Por más que un soberano quiera ocultar sus inclinaciones; por más
estudio que ponga para que los que le rodean no conozcan quién es la
persona que mayor afecto le merece, puede decirse que es casi imposible
que los cortesanos no lleguen a descubrirlo. Únicamente ocupados en
espiar las acciones del príncipe, son como la ligera veleta que varía
de dirección a impulso del más apagado soplo del viento; el ensalzado
conoce su fortuna en las adoraciones que los palaciegos le tributan
antes que en los favores del soberano; y el pobre caído preverá su
próxima desgracia, por poco tacto que tenga, en la imprudente altanería
con que le tratarán. Decimos esto porque era curioso y deplorable
a un tiempo observar la diversa conducta de la mayor parte de los
cortesanos de Castilla respecto al conde de Candespina, antes de su
ausencia y después de su regreso. Entonces no se hablaba más que de
su valor y magnanimidad: el uno decía que era el mejor capitán de su
siglo; el otro que no había hombre de estado que le igualase en saber;
y el de más allá le citaba como el espejo de los caballeros. Todos se
honraban con su amistad; haber hablado con el conde de Candespina un
cuarto de hora seguido era una dicha de que se hacía el mayor aprecio,
y el favorecido tenía cuidado de recoger las expresiones del héroe
de Castellar para repetirlas como otros tantos apotegmas y textos
sagrados. Un enjambre de hambrientas moscas no acude más presuroso a
los panales que la multitud de los cortesanos corría en los salones del
alcázar de Burgos a colocarse de modo que cada uno de ellos pudiera
hacerse visible personalmente al libertador de la reina. Los menores
movimientos de su rostro, una sonrisa, un gesto hecho impensadamente,
el aire más o menos preocupado de su persona; todo daba pábulo a las
conversaciones; todo producía interminables conjeturas. ¡Cuán diferente
cuadro se hubiera presentado a la vista del observador en el alcázar de
León!
Seguía el conde de Candespina a una dama de la reina que le guiaba a la
cámara de su señora; y ambos caminaban tan despacio y tan cabizbajos
que era imposible verlos sin adivinar que cada uno iba entregado a sus
reflexiones particulares, prescindiendo absolutamente del otro. La más
profunda tristeza se veía estampada en el rostro de Candespina: no
había podido perder aquella fisonomía, su natural nobleza; mas tampoco
conservaban sus ojos la generosa audacia que le caracterizaba en
tiempos más dichosos. La posición de los cortesanos era verdaderamente
crítica. Si otro cualquiera hubiese caído de la gracia de la reina,
tenían ya marcada la senda que seguir, cortando con él todo género de
comunicaciones y afectando tratarle con el más alto desprecio. Pero
con el conde de Candespina les era imposible portarse de tal modo. Las
razones eran muchas y muy claras: ciertamente el conde don Gómez había
cesado de ser el favorito de la reina; pero estaba lejos de hallarse
malquisto de ella. Lara era el más querido; Candespina el más estimado;
aquel el más obedecido; este el más respetado. Tratar con desprecio al
conde de Candespina era arriesgarse a probar los filos de su terrible
tizona; conservar con él los mismos ademanes respetuosos que en otro
tiempo era perderse para siempre con el conde de Lara. ¿Qué hacer,
pues? ¿Cómo navegar en aquel mar sembrado de escollos? Un solo arbitrio
les quedaba: la fuga; y en efecto lo adoptaron. Nunca bandada de
tímidas palomas se dispersa con más prontitud al acercarse el milano;
ni huye más ligero el ciervo acosado por los lebreles a la espesura del
bosque como, al presentarse don Gómez por segunda vez en el alcázar,
se dispersaban y huían los áulicos de su presencia, evitando hasta el
tener que saludarle. Era de ver la perplejidad de los que más torpes
o menos ligeros no pudieron evitar su encuentro de ningún modo: unos
para salir del compromiso fingían hallarse sumamente acalorados en la
discusión de cualquier punto; otros, no tan discretos, se resolvían
a saludar, y nada más ridículo, nada más asqueroso, permítasenos la
expresión, que la manera con que lo hacían. Temor, vileza, falsedad,
todo se veía pintado en su mirar oblicuo, engañosa sonrisa y ademanes
encogidos. En otra ocasión se hubiera el conde reído de ellos, pero
entonces puede decirse que ni los vio. Sus esperanzas destruidas en un
solo instante, la felicidad de Castilla comprometida, y la existencia
política de la misma doña Urraca aventurada, confiándose las riendas
del gobierno a su rival, le ocupaban exclusivamente; y así llegó
a presencia de la reina, sin haber reparado en ninguno de cuantos
encontró al paso.
No era posible presentarse a doña Urraca en ocasión más oportuna para
los intereses del conde de Candespina: la especie de reclusión en que
la reina pasó las veinticuatro horas que hemos dicho había dispuesto
su espíritu de muy distinto modo que se hallaba el día anterior.
Lara no la había podido ver de ningún modo: doña Urraca conocía su
debilidad; recibirle y exponerse a que renovara la plática de su
amor era arriesgarse a darle, a su pesar tal vez, esperanzas a cuya
realización se oponían gravísimas razones. Quiso pues tomarse tiempo
para fortificarse en la resolución de prohibirle que la requiriese de
amores, y cuantas reflexiones hacía con este objeto redundaban en favor
de don Gómez.
El semblante de este descubrió desde luego a la reina la agitación en
que se hallaba; y como la causa de ella no podía tampoco ocultársela,
se conmovió singularmente.
—Entrad, conde —le dijo—, y sentaos, que vuestra salud no parece mucho
mejor que la mía.
—Mi salud, señora, es harto buena. ¡Ojalá!... Mas yo no vengo a
molestar a Vuestra Alteza con quejas de mi mala suerte, y sí solo a
tomar su venia para retirarme de la corte.
—¿Cuándo?
—Hoy.
—¿Por cuánto tiempo?
—Lo ignoro; acaso por siempre, a menos que Vuestra Alteza tenga
necesidad de mi persona, que entonces...
—Será pues excusado que os marchéis; vuestra persona me es siempre útil.
—Señora, ¿en las circunstancias actuales y en León, de qué puede
servir el conde de Candespina? Es sobradamente sincero para ser buen
cortesano, y no faltan a Vuestra Alteza caballeros que en esta materia
suplirán muy ventajosamente su falta.
—Conde don Gómez, con mucho menos de lo que habéis dicho bastaría para
que la reina de Castilla dejara libre para marcharse de su corte a
cualquier otro caballero de ella; pero a vos, a quien debo el trono y
la vida...
—Olvide Vuestra Alteza servicios que ya están recompensados.
—¡Olvidarlos! ¡Jamás!
—Pues bien, señora, en premio de ellos no pido a Vuestra Alteza más
gracia que su licencia para dejar la corte.
—¿Qué es esto, don Gómez? ¿Quién ha sido el que os ha dado causa...?
—Nadie, señora. Mi carácter solo... Negocios particulares. En fin,
señora, es indispensable, aun para la tranquilidad de Vuestra Alteza
misma, que yo me retire de León.
—Es forzoso decís para mi tranquilidad que os retiréis de León...
—Sí, señora: lo es; crea Vuestra Alteza a mi celo, el mayor servicio
que actualmente puedo hacerla es alejarme de su presencia.
—Si os conociera menos, creería, don Gómez, que dominado de alguna
manía incomprensible habíais perdido la razón; pero vuestra cordura me
es notoria.
—Vuestra Alteza tiene demasiada bondad en ocuparse tanto de lo que nada
vale. Mi ausencia de la corte es asunto de pequeña importancia. Días ha
que falto de ella y no se me ha echado de menos.
—Conde, conde, a vuestro pesar se os conoce que os domina la cólera.
—¡La cólera! ¿Por qué, señora? ¿Por qué? Si la cólera me dominase
medios habría de satisfacerla; mi brazo puede aún manejar una espada,
aún soy...
—Conde, recordad con quién habláis.
—¡Ojalá no lo tuviera tan presente! Ved, señora, uno de los motivos por
los que deseo separarme de la corte: criado en los campos de batalla,
acostumbrado al trato sin dobleces ni arterías del simple soldado, el
conde de Candespina no puede vivir en donde, perdóneme Vuestra Alteza
que lo diga, la verdad es un crimen, la adulación una costumbre, la
hipocresía una virtud necesaria. No, señora, yo no puedo, no debo
quedarme. Cuando Vuestra Alteza vea sus reinos amenazados por enemigos
interiores o extraños, entonces mi espada, mi persona, mi vida, serán
las primeras...
—No lo dudo, don Gómez, vuestra lealtad me es conocida, y en favor de
ella puedo olvidar la dureza de algunas de vuestras expresiones. Mi
amistad...
—¡La amistad de doña Urraca! ¡Amistad, señora! Yo hubiera querido no
estar largo tiempo en presencia de Vuestra Alteza. La disposición de mi
espíritu es sobradamente violenta para poder contenerme...
—Y bien, decid cuanto queráis; pero calmaos.
—¿Qué es lo que he de decir? Lo que Vuestra Alteza está cansada de
saber; lo que nadie ignora en Castilla.
—No alcanzo.
—Sí, señora, Vuestra Alteza lo sabe. ¿Por ventura tan pocos años hace
que amo a Vuestra Alteza?
—Amarme, ¿y os atrevéis?...
—¿Por qué no? ¿Es un delito amar? Tormento podrá ser para el infeliz
amador; ofensa para el amado, jamás. La barrera está ya rota, ahora
Vuestra Alteza debe saber el resto: quizá de este modo se convencerá de
que debo alejarme.
—Norabuena: concluid.
—No seré largo; no molestaré a Vuestra Alteza recordándole las
infinitas pruebas que tiene de mi amor, aunque jamás esta palabra haya
salido de mi boca hasta hoy: no hablaré tampoco de que la nobleza y el
clero de Castilla me honraron proponiéndome...
—Lo sé: continuad.
—Sí, señora; todo esto nada importa; la voluntad de Vuestra Alteza es
la sola que puede decidir en esta materia, y ya ha decidido.
—Os engañáis.
—Pluguiera a Dios.
—Os lo aseguro.
—Señora, ¿por qué se complace Vuestra Alteza en atormentarme?
—Lejos de eso, deseo tranquilizaros.
—¡Imposible, imposible! Tranquilidad para mí, solo en la tumba. Cuatro
años trabajando, suspirando sin cesar solo para conseguir un objeto,
y en el momento en que más me lisonjeaba la esperanza, cuando tal vez
hubiera podido lograrlo, otro hombre se presenta.
—¿Quién?
—El conde de Lara.
—¿Qué decís?
—La verdad.
—¿Quién os lo ha dicho?
—Mis ojos; Castilla entera.
—Os han engañado, conde don Gómez. ¿Queréis más? Doña Urraca desciende
a daros satisfacciones: ved si aprecia vuestros servicios.
—Si pudiera persuadirme...
—Persuadíos pues...
—Vuestra Alteza tiene demasiada bondad con un frenético indigno de
ella; pero es preciso que yo deje León.
—¿Por qué? ¿No basta lo que he dicho?
—No, señora, no basta: yo me he aventurado a hablar a Vuestra Alteza
de mi amor; esta confesión exige una respuesta.
—¡Dios mío! ¿Quién si os oyera diría que es un vasallo el que habla con
su reina? Sois singular.
—Responded, señora, os ruego...
—Terminemos esta conversación, conde: vos y yo estamos harto agitados
para poder continuarla. No os mando como reina, como dama os suplico
que os quedéis en León.
—Vuestra Alteza sabe que soy esclavo de su voluntad.
—Pues bien, retiraos por ahora, y no salgáis de mi corte.
—¿Sin una palabra?
—¿Bastará que os diga que a nadie conozco en Castilla más digno de ser
amado que a vos?
—Ah, señora, añadid que no seréis de otro...
—Nunca, conde; idos.
Cuando el conde se decidió a ir a pedir a doña Urraca permiso para
salir de León, llevaba en efecto intención de limitarse a hacer su
súplica, sin entrar en más explicaciones, convencido de que ni la
reina se las pediría, ni dejaría de aprovechar con mucho gusto la
ocasión que él mismo presentaba para desembarazarse de su presencia;
pero la inopinada resistencia que opuso doña Urraca a su partida llegó
a encender su ánimo de tal modo que ya no le fue posible contenerse.
Por su parte, la reina, apreciando en su merecido valor las buenas
calidades y afecto hacia ella del conde, no podía consentir en que
abandonase la corte, como descontento de ella, un hombre conocido en
España entera por los servicios que le había prestado y las virtudes
que le adornaban. Hallaba, es cierto, más gracias en don Pedro de Lara;
pero el mérito evidente de don Gómez la obligaba, por decirlo así, a
profesarle cierto afecto más ardiente que la amistad, aunque no pudiera
llamarse amor. Así fue como, sin que ni el uno ni el otro hubiesen
formado proyectos anteriores, se explicaron completamente en la
conversación que acabamos de referir, la cual se terminó retirándose
el conde de Candespina a su casa tan gozoso como triste había salido
de ella, y quedándose la reina satisfecha de haber en cierto modo
pagado la deuda que con él tenía. Parece indudable que en aquel momento
triunfó en su corazón don Gómez, pues apenas hubo salido de su cámara
cuando llamó a doña Leonor para decirle que no quería se difiriese más
tiempo su boda, pues había llegado el conde de Candespina, que debía
ser padrino.
—Quiero —dijo— probar a mis leales servidores que me intereso en su
dicha, y nada será más agradable al conde que ver feliz a su amigo en
brazos de mi bella camarera, a quien sospecho que no le pesará tampoco
de ello, por más que ahora se sonroje.
—Vuestra Alteza es la bondad misma; mas puede ser que alguna otra boda
causara más placer al conde que la de Hernando: la suya por ejemplo...
—¡Hola!, quieres vengarte haciendo que también... Tú me las pagarás.
Y esto lo decía acariciando la mejilla de su confidente, que no podía
volver de su admiración, viéndose tratar con tanto cariño al cabo de
meses que apenas se hacía mención de ella para nada.
[Ilustración]