CAPÍTULO III

Al mismo tiempo que el ejército castellano levantó el cerco de Soria,

marchando a Burgos, salió de los reales el conde don Pedro Ansúrez,

libre de los hierros que temía arrastrar largo tiempo; pero abrumado

con el peso de su repentina y terrible desgracia. Un solo instante

había disipado el mágico edificio de sus esperanzas, y a la manera

con que el infeliz que en sueños ve terminados sus males, halla al

despertarse la triste realidad de su duración, así también don Pedro,

pronto a conseguir cuanto deseaba, se vio de repente desamparado y

solo en el universo. Su penetración era demasiada para que pudiese

ocultársele cuán peligroso sería volver a Soria, pues aunque a la

verdad estaba inocente en todo lo acaecido, le era imposible presentar

de ello pruebas tan evidentes como sin duda exigiría don Alfonso. Por

otra parte, aun suponiendo que lograra justificarse, no desconocía

el conde que, a menos de renunciar para siempre a Castilla, no podía

volver a unirse con los aragoneses; pues ya era demasiado general

la sublevación de los castellanos para que llegase enteramente a

sofocarse. Estas reflexiones y otras no menos graves le decidieron a

marchar a Valladolid, ciudad principal de sus estados, en la cual podía

permanecer con alguna seguridad de su persona hasta que la fortuna,

decidiéndose por uno de los dos partidos, le indicase cuál era el que

debía seguir; y así lo verificó en efecto.

Don Alfonso, imposibilitado por falta de tropas de renovar sus ataques

contra el ejército de doña Urraca, regresó a Soria: de allí marchó a

Aragón llamado por asuntos de la mayor importancia; y abandonando

por entonces las cosas de Castilla en manos del destino, dedicó su

atención a las guerras que continuamente sostenía contra navarros

y franceses. Y no fue esta la única circunstancia que contribuyó a

favorecer el partido de la reina, sino que apenas llegada esta señora

a Burgos, ciudad que se entregó sin demora por capitulación, se

recibieron cartas de Compostela en las cuales anunciaba su arzobispo

que el Sumo Pontífice le había comisionado para que en su nombre

juzgase definitivamente de la validez del matrimonio entre doña Urraca

y don Alfonso. Esta nueva causó en la corte de Burgos la más agradable

sensación: todos sabían que el grado de parentesco de los dos augustos

contrayentes era bastante para que el matrimonio fuese de hecho nulo, y

no se dudaba de que el juez nombrado por Su Santidad decidiese con toda

justicia: porque don Diego Gelmírez, primer arzobispo de Compostela,

era un prelado digno de los primeros tiempos de la Iglesia, por su

celo, saber y virtudes; y su notorio patriotismo además le había

hecho el ídolo de cuantos le conocían. Pero si los que miraban aquel

negocio únicamente bajo el aspecto político se llenaron de gozo al

saber la resolución del papa, figúrese el lector cuál sería el júbilo

del conde de Candespina. Sus señalados servicios no solo al estado

sino a la persona de la reina, y en particular el último, le daban en

efecto derecho a esperar, no sin fundamento, que, libre doña Urraca de

los lazos que la unían al rey de Aragón, podría tal vez verificarse

el proyecto de los grandes que se juntaron en Mascaraque a fines del

reinado de Alfonso VII; y, además, el agrado con que doña Urraca le

continuaba tratando alentaba infinito sus esperanzas. Mas no por esto

varió don Gómez de conducta: siempre modesto, siempre afable con sus

inferiores e inflexible con los iguales, era adorado del pueblo, y

respetado aunque no querido de los grandes. No así el conde de Lara,

quien, fiado en su fortuna, también osaba aspirar a verse algún día

rey de Castilla, cosa difícil mas no imposible. Aunque la reputación

de este señor no fuera tan general ni tan sentada como la del conde

de Candespina, sin embargo sus riquezas eran grandes, muchos sus

parientes, y podía contar en su partido a infinito número de cortesanos

amantes del ocio y la disipación, quienes preveían su inevitable ruina

con el triunfo de don Gómez.

Todo esto lo sabía el conde de Lara, y de todo sacaba partido: su

casa era el centro, el foco, digámoslo así, de cuantas diversiones

y festejos se disfrutaban en la corte. De ella salían las modas en

el vestir, las divisas para los torneos y las serenatas nocturnas;

la reputación de las damas, no era, es verdad, muy respetada entre

sus secuaces; pero en cambio no había género de galantería que no se

inventase para deslumbrarlas, y particularmente a doña Urraca.

En la corte, en misa, en paseo, nunca dejaba de presentarse a la reina

el conde de Lara con cuanta gala y bizarría podía ostentar; seguíanle

sus amigos, y él y ellos no cesaban de alabar cuanto hacía y decía

la reina. Desgraciadamente era esta harto sensible a la lisonja, y

manejada con arte por un caballero galán y discreto, no podía dejar

de hacerla alguna impresión, sobre todo por el notable contraste

que ofrecía este proceder con el del conde de Candespina. Afluente

y adulador el primero, lacónico y grave el segundo; severo el uno,

licencioso el otro; encomendando aquel a los hechos de mostrar su

pasión sin hablar nunca de ella, y manifestándola el otro con cuantas

exterioridades alcanzaba: en todo eran distintos. Doña Urraca tenía

inclinación a los placeres, y aborrecía sobre todas las cosas sujetarse

a ajena censura; de modo que don Gómez era para ella un amigo de cuya

sinceridad no podía dudar, pero al mismo tiempo un hombre rígido, a

quien miraba más bien como a padre que como a amante: don Pedro de

Lara, que por el contrario siempre se hallaba dispuesto no solo a tomar

parte en cualquier diversión, sino a inventarlas en caso de necesidad,

y que parecía adivinar los deseos de la reina, era muy a propósito para

cautivar su corazón. El agradecimiento y la razón militaban por don

Gómez; pero don Pedro tenía a su favor las naturales inclinaciones de

la reina.

