Al mismo tiempo que el ejército castellano levantó el cerco de Soria,
marchando a Burgos, salió de los reales el conde don Pedro Ansúrez,
libre de los hierros que temía arrastrar largo tiempo; pero abrumado
con el peso de su repentina y terrible desgracia. Un solo instante
había disipado el mágico edificio de sus esperanzas, y a la manera
con que el infeliz que en sueños ve terminados sus males, halla al
despertarse la triste realidad de su duración, así también don Pedro,
pronto a conseguir cuanto deseaba, se vio de repente desamparado y
solo en el universo. Su penetración era demasiada para que pudiese
ocultársele cuán peligroso sería volver a Soria, pues aunque a la
verdad estaba inocente en todo lo acaecido, le era imposible presentar
de ello pruebas tan evidentes como sin duda exigiría don Alfonso. Por
otra parte, aun suponiendo que lograra justificarse, no desconocía
el conde que, a menos de renunciar para siempre a Castilla, no podía
volver a unirse con los aragoneses; pues ya era demasiado general
la sublevación de los castellanos para que llegase enteramente a
sofocarse. Estas reflexiones y otras no menos graves le decidieron a
marchar a Valladolid, ciudad principal de sus estados, en la cual podía
permanecer con alguna seguridad de su persona hasta que la fortuna,
decidiéndose por uno de los dos partidos, le indicase cuál era el que
debía seguir; y así lo verificó en efecto.
Don Alfonso, imposibilitado por falta de tropas de renovar sus ataques
contra el ejército de doña Urraca, regresó a Soria: de allí marchó a
Aragón llamado por asuntos de la mayor importancia; y abandonando
por entonces las cosas de Castilla en manos del destino, dedicó su
atención a las guerras que continuamente sostenía contra navarros
y franceses. Y no fue esta la única circunstancia que contribuyó a
favorecer el partido de la reina, sino que apenas llegada esta señora
a Burgos, ciudad que se entregó sin demora por capitulación, se
recibieron cartas de Compostela en las cuales anunciaba su arzobispo
que el Sumo Pontífice le había comisionado para que en su nombre
juzgase definitivamente de la validez del matrimonio entre doña Urraca
y don Alfonso. Esta nueva causó en la corte de Burgos la más agradable
sensación: todos sabían que el grado de parentesco de los dos augustos
contrayentes era bastante para que el matrimonio fuese de hecho nulo, y
no se dudaba de que el juez nombrado por Su Santidad decidiese con toda
justicia: porque don Diego Gelmírez, primer arzobispo de Compostela,
era un prelado digno de los primeros tiempos de la Iglesia, por su
celo, saber y virtudes; y su notorio patriotismo además le había
hecho el ídolo de cuantos le conocían. Pero si los que miraban aquel
negocio únicamente bajo el aspecto político se llenaron de gozo al
saber la resolución del papa, figúrese el lector cuál sería el júbilo
del conde de Candespina. Sus señalados servicios no solo al estado
sino a la persona de la reina, y en particular el último, le daban en
efecto derecho a esperar, no sin fundamento, que, libre doña Urraca de
los lazos que la unían al rey de Aragón, podría tal vez verificarse
el proyecto de los grandes que se juntaron en Mascaraque a fines del
reinado de Alfonso VII; y, además, el agrado con que doña Urraca le
continuaba tratando alentaba infinito sus esperanzas. Mas no por esto
varió don Gómez de conducta: siempre modesto, siempre afable con sus
inferiores e inflexible con los iguales, era adorado del pueblo, y
respetado aunque no querido de los grandes. No así el conde de Lara,
quien, fiado en su fortuna, también osaba aspirar a verse algún día
rey de Castilla, cosa difícil mas no imposible. Aunque la reputación
de este señor no fuera tan general ni tan sentada como la del conde
de Candespina, sin embargo sus riquezas eran grandes, muchos sus
parientes, y podía contar en su partido a infinito número de cortesanos
amantes del ocio y la disipación, quienes preveían su inevitable ruina
con el triunfo de don Gómez.
Todo esto lo sabía el conde de Lara, y de todo sacaba partido: su
casa era el centro, el foco, digámoslo así, de cuantas diversiones
y festejos se disfrutaban en la corte. De ella salían las modas en
el vestir, las divisas para los torneos y las serenatas nocturnas;
la reputación de las damas, no era, es verdad, muy respetada entre
sus secuaces; pero en cambio no había género de galantería que no se
inventase para deslumbrarlas, y particularmente a doña Urraca.
En la corte, en misa, en paseo, nunca dejaba de presentarse a la reina
el conde de Lara con cuanta gala y bizarría podía ostentar; seguíanle
sus amigos, y él y ellos no cesaban de alabar cuanto hacía y decía
la reina. Desgraciadamente era esta harto sensible a la lisonja, y
manejada con arte por un caballero galán y discreto, no podía dejar
de hacerla alguna impresión, sobre todo por el notable contraste
que ofrecía este proceder con el del conde de Candespina. Afluente
y adulador el primero, lacónico y grave el segundo; severo el uno,
licencioso el otro; encomendando aquel a los hechos de mostrar su
pasión sin hablar nunca de ella, y manifestándola el otro con cuantas
exterioridades alcanzaba: en todo eran distintos. Doña Urraca tenía
inclinación a los placeres, y aborrecía sobre todas las cosas sujetarse
a ajena censura; de modo que don Gómez era para ella un amigo de cuya
sinceridad no podía dudar, pero al mismo tiempo un hombre rígido, a
quien miraba más bien como a padre que como a amante: don Pedro de
Lara, que por el contrario siempre se hallaba dispuesto no solo a tomar
parte en cualquier diversión, sino a inventarlas en caso de necesidad,
y que parecía adivinar los deseos de la reina, era muy a propósito para
cautivar su corazón. El agradecimiento y la razón militaban por don
Gómez; pero don Pedro tenía a su favor las naturales inclinaciones de
la reina.
Aún no había pasado un mes desde que esta señora se hallaba en Burgos,
y ya su conducta era totalmente distinta que cuando llegó a aquella
capital de sus estados. Consultaba como siempre los arduos negocios
del reino con el conde de Candespina; mas en vez de seguir solamente
su dictamen, como al principio lo hacía, nunca dejaba de pedir el
suyo al conde de Lara, cuya influencia y valimiento se aumentaban
visiblemente. Mas a pesar de todo no estaba don Pedro satisfecho,
conociendo que la lucha era todavía muy desigual, pues al cabo no podía
desvanecer los servicios positivos de don Gómez. Se le ocurrió para
alejarle de la reina un expediente plausible, y se lo propuso a esta en
ocasión de un festín que se daba en el alcázar. El de Candespina rara
vez concurría a tales asambleas, que no aprobaba mucho, pareciéndole
que las circunstancias eran todavía harto peligrosas para pensar en
diversiones; y precisamente por la misma razón de que él no iba a
ellas, las promovía su rival con más empeño.
—Pensativo estáis, conde de Lara —dijo la reina, viendo que por
primera vez no tomaba este, al parecer, interés en la brillante reunión
que encerraba el alcázar.
—Confieso a Vuestra Alteza —contestó el conde— que lo estoy más de lo
que yo quisiera.
—¿Estaríais por ventura enamorado?
—Pudiera decir a Vuestra Alteza que sí, en caso de poderse llamar amor
el que se profesa a un dios; pero debe decirse de esto adoración.
—Sutil estáis; pero al cabo no sabremos qué os ocupa tanto el
pensamiento.
—Lo que siempre, señora; los intereses de Vuestra Alteza.
—¿Mis intereses? Yo os lo agradezco. ¿Y no me diréis qué punto de ellos
es el que tan importante os parece que ni aquí podéis apartarlo de la
memoria?
—¿Y cuándo se aparta Vuestra Alteza de ella? Pero Vuestra Alteza me
permitirá que le haga presente que este paraje no es el más oportuno
para tratar negocios de importancia.
—Sin embargo, habréis de decírmelo, pues aunque reina soy mujer y,
como tal, curiosa.
—La voluntad de Vuestra Alteza es ley para mí.
—Decid, pues.
—Pensaba, señora, que don Alfonso no dejará de tener sus agentes en
Compostela, y que la presencia de Vuestra Alteza en aquella ciudad
sería muy útil para la pronta y mejor decisión del juicio en cuestión.
—No está mal pensado, conde de Lara, y yo os agradezco la solicitud;
pero no me parece prudente dejar Castilla en este momento.
—Vuestra Alteza juzga con su acostumbrado tino, mas no sería imposible
obviar ese inconveniente.
—No lo alcanzo.
—Por ejemplo, si Vuestra Alteza dejase en estos reinos una persona
de toda su confianza, como el conde de Candespina, ¿no bastaría su
presencia para mantenerlos en la debida obediencia?
—Pudiera ser.
—Verdad es que tendría Vuestra Alteza que privarse por algún tiempo de
sus consejos: mas doña Urraca ¿de quién necesita para dirigirse?
—Pensaré en vuestro proyecto, que no me parece despreciable.
—Mis intenciones, al menos...
—Conde de Lara, estoy penetrada de ellas.
Así se terminó con no poco placer de don Pedro esta conversación. Lejos
del conde de Candespina veía muy bien que no tardaría en ser pronto el
privado de la reina, y una vez llegado a tal punto no contaba dejar
espacio a su rival para perjudicarle.
La reina, por su parte, empezaba a cansarse de la estancia en Burgos,
y tanto para variar de posición, como con la idea de acelerar su
divorcio, resolvió su viaje a Compostela, anunciándoselo así al conde
de Candespina la mañana misma que siguió a la noche del festín de que
acabamos de hablar.
Don Gómez, a pesar de que sentía vivamente tener que separarse de la
reina, no se atrevió a oponerse a su voluntad; y consintió, aunque
no sin pena, en sacrificar sus intereses personales a los de doña
Urraca. Esta se manifestó con él tan cariñosa en aquella ocasión,
que poco le faltó ya al conde para arrojarse a sus pies y declarar
abiertamente su pensamiento; se contuvo, sin embargo, reflexionando que
aún era esposa de otro, y reservó para tiempo oportuno manifestar sus
pretensiones. Siendo tan ajena la envidia del carácter de Candespina
como la cobardía, no le alarmó la privanza del conde de Lara: conocía
su infinita superioridad sobre él, y ni por el pensamiento le pasaba
que la reina pudiera nunca escoger a don Pedro para marido.
Sin duda no era aún en aquel tiempo proverbial la sentencia de que
cuando las mujeres tienen en que escoger, escogen lo peor, que está muy
vulgarizada en nuestro siglo.
[Ilustración]