él dependían, haciéndoselo
saber a la corte por medio de un mensaje. Bien hubiera querido doña
Urraca despojarle de todos sus estados, pero el conde de Candespina
se lo disuadió, y la única medida de precaución que se tomó fue la
de poner alcaides de conocida fidelidad a la reina en los castillos
y fortalezas que habían hasta allí seguido el bando aragonés. Mas
don Pedro, al mismo tiempo que trataba de reconciliarse con sus
compatriotas, no quiso perder enteramente la gracia del rey de Aragón,
por si un día variaban de aspecto los negocios. Difícil empresa era la
de conservar a un tiempo la amistad de dos potencias enemigas, como
Castilla y Aragón, gobernadas por dos esposos a punto de divorciarse;
pero sin embargo creyó el conde de Ansúrez haber hallado medio para
conseguirlo. Con este objeto salió de Valladolid para Aragón, llevando
en su compañía algunos criados, y cuando estuvo en el pueblo donde
momentáneamente se hallaba don Alfonso, se presentó ante él vestido de
ropas de sayal, cubierta la cabeza de ceniza, ceñido el cuello con una
cuerda de esparto y descalzos los pies,[1] que más parecía penitente o
ajusticiado que noble castellano. Fue esto en ocasión que el rey salía
de su alojamiento con algunos cortesanos, y viendo aquel hombre tan
extrañamente aderezado, se paró a considerarle preguntándole:
[1] El hecho que aquí se refiere es absolutamente histórico, y
conviniendo en su relación cuantos han escrito sobre la materia,
desgraciadamente para la memoria del conde, es indudable.
—¿Qué es eso, hermano, qué os ha acaecido que así venís?
—Vuestra Alteza no me conoce —contestó el conde—, y yo...
—¿Cómo, traidor, osas ponerte en mi presencia? ¡Hola! Prendedle.
—Rey Alfonso, escuchadme. Vedme aquí a vuestros pies: yo os he servido
fiel y lealmente mientras he podido hacerlo; pero Dios dispuso las
cosas de distingo modo del que vos y yo esperábamos. No fui yo quien
sacó a la reina de Soria.
—¿Ni quien puso en su poder las plazas de Castilla la Vieja?
—He debido hacerlo. Toda Castilla...
—Callad, noramala, y quitaos de mi presencia, o pesaros ha.
Volvió con esto el rey la espalda al conde, dejándole mohíno y
pesaroso del mal efecto que produjo su mojiganga. Desde allí regresó
a Valladolid, donde despreciado por todos los partidos, empleó a lo
menos útilmente el resto de sus días fundando diversos establecimientos
piadosos, y construyendo varios edificios públicos, entre los cuales el
puente que aún existe en aquella ciudad.
La reina, en este intermedio, se había trasladado con toda su corte
a Compostela, donde estaba su hijo del primer matrimonio, a la sazón
aún muy niño. Don Pedro de Lara, que la acompañó en aquel viaje,
era quien todo lo gobernaba en su casa. Insensiblemente y a fuerza
de lisonjas llegó a adquirir tal ascendiente sobre el ánimo de doña
Urraca que no sabía esta dar un paso sin su consejo. Poco a poco fue
abandonando la aparente moderación de que al principio usaba: todo
había de humillarse en su presencia, so pena de caer en desgracia el
que osara resistirle; y no contento con avasallar a los que dependían
de la corte de Castilla, quiso hacerlo del mismo modo con los grandes
de Galicia. Pero aquellos magnates tenían sobrado orgullo para ceder,
y tanto más cuanto que a la sazón no eran realmente súbditos de doña
Urraca, pues al morir el padre de esta princesa legó en su testamento
a su nieto don Alfonso el condado independiente de Galicia; y a más,
como ya se ha dicho, le habían aclamado rey de Castilla sus tutores los
condes de Traba. Estos, que eran dos hermanos de linaje esclarecido y
gran poder en Galicia, no podían tolerar las altanerías del conde de
Lara; diariamente había entre ellos competencias sobre la preferencia
en los asientos en asambleas y funciones; de estas nimiedades se pasó,
como de ordinario sucede, a cosas de mayor importancia; y, por último,
ambos partidos se declararon la guerra abiertamente. Doña Urraca,
cediendo a las sugestiones de su privado, jamás quiso tratar a su hijo
más que como a conde de Galicia, y los hermanos Traba pretendían que el
conde de Candespina le había reconocido en nombre de Su Alteza como rey
de Castilla. De aquí resultó que los compostelanos empezaron a mirar
con no poca animosidad a doña Urraca, y que por fin estalló el furor
popular de una manera espantosa.
En ocasión de una fiesta que se celebraba en la metropolitana iglesia
de Compostela, se empeñó el conde de Lara en que la reina había de
ocupar asiento preferente al de su hijo don Alfonso, y aunque los
tutores de este al principio oponían una obstinada resistencia,
cedieron sin embargo a las súplicas del dignísimo arzobispo don Diego
Gelmírez. Llegó en efecto el día de la fiesta, y la reina ocupó su
asiento sin dificultad; pero apenas vieron los gallegos al niño don
Alfonso pospuesto a su madre, cuando, arrebatados de saña, salieron
del templo, y ya fuera de sí con la cólera, se amotinaron pidiendo a
voz en grito la cabeza de don Pedro de Lara y trataron con sobrado
desacato la persona misma de doña Urraca. Conoció esta, aunque tarde,
su imprudencia, y entonces echó de menos por primera vez a su leal don
Gómez. Concluido el oficio divino, se trató de salir de la iglesia;
pero el populacho furioso la rodeaba: los mismos condes de Traba
procuraban en vano calmar el tumulto, y empezaban a temer algún funesto
acontecimiento.
La reina y sus damas más parecían cadáveres que personas vivientes;
el conde de Lara, poseído de un terror pánico, no acertaba a proferir
una palabra; y solos tres individuos conservaban alguna sangre fría en
aquel trance, que eran el arzobispo, Hernando de Olea y su inseparable
compañero don Diego López. Estos dos últimos opinaban que formando un
escuadrón los cortesanos, saliesen espada en mano con la reina y sus
damas; pero don Diego Gelmírez no quiso consentir en ello.
—Harta sangre de cristianos —dijo— ha sido derramada por cristianos; y
los enemigos de Dios triunfan con nuestras criminales enemistades. En
nombre del que todo lo puede os prohíbo hacer uso de las armas.
—Padre mío —le contestó la reina—, vuestra elocuencia podrá tal vez
calmar a esos furiosos.
—Señora, mi elocuencia es ninguna; pero Dios, que ve la pureza de mis
intenciones, hablará por su siervo.
—Sí —dijo por fin el conde de Lara—, habladles, santo pastor, y tal
vez...
—Tal vez —interrumpió Hernando, no pudiendo ya contenerse—, tal vez
valiera más que vuestras locuras no hubieran irritado a ese pueblo.
Iba el conde a contestar, mas el arzobispo y la reina interpusieron su
autoridad, lo que acaso no hubiera bastado para detener a Hernando,
ya ciego de cólera; pero doña Leonor asiéndole del brazo no tuvo más
que decirle, con una voz que penetró hasta lo íntimo de su corazón,
«¡Hernando mío!», y el irritado león se convirtió en manso cordero.
Salió sin perder tiempo el arzobispo a arengar al pueblo: el espíritu
divino parecía inspirarle; sus razones eran concluyentes; mas el furor
dominaba a los gallegos, y se obstinaron en que a nadie dejarían
salir del templo más que a los sacerdotes, si no se entregaba a su
venganza el conde de Lara. No faltó quien opinase entre los cortesanos
que, pues la necesidad lo exigía, debía sacrificársele al interés
general; mas ni la reina lo hubiera consentido nunca, ni aprobádolo la
mayoría de aquellos caballeros. Probáronse en vano todos los medios
imaginables para aplacar a los amotinados, y la ansiedad de la corte
de doña Urraca no podía ser ya mayor, cuando el arzobispo imaginó un
expediente tan ingenioso como arriesgado para él, con que salvar a los
castellanos. Se despojó de sus sagradas vestiduras y cubrió con ellas
al conde de Lara, quien a favor de este disfraz salió de la iglesia sin
que nadie se lo estorbara, rodeado por los familiares del arzobispo,
que tenían los curiosos a suficiente distancia para que no pudiesen
conocerle; y pasado el tiempo que creyó bastante para que el conde,
según habían concertado, saliese a caballo de Compostela, se mostró el
mismo prelado al pueblo: le hizo relación del ardid de que se había
valido para evitar que cometiese un crimen horrendo.
—Y si necesitáis absolutamente para calmar vuestra ira una víctima
—dijo—, aquí me tenéis; pronto estoy a terminar, por complaceros,
una vida que toda entera os he consagrado. Pero cuando el Dios de
las venganzas me pregunte: «¿Qué has hecho del rebaño que te he
confiado?». «Señor», diré, «el enemigo del género humano se ha
apoderado de él, mis ovejas descarriadas corren ciegas a la perdición».
Y entonces el Omnipotente, soltando la rienda a su irresistible enojo,
dejará caer sobre vosotros todo el peso de su ira. La maldición de
Dios... Pero no, compostelanos: aún es tiempo de reparar vuestras
faltas. Acatad en la persona de doña Urraca la imagen de Dios en la
tierra; dejadla salir libremente y yo imploraré para vosotros la divina
misericordia.
Este breve discurso, las sugestiones caritativas de varios
eclesiásticos que andaban mezclados entre el pueblo, y la idea de que
ya se les había escapado el objeto principal de su venganza, redujeron
a los rebeldes a términos más razonables, haciéndoles por fin consentir
en dar libertad a la reina, con condición de que saliera en las
veinticuatro horas de Compostela, reconociendo antes el título de rey
de su hijo y su soberanía especial e independiente en el condado de
Galicia. En todo consintió doña Urraca, y todo lo cumplió exactamente,
pues suplicando al arzobispo el pronto despacho del pleito de su
divorcio, salió aquella misma tarde para León.
Tales eran los aciagos sucesos del partido de doña Urraca en Galicia,
mientras que el conde de Candespina, su leal servidor, lograba a fuerza
de actividad, talento y política, reducir a su obediencia a Castilla y
a León, y organizar un ejército capaz de hacer frente a don Alfonso,
quien, habiendo hecho treguas con los navarros, era de presumir
volviese las armas contra su mujer. Así lo hizo en efecto; pero sabedor
de que doña Urraca se hallaba en Galicia, e ignorando el suceso por
el que tuvo que ausentarse de aquel reino antes de lo que pensaba, se
encaminó contra él. Derrotó completamente al ejército gallego, mandado
por los hermanos Traba, y es posible que su hijastro hubiera caído en
sus manos, si el arzobispo de Compostela no se hubiera refugiado con
él en Portugal. Con noticia de estos acontecimientos trajo el conde
de Candespina sus tercios a las fronteras de Galicia; pero la llegada
del invierno terminó aquella campaña sin dar lugar a que castellanos
y aragoneses viniesen a las manos, retirándose los primeros a sus
cuarteles de invierno, y los segundos, ricos con los despojos de los
infelices gallegos, a su patria. A pesar de la agitación continua en
que las circunstancias tuvieron todo aquel tiempo a don Diego Gelmírez,
no descuidó el íntegro prelado el examen del casamiento de doña Urraca
con el rey de Aragón; y después de haberlo todo considerado con el
tino y prudencia que le caracterizaban, declaró poco tiempo después de
su regreso a Compostela, que en nombre del Sumo Pontífice decidía ser
enteramente nulo el matrimonio de la reina de Castilla, promulgando su
sentencia con las formalidades de costumbre.
[Ilustración]