Aún no había pasado un mes desde que esta señora se hallaba en Burgos,

y ya su conducta era totalmente distinta que cuando llegó a aquella

capital de sus estados. Consultaba como siempre los arduos negocios

del reino con el conde de Candespina; mas en vez de seguir solamente

su dictamen, como al principio lo hacía, nunca dejaba de pedir el

suyo al conde de Lara, cuya influencia y valimiento se aumentaban

visiblemente. Mas a pesar de todo no estaba don Pedro satisfecho,

conociendo que la lucha era todavía muy desigual, pues al cabo no podía

desvanecer los servicios positivos de don Gómez. Se le ocurrió para

alejarle de la reina un expediente plausible, y se lo propuso a esta en

ocasión de un festín que se daba en el alcázar. El de Candespina rara

vez concurría a tales asambleas, que no aprobaba mucho, pareciéndole

que las circunstancias eran todavía harto peligrosas para pensar en

diversiones; y precisamente por la misma razón de que él no iba a

ellas, las promovía su rival con más empeño.

—Pensativo estáis, conde de Lara —dijo la reina, viendo que por

primera vez no tomaba este, al parecer, interés en la brillante reunión

que encerraba el alcázar.

—Confieso a Vuestra Alteza —contestó el conde— que lo estoy más de lo

que yo quisiera.

—¿Estaríais por ventura enamorado?

—Pudiera decir a Vuestra Alteza que sí, en caso de poderse llamar amor

el que se profesa a un dios; pero debe decirse de esto adoración.

—Sutil estáis; pero al cabo no sabremos qué os ocupa tanto el

pensamiento.

—Lo que siempre, señora; los intereses de Vuestra Alteza.

—¿Mis intereses? Yo os lo agradezco. ¿Y no me diréis qué punto de ellos

es el que tan importante os parece que ni aquí podéis apartarlo de la

memoria?

—¿Y cuándo se aparta Vuestra Alteza de ella? Pero Vuestra Alteza me

permitirá que le haga presente que este paraje no es el más oportuno

para tratar negocios de importancia.

—Sin embargo, habréis de decírmelo, pues aunque reina soy mujer y,

como tal, curiosa.

—La voluntad de Vuestra Alteza es ley para mí.

—Decid, pues.

—Pensaba, señora, que don Alfonso no dejará de tener sus agentes en

Compostela, y que la presencia de Vuestra Alteza en aquella ciudad

sería muy útil para la pronta y mejor decisión del juicio en cuestión.

—No está mal pensado, conde de Lara, y yo os agradezco la solicitud;

pero no me parece prudente dejar Castilla en este momento.

—Vuestra Alteza juzga con su acostumbrado tino, mas no sería imposible

obviar ese inconveniente.

—No lo alcanzo.

—Por ejemplo, si Vuestra Alteza dejase en estos reinos una persona

de toda su confianza, como el conde de Candespina, ¿no bastaría su

presencia para mantenerlos en la debida obediencia?

—Pudiera ser.

—Verdad es que tendría Vuestra Alteza que privarse por algún tiempo de

sus consejos: mas doña Urraca ¿de quién necesita para dirigirse?

—Pensaré en vuestro proyecto, que no me parece despreciable.

—Mis intenciones, al menos...

—Conde de Lara, estoy penetrada de ellas.

Así se terminó con no poco placer de don Pedro esta conversación. Lejos

del conde de Candespina veía muy bien que no tardaría en ser pronto el

privado de la reina, y una vez llegado a tal punto no contaba dejar

espacio a su rival para perjudicarle.

La reina, por su parte, empezaba a cansarse de la estancia en Burgos,

y tanto para variar de posición, como con la idea de acelerar su

divorcio, resolvió su viaje a Compostela, anunciándoselo así al conde

de Candespina la mañana misma que siguió a la noche del festín de que

acabamos de hablar.

Don Gómez, a pesar de que sentía vivamente tener que separarse de la

reina, no se atrevió a oponerse a su voluntad; y consintió, aunque

no sin pena, en sacrificar sus intereses personales a los de doña

Urraca. Esta se manifestó con él tan cariñosa en aquella ocasión,

que poco le faltó ya al conde para arrojarse a sus pies y declarar

abiertamente su pensamiento; se contuvo, sin embargo, reflexionando que

aún era esposa de otro, y reservó para tiempo oportuno manifestar sus

pretensiones. Siendo tan ajena la envidia del carácter de Candespina

como la cobardía, no le alarmó la privanza del conde de Lara: conocía

su infinita superioridad sobre él, y ni por el pensamiento le pasaba

que la reina pudiera nunca escoger a don Pedro para marido.

Sin duda no era aún en aquel tiempo proverbial la sentencia de que

cuando las mujeres tienen en que escoger, escogen lo peor, que está muy

vulgarizada en nuestro siglo.

[Ilustración]

El conde de Candespina (2 de 2) · 第 5 / 20 